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lunes, 4 de marzo de 2024

Polizones

Para mi último viaje a Luxemburgo en tren, decidí salir a media mañana, creyendo que así esquivaría las hordas de estudiantes que lo atestan y que, cuando se les acaban los sitios en segunda clase, pasan a los vagones de primera como si tal cosa. Sí, a mí me pagan un billete de primera, en un tren que, la verdad, no tiene gran cosa que ofrecer al viajero. Por no haber, no hay ni un triste vagón restaurante donde comer o beber algo, así que, por mucho que vayas en primera, te toca llevar las vituallas que necesites y, si sales a media mañana, está claro que la hora de comer la vas a pasar de camino.

Como esperaba, el vagón de primera estaba en esta ocasión casi vacío. Casi. A medida que lo fui atravesando para llegar a mi sitio vi un jovencito entre mulato y negro con una mochila, un par de viajeros trajeados y, al fondo, dos sujetos con una gorra blanca vuelta y una cazadora multicolor que se comunicaban en una jerigonza incompresible para mis oídos, y además a grito pelado. Comoquiera que el resto del enorme vagón estaba vacío y había sitio de sobra, me senté donde mejor me pareció y me puse a sacar los bártulos con que me quería ocupar durante el viaje, y muy en particular el billete de tren, que había imprimido oportunamente.

Y menos mal que lo hice, porque, apenas hubimos salido de la estación, apareció por el vagón una revisora bajita y rechoncha, escoltada por dos bigardos de seguridad, de hombros amplios y expresión poco conciliadora, que iba controlando que quien estuviera por allí tuviera derecho a quedarse. Después de un par de controles satisfactorios, le llegó el turno al mulato. Como podía sospecharse, el mulato no había pagado quince euros de más para hacer el viaje en primera; lo malo es que ni siquiera había pagado los veinticinco euros del billete de segunda. El mulato puso cara de sorpresa, pero tenía bastante buen perder, aceptó bajarse del tren en la siguiente estación, Ottignies, y se encaminó hacia el fondo del tren con la mochila a la espalda. Igual es que no iba más allá de Ottignies, en cuyo caso, evidentemente, el precio del billete era mucho menor que el que queda escrito ahí arriba.

La revisora llegó a mi altura y me aceptó el billete sin mayor problema. Los siguientes eran los dos viajeros del fondo. No volví la cabeza, pero intenté no perder ripio de lo que se tratara por allí.

De momento, a la exhortación de la revisora a que los dos tipos enseñaran su título de transporte, uno de ellos, el que llevaba la voz cantante, porque el otro no dijo ni mu, respondió en la jerigonza que estaban utilizando. La revisora, a la vista del percal, dejó el paso a los dos seguratas que la acompañaban.

- Enséñeme el billete - dijo uno, mirando con cara de pocos amigos al que estaba hablando.

- ¿Qué billete? - respondió éste con tono despreciativo, en un francés bastante bueno.

- El tren no es gratis -explicó el agente- . La gente que está aquí ha pagado dinero por subirse. Usted también tiene que hacerlo.

- ¿Por qué? He venido aquí a solicitar asilo. Tengo derecho.

- No lo tiene. Y menos a subirse al vagón de primera clase.

- Nos podemos subir a cualquier vagón ¿Primera? ¡Bah! Eso sólo es un número pintado en el vagón ¿No ves todo el sitio que hay? 

Sí, sí, tuteando al segurata con todo el desparpajo del mundo. Eso es un polizón con clase. De toda la vida de Dios, los polizones se han subido al lugar más disimulado del tren procurando pasar lo más inadvertidos posible. Éstos no. Éstos se han metido en pleno vagón de primera clase a ser polizones a todo boato. Di que sí, recontra: si pides asilo, pídelo como un rey. Porque tú lo vales.

- No, no se pueden subir al tren sin pagar, y menos al vagón de primera.

- Pues nosotros tenemos que ir a Namur a la oficina que nos han dicho, y tenemos derecho a hacerlo.

- Pero será pagando.

- No tengo dinero - dijo en un tono todavía más desafiante que hasta entonces, que ya es decir.

- Entonces, ¿qué hacemos? Pues yo se lo diré: se van a bajar del tren en Ottignies, la próxima parada, y allí ya les dirán en la oficina de allí cómo llegar a donde tengan que ir.

- Esto es racismo. Eres un racista.

- No. No es racismo. Aquí hay unas leyes y unas reglas, y hay que cumplirlas. No tiene nada que ver con el racismo.

- ¡Racista!

- Ya le he dicho que aquí hay unas normas que cumplir, y para subir al tren hay que pagar como todos los demás pasajeros.

- Ya te he dicho que no tengo dinero. Yo estoy pidiendo asilo. Por Francia ya he pasado. Estoy aquí para pedir asilo, y tengo derecho a hacerlo. Y tú eres un racista y no me vas a quitar mi derecho.

La verdad es que los dos sujetos tenían tan aspecto de refugiados políticos como de cruzados medievales, pero supongo que era el estribillo que les habían enseñado quienquiera que les hubiera asesorado. Si les hubiera enseñado a no faltar al respeto a quienes se encontraran por el camino, es posible que les hubiera hecho un favor mayor, pero me da a mí que hay cosas que requieren algo más de tiempo y de base, y los modales pertenecen a este tipo de cosas.

- Levántense. Vamos a llegar a Ottignies.

- ¡Racista! ¡Que eres un racista!

- Bajaremos con ustedes y les acompañaremos a la oficina. Es posible que allí les den dinero, que pueden utilizar para pagarse un billete hasta donde tengan que ir. Cuando lo tengan, suben al tren. Lo que no pueden es subir sin billete.

El tren se detuvo en la estación de Ottignies y los dos solicitantes de asilo, muy a su pesar, descendieron del mismo, seguidos de los dos agentes de seguridad y precedidos unos metros por delante por el mulato, que debía ser belga y que ya sabía cómo funcionaba aquello. No sé cómo continuaría la aventura de aquel grupito, porque mi destino se separó del suyo y me condujo a Luxemburgo más de dos horas y un bocadillo de queso y pechuga más tarde.

En todo caso, con solicitantes de asilo tan descarados como los que me tocaron en el vagón, Vlaams Belang terminará por tener mayoría absoluta incluso en Valonia.

jueves, 12 de octubre de 2023

Lovaina

Lovaina mola. La gente que viene por aquí bebe los vientos por Brujas y Gante, que están superpobladas de turistas, pero la verdad es que Lovaina no tiene demasiado que envidiar a ninguna de las dos y, además, es fácilmente accesible desde Bruselas. En efecto, está a unos treinta kilómetros de la capital del país, desde la que hay trenes cada media hora, y es una ciudad muy bonita, sobre todo si se pilla con buen tiempo, cosa que resulta difícil, pero me consta que a veces ocurre. Este verano he tenido varios invitados, y con todos ellos, cuando el curro me ha dado espacio para acompañarlos en sus aventuras, he terminado en Lovaina, la última de las veces, en septiembre, con un tiempo espectacular, de ésos que se ven de uvas a peras y de los que le hacen a uno preguntarse si el cambio climático, después de todo, no tendrá sus ventajas.

Es bien sabido, o debería serlo, que Lovaina ha aparecido ya en los albores de está bitácora, en el ahora lejano 2007, en que me di cuenta para mi desgracia que se encuentra en Flandes y que el idioma oficial es el flamenco, y que hablar otro idioma no es necesariamente una buena idea.

Recordemos que en aquel tiempo (lluvioso, pero eso no es una sorpresa), me planté solo en la Oficina de Turismo, donde resultó que la chica que me atendió no hablaba más lengua que el flamenco, así que me tocó desenterrar mis entonces escasísimos conocimientos del neerlandés y sudar tinta hasta conseguir alguna que otra indicación.

En la primera semana de agosto, como vimos hace unas cuantas entradas, el tiempo atmosférico era penoso, así que tampoco era mala idea encontrar abrigo donde fuera. Como éramos turistas, recordé que tenía una cuenta que saldar en la Oficina de Turismo, de modo que dirigí hacia allí mis pasos, seguido de mis invitados. En los últimos dieciséis años no había cambiado de lugar ni de aspecto, así que entré resuelto y vi que, en lugar de la chica apocada y monolingüe de 2007, había tres dependientes atendiendo al personal. Claro que en 2007 me planté allí en diciembre, que no es precisamente temporada alta, pero aquello no dejaba de llamar la atención. Tres ya está mejor que uno.

En cuanto se liberó uno, lo abordé en mi mejor neerlandés y le expliqué la situación, pidiendo expresamente un plano de la ciudad y qué hacer durante unas cuantas horas.

- ¿Y de dónde es usted? - me preguntó mi interlocutor.

- Español.

- Ah, pues su neerlandés es muy bueno. Casi perfecto ¿Dónde lo ha aprendido?

- Vivo en Bruselas.

- ¿Y en Bruselas se habla neerlandés?

- Hombre, buscando un poco...

En fin, que nos dio toda la información que tocaba. Mis dos amigos miraban sin comprender mucho, hasta que se liberó otra dependienta y les abordó en un español muy aceptable. No tenían guías en español, pero al menos la situación no era tan jocosa como en 2007 y podían comunicarse en otros idiomas, además del vernáculo. De hecho, la dependienta creo que ardía en deseos de practicar su español y el hecho de que yo hablara en neerlandés no ayudaba ni un poquito a saciar su deseo.

Entre que nos levantamos tarde, que el viaje, por cerca que estuviera Lovaina, requería su tiempo, y que en esta zona del mundo se come desusadamente pronto para un español, se había hecho la hora de comer y había gusa. En el viaje de septiembre, resultó que el sitio, bien bueno, donde habíamos comido en agosto estaba cerrado "por razones técnicas", así que, como el hambre apretaba, no fue cuestión de buscar demasiado y terminamos enfrente, en una hamburguesería pijilla.

Aleccionado por aquella experiencia de 2007, y orgulloso con mis progresos en la lengua más hablada del país, me dirigí resuelto hacia una camarera pelirroja (uno tiene sus preferencias) que parecía simpática.

- Heeft u plaats voor vier personen? - le pregunté, levantando cuatro dedos de mi mano derecha, para dar a entender de todas las formas posibles lo mismo que había formulado oralmente, es decir, si tenían sitio para cuatro personas.

- Eh... Yes, certainly inside. Outside would be a little bit more difficult - me respondió en un horroroso inglés norteamericano.

Así, a ojo, me sentí ofendido. Uno hace un esfuerzo -ímprobo- por expresarse en flamenco, y los locales le pagan a uno ignorándolo y contestándole en inglés. Convencido de que mi flamenco no era tan malo, no en vano me lo acababan de alabar en la mismísima oficina de turismo, decidí ignorar la indirecta de la camarera pelirroja (guapa, sí, pero ya menos simpática que al principio) y seguir en flamenco aunque me contestaran en valenciano.

- We zouden graag binnen eten - es decir, que nos íbamos para adentro. Esto lo acompañé con un gesto con el cuello señalando el interior del restaurante. La chica me entendió, parece.

- OK, come with me. You order first, and then we will call you when the food is ready.

Entorné los ojos ante la nueva ofensa. La flamenquita se pensaba que iba a poder conmigo con su inglés americano ¡Conmigo! Por un momento incluso pensé si no sería sorda.

Consulté con mis amigos, me acerqué al mostrador y empecé a decir a la chica, siempre en flamenco, lo que queríamos tomar. La chica me miraba con unos bonitos, pero muy inexpresivos, ojos azules, y con la boca entreabierta. Vamos, que o era tonta o parecía preocupada.

Le devolví la mirada, y una idea pasó por mi cabeza.

- Do you speak flemish? - le pregunté.

- I don't.

La chica era estadounidense, estaba estudiando en Lovaina, supongo que en inglés de cabo a rabo, y la habían contratado en la hamburguesería porque una estadounidense con ese inglés tan de Medio Oeste siempre queda muy bien. Total, sólo iba a haber turistas o estudiantes, que todos hablan inglés. El turista extranjero coñazo que, por alguna razón estúpida, sabe flamenco y se empeña en hablarlo no entra en la ecuación.

La conversación continuó en inglés. Es más, cuando la chica nos oyó hablar en español a mis amigos y a mí, nos dijo que hablaba un poquito, y ahí parece que decía la verdad, porque realmente era poquito, pero al menos hizo un intento.

Esto de los idiomas es un asunto complejo. Y en Lovaina, más. En 2007 no hubo más remedio que hablar neerlandés, idioma que apenas conocía de oídas, y en 2023, uno vuelve a Lovaina hablando neerlandés por los codos, y no le sirve de nada.

Me voy a cenar un bocata de jamón para celebrar el Día de la Hispanidad. La mayoría de los lectores que le quedan a esta bitácora supongo que están de puente, pero no es mi caso, que he trabajado hoy y lo haré también mañana, así que voy a cortar el pan antes de que se haga tarde. Porque siempre se hace tarde.

viernes, 2 de septiembre de 2022

La visita guiada a Tournai

Esta bitácora estaba de vacaciones. Yo sé que es de buen gusto, y así lo hacen los autores más prestigiosos, advertir a los lectores de que las entradas se van a interrumpir por un tiempo... antes de que se interrumpan. En mi caso, no tenía intención de detenerlas por completo, pero está visto que he sido demasiado optimista con mis ganas de escribir mientras hacía otras cosas como plantar árboles, jugar un torneo de ajedrez, correr carreras populares, llorar por los bosques quemados en mi tierra, y hasta jugar al futbolín. Total, que el descanso activo que tenía intención de practicar ha sido mucho más activo que descanso, lo cual ha ido en detrimento de las entradas de la bitácora, que ha entrado en un letargo equivalente, de hecho, a unas vacaciones.

Sin embargo, las vacaciones han terminado. Ya estoy de vuelta -y media- en Bruselas, desde donde retomo las entradas con nuevos bríos. Ahí va una que dejé a medio redactar antes de partir, que continúa la anterior. Y no, no me he olvidado de continuar la serie sobre Astérix en Bélgica, pero ya es sabido que es usual en este espacio intercalar temas. Ya irán encontrando su sitio.

 

La oficina de turismo de Tournai bullía de animación. Relativamente, claro, que esto no son las fallas. Compré por cinco euros el derecho a ser guiado por el centro de Tournai, y resulta que había no una, sino dos visitas guiadas. Como me despisté un poco, y me senté un rato para descansar después de hora y media de paseo, y de lo que me esperaba todavía, casi me equivoqué y estuve a punto de unirme a la visita en neerlandés. Hubiera sido una buena forma de practicarlo, claro, pero, estando en territorio francófono, quedaba un poco forzado no hacer la visita en francés.

Cuando finalmente me uní al grupo francófono, vi que realmente tenían necesidad de mi presencia para considerarnos grupo, porque sólo éramos dos. La guía era una arqueóloga que hacía estas visitas en el tiempo que no dedicaba a sus excavaciones, mientras que el otro participante era un hombre de unos treinta y cinco años, acento extranjero, incluso más que el mío, y que en un momento de la conversación dijo que vivía en Múnich, por lo que pensé que era alemán. Por su forma de conducirse, el otro miembro del grupo me resultó curioso. Preguntaba todo tipo de detalles, así como todas las palabras que no entendía, pero, cuando creía saber algo, resultaba categórico a más no poder, por lo que realmente pensé que era alemán, además de vivir allí. Ya se sabe que muchos alemanes creen tener razón en todo. Lo único que me llamaba la atención es que este alemán hablaba un francés bastante bueno para no haber residido nunca en suelo francófono.

De momento, nos detuvimos minuciosamente en el objeto principal de la visita guiada, que era la catedral de Tournai, un templo enorme, mayor que Notre-Dame de París, pero únicamente por el exterior. El interior estaba capado. Más de la mitad del templo estaba púdicamente tapada por una gran lona, tras de la cual se vislumbraban una serie de andamios que, aunque menos aparatosos que los del Palacio de Justicia de Bruselas, no por ello resaltaban el estado mejorable de la edificación. Nuestra guía confirmó que el edificio, tras unas tormentas históricas que tuvieron lugar diez años hacía, había tenido que ser poco menos que apuntalado para estabilizar lo que amenazaba quedar algo así como la torre de Pisa.

En esas condiciones, vimos lo que pudimos. En principio, la visita guiada se refería únicamente a la catedral, pero la guía nos encontró animados y preguntones y eso la motivó para enseñarnos alguna cosilla más por el centro, incluyendo en monumento que tenían en la plaza, dedicado a una señora que por lo visto encabezó la resistencia de Tournai cuando Alejandro Farnesio apareció por allí para pacificar Valonia. En aquellos tiempos, oponerse a los tercios españoles era muy malo para la salud y, si los mandaba Alejandro Farnesio, quizá el mejor general que tuvieron en toda su historia, era especialmente malo. Parece que la señora en cuestión vio acortados sus días en esta tierra, por rebelde y sediciosa, pero, por lo menos, en Tournai hay una estatua suya en la plaza principal. Si le vale...

La guía se despidió poco después, y el supuesto alemán y yo nos quedamos junto a la torre. Yo seguí hablando en alemán, él me respondía en francés, y al final acabé por preguntarle si era de Múnich, o era de otra ciudad y luego se había trasladado a Baviera.

- Soy ucraniano - terminó por decir.

- Ah, pues entonces podemos hablar seguramente en ruso - respondí, en mi ruso casi inmaculado.

El ucraniano me miró como si fuera el demonio.

- ¡No! ¡En ruso no!

Ay, madre...

jueves, 11 de agosto de 2022

Turismo valón y tornaqués

La organización del turismo en Valonia ha mejorado bastante en los últimos tiempos. Las oficinas de turismo ofrecen buenos servicios a buenos precios, así que aparqué donde mejor me pareció, pero fuera del centro, y me encaminé a la oficina de turismo, que estaba a punto de cerrar, un domingo a las doce y media.

A lo mejor la frase anterior sobre las mejoras en la promoción del turismo valón son un poco exageradas, no sé...

En todo caso, sólo cerraban una hora, con lo que aún me dio tiempo a hacerme con un mapa y un recorrido señalizado, así como a enterarme de que habría una visita guiada a las tres de la tarde. Claro, en la mayoría de las ciudades españolas, a uno le ofrecen una visita guiada a las tres de la tarde de un domingo de verano, y se queda buscando la cámara oculta, pero en Bélgica las temperaturas son bonancibles y tal cosa no es descabellada en absoluto.

Sea como fuere, tenía una hora y media por delante para decidir si la empleaba en comer tranquilamente, o la dedicaba al recorrido que proponía la guía. Casi diría que obviamente, elegí el ayuno y la peregrinación, y yo diría que hice bien, porque tuve la ocasión de visitar templos como la iglesia de Santiago, que hacía también las veces de albergue de peregrinos y donde se ven las vieiras del camino hacia Compostela. También vi la iglesia de San Bricio, junto a la cual se halló la tumba de Chilperico I, un templo muy sobrio y agradable.

Junto a ellos, había otros templos que habían corrido peor suerte y que estaban cerrados y pendientes de destino. Se ve que la ola de secularización no ha dejado de lado a la diócesis de Tournai, y eso a pesar de que su obispo es de lo más presentable que hay en el epicopado belga, aunque me temo que el listón está tan sumamente bajo que la presentabilidad es enormemente relativa. En fin, que sigue habiendo templos vacíos que, imposibles de mantener por una comunidad que adelgaza a ojos vista, van a recibir irremediablemente otro destino que no tenga nada que ver con la finalidad para la que fueron construidos, para vergüenza de los que hubiéramos debido contribuir a evitarlo y para regocijo paralelo de ateos, agnósticos, infieles y herejes.

El recorrido incluye igualmente edificios civiles y militares. El edificio militar más destacado es la torre que Enrique VIII hizo construir durante el breve dominio inglés sobre la ciudad, que formaba parte de un cinturón amurallado y que, hoy día, es una mole con aspecto de coliseo y vistosidad por lo menos discutible, y más con los andamios que lo rodean y que le hacen parecer unos grandes almacenes a medio hacer. Eso sí, ingleses. Por alguna razón que desconozco, los tornaqueses están orgullosos de haber pasado cinco años bajo dominio inglés, como si Enrique VIII hubiera sido un benefactor de la humanidad y no hubiera vendido la ciudad al rey de Francia por no verse con los sinsabores de mantenerla en su poder.

Pero el monumento más destacado de la ciudad debería haber sido el puente de los agujeros (Pont des Trous), un puente del siglo XIII dotado de mecanismos que debían proteger el centro de la ciudad de los enemigos que pudieran atacarla remontando el Escalda.

Bueno, pues éste es el estado actual del puente en cuestión. La salvajada que han perpetrado los poderes públicos tornaqueses es de las que hacen época. Teóricamente, el derribo y ampliación del arco del puente tiene por objeto permitir el tráfico marítimo a través del Escalda, que es ese río, a estas alturas de su recorrido bastante birrioso, que se ve en la fotografía y que, francamente, no puedo imaginar como arteria de comunicación comercial, sino, todo lo más, como recreo de los cuatro ricachones que tengan su barquita fondeada por la zona. En todo caso, la excusa no es demasiado creíble, y Dios sabe a qué oscuros intereses habrá servido la construcción de otro puente en lugar del antiguo, que estaba en perfecto estado de conservación.

En fin, como no habían actualizado las fotos de las guías turísticas, tenía yo la esperanza de ver el puente en el estado en que aparecía en la foto de la guía. Pero no...

Sumido en estos pensamientos, y después de visitar el exterior del seminario jesuita y del museo de bellas artes, y como se acercaba la hora de la visita guiada, me dirigí a la oficina de turismo a continuar con el plan.

martes, 9 de agosto de 2022

Visitando Tournai

El verano es una estación propicia para los viajes turísticos, aunque sean cortos, así que decidí aprovechar un domingo sin compromisos para tomar el coche, a despecho del precio del combustible, y porque hay que moverlo de vez en cuando, y tomé la derrota del sur de Bélgica. Claro que para ello era necesario pasar por Flandes, como cada vez que se sale de Bruselas.

Los flamencos son bastante puntillosos en lo que respecta a la denominación de las ciudades. Creo que ya he mencionado en alguna ocasión que, en los letreros indicativos en sus carreteras, todos los nombres de ciudad están en flamenco. Con las ciudades extranjeras, suelen tener el detalle de poner entre paréntesis el nombre de la ciudad en el idioma extranjero que se tercie. De esta forma, Parijs es Paris (sin tilde, porque está escrito en francés), Aken es Aachen (Aquisgrán, vamos), Rijsel es Lille (Lila, en nuestro idioma), y así sucesivamente.

En cambio, con las ciudades belgas no hay traducción que valga. Por mucho que estén en Valonia, donde no se habla el flamenco salvo por capas muy reducidas de la población, los responsables de nomenclatura de la entidad de señalización flamenca lo ponen todo en flamenco, y nada más (y los valones, fuerza es decirlo, hacen exactamente la misma cosa). Si quieres ir a Mons pasando por territorio comanche, más vale saber que en flamenco se llama Bergen. Y, si quieres ir a Tournai, como era mi caso, lo propio era dirigirse a una ciudad que, en este caso, es Doornik.

Doornik, o más bien Tournai, está a un centenar escaso de kilómetros de Bruselas. Por lo que sea, no llama la atención del visitante que llega a Bélgica, que prefiere los típicos destinos flamencos de Gante, Brujas o Amberes; sin embargo, Tournai merece mucho la pena. Hoy es una ciudad pequeña, que supera por poco los diez mil habitantes, aunque sus distintas pedanías hacen que triplique esa cifra, pero sigue siendo sede episcopal, por lo que posee una impresionante catedral, construida cuando, allá por la Edad Media, Tournai era la ciudad más importante de la zona. De hecho, en la Edad Media se supone que llegó a contar con veintisiete mil habitantes, gracias a su posición estratégica sobre el Escalda.

Pero Tournai ya era importante antes, claro que en tiempos en que el francés y el flamenco aún estaban por inventarse, y por eso se llamaba Tornacum, en la lengua franca de entonces, que no era el franco, sino el latín. Tornacum tuvo su importancia en los estertores del imperio romano de Occidente, cuando los francos, que no eran franceses, sino germanos, pero que luego han acabado dando su nombre al país que invadieron, se aposentaron por la zona.

Como todos los incautos que habéis leído las idas de olla del Código da Vinci y esas cosas sabéis, los que partían el bacalao entre los francos eran unos reyes llamados merovingios. Ese nombre viene de un señor llamado Meroveo, del que la verdad es que no se sabe gran cosa, pero sí que era el mandamás de la tribu antes de dejarle el puesto a su hijo, que atendía por el nombre de Childerico I.

De este pollo sí que se sabe algo más, y no sólo por los testimonios escritos, que alguno hay, sino porque su tumba fue encontrada por pura casualidad en Tournai, en 1653, cuando un obrero estaba reparando a saber qué exactamente, en plena guerra entre España y Francia. El gobernador español de los Países Bajos le dio mucha importancia al hallazgo de la tumba y del ajuar que acompañaba al rey, entre el cual destacaba un número elevado de abejas de oro y granate, que se consideraba el emblema de Childerico I. Una vez se hubo firmado la paz entre España y Francia, poco después del hallazgo, la mayor parte de las abejas fueron parte de un obsequio a Luis XIV, el rey francés, que se suponía que apreciaría el regalo.

Sin embargo, Luis XIV no hizo el menor caso al obsequio, y las abejas se quedaron criando polvo en la biblioteca real durante siglo y medio, hasta que llegó la Revolución Francesa, luego la república y, más adelante, el Imperio, y al advenedizo que se hizo con el poder en Francia le entró la necesidad de justificar lo injustificable. De esta manera, adoptó las abejas de Childerico y las hizo bordar en su manto imperial, para hacer ver que su emblema era más antiguo aún que las flores de lis de los Borbones.

Está visto que cada cual digiere sus delirios de grandeza como mejor puede, y hay para quien resultan muy indigestos.

Tournai es un pueblo que ha cambiado de manos en numerosas ocasiones. Durante casi toda la Edad Media estuvo bajo el dominio de los reyes de Francia, hasta que en 1513 la tomó nada menos que... Enrique VIII, el inglés de las numerosas mujeres. En aquel tiempo era aliado de los imperiales y borgoñones contra el francés y, en una de esas guerras italianas, apareció desde su posesión de Calais con un ejército bastante potente, derrotó a los franceses en Guinegate, y tomó Tournai en septiembre, mientras Francisco I, el rey francés, andaba ocupado ganando galones en Italia y preparando la victoria de Marignano. 

La paz se firmó en 1518. De hecho, camuflado como sea, Francisco I compró Tournai a Enrique VIII por seiscientas mil coronas, pero no la mantuvo mucho tiempo. En 1521, se desató otra guerra en Italia, pero esta vez a Francisco I le había salido un rival mucho más duro de pelar en la persona del rey de España, duque de Borgoña y emperador del Sacro Imperio, Carlos I , II o V, según de qué territorio hablemos. Tournai fue tomada por un ejército imperial a las órdenes de Enrique de Nassau, de cuando los Nassau eran buena gente y leal a su señor, no después. Y ya se quedó para siempre en el lado belga de la frontera.

El caso es que Tournai, Doornik o Tornacum, según la época y la lengua, es un pueblecito encantador, hoy venido a menos, y que bien merece una visita. Vamos a ella.

martes, 12 de octubre de 2021

Bosques

El buen tiempo que hemos tenido en septiembre, mucho mejor que el de julio, tiene los días contados, así que toca apurar las posibilidades de llevar a cabo actividades al aire libre, cosa para la que, si exceptuamos el detalle de la lluvia, Bélgica es un país idóneo, básicamente porque casi todo está a la mano. Es más, hay una enorme afición al senderismo, que practican personas de edad bastante avanzada, cosa que en muchas partes de España es complicada por la orografía y las pendientes, mientras que, aquí, la orografía es marcadamente horizontal y las pendientes del terreno hay que buscarlas con tesón.

El caso es que hay senderos y rutas marcadas por doquier, pensando en el aficionado dominguero que sale un ratito de su casa a hacer no más de diez kilómetros, deja el coche en un punto y exige un recorrido circular que le lleve exactamente al mismo punto en el que ha aparcado. Quién me iba a decir a mí, con mi pasado, que me iba a convertir en uno de esos domingueros. Pues sí, ha sucedido.

Hace un par de semanas, se vislumbraba un sábado seco y soleado, de ésos que entran muy pocos en un kilo. A toda prisa, porque yo hace tiempo que lo hago todo a toda prisa, busqué un lugar al que pasear y encontré una ruta en un lugar llamado Meldert. Me la descargué, pillé algo de equipo, tampoco mucho, y subí al coche, porque uno de los motivos de estos paseos y visitas turísticas (además del propio solaz y de, como se ve, alimentar la bitácora) consiste en que el coche, que sólo se usa últimamente para hacer la compra, se mueva un poco y se justifique el dineral que cuesta en seguros, impuestos e inspección técnica.

Metí "Meldert" en el navegador del coche, y no tardé demasiado en llegar al lugar, cerca de Aalst (que se queda para otra ocasión). Saqué el recorrido que había descargado, y no entendía nada, porque aquello ni se parecía a lo que veía a mi alrededor.

Tras un ratito de confusión y pesquisas, resultó que había caído en la misma trampa del chino que iba a Tabernes Blanques, y terminó en Tabernes de la Valldigna (ésa es otra historia). Puse Meldert en el navegador, y éste me condujo a Meldert bij Aalst, cuando yo a donde había querido ir era a Meldert bij Hoegaarden, ahí donde la cerveza. Total, que estaba completamente en dirección contraria, y a unos cincuenta kilómetros de mi destino inicial. Incidentalmente, es una distancia muy similar a la que separa Tabernes Blanques de Tabernes de la Valldigna.

Como en Bélgica, y de momento el Flandes Oriental sigue siendo Bélgica, hay más rutas que longanizas, saqué el móvil, le di a la tecla por aquí y por allá, y terminé por encontrar una ruta chula cerca de Meldert bij Aalst, a tres kilómetros de donde estaba, y de unos ocho kilómetros en lugar de los doce inicialmente previstos. O sea, que bien.

Bélgica es un país poco salvaje, hasta el punto de que las rutas de senderismo tienen serios problemas para discurrir por lugares que, en buena medida, son terrenos privados y con actividades económicas en marcha. De esta manera, uno tiene que andar guardando la línea recta para no despistarse y rozar las vallas electrificadas que tiene a los lados, dejando un espacio de medio metro escaso para avanzar. Que el terreno es bonito, y no cabe dudar sobre esto, pero hay que andar con pies de plomo y más vale no haber bebido más que agua, porque no parece el mejor camino para andar haciendo eses por el mismo.

Las actividades económicas son agrícolas y ganaderas. Uno, en su ignorancia, jamás ha tenido Bélgica como una potencia agrícola, pero la verdad es que agricultura hay, y uno se encuentra, a la que sale del dominio urbanita, con unos maizales bastante impresionantes, además de otros cultivos, normalmente herbáceos, de los que no se tienen noticia en España.

Y vacas. Muchas vacas. Bélgica es un país que es todo un vergel, como escribió Tirso de Molina en una de sus comedias (El castigo del penseque), y sigue siéndolo cuatro siglos después de que Tirso se pusiera a escribir. Por cierto que Tirso, hasta donde yo sé, sólo conocía Flandes por los cuadros que debió ver en alguna galería o por los relatos de quienes volvían de allí. Pero, efectivamente, en aquella comedia describía Flandes de esta manera:

CHINCHILLA           
Flandes todo es un vergel.     
DON RODRIGO       
¿Cómo lo sabes?
CHINCHILLA           
Así
se nos vende en nuestra tierra
en lienzos. Allí una sierra;     
un ameno valle aquí,  
y en él dos gamos corriendo  
(que también corren en Flandes        
gamos pequeños y grandes);  
vanle tres galgos siguiendo,   
y al trasponer de una cuesta,  
le atajan dos caballeros,         
mostrando en él sus aceros.   
Luego, con música y fiesta,   
dos damas de cardenillo,       
oyendo el amor sutil  
de un galán de perejil
con un coleto amarillo,          
que asentado en una puente   
(a falta de silla o poyo)          
por donde corre un arroyo     
del orinal de una fuente,        
en servillas se desvela.           
Luego en un jardín están       
tres damas con un galán         
(que tocando una vihuela       
las entretiene despacio),        
porque el sol no las ofenda,   
mientras sacan la merienda   
de un almagrado palacio        
con su puente levadiza,          
seis torres y cien ventanas.    
Acullá danzan pavanas,         
que un flamenco soleniza...   
Por cualquier parte que andes,           
todo es fuente y frescura.       
Esto es Flandes en pintura,    
y por esto no hay más Flandes.          
DON RODRIGO       
No sabes tú lo que va
de lo vivo a lo pintado.          
CHINCHILLA           
A Flandes hemos llegado:     
no nos llores duelos ya. 

Los tiempos han cambiado, y podemos comprobar directamente el paisaje flamenco sin necesidad de que los maestros pintores nos lo vendan como al pícaro Chinchilla. Y así es como podemos acercaros al Kravaalbos y, después de pasar por los caminos estrechos y electrificados que hemos visto arriba, llegar al bosquecillo que aparece en la foto y que la verdad es que está chulísimo.

En resumidas cuentas, que equivocarse de pueblo y acabar en uno totalmente diferente al que uno quería ir no debe ser motivo para agachar la cabeza y volverse a casa con el rabo entre piernas. Eso sí, queda pendiente la visita a Meldert bij Hoegaarden, que no está en Flandes, sino en Brabante, pero estos matices geográficos traían sin cuidado a los dramaturgos españoles del Siglo de Oro, y por supuesto a Tirso, que sitúa la acción de su comedia en Momblán, condado de Overisel (que en vernáculo es Overijssel), cosa que no está ni de lejos en Flandes ni lo ha estado nunca.

Pero eso será en otra ocasión, porque hoy se hace tarde.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

Lieja (II)

El centro de Lieja es la plaza de San Lamberto, que está muy despejada y diáfana desde que los liejenses eliminaron la catedral de San Lamberto, dejando un espacio enorme que hoy día causa una impresión un poco descuidada. San Lamberto, poco conocido fuera de estos lares, ni siquiera era obispo de Lieja, que en su tiempo tampoco era obispado, sino cuatro casas mal contadas. San Lamberto era obispo de Mastrique y Tongeren, dos lugares próximos (aunque situados en zona neerlandófona), pero estaba de paso por Lieja cuando fue asesinado por un paisano (que, si hubiera vivido en 1789, con seguridad se hubiera unido a los revolucionarios). El lugar se convirtió en un lugar de peregrinación, hasta tal punto que su sucesor cambió su sede y la puso en Lieja. Más adelante, la ciudad y el obispo medraron y se convirtieron en un principado-obispado dentro del Sacro Imperio, o sea, un estado independiente de hecho.

La asociación para la preservación del patrimonio histórico de Lieja, un ente que hubiera sido muy útil en el siglo XIX, pero que entonces todavía no existía, ha conseguido hacer erigir unas columnas metálicas en los puntos donde se sabe que estaban las columnas de la antigua catedral. El resultado es difícil de describir adecuadamente y, a no ser que uno sepa de qué va el cuento, las supuestas columnas más bien parecen unas torres eléctricas o unos floreros enormes, como los que han puesto en la plaza del Ayuntamiento en Valencia, y probablemente todavía más feos que éstos últimos. Que ya es decir. En la foto de abajo aparece la sombra de una de las columnas, que no me dejará mentir.

Al fondo de la plaza se ve una cúpula, y ante ella un conjunto de árboles, entre los cuales está el perrón, una fuente con una especie de púlpito que es todavía hoy, pero mucho más lo era en el siglo XV, el símbolo de las libertades de Lieja. Carlos el Temerario fue bastante drástico con el perrón, cuando sus tropas dejaron Lieja reducida a escombros: se lo llevó a Brujas, que era donde residía más a menudo, de manera que los habitantes de Lieja se quedaban sin su símbolo y, por otra parte, los habitantes de Brujas, que también se las traían, tenían un símbolo muy elocuente de lo que podía pasar cuando el duque de Borgoña se levantaba de mal humor.

Como ya hemos visto, en 1477 Carlos el Temerario murió en el asedio de Nancy, y sus súbditos comenzaron a atreverse a levantar la cabeza. El príncipe-obispo de Lieja, que para entonces seguía siendo el mismo Luis de Borbón que vimos en la entrada anterior, fue a Brujas a rendir pleitesía a la nueva duquesa, y prima suya, María de Borgoña, y ésta concedió el retorno del perrón a Lieja. Ya vimos que, en medio de un montón de guerras contra Luis XI de Francia, la duquesa María estaba buscando congraciarse con sus gobernados a base de devolverles las libertades que su padre y su abuelo habían eliminado, para asegurarse su apoyo contra el rey de Francia. Y Lieja, aunque estrictamente no formara parte de sus dominios, de hecho sí que era una especie de protectorado de Borgoña. Eso sí, con el perrón en su sitio.

Como Lieja se había quedado sin catedral, pero seguía siendo obispado, incluso después de la revolución, pero mucho más cuando la revolución fracasó y los franceses se dieron la vuelta después de la batalla de Waterloo, había que buscar otra catedral que reemplazara a la anterior. Lieja tenía, y aun tiene, gran cantidad de iglesias, y ya vimos que Carlos el Temerario las respetó cuando saqueó e incendió la ciudad, así que lo lógico era ascender a catedral a la más lujosa de las siete colegiatas de la ciudad, que era la de San Pablo, hoy catedral de San Pablo, y cuyo exterior, que da a la plaza de la catedral, está bellamente adornado con un jardín florido que hace las delicias de la vista, en particular en esos escasos días en que luce el sol en Bélgica, y que tuve la fortuna de que me tocara.

A un lado de la plaza está la zona de bares y marcha, otro de los atractivos de Lieja que no me detuve a experimentar, así que, con el grupo que se apretaba alrededor del guía, penetré en la flamante catedral. La verdad es que la catedral es enorme, y eso que sólo fue concebida como colegiata, así que no puedo ni imaginar cómo sería la catedral de verdad.

Además, el interior es muy bonito, lo que más bien reafirma eso de que la belleza de Lieja hay que buscarla en el interior. Además del artesonado del techo, que es impresionante, hay unas vidrieras originales que son espectaculares, eso sí, únicamente en uno de los laterales.

En el otro, las cosas son ligeramente diferentes. Uno de los episodios bélicos que afectaron Lieja tras el saqueo de Carlos el Temerario fue la Segunda Guerra Mundial. Como es sabido, uno de los deportes favoritos de los alemanes es violar la neutralidad belga, y así lo hicieron en 1940. Lieja no resistió mucho, en la línea del resto del país, pero sí lo suficiente como para que la Wehrmacht la sometiera a un bombardeo que la dejó bastante maltrecha, con daños tales como la destrucción de las vidrieras que miran a la plaza. Tras la guerra, fueron reemplazadas pero, quizá en línea con el espíritu de la época, las diseño un ingeniero que quiso representar el tránsito del caos al orden en la creación. He decidido no traer aquí ninguna imagen del resultado por respeto a esta bitácora, y el lector podrá imaginarse hasta que punto aquello carece de pies ni de cabeza, lo cual puede ser aceptable para representar el caos, pero me temo que no la creación.

La catedral es uno de los pocos templos que he visto en que está representado Satanás, con una estatua muy chula y llena de figuras simbólicas que, no por casualidad, se encuentra opuesto a una estatua de la Virgen coronada. Satanás parece apesadumbrado, consciente de que ha metido la pata y de que está condenado a no gozar de la compañía de Dios. Por si acaso, tampoco le saqué foto, porque estas cosas no se sabe muy bien cómo pueden terminar.

La visita terminó en el claustro de la catedral. Claro, en su día no fue concebida como catedral, sino como la colegiata de San Pablo y, como tal colegiata, era hogar de una comunidad de religiosos. Y, donde hay una comunidad de religiosos, hay prácticamente siempre un claustro, que sería un remanso de paz y de tranquilidad si no estuviésemos los turistas para jorobarlo. En este caso, gracias al hecho, normalmente negativo, de que los responsables de mantenimiento del claustro no han creído necesario podar las plantas, uno se sienta en un banco y no ve absolutamente a nadie, porque la maleza se ha apoderado del recinto y ya me llegaba por los hombros. En consecuencia, algo del remanso de tranquilidad que debe ser un claustro permanece inalterado.

Y hasta aquí la visita de Lieja, al menos esta visita, porque lo cierto es que quedan numerosas cosas por ver, como el palacio de los príncipes-obispos, hoy palacio de Justicia y que está situado en la plaza de San Lamberto. Y que a los revolucionarios del siglo XVIII no les molestó, no como la catedral. El palacio es enorme y seguro que merece una visita, igual que las seis colegiatas que quedan por ver, y que sólo pude ver por fuera, o el museo Curtius, que cuenta con una exposición de armas tomar, y nunca mejor dicho.

También es muy renombrada la estación de ferrocarril, por la que he pasado en alguna ocasión para hacer un transbordo hacia Mastrique y que, sin saber quién la había diseñado, me recordaba enormemente a algunas obras de mi Valencia natal. No mucho después supe que el autor de aquello era Santiago Calatrava, de profesión sus peinetas, que mete a guisa de firma casi en cualquier cosa que termina, sea la estación de tren de Lieja, la Ciudad de las Artes y las Ciencias o el Puente de la Exposición.

Pero la siguiente visita tendrá que esperar, porque se hacía tarde y, claro, era cosa de volver a Bruselas a por nuevas aventuras. Que no es que en Lieja no haya posibilidad de vivir aventuras, pero no era el momento.

lunes, 13 de septiembre de 2021

Lieja (I)

A primera vista, Lieja es una ciudad fea.

A segunda vista, también.

Y a tercera, y a cuarta...

En fin, que Lieja es una ciudad fea. Claro, en sus folletos turísticos no dice eso, pero uno se acerca por allí y lo que ve es bastante deprimente, una especie de paisaje urbano devastado. Bueno, quizá no devastado, pero descuidadillo sí que está. Todo el centro está un poco sucio, y la verdad es que el olor a fritanga que se percibe cuando uno se acerca a los comercios turcos que han copado el centro no contribuye a mejorar la impresión.

Pero no siempre debió ser así. Lieja ha sido capital de un principado bastante independiente entre finales del siglo X y 1795, cuando el príncipe-obispo de Lieja tuvo que abandonar su puesto definitivamente, después de seis años de revolución y de que la ciudad fuera cambiando de manos en el contexto de las guerras que siguieron a la Revolución Francesa. En aquel tiempo, su catedral, la catedral de Nuestra Señora y de San Lamberto, debía ser de las más impresionantes de Europa, con capacidad para cuatro mil personas y unas dimensiones que son difíciles de imaginar. Además, como correspondía a un principado regido por el obispo de la ciudad, abundaban los edificios religiosos de bella factura.

En 1795, los revolucionarios liejenses tomaron la decisión de desmontar la catedral. No fue fácil y no terminaron de cometer esa barbaridad hasta varios lustros después, porque el edificio era grande de narices. Eso nos muestra que la revolución, en Bélgica, en Rusia, en España o donde sea, por mucho que se esté de acuerdo con ella, lo cierto es que tiene una tendencia incomprensible a cargarse el patrimonio histórico de los lugares que tienen la desgracia de sufrirla.

Llegado que hube a Lieja, y tras convencerme de que era Lieja, y no sitios como Tyumén o Tomsk, me acerqué a la Oficina de Turismo para unirme a la visita guiada de turno. Hay que decir que la Oficina de Turismo estaba alojada en un edificio antiguo muy chulo, el antiguo mercado medieval de carnes, pero a alguien se le había ocurrido construir alrededor unos edificios administrativos para alojar otros servicios ciudadanos.

El resultado era bastante desolador, al menos para mis ojos. El guía, un historiador local entusiasmado por su ciudad, nos intentaba convencer, sin mucho éxito, que era interesante, más que francamente feo, que es lo que nos parecía a todos y cada uno de los participantes en el grupo.

- ¿Y esa imagen de ahí? ¿Qué piensan ustedes que es?

- ¿Una mancha?

- Parece una mancha, sí, pero en realidad es una obra de arte diseñada por un artista liejense, de origen griego (y aquí dijo un nombre griego que he olvidado rápidamente), exactamente igual a un detalle de este cuadro (y aquí nos enseñó una lámina que representaba una Natividad), que representa el nacimiento de Jesús. Y, efectivamente, en los tres últimos pisos de ese edificio se encuentra el registro civil, y es donde se dan de alta los nacimientos en la ciudad.

Menos mal que teníamos al guía para sacarnos de nuestro error, porque hay que estar muy enterado para no tomar el engendro ése por una mancha. Que es lo que parece.

El puente de Lieja sobre el Mosa era una preciosidad de madera con muchos arcos, al menos según un cuadro de Van Eyck que lo muestra. Claro, eso es lo que era en el siglo XV.

Hoy es un horror soviético con la típica estatua socialista situada ahí en medio del agua, pero oye, éstos están orgullosos de su gesta. Eso sí, lo que no ha cambiado es que sigue habiendo atascos para cruzar el Mosa y ganar el otro lado de la ciudad.

Al otro lado del río se encuentra el arrabal de la ciudad, frente a la parte noble que es el casco antiguo. Por las noches, el puente se cerraba, para no permitir a los habitantes del arrabal, gente de baja estofa y ocupación fabril o minera, pasar a la parte noble y molestar a las gentes pudientes del lugar. Hoy más pudiera parecer que las tornas se han invertido y que la parte noble es un lugar tomado por la emigración menos pudiente, mientras que la parte del arrabal ya no alberga mineros, más que nada porque la minería está abandonada por completo, y ha sido reemplazada por toda esa gente, que, ahora que el puente ya no se cierra en ningún momento, causan atascos del quince a la hora de cruzarlo.

Hay que reconocer, por lo menos, que no toda la culpa del estado de la ciudad corresponde a sus habitantes, y aquí nos viene bien recordar una entrada reciente, en la que glosábamos las aventuras del Napoleón del siglo XV, Carlos el Temerario. Como sabemos, tanto su padre Felipe el Bueno como, sobre todo, él mismo, aspiraban a convertir Borgoña en un reino, y en este contexto la existencia del Principado de Lieja, que cortaba en dos sus dominios, resultaba bastante molesta. Conquistar el principado estaba dentro de sus posibilidades militares, pero en el siglo XV luchar contra un obispo estaba muy mal visto, así que los duques de Borgoña, en lugar de montar una campaña militar, lo que consiguieron fue que el Papa y el Emperador aceptaran a un pariente suyo, Luis de Borbón (sí, de los Borbón de toda la vida), como obispo de Lieja. La jugada les salió bien por lo que respecta al Papa y al Emperador, pero bastante mal con respecto a sus súbditos. A todo esto, Luis de Borbón tenía cuando fue nombrado obispo la edad de... dieciocho años, y por supuesto no había recibido ni siquiera las órdenes menores. Es posible que no estuviera ni confirmado. Claro que a Calixto III, que era el papa del momento, eso le parecieron detalles sin importancia. Los valencianos, ya se sabe, vamos a lo práctico, y Calixto III era más valenciano que nadie.

Los liejenses se rebelaron contra su obispo, para delicia de Felipe el Bueno, que los machacó con su ejército y reinstauró al obispo, que por cierto era su sobrino. A la muerte de Felipe el Bueno, los liejenses se volvieron a rebelar, y esta vez quien los machacó fue Carlos el Temerario, que a continuación se dedicó a volver sus armas contra el rey de Francia, Luis XI. Como ya hemos visto, Luis XI fue derrotado por los borgoñones y se vio obligado a pedir la paz. De hecho, Carlos el Temerario estaba a punto de firmar el tratado de paz (literalmente con la pluma en la mano), cuando le llegaron noticias de una nueva rebelión en Lieja.

Las noticias le llegaron notablemente exageradas. Le dijeron que los rebeldes habían matado a su primo el obispo, cuando en realidad su primo estaba a salvo y los rebeldes no habían pasado de expulsarlo de la ciudad. Carlos montó en cólera, pilló por banda al rey de Francia, al que suponía (seguramente con razón) detrás de la rebelión, y los dos se fueron derechitos a Lieja a dar su merecido a los rebeldes.

La cosa estaba fea. En un intento desesperado, los liejenses enviaron a seiscientos soldados de Franchimont, un lugarejo cercano, para montar una acción de comando y, disfrazados de peones borgoñones, secuestrar y matar al duque de Borgoña y al rey de Francia. La cosa fue bien hasta que abrieron la boca y dijeron algo en el pésimo francés de su pueblo, momento en el que fueron descubiertos y, naturalmente, aprisionados y, poco después, ejecutados sumariamente.

Siete semanas estuvieron las tropas de Carlos el Temerario saqueando e incendiando la ciudad. Siete semanas. Perdonó los edificios religiosos, y gracias.

- ... y ése es el motivo -explicaba el guía- de que en Lieja apenas quede algún vestigio anterior al siglo XV.

El obispo, Luis de Borbón, volvió a serlo ya sin mayores problemas. Como eran tiempos preconciliares (pero el concilio al que me refieron aquí es el de Trento), lo de la castidad y el celibato no estaba muy interiorizado entre el clero, y más en un clero de un apellido tan ilustre, con lo que el obispo tuvo tres hijos, el mayor de los cuales, Pedro de Borbón, el "gran bastardo de Lieja", se casó con la baronesa de Busset y dio origen a la casa de Borbón-Busset, una de cuyas descendientes incluso llegó a ser reina de España en el siglo pasado. Pero eso es otra historia.

Otro importante motivo de orgullo para los liejenses es la gastronomía, porque de allí viene el gaufre liegeois, que se diferencia del de Bruselas, si no lo he entendido mal, en que la pasta para su elaboración incluye canela (e incluir canela en las cosas parece una buena idea en general) y que tienen forma de elipse (cuadriculada), mientras que los de Bruselas son cuadrados y cuadriculados, como los alemanes.

Lo de comerlos estuvo peor, porque había unas colas enormes delante de todas las gofrerías, y no estaba uno como para pasarse la tarde a la intemperie en lugar de visitar lo que hay que visitar, así que me dejé de postres y de meriendas, y me metí en un edificio, porque, seamos claros, si hay belleza en Lieja, se encuentra sobre todo en el interior, como dicen que debería pasar con las personas poco agraciadas.

Pero eso le toca a la siguiente entrada, porque ésta se ha estado alargando mucho.