jueves, 15 de octubre de 2026

El cielo está emborregado

 

Este año está haciendo un tiempo algo más raro de lo habitual. Sí, ya sé que eso es así en buena parte del ancho mundo, España incluida. Bélgica no se ha librado de este fenómeno, comenzando por un verano excepcionalmente cálido y seco. Bueno, excepcionalmente cálido y seco para lo que es Bélgica, porque ha llovido. Poco, pero ha llovido. Lo que es calor, hizo una semana mala, incluso muy mala, como ya vimos hace poco, y luego el tiempo mejoró sustancialmente y pasamos a tener un verano agradable, con calor, pero sin pasarse. Una delicia, mientras en España se agotaban las existencias de aires acondicionados, ventiladores y polos de limón.

Sin embargo, todo tiene un fin, y el verano belga también ha acabado por tenerlo. Las nubes han vuelto, las temperaturas han ido bajando paulatinamente, intercalando alguna subida de vez en cuando, incluso por encima de los veinte grados, y ya nos encontramos en pleno otoño. Ya ha tocado sacar las mantas e incluso poner la calefacción de vez en cuando, lo que, al precio que nos tememos que se va a poner el gas, no va a tardar en ser un lujo asiático sólo al alcance de los majarajáes hindúes y de los jugadores del Real Madrid.

El otoño bruselense es muy bonito. Recuerdo que, en las ciudades españolas, el otoño llega tarde y, al menos en mi zona, trufada de árboles perennifolios, los cambios no se notan demasiado.

Aquí, no.

Muchas veces hemos dicho ya que Bruselas tiene muchas zonas verdes, en las cuales hay árboles para todos los gustos, pero básicamente son árboles cuyas hojas cambian de color y van pasando del verde al rojo y al amarillo, hasta finalmente caer y crear un tapiz de colores muy bonito, pero que, como te descuides y pises donde no debes, te puede enviar al suelo de un resbalón.

Como se puede ver en la imagen que ilustra esta entrada y que es mía de toda propiedad, me he hecho con un aparato que usaré para hacer fotos. Es un trasto pequeño, en realidad un teléfono, con una cámara lejos de las mejores del mercado (y casi que también de las peores), pero que hace su trabajo y, lo que es más importante, pesa poco y ocupa poco espacio, a diferencia del tronco que venía usando, portátil sólo sobre un camión. Esto es importante, porque, al ir a editar esta entrada, me he encontrado con una advertencia del señor Gúgel que me dice que han cambiado sus términos de prestación del servicio de Blóguer y que ojito con la propiedad intelectual del prójimo, entre otras lindezas que no vienen al caso y que esta bitácora ha cumplido escrupulosamente y hasta en exceso, como el anonimato estricto. Debo reconocer avergonzado que alguna captura de pantalla debe rondar por estas pantallas que quizá, y sólo quizá, la haya sacado de algún sitio menos público de lo que me gustaría, pero que tampoco debe ser privado del todo a juzgar por cómo se exhibe. Normalmente confieso de dónde viene, como la foto de grupo de los obispos belgas de la pasada entrada, con lo cual en la mayoría de los casos la cosa no debería pasar a mayores, pero nunca se sabe en estos tiempos confusos. Así que, sin renunciar a ilustrar mis entradas con lo que pille por ahí y sea legal, voy a llevar conmigo cual reportero dicharachero un aparatillo captaimágenes para usarlo como es debido, y uno de los primeros objetivos podría ser dar una vueltecilla por el bosque y hacerse una idea de los colores que se gastan en él, cosa que verdaderamente merece la pena.

Pero eso será otro día, porque hoy, no menos verdaderamente, se hace tarde.