miércoles, 25 de diciembre de 2013

Feliz cumpleaños

O sea, feliz Navidad. Tanta zarandaja y tanta historia hueca de "espíritu de la Navidad", de días entrañables de estar en familia y tantas vaciedades que se cuentan en estos días, de lo que es buena cuenta el mensaje de Juanca, sedicente monarca, de ayer, y lo que estamos celebrando es el cumpleaños de Cristo.

El resto son chorradas, lo siento mucho.

Feliz Navidad a todos los lectores y, si Dios quiere y me da tiempo, espero escribir muchas más entradas, porque, lo que es materia, Bélgica da para muchísimo. Sólo falta tener cuándo glosarlas...

lunes, 23 de diciembre de 2013

El aterrizaje de Abi

Si las aventuras de Ame a la hora de adaptarse al nuevo colegio ya son bastante chocantes, las de su hermana mayor, una preadolescente que los próximos años que cumplirá serán los quince, son directamente de otro planeta.

- ¿Qué tal te va en clase? ¿Cómo son tus compañeros?

- No sé. Son todos raros.

- ¿Todos?

- Sí. No han oído hablar de Pushkin.

- Ya...

- Ya digo: son raros.

- Y no se te ha pasado por la cabeza la idea... verás, esto igual es como el chiste aquél del que iba por la autovía por la noche, con poco tráfico, y se dice: "Voy a poner la radio, a ver qué cuentan.". Pone la radio, y están dando las noticias: "¡Atención! Peligro en la autovía CV-35. Hay un coche que está circulando en dirección contraria." Y el conductor dice: "¿Uno? ¡Qué va! Yo, por lo menos, ya he visto cincuenta."

- Ah...

- Vamos, que a lo mejor resulta que no es que los demás sean raros: es que quizá es que la rara seas tú.

- No, qué va, yo no soy rara. Son ellos.

- Vale, vale.

- Y, como son raros, cuando tengo una hora libre y ya he hecho los deberes, lo que hago es irme a la biblioteca del colegio y ponerme a leer a Chéjov.

Como todos los niños, claro.

domingo, 22 de diciembre de 2013

El aterrizaje de Ame

Lamentablemente, la escasez de tiempo continúa, y por eso he resuelto compartir las tareas de publicación con una persona de confianza, que ya fue el autor de algunas entradas hace un par de años. Así que, sin más, le cedo los trastos a Ame.

* * *

Hola.

Me llamo Ame, y soy un niño.

Hasta hace unos meses vivía en Moscú. Moscú es la capital de Rusia. Es una ciudad muy grande, donde hace mucho frío, y eso es muy divertido, porque nieva y te lo pasas muy bien jugando con la nieve. Es guay, Moscú.

Mi papá, que trabaja solucionando problemas, tuvo que irse a trabajar a Bruselas. Parece que en Moscú ya no quedaban problemas por solucionar, porque todos los había solucionado mi papá. En cambio, en Bruselas hay muchos problemas, así que mi papá va a tener trabajo mucho tiempo. Qué suerte.

Ha sido una pena irse de Moscú. En Moscú estaban todos mis amigos. Cuando tienes cinco años y eres pequeño es fácil hacer amigos, pero luego te haces mayor y es mucho más difícil. Yo ya tengo casi diez años, y claro, a esta edad todo el mundo ya tiene sus amigos y es difícil que te acepten.

Otra cosa que ha cambiado es el colegio. En Rusia, el colegio era pequeñito, pero estaba muy bien. Llegábamos, saludábamos a Ella Lvovna, que era nuestra profesora, y luego teníamos clase todo el día con ella y hacíamos cosas muy chulas.

Mi papá dice que, para comparar cómo son las cosas aquí, debo escribir "aquí, no". Bueno, pues aquí, no.

Aquí las cosas son muy diferentes.

Para empezar, aquí los profesores son españoles. Voy a un colegio un poco raro, donde hay gente de muchos países diferentes, pero mi papá dice que a mis profesores los envían desde España una cosa que se llama ministerio y que es como si fuese a un colegio normal español.

Pues los colegios normales españoles no me gustan mucho.

El primer día de clase estaba muy nervioso. Era la primera vez que iba a clase en autobús. Mi papá dice que en Bruselas eso se puede hacer, pero que sólo le faltaba a Moscú, con los atascos que hay, que además hubiera autobuses escolares. No sé por qué se llaman "escolares" en castellano, cuando deberían llamarse "colegiolares". "Escolar" supongo que viene del valenciano.

En el colegio, la clase estaba llena de niños españoles. Luego supe que eran españoles, pero no del todo, porque casi todos tenían un papá o una mamá de otro país. Eso debe ser un lío muy gordo, pero aquí parece bastante normal, así que no dije nada.

La profesora también era española. Un problema es que, como no es rusa, no tiene patronímico, así que no sé cómo llamarla. Entonces, lo que hice fue esperar a ver lo que hacían los demás.

Y eso me dejó muy sorprendido: los demás la llamaban "tú" y por su nombre. A Ella Lvovna nunca se nos hubiese ocurrido llamarla de tú, porque seguro que es de muy mala educación y se hubiera enfadado mucho y hubiera llamado a los papás. Y, cuando un profesor llama a los papás de uno, eso es señal de que va a haber problemas, seguro.

Además, me sorprendió mucho que los niños decían palabrotas. ¡Palabrotas! En Moscú, Ella Lvovna hubiera llamado inmediatemente a los padres y hubiera castigado enseguida al que hubiera dicho una palabrota. Aquí, la profesora no hizo nada. Bueno, igual es un poco sorda y no lo oyó bien.

En clase somos veintiséis: trece niños y trece niñas. Las niñas son MUY tontas. Son totalmente insoportables. El primer día de clase, una niña dijo que yo era tonto y me puso una zancadilla, ¡y ni siquiera me conocía! No sabía que las niñas españolas hicieran esas cosas. En Rusia, las niñas van con lazos en la cabeza y no insultan a los niños.

Cuando llegué a casa, le dije a mi papá lo que me había pasado. Mi papá dijo que no me preocupara, que lo que pasaba es que seguramente yo le había caído muy bien a la chica, por eso de ser rubio y tener los ojos azules. Creo que mi papá lleva demasiado tiempo en Bélgica y piensa cosas raras: cuando alguien le cae bien bien a uno, no le insulta ni le pone zancadillas.

Seguiré contando cosas. Creo que voy a tener muchos problemas en Bruselas. Y sí, ya sé que mi papá trabaja solucionando problemas, y que estaría muy bien que me ayudara a resolverlos, pero creo que mi papá no sabe muy bien lo que pasa en mi colegio.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Más basura

Así como quien no quiere la cosa, ya va para un año que dejé Rusia y resido en la capital de Europa. Y, si no recuerdo mal, una de las cosas que me llamó la atención fue la gestión de la basura. Uno podría esperar que, después de doce meses de sacar la basura general dos veces a la semana, y la de envases y la de cartón cada quince días en semanas alternas, ya estaría curado de espanto y habrían dejado de llamarme la atención las prácticas de los basureros locales.

Pues no.

Lo siento, no dejan de sorprenderme.

Bruselas es una ciudad de edificios bajos y muchas casas unifamilares, con una superficie bastante grande para los habitantes que tiene y, por tanto, con una densidad de población relativamente baja, para tratarse de una gran ciudad. Es fácil aparcar, sobre todo lejos del centro y, aunque las calles no son excesivamente amplias (viniendo de Moscú, eso es mposible), sin embargo no tendría por qué haber atascos.

El otro día, Ame llegó tarde al autobús del colegio. Como coincidía que era lunes por la mañana, aún no le habíamos devuelto el coche al tipo del alquiler, así que le llevé al colegio para que no perdiera, él, la clase, y los demás la paciencia. Le dejé y, ya iba con el tiempo un poco justo para llegar al trabajo, cuando giré la calle y me encontré...

sí, con ellos. Los servidores públicos que no paran hasta dejar la ciudad impecable ¡Maldición gitana! No se les ocurre otra cosa que salir a recoger la basura y bloquear las calles a las ocho y media de la mañana de un lunes. Olé tus huevos. En plena hora punta.

En España, en Rusia, y yo pensaba que en cualquier sitio donde la gente tuviera algo de sal en la mollera, los camiones de la basura salen a medianoche, o muy poco antes, cuando todos los gatos son pardos y la mayoría de los coches están aparcados tranquilamente en sus garajes o en donde sea.

Aquí, no.

Holandeses

Hasta este año, había evitado cuidadosamente entrar en Holanda. Un país que ha estado en guerra ochenta años contra España y que está poblado por herejotes no debe ser, decía yo, un sitio propicio para españoles.

Pero ya no ha habido más remedio, y aquí estoy, en Mastrique, con una temperatura de alrededor de cero grados y una llovizna que se está haciendo bastante pesadita. Son como las siete de la tarde, y la ciudad está absolutamente muerta. Uno a veces comprende a los componentes de los tercios cuando se ponían en plan saqueo: los pobres se debían aburrir bastante.


En el hotel en que estoy se lo han currado, sin embargo. Mañana es San Nicolás, al que llaman por aquí Sinterklaas, y me han dejado una tarjeta explicándome la historia de este señor, que yo tenía entendido que era obispo de Bari, pero que debe ser otro.

Resulta que Sinterklaas es un santo que vive ¡en España! y que se dedica a llevar regalos a los niños, pero no en España, no, donde nadie lo conoce, sino que se va a Holanda todos los años ¡en diciembre! para repartir regalitos.

El individuo cabalga por los tejados con su caballo, pero el trabajo sucio no lo hace él, sino su ayudante. Cuando hablo de "trabajo sucio" realmente lo es, porque consiste en descolgarse por las chimeneas, a donde no se le puede pegar nada limpio. Claro, el ayudante se lleva un tizne de hollín de aquí te espero y, así, no es de extrañar que atienda por el nombre de "Zwarte Piet". Como supongo que el ayudante también vive en España, habrá que llamarlo "Pedro, el Negro".

Además de repartir regalos, Sinterklaas y Pedro el Negro reparten dulces. Cartas de chocolate y unos botoncitos muy buenos que se llaman "Pepernoten", y en el hotel se lo han currado y me han dejado una bolsita con unos cuantos, encima de la mesa.

Ah, ¿que si les puedo hacer una foto a los dulces, para que todos puedan ver cómo son?

No, ya no.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Liturgia comparada: Introductio

A lo largo de los últimos, digamos, dos años, he viajado por sitios bastante diversos y, en consecuencia, he tenido la oportunidad de oír misa en varios de ellos, básicamente aquéllos a los que he ido a parar en domingo o en fiesta de guardar. Uno piensa que la litugia católica es algo bastante monolítico y que es la misma allá donde vayas, al menos desde que el Concilio de Trento, allá por el siglo XVI, hizo tabla rasa de las liturgias particulares, con excepciones contadísimas.

Bueno, pues ese pensamiento podía ser correcto hace unos cuantos decenios, pero hoy no. Hace unos cuantos decenios la liturgia era en latín, con el misal antiguo y con las lenguas vernáculas reducidas a las lecturas y a la predicación, con lo cual no había lugar a variaciones. Entonces llegó el Vaticano II y el Novus Ordo Missae, y se supone que las cosas debían seguir siendo homogéneas, dentro de que ya la liturgia dejaba de ser necesariamente en latín. De hecho, tengo entendido que el latín debía seguir siendo la lengua litúrgica, pero que se permitía decir misa en lenguas vernáculas. Como tantísimas veces, lo que iba a ser una excepción terminó siendo la norma, y no creo que sea fácil oír misa en latín en muchos lugares de la Cristiandad.

Para los que nos toca viajar fuera de nuestra patria, hay que decir que eso es una tabarra. Por muchos idiomas que sepas, nunca es lo mismo, y eso que, en los países donde los católicos somos una minoría que, en nuestra gran mayoría, venimos de fuera, es común encontrar misas en distinos idiomas. Si todo fuera en latín, como antes, asunto arreglado.

Así y todo, no debería haber diferencias más que la traducción del misal, y punto.

Pues no.

En las próximas entradas voy a intentar describir las particularidades de las misas en los distintos lugares en los que he estado en los dos últimos años, siempre con alguna salvedad. La principal es que existen misas en el idioma del país, y misas para algunas minorías de guiris que no consiguen hacerse con el idioma del país, no tienen ninguna gana de intentarlo, y tienen que ser atendidos en su lengua propia. Por ejemplo, en Rusia la mayoría de las misas católicas son en ruso, pero también hay misas en la tira de idiomas. Hablando de memoria: polaco (se nota el origen del catolicismo en Rusia), francés, inglés, alemán, español, coreano, armenio, italiano y seguro que me dejo alguno. Ah, sí, el latín, y además en sus dos versiones, la "nueva" y la tradicional, con un grupo bastante curioso que se reúne en los sótanos de la catedral los domingos por la tarde y asiste a la segunda. Sé que es curioso porque yo también he asistido un par de veces y seguro que también resulto curioso.

Obviamente, cuando la misa es en ruso (o en polaco), la cosa es bastante masiva y, cuando la misa es en los otros idiomas, los que asisten son guiris que se conocen todos, a los que se une algún ruso algo friki o interesado por el idioma que sea.

Si en Rusia los católicos suelen ser guiris, lo de Bruselas es peor. En Bruselas, un tercio mal contado de la población son guiris, así que hay misas en muchísimos idiomas, y hasta una vez encontré una misa católica ¡en ruso!, que ya son ganas de rizar el rizo.

Vamos a empezar de más formal a más informal. En la próxima entrada, voy a ocuparme del país, de los que he visitado más o menos recientemente, en que la liturgia es más formal. El último país de la serie es aquél en que la liturgia es más vivalavirgenanchaescastilla. Sí, el último va a ser Bélgica.

jueves, 21 de noviembre de 2013

El alquiler de coches (y II)

El alquilador de coches tiene dos líneas de negocio. La primera es el alquiler de minifurgonetas y camionetas, muy útiles en caso de transporte de muebles, pequeñas mudanzas y saraos similares. Casi diría que comprensiblemente, estos vehículos huelen a sudor y tienen restos de polvillo y astillas en cualquier sitio.

La segunda línea de negocio es el alquiler de turismos. El alquilador se ha comprado unos cuantos Seat Ibiza de distintos colores y la verdad es que los deja muy bien de precio. Eso, unido a que está cerca de casa y que no hay que irse a la quinta porra a devolverlos, nos convierte en unos clientes cautivos ¿Significa eso que estamos satisfechos de su servicio? No. Ya nos gustaría, ya.

Para empezar, está la cuestión de los horarios. Por las razones que quedaron dichas en la entrada anterior, nos vemos forzados a alquilar el coche todo el fin de semana y a devolverlo en lunes, cuando llega al trabajo, que se supone que son las nueve. Lo malo es que eso es mucho suponer. Lo bueno es que tiene un móvil y está apuntado en la puerta de su negocio.

- Oiga, ¿por dónde anda? Que ya son las nueve y media, y yo también tengo que irme a trabajar.

- Estoy en un atasco.

Es un poco sospechoso que los atascos tengan lugar sólo los lunes por la mañana, pero vale, aceptaremos pulpo.

- ¿Y qué hago? Me tengo que ir.

- Deje las llaves del coche en el buzón.

- ¿Y pagarle?

Y se sobreentiende, además: "¿Y liberar los ochocientos euros que tengo bloqueados en la tarjeta?"

- Ah, la semana que viene, cuando vuelvan.

Esto de la cautividad como cliente, al menos, tiene la ventaja de que hay confianza. Vamos, ya puede haberla, con ochocientos euros bloqueados.

Lo de los horarios tiene su corolario. Se supone que el viernes trabaja hasta las seis, y hasta las seis hay de tiempo para recoger el coche. Entonces es cuando suena una llamada en el móvil de Alfina.

- Oiga, que soy el del alquiler de coches.

- Sí, dígame.

- Que el viernes me voy a las tres y media, y tiene que recoger el coche antes.

- ¿Cómo que a las tres y media?

- Sí. Es que tengo una boda.

Estos musulmanes, siempre casándose en viernes. Sarracenos...

- Pero yo a las tres y media estoy trabajando.

- Pues tiene que ser a esa hora.

- Espere. A ver qué se puede hacer.

Y Alfina llama a su marido, que anda por algún lugar de Alsacia, y resulta que su marido sí puede acercarse al día siguiente a esa hora, y llama al alquilador, y todos tan contentos. Lo de la boda debía ser verdad, porque, cuando fui a recoger el coche, iba el señor bastante mejor vestido que de costumbre (cosa sencilla, por cierto) y llevaba una botella de champán. Sarraceno, pero bebedor.

Todo esto sería disculpable si los Seat Ibiza estuvieran en estado de revista. Ya habíamos dicho que las furgonetillas huelen a sudor y trabajos, pero lo que resulta sospechoso es que los Seat Ibiza que tiene como turismo... también huelen a sudor y trabajos. Uno entra en el coche y, escarmentados por la experiencia, lo primero que hace es mirar el indicador del depósito de combustible.

- Oiga, que no está lleno. Le falta una raya.

- Ah, pues yo sólo lo usé desde la gasolinera hasta aquí.

- ¿Y dónde estaba la gasolinera? ¿En Holanda?

- Pero no pasa nada. Usted me lo devuelve igual, y ya está.

Lo segundo que hace uno, después del numerito de la gasolina, es afinar la pituitaria, y notar que el coche huele bastante mal, como a sudor, tabaco y alcohol, como si aquello fuera un Lada Samara, y no un Seat Ibiza. Y luego toca afinar la vista, y descubrir que hay ceniza y polvo por doquier, y que debajo del asiento del conductor hay una botella de vino casi vacía rodando hacia adelante y hacia atrás según vayamos frenando o acelerando. En fin, que menuda juerga se ha corrido alguien en el coche, y esperemos que no fuera el conductor.

Al ir a devolverlo, nos acercamos a la gasolinera más próxima.

- Intenta que, sin llenarlo, esté casi cubierta la última raya.

- Vamos a probar con diez litros, a ver cómo queda.

Probamos con diez litros.

- Ajjjj.. faltan dos rayas.

- Voy a echarle cinco más.

- ¿Tantos?

- Es que el mínimo que te dispensa el surtidor éste son cinco litros.

- Vaya...

Con cinco litros más ya queda como queríamos.

- Bueno, como el camino hasta el alquiler es cuesta abajo, a ver si yendo en punto muerto no consumimos nada y no baja ninguna raya.

- A ver.

Dios mío, Dios mío, que llegue pronto el coche propio, aunque recogerlo y matricularlo me dé materia para veinte entradas más.

martes, 19 de noviembre de 2013

El alquiler de coches (I)

Como ya quedó dicho, no tenemos coche ni lo tendremos hasta que pasen varias lunas, y luego todavía quedará matricularlo y ésas cosas que sí son burocráticas y que, si la empresa privada es lo que hemos visto, no quiero ni pensar lo que puede ser la administración pública.

En fin, que vehículo propio no tenemos, así que no nos queda más remedio que alquilarlo, siquiera sea para hacer la compra los fines de semana, porque, cuando hay varias bocas que alimentar, el problema básico es tener dinero para comprar las cosas, vale; pero un problema no menos importante es transportar las cosas que has comprado desde la tienda hasta la cocina.

Lo de los alquileres de coche en Bruselas es un caso aparte. Como en todos los sitios, los hay en las estaciones de tren y en los aeropuertos, pero uno no se va a ir a un aeropuerto sólo para alquilar un coche, ¿verdad?, ni a una estación de tren, que, por cierto, no pillan nada cerca de casa. Hay en Bélgica un sistema de alquiler, parecido al de las bicicletas, que, por lo visto, funciona muy bien, pero, por un par de meses, no compensa el pago inicial ni toda la parafernalia y, además, la estación más próxima estará a sus buenos veinte minutos. Por fortuna, a no más de diez minutos a pateo tenemos una oficina de alquiler, que, vale, no es precisamente Hertz ni Sixt, pero que alquila coches.

Y aquí nos encontramos con otro de los arcanos de la prestación de servicios en Bélgica.

El señor que lleva la oficina, que, por cómo la lleva, nadie diría que fuera suya, es, por ser suave, un pelín dejado. Tiene un horario, de lunes a sábado, y de nueve de la mañana a seis de la tarde, pero que respeta sólo en casos excepcionales. Trabaja solo, y no parece que se mate demasiado. Lo que maravilla es su estilo, tan personal, de llevar el negocio.

Como es de suponer, nosotros somos clientes de fin de semana, de día de compra, y nos gustaría alquilar el viernes por la tarde y devolver el sábado por la tarde, antes de que cierre. Una vez, con un vehículo de carga, lo logramos, y lo intentamos la vez siguiente, esta vez con un turismo.

- No, no se lo alquilo.

- Ah, ¿no? ¿Y por qué no?

- Porque, si se lo alquilo, luego ya no me lo recoge nadie para quedárselo el domingo, y yo a ustedes sólo les cobro un día y un día lo tengo parado.

Lo bueno del pequeño comercio es el trato franco y personal, está claro. Como, por otra parte, la verdad es que el alquiler es mucho más barato que el de sus competidores internacionales, sale a cuenta alqular el domingo, aunque el domingo salgamos a pasear al bosque de al lado o llueva a cántaros y nos quedemos en casa todo el día y sólo salgamos a misa y gracias. Vale, lo alquilamos todo el fin de semana, usted gana.

Como en todos los alquileres de coches, el contrato dice que te dejan el depósito lleno, y que tú también tienes que devolverlo lleno y que, si no lo dejas lleno, te cobrarán el combustible que le metan a un precio más elevado que los pensamientos de un místico.

Bueno, pues todavía no he visto un coche de ese sitio con el depósito lleno.

La primera vez, con el vehículo de carga, no sólo no estaba lleno: es que estaba en reserva, y en reserva agónica, de las que te hacen buscar la gasolinera más cercana con un nudo en la garganta por si te deja tirado.

- Oiga, ¿el indicador de combustible funciona? Porque no se ha levantado ni un poquito.

- No, es que está vacío. Pero no pasa nada. Usted póngale lo que vaya a gastar, y me lo devuelve también vacío.

"Póngale lo que vaya a gastar" ¿Y yo qué sé qué voy a gastar? Ni que fuera el oráculo. Total, que me acerco a la gasolinera y llego de milagro. Como la gasolina en Bélgica va más cara que en España y, si comparo con Rusia, ya ni lo cuento, toca economizar, con lo cual vamos todo el fin de semana con en depósito temblando, para dejárselo en la misma comatosa condición en que nos lo dejó. Y, claro, los niños no estan acostumbrados a ver un depósito tan renqueante en esta familia.

- Papá, hay que ponerle gasolina.

- Ya le puse.

- Pero le pusiste poca. Mira el indicador.

- Ya lo sé.

- Nos vamos a quedar sin gasolina.

- No creo.

- Que sí. Y tendremos que volver andando.

"Grrrr..."

Con lo fácil que es que te lo dejen lleno, gastes lo que sea sin preocuparte y, justo antes de devolverlo, pases por la gasolinera y lo llenes. Pues no.

A todo esto, al tío parece que el negocio le funciona. Yo he estado pensando seriamente en poner un negocio de alquiler de coches en el barrio, porque, si éste, con todo lo chapucero que es, tira p'alante, no hace falta ser muy bueno para hacerse con el mercado. Lo único que me tira para atrás es que a ver de dónde saco los coches. Con lo difícil que es hacerme con uno para mí mismo, conseguir una flotilla mínima debe ser un trabajo que ríete de los de Hércules.

En fin...

martes, 5 de noviembre de 2013

Contratando Internet

Uno de los motivos más decisivos en esta etapa de escritos escasos y espigados a lo largo de las semanas es que, hasta hace relativamente poco, no teníamos Internet.

Pero, claro, era cuestión de contratar el servicio. En Bruselas, dependiendo del barrio, te puedes encontrar con que tienes un posible proveedor, o dos, pero no hay mucho más. En nuestro barrio, los proveedores posibles son VOO (sí, a la porra el anonimato) y Belgacom, el antiguo monopolio de telecomunicaciones. Como los monopolistas son todo lo malos que uno se encuentra en sitios como los concesionarios de coches que vimos la vez pasada, decidimos ir a la empresa pequeña y dinámica que nos daría un servicio adaptado a sus clientes. A VOO, vamos.

En Bruselas, si quieres hablar con un proveedor de servicios más o menos grande, tienes que pasar por una odisea de máquinas que, con voz metálica, te van... ejem, orientando. "Si quiere hablar en bable, marque uno; si quiere hablar en mandarín, marque 2". Cuando uno encuentra su idioma ("Si vosté vol parlar en valencià, marque el 547"), llega la siguiente fase: "Para consultas de compras de cartuchos de tinta, marque uno; para administraciones de fincas, marque dos...". Pero no hay mal que cien años dure y, finalmente, olé, uno llega a hablar con una persona.

- Buenos días, quería contratar con ustedes televisión, teléfono e Internet.

- Tenemos un pack que blablabla...

Las cosas claras, en plan tengo esto que cuesta tanto, no son una opción por aquí. Las tarifas son a cual más enrevesada: en una te dan todos los canales de televisión vietnamitas duranes seis meses por un módico precio; en otra, si contratas una cadena sueca, te meten totalmente gratis un período de prueba de una aplicación de recetas de cocina bantúes, que ahora se llevan mucho, con las llamadas a Luxemburgo gratuitas entre diez y doce de la noche. Al final, crees haber conseguido algo acorde con tus necesidades y se lo dices.

- Muy bien, la opción archipackdeguaymolamazo, por setenta euros al mes, con franquicia de instalación y activación y experiencia mejorada...

"Jo, qué bien, experiencia mejorada... esto va a ser la bomba."

- Ahora vamos a concertar una cita para que nuestro técnico se pase por su casa a activar el servicio ¿Qué día le viene bien?

- Hombre, pues un sábado. En la tienda me dijeron que podían hacerlo en sábado. Es que el resto de la semana trabajo.

- No, no, un sábado no puede ser.

- Pues un viernes por la tarde, que puedo salir antes.

- Vale... a ver... el día 13 de septiembre.

- Estupendo.

- El horario de tarde de nuestros técnicos es de doce a seis.

- Bueno, pero que no llegue antes de las dos, que no habré llegado a casa.

- No pasa nada. Yo le pongo aquí una notita: "a partir de las dos". Ya está. Enhorabuena por haber escogido este servicio. Es usted muy afortunado.

Pasan los días, llega el 13 de septiembre, y yo salgo raudo del trabajo como una exhalación, como con prisa de ver cómo es la experiencia mejorada. La bici vuela por Bruselas (a falta de coche, como vimos en la entrada anterior), y llego a mi casa en un abrir y cerrar de ojos. Desde fuera, vislumbro en el buzón una tarjeta con tonos morados que me hace tragar saliva. La tomo, sin siquiera entrar en casa y me la acerco a la cara mientras hablo mucho los ojos.

"Estimado cliente:

Un técnico de VOO ha pasado a visitarle a las 12.45, sin conseguir acceder a su vivienda, debido a que no le fue abierta la puerta. Le ruego contacte con nuestro servicio al cliente para concertar una nueva cita.

Atentamente,

VOO."


El muy c*br*n había pasado de que yo dijera lo de que no llegaría hasta las dos y pasó a la una menos cuarto, con un par. Sólo puedo pensar que no tuviera ganas de trabajar. Sólo había pasado media hora desde que, supuestamente, pasara por allí, así que quizá lo lograra pillar. En la tarjeta había garrapateado un número de móvil con una caligrafía de médico con Parkinson. Le llamé un par de docenas de veces, sólo para encontrarme que tenía puesto el contestador automático de manera permanente. Aquello parecía regodeo.

Con el cabreo que llevaba encima, llamé al servicio al cliente de VOO.

"Si desea hablar en cantonés, marque uno; si desea hablar en noruego, marque dos..."

Marco un número cualquiera.

"Si quiere configurar el orientador trifásico, marque uno; si lo que desea es extrapolar la comunicación extemporánea, marque dos; si quiere..."

Varios intentos después, se consigue: "si quiere hablar con el servicio a cliente, marque 38".

- Servicio a cliente, dígame.

Le explico el caso con muy malas pulgas.

- Claro, claro, es que el horario del técnico es de doce a seis, y en ese período puede pasar en cualquier momento.

- Pero yo dije que no estaría hasta las dos. Su compañera tomo nota.

- Sí, sí, nosotras podemos tomar nota, pero todo depende del recorrido que siga el técnico.

- ¿Y por qué no me lo dicen?

- No sé. Yo no le atendí ¿Quiere usted que le demos otra cita?

- Para hoy. O para mañana por la mañana.

- Mmm... no, hoy es imposible. Y mañana es sábado, así que tampoco. Ah, pero mire, aquí tengo una cita para el cuatro de octubre.

- ¿Cómo que el cuatro de octubre? Eso es dentro de tres semanas.

- Antes está todo ocupado.

- ¿Y no puede encontrar al técnico que ha estado aquí antes? Seguro que esta tarde puede pasar, porque ha hecho un servicio menos y le debe sobrar tiempo.

- No, no puedo contactar con el técnico.

- Oiga, esto es una calamidad de servicio.

A partir de ahí ya subí el tono y comenzaron las amenazas.

- Claro, puede poner una queja. En nuestra página web están todos los datos.

- Pero, ¿cómo voy a ver su página web, si no me ponen Internet?

Aquello no tenía pies de cabeza. Como todo el país. Después de algunos gritos que mi interlocutora (por llamarla así) soportó con notable entereza, colgué resignado. Pues vaya con la pequeña empresa dinámica que se está comiendo el mercado. Si éstos son así...

Hace unos cuantos años, en el programa de humor de la televisión vasca "Vaya semanita", se hizo muy popular un video llamado "¿Y si todos fueran funcionarios?". A mí me da la impresión de que los autores habían pasado una temporadita en Bélgica, antes de grabarlo, porque aquí sí que son todos funcionarios. Al cliente, que lo zurzan.

martes, 29 de octubre de 2013

Comprando un coche

En Bélgica, podría parecer que el artículo traducido en la entrada anterior no es sino el desahogo de una inglesa inadaptada que no merece sino unas palmaditas en la espalda, junto con la conmiseración de sus congéneres y una sonrisita de complicidad.

Ojalá. Pero va a ser que la Bruselas de 2013 no es mejor que la de 1994, y que en más de un aspecto es bastante peor.

Tomemos, por ejemplo, el caso del coche. Emma Hawton dice, sencillamente, que se compró un coche, así, por las buenas y de sopetón, como sin darle importancia, y como si un paso como el de la compra de un coche fuera una minucia comparado con el calvario en que consistió su regularización administrativa.

Veamos como funcionan las cosas en la Bruselas del siglo XXI:

No tenemos coche. El que teníamos en Moscú lo vendimos, y con lo que nos pagaron por él (estaba en perfecto estado de revista, algo rarísimo para un coche con ocho años de combates por Moscú) y algunos ahorrillos que hemos ido consiguiendo a base de prescindir de lujos y de reducir las raciones de sopa, tenemos para comprarnos un coche algo más postinero. Alfina tenía entre ceja y ceja un modelo y, naturalmente, dicha elección fue aprobada por unanimidad.

Hasta ahí, normal. Resulta que el fabricante de coches es una conocida empresa alemana de razonable enjundia, que atiende por dos de las últimas letras del alfabeto. La distribución en Bélgica de sus productos está en manos de un único distribuidor, probablemente para simplificar el asalto al mercado belga. Las opiniones sobre el susodicho distribuidor son dispares. Unos me dicen que son unos monopolistas y se aprovechan; otros, menos comedidos, dicen que es un mafioso de m**rd*. He intentado buscar opiniones favorables, hasta el momento sin resultados positivos, pero el éxito se espera a cada momento.

Como Bélgica es un país moderno y les saca varias cabezas a los mostrencos del sur de Europa, nosotros no podíamos menos que considerar todo aquello como falacias e infundios. Un buen sábado por la mañana, nos plantamos en el concesionario con optimismo y buen ánimo.

Cuando uno va a un concesionario español, y más en los tiempos que corren, los vendedores sacan las alfombras rojas y loan las glorias del bienhechor que viene a convertirse en cliente. En Rusia, que es nuestra experiencia anterior, quizá sean menos obsequiosos, pero igualmente no hay mucho que temer.

En Bruselas, se hizo el vacío a nuestro alrededor. Asomamos la nariz por el monstruo de concesionario, dimos un par de paseos, descubrimos el modelo que nos interesaba y, a todo esto, ¿allí no se dedicaban a vender coches, o sólo era a exponerlos?

Finalmente, conseguimos atraer la atención de una chica rubia, que nos pasó la información que queríamos obtener. Bien. Nos llevamos el folleto a casa, descubrimos que aquello era un galimatías sin sentido para nosotros, vimos más siglas incomprensibles que en una sopa de letras, y llegamos a una conclusión. La primera, que la chica era rubia y bastante mona, pero albergábamos sospechas sobre su conocimiento de producto.

La segunda conclusión fue reconocer que, aunque el conocimiento de producto de la chica fuera mejorable, el nuestro era totalmente nulo, lo cual convertía cualquier decisión en una decisión poco informada. En consecuencia, habría que regirse por otros criterios.

- ¿Qué tal si compramos el que tengan en almacén, sea el que sea?

Hay que decir que, la última vez que planteamos esta actitud, el resultado fue un exitazo, y nos salió un coche buenísimo.

- Venga.

El resultado fue un sencillo correo a la chica preguntándole qué tenía en el almacén. La chica, para cuando se lo preguntamos, estaba de baja (yo creo que fue la única persona que recibió a un cliente en sábado y, claro, el cuerpo se resiente); más tarde estuvo en un curso de formación (indudablemente, la intención era buena). Finalmente, nos ofreció dos opciones que tenían <i>en stock</i>. Elegimos la que mejor nos pareció y preguntamos cuándo podíamos pagar y recogerlo.

- A principios de diciembre.

Estamos hablando de primeros de octubre.

- ¿Cómo que a principios de diciembre? Pero, ¿no habíamos quedado en que lo tenían en stock?

- Y lo tenemos. Si tiene que ser por encargo, tendríamos que esperar, como pronto, a final de enero.

No tengo ni idea de dónde tiene esta gente su almacén, pero, si les cuesta tres meses traer algo de allí, miedo me da.

<i>Continuará</i>

domingo, 27 de octubre de 2013

El Reino Soviético de Bélgica

Para introducir el asunto, nada mejor que ceder la palabra a una inglesa enfadada. Uno puede reírse por lo bajinis cuando alguien basurea vilmente a una inglesa (¡lo merece! ¡lo merece!, pensarán muchos), pero, en este caso, resulta una introducción difícilmente mejorable. Cedo la palabra a Emma Tucker, que obviamente escribe en inglés (no faltaría más, ¿no dijimos que era inglesa?). La traducción es de un servidor.

* * *

Bienvenidos a la Bélgica Soviética

Emma Tucker sólo quería registrar su coche. Pero no había contado con la burocracia belga.


En la antigua Unión Soviética, Zaire, o incluso Italia, ni siquiera hubiera pestañeado. Pero, ¿en Bélgica? ¿El centro de Europa, sede de las instituciones que dieron la libre circulación de personas a la Unión Europea?

Pocos lo saben hasta que llegan, pero Bélgica supura burocracia. En realidad, instalarse en la capital de Europa, incluso desde otro país de la UE, deja a los extranjeros que llegan frustrados, agotados y, a veces, a punto de verter lágrimas de rabia.

Puede llegar a enloquecer, pero la piedra angular de la UE, el Tratado de Roma, no ofrece consuelo alguno. El artículo 48 consagra la libertad de movimiento de trabajadores dentro de la UE y deroga toda discriminación basada en la nacionalidad. Pero no hay tratado que diga nada sobre burocracia y, como los belgas tienen que soportar los mismos laberintos que los extranjeros, no se puede decir que el país discrimine a nadie.

Mi primer obstáculo al llegar a Bruselas en mayo consistió en registrarme como periodista. Al ministerio belga de asuntos exteriores le gusta llevar un registro de todos los periodistas extranjeros que trabajan en el país y me llamó, poco después de mi llegada, diciéndome que me presentara con mi pasaporte, dos fotos y la tarjeta de prensa de mi país.

En un habitación sin colorido alguno ni ventanas, rellené los formularios exigidos y, diez minutos después, me dieron la tarjeta plastificada.

Por desgracia, la tarjeta sólo era válida por tres meses. Para obtener una acreditación permanente, tenía que solicitarla a un tribunal de periodistas que resolverían sobre mi solicitud y decidirían si yo era, o no, una representante adecuada de la profesión.

"Como usted trabaja para el Financial Times", dijo la mujer, "no debería haber ningún problema". Pero, como ninguno de mis colegas, ni siquiera el más quisquilloso, había completado el procedimiento, yo tampoco lo hice. Ya tenía una tarjeta de prensa internacional de la policía británica y una tarjeta de prensa de la Comisión. Pero esto resultó ser un error gravísimo.

Los problemas comenzaron cuando compré un coche. Para obtener las placas de matrícula, tenía que probar que me había registrado en la comuna local. De todas maneras, todos los extranjeros tienen que hacerlo. Así que, al comprar el coche, un buen día por la mañana temprano, me fui al ayuntamiento.

Tras abrirme paso entre las filas de madres con carritos, pensionistas frustrados e inmigrantes acosados, me dijeron que tenía que haber llamado por teléfono para pedir cita. "Vale, ¿lo puedo hacer ahora, por favor?" "No, ha de ser por teléfono". La mujer señaló un teléfono de pago que había en una esquina de la habitación. "Puede usar ése, pero tiene que llamar antes de las diez de la mañana".

Cuando conseguí hablar con alguien, no había citas hasta agosto, dos meses después de haber comprado el coche.

Después, la comuna no me dio una carta que confirmara que vivía en Ixelles, mi comuna, así que tuve que solicitar unas placas temporales de una validez de un mes: otra saga.

Entretanto, antes de mi cita de agosto, se me convocó al cuartel local de policía con una copia de mi contrato de alquiler. Cuando llamé para pedir cita, me dijeron que el policía que se ocupaba de mi calle estaba enfermo. No supe más del asunto.

En agosto, cuando me presenté a la cita en la comuna, había sido cancelada por no haberme puesto en contacto con la policía. Protesté, diciendo que mi policía estaba enfermo. Nada. Me dieron otra cita para final de septiembre. Para entonces, mis placas temporales estaban más que caducadas.

Esta vez fui a visitar al policía, que ya se había recuperado. Firmó un papel que certificaba que yo vivía en mi dirección, papel que tomé, junto con mi pasaporte, una carta del Financial Times, fotos y los datos de mis padres, y vuelta al ayuntamiento.

Esta vez denegaron mi solicitud de registro porque mi tarjeta de prensa belga había caducado. No sólo no me habían dicho que tenía que presentarla (¿Qué presentan los médicos o los profesores?), sino que ni siquiera había oído nunca que otros periodistas hubieran tenido que hacer lo mismo.

De los muchos que viven en Bruselas, sólo un puñado se han tomado la molestia de obtener una tarjeta de prensa belga. Pero a mi me echaron atrás con otra cita para finales de noviembre. Entretanto, mis placas siguen caducadas, y una tarjeta de prensa definitiva, según me dicen, puede tardar hasta seis meses en tramitarse.

¿Por qué una ciudad que alberga a tantísimos extranjeros -cosa de un tercio de la población de Bruselas es extranjera- hace las cosas tan complicadas? Llamé al ministerio del Interior, en Londres, y pregunté que debería hacer un periodista belga que llegara al Reino Unido para trabajar. La respuesta fue: "Presentar su pasaporte en el aeropuerto."

También hay un lado siniestro en la insistencia de Bélgica de que todos sus residentes se registren en la policía.

Desde mediados de los ochenta, a ciertas comunas de Bruselas se les permite denegar el registro a extranjeros de países no pertenecientes a la UE. Como era de esperar, esta norma ha servido sobre todo para mantener a raya a inmigrantes de Marruecos, África y Turquía. En un caso, un estadounidense que había comprado una casa en una comuna del centro de Bruselas no pudo registrar a su esposa, de origen africano.

Según la Liga Bruselense de Derechos Humanos, que lucha por que la ley sea derogada, eso incluso ha impedido mudarse de comuna a personas que han vivido en Bélgica durante treinta años.

Aunque las normas, para algunos, puedan llegar a ser desastrosas, para mí sólo han sido desquiciantes. En los seis meses que han pasado desde que llegué, no he podido enterarme del porqué de su existencia. Si es por crear puestos de trabajo, los belgas harían mejor en poner a trabajar a sus centenares de burócratas en sus calles, llenas de socavones, o en limpiar la fenomenal cantidad de cacas de perro que hay en la calle.

Los funcionarios belgas dicen que su sistema se ha desarrollado (en los 160 años que han pasado desde que Bélgica se fundara) a partir de sistemas burocraticos que ha tomado de sus vecinos, junto con la necesidad de ordenar a una población tradicionalmente desordenada.

Un alto cargo del gobierno dijo: "Para gente que viene del Reino Unido o de los EEUU, donde todo es libre, es un choque cultural. Pero el mayor placer de los belgas consiste en no respetar la ley."

No me gusta poner de manifiesto las partes absurdas de un país cuyas gentes han sido excepcionalmente acogedores, pero me consuela que todos mis amigos belgas me hayan instado a hacerlo.

Dicho esto, cuando el tema consiste en proveer a todos los ciudadanos con una tarjeta de identidad, los belgas no pueden comprender mis objeciones.

"¿Y qué pasaría si estuvieras en un accidente?, preguntan. "¿Cómo sabría la policía que se trata de ti?"

Esta mentalidad burocrática prevalece en la mayor parte del continente. En Italia, por ejemplo, los ciudadanos de la UE que llegan solicitan primero un permiso de residencia temporal, tras lo cual pueden registrarse en el ayuntamiento. Un colega que se mudó de Bélgica a Italia dijo que era trabajoso -una visita a la policía local incluía una espera de tres horas-, pero menos frustrante que sus experiencias belgas.

En Francia hay problemas similares. "Para hacer cualquier cosa en Francia", dijo un expatriado quejoso, "necesitas fotocopias por triplicado de las facturas del gas, del certificado de nacimiento y del permiso de conducir. Y siempre falta algo."

En Portugal, los extranjeros tienen que solicitar a la policía una tarjeta de residencia, pero sólo la recibirán si llevan un documento de su embajada que diga que son quienes son. "Un pasaporte no es suficiente", dijo un británico que vive en Lisboa.

Incluso en los Países Bajos, los trabajadores extranjeros de países de la UE tienen que registrarse en el ayuntamiento, así como obtener un sello de residencia de la policía local en un plazo de tres meses.

Un tratado contra la burocracia es lo que necesita Europa.

* * *

Según mis datos, el artículo que he traducido arriba fue publicado en el Financial Times, el 24 de noviembre de 1994. Dentro de nada hará, pues, diecinueve años de los sucesos que sacaron de quicio a Emma Tucker. Ahora estamos en 2013, entretanto hay una sola moneda en buena parte de los países de la UE y, por si fuera poco, han desaparecido los controles fronterizos en casi todo el continente ¿Quiere eso decir que el artículo está anticuado?

Lo veremos en las próximas entregas. Hoy no. Hoy se hace tarde.

jueves, 24 de octubre de 2013

El desfile (y XII): final de fiesta y cuentas del Gran Capitán

Al terminar el desfile de moda, subimos al segundo piso del Bolshoi, donde habíamos hecho preparar algo de papeo. Un piscolabis, vamos; o, si nos ponemos en plan pijotero, una "fourchette".

A lo del papeo no faltó casi nadie. Bueno, faltaron las dos próceres de Tiranistán y Rusia, que supongo que cenaron mejor que nosotros. Las modelos se cambiaron, se pusieron ropa de calle y, ya vestidas de personas, y no de vestales estrambóticas, subieron a comer algo. La verdad es que, lo que es comer, comieron poco (es lo que tiene la profesión), pero ligaron bastante con los cinco modelos masculinos, que se pusieron las botas y salieron de allí con las agendas bastante llenas. A saber lo que pasaría el fin de semana siguiente.

Oskarl, finalmente, apareció por allí. Mi jefe se había estado ocupando de otros temas durante las últimas tres semanas, pero, en el momento decisivo, supongo que decidió no dejarme solo y asistir al desfile y al papeo posterior. Lupita se le acercó y empezó a hablar animadamente con él, mientras me miraba de reojo; Salaroy estaba de pie a su lado, sin decir palabra.

No había falta ser un lince para comprender que estaban presentando una queja formal contra mi persona, por mi falta de implicación durante las tres semanas anteriores y por mi trato displicente para con los dignísimos funcionarios tiranios. Lupita no olvidaba, y eso que el desfile, según todos los indicios, había sido, una vez más, un éxito; pero, para mayor gloria de alguien, lo mejor es presentar una queja formal. Si la cosa no ha sido un éxito, ya tenemos un culpable del fracaso; y si la cosa ha sido un éxito, presentar una queja realza las virtudes del funcionario encargado del asunto, que ha sido capaz de llevar la nave a buen puerto a pesar de los palos en las ruedas que les han puesto los malévolos subcontratistas locales. Mayor mérito suyo, pues.

¿Y Héctor Aredua? Héctor estaba cortejando al doctor Atsock, el Ministro de Relaciones Económicas Exteriores de Tiranistán e, incidentalmente, el que había tenido la ideíta del desfile de moda tres semanas después de ocurrírsele la genialidad. El doctor Atsock era una especie de cretino soberbio a quien el cargo de ministro se le había subido a la cabeza, y que se consideraba más allá del bien y del mal. Hay que reconocer que razón no le faltaba, porque, si después de todas las tropelías que hizo en Moscú en los dos meses anteriores al desfile no le pasó nada grave y ni siquiera tuvo que dimitir, es que efectivamente estaba más allá del bien y del mal.

En el caso que nos ocupa, el doctor Atsock, con modales del jovenzuelo insolente que en el fondo seguía siendo, se estaba burlando abiertamente del amigo Héctor, que lo soportaba con bastante entereza. Como, aunque aquello estaba trufado de modelos impresionantes, el doctor Atsock debía tener otros planes bien definidos, un rato después desapareció, para alivio de los presentes y desazón de su chófer. Pero ésa es otra historia.

Ya iba yo pensando en retirarme discretamente y olvidarme de que existen desfiles de moda en el mundo, cuando se me acercó Oskarl y me dijo que había recibido quejas de mí y que debía de implicarme más en los temas que llevaba y tratar con mayor afecto a los clientes. Pedí perdón por el trato que había inflingido a los clientes y aseguré a mi jefe que mi implicación había sido completa, y prometí enmendarme y ser un empleado ejemplar. Yo creo que Oskarl no se creía mucho eso de la falta de implicación, aunque lo del trato displicente a los clientes sí, y es que era realmente verosímil. La cuestión es que la cosa no pasó a mayores.

Al día siguiente llegó el momento de hacer cuentas. Como se trataba de números, de trabajar y de esas cosas tan poco glamurosas, Lupita y Héctor desaparecieron y los que nos reunimos fuimos Salaroy, la directora de la agencia y yo. El desfile había sido un chollo de precio, y le había salido a Tiranistán por una cantidad ínfima, en comparación con la misma cosa, pongamos por caso, en Milán, pero Salaroy quería más.

- ¿Y hemos pagado treinta y tres modelos? Yo sólo conté treinta y dos, que están en la lista.

- Salaroy, que Engatusso contrató a otra por su cuenta. Recuerde, la profesional.

- ¿Y por qué ha costado ésa mucho más?

- No sé. Pregunte a Engatusso. Supongo que sus prestaciones son mayores.

- ¿Y hemos pagado tanto por cada una?

- ¡Pues no dijo usted que en Milán pagaban cinco veces más!

- Ya, pero aquello es Milán.

- Y esto Moscú.

Al final, logré convercerle para que pagáramos la factura a la agencia, que desde luego fue mucho menos que lo que costó el Bolshoi, y además documentado y sin problemas.

Por la tarde, acompañé al transportista a llevar de vuelta los trajes al aeropuerto. Unos papeles por aquí, un sello por allá, y los trajes pasaron la aduana sin ningún problema. Creo que el transportista todavía va contando por ahí que en Moscú había un tal Alfor que se movía por el aeropuerto como por el salón de su casa y que sacó unos vestidos impresionantes de Moscú sin aduanas, sin cuadernos ATA y, lo que es más increíble, sin problemas.

A la mañana siguiente nos dejaron los funcionarios tiranios, a los que, a Dios gracias, no he vuelto a ver hasta el día de hoy.

Y yo ya había olvidado el asuntillo aquél del desfile de moda, hasta que, hace ya entretanto unos meses, llegó a mis manos la noticia del cese de Iksánov, que es el único protagonista de aquella historia que había salido de rositas e incluso con buena reputación, y eso me movió a escribir esta larguísima serie. Pero, con esta entrada, la serie se termina, y ahora toca volver a Bruselas; porque, quién me lo iba a decir, resulta que Bruselas es un entorno, a veces, más desconcertante que Moscú, como se verá a partir de la próxima entrada.

lunes, 21 de octubre de 2013

Turkmenistán de primera mano

- Entonce, Irina, ¿usted es turkmena?

- Sí, sí.

- ¿Y de dónde? ¿De Asjabad?

- De Asjabad, sí.

- ¿Y qué tal por allí?

- Ah, muy bien. Todo va perfectamente ¿Conoce usted Turkmenistán?

- Ya me gustaría, ya, pero nunca he tenido ocasión de ir. Lo que sí he tenido son ganas, pero creo que son ustedes bastante estrictos con los visados, así que no es fácil entrar.

- Eso es verdad, sí. Mi madre vive en Rusia, y la última vez no le dieron visado para entrar. Y no crea, que antes también había visado para salir, y no era fácil, no. Yo misma, es de las primeras veces que salgo a Rusia.

- ¿Y por qué lo hacen? ¿No quieren que la gente entre en su país?

- Nuestro país está muy bien, y por lo visto nuestros dirigentes piensan que, si dejan pasar a todo el mundo, mucha gente vendría a Turkmenistán a quedarse.

- Claro, claro... y eso no puede ser.

Yo me quedé mirándola por si lo decía en serio o iba con choteo, y la verdad es que no me quedó claro del todo.

- Por cierto, que tengo otra cuestión - dije.

- Diga.

- ¿Para cuándo podemos esperar una edición del Rujnama en español? La última vez que lo investigué, no había ninguna, y lo tuve que leer en ruso.

- Sí que es verdad que no la hay en español.

- ¿Y por qué no?

- Pues verá, yo creo que es poco probable que se vaya a traducir próximamente, porque quizá sepa usted que el autor murió.

- Lo sé. Saparmurad Turkmenbashí, el padre de los turkmenos.

- Bueno, pues las traducciones del Rujnama, muchas veces, eran regalos de personalidades extranjeras que venían a Turkmenistán a visitarle. Claro, a partir de que muriera, ya no ha habido más regalos, ni más traducciones. En todo el tiempo que gobernó el Turkmenbashí, no hubo nadie que le regalara una traducción del Rujnama al español, y por eso ese libro no existe en su lengua.

- Ya veo ¿Y nadie se plantea traducirlo? El español, al fin y al cabo, es una de las grandes lenguas de la humanidad.

- Claro, claro, pero, después de todo, el Rujnama es un libro en primer lugar para turkmenos. No creo que sea interesante para hispanohablantes.

- Creo que no conoce usted bastante el público hispanohablante. Yo estoy convencido de que la gran mayoría quiere ir al paraíso, y sé perfectamente que la forma más sencilla para ello consiste en leer tres veces el Rujnama, como el Turkmenbashí pidió a Alá. El turkmeno es un idioma poco conocido, y por eso convendría traducirlo al castellano. Oiga, que somos quinientos millones, y subiendo.

Irina no pareció muy convencida. Para mí que no era muy creyente.

La conversación siguió por otros derroteros, Irina me pasó un billete de un sum, que es la moneda de por allí, y yo le pasé uno de diez rublos, que, visto que no había abierta una mísera tienda, de todas maneras no tenía ninguna posibilidad de gastar. Acabó en esto la comida, y tocaba continuar con el congreso, así que salimos a la calle para ir al hotel. Y, enfrente de mí, otra tienda por abrir.


Yo, la verdad, no sé qué van a vender aquí, porque no lo pone, pero parece interesante.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El congreso

Así pues, en Roza Jútor apenas hay nada que hacer ni nada que comprar. Cuando lo acaben, entonces sí, entonces estará bien, pero por el momento es un rollo, y no digamos si, como era el caso, llovía todo el santo día. Claro, yo no había ido allí de vacaciones, sino de trabajo, a asistir a un congreso del ramo en el que me desempeño ahora (sigue siendo solucionar problemas, pero ahora están más acotados). Pasó la inauguración del congreso, y ya se veía que la organización tenía problemas que no sabía solucionar:

- Como cuestión logística, tengo que decirles -se dirigió la organizadora a los asistentes, que éramos todos y ya seríamos doscientos, ya- que, como habrán observado, no hay agua para beber. Sólo tenemos té y café.

Un murmullo de consternación se extendió por la sala.

- Sin embargo - continuó -, hemos estado buscando una solución imaginativa...

Expectación.

- ... pero no la hemos encontrado.

El murmullo de consternación crece.

- Después, cuando sea la hora de cenar, vamos a decir en el restaurante que saquen agua, para que cada cual pueda tomar un par de botellas y llevárselas.

En cristiano, lo que venía a decir la organizadora era "sálvese quien pueda y tonto el último". No voy a extenderme sobre la calidad organizativa de los congresos en Rusia y sobre mi opinión sobre la familia de quien hubiera tenido la ideíta de meternos en aquella trampa; en todo caso, cuando salí de la inauguración, y como tenía algún tiempo antes del comienzo del panel del que formaba parte, decidí que el último y el tonto no iba a ser yo, así que me dediqué a buscar por todo el hotel el carrito de la mujer de la limpieza y le guindé unas cuantas botellas para sobrevivir unos cuantos días, y hasta para pasarle alguna a mi compañera alemana, que no creo yo que tuviera programado su ADN para ir "consiguiendo" botellas de agua por ahí. De todas formas, su caso era menos grave, porque es una superexperta en lo suyo, tenía varias intervenciones en diversos paneles y a los intervinientes les ponían agua sobre la mesa. Yo sólo tenía una intervención y era el último día. Podía morir de sed antes.

En la página web del complejo dice que hay ocho restaurantes. La verdad es que sólo hay uno, bávaro, porque los demás sólo merecen ser llamados fonda, a la vista de la calidad del servicio, por mucho que estén en hoteles de cinco estrellas. Si los precios fueran parejos con el servicio, pues vale, pero es que ni eso. Los precios sí son de hoteles de cinco estrellas.

Mi compañera, anteayer, me vio por el pasillo y me dijo:

- ¡Me han cobrado mil quinientos rublos por el desayuno en el hotel!

Esas malditas tarifas de nuestra agencia de viajes sin desayuno incluido... Aunque ya les vale, cobrar cuarenta eurazos por desayunar. Con eso alimentas a una familia etíope un trimestre entero.

- ¡Pero es que el desayuno era muy malo! El café estaba frío, debía llevar allí desde las siete de la mañana. Y los huevos también. Todo estaba mal. Entonces recordé que al entrar nos dieron la tarjeta de "satisfacción 100%" y le dije a la camarera que quería hablar con el director.

Aprende rápido. Lo que pasa es que seguramente lo haría con educación y buenas maneras y, claro, éstos tienen más conchas que un galápago.

El director era austríaco, a juzgar por el nombre. Yo le expliqué a mi compañera que los directores de hotel europeos que yo he conocido en Moscú se pasaban el primer año preguntándose dónde estaban, el segundo año tratando en vano de cambiar algunas cosas, para pasarse el tercer año pidiendo la hora y esperando que les llegase el relevo y un nuevo destino en un lugar más fácil, como Kabul, por ejemplo.

- No sé. Me dijeron que no estaba y que lo intentara mañana. Creo que le voy a escribir un correo.

Nos fuimos a comer, y nos tocó una mesa con muy buena compañía. Un profesor de Moscú, dos de San Petersburgo, y una chica algo calladita que me presentaron:

- Y le presento a Irina Romanovna, que viene de un país poco conocido y del que no tenemos muchas visitas. Viene de Turkmenistán, no sé si ha oído hablar de ese país.

Abrí muchísimo los ojos, miré a la chica y me dije que ésta era la mía. Y me senté a su lado dispuesto a crujirla a preguntas sobre su país. La conversación no tuvo desperdicio, pero ahora estoy escribiendo en el avión que me lleva de vuelta a Occidente, y parece que vamos a aterrizar, así que la transcripción puntual de la conversación que mantuve tendrá que quedar para la siguiente entrada.

lunes, 7 de octubre de 2013

Próxima apertura

En ruso, "próxima apertura" se dice "skóro otkrýtie" (скоро открытие). En Roza Jútor, es la expresión más escrita. Uno se da una vuelta para comprar por lo menos una botella de agua y no tener que beber directamente del río, y se encuentra con que le han metido en una trampa. Por una parte, y como vimos en la última entrada, no hay manera de salir de aquí. Lo intenté en dirección a Esto-Sadok, un pueblo fundado por estonios a finales del siglo XIX y al que la civilización ha llegado de golpe, arrasándolo todo. Ni pum. El camino estaba cerrado por excavadoras, vallas y todo tipo de impedimentos. La única forma de llegar era por la única carretera... por la que también llegaban todo tipo de hormigoneras. Y es que, sí, quedan algunos defectillos por pulir antes de que comiencen los Juegos Olímpicos.

¿No sería lógico que en un sitio así, además de hoteles a tutiplén, hubiera tiendas de material deportivo? Y las hay... o, mejor dicho, las habrá. Veamos aquí abajo la tienda de Bosco, esa famosa empresa rusa que equipó a los deportistas españoles en los Juegos Olímpicos de Londres, de manera que parecía que fueran a disputar la medalla de cobre.


Vale, sí, la tienda está cerrada. En un sitio tan elevado, donde bien puede hacer frío, se agradecería algo de ropa de invierno. Y, efectivamente, "The North Face" ha alquilado un local...


...pero lo abrirán próximamente, porque, lo que es ahora, nasti de plasti. La misma suerte corren otras dos tiendas de deporte: "скоро открытие" para todos. Aquí va una...


...y aquí está la otra.


En la entrada pasada vimos que, para salir o entrar aquí en transporte público, hay que proponérselo muy seriamente. Los hoteles y las empresas de construcción, que son las dos cosas que funcionan (mal, pero lo hacen), traen a sus trabajadores a diario desde Adler, Sochi o Krasnaya Poliana, porque aquí ni siquiera hay viviendas ¿Y no sería una buena idea poner un alquiler de coches?


Bueno, pues la idea ya la tuvo alguien. Ahora falta que tenga la idea de abrirla.

Según la página web del sitio, es posible adquirir recuerdos muy monos en la tienda de recuerdos del lugar. Esto demuestra una vez más que de Internet hay que fiarse lo justito, porque uno la ve y Roza Jútor le parece un lugar rebosante de vida, hasta el punto de que uno no comprende cómo ha podido pasar tanto tiempo sin él. Sin embargo, la tienda de recuerdos, en realidad, es la de abajo:


Y está más cerrada que una edición del Ruhnama en latín.

Aquí abajo hay otra tienda, llamada rimbombantemente "Opera Gallery". Bueno, mejor dicho, habrá otra tienda.


Si nos hacen daño los ojitos, el día menos pensado nos los podremos tratar. Lo de abajo es una óptica con los métodos más avanzados...


... lo único que no es avanzado es su apertura, que más bien se retrasa.

¿Y dónde se puede conseguir la bebida nacional, es decir, cualquier cosa que tenga alcohol, cuanto más mejor? Ahora, en ningún sitio. El que tenga muchas ganas de beber puede desplazarse varios kilómetros, saltando por encima de las obras, o esperar a que abra la tienda de abajo. Próximamente, claro.


Jo, si ni siquiera estos pollos de abajo se han decidido aún a abrir. Si lo hubieran hecho, yo creo que no hubiese salido de allí, con lo poco que me gusta.


En resumidas cuentas, que mal asunto. El servicio de los hoteles es lamentable, me han hecho la habitación, atención, a las ocho ¡de la tarde!, la comida es de impresión, sólo que de impresión negativa. A todo esto, uno ve la página de Wikipedia (sobre todo en ruso) y le parece que vaya pasada de sitio. También dice que fue terminado de construir en 2011. Las excavadoras que hay por todos los sitios deben estar para reparaciones menores. En realidad, es evidente que la página de Wikipedia (no, no hay que fiarse de Wikipedia) está encargada por Vladímir Potanin, oligarca de pro, presidente de Interros y amo del cotarro. Uséase: promotor del engendro éste.


Lo que dice la sombrilla de ahí arriba es: "Aquí no hay prisa. Disfrutando de la vida."

Pues como se lo crean, cuando sean los Juegos Olímpicos nos vamos a reír.

sábado, 5 de octubre de 2013

En la sede de los próximos juegos olímpicos

Se supone que en Sochi van a tener lugar los Juegos Olímpicos de Invierno, tan lejos como dentro de cinco meses. Hay que reconocer que no es una noticia que se haya conocido ahora mismo, sino que ya llevamos tiempo con la murga, e incluso recuerdo haberme reunido con algunos de los miembros del comité organizador, de los que la verdad es que no puedo decir muchas cosas buenas. De hecho, no puedo decir ninguna, y que lo mejor que me pasó es que hablar con ellos no me costó dinero, cosa que no puede decir todo el mundo.

Sochi es una ciudad situada en la playa, a la misma orilla del Mar Negro, pero su término municipal es extensísimo y se mete en el Cáucaso. En poco más de sesenta kilómetros, se pasa de la costa, con un clima benigno en el que pocas competiciones de invierno pueden tener lugar, a cumbres de más de dos mil metros en las que, aquí sí, puedes montar unas pistas de esquí de aquí te espero. El hecho de que hasta ellas llegasen unos caminos de cabras y de que la infraestructura presente en la zona hiciera preferible cualquier otro lugar no detuvo a los promotores de la candidatura que, con un fuerte apoyo del presidente Putin, se salieron con la suya y lograron que el Comité Olímpico Internacional le otorgara la organización de la próxima olimpiada. Yo, la verdad, no sé en qué estaban pensando los miembros del comité ni qué les habrían prometido, pero, si visitaron el lugar y lo vieron, muy mal tenían que estar los otros candidatos para elegir esto.

El caso es que faltan cinco meses para que comiencen los juegos y yo estoy en Sochi, pero no en la playa, no, sino en el epicentro de la cosa, a pocos kilómetros de Krasnaya Poliana, en el complejo de pistas de esquí "Roza Jútor".

Lo primero que llama la atención al salir del aeropuerto de Ádler, que es el de Sochi y su región, es la turba de taxistas y todo tipo de peña que te ofrece sus servicios para llevarte. En Moscú, es verdad, también te abordan, pero con cierto silencio. Aquí te ofrecen sus servicios a grito pelado, no ya los espontáneos de toda la vida, sino incluso las matronas soviéticas al cargo de los taxis, digamos, oficiales.

- ¡Taxi! ¡Taxi! ¡Conmigo!
- ¡No! ¡Conmigo!

Mi compañera de viaje, alemana ella y que jamás antes había visitado Rusia, digamos que se dejaba guiar, pero es que hasta a mí me impresionó el guirigay que se montaba. Vamos, nosotros teníamos contratado un taxi del hotel al que íbamos (y que nos costó 3500 rublos, menuda clavada).

De camino, uno pensaría que a la zona olímpica llevaría una autopista de campanillas. Pues no. Es una carretera de un carril en cada sentido que en España sería de las medianejas, con el agravante de que todo el santo día (y la santa noche) hay camiones transportando materiales con la desesperación del que lleva un retraso irrecuperable. Y, como todo el mundo sabe, cuando en una carretera hay camiones a tutiplén, se circula como se circula. Además, uno giraba la cabeza y no veía más que obras a medio hacer, o más bien apenas empezadas ¿De verdad quieren estos tíos llegar a tiempo de acoger unas olimpiadas tan tarde como dentro de cinco meses?

Pasamos Krasnaya Poliana, y llegamos a Roza Jútor, un sitio muy chulo rodeado de montañas, y donde hay hoteles. Muchos hoteles. Todo está nuevecito e impecable. Lo malo es lo que no está o, si les oyes a ellos, lo que no está todavía.

Unas de las cosas que no está es una depuradora de agua. Mira que estamos en mitad de las montañas, pues el agua del grifo es de color blanco. No incolora, no, sino de color blanco. Dicen que el agua de Valencia tiene mucha cal, pero es que esto parecía cal mezclada con un poco de agua. Total, que decidimos ir a comprar agua, al menos. Fuera caía un aguacero que no cedió en todo el día, pero lo del agua, la de beber, parecía importante.

- ¿Dónde hay un supermercado, o una tienda de alimentación (el famoso "produkty") por aquí? - le preguntamos a una camarera que nos estaba sirviendo el desayuno.

La chica, que, de todas formas, no parecía muy espabilada, se quedó pensando un momento.

- Al comienzo del pueblo creo que hay algo.

- ¿Por dónde?

- Por allá, siguiendo la carretera.

- ¿Pero está muy lejos?

- No, la verdad es que no...

- ¿Eso cuánto es en metros?

No hubo respuesta.

- A pie no creo que se puede ir. No es que esté muy lejos, pero el camino no está asfaltado.

- Bueno, entonces, ¿cómo se llega?

- Yo creo que en autobús, recorriendo una parada.

Me preguntaba yo a esta gente cómo la elegían, cómo llegaban ellos hasta su puesto de trabajo, porque en autobús de línea seguro que no era. Para mí que los traían en un autobús en masa, con los ojos tapados para que no pudieran revelar dónde estaban.

Por supuesto, no se veía ni rastro de un autobús de línea. Tras un buen remojón, porque la lluvia no dejaba de caer, me dirigí a la recepcionista del hotel, que se la suponía avezada en estas lides.

- ¿Cómo se puede salir de aquí?

- Pues en autobús, creo.

- Ya ¿Y dónde para?

- Ah, pues... ahí detrás del telesilla, siguiendo un poco por la carretera.

- Vale. Y tendrán un horario, ¿verdad?

- Sí... lo tienen. Yo le hago una copia, pero la verdad es que, aunque tienen un horario, no lo siguen mucho.

Jo. Es verdad, que esto es Rusia. Mira, eso sí que está bien en Bélgica.

De todas formas, el horario ya era la repera. Los autobuses pasaban cada hora. No me extraña que no los hubiera a la vista. Luego había un montón de autobuses de alquiler. Miré a mi compañera, que al fin y al cabo era su primer día en Rusia, y decidí que, al fin y al cabo, igual meterla en un autobús ruso de línea iba a ser un choque cultural demasiado fuerte.

Parecía imposible que no pudiera haber forma de comprar agua en un sitio donde había seis hoteles y un telesilla (y eso es todo), con un río que bajaba de las montañas cruzando por el medio del lugar y un par de congresos anunciados.

Como seguíamos sin creerlo, salimos del hotel con la firme intención de encontrar un comercio, aunque sólo fuera uno. De lo que fuera.

jueves, 3 de octubre de 2013

El desfile (XI): El día D

Sinopsis: El gobierno tiranio organiza un desfile de moda en Moscú. De esta serie ya hemos visto unos cuantos antecedentes, que son éstos: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX y, de momento, X.

Finalmente, el tan esperado día del desfile de moda amaneció, y una actividad febril empezó a desarrollarse entre los que organizábamos aquel acontecimiento, no menos planetario que la estancia en el poder simultáneamente de Obama y Zapatero o la conquista de Constantinopla por los turcos, y sólo un poco por debajo del descubrimiento de América o la Revolución Francesa. Sea, pues, como fuere, y puesto que nuestro alquiler del Bolshoi había comenzado ya, entramos con jolgorio y alegría por la puerta, prestos a convertir aquéllo en una auténtica pasarela en la que pudieran desfilar como está mandado todas las beldades que el genio y el gusto de nuestro entrañable Engatusso había reunido.

Y, ciertamente, aquel espectáculo era digno de verse. No faltaba, no vayamos a creer, la gente que tenía algo que haber, sabía lo que era y, no menos importante, estaba haciéndolo. Se trataba de los carpinteros de la agencia, montando carteles y estructuras, o de Kostya y el transportista, venido de España sólo para un día y para poder llevarse los vestidos de vuelta; también podíamos contar entre quienes tenían algo que hacer a los tres diseñadores y su tropa de estilistas, asesores y maquilladores, que nunca pensara yo que imaginar un vestido que jamás dejaría yo llevar a mis hijas diera de comer a tantísimas personas. Éstas gentes, pues, ocuparon los vestuarios y los pusieron completamente manga por hombro.

Y, finalmente, fueron apareciendo las damas que debían portar los vestidos. Nunca antes se vio tal compendio de donosura: las mozas, muy galanas ellas, venían vestidas con sus ropas de calle, que en el caso de las rusas medias eran vaqueros ajustados, con varios cortes a diversas alturas de las piernas, y de lo que está detrás de la cintura. Semejante exhibición de gallardía hubiera debido despertar la admiración de los varones que estábamos allí presentes, pero la práctica totalidad de los mismos, para pasmo de quien escribe estas líneas, las dejaba pasar con marcada indiferencia, y sólo algún periodista conocido entre la colonia española por su mirada escrutadora del bello sexo, y un servidor, que, por mucho que tuviera muchísimo que hacer allí, después de todo no es de piedra y tiene un cuello ágil, nos hacíamos lenguas de las no sé bien si doncellas que nos regalaban la vista con tamaña generosidad.

Sería cuestión ahora de ponderar la bizarría de los galanes que asistíamos al acontecimiento, pero, salvo los cuatro o cinco modelos masculinos que pululaban por allí, y los dos personajes de mirada escrutadora que ya han sido mencionados, el resto de los varones presentes no parecían distinguirse por una masculinidad exagerada, antes al contrario, quizá ello explicara la indiferencia que mostraban ante las modelos. Era el caso, desde luego, de los tres diseñadores, que supongo que se verían en aquellas lides casi a diario y que, acostumbrados a ver beldades como aquéllas, y hasta mayores, entiendo que no les llamaba la atención el sarao. O eso, o es que eran algo rarillos, cosa que al menos en un caso era más que evidente. Lo mismo cabe decir de los peluqueros, o estilistas, que les asistían, y no digamos de Engatusso, que parece que había hecho buenas migas con una de las modelos, precisamente la que había escogido, y a quienes perdí de vista un par de veces durante el día.

Probablemente las cosas hubieran ido más rápidas de no ser por la intervención de nuestros amigos los funcionarios tiranios Lupita y Héctor Aredúa (con Salaroy en la posición secundaria que tan bien se le daba), quienes no paraban un minuto de dar indicaciones y órdenes a todo el gentío que trabajaba por allí. Tamaña devoción dio sus frutos, porque, sin su concurso, posiblemente hubiéramos terminado dos horas antes y nos hubiéramos aburrido sobremanera, cosa que nos ahorramos gracias a sus desvelos. En mi ceguera, se me ocurrió hacerle una observación a Lupita, que se revolvió enojadísima y me achacó con empuje y voz recia que no me estuviera implicando en la acción, a pesar de lo que Tirania nos estaba pagando.

Un par de horas más tarde, y acabados que se hubieron los preparativos, un gran revuelo se escuchó cerca de la puerta principal. Indudablemente, alguien de gran alcurnia se estaba acercando por allí, y aun era posible que fuesen la señora Ranzai y la mismísima Ludmila Putina, que era entonces, y siguió siéndolo bastantes años, la esposa de Vladímir Vladímirovich Putin, bienhechor y protector de todas las Rusias.

Al revuelo, se vio llegar a Iksánov, que todo el día había estado lejos de allí, apretando el paso y acercarse hacia la puerta como alma que lleva el diablo, apartando a tirios y troyanos. Yo, que sabe Dios que nunca he buscado la cercanía de tan altas personas, hice ademán de retirarme, pero he aquí que Héctor Aredúa, que no sé de dónde había salido, me cogió del brazo y me ordenó que no me separase de él, con el fin de hacerle de intérprete con la señora Putina.

- Pero, Héctor, la señora Putina es sabido que fue azafata de Aeroflot en su juventud, y habla tiranio con soltura.

- Tú quédate a mi lado por si acaso.

Y así fue como, sin comerlo ni beberlo y muy contra mi voluntad, me vi arrastrado a primera fila y en la tesitura de meterme frente a las altas autoridades del Tiranistán y de Rusia. Pero, a todos los que nos agolpábamos al paso de las dos señoras y de su séquito, se nos adelantó Iksánov, que, sin ápice de modestia, fue el primero que se acercó y les dio la bienvenida a aquel acto que "había organizado" para solaz de la señora presidenta. Como lo dijo en ruso, los funcionarios tiranios no se enteraron de la misa la media, pero no sabe Iksánov lo cerca que estuvo en aquel momento de perecer estrangulado, porque no recuerdo haber tenido nunca tantas ganas como entonces de echarle a alguien las dos manos al cuello y de apretar con todas mis fuerzas. Como me contuve, a Dios gracias, a Iksánov le ha sido dado vivir hasta hoy, en que, felizmente cesado de su puesto de director, entiendo que estará disfrutando de su jubilación antes de atravesar las puertas del infierno y pasar allí la eternidad o, si Dios es misecordioso con él, entrar en el purgatorio una buena temporada. Vamos, como poco.

La señora Ranzai, obviamente, tampoco se enteró de lo que dijo Iksánov. Su amplia sonrisa y su porte austero, impropio de una persona hasta tal punto insólita que el café con leche le relaja, no ocultaba cierto desconcierto por la situación. Héctor, que estaba al quite, la recibió con unas cuantas zalamerías a cual más obsequiosas, respondidas con una sonrisa postiza, y luego pasó a recibir a Ludmila Putina. Lo hizo en tiranio, y la señora Putina le respondió, en un tiranio excelente, que hacía tiempo que no lo hablaba, y temía haberlo olvidado, pero que era para ella un honor asistir a un desfile de moda de un país que le interesaba tanto y cuyo idioma había estudiado de joven. La verdad sea dicha, entre la prócer tirania y la rusa, ésta última llevaba bastante ventaja en cuanto al trato, a pesar de llevar el baldón de haber sido azafata de Aeroflot en los ochenta y noventa, donde es evidente que el trato personal era la última de las prioridades, si es que hubo alguna vez una prioridad. Fuerza es decir que, entretanto, Aeroflot ha cambiado lo suyo, y aventaja en mucho a buena parte de sus competidoras, y no digamos a Ibirria.

A Ludmila Putina volví a verla, pero ya sólo por televisión, algún tiempo después, y lo cierto es que físicamente se había echado bastante a perder, y ya quedaba, en cuanto a apariencia física, bastante lejos de otras mujeres de bandera rusas, no sé, como Alina Kabáeva, por poner un ejemplo.

Pero he aquí que las dos esposas ocupan sus puestos, las luces se atenúan, y ¡oh, consternación!, no todos los invitados han acudido al desfile. No pasa nada: con el ejemplo bíblico, cuando los invitados rechazan unirse al banquete del rey, el rey invita a los pobres y a cualquiera que sus sirvientes encuentran por los caminos. De igual manera, tan religiosa, los carpinteros, oficio de Nuestro Señor, los transeúntes y hasta Alfina y nuestra contable, que no se quisieron perder tamaña ocasión, la segunda más grande que vieron los siglos, pueden entrar y acomodarse en los asientos que, aunque no estaban destinados a sus posaderas, están mejor llenos que no vacíos.

Y ved cómo Engatusso, en un inglés que no entiende casi nadie (la señora Ranzai desde luego no, como ha demostrado sobradamente), pero que suple con unos gestos elocuentes, presenta emocionado el desfile. Y admirad la donosura de las damas, y el corte de sus vestidos, atrevidos pero informales, y la longitud de las sus piernas, el torneado de los sus brazos, la esbeltez del su talle, la... originalidad de los sus peinados, sin pasar por alto la adustez de su gestos, vivo reflejo de la importancia de su función.

Y he aquí que las dos damas principales conversan animadamente, en el tiranio que ambas dominan con soltura, y sin duda, aunque su diálogo no es audible, se relatan sus preferencias y comparan los modelos que, con ademán decidido, van recorriendo la pasarela.

No podemos olvidar a los probos funcionarios tiranios, que se apretujan con la boca entreabierta junto a la señora Ranzai no por peloteo, como podría pensar un espectador ajeno a la devoción de estas personas, sino con la indudable intención de protegerla de los maleantes que, por culpa del Diablo, fatalmente podrían causar algún disgusto. Y eso por no hablar de Iksánov, sentado en un lugar de honor junto a la señora Putina, haciéndole observaciones de cuando en cuando, y escapando de milagro al estrangulamiento al que le destinaban mis malos pensamientos, afortunadamente no tan recios como para mover mis brazos.

Reparemos igualmente en un grupo de tres corresponsales españoles, que no quieren perderse el evento, y que con razón asisten al mismo con la boca abierta y se hacen lenguas, seguramente, de la magnificencia de la puesta en escena, y del boato, máquina insigne y riqueza que nuestros buenos oficios han pergeñado.

Los nada menos que treinta minutos que dura el desfile son tan intensos y hasta tal punto suspenden las conciencias, que no se diría sino que no han pasado sino cinco; pero no: es media hora nada menos, que justifica con creces el dispendio que Tirania ha destinado al desfile, y que no puede menos que servir de colofón al viaje oficial del general Ranzai, y hasta a obscurecer los demás logros del mismo.

Y no sólo eso, no. Aún falta un acto social, que las autoridades tiranias, en la parte superior, ofrecen a sus invitados, para que tengan ocasión de intimar. Y que, si Dios tiene a bien darme salud, glosaré próximamente, porque hoy se hace tarde.

miércoles, 2 de octubre de 2013

A guisa de explicación

En primer lugar, una rápida explicación a una ausencia tan prolongada: estamos sufriendo en nuestras carnes la eficacia belga y hace tres semanas largas que no tenemos teléfono ni Internet, lo cual dificulta enormemente actualizar la bitácora. No, no es una retirada. Al menos, no pretende serlo.

De hecho, si escribo ahora es porque estoy en el aeropuerto camino de un viaje de trabajo (durante el que supongo que no tendré tiempo para nada, pero, si no fuera el caso, tengo historias de sobra para actualizar). Y ahora, corto, que me llaman para embarcar y los amigos de Aeroflot (sí, hijos, sí, de vuelta a Rusia) son bastante más puntuales que los prestadores de servicios en Bruselas. Pero de eso ya me pondré a escribir, si Dios y Belgacom quieren, porque ahora, de verdad, se hace muy tarde.

martes, 10 de septiembre de 2013

Africanos

Las cosas son así. Cuando uno tiene tiempo para escribir sin agobios, no le sucede nada que inspire una entrada en condiciones de la bitácora y, por el contrario, cuando a uno le suceden las cosas una detrás de otra (y hasta varias al mismo tiempo), lo que sucede es que no tiene un minuto libre para escribir con un mínimo de sosiego. Y eso es lo que está pasando ahora, y es una lástima, porque, entre la serie del desfile que tiene todavía un par de capítulos por delante, la de Astracán que apenas he esbozado, la mudanza que hemos tenido y que da para mucho, y los primeros días de mis hijos por Bélgica, hay entradas para varios meses. Lo malo es que esas entradas hay que escribirlas y publicarlas, y la precariedad internetera aneja a los primeros tiempos en una nueva vivienda no da para tanto.

De momento, una cosa que tienen en común Bruselas y Moscú es que todo quisqui tiene embajada en esas ciudades. Moscú, como capital del proletariado mundial, vanguardia de los parias de la tierra y repartidora de maná entre los regímenes postcoloniales, acaparaba los diplomáticos africanos como Carlos Fabra los premios de lotería; Bruselas, con eso de que es la sede de la Comisión Europea y, por tanto, de sus pingües programas de ayuda al tercer mundo, también atrae a los diplomáticos de las, ejem, potencias africanas como la miel a las moscas.

Y, en África, será por países.

En estas cosas, el otro día, primero de la estancia en nuestro nuevo hogar, salímos a pasear por los alrededores para hacernos un poco con el barrio, y pasamos por el lado del edificio de la foto.


- ¿Eso qué es? - preguntó Abi.

- Pues una embajada, supongo, por la bandera que tiene en la entrada.

- ¿Y de qué país es?

- Ni idea. Las banderas africanas no son mi fuerte. Acércate y míralo en la puerta.


Abi se acercó, leyó la placa de la puerta y volvió espantada.

- ¡Aquí pone que es la embajada de Suicilandia! ¿De verdad se suicidan? Pero, ¿por qué lo hacen?

Creo que Abi, a veces lee demasiado rápido.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

De vuelta a la rutina laboral

La vuelta de las vacaciones es para mucha gente un momento traumático como pocos. Ese momento me ha llegado ya a mí, y mi presencia en Bruselas, ese laberinto de culturas donde se encuentra lo más variado del mundo mundial, me permite establecer alguna comparación por lo menos chocante.

Todavía hay mucha gente que sigue de vacaciones, pero ya vamos volviendo algunos. Entré con paso tardo en el edificio donde trabajo, y llegué a los ascensores, a los que entraron conmigo dos mujeres.

El ascensor, como casi todos, tiene un amplio espejo en su parte posterior, que no sé si lo ponen para que el ascensor parezca más grande, para que las mujeres se miren, o para las dos cosas. El caso es que las dos mujeres, sin mediar palabra, se dieron la vuelta para ponerse frente al espejo, atusarse el pelo y verificar que todo iba bien con su aspecto exterior. Pero una de ellas no parecía convencida.

- ¡Qué cansancio! - dijo, en español de España.

- Síiii... - respondió la otra, en español del mismo sitio.

- Casi no me he podido levantar hoy ¡Y tengo unas ojeras que me llegan hasta los pies!

- Yo también casi ni me levanto.

- Jo, vaya ojeras.

Yo, muy bajito, y en el español de España que gasto habitualmente, dije:

- Bueno, no es para tanto.

Las mujeres reconocieron a un compatriota y sonrieron.

- Es que hacen las vacaciones muy cortas - dijo la de las ojeras.

- Cierto. Deberían durar unos cuantos meses más - agregué con convicción.

- Eso.

Alcanzado ese acuerdo fundamental, llegamos a mi piso, y salí del ascensor con un saludo y mis mejores deseos para el largo día que se cernía sobre todos nosotros. Torcí un pasillo, y en esto me crucé con un compañero de unos cuantos despachos más allá, alemán él, que caminaba animadamente ¡a las ocho y media de la mañana! charlando con una mujer.

- Hallo, Alexander! - le solté.

- Hallo, hallo! - dijo Alexander alborozado.

- Na, wie war der Urlaub? (¿Qué tal las vacaciones?) - pregunté.

- Ach, weißt Du, er war eigentlich zu lang! (¿Sabes? Demasiado largas) - respondió el muy sinvergüenza.

- Zu laaaang? (¿Demasiado largaaaas?)

- Naja, ein bißchen zu viel, ich wollte schon zurück. (Sí, un poco, ya tenía ganas de volver)

Y Alexander siguió su camino charlando animadamente con la mujer que iba a su lado.

(...)

¿Sabéis qué? ¡Que trabajen ellos, que no saben divertirse!

martes, 27 de agosto de 2013

El desfile (X): Asistentes.

Una de las cosas realmente difíciles en Rusia, y parece que lo va a seguir siendo durante mucho tiempo, es hacer que la gente vaya a los sitios. De hecho, buena parte de mi trabajo en Rusia consistía en hacer asistir a la gente a sitios a los que muchas veces no tenía muchas ganas de ir. Y eso es algo bastante complicado, de verdad. Pelarse con la aduana es una cuestión baladí, caminar por la cuerda floja de los pagos más o menos aceptables es poca cosa; no, lo que verdaderamente es difícil es convencer a la gente de que vaya a un sitio a hacer algo que tú quieres que haya.

Por ejemplo, a un desfile de moda.

¿A que parece absurdo? Te llaman de parte de la Embajada de Tiranistán y te dicen a ti, que eres un profesional de la moda, porque tienes una tienda, o eres diseñador, o lo que seas, que te invitan gratis total al desfile y que, encima, puedes quedarte después a papear algo, que Tiranistán no repara en gastos. En cualquier país del mundo tú irías alborozado y dirías que de mil amores y subrayarías con purpurina esa fecha del calendario.

Pues en Rusia, no.

En Rusia, la reacción suele ser exactamente la contraria. Vale, a veces no pasa, pero la mayoría de las veces el ruso estándar se pone muy ufano, sí, porque Tiranistán y sus emisarios le persigan para invitarle a un desfile, pero eso no quiere decir que vaya a ir, no, señor. No soy capaz de dar con la tecla de por qué cuesta tanto, pero aventuraría un par de causas. La primera, pereza pura y dura. Uno de los personajes literarios más importantes de Rusia es Oblómov, héroe de la novela más importante de Iván Goncharov. Bueno, pues Iván Goncharov hizo un flaco favor a la causa al publicar esa novela, porque Oblómov es un perezoso abúlico de siete suelas más inútil que un reloj de sol en Bruselas, pero Goncharov consigue que caiga bien y he oído a más de un ruso, y a más de dos, justificar su abulía con una sonrisita y diciendo: "Oblómov..."

Aparte de eso, por pura lógica ilógica, el ruso piensa que, si te llaman, es que te consideran importante. A un ruso le encanta que le consideren importante. Puestos a serlo, si no vas, es que eres muy importante, demasiado importante como para honrar ese desfilito de poca monta. Y, si dices que vas a ir y finalmente no vas, es que ya eres la recontrapera de importante; tanto, que se van a quedar esperándote y echándote de menos. Qué gozada.

Bajo la lógica existente en las clases empresariales occidentales en general (y tiranias en particular), esta forma de pensar es incomprensible, y el resultado es que las cosas no salen bien. Como no pueden estar equivocados, claro que no, los extranjeros salen quejándose amargamente de los rusos, cuando lo único que había que hacer era cambiar el chip ¿Cómo? Bueno, no lo voy a contar todo.

El caso es que, ajenos a lo que se venía encima, Sagardoy, Lupita y Héctor, con el inefable concurso de Engatusso, perdían el tiempo pidiendo a los constructores que cambiaran las cortinas por unas de otro color, y se las prometían muy felices de lo que iban a presumir al volver a Tiranistán por haber sido ellos capaces, ellos solos, de organizar un desfile de moda en tres semanas nada menos que en la hostilísima ciudad de Moscú, gracias a su genio, carisma, laboriosidad y ardor guerrero; mientras tanto, ahora que los trajes estaban ya ciñendo el cuerpo de las modelos, que las maquilladoras las estaban dejando en condiciones de quitar el hipo al más pintado, que el teatro estaba pagado y contratado y que los diseñadores se paseaban de aquí para allá dejando constancia de su porte y de su saber hacer, y que se esperaba descorrer la cortina en poco tiempo y ver aparecer a la señora Putina y a la señora Schefla, esposa del general Ranzai, en ese momento, digo, el verdadero problema consistía en saber si aparte de esas dos ilustres espectadoras y de quienes por fuerza estábamos oblligados a tragarnos el desfile, habría alguien más.

Vamos, que el problema consistía en, una vez había sudado para contratar el Bolshoi, llenarlo.

Claro, se supone que ése es el típico problema que tiene que resolver alguien que esté en el mundillo y conozca a gente que, siquiera sea por no hacerle un feo, se avenga a asistir. De hecho, a la agencia le pagaban para eso. Y de vez en cuando había alguna preguntita por mi parte:

- ¿Qué? ¿La gente va confirmando que va a venir?

- Oh, sí, la gente está muy interesada.

Dios mío, bastaba oír eso para que a uno le dieran escalofríos. Cuando te prometen que van a asistir cien, puedes darte con un canto en los dientes si consigues la tercera parte. Entrentanto, las cosas se han profesionalizado mucho en Rusia y hay empresas y páginas web especializadas en que los actos sean todo un éxito de asistencia, aunque los que vayan sean más frikis que un imperialista luxemburgués; pero entonces no existían todavía tales conceptos y, por tanto, había que estrujarse las meninges para obtener algo razonable. O, por lo menos, aparente.

Tanto más, cuanto que las fechas ya eran inminentes y los peces gordos de verdad, comenzando por el doctor Atsock y por el matrimonio Ranzai estaban al caer.

Pero mejor dejémosles que caigan mañana, que hoy se hace tarde.