domingo, 20 de septiembre de 2026

Los obispos belgas se ponen serios

Cathobel.be es el medio de comunicación oficial de la Conferencia Episcopal Belga, sector francófono. Ya ha salido aquí en algunas ocasiones (ésta fue la primera), porque muchas de sus publicaciones, aunque son bastante birriosas para mi gusto, no tienen desperdicio para enterarse de por qué la iglesia católica en Bélgica está como está. De hecho, cuando uno las lee, la pregunta es por qué la iglesia católica en Bélgica no está todavía peor, y aquí ya es inevitable hacer referencia a la providencia divina que suple las limitaciones humanas.

Los obispos son esos señores de la foto, que he sacado de Cathobel.be, que pone como titular de la misma a Tommy Scholtes, sacerdote jesuita que supongo que es el que la sacó, porque no es obispo, pero como si lo fuera, porque es el portavoz de la conferencia episcopal desde hace la pila de años. No me voy a meter con la forma de vestir de los obispos belgas de la actualidad, así que me limitaré a señalar que, si el cardenal Mercier, o cualquier obispo de hace más de cincuenta años, levantara la cabeza, le iba a dar un papatús acto seguido. Monseñor Bonny, que es el obispo más relevante de los que aparecen por aquí (y no tardará en volver a aparecer, casi puedo prometerlo), es el de la izquierda de la foto. El primado, el arzobispo de Malinas y Bruselas, monseñor Terlinden, ordinario del lugar donde resido, es el señor alto del centro. El que va con traje y corbata es Bruno Spriet, que está casado y tiene dos hijos, por lo que, al menos de momento, ya podemos deducir que no es obispo, ni tampoco presbítero, sino que es laico, pero, por lo que sea, fue nombrado hace un par de años secretario general de la Conferencia Episcopal Belga y ahí lo tenemos, posando con todos los demás. Lo de nombrar laicos para puestos que deberían ser de sacerdotes es una práctica que va arraigando en Bélgica, así que otro día me pondré con eso. Hay que ver el trabajo que me dan...

La noticia de portada que he visto en Cathobel tiene su miga, no lo dudemos: los obispos belgas piden una solución rápida para los estudiantes de Gaza. Resulta que trece (precisamente trece) estudiantes de Gaza han sido seleccionados para hacer un curso, o investigar, porque la cosa no está clara, becados en distintas universidades belgas. Ahora bien, para poder recoger su visado tienen que personarse en una representación diplomática belga, para que les vean la jeta, vamos. Lo de desplazarse desde Gaza a Jerusalén o Beirut no parece sencillo en estos días, así que esos estudiantes llevan algún tiempo en el limbo, categoría teológica donde las haya. Quizá sea eso lo que ha llevado a intervenir a los obispos, no sé.

Cuando los españoles leemos la palabra 'estudiante', pensamos en un jovenzuelo ocupado en sus estudios y su formación y que, una vez se gradúe, ya pensará en formar una familia y esas cosas de las que se ocupa la gente mayor. En Gaza, se ve que no: estos trece estudiantes son cabezas de familia y tienen la intención de desplazarse a Bélgica con sus respectivas esposas (no dicen cuántas) y su prole. Yo no sé mucho de la calidad académica de las universidades palestinas, pero me da la impresión de que difícilmente van a superar la décima parte del nivel de una universidad belga, por lo que me resulta complicado evaluar qué interés tiene para las universidades receptoras que te lleguen estos becarios o investigadores.

Y aquí entran las virtudes o defectos de los gobiernos de coalición belgas. El ministro de Asuntos Exteriores, que es el que concede los visados, es de 'Les Engagés', o Comprometidos, el antiguo partido demócrata-cristiano que ha dejado de ser lo segundo, y no ha tenido inconveniente en dar el visado a todo ese grupo. Pero, oh, la ministra de Asilo y Migración es de la Alianza Neoflamenca y ha dicho que ni hablar, a ver cómo vamos a hacer volver a todos esos dentro de unos meses, cuando se les termine la beca. Y así llevan meses discutiendo entre los buenistas comprometidos y los malistas sin comprometer, porque la Alianza Neoflamenca, además de que, de por sí, es un partido flamenco identitario y nacionalista, tiene pisándole los talones a Vlaams Belang, que no quiere ni oír hablar de emigrantes, refugiados, asilados, no ya palestinos, sino valones. Es más, ni siquiera quiere oír hablar de Bélgica.

Entre estos trece pollos no debe haber ni una sola mujer (porque los medios lo habrían destacado inmediatamente), ni tampoco un solo cristiano (por la misma razón), así que son todos hombres y musulmanes, pero los obispos belgas han escrito una carta a los dos ministros implicados pidiendo diálogo y una solución rápida (que sea decirles que sí, claro).

Bélgica tiene una iglesia católica agonizante, no hay prácticamente vocaciones, el gobierno legisla alegremente contra los principios morales más básicos, el aborto y la eutanasia campan por sus respetos, tienes un terreno para evangelizar que da vértigo... y tú te ocupas en reunirte con tus colegas y en enviar una carta a dos ministros, espero que al menos en papel suave de cuatro capas, para que trece musulmanes con sus familias puedan entrar en Bélgica.

Poco nos pasa.

sábado, 12 de septiembre de 2026

El aeropuerto de Valencia

Como no hay mal que cien años dure, tampoco la dicha es eterna, y las vacaciones se han terminado. Ya llevo un par de días de vuelta por Bruselas, experimentando lloviznas y dejando atrás el calor enorme que ha hecho en Valencia, y eso que creo que me he librado de lo peor.

No hemos entrado hasta ahora en el aeropuerto de Valencia, un lugar que no tiene muchas diferencias con los aeropuertos de ciudades medianas. En sí, el aeropuerto es bastante cómodo: no es enorme, a diferencia de los de Madrid, Moscú, Bruselas, o hasta Alicante, sino que es tirando a pequeño, pero tiene de todo en relativamente poco espacio.

Lo que no tiene son demasiados vuelos. A despecho de la creciente popularidad de mi ciudad como destino laboral, turístico y lo que haga falta, las comunicaciones aéreas de Valencia con cualquier sitio son bastante más escasas de lo que nos gustaría a los que tenemos que usarlas con frecuencia. La palma se la llevan las líneas de bajo coste, principalmente Ryanair y Vueling, que llevan a los valencianos a los aeropuertos de ciudades secundarias y, en el caso de Ryanair, también a la terminal de transporte de animales de Charleroi. A Bruselas, que es lo que me importa, sólo volaban directamente ésas dos compañías, juntando las cuales puedes llegar, más o menos y con alguna excepción, a un vuelo diario directo con Bruselas; últimamente se ha unido a esas dos compañías una tercera aerolínea que ofrece igualmente una conexión directa entre Valencia y Bruselas. Se trata nada menos que de la compañía aérea belga de bandera, que ahora se llama Brussels Airlines. Esta compañía es el enésimo intento de montar una línea aérea belga, desde los sucesivos ensayos con SABENA, el más largo, pero que quebró en 2001 después de llevar controlada por Swissair desde 1995; a SABENA siguió SN Brussels Airlines, que surgió de la fusión de una subsidiaria de SABENA con Virgin Express, con participación belga. SN Brussels Airlines cambió su nombre a Brussels Airlines en 2007, nombre que sigue hasta ahora. Lo que no sigue es el capital belga, porque Lufthansa compró el 45% de la compañía en 2009 y más tarde el 55% restante, así que la compañía de bandera belga es ahora de capital alemán. Bueno, alemán o de quien sea el capital de Lufthansa, yo qué sé.

Uno, cuando vuela a Valencia, no elige lo que quiere, sino lo que puede. Y, para el retorno a Bruselas, la verdad es que el vuelo que me venía mejor y no me obligaba a horarios absurdos era el de Brussels Airlines, qué le vamos a hacer. Tampoco era excesivamente caro, e incluso pillé la tarifa que me permitía llevar una maletita, que debía pesar ocho kilos, además de la típica mochila que cabe debajo del asiento. Comparado con cómo estoy viajando últimamente, casi diría que es un lujo.

La víspera, además, me llegó un mensaje de la aerolínea: "Como el vuelo va lleno, le ofrecemos la posibilidad de facturar gratuitamente su equipaje de mano." En estas circunstancias, decidí ir a por todas y llevarme a Bruselas dos tarros de miel que me habían regalado y que tenía en Valencia sin saber muy bien qué hacer con ellos. Comérmelos, claro, que a mí la miel me encanta, pero en Valencia tenía un tercer tarro abierto y tampoco voy tanto por allí como para consumirlo en cuatro días. Ni en cuatro meses.

Ya puestos, y como tenía por Valencia una maletilla, me entró el ataque de avaricia y añadí unas morcillicas, esos libros que quieres leer, pero que nunca te da tiempo a hacerlo en Valencia... en fin, menudencias.

Total, que llegó el día de irse, por la mañana, metí todas las cosas en la maleta, la levanté, y claro, como me he pasado la primavera y buena parte del verano haciendo ejercicios de fuerza en los brazos, me pareció que igual pesaba un poquito de más, pero nada preocupante que no pudiera traspasar de maleta a mochila.

Como Brussels Airlines tiene una existencia independiente porque a Lufthansa le viene bien para parecer belga, pero por nada más, los mostradores de facturación eran los mismos de todo el grupo. La cola era de aúpa, claro, no en vano estamos hablando de un domingo de septiembre, día típico de vuelta de vacaciones, pero yo había llegado al aeropuerto con tiempo de sobra y, además, la cola iba rápida.

Cuando quedaban dos o tres personas para que me tocara pasar a facturar, en el mostrador de mi izquierda se estaba produciendo un diálogo entre la azafata y una familia de pasajeros:

- La maleta le pesa diez kilos. El máximo es ocho. Tiene que retirar dos.

¡La de tiempo que hacía que no facturaba! En aquellos tiempos, la azafata ni se hubiera inmutado por dos kilos, además de que entonces el límite no era de ocho, sino de diez. No pude evitar palidecer un poco, porque, a ver, que mi maleta iba un poquito por encima del límite era evidente a cada paso que daba. Pesaba hasta rodando...

Llegó mi turno y, como la azafata del mostrador de la izquierda seguía dialogando con los pasajeros sobre sobrepesos y zarandajas de ésas, me fui a mostrador de la derecha. Con mi mejor sonrisa, estaría bueno.

- Me ha llegado un mensaje de la compañía que me pide que facture el equipaje porque el vuelo va lleno.

- Ah, claro.

Y mientras tanto, puse mi maleta sobre la cinta de equipaje y, de reojo, vi lo que marcaba la báscula: catorce kilos y medio. Ahí, con un par. De tarros de miel. No sabía yo que la miel pesara tanto. Ni que las pesas que he hecho últimamente me hubiera puesto tan cachas, joroba. Hice como que no había visto nada y traté de mejorar mi mejor sonrisa, misión prácticamente imposible, porque uno tiene sus límites.

La azafata imprimió la etiqueta, me dio la tarjeta de embarque, enrolló la etiqueta en el asa de la maletilla, pegó el resguardo en la tarjeta de embarque y me la alargó.

- ¡Arreglao! - dijo sonriendo. Y eso que estaba trabajando un domingo.

¡Ufffffff! Seis kilos y medio habían pasado impunemente al avión, mientras en el mostrador de la izquierda la otra azafata estaba dando los datos de dónde pagar los dos kilos de sobrepeso. Di las gracias a la azafata, y enseguida al cielo, en este caso por haber tenido tanta buena fortuna, y me dirigí al control de seguridad con paso rápido, no se fuera a arrepentir todavía la azafata de haberme dejado escapar.

Como todos los objetos más o menos dudosos estaban en la maletilla, en este caso pasar el control fue coser y cantar, no como al inglés que iba delante de mí, el cual, a saber por qué, trataba de colar un candado de bicicleta en U de los metálicos, que ellos solos ya pesan lo suyos. Se lo confiscaron allí mismo, se puso a despotricar y a dar golpes en las bandeja, total, para nada, porque los seguratas de aeropuerto son inflexibles, y me temo que va a tener que atar su bicicleta con el cordón de los zapatos hasta que se compre otro candado.

Ya que yo sí que estaba de buen humor y de buen rollo, me dirigí a la mujer que estaba escaneando equipajes.

- ¿Puedo hacerle una pregunta?
- Sí, claro.
- ¿Se puede pasar la matrícula de un coche?

La pregunta parece bastante friqui, ¿no? Bueno, pues la respuesta y lo que pasaba por mi cabeza quedara para otro momento, porque se me hace tardísimo.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Cascarrabias

 

Efectivamente, estoy unos días por Valencia, después de dejar atrás los diferentes espacios religiosos del aeropuerto de Bruselas.

Valencia siempre ha sido una ciudad maravillosa. La dejé con veintisiete años para no volver a ella más que de vacaciones, cosa que no es sinónimo de descanso. Efectivamente, en Valencia no suelo perder un minuto, siempre estoy haciendo algo o quedando con alguien y, en suma, llego al final del día quizá más cansado de lo que llego en Bruselas. Que ya es decir. Al final de las vacaciones, suelo necesitar unos días de trabajo 'normal' para recuperarme de las vacaciones. Ya sé que le pasa a mucha más gente que a mí.

Pero a mí Valencia me la han cambiado y me temo que para siempre. Siempre que he vuelto por aquí, he tenido por costumbre coger la bicicleta por las noches, después de cenar, y dar un paseo por el centro, que no me pilla tan lejos de mi casa. Pasar por la plaza del Ayuntamiento, por la Catedral y, por encima de todo, por la Basílica de la Virgen de los Desamparados, que ahí está visible día y noche para quien quiera pasar a rendir visita. Pero también por la plaza del Patriarca, por el Parterre, por los Jardines del Real, por el Paseo al Mar, por la misma playa si me quiero aventurar más lejos... Valencia tiene rincones de sobra para darse una vuelta por ellos, y no digamos si incluimos los pueblecillos que se ha ido anexionando con el tiempo y que conservan un centro, una plaza del pueblo y una iglesia parroquial en ellos. Patraix, Campanar, Ruzafa, Benimaclet...

Eran paseos agradables, después del ajetreo diurno, con temperatura agradable y con un ritmo relajado, para disfrutar del camino. Incluso en esta bitácora apareció uno de esos episodios.

En los tiempos pandémicos que aparecen en la entrada enlazada arriba, las calles estaban casi completamente vacías. Era un extremo. El otro extremo te lo encuentras el otro día, con toda Valencia convertida en una yincana de obstáculos para moverse de un lugar a otro, además de estar atestada de gente. En los últimos veinte años, los que tiene esta bitácora, no sé yo cuánta gente ha pasado a vivir a Valencia, ni tengo los últimos datos de empadronamiento, pero mucho me temo que, si no pasamos del millón de habitantes, nos acercamos bastante.

Entre las diferencias que encuentro entre mis incursiones nocturnas de hace veinte años y las actuales hay algunas que destacan poderosamente. La más evidente es el enorme porcentaje de extranjeros. En Valencia siempre ha habido extranjeros, claro que sí, pero hace veinte años eran bastante discretos y no llamaban mucho la atención. Lo de ahora es tremendo. Quizá los que viven aquí no se den cuenta, acaso porque el aumento haya sido paulatino y en el día a día no se echa de ver, pero yo vengo menos a menudo y, cada vez que vengo, hay más. Hay magrebíes en abundancia, hay sudamericanos a porrillo, hay tantos italianos que me pregunto si queda alguien en Italia y, para colmo, cada vez que me acerco al centro escucho cada vez más lenguas como el ruso y hasta el neerlandés. Lo que apenas escucho es castellano. Y valenciano menos todavía, pero ya hace veinte años la lengua vernácula era excepcional en el cap i casal del Regne, cosa que no ha cambiado desde entonces, ésa no.

Luego están los zombis.

Cuando uno va en bicicleta por una zona peatonal, cosa lícita, a veces tiene que ir con más cuidado que cuando va por la calzada, cosa igualmente lícita. Los coches, por lo general, respetan la línea recta y son vehículos previsibles. Un peatón es mucho menos previsible, sobre todo por la noche; suele bambolearse y, cuando está en zona peatonal, o que él cree que es peatonal, no parece sino que piense que la calle es suya, como si fuera un Ministro del Interior. Además, hay gente perjudicadilla a partir de ciertas horas, o con ciertos problemas de equilibrio: el resultado de todo eso es un desastre para el ciclista que querría ir relajado. De verdad que yo no soy de esos ciclistas que circulan como si fueran profesionales y zigzaguean por las calles a velocidades de vértigo; no, yo soy de los que dan las pedaladas justas para no caerse, y más en vacaciones y paseando por la ciudad. Para correr, hay otras ocasiones.

Pero no hay forma de pedalear relajado en el centro de Valencia. Muchos peatones, en lugar de mirar por dónde van, caminan absortos mirando la pantalla de su teléfono, que sostienen con una mano, cuyo dedo pulgar se desliza por la pantalla. Creo que algunos tienen un sexto sentido, como ya vimos en otra ocasión, pero el ciclista no puede nunca estar seguro del todo de esta circunstancia, y menos si se junta el hecho de estar perjudicadillo con el de estar pendiente de la pantalla del móvil. Si se estuvieran quietos y supieras que iban a seguir estándolo, todavía podríamos tener cierta seguridad de esquivarlos, pero ¡qué va! Esta gente va caminando más o menos en línea recta, o no, y tú no sabes por dónde meterte. Yo, la verdad, no entiendo esta adicción tan acusada, cuando debe ser mucho más cómodo mirar el móvil sentado en un bar con un granizado de limón al lado, pero oye, se ve que hay gente que tiene el mono si se aparta de la pantalla más de treinta segundos. Esto acabará mal, ya veréis.

La tercera plaga es la de los patinetes eléctricos.

Valencia es una ciudad completamente llana y las mayores distancias que uno puede encontrar dentro de ella no superan los diez kilómetros. Ideal para las bicicletas, pero hay gente que quiere correr, qué le vamos a hacer, y les ha ayudado el invento ése del patinete eléctrico, un engendro demoníaco que posiblemente le cueste años de purgatorio al que lo haya diseñado. Hay gente que no sabe conducir, o que no puede permitirse un coche, y que a la vista está que no pedalearían ni cuesta abajo, pero, ¡eh!, se montan en un patinete, se ponen casco (a veces no se lo abrochan, total, ¿para qué?), gafas de sol, cara de velocidad y, ¡hala!, a volar por las calles a toda mecha. Si alguien se pone en medio, o si le pasas a medio centímetro, peor para él.

Además de los guiris, los patinetes eléctricos y de los zombis, la cuarta plaga es la de los repartidores de comida en bicicleta. La madre que los parió... Cuando yo era joven y vivía por aquí, una empresa local tuvo la idea de aprovechar que Valencia es llana, entonces y ahora, y no demasiado grande, para montar un servicio de reparto a base de ciclistas. Eran los induráin, salían en la prensa como empresas innovadora, y por el nombre ya se deduce que tal cosa sucedió en los primeros noventa. Desgraciadamente, la cosa no cuajó. La mayoría de los mensajeros de entonces era españolitos, que es lo que había entonces en España, y el coste terminó por ser demasiado elevado y menos rápido que el equivalente servicio, prestado por motoristas, así que la empresa se fue a pique.

De entonces ahora, han aparecido, en primer lugar, los guiris, en este caso hispanoamericanos (ellos dicen latinos, como si fueran Virgilio u Ovidio), bastantes de los cuales están dispuestos a trabajar por bastante menos que los induráin de los noventa; pero la puntilla la han dado los vehículos individuales eléctricos, que hacen que cualquier gordinflas indocumentado, incapaz de pedalear medio kilómetro sin jadear, ahora se ponga a la espalda esa caja cuadrada amarilla que llevan y se lance a recorrer Valencia a llevar comida a tanto vago como pasa de cocinar, creando un mal rollo importante en los carriles bici, zonas peatonales y allá por donde aparezca, porque esa gente siempre lleva prisa y, los más molestos, incluso llevan un altavoz desde el que se vomita reguetón o cualquier otro sonido, que no música.

El lector ya habrá advertido a estas alturas que las cuatro plagas pueden, y de hecho suelen, presentarse de manera acumulada: un patinete eléctrico conducido por un guiri hispanoamericano, con la caja amarilla de Glovo, mirando el móvil mientras se desplaza escuchando reguetón. Yo a éstos los mandaba a un campo de reeducación o a trabajar limpiando montes en Vitigudino, pero, lamentablemente, como no mando yo, me toca soportarlos.

Pero por poco tiempo, al menos aquí, porque ya estoy para volver a Bruselas a pasar menos calor, antes de que se haga tarde ¡Hasta otra!