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domingo, 31 de mayo de 2026

Capillas aeroportuarias

Para terminar este mes del vigésimo aniversario de esta bitácora, creo que habría que referirse a las series, o etiquetas, más habituales de las mismas. Dejo aparte todas las referidas a la Historia, que los lectores ya habrán advertido que me apasiona, y paso a dos que son especialmente características de este espacio. Una de ellas es "aviones y aeropuertos", cosa lógica. Muy a mi pesar, porque yo soy de naturaleza sedentaria y poco propicio a los viajes largos, la vida me ha llevado de aquí para allá con más frecuencia de la que me hubiera gustado, así que me ha tocado visitar muchos aeropuertos y otras edificaciones que se llaman así, pero que más bien son terminales de transporte de ganado, como el aeropuerto de Charleroi. En estos sitios pasan cosas bastante rutinarias, de acuerdo, aunque a veces también hay acontecimientos reseñables, cosa que esta bitácora ha señalado con puntualidad.

Otra de las series habituales de esta bitácora es "religión". A estas alturas no debe ser ningún misterio para lector alguno que el autor de estas líneas es católico (todo lo bueno que puede y con un gran margen de mejora, pero católico al fin) y que esta bitácora se ha escrito es lugares bastante hostiles al catolicismo. En realidad, hoy hay muchísimos lugares hostiles al catolicismo, incluso en lugares que otrora eran la quintaesencia de la fe, así que eso no es tan extraño. Eso sí, como lugar hostil al catolicismo, probablemente Rusia sea uno de los líderes mundiales. La historia reciente nos dice que Rusia, en su versión soviética, ha sido un régimen directamente beligerante contra la religión en general y el cristianismo en particular; si nos vamos más atrás, o al momento actual, el cristianismo ortodoxo más anticatólico está en el machito y las llamadas al ecumenismo o, al menos, a llevarnos bien, son como un eco que se extingue.

Y luego viene Bélgica, tú. Quién ha visto Bélgica, y quién la ve. De enviar misioneros a evangelizar media África a quedarse sin sacerdotes autóctonos... y tener que recibirlos de esa misma África, y eso por no hablar del episcopado local, encabezado de hecho por ese obispo de Amberes que tantos sudores produce a los que nos hace tilín lo tradicional.

Para fusionar ambos asuntos tratados en esta bitácora, nada menos que dirigirnos al aeropuerto de Bruselas, pero el de verdad, no la cuadra infecta que se hace llamar "Bruselas-Sur". El aeropuerto de Bruselas ha sido tomado por los flamencos, cosa razonable, porque, técnicamente, está en Flandes, concretamente en Zaventem. En medio del trasiego constante, es fácil pasar por alto que, algo más allá de las tiendas de chocolate y de comida para llevar a los vuelos, hay una serie de espacios religiosos, a los que se accede dejando a un lado las salas de espera de los viajeros pudientes.

Como Bélgica, lo que es de católica, ya no tiene mucho, las autoridades responsables han sido muy multiculturales y se han puesto a conceder capillas a troche y moche. Yo, como soy así, tiendo a llegar a los aeropuertos en general, y a éste en particular, con tiempo más que de sobra, así que soy huésped habitual del espacio religioso dedicado a los católicos.

Ahí lo tenemos. Es una capillita muy aseada, bien mantenida, con biblias en varios idiomas, entre los que no está el español, y un libro de visitas que es una buena idea, porque los que pasamos por aquí podemos, no ya escribir lo que pensamos, sino también leer lo que escriben otros, que suele ser muy enjundioso. Eso sí, hay que conocer lenguas distintas al inglés. Yo no sé vosotros, pero a mí rezar en otra lengua que no sea la mía me resulta muy difícil, y ése parece ser el caso de la mayoría, así que las inscripciones están en una multitud de idiomas que ríete tú de la confusión posterior a la Torre de Babel.

También los ortodoxos tienen su espacio, en la capilla de al lado. Lo tenemos aquí ¿A que es bonito? Y es que los ortodoxos, en cuando a belleza de sus espacios, están muy bien situados y yo incluso diría que nos han tomado la delantera a los católicos, que por desgracia llevamos unos decenios alumbrando edificios francamente feos.

Pero no tan feos como los de los protestantes, que se llevan La Palma. La capilla de los protestantes en el aeropuerto es tan aburrida que pasé de largo en seguida, y la de los musulmanes también preferí no fotografiarla, que luego todo son líos y es mejor no bromear según con quién. Pero, ¿no habría que dedicar un espacio a la religión mayoritaria en Bélgica?

¡Ahí la tenemos! Para los que pasan ampliamente de Dios, que me temo que hoy por hoy son mayoría en Bélgica, también había que prever un espacio, y qué menos que una ‘capilla humanista’.

Aquí sí que abrí la puerta para ver qué aspecto tendría tal cosa. Lo que me encontré dentro fue un biombo en medio del espacio y ante el mismo, sentada en el suelo y cargando su teléfono en un enchufe mientras miraba atentamente la pantalla, una joven de unos veinte años que me miró con cierta sorpresa, quizá tomándome por un humanista, un responsable del espacio de meditación o a saber qué bicho masónico, que venía a turbar la carga de su teléfono.

Cerré la puerta pudorosamente y dejé a la joven con su teléfono, su pantalla y su enchufe. Quién sabe si sería ella la humanista responsable del espacio, aunque sospecho que más bien era una pasajera con el móvil casi sin batería que buscaba un enchufe donde no fuera molestada.

En todo caso, se me hacía tarde para tomar mi vuelo, así que salí hacia la zona de embarque, con la intención de continuar mi viaje, que, en esta ocasión, no me llevaba a Valencia, sino a Sevilla. Pero ésa es otra historia. Ésta continuará, porque me queda pendiente examinar con detalle el famoso espacio humanista la próxima vez que aparezca por el aeropuerto.

domingo, 15 de junio de 2025

Reseñas sobre el aeropuerto de Charleroi

Tengo que agradecerle a Lluis que, después de leer la última y vitriólica entrada sobre el aeropuerto de Charleroi (y la madre que lo parió...), haya señalado las opiniones que tal lugar merecen a otros viajeros, y que, muy a diferencia de las páginas oficiales del aeropuerto o de la región, no sólo corroboran punto por punto lo relatado en dicha entrada, sino que alimentan la sospecha de que incluso me he quedado corto en mis quejas.

Para el aeropuerto, no sólo debería ser preocupante que la valoración de sus servicios sea bajísima, sino que esa valoración es tanto más baja cuanto más recientemente se ha producido. En cristiano, que van a peor, parece que inexorablemente.

Uno lee las opiniones de "trustpilot" y llega a la fastuosa nota de 1,2 sobre 5. Algunos opinadores lamentan que deban poner al menos una estrella y que no se pueda calificar con ninguna. De vez en cuando hay algún comentario elogioso, normalmente en francés y supongo que de algún viajero local herido en su orgullo valón, pero la práctica totalidad son enormemente críticos. Que si los baños de la zona de llegada son de pago (cosa que efectivamente es lo nunca visto y que debería ser directamente delictivo), que si el personal es antipático (no es extraño, habida cuenta de lo que tienen que soportar), que si los aparcamientos huelen a orín (efectivamente, hay quien no quiere pagar en los servicios y no se puede contener), por no hablar de lo absurdamente lejos que están. Uno los ve en el mapa y el P3 está razonablemente cerca, pero la administración del aeropuerto hace dar al peatón viajero un rodeo incomprensible por pura antipatía, ya que una rampa de nada te dejaba en la terminal. Sobre el P4, llamado con mucha sorna foot&fly, hay un viajero que se ha tomado la molestia de hacer cálculos y que considera que está a mitad de camino entre Charleroi y Tombuctú. Estoy por dar por bueno tal cálculo.

Cuando las reseñas son en italiano, con el gracejo propio de los transalpinos irritados, se centran, además de en repetir algunos de los aspectos anteriores, en lo condenadamente sucio que está todo, además de abarrotado hasta no poder más. De forma vehemente que no puedo sino compartir, el reseñador italiano sugiere no volver por allí nunca más y evitarlo más que las calderas de Pedro Botero.

También hay reseñas en neerlandés, muy probablemente de viajeros belgas del norte de la frontera lingüística, que no ahorran epítetos negativos hacia el aeropuerto, que algunos de ellos hacen extensivos a Valonia en general. En una generalización arriesgada que quizá comente otro día, el aeropuerto de Charleroi no es, en su opinión, sino una señal del decaimiento general de Valonia, esa región en decadencia inexorable que los socialistas han gobernado casi desde su constitución, con escasas excepciones, aunque una de esas excepciones, mira por dónde, es el momento presente.

Las reseñas en alemán son escasas, pero de enjundia. Un alemán es un señor pragmático que no hace nada que no vaya a tener repercusión práctica, así que, cuando escribe, que son pocas veces, lo hace de verdad. Las que he leído invitan directamente a remediar los males del aeropuerto despidiendo a todos los trabajadores y a la gerencia del mismo, supongo que para comenzar de cero. Poco le falta para recomendar, además de lo anterior, el derribo de todas las instalaciones.

La utilidad del aeropuerto para acortar tiempo de estancia en el purgatorio no debemos desdeñarla así como así, pero podemos añadir una circunstancia suplementaria, cual es la opinión que merece la empresa monopolista del servicio de autobuses, Flibco. La compañía funciona bien y ofrece servicios de transporte prácticamente a toda hora; el problema es que no hay otra. Como buen monopolista, Flibco exprime su posición dominante en el mercado. Ahora mismo, un viaje desde el malhadado aeropuerto y Bruselas (estación de tren de Midi, o del Sur en castellano) sale por veinte euros por trayecto, y luego hay que llegar a casa y a ciertas horas no es sencillo, creedme. En estas circunstancias, la competencia lo debería tener fácil para dar un servicio alternativo. No es demasiado conocido, pero existen compañías de taxis que ofrecen un servicio de taxi compartido que funciona bastante bien y que te dejan en la puerta de tu casa por treinta euros, lo cual está muy bien. Vale, tienes que esperar a que lleguen los otros pasajeros, normalmente de otros vuelos, y luego has de tener la suerte de que el itinerario no te lleve a ser el último al que dejen, pero es difícil que tardes más que con Flibco y sus autobuses. En mi caso particular, últimamente he utilizado el servicio de taxis compartidos un par de veces y hay que reconocer que, aunque siempre hay un poco de incertidumbre, funciona bien y, además, como Uccle está en la entrada de Bruselas desde el sur, esto es, desde Charleroi, siempre he sido el primero en llegar a casa, cosa que se agradece especialmente a las horas (o más bien deshoras) a las que estoy llegando últimamente. La compañía ofrece la posibilidad de pagar con tarjeta, pero recomienda el pago en efectivo. Prefiero no ser curioso y no preguntar por qué. El servicio es tan "de estranjis" que la compañía no tiene un acuerdo con el aparcamiento del aeropuerto y los taxis pagan por la estancia como un coche más. Y sí, se supone que esto es el primer mundo. A veces, en Charleroi, más bien parece uno encontrarse en el primer inmundo.

Voy a dejar en paz el aeropuerto de Charleroi. Si Dios quiere, no lo voy a utilizar por lo menos hasta octubre en calidad de pasajero, aunque seguramente sí como acompañante. Que el Señor acompañe a quienes pasen por allí este verano y se pregunten si el precio del billete merece la pena. Pero que se lo pregunten pronto, antes de que compren los billetes... y sea tarde.

miércoles, 28 de mayo de 2025

El aeropuerto de Charleroi y la madre que lo parió

En Charleroi hay cuatro aparcamientos. El primero está cubierto y está cerca de la terminal, pero poco menos que has de vender el coche para pagar las tarifas del aparcamiento. El segundo está descubierto y está algo más lejos, así que, si nieva o llueve, se siente. Yo lo tuve que usar en enero un fin de semana largo, nevó y, bueno, fue molesto, pero nada más. Después de todo no estoy en silla de ruedas y sigo en edad de merecer. Hay que decir que no es mucho más barato que el primero, pero está casi lleno, sobre todo las plazas más cercanas a la terminal.

El tercero es especialmente vergonzoso, igual que el cuarto, porque están literalmente en la quinta porra, es decir, que llegar a la terminal desde el aparcamiento no lleva menos de media hora. Sí, lo que se dice treinta minutos. Lo llaman retóricamente Foot & Fly, y no hay duda de que habrá que usar los pies (además, mucho) para poder volar. Según el destino, ya puede uno tomarse las cosas con antelación. Eso sí, no necesariamente tiene que andar para acercarse al avión, porque puede tomar un autobús lanzadera que el aeropuerto pone a disposición del viajero perezoso para acercarse a la terminal. Como todo en este aeropuerto, el autobús cuesta. Seis euros es el último precio que vi, pero en el aeropuerto de Charleroi todo es susceptible de encarecerse.

Finalmente, uno se acerca a la terminal y, cuando cree que puede entrar en el edificio, resulta que el pasajero debe dar una vuelta de tres pares de narices para pasar un control de seguridad previo, que no es el de verdad, y que no sé a qué viene, porque no tienen ni equipos ni nada. Normalmente pasa uno como quien no quiere la cosa, sin importar si eres pasajero o no. Claro, además de ser pasajero, podrías ir por allí para recoger o a acompañar a alguien a quien indudablemente quieres mucho, porque, si ir al aeropuerto de Charleroi cuando uno vuela desde allí tiene una justificación, hacerlo sin tener que utilizarlo sólo puede hacerse por amor. Mucho amor.

Luego está el paisanaje que hay por allí. Uno pasa todos los obstáculos que se interponen entre él y la terminal, y finalmente consigue acceder a la misma. No hay ningún pasajero, pero ninguno, de porte mínimamente elegante e indicios de viajar por trabajo. No nos engañemos, porque yo he viajado por trabajo desde Charleroi, vale, pero tuve que convencer a la agencia de viajes de que me venía mejor el horario que la alternativa que me ofrecían ellos y que implicaba levantarme a las cuatro de la mañana como poco. Y, así y todo, me vestí lo más informal que pude, metiendo el traje en la maleta doblado, sólo para no ser el único trajeado en todo el aeropuerto. Las agencias de viajes que se respetan y que trabajan con gente de negocios tienen vetado ofrecer vuelos que salgan de Charleroi o aterricen allí. No quieren líos ni reclamaciones; si hay que pagar más, se paga y punto.

Sí, amigos, desde Charleroi sólo vuela gente lumpen, de los que se van de vacaciones de baja estofa o van a visitar a sus parientes en Marruecos. En verano, casi no hay pasajero que no lleve tatuado hasta el esternón. Los (y, sobre todo, las) que no lo hacen es porque llevan la cabeza tapada con un pañuelo y el resto del cuerpo con ropas amplias, además de ir un par de metros por detrás de sus supongo que maridos. Esa gente lumpen ha comprado los billetes atraídos por el bajo precio que ponen las compañías, sin reparar en que, entre los treinta euros que cuesta llegar allí en transporte público (en cada sentido), la clavada que supone facturar la maleta (¿Cómo vas a ir a Marruecos sin regalos para todo el pueblo, demostrando lo bien que te va entre los infieles?) y que en ese aeropuerto te cobran hasta por orinar, quizá los billetes no sean tan baratos como parece.

El control de seguridad es igualmente patético. Frente a los mostradores amplios de Zaventem, en Charleroi hay sólo dos filas frente a las que se atestan miríadas de pasajeros. Últimamente, las compañías aéreas (o sea, Ryanair, que es quien ha tomado la terminal) advierten a los pasajeros que deben personarse tres o cuatro horas antes de la salida del vuelo, porque, por mucho que lo piden, el aeropuerto de Charleroi no habilita más puestos de control de seguridad y eso crea colas y retrasos del quince. Creo que quien ha volado con Ryanair ya sabe lo que le gusta a esta compañía curarse en salud y dramatizar las cosas, para poder soltar un 'ya te lo dije' si las cosas vienen mal dadas. En realidad, con llegar dos horas antes de la salida del vuelo, como toda la vida, hay tiempo de sobra.

El único buen momento del aeropuerto de Charleroi es cuando te montas en el avión y queda claro que lo vas a perder de vista más pronto que tarde.

Tarde es precisamente lo que se ha hecho ahora, así que vamos a dejarlo hasta mi próxima aparición por Charleroi, que tendrá lugar fatalmente dentro de unos días, si Dios quiere.

viernes, 9 de mayo de 2025

Aeropuertos: sí, en plural

En el pasado ruso, la etiqueta "aviones y aeropuertos" era bastante frecuente en esta bitácora, y no era para menos, porque en los aeropuertos rusos (bueno, y fuera de ellos) solían suceder cosas originales y curiosas que merecían la pena relatarse. Es lo que tienen los controles de pasaportes y los controles de aduanas, y no digamos los controles de seguridad a partir del, digamos, incidente, de las torres gemelas.

En Bélgica, es verdad que ha habido alguna que otra entrada sobre aeropuertos, pero menos. El desplazamiento al aeropuerto está mejor organizado que a los aeropuertos moscovitas, al menos hasta que los rusos pusieron los trenes directos; es más, uno llega a los aeropuertos belgas y se encuentra con que, siempre que no se vaya fuera de la zona Schengen, cosa que hace mucho tiempo que no hago, los controles de acceso a la zona de embarque son muy simples. No hay control de pasaportes. De hecho, ni siquiera hay obligación de llevar el pasaporte en el viaje con mucho más frecuente que hago, que es de Bruselas a Valencia y viceversa. Tampoco hay control aduanero. Lo que sí que hay es control de seguridad, pero suele ser bastante rápido y, si uno tiene el ojo de chapurrear un poco el neerlandés, los encargados del control se quedan gratamente sorprendidos y se deshacen en parabienes. Bueno, me estoy pasando, que al fin y a la postre son seguratas y belgas; quizá no se deshagan en parabienes, pero, por lo menos, no son directamente desagradables.

Uno pasa ese control y ya sólo le queda deambular por las instalaciones del aeropuerto, quizá comer algo, o pasar por la capilla (sí, sí, hay una), o hacer alguna compra que se haya quedado a medias o directamente por hacer. Llega el momento del vuelo, se pasa una revisión de la documentación y, ¡hala!, al avión. No hay mucha diferencia con lo que pasa en las estaciones de tren en España y sus controles de equipajes. No, en Bruselas, normalmente, en los trenes de alta velocidad no hay controles de equipaje; eso es un invento español con Dios sabrá qué oscuras intenciones.

En Bruselas hay un aeropuerto, el internacional de Zaventem. Bueno, hay uno...  excepto si le preguntamos a Ryanair, que nos dirá que hay dos, el susodicho internacional de Zaventem, que está a unos quince kilómetros del centro, y el que ellos denominan Bruselas Sur, pero que la IATA y el resto del mundo llamamos aeropuerto de Charleroi y que, efectivamente, está en la ciudad de Charleroi. Es verdad que Charleroi, con su aeropuerto, está al sur de Bruselas, con lo que Ryanair no va totalmente desencaminado, pero, ya puestos, podían haberlo llamado aeropuerto de París Norte, no en vano está al norte de París y París vende más.

El aeropuerto de Charleroi está a cincuenta y cinco kilómetros de Bruselas. Es pequeño y cutre, y de él vuelan compañías aéreas de bajo coste y ninguna intención de disimularlo. Obviamente, Ryanair es la más destacada, aunque también opera vuelos desde Zaventem. Hay que decir que lo único que hay de bajo coste en ese aeropuerto son los vuelos, y aun de esto habría mucho que discutir. El resto de los servicios de ese aeropuerto es de pago o incomodísimo, y no es que los pasajeros tengamos mucho donde elegir. Este pasajero que escribe y que suele viajar a Valencia está prácticamente condenado a utilizar Charleroi mucho más de lo que le gustaría, porque Ryanair, al menos estos meses, es la única línea aérea que cubre el trayecto sin visitar más que los aeropuertos de origen y destino.

Como tengo tres hijos en edad universitaria y los estudiantes son pobres, también me toca visitar Charleroi cuando los llevo o los recojo en coche. En Zaventem, igual que en todos los lugares decentes, hay una zona en la cual uno puede descargar a los pasajeros que lleva, darles un beso, un abrazo o un simple apretón de manos, según la confianza que se tenga con ellos, y a partir de ahí ya se apañan ellos y el conductor puede volver sobre sus pasos sin pagar por llegar hasta allí.

En Charleroi, no.

En Charleroi, uno tiene que rascarse el bolsillo en cuanto uno se acerca a menos de un kilómetro del acceso, pero se está haciendo un poco tarde, así que voy a ir cerrando esta entrada y reservando mis invectivas y palabras soeces para la próxima, en la que intentaré disuadir a los potenciales pasajeros de utilizar esa cuadra.

sábado, 17 de febrero de 2024

El definitivo fin de una época

Cuando uno pensaba que hacía tiempo que todo había terminado, he aquí que llega una pedrada desde el pasado para dar el cierre definitivo a un período de mi vida (y de esta bitácora) que ya pasó irremediablemente.

Aeroflot, esa línea aérea que me transportó de la Ceca a la Meca (bueno, de Moscú a donde fuera, normalmente Madrid) ha decidido que, después de diez años de no utilizar sus servicios, ha llegado la hora de darme de baja automáticamente de su programa de fidelidad. Bueno, a no ser que algún participante del programa me pase alguna milla que le sobre o, por lo menos, que me meta en mi espacio personal del programa. Se conforman con poco, pero me temo que, a estas alturas y en plena guerra, no me merece especialmente la pena conservar ese programa de fidelidad.

Sobre todo, teniendo en cuenta que el espacio aéreo de la Unión Europea está cerrado para los vuelos de Aeroflot.

Me da penica, porque Aeroflot ha sido protagonista de grandes momentos de mi vida y de esta bitácora. Uno se acuerda de aquellos tiempos en los que todavía no había teléfonos inteligentes ni aplicaciones de líneas aéreas y había que comprar los billetes a pelo, en las propias oficinas de la compañía o en alguna agencia de viajes, lo cual dio pie a situaciones tan curiosas como ésta. Vamos, que hubo un tiempo en que llegué a tener la tarjeta plata (la oro era para los muy expertos), con pase a las salas VIP de Aeroflot, cosa que merecía mucho la pena. Y culminamos la serie con uno de los últimos viajes, en que estuve pensando si convertirme al judaísmo. Al menos desde el punto de vista culinario, claro.

No sé si volveré a volar con Aeroflot algún día, pero lo cierto es que uno, al final, termina recordando las cosas buenas y riéndose de las malas, porque ya pasaron. Al final, romper el último vínculo con la compañía aérea que más me ha hecho sufrir y reír, pero que no deja indiferente, es como cuando un amigo se va: algo se muere en el alma.
 

domingo, 28 de marzo de 2021

Idioma multiusos

Sería exagerado decir que aprender flamenco, o neerlandés, o como narices se llame lo que intento hablar con mejor o peor fortuna, me ha cambiado la vida. Sin embargo, sí que se aprecian mejoras singulares. Algunas se derivan del hecho de que en Bruselas no lo habla apenas nadie, por lo que, como hemos visto, viene bien para zafarse de pesados telefónicos diversos. Los vendedores telefónicos no están en un lugar muy alto, en general, en el escalafón social; seguramente por eso acceden a esta profesión personas con una formación poco esmerada, que han aprendido rápidamente los rudimentos de la profesión de comercial, pero poco más, y que no han pasado de su lengua materna (o sea, del francés). Si alguien por ventura llega a ser capaz de expresarse en las dos lenguas oficiales de Bruselas, su futuro profesional es mucho más halagüeño: puede ser policía, otro tipo de funcionario, agente de banca... vamos, que es profesionalmente más interesante, y mucho menor remunerado.

Pero toda esta gente tiene su corazoncito, no vayamos a creer. Es posible (pero no es completamente cierto, no vayamos a creer) que la totalidad de los neerlandófonos sean capaces de expresarse con soltura en otro idioma (raramente el francés, pero a veces también pasa), pero el suyo es el suyo, y se esponjan cuando ven a un extranjero que ha hecho el esfuerzo de aprenderlo. Y de hablarlo, que ésa es otra. Y son capaces de reservar a uno un trato más amable.

Ayer tuve día de aeropuertos. A despecho de las prohibiciones del gobierno belga de todo viaje no esencial, en este contexto de pandemia incesante, algunos tenemos necesidad de salir del país, ciertamente no para ir de turisteo, y el avión sigue siendo el medio de transporte más cómodo y, no sabemos por cuánto tiempo, también el más asequible, así que ayer nos plantamos Ame y yo en Zaventem para desplazarnos a la España de nuestras entretelas.

En el mostrador de facturación, la azafata que lo atendía hacía esfuerzos ímprobos por atender a los pasajeros en castellano, con el resultado de que cada trámite tardaba un mundo y cada gramo de peso de las maletas era pesado con precisión. Yo, que vi el percal, y que sabía que mi maleta debería haberse puesto un poco más a dieta de lo que ya estaba, cuando conseguí que me llegara el turno, lancé un jovial Goedeavond!

Desde detrás de la mascarilla, pude percibir una sonrisa de la azafata que le iba de oreja a oreja. El resto estuvo chupado: el control de PCR fue una bagatela, los dos kilos de más de mi maleta se quedaron en nada, el control de identidad una minucia, y finalmente salimos de allí con un salvoconducto para que no nos controlaran ni identidad ni PCR hasta llegar a España, lo cual, en estos tiempos que corren, no es ninguna tontería.

El control de seguridad era, pues, el último obstáculo serio. Mis últimos viajes habían sido en plena temporada baja, casi sin viajeros, y en el control de seguridad no había cola digna de este nombre.

Ayer, no.

Ayer parecía que se habían desatado los siete demonios entre el personal de seguridad, o que había una huelga de celo encubierta. De las catorce filas que podría haber abiertas, no lo estaban sino dos, y aun éstas a ritmo de tortuga, para una afluencia de pasajeros que, sin ser enorme, era relativamente considerable. Los seguratas estaban controlando absolutamente a todo el personal, sin dejarse uno. No es que yo llevara nada ilegal, pero había metido algún encargo en mi equipaje de mano y, si nos hacían muchas preguntas, uno nunca sabe cómo iba a terminar aquello.

Cuando le llegó el turno a mi equipaje, lancé un alegre Van mij! Dat is mijn!, que suscitó en mi interlocutor una sonrisilla y una ganas de dejarme pasar sin ponerme problemas, que se materializaron menos de medio minuto después en forma de un Goede reis!, y hasta luego, Lucas.

En fin, que puede que el neerlandés no sea la lengua más útil ni más estudiada del mundo, vale, pero merece un respeto, sobre todo si uno vive en un país donde es oficial y, a despecho del desprecio que suscita a demasiados francófonos, la más hablada del país. Además, yo resaltaría que es la lengua más utilizada entre los autores de tebeos belgas. No es el caso de Tintín, cierto, porque Georges Rémy siempre se expresó en francés, pero sí de otros muchos de los que tocará escribir en otra ocasión.

Por cierto, Tintín en holandés es Kuifje, que más o menos se puede traducir por "tupé". Y acabo de hablar de otra ocasión para escribir sobre tebeos, pero esa otra ocasión que he anunciado antes tendrá que esperar a otra ocasión, porque hoy se hace tarde.

jueves, 15 de agosto de 2019

Aviones y aeropuertos... belgas

Bruselas, esa ciudad única y a la vez múltiple, llevaba ya algún tiempo de calma chicha. A partir de la fiesta nacional, que es el 21 de julio, la desbandada empieza. Los pocos que nos hemos quedado hemos visto como, en nuestros lugares de trabajo, las filas clareaban hasta extremos poco comunes, y los que quedábamos nos dedicábamos a terminar los expedientes que esperaban algún trámite y a contar los días hasta que, también nosotros, enfiláramos en camino del aeropuerto, Zaventem o Charleroi y, desde allí, partiéramos hacia otros andurriales. Yo he vuelto por mis fueros y, en este caso, por mi ya tradicional curso intensivo de neerlandés, que, después de todo, es una lengua oficial de este país que me acoge, y aun de esta ciudad. A la chita callando, ya he terminado el cuarto curso, lo cual me debería permitir desenvolverme con cierta soltura, pero la verdad es que, allí donde lo he intentado, sin ir más lejos en el propio aeropuerto, he estado más bien torpe.

Uno llega al control de seguridad de Zaventem, en Flandes, y se dirige con paso firme al control de seguridad. El agente se le encara a uno y le pregunta:

- English? Français? Nederlands?

Hasta hacía poco, y con la única intención de hacer la puñeta, cosa que confieso humildemente, yo respondía indefectiblemente:

- Deutsch!

No en vano el alemán es lengua oficial en Bélgica, siquiera sea en una región chiquitita, cosa que no se puede decir del inglés. Los letreros del aeropuerto, por cierto, no sólo están rotulados en las tres lenguas que me ofrecía el operario, sino también en alemán, pero lo cierto es que aún no me he encontrado con ningún segurata que controle la lengua de Goethe. Generalmente tuercen el gesto y siguen en inglés.

- Do you have any liquids? Tablets? Computers?

- Wie bitte?

Aquí ya las cosas se complican. El segurata tipo no está preparado para gentes que desconozcan alguna de las tres lenguas en que pueden comunicarse y, sin embargo, deberían estarlo. Me he encontrado con turistas alemanes cuyo inglés no vale ni para pedir la hora, y mucho menos para comprender la respuesta, y eso por no hablar de los españoles. Como tantas veces he repetido, Ryanair y las compañías aéreas de bajo coste han hecho mucho daño, y han permitido viajar al extranjero a gentes que no están preparadas para cruzar los Pirineos. Además, los españoles, con ese espíritu gregario que nos gastamos, y que comparten hasta los más independentistas del país, llevamos mal conocer gente que no hable nuestro idioma. Tendemos a hacer corro entre nosotros y, si alguien quiere conocernos, más le vale adaptarse y hablar el mejor castellano que sepa.

- Liquiden! Tabletten! Computeren!

El segurata, claro, no conoce palabras como Flüssigkeiten o Rechner, y no le vendría mal aprenderlas, que no hay para tanto, así que soy yo quien intenta enseñárselas.

- Meinen Sie Flüssigkeiten und allemöglichen Rechner? Die habe ich bei mir nicht, mindestens nicht heute...

Al final, la maleta pasa, así como mis trastos, y el segurata le chamulla a su colega en neerlandés que me registre hasta los calzoncillos, que este tío habla raro.

Ahora, no. Ahora, la pregunta sigue siendo la misma, vale:

- English? Français? Nederlands?

Pero la respuesta ya no es un seco «Deutsch!», sino:

- Nederlands, alstublieft!

Mi acento debe seguir siendo mejorable, porque el segurata me mira con cierta dosis de escepticismo, resiste la tentación de continuar en inglés, y finalmente me dice:

- Vloeistoffen? Tabletten? Computers?

Y no es que sea muy difícil lo que dice, no, pero cuando me hablan mis profesores parece un idioma inteligible, y cuando lo hace el maromo éste es como si fuera otra lengua, tú, así que me quedo como pasmado y, con mucho esfuerzo, me limito a negar con la cabeza. El segurata hace un gesto como de conmiseración, y me dirijo al arco metálico con la cabeza gacha.

Al menos, he caído lo suficientemente simpático como para que no me registren ni un poquito. Ya le hemos sacado alguna utilidad al neerlandés.

jueves, 22 de diciembre de 2011

El clásico (y III)

Retorno a Moscú acompañado de tres pasajeros por civilizar que seguramente trabajan de matones de discoteca y que han viajdo a Madrid para ver el Real Madrid - Barcelona. No digo de qué equipo eran para no ofender a nadie.

La azafata pijilla llegó con resignación a nuestra fila, comprobó que los protagonistas de este relato estaban trajinando con sus móviles y no tuvo más remedio que dirigirse a ellos:

- You have to switch off your phones! - previendo las dificultades que podía tener, acompañó esta frase con gestos inequívoco incluso para su auditorio, señalando el móvil de uno con una mano y moviendo la otra de derecha a izquierda.

Los tres apagaron las pantallas de sus moviles y se las mostraron todo orgullosos a la azafata, mientras gritaban:

- Off! Off! Off!

No parecía sino que estuvieran pronunciando la parte final de su apellido. La azafata tembló un poco y se dio la vuelta sin decir nada. En particular, es la primera vez en un vuelo con origen o destino en Moscú en que la azafata passsa ampliamente de comprobar si el pollo que se le ha sentado en la ventana de seguridad es capaz de expresarse en español o inglés y, de esta manera, atender a las indicaciones de la tripulación. En este caso, además, era bastante evidente que esos bichos no tenían ni pajolera idea de español ni de inglés, como no fuera por señas, y que su voluntad de hacer caso a lo que les dijese, no ya la tripulación, sino cualquier ser humano, era mucho más que sospechosa.

Casi no hace falta mencionar que, apenas la azafata se hubo dado la vuelta, los tres rusos conectaron la mar de tranquilos el botón de encendido de sus pantallas, y siguieron trasteando con el móvil y viendo fotitos como si la cosa no fuera con ellos.

Llegó, ya iniciado el vuelo, el momento de la cena. Iberia es una línea aérea que, en la competencia con Aeroflot en sus vuelos desde Rusia, cuenta con la ventaja de que ofrece vino en el menú. De hecho, en Rusia, eso es un factor importante, hasta el punto de que una gran parte de los pasajeros lo aprovecha. Para mi sorpresa, cuando llegó la bandeja a mis vecinos, señalaron con grandes gestos la botella de agua. La azafata los miró con incredulidad, pero les llenó el vaso. Acto seguido, ellos vaciaron la mitad y lo rellenaron con whisqui que llevaban metido por entre sus ropas, y así siguieron rellenando sus vasos hasta que se les acabó el whisqui y ellos cayeron dormidos, para alivio del mundo.

Cuando tocamos tierra, y mucho antes de que estuviera permitido usar los teléfonos, ellos ya estaban llamando no sé a quién para decir que ya habían llegado, como si eso pudiera ser una buena noticia para alguien. Fueron los primeros en levantarse, cuando aún no debían hacerlo, la emprendieron a codazos con todo el que vieron en su camino hacia la salida del avión, y sólo les adelanté gracias a que, incluso para unos mastuerzos como aquellos, cargar el arsenal alcohólico que llevaban les retrasaba bastante el paso.

Allá detrás los dejé, resoplando y bufando, mientras llegaba a Moscú por los poquísimos días que faltan antes de largarme, esta vez con toda la familia, de vuelta a casa.

Y, si con la celebración del llamado clásico y toda la parafernalia adjunta, lo que hemos conseguido es que nos visite lo peor de cada casa, casi que estábamos mejor antes de que hubiera partidos del siglo. Seguro que los del Real Madrid están de acuerdo.

martes, 20 de diciembre de 2011

El clásico (II)

En la entrada anterior, tras la disputa del Real Madrid - Barcelona, tres pasajeros conflictivos se van a sentar justo a mi lado. Con la de sitios que hay...


Los primates mínimamente evolucionados que habían entrado en el avión, por lo visto, habían comprado los sitios de la fila de seguridad que estaba al otro lado del pasillo, es decir, que yo los hubiera podido tocar con la mano. Su primera acción consistió en abrir los compartimentos superiores para colocar la priva que se habían agenciado en el aeropuerto. Hasta ahí, normal, porque eso hacemos todos, consista nuestro equipaje en alcohol o en libros de filosofía griega.

Los compartimentos superiores que estaban inmediatamente encima de su fila resultaron estar ocupados con maletas de otros señores que estaban delante o detrás y que habían llegado antes. En estos casos, lo suyo es llamar a las azafatas y que te coloquen los bultos en otro lugar, tanto más cuanto que en la fila de seguridad está prohibidísimo poner algo en el suelo. En primera clase, en cambio, suele haber bastante sitio, con lo que las cosas se alojan allí sin más.

Pero eso es la solución educada. A éstos les faltaban un par de milenios de evolución para llegar a ese comportamiento, con lo que empezó el espectáculo:

- ¿Qué es esto?
- ¿Por qué está lleno?
- ¡Este sitio es nuestro!

Y, ni cortos ni perezosos, comenzaron a bajar maletas de los compartimentos.

- ¡Compatriotas! ¿De quién es esta maleta?

Y la dejaban en mitad del pasillo, montando un bloqueo de mil pares de narices a los que seguían entrando y querían pasar.

No sé si por suerte o por desgracia, los dueños de las maletas eran, efectivamente, compatriotas de los primitivos pasajeros. Estos compatriotas ya eran gente evolucionada y avergonzada por el espectáculo, pero no sabían qué hacer con su maleta, desalojada de tan mala manera.

Los españoles sentados a mi lado veían la escena con los ojos muy abiertos, y eso que era de madrugada. Otro que había delante, al que conozco de vista y que sé que lleva sus buenos diez años en Rusia y que está casado con una rusa, miraba a los tres bichos y musitaba entre dientes: "¡Así tienen el país!"

Los tres ejemplares de australopithecus moscoviensis dejaron el pasillo lleno de bultos, acomodaron los suyos, menos una bolsa con varias botellas que no cabía, porque la física tiene sus límites, y ya pretendían seguir con el siguiente compartimento. Se me ocurrió increparles un poco:

- ¡No pueden hacer eso! ¡No pueden dejar las maletas en los pasillos!

Contra todo pronóstico, el humanoide más próximo a mí entendió el mensaje y se volvió:

- ¿Es tuya? - y me puso la maleta delante de las narices.

No era mía, así que la maleta, como otras, se quedó en el pasillo. La recogió un ruso jovencito y bien parecido que iba delante de mí y que probablemente tampoco lo estaba pasando bien. Por si acaso, decidió no hablar, no fuera a ser que aún la liara y se llevara más maletas.

En esto, apareció la azafata de Iberia, abriéndose paso entre los pasajeros bloqueados, para ver qué estaba pasando allí. Por un azar del destino, en aquel vuelo de Iberia no estaba la típica azafata estirada, dc rangos angulosos, armas tomar y más horas de vuelo que el Barón Rojo, sino una señorita rubia, delgadita, repeinadita y muy monita ella, que venía desde primera clase y parecía poco hecha a este retorno al Paleolítico Superior que estábamos viviendo.

- ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Oh! You cannot put the luggage on the corridor!

Claro, el australophithecus ruthenicus y el homo matritensis barriosalmanticus no disponían de un lenguaje común, y los primeros no se dieron por aludidos. Aunque yo hubiera podido hacer algo, me di cuenta de que mi mochila y mi cazadora no habían sido afectados por el vendaval, y preferí dejar a la azafata hacer su trabajo, no fuera a caerme otra maleta sobre las narices.

Los tres homínidos miraron fíjamente a la azafata, que llamó a una compañera, la de turista, que no podía llegar, porque estaba al fondo del avión y un montón de bultos le bloqueaban el paso. Entre las dos azafatas fueron apartando bultos como pudieron y metiéndolos en la cola, en primera, o donde Dios les dio a entender, porque para mí que Aldeasa tuvo que hacer un pedido suplementario de bebidas alcohólicas tras el paso del pasaje del vuelo de Moscú por el aeropuerto. Qué tíos, tú.

Al final, se despejó el pasillo, y todos los pasajeros se sentaron, tres de ellos, adivinen quiénes, ente grandes carcajadas. Acto seguido, sacaron sus teléfonos móviles y se pusieron a ver fotos suyas con el fondo verde del Santiago Bernabéu, es posible que pastando sobre él. Sí, señor, aquellas gentes habían viajado desde Rusia para ver un partido de fútbol que en principio ni les iba ni les venía, para vaciar el aeropuerto de Madrid de bebidas alcohólicas y para montar un pollo totalmente gratuito en el vuelo de vuelta.

Claro, no toda la gente es así, obviamente. Las cosas han mejorado mucho. La mayoría de los rusos son completamente presentables y no pocos nos dan sopas con ondas en educación a los españoles. Pero siempre queda alguien que la pifia y deja la imagen del país por los suelos, como ya hemos visto alguna vez. Y hay demasiados niños grandes en Rusia como para dejarles salir por ahí sin acompañamiento.

En esto, las puertas del avión se cerraron, la azafata rubita y monita me pareció que emitió un suspiro y se acercó a nuestra fila, donde los tres homínidos seguían dale que te pego con el móvil comentando las jugadas que habían grabado en sus cacharritos.

Apreté los dientes. La cosa prometía.

(continuará, y terminará)

lunes, 19 de diciembre de 2011

El clásico (I)

Después de echar una carrerita por España, nos encontramos en diciembre, temporada propicia para ir y venir por esos aeropuertos de Dios. Como el otro día, sin ir más lejos.

El sábado por la noche había sido el Real Madrid - Barcelona, cuyo resultado no hace falta que recuerde a los vikingos. Para los que el fútbol no es sino una molestia inevitable si no quieres parecer un marciano, la semana anterior en España había sido una tortura. No podías encender la radio sin encontrarte en todos los boletines horarios con las últimas noticias sobre si Cristiano se había levantado con la uña del dedo meñique de la mano izquierda demasiado larga, o si Messi estaba considerando peinarse con la raya en medio. Cuando pasaba cerca de una televisión, electrodoméstico del que, gracias a Dios, carezco en casa, todo quisqui estaba dale que te pego con esos dos malhadados equipos, y si hubiera salido el sábado a la hora del partido (no lo hice, porque el domingo tenía que madrugar), estoy persuadido de que no hubiera encontrado absolutamente a nadie que no estuviera arracimado junto a las pantallas de televisión de los bares. Y eso en una ciudad como Valencia, a la que el susodicho partido debiera haberle sido más bien indiferente.

Yo pensaba que esta estupidez colectiva era exclusiva de los españoles, pero va a resultar que no. Que en estos tiempos de globalización la estupidez se exporta y se importa en las mismas condiciones que cualquier otro bien o servicio, y que hay quien la adquiere con alborozo.

Tuve la ocasión de darme cuenta al entrar en el avión que, en la madrugada del martes, cubría el trayecto entre Madrid y Moscú. Yo venía de Valencia con el tiempo un pelín justo y no tuve ocasión de apreciar el ambiente en la cola de embarque (en todo lo que tiene que ver con Moscú hay colas), sino que llegué justo a tiempo para entrar al avión, un A-319 que obliga a los pasajeros que no sean pigmeos a intimar bastante entre sí y con el asiento delantero.

El que tiene experiencia en estas lides, y entre ellos me cuento, procura colocarse en la fila donde está la salida de emergencia, que es bastante más ancha. Iberia, al igual que Aeroflot, dan la posibilidad de reservarla por unos diez euros al comprar el billete. Eso sí, se supone que un requisito para ocuparla consiste en ser capaz de comunicarse en español o en inglés, por si las cosas, Dios no lo quiera, vienen mal dadas y hay que actuar.

Entré en el avión, coloqué mi cazadora y mi magra mochila en los compartimentos que había sobre mí y me senté en mi asiento, al lado de dos españoles con acento sureño que seguramente iban de trabajo y que colocaron sus maletillas de mano también en el compartimento superior.

A los pocos minutos, tres ejemplares de la especie australopithecus moscoviensis, entre grandes carcajadas y cargados con buena parte de las existencias alcohólicas de las tiendas del aeropuerto, accedieron al avión y ocuparon los asientos que había al otro lado del pasillo.

Uyuyuy...

(continuará)

jueves, 10 de noviembre de 2011

Devoluciones

Los trámites para la devolución del IVA en el aeropuerto de Barajas es algo que los españoles que vivimos en el extranjero remoto (es decir, fuera de la UE) conocemos bien. Uno llega al aeropuerto y lo primero que tiene que hacer es no facturar. En la T-4, el garito de la Guardia Civil está después de los mostradores de facturación. Nunca me ha pasado, pero el guardia del puesto puede perfectamente solicitar que le enseñes el objeto que has comprado y que te llevas fuera del territorio de aplicación del IVA. Si has facturado, se siente.

Como en mi grupo, cada una de las participantes iba en vuelos diferentes, yo me quedé con las que volvían, como yo mismo, a Moscú. Eran siete personas, todas mujeres, y cuatro de ellas, que no era la primera vez que pisaban España, habían tomado la precaución de pedir a El Corte Inglés (quién si no) que les hicieran las facturillas especiales del tax-free. Otras tres debían ser relativamente nuevas en el ajo, o habían comprado a saber dónde, y la última había sido más comedida y no había comprado nada que superara en su conjunto los noventa euros a partir de los cuales ya se puede pedir la devolución.

Les enseñé la ventanilla a las cuatro que venían conmigo, me quedé con sus maletas, procurando que el guardia civil viera que las teníamos, y a éste, que venía de explicarle prolijamente a un turista despistado que sólo con el tique de compra a pelo no le podía sellar nada, se le vio aliviado cuando vio que sus siguientes cuatro clientes hablaban un español más que decentillo y lo tenían todo en orden. Ni siquiera se molestó en comprobar más que el pasaporte y lo selló todo.

Tras facturar, pasar la m**rd* de control de seguridad que tienen allí y llegar a la terminal satélite, les llevé al puesto donde les darían el dinero. Aquí ya comencé a darme cuenta de que estaba ante un caso tirando a especial y manirroto. Yo, cuando voy a España y compro algo, suelen ser cosas como material informático (esos teclados con la eñe que no se encuentran por otros sitios), y quizá algo de ropa y calzado, que en Rusia va muchísimo más caro. Y ya está. Teniendo en cuenta que al final lo que te devuelven viene a ser, en los mejores días, el 10% de lo que pagaste, lejos del 18% que es el tipo del IVA español, y que el reciente incremento del IVA en dos puntos ha ido a parar directamente a la entidad gestora y rapiñadora, pues como que tampoco estoy muy entusiasmado. Normalmente voy buscando mucho más precios baratos que comercios con la pegatina del tax-free.

El caso es que, cuando lo he hecho, me he llevado unos treinta euros los días de más éxito. Mis compañeras de viaje, en cambio, parecía que hubieran cambiado su ajuar entero, Dios mío. La que menos salió de la caja con ochenta euros, y la que más supero muy holgadamente los cien. En El Corte Inglés deben estar llorando de pena por el viaje de retorno de semejantes clientes. Un poco más e Isidoro Álvarez las cita en el informe anual.

¿Qué es lo que hacen cuatro rusas en un aeropuerto con pasta fresca en su bolsillo y hora y media por delante antes del embarque de su vuelo? Síiiiiii, eso precisamente, saquear las tiendas. Yo las acompañé por pura curiosidad y porque, tal y como veía el percal, me temía que alguna pereciera bajo el peso y el volumen de los bultos que tenía y que no hacían sino aumentar.

De paso, ya tengo una idea de lo que compran las rusas en los duty-free. Éstas no fumaban, a Dios gracias, y además conocían bastante bien España. Compraron turrón en cantidades enormes. Yo espero llegar a tiempo de comprarlo en Mercadona por cuatro chavos, porque ocho euros por tableta por un turrón industrial, y eso que se supone que viene sin impuestos, es una faltada de narices. Compraron jerez y coñac para aburrir, y una tuvo un antojo y se compró chocolate. Ya dije en la primera entrada de la serie que lo suyo era el dulce, y su volumen lo testificaba.

Claro, a la salida de la tienda hubieran hecho falta un par de porteadores de safari para llevar todo aquello. Me hice con un carrito del aeropuerto y, mal que bien, pudimos llegar a la puerta de embarque. Iberia, siempre tan cariñosa con el vuelo de Moscú, no sólo obliga a los pasajeros a pasar cinco horas en un asiento tan parecido a un zulo que no falta sino que las azafatas vayan con pasamontañas y boina negra por el avión, repartiendo el Zutabe y el Gara en lugar del ABC y El País; no, Iberia, además, pone el avión en el último rincón del aeropuerto, lo más lejos posible, como para que los pasajeros vayamos haciendo camino a Moscú.

Al final, pues, llegamos a la puerta de embarque y mis compañeras lograron agarrar todas las bolsas que llevaban y que las tapaban casi por completo. Como yo me senté más bien hacia delante, y ellas iban en la parte trasera, no vi cómo consiguieron colocar tanto bulto en los estantes superiores, pero tuvo que ser digno de verse.

Y con esto termina la serie del viaje, mucho más tranquilo que en otras ocasiones en que los participantes eran todos hombres y alguno con tendencias muy marcadas hacia el levantamiento de vidrio. Pero ya tocaba volver a Moscú, donde siguen pasando cosas.

miércoles, 6 de julio de 2011

Los caballeros las prefieren

Las esperas en los aeropuertos son bastante aburridas. Uno llega pronto, por si acaso hay problemas y, si no los hay, el resultado es que llega antes de tiempo y toca esperar. Y a Abi le entra la fiebre consumista propia de su adolescencia incipiente, y se pilla a su madre para pasear por la tienda más próxima.

- Mamá, mamá, ¿me puedo comprar un bolígrafo de color rojo?
- ¿Para qué, hija?
- Para poder distinguir cruces y redondeles al jugar al tres en raya.
- A ver... cruces... redondeles... cruces... redondeles.
- Ahhhhh... es que soy rubia, mamá.

El reconocerlo le honra.

martes, 28 de diciembre de 2010

Otra de espías

Al final conseguí encontrar un enlace en un medio español a la noticia de los aeropuertos de Moscú colapsados. Pero lo bueno son los comentarios a la noticia. Se ve que incidentalmente en la noticia se dice que uno de los españoles bloqueados consiguió hablar con el Consulado (supongo que con el pobre que tiene el teléfono de urgencias consulares, que por cierto es una bellísima persona y un pedazo de pan de los que ya no quedan), y le dijeron que lo de sacarles del aeropuerto era cosa de la compañía aérea, pero que en el Consulado no podían hacer mucho. Automáticamente, en los comentarios ha aparecido todo tipo de gente indignada acusando de dejación a los funcionarios españoles en el extranjero y, por extensión, a la ministra de Exteriores de España. Al final va a resultar que la culpa de que unos españoles estén bloqueados en el aeropuerto de Moscú la tiene Zapatero. Hay cada español por ahí que habría que darle de comer aparte. Y que no se quejen demasiado, que al menos ahora Sheremetyevo es un aeropuerto moderno y tiene de todo. No hace ni dos años era un sitio tercermundista donde ibas esquivando a los hindúes y ceilandeses que llevaban días durmiendo por los pasillos de la zona internacional. Y, fíjate, ésos no se quejaban nunca.

Pero la noticia ha durado poco. El cupo de noticias de hoy ha sido ocupado por la última de espías, con la expulsión de los dos diplos españoles. Cuando España expulsó hace unas semanas a los diplos rusos, la noticia apareció en un recuadrito en una página interior en la prensa española, como si no tuviera importancia. Hoy no. Ahora que Rusia expulsa a estas dos personas, sale en primera página.

Una vez más, lo bueno son los comentarios. Por lo visto, España está llena de expertos en relaciones interacionales (bueno, en relaciones internacionales y en casi todo), pero es que muchos comentarios son la pera. Básicamente, deben creer que eso de que expulsen a un diplomático por espionaje es un hecho gravísimo, y puede que en España lo sea, pero en Rusia pasa con bastante frecuencia y se toma ya incluso con bastante naturalidad. Sólo en 2010 ya llevan la tira de diplomáticos expulsados mutuamente, lo que pasa es que es la primera vez que ocurre con España. De repente, hay comentaristas que piensan que debemos estar orgullosos de nuestro servicio de inteligencia, y que eso quiere decir que funciona tan bien que esos dos a quienes van a expulsar han puesto en peligro la seguridad de Rusia, cuando lo más probable, por no decir seguro, es que no tengan absolutamente nada de espías y que les haya tocado de manera hasta cierto punto aleatoria.

Otros, claro, piensan que la culpa es de Zapatero. O de Bush.

Sí, ya sé que hay fotos de la Chapman mucho más interesantes (o directa y descaradamente retocadas) que la de ahí arriba. Pero ésa es seguro que es auténtica y no pasó por el Photoshop.

lunes, 11 de octubre de 2010

Más sobre colas rusas

Por fin, San Hatorio ha escuchado mis plegarias y no me he muerto sin ver una cola rusa ordenada. Ha costado, sí, y para ello ha tenido que ser inaugurada la nueva terminal del aeropuerto de Sheremetyevo, que ya parece un aeropuerto y todo. Aún así, mi compañero de viaje no dejaba de refunfuñar diciendo que habían hecho un desastre y que era mucho más fácil la antigua terminal. Pues no sé cuál es su concepto de fácil. Quizá se parezca al mío de calamidad.

Para recordar cómo son las cosas, una cola rusa, vista desde arriba, es algo parecido a la ilustración de abajo, es decir, un mogollón de gente con los codos afilados tratando de hacerse con la "pole" con insistencia digna de mejor causa, y una sola persona para atender todo eso ¡Cuántas veces, señor, me he visto en ellas! La última, que será motivo de otra entrada, en la última carrera que corrí en Moscú, a finales del mes pasado: el Run Moscow.


La terminal de Aeroflot en Sheremetyevo tiene un mostrador parecido a la T-4 de Barajas. Hay un montón de mostradores de facturación y una sola cola que va serpenteando y que está guiada por las típicas cintas. Con lo cual, pierden sentido los típicos adelantamientos, codazos y trucos sucios, como el de la pareja que se pone cada uno en una cola y acaba yendo a la que acaba antes, liándolo todo. No, señores, eso se acabó, al menos aquí.


Lo único que falta es que el ruso anclado en el pasado entienda que tiene varios mostradores de facturación y que le van a facturar en cualquiera de ellos. En el caso de la figura, que es tan real como que ha pasado esta mañana, al que está segundo de la cola le están haciendo gestos para que pase cinco azafatas desocupadas, y él allí, erre que erre, esperando a que termine el de delante y puedan atenderle a él. Y de moverse nada, no le vayan a quitar el sitio.

Tenemos para un par de añitos, antes de que se acostumbren, pero ya le irán pillando el tranquillo, ya,

miércoles, 16 de junio de 2010

Si las bicis hablaran

Hola, soy el Bulto Misterioso, y soy una bicicleta plegable un pelín rara. Digamos que, en realidad, muy rara. Hace ya unos cuantos meses que mi dueño, que se hace llamar Alfor von Buchweizen y que es una persona que también es muy rara, se dio cuenta de que yo no funcionaba bien, y me llevó a reparar. Cuando me construyeron, mi fabricante no tenía representante en Moscú, pero de eso ya hacía tres años, y entretanto mi fabricante ya tenía gente por aquí.

De todas formas, mi dueño no quedó satisfecho de la cuestión. Se ve que, para mi modelo, no sabían qué hacer. Entonces se puso a escribir a España, donde me habían comprado, y consiguió que le diesen el nombre de un taller en Valencia donde me repararían. Qué bien. Claro, a mí me habían fabricado en Taiwán, pensando en que circularía por sitios como Londres. Parece que Londres es una ciudad bastante limpia. En cambio, a mi dueño no se le ocurrió otra cosa que llevarme a Moscú, donde hay un alcalde, Luzhkov se llama, al que le gusta echar porquerías al asfalto para conseguir que no se hiele. Efectivamente, no se hiela (bueno, al final sí), pero me dejó los piñones hechos una porquería y la transmisión saltaba.

Durante el mes siguiente, mi dueño siguió circulando conmigo, pero yo no lo veía muy contento. Cada vez que los piñones se escurrían, torcía los labios y eso es mala señal. Pero, al final, llegó el día de ir a Valencia, mi dueño me metió en mi bolsa y me llevó al aeropuerto.

- ¿Qué es eso? - preguntó la señora que se estaba ocupando de la facturación.
- Una bicicleta - dijo mi dueño.
- No facturamos bicicletas gratis. Tiene que pagar setenta y cinco euros.
- ¿Cómooooo?
- Lo que oye.
- Pero, ¿cómo puede ser? Usted ha visto esto, es un bulto normalillo.
- Es material deportivo.
- ¡Qué va a ser material deportivo!
- Las bicicletas son material deportivo.
- Ésta no. De hecho, técnicamente no es una bicicleta. No cumple con la definición de bicicleta. No podría participar con ella en una competición de bicicletas. La federación internacional lo prohibiría.
- Ah, ¿no? Entonces, ¿qué es?
- Es parecido a un carrito de bebé. Incluso ve que tiene el mismo tamaño.
- Pero es una bicicleta.
- No.
- Ábralo.
- Ahi va. Mire.
- Mmmm... es un caso raro. No parece una bicicleta. Sergey, ¿que te parece?
- ¿Es una bicicleta? - respondió el tal Sergey - Entonces tiene que pagar ciento cincuenta euros.
- ¿Quéeeeee? - creo que mi dueño se estaba alterando.
- ¿Sabe? - dijo la señora - Voy a llamar al representante de la compañía y ya le dirá lo que tiene que hacer.

La señora marcó un número de telefono.

- ¿Sí? ¿Es la representante de Iberia?
- ...
- Tenemos aquí un señor que quiere facturar una bicicleta que no parece una bicicleta ¿Qué hago?
- ...
- Sí, tiene ruedas, pero son bastante pequeñas.
- ...
- Es lo que le he dicho yo, pero no quiere pagar.
- ...
- No, pesar pesa poco. Unos diez kilos.
- ...
- No sé. Es como una bicicleta infantil, pero rara.
- ...
- Vale. Se lo digo.

Y la señora se dirigió a mi dueño.

- Que tiene que pagar.
- Que venga aquí esa representante y me lo diga.
- Bueno, vale, espérese aquí.

...

- Mire, ahí viene la representante.
- ¿Qué pasa?
- ¡Que me están intentando hacer pagar por facturar este bulto, que pesa diez kilos!
- ¿Y qué es? ¿Una bicicleta?
- Algo así, pero no.
- Pues tendrá que pagar.
- ¿Cómo que pagar? ¿Y dónde pone eso?
- En nuestra página web lo pone.
- Pues en el billete no.
- Lea la página web.
- Pero, ¿cómo se les ocurre?
- Es así y ya está.

Mi dueño puso el grito en el cielo, diciendo que era un cliente frecuente y que qué era eso de hacerle pagar por transportar una bicicleta ligera y pequeña. La representante no le hacía caso.

Pero mi dueño tuvo suerte, porque entonces llegó un grupo de turistas andaluces hablando todos a la vez. La representante no estaba acostumbrada a oír hablar a tanta gente al mismo tiempo.

- Venga, venga, factúraselo - dijo a la empleada de facturación.
- ¿Sin pagar?
- Sí, esperemos que nadie diga nada.

Los turistas andaluces hablaban cada vez más. Mi dueño se había librado de la multa por los pelos, pero se había librado.

***

Pocos días después, de vuelta hacia Moscú, mi dueño llegó conmigo y con la bolsa cerrada al mostrador de facturacuón del aeropuerto de Valencia.

- ¿Qué es eso? - preguntó el señor.
- ¿Eso? - dijo mi dueño, como si se asombrase de que hubiera algo - ¡Ah, eso!
- Sí, eso.
- Es una ayuda técnica al desplazamiento. Lo pueden usar los enfermos.
- Ah, bueno, claro, una ayuda al desplazamiento. Perdone, yo es que lo tengo que comprobar.
- No faltaría más.

Y el señor me facturó enseguida sin rechistar. Así que ya sabéis. Yo pensaba que era una bicicleta, y me he convertido en ayuda técnica al desplazamiento. Porca miseria.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Juzgando el soborno (II)

Un par de años después de los incidentes descritos en la entrada anterior, por el aeropuerto de Domodiédovo, ya glosado algunas veces en estas pantallas, un buen 24 de agosto de 2004, aparecieron cuatro personas procedentes de un vuelo con origen en Majachkalá. Majachkalá es la capital de Daguestán, uno de los miembros constituyentes de la Federación Rusa, y sus habitantes son predominantemente musulmanes.

De las cuatro personas que aparecieron, todas ellas chechenas, dos eran hombres y dos mujeres. Como sabéis todos los que habéis pasado por un aeropuerto después de septiembre de 2001, en los controles de seguridad te registran de manera bastante concienzuda. Sin embargo, y a pesar de que los dos hombres eran del clan de los barbudos, y las dos mujeres no eran precisamente rubias y de ojos azules ni vestían como Madonna, el capitán de milicia de servicio en el aeropuerto los dejó salir de allí sin revisarlos.

Los que en aquel tiempo llevábamos barba o simplemente íbamos mal afeitados sabemos que, por entonces, los milicianos parecía que estuvieran a sueldo de Gillete o de Wilkinson: barbudo que veían, documentación que le pedían, por cierto con toda la prepotencia y los malos modales de que se acusa a la Guardia Civil española. Que aquellos cuatro pollos salieran impunemente del control policial era tan insólito como abrir una charcutería en La Meca. Algo, posiblemente papel moneda con una cifra impresa, debió convencer al miliciano de la procedencia de hacer una excepción con aquellas personas.

Los dos hombres salieron del aeropuerto en dirección a no se sabe dónde, mientras que las mujeres, que atendían nada menos que por Amanat Nagáyeva y Satsita Dzhebirjánova, se dirigieron a una especie de "conseguidor", por nombre Armén Arutiunián, casi con seguridad armenio, que les consiguió sendos billetes para los vuelos que se dirigían a Sochi y a Volgogrado.

Para entonces, las dos mujeres eran con total seguridad una especie de bomba ambulante y, desde luego, un peligro público. Eso sí, aún les quedaba el control de seguridad previo a subir al avión. A una de ellas, que se dirigía a Volgogrado (aunque seguramente a estas alturas el destino ya daba lo mismo) parece que le ayudó a eludir este engorroso trámite el propio Arutiunián, que al final se embolsó cinco mil rublos por sus desvelos. En cuanto al vuelo de Sochi, la chechena de turno contó con la comprensión del encargado de seguridad de la línea aérea, Nikolai Korenkov, ruso por los cuatro costados. La comprensión de Korenkov le salió a la señora enlutada por mil rublos.

***

Es cierto que la policía española, tanto la de tráfico como la ordinaria, tiene unos ramalazos de prepotencia y malos modales que no le granjean la simpatía de nadie. Pero prefiero su prepotencia antes que el pito del sereno en que se ha convertido la seguridad en Rusia, en que el tráfico es un caos, no hay más accidentes porque Dios no quiere y la gente sabe que la responsabilidad por sus actos, muchas veces, se va a ver limitada a la recompensa que estén dispuestos a acordar con el miliciano de turno.

Que, además, también puede ser prepotente.

***

En cuanto a lo que pasó con los vuelos y con sus ocupantes, el resto es fácil suponerlo. El que albergue dudas puede echar un vistazo a la foto que ilustra esta entrada.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Tártaros

Durante el vuelo, no pasó nada demasiado raro, salvo que a uno de los rusos, que medía cerca de dos metros, no hubo manera de embutirlo en el zul... en el asiento que Iberia le había destinado. Con pena y trabajo pudimos sacarlo de allí, estirando lo que pudimos, y le metimos en un sitio cerca del pasillo donde, al menos, de lado cabía bastante bien. Cuando pasaba el carrito con la comida tenía que hacerse un ovillo en el asiento, pero el resto del tiempo lo pasó de manera aceptable, salvo por los improperios de los pasajeros que iban o venían del servicio, tropezaban con sus piernas y se creían que les estaba poniendo una zancadilla.

Otros dos miembros del grupo, aunque no eran demasiado altos, sí que estaban bastante rellenitos, con lo que hubieran necesitado asiento y medio, por lo menos, para colocarse con cierta comodidad. Embutidos en aquella jaula, pasaron el viaje lo mejor que pudieron.

En cuanto a los dos tártaros de la entrada anterior, que eran tirando a delgados y no muy altos, tuvieron el suficiente espacio entre ellos para empinar el codo con cierta holgura. De hecho, cuando salimos del avión, tenían ciertas dificultades para respetar la línea recta e iban entonando, o más bien desentonando, canciones patrióticas, algo así como "Rossiya velikaya straná" (Rusia es un gran país). Para quien sepa algo de Tatarstán, una región que en los primeros noventa era abiertamente separatista y se las daba muy poco menos que de país independiente, ver a aquellos dos pollos cantando eso era algo parecido a lo que en España sería un coro compuesto por Otegi y Carod-Rovira cantando el "Que viva España".

En cualquier caso, los tres rusos que habían sido torturados cruelmente en las celdillas-asiento de Iberia consiguieron al fin desentumecerse lo suficiente como para emprender la marcha hacia la salida, y los dos tártaros se calmaron lo suficiente como para seguirnos. Sin más novedades, llegamos al hotel, pero ahí llegó la cena, con vino a discreción. Lo que les faltaba a los tártaros, que, al poco tiempo, ya no estaban en condiciones de cantar, sino sólo de balbucir oscuramente algo apenas inteligible. No sé cómo se enteraron de que estaba teniendo lugar un acto de apoyo a la candidatura olímpica de Madrid, con concierto incluido, así que les señalé en un mapa dónde estaba el hotel y dónde la Cibeles, y allá que se dirigieron. Los demás nos fuimos a dormir.

Al día siguiente, los tíos estaban allí como unos machotes, a primera hora. Habían bajado a desayunar antes que yo.

- ¿Qué tal el concierto? - les pregunté.
- No llegamos - confesó uno.

En fin, quizá con su apoyo la candidatura de Madrid hubiera tenido mejor suerte. O no.

lunes, 12 de octubre de 2009

Viaje de negocios

La semana pasada, como ya había pasado en otras ocasiones, estuve en España acompañando a un grupo de rusos. La primera vez que apareció dicho fenómeno por esta bitácora se trataba de gente dedicada a la producción metalúrgica (aquí, y siguientes); la segunda, de unos cuantos técnicos y presentadores de televisión. En esta tercera ocasión, la mayoría de los trece participantes pertenecían al tantas veces denostado sector público ruso.

Cuando nos reunimos todos en la casilla de salida (la puerta de embarque del vuelo de Iberia), ya nos presentamos y nos pusimos cara. Como es usual en estos casos, al principio todos éramos un poco reservados, pero al final del viaje algunos era como si hubieran hecho la mili juntos. Todos parecían buena gente, quizá con alguna inclinación poco saludable alguno que otro, y por eso es lástima que en estas entradas no vaya a dedicarme al encomio de la mayoría de buenos, sino a la descripción de la minoría de... mmm, excéntricos. Pero es lo que tienen estas cosas: cuando en un cajón de naranjas hay dos de ellas podridas y de color verde moho, nadie se fija en que las demás sean excelentes, sino que desecha el cajón por culpa de las dos únicas malas. Así, en un grupo, quienes destacan son los peores, por mucho que no sean los más ni mucho menos.

En todo caso, el comienzo ya resultó un poco inquietante, cuando dos de los integrantes del grupo, que eran tártaros, se me acercaron.

- ¿Y cuánto dura el vuelo?
- Pues dura unas cinco horas -les respondí con la certeza del que ha perdido la cuenta de las veces que ha hecho el mismo vuelo.
- ¿Cinco? Nooo. En el billete pone que salimos a las seis y llegamos a las nueve.
- Sí, pero en cada caso es hora local. Llegamos a las once hora de Moscú, porque hay dos husos de diferencia.
- Pero, cuando fuimos a Londres, tardamos tres horas.
- Claro, es que Londres está más cerca de Moscú que Madrid.
- Ah, sí, ¿eh?

Se miraron, y el más alto le dijo al más menudo.

- Creo que no hemos traído bastante whisqui.

Tragué saliva. Mucha.

lunes, 20 de julio de 2009

Estados de ánimo

El retorno a Moscú después de una estancia en España, aunque sea tan corta como la que acabo de concluir hace unas horas, viene asociado a un sentimiento de desazón, primero, y más adelante de cabreo. Y no se trata sólo de que en España vienes de unas vacaciones, mientras que a Rusia vas a currar. No, hay algo más y, para describirlo, voy a generalizar con cierta confianza, porque se trata de sensaciones que comparten unánimemente todos los españoles residentes en Rusia que vuelven después de unos días en el terruño. Si los rusos que lean esto se ofenden, ajo y agua y, a una mala, que echen un vistazo al párrafo de introducción de esta bitácora.

El primer síntoma de que las cosas están empeorando se produce en el aeropuerto de, en mi caso, Madrid, cuando te diriges a la puerta de embarque y la ves literalmente tomada por rusos y más rusos. Uno pensaría que en los vuelos entre España y Rusia el pasaje estaría repartido a partes aproximadamente iguales entre ambas nacionalidades, ¿verdad? Pues de eso nada. Ya sea el vuelo de Iberia, o ya lo sea de Aeroflot, la abrumadora mayoría de los pasajeros son rusos, lo cual, a ojo, ya indica que España le hace a los rusos mucho más tilín que Rusia a los españoles.

Sea como fuere, el caso es que llegas a la puerta de embarque y adviertes de golpe que las vacaciones han terminado y que vuelves a darte de leches contra esa realidad rusa en la que eres, y siempre serás, un elemento extraño. De momento, los aviones van llenos a rebosar, con los rusos que han saqueado a conciencia el duty-free y que apelmazan las bolsas de Aldeasa en los compartimentos de equipaje de mano, haciendo tintinear las botellas unas contra otras. Algunos, los fumadores, han acumulado tabaco como para ahumar media Siberia, no sé muy bien por qué, pues siempre he creído que el tabaco es muy barato en Rusia, pero bueno, mejor para Aldeasa... y peor para los que agradeceríamos un rinconcito para embutir nuestra mochililla de mano entre tanta bolsa, bulto, instrumento musical y cachivache indefinible.

El viaje puede discurrir razonablemente bien o, por lo menos, como siempre. Ahora bien, al llegar a Moscú, la gente se pone nerviosísima, salta de sus asientos, aferra sus bultos como puede y una marabunta salvaje invade los pasillos del avión desafiando las leyes de la física y abriéndose paso entre codazos hacia la puerta.

No es descortesía o, al menos, no es sólo descortesía: es que la gente ya toma posiciones para la inmediata carrera hacia el control de pasaportes. En estos tiempos de crisis diríase que el control de pasaportes, que durante algún tiempo mejoró bastante, se ha hecho más farragoso, severo e insoportable que de costumbre. Dos metros en el avión pueden significar ganar, o perder, cinco puestos en la cola del control de pasaportes, y eso puede muy bien convertirse en media hora de retraso. Así que no esperéis lindezas entre los que estamos hechos a estos viajes; esperad codazos, empujones, bloqueos y carreras por los pasillos.

A estas alturas el españolito que vuelve a Rusia ya ha comprendido que las colas ordenadas las dejó hasta su próximo viaje a la patria y que lo suyo es adaptarse a las condiciones locales. Además de lo antedicho, el vuelo nocturno (apurando la estancia en España, por supuesto) le habrá dejado con un mal cuerpo como para hacer juego con la mala leche que se le está poniendo. El policía de fronteras será, además, su primer choque con la administración pública rusa. Un tío que ni le mira, como no sea para asegurarse de que la foto del pasaporte se corresponde con la realidad, ni le habla, a no ser para dar alguna orden seca.

Si la maleta llegó bien y los aduaneros no dan la tabarra, el viajero saldrá a la sala de llegadas, donde un enjambre de tipos mal encarados le abordarán diciendo "taxi, taxi", "nedorogo". Adiós a los cómodos coches último modelo, que se ven sustituidos, si aceptas los servicios de los taxistas espontáneos, por unos cacharros que funcionan de puro milagro y un conductor que reparte maldiciones y palabras soeces y que parece que esté haciendo un favor al viajero por los dos mil rublos que a éste le toca apoquinar. Si vas en tren, lo único que haces es aplazar el encuentro con los taxistas, que quizá no se produzca en el aeropuerto, pero sí en la estación de tren de destino, en condiciones parecidas a las anteriores.

En fin, que si vas en taxi, te vas a encontrar un atasco del quince; si vas en tren y en metro, como es mi caso, vas a circular en el vagón de metro con un enjambre sudoroso en contacto directo con tu cuerpo. En todo caso, tu mala leche, agriada por la noche en blanco, te recordará que las vacaciones quedaron atrás y que no sólo vas al trabajo, sino que, además, vives en la ciudad más grande de Europa y que a los moscovitas no les pagan para ser simpáticos.

Y aquí me tenéis, baldado, soñoliento y con unas ganas de coger la cama que no veáis. La tropa se quedó en España, dichosos ellos, y yo estoy de rodríguez durante las próximas semanas. El año pasado, en circunstancias similares, me dediqué a dar unos paseíllos en bicicleta y a ir al médico. A ver en qué me ocupo en esta ocasión. De momento, a mejorar de humor tras haber echado un sueñecito...

lunes, 13 de abril de 2009

Igualdad

Los que me conocen saben de mis rifirrafes con el Ministerio de Igualdad, institución española que uno pensaría que se dedica a eliminar desigualdades, aunque en realidad lo que hace es justificar su existencia censurando el lenguaje sexista. De esta manera, si tiene que haber desigualdades entre hombres y mujeres, al menos conseguiremos que no se noten. Las desigualdades entre ricos y pobres, entre españoles y extranjeros, entre tirios y troyanos o entre analfabetos y gente culta parece que no son de su competencia: lo suyo es la desigualdad entre hombres y mujeres, y punto en boca.

Esta egregia institución, lugar de trabajo de abnegadas pero desocupadas funcionarias, no parece encontrar bastante faena por las Españas, a juzgar por las relaciones que ha tenido conmigo. Así pues, deberían dirigirse al aeropuerto de Minsk, un lugar donde las conductas sexistas más lamentables han encontrado acomodo y amenazan con extenderse imparablemente.

Vean aquí el alicatado de los lavabos para malvados hombres del aeropuerto.


Y vean aquí el alicatado sexista empleado en los lavabos de sufridas mujeres.


Espero que las funcionarias de Igualdad tomen cartas en el asunto y amenacen con aún más sanciones al régimen machista del presidente Lukashenko, en tanto no se uniformice el alicatado de los baños. De hecho, sugiero que todo el personal del Ministerio de Igualdad se desplace a Minsk y ocupe los baños en cuestión.

Así, de paso, estarían mucho más cerca del lugar a donde les he venido mandando.