viernes, 9 de mayo de 2025

Aeropuertos: sí, en plural

En el pasado ruso, la etiqueta "aviones y aeropuertos" era bastante frecuente en esta bitácora, y no era para menos, porque en los aeropuertos rusos (bueno, y fuera de ellos) solían suceder cosas originales y curiosas que merecían la pena relatarse. Es lo que tienen los controles de pasaportes y los controles de aduanas, y no digamos los controles de seguridad a partir del, digamos, incidente, de las torres gemelas.

En Bélgica, es verdad que ha habido alguna que otra entrada sobre aeropuertos, pero menos. El desplazamiento al aeropuerto está mejor organizado que a los aeropuertos moscovitas, al menos hasta que los rusos pusieron los trenes directos; es más, uno llega a los aeropuertos belgas y se encuentra con que, siempre que no se vaya fuera de la zona Schengen, cosa que hace mucho tiempo que no hago, los controles de acceso a la zona de embarque son muy simples. No hay control de pasaportes. De hecho, ni siquiera hay obligación de llevar el pasaporte en el viaje con mucho más frecuente que hago, que es de Bruselas a Valencia y viceversa. Tampoco hay control aduanero. Lo que sí que hay es control de seguridad, pero suele ser bastante rápido y, si uno tiene el ojo de chapurrear un poco el neerlandés, los encargados del control se quedan gratamente sorprendidos y se deshacen en parabienes. Bueno, me estoy pasando, que al fin y a la postre son seguratas y belgas; quizá no se deshagan en parabienes, pero, por lo menos, no son directamente desagradables.

Uno pasa ese control y ya sólo le queda deambular por las instalaciones del aeropuerto, quizá comer algo, o pasar por la capilla (sí, sí, hay una), o hacer alguna compra que se haya quedado a medias o directamente por hacer. Llega el momento del vuelo, se pasa una revisión de la documentación y, ¡hala!, al avión. No hay mucha diferencia con lo que pasa en las estaciones de tren en España y sus controles de equipajes. No, en Bruselas, normalmente, en los trenes de alta velocidad no hay controles de equipaje; eso es un invento español con Dios sabrá qué oscuras intenciones.

En Bruselas hay un aeropuerto, el internacional de Zaventem. Bueno, hay uno...  excepto si le preguntamos a Ryanair, que nos dirá que hay dos, el susodicho internacional de Zaventem, que está a unos quince kilómetros del centro, y el que ellos denominan Bruselas Sur, pero que la IATA y el resto del mundo llamamos aeropuerto de Charleroi y que, efectivamente, está en la ciudad de Charleroi. Es verdad que Charleroi, con su aeropuerto, está al sur de Bruselas, con lo que Ryanair no va totalmente desencaminado, pero, ya puestos, podían haberlo llamado aeropuerto de París Norte, no en vano está al norte de París y París vende más.

El aeropuerto de Charleroi está a cincuenta y cinco kilómetros de Bruselas. Es pequeño y cutre, y de él vuelan compañías aéreas de bajo coste y ninguna intención de disimularlo. Obviamente, Ryanair es la más destacada, aunque también opera vuelos desde Zaventem. Hay que decir que lo único que hay de bajo coste en ese aeropuerto son los vuelos, y aun de esto habría mucho que discutir. El resto de los servicios de ese aeropuerto es de pago o incomodísimo, y no es que los pasajeros tengamos mucho donde elegir. Este pasajero que escribe y que suele viajar a Valencia está prácticamente condenado a utilizar Charleroi mucho más de lo que le gustaría, porque Ryanair, al menos estos meses, es la única línea aérea que cubre el trayecto sin visitar más que los aeropuertos de origen y destino.

Como tengo tres hijos en edad universitaria y los estudiantes son pobres, también me toca visitar Charleroi cuando los llevo o los recojo en coche. En Zaventem, igual que en todos los lugares decentes, hay una zona en la cual uno puede descargar a los pasajeros que lleva, darles un beso, un abrazo o un simple apretón de manos, según la confianza que se tenga con ellos, y a partir de ahí ya se apañan ellos y el conductor puede volver sobre sus pasos sin pagar por llegar hasta allí.

En Charleroi, no.

En Charleroi, uno tiene que rascarse el bolsillo en cuanto uno se acerca a menos de un kilómetro del acceso, pero se está haciendo un poco tarde, así que voy a ir cerrando esta entrada y reservando mis invectivas y palabras soeces para la próxima, en la que intentaré disuadir a los potenciales pasajeros de utilizar esa cuadra.

martes, 15 de abril de 2025

Gente ilustre que, por lo visto, merece una estatua

Me encantan las estatuas. Siempre, o casi siempre, que veo una, me acerco a ver quién es el representado y qué merecimientos ha hecho para que las autoridades hayan decidido inmortalizar al prócer cuya efigie adornará para siempre (o no, dependiendo de si el próximo gobierno municipal es revisionista o simplemente rencoroso) las calles de la ciudad.

Uno de estos días mis pasos pecadores me llevaron a la capital de las Españas, la villa de Madrid, donde tenía que resolver un trámite administrativo que duró cosa de un cuarto de hora, pero que me tuvo todo el santo día por allí. Como el lugar donde tenía que acudir estaba enfrente del parque del Retiro y llegué con tres cuartos de hora de antelación a la cita que tenía, decidí matar esos tres cuartos de hora visitando el parque, que es una cosa que, desgraciadamente, apenas he hecho cuando he tenido oportunidad en mis estancias en Madrid. El parque, y más en primavera, es una preciosidad y merece un paseo como el que le di, y aun uno mucho mayor.

El paseo de las Estatuas, que en realidad recibe el nombre de paseo de la Argentina, en esa manía que tenemos los españoles de celebrar las naciones secesionistas, es uno de los lugares más curiosos del parque. Catorce estatuas se alinean a sus lados, siete a cada uno, así que me puse a curiosear quiénes eran los próceres cuya memoria se honraba en dichos monumentos.

Ya el primero que vi, el rey visigodo Gundemaro, me pareció inquietante, pero seguí adelante. El siguiente era Carlos I, indudablemente uno de los reyes más destacados que ha tenido España, que tiene estatuas en muchos sitios, en España y fuera de ella, lo cual no tenía, pues, nada de particular. Luego vino Carlos II, también rey de España durante bastante tiempo, que, aunque ha sido sistemáticamente denigrado desde la llegada de la dinastía borbónica, está siendo objeto de una revisión en profundidad que pone su reinado bajo una luz mucho más positiva. Y luego vino Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y rey consorte de Aragón, quien también merece indudablemente su pedestal.

El siguiente es el de la foto y me dejó tan de piedra como él mismo. Nada menos que Chintila, rey visigodo durante un par de años. Uno se pregunta sobre los méritos de Chintila para que su estatua acompañe a las de los pesos pesados de la historia de España, hasta que se pone a observar la cosa con un poco más de atención.

Chintila, lo que es él, no parece que hiciera mucho a lo largo de su reinado, como no fuera convocar un par de concilios en Toledo para intentar consolidarse en el trono y establecer algo parecido a una dinastía. En efecto, su hijo Tulga le sucedió, pero por poco tiempo, porque poco más de dos años después fue depuesto por Chindasvinto, un señor de casi ochenta años. Y, en el siglo VII, ochenta años eran mucho más que ahora.

De Chintila se sabe poco. San Isidoro había concluido la crónica de los visigodos con el reinado de Suintila, unos diez años antes; de lo que pasó después se saben bastantes menos cosas. Si el que decidió poner estatuas en el Retiro quería poner algún rey visigodo, lo cual es un deseo como cualquier otro y debe ser respetado, uno se pregunta por qué eligió precisamente a Chintila (bueno, y a Gundemaro, otra elección difícil de explicar), habiendo reyes como Leovigildo, Recaredo, Ataulfo mismo, o Rodrigo, que son bastante más famosos. Es que, para haber oído hablar de Chintila, hay que saberse la lista de los reyes godos, y me da a mí que, en el siglo XXI, no sólo no se enseña en los colegios, sino que los que nos la hemos aprendido por nuestra cuenta somos objeto de burlas despiadadas. Chintila no es ni bueno ni malo; simplemente es desconocido.

Pero el tío va y tiene una estatua en Madrid.

Luego uno se pone a indagar y averigua que la estatua no se hizo para estar en el Retiro, sino que ha terminado ahí un poco de carambola. Trece de las catorce estatuas (lo de la decimocuarta es otra historia, producto de las ideologías al uso actual) provienen de la colección de ciento catorce estatuas que iban a decorar el Palacio Real y que, tras ser esculpidas, finalmente no fueron instaladas allí, sino desmontadas y guardadas en un almacén, hasta que en el siglo XIX se sacaron para ponerlas, al parecer sin mucho orden ni concierto, unas en un sitio, otras en otro, e incluso algunas más en otras ciudades de España. Esas ciento catorce estatuas representaban otros tantos monarcas españoles, desde los visigodos hasta Fernando VI, y algún otro personaje. Por alguna razón, Carlos III les tomó manía e hizo que las retirasen y hasta que borrasen la inscripción con los nombres, lo cual posiblemente es la causa de que otro rey, Sancho el Bravo, tenga, no una, sino dos estatuas a su nombre en ese mismo paseo.

A Chintila le tocó el parque del Retiro como le podía haber tocado cualquier otro lugar. Pero ya han pasado los tres cuartos de hora y tengo que acudir a la cita, no se me vaya a hacer tarde.

martes, 1 de abril de 2025

El espantoso caso de los hoteles del paraíso fiscal

Por razones de trabajo, me toca en ocasiones, no sé si más o menos de lo que me gustaría, viajar a Luxemburgo, ese país pequeñito que es la tercera pata del Benelux y que está ahí, independiente y soberano, por una especie de casualidad histórica, como tantos otros miniestados europeos cuya existencia es demasiado conveniente como para que se los merienden sus vecinos.

El alojamiento permanente en Luxemburgo, por lo que me cuentan, es un lujo al alcance de unos pocos, hasta el punto de que buena parte de la fuerza laboral del país vive directamente fuera de él y sólo se desplaza durante el día. El salario mínimo en el gran ducadito supera los tres mil euros, de lo que espero que Yolanda Díaz no se entere, y el país es la sede de toda entidad bancaria que se precie y tenga la intención de pagar lo menos posible en impuestos. Que supongo que son todas.

Con esos antecedentes, conseguir hotel a un precio razonable y en una ubicación igual de razonable no es cosa sencilla. Que sí, que todos tenemos Booking y hacemos milagros con esa bendita aplicación, pero a veces los viajes se plantean con poca antelación y, en ese caso, ni Booking ni el sursum corda te libran de las tarifas hoteleras, especialmente si hay algún sarao en lontananza.

Además de los bancos, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Tribunal de Cuentas, una parte de la Comisión y del Parlamento Europeos y un número notable de multinacionales que miran el dólar y han preferido Luxemburgo a Irlanda, el Consejo se reúne en Luxemburgo tres meses al año (abril, junio y octubre). Como tu viaje coincida con una sesión del Consejo, es decir, con ministros y séquito de los veintisiete y con los que les acompañan desde Bruselas y sus representaciones permanentes, prepárate para ver precios directamente absurdos, de varios cientos de euros por noche y habitación. Sin desayuno.

Una de las últimas veces que me tocó desplazarme al Gran Ducado fue a final de septiembre del año pasado y me las prometía muy felices, porque no era ninguno de esos tres meses peligrosos. Para mi sorpresa (y mi espanto), los precios que me pasaban eran los de varios cientos de euros que superaban con mucho mi presupuesto.

- Peroperoperopero... - me decía desesperado ante la perspectiva de tener que alojarme en la quinta porra de donde tenía que ir a trabajar - ¿Qué narices está pasando aquí?

Bueno, pues lo que estaba pasando es que mi viaje coincidía con el de una personalidad aún más importante que los ministros y tiralevitas habituales. Nada menos que el papa Francisco, al que ahora tenemos bastante maltrecho en Roma, pero que hace sólo medio año estaba aún en plena forma visitando países. Es verdad que en Luxemburgo estuvo unas cuantas horas, no hizo noche y salió el mismo día que llegó hacia Bruselas, como un funcionario europeo del montón, pero su sola presencia bastó para que los hoteles, ya de por sí proclives a apuñalar a sus clientes, pusieran unos precios de estancia capaces de hacer subir ellos solos varios puntos el índice de inflación luxemburgués.

Total, que encontré un alojamiento, que no un hotel, lejos a más no poder, aunque por lo menos dentro de la ciudad. Era una de esas casas reconvertidas a habitaciones de huéspedes, en las que tienes habitación (muuuuy modesta), baño compartido y cocina igualmente compartida. Para lo que ofrecían, el precio era un atraco, pero al menos estaba dentro de mi presupuesto y, por lo menos, no estaba (muy) sucio. Luxemburgo tiene esas desventajas, pero también tiene alguna que otra ventaja, como, por ejemplo, que el transporte público es bueno y gratuito, supongo que porque a las autoridades luxemburguesas les sale el dinero por las orejas y no saben qué hacer con él. Por poco que cobres impuestos, con la peña que tienes instalada en el país, muy mal tenían que ir las cosas para que no les salieran las cuentas.

Si Dios quiere, mi próximo viaje a Luxemburgo será en junio, ese mes fatídico a causa de las reuniones del Consejo. Esta vez me lo he tomado con tiempo y he tenido la potra de encontrar un hotel algo por encima de mi presupuesto, pero, como espero que me lo suban un poco dentro de un par de meses, confío en encajarlo en mis cuentas o, al menos, que no me toquen demasiado... el bolsillo.

Porque lo otro (las narices, claro, ¡a ver qué pensabais!) ya me lo toco yo mismo con la explosión floral del comienzo de la primavera y las alergias correspondientes.

Pero eso será materia de otra entrada, ya que ésta conviene cerrarla aquí, no en vano se hace tarde.

sábado, 29 de marzo de 2025

Árboles muertos (I)

En las ciudades españolas, supongo que es bastante raro encontrarse con árboles que pertenezcan a un particular. En Valencia, que es el caso que mejor conozco, las personas viven normalmente en pisos, en los que como mucho habrá algún bonsái plantado en su correspondiente maceta. He visto algún chalé en Valencia e incluso algún limonero plantado en la entrada, pero esa situación no pasa de excepcional.

En los pueblos es otra cosa, pero, incluso ahí, yo diría que los españoles no somos muy amigos de tener tierra dentro de casa. Los patios de las casas están alicatados hasta arriba y las plantas existen, pero no pasan de arbustos como mucho y están dentro de sus macetas. Los árboles están en el paseo del pueblo, la vía pública o donde sea, y pertenecen al municipio, que para eso pagamos impuestos. Los que tenemos tradición agrícola y tenemos tierras con árboles sobre ellas sí que disponemos de esos elementos, pero la agricultura no está de moda en el primer mundo, da pocos votos, los políticos nos desprecian y así nos va la vida a los que seríamos agricultores si se pudiera vivir de la tierra, que hemos emigrado a la quinta porra y aun gracias, porque hemos estado todavía más lejos.

En Bélgica en general, y en Bruselas en particular, las cosas no son así. Como ha salido reflejado en estas pantallas en varias ocasiones, las casas particulares son más numerosas que los pisos y casi todas disponen de jardín. Y, en los jardines, hay árboles, en general ornamentales, y otras veces incluso frutales. Yo mismo dispongo de un abeto enorme y hace un par de años que me salió un roble y hasta planté un cerezo para sustituir a otro que murió, esta vez con intención de comer cerezas, cosa que hasta ahora no he conseguido, pero no pierdo la esperanza.

Porque sí, los árboles son seres vivos y como tales nacen, crecen, se reproducen... y mueren. En España, cuando un árbol muere en zona urbana, prácticamente siempre pertenece al municipio, que procede a retirarlo y a hacer leña de él. En zona rústica, a mí se me han muerto demasiados naranjos, y más que me temo que se me morirán, en cuyo caso la solución consiste en cortar y, si se quiere ser radical, replantar. No hay que pedir permiso a nadie para quitar de en medio lo que ya no sirve.

Aquí, no.

Aquí, en este país enormemente burocratizado que es Bélgica, uno no puede cortar por las buenas un árbol de su jardín ¡Dónde íbamos a parar! Los árboles y los jardines tienen propietario, vale, y paga sus buenos impuestos por serlo, pero eso no quiere decir que pueda hacer de su capa un sayo. Hay que tener en cuenta la ecología, la naturaleza y el respeto por los seres vivos y poner en su sitio a los humanos que, por el solo hecho de haber desembolsado unos miles de euros a un propietario anterior (y unos cuantos más a la administración regional correspondiente), se creen la leche en bote y autorizados para disponer de lo suyo. No, no, y mil veces no.

Uno pensaría que, si hay algo que no falta en Bruselas, eso son árboles. Con todo lo que llueve, la cantidad de zonas verdes que hay y los bosques de la zona, además de los jardines particulares, llega el invierno, se caen las hojas y sólo entonces puede uno ver lo que hay detrás, porque en verano, con todo el follaje en su esplendor, hay sitios en que no se ve más que verde y más verde. Yo deduciría de eso que se podría tener algo de manga ancha con los propietarios particulares, pero, amigo, eso es no conocer a la insaciable administración pública belga, un monstruo hambriento cada vez mayor que hay que mantener, al menos hasta que venga alguien con la motosierra. De momento, el que ha venido no pasa de usar un cortaúñas, y así le va a pesar de eso. 

Aquí, para cortar un árbol, hay que pedir permiso al negociado municipal que se encarga de asuntos ecológicos, que en Uccle, lugar donde resido, atiende al rimbombante nombre de "Servicio Verde". El susodicho negociado recibe la solicitud, cobra la tasa de 52 euros (no faltaría más) y visita en horas de trabajo al solicitante, que evidentemente tiene que apañárselas para estar en casa, para constatar que, efectivamente, el árbol está muerto y no hay inconveniente en derribarlo y, como dice el refrán, hacer leña de él cuando esté caído.

¿Y qué es un árbol? Bueno, no hay una definición, pero en la normativa sí que hay una distinción entre árboles de tronco alto y los que no lo tienen. La frontera entre uno y otro es de dos metros; por debajo de dos metros, yo diría que se hace la vista gorda. Por encima, con casi cualquier cosa que hagas te la estás jugando. Y hay otra broma: existe la obligación de plantar un árbol que sustituya al que ha sido cortado, pero no en cualquier sitio, sino al menos a dos metros de la linde con el vecino, a no ser que sirva de medianera.

Bueno, ahora que sabemos por encima como está el percal, vamos a hacer una pausa hasta la aplicación práctica de la normativa, de la que se tratará en una entrada futura, porque hoy se hace tarde.

lunes, 17 de marzo de 2025

Con calma

Decíamos en una de las últimas entradas que las cosas en palacio van despacio. No se diría sino que Bélgica entera es un gran palacio, porque la cachaza, la calma y la parsimonia no son patrimonio único del sector público, sino que se extiende a todo el paisanaje, público, pero también privado. No ya la justicia, sino que todo hijo de vecino se toma las cosas con muchísimo tiempo.

Eso incluye a mi vecino. Bueno, es mi vecino porque es el dueño de la casa con la que tengo la... desdicha, me temo, de compartir pared medianera, pero en realidad no vive ahí. Quien vive es una familia anglo-germana con la que no tengo demasiado contacto, como ya sabemos, pero que no son propietarios.

En agosto de 2021, que ya ha llovido desde entonces, se me inundó el semisótano de la casa, principalmente a causa de las tormentas torrenciales que dejaron Bélgica convertida en una enorme piscina, pero también a que un desagüe estaba obstruido y ya se sabe que el agua siempre encuentra un camino por el que discurrir. Ahora bien, las tormentas y la obstrucción del desagüe no fueron la causa exclusiva del desaguisado, cosa que se comprobó nuevamente en agosto, pero de 2022, cuando una noche cayó nuevamente una tormenta fortísima y al levantarme por la mañana me encontré el semisótano inundado de nuevo, a pesar de que mis desagües funcionaban esta vez a la perfección.

La causa evidente, porque la pared medianera, llena de chorretones marrones, así lo atestiguaba, eran filtraciones desde la vivienda vecina, así que contacté con el entonces vecino alquilado, que me pasó los datos del propietario, y después de mucho sudar conseguí que hiciera un apaño y sellara la baldosa que rodeaba la entrada del desagüe de su jardín.

A mí no me parecía que allí estuviese la causa de las humedades en mi semisótano, pero me tuve que conformar con el apaño. La humedad seguía allí, y hasta aparecía moho cuando uno se despistaba demasiado y no ventilaba suficiente, pero por lo menos no había inundaciones.

Bueno, eso fue hasta agosto, pero de 2024, en que llovió nuevamente con la suficiente fuerza como para que mi semisótano reapareciera inundado y volvieran a presentarse los manchurrones marrones sobre la pared medianera. Hay que decir que la vivienda vecina está algo más elevada que la mía y que, al otro lado de donde yo tengo un semisótano, en la suya no hay más que tierra. Y, como el agua no va hacia arriba salvo por obligación, todo hacía indicar que sus desagües tenían una fuga importante y el agua había decidido aliviarse, precisamente, hacia mi vivienda.

Estamos bien entrado marzo de 2025, mi vecino me ha dado buenas palabras no sé cuantísimas veces, han pasado dos expertos y dos compañías de seguros a examinar el semisótano, sus cañerías, las mías, y algo que debía estar arreglado desde 2022, cuando se vio venir por primera vez que el problema era serio, parece que sólo va a empezar a resolverse definitivamente el mes que viene, con suertecilla. Lo siguiente ya es tratar de usar una cuña de la misma madera y enviarle, no mis padrinos, como haría en el pasado, sino mis abogado, a ver quién es más lento, si la justicia belga o él.

A ver si mis nietos pueden ver el asunto terminado o tengo que malvender una casa con humedades antes de pasarle el marrón a quien venga detrás.

viernes, 14 de marzo de 2025

Una breve ojeada al espacio postsoviético

Como sucede de vez en cuando, cada cierto, esta bitácora, que nació en Rusia, donde se escribió la mayoría de su contenido, echa una mirada a lo que sucede en el espacio postsoviético. No piso Rusia desde 2014, así que me guardaré muy mucho de considerarme experto en un país que cambia tanto en tan poco tiempo.

Ahora que el nuevo gobierno estadounidense retira su apoyo a Ucrania, todo indicaba que la posición ucraniana sería insostenible. Como ya indicó Putin en una entrevista que concedió hace unos meses, en cuanto se acabara la munición al ejército ucraniano, la guerra terminaría; si, además de la munición, se les acaba la información sobre movimientos de las tropas rusas que les proporcionaban los servicios de inteligencia estadounidenses, es de suponer que la guerra terminaría incluso antes.

Sin otros factores, el resultado iba a ser la desmembración de Ucrania, en la línea de frente actual o no muy lejos de ella, una clara ganancia de territorio muy valioso por parte de Rusia y la llegada de los estadounidenses a la zona en forma de concesiones de explotación de recursos naturales y de financiación de la reconstrucción. Con independencia del famoso episodio de diplomacia mejorable que se dio en la Casa Blanca, las cosas no iban a diferenciarse mucho de lo que pone en este párrafo, con el reforzamiento de los Estados Unidos y de Rusia y un ridículo espantoso por parte de los países de Europa Occidental.

La gran curiosidad que he tenido estos días era qué actitud iba a adoptar el Reino Unido ante semejante panorama. El Reino Unido, aunque ahora esté en horas bajas y lejos de los tiempos en que podía poco menos que dictar la política mundial, es una potencia notablemente consecuente en su política exterior, una de cuyas máximas consiste en oponerse a Rusia en todos los frentes, en especial en el frente mediterráneo: Rusia intenta todavía hoy, hasta ahora en vano, obtener una salida a un puerto mediterráneo y el Reino Unido, que sigue disponiendo en la actualidad de bases en Chipre y del peñón de Gibraltar y que hasta hace relativamente poco tenía Malta, hace todo lo posible por impedírselo. Eso puede explicar cosas como la guerra de Crimea del siglo XIX, entre otras muchas cosas como alianzas anglo-turcas que no tienen pies ni cabeza, excepto esa razón.

El Reino Unido también se ha opuesto históricamente a Rusia en otros frentes, como el caucasiano (y eso ya lo vimos aquí) y el de Asia Central. Los británicos ya han desaparecido de aquellos lugares, porque la descolonización es lo que tiene, pero siguen empeñados en cercenar cualquier avance ruso donde sea. Bien mirado, los británicos suelen dedicarse a molestar a todo el que pueda ser potencia, ahora y en el pasado, llámese España, Francia o Alemania, pero la palma se la lleva Rusia.

Recordemos que, al principio de la guerra, porque aquí a las cosas se las llama por su nombre y lo de "operación bélica especial" no cuela, cuando Ucrania y Rusia estuvieron cerca de llegar a un acuerdo en Turquía, el Reino Unido y Estados Unidos intervinieron para que tal cosa no sucediera, lo cual es uno de los motivos por los cuales la peña sigue en las trincheras pegando tiros. Los Estados Unidos, entretanto, han cambiado de casi todo, incluso de idioma oficial: han cambiado de presidente, de política arancelaria, de política exterior y esto sólo en mes y pico que el nuevo presidente lleva en el poder.

El Reino Unido, no.

El Reino Unido ha cambiado de muchísimas cosas también desde que empezó la jarana: ha cambiado de reina a rey, ha cambiado de primer ministro, pero de política exterior no ha cambiado ni tantico. Otra cosa no, pero del Reino Unido te puedes fiar, así que ahora tenemos a su primer ministro olvidándose de que han salido de la Unión Europea e intentando montar una operación que sostenga a Ucrania. Yo creo que al Reino Unido Ucrania no le importa lo más mínimo, porque el Reino Unido ha dado sobradas muestra en la historia remota y reciente de que sólo le importa su ombligo, pero, si así tiene a Rusia enfangada en el frente del Donbás algún tiempo suplementario, eso que gana.

Vamos a seguir lo que sucede con atención, mientras Putin considera interesante la propuesta de alto el fuego, pero negocia mejores condiciones. Entre Trump y Putin, supongo que vamos a vivir en una época de faroles mutuos, y ya digo que lo realmente interesante es la posición del Reino Unido, ese enemigo de todo el que destaque, porque ésos van a ser los que marquen el territorio donde se mueva todo. Y ésos no van normalmente de farol.

miércoles, 5 de marzo de 2025

El licenciado Vidriera

Todo el mundo ha leído el Quijote, claro. Bueno, en realidad, lo más probable es que todo el mundo diga que ha leído el Quijote, pero, en realidad, lo que ha hecho es leer el par de capítulos que les obligaron a leer en clase. Últimamente, los alumnos de las últimas cohortes, como mis hijos, ni siquiera leen el original, sino versiones adaptadas que ocultan el precioso castellano de Cervantes. Los más aplicados han hecho un esfuerzo y han visto la película. La de dibujos animados, claro, no pensemos en la de Orson Welles o cualquiera otra de las más de cien que debe haber por ahí. En todo caso, lo más corto y masticado que haya, porque ya se sabe que no hay que cebarse con la cultura.

Si el Quijote ya es un libro condenado a criar polvo en los anaqueles, el resto de la obra de Cervantes, que la tiene y es magnífica, todavía es más desconocida. Y menos mal para él, porque, así como hoy Cervantes es tenido en gran estima por todos, así de izquierda como de derecha o centro, si realmente hubieran leído sus obras todos los que dicen haberlo hecho, estoy seguro de que sería cancelado a no tardar. Sin entrar en el Quijote, muchos de cuyos capítulos se las traen, varias de sus novelas ejemplares son un compendio de racismo ('La gitanilla', cuyo comienzo es totalmente impublicable en la actualidad) e islamofobia (casi que cualquiera de ellas, pero tomemos 'El amante liberal'). Pero la que choca más con los valores de cierta parte de la sociedad actual es, para mí, 'El licenciado Vidriera'.

Esta obra, resumiendo muchísimo, narra la historia de Tomás Rodaja, un estudiante de Salamanca que comienza sus estudios como criado y que, al licenciarse sus amos, aprovecha para ir de viaje por Italia y, sí, también por Flandes, en una especie de Erasmus de la época:

Fue muy bien recebido de su amigo el capitán, y en su compañía y camarada pasó a Flandes, y llegó a Amberes, ciudad no menos para maravillar que las que había visto en Italia. Vio a Gante, y a Bruselas, y vio que todo el país se disponía a tomar las armas, para salir en campaña el verano siguiente.

Y, habiendo cumplido con el deseo que le movió a ver lo que había visto, determinó volverse a España y a Salamanca a acabar sus estudios; y como lo pensó lo puso luego por obra, con pesar grandísimo de su camarada, que le rogó, al tiempo del despedirse, le avisase de su salud, llegada y suceso. Prometióselo ansí como lo pedía, y, por Francia, volvió a España, sin haber visto a París, por estar puesta en armas. En fin, llegó a Salamanca, donde fue bien recebido de sus amigos, y, con la comodidad que ellos le hicieron, prosiguió sus estudios hasta graduarse de licenciado en leyes.

Al volver a Salamanca, se enamora de él una mujer a la que no hace el menor caso, por lo que ésta consigue que ingiera una pócima que se supone que debía hacerle enamorarse de ella. El resultado, sin embargo, no es el esperado, sino que Tomás Rodaja pierde el juicio y cree que está hecho de vidrio y que puede romperse al mínimo golpe, lo que da lugar a todo tipo de situaciones ridículas; sin embargo, en todo lo demás muestra mucha sabiduría, pero el hecho es que la gente se burla de él por esa manía suya, llamándolo licenciado Vidriera. Eso sí, todos se le arriman pidiéndole consejo, y sus ocurrencias y agudezas son la mayor parte de la obra. Por ejemplo, entre otros muchos, da el siguiente consejo, que nos muestra que en el siglo de oro las cosas no estaban mucho mejor que ahora:

Preguntóle uno que qué consejo o consuelo daría a un amigo suyo que estaba muy triste porque su mujer se le había ido con otro.

A lo cual respondió:

-Dile que dé gracias a Dios por haber permitido le llevasen de casa a su enemigo.

-Luego, ¿no irá a buscarla? -dijo el otro.

-¡Ni por pienso! -replicó Vidriera-; porque sería el hallarla hallar un perpetuo y verdadero testigo de su deshonra.

Hoy día, en lugar del final que tuvo la novela y al que pasaremos a no tardar, la actitud lógica de la corrección política actual debiera consistir en respetar los sentimientos del tal Vidriera. Si él se siente de vidrio, él es de vidrio y nadie es quién para burlarse de él, lo cual sería equivalente a un delito de odio. Por lo menos.

La fama de Vidriera crece y termina pasando a la Corte con el mismo éxito que había tenido en Salamanca.

Para acabar de estropear las cosas, la novela prosigue con una desdichada "terapia de conversión" por parte de la pérfida Iglesia católica. Un sacerdote, compadecido de Vidriera, y pasados dos años desde que ingiriera el bebedizo que lo transformó, le hace recuperar el juicio, con lo que pasa a un estado normal y adopta el nombre, no de Rodaja, ni de Vidriera, sino de licenciado Rueda, transformación de su nombre original.

Claro, el problema es que así no le resulta interesante a nadie, de modo que no le hacen maldito el caso. Vamos, como cierto actor que ha pasado a ser actriz y que se ha hecho bastante famoso, no tanto por sus dotes escénicas, sino por el hecho de haber hecho un remedo de cambio de sexo.

La novela termina con el antiguo licenciado Vidriera, ahora Rueda, abandonando la Corte decepcionado y volviendo a Flandes.

(...) y, viéndose morir de hambre, determinó de dejar la Corte y volverse a Flandes, donde pensaba valerse de las fuerzas de su brazo, pues no se podía valer de las de su ingenio.

Y, poniéndolo en efeto, dijo al salir de la Corte:

-¡Oh Corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes, y acortas las de los virtuosos encogidos, sustentas abundantemente a los truhanes desvergonzados y matas de hambre a los discretos vergonzosos!

Esto dijo y se fue a Flandes, donde la vida que había comenzado a eternizar por las letras la acabó de eternizar por las armas, en compañía de su buen amigo el capitán Valdivia, dejando fama en su muerte de prudente y valentísimo soldado.

Para los que no tenemos intención de volver a la Corte, el licenciado Vidriera no deja de ser un ejemplo. Es cierto que Flandes no es lo que era entonces y que podría decirse que Bruselas es actualmente tan o más Corte que Madrid. No es menos cierto que la milicia, al menos de momento, no es tan necesaria como lo era en plena guerra contra los herejes, pero seguro que se le encuentra alguna utilidad, antes de que se haga tarde.

Porque, sí, siempre se hace tarde...