jueves, 6 de agosto de 2026

Guía de inmigración

Todavía no se han apagado del todo los incendios forestales en España y ya tenemos un nuevo lío en nuestro país, en este caso en la frontera africana entre nuestra ciudad de Ceuta y el Reino de Marruecos que está al otro lado de la línea. Varias decenas de miles de maghrebíes han pasado a nado a España y, cuando escribo esto, todavía muchos campan por sus respetos por Ceuta y han provocado el colapso completo de la ciudad. No uno, ni dos, sino varias decenas de miles, que poco menos que habían duplicado el número de personas que ocupa un territorio de veinte kilómetros cuadrados.

Me temo que esto acabará mal, se mire como se mire.

Estas cosas las veo con interés, obviamente desde el punto de vista de alguien que, como yo, lleva más años vividos fuera de España que dentro de ella, por lo cual digamos que algo de empatía con los que abandonan su país de origen sí que tengo. Es verdad que he residido siempre de manera legal, lo cual ya de por sí es recomendable para no meterse en berenjenales. Vamos, ya sé que no es lo mismo, que yo no emigré por estar pasando hambre, pero sí por aspirar a una vida más acomodada, que es en lo que están éstos, después de todo. Porque lo de que están todos pasando hambre supongo que no cuela, o no debería colar.

En primer lugar, me viene a la cabeza que lo de estos pollos viene a dar una pésima impresión de su propio país. Marruecos debe de ser un lugar muy malo, cuando tanta gente quiere pirarse. Es algo así como la República Democrática Alemana, pero en el norte de África. Vamos, si sesenta mil españoles salieran el mismo día a nado, o aunque fuera a pie, hacia cualquier país fronterizo, yo me plantearía muy seriamente qué está pasando en España para que tanta gente no quiera ni oír hablar de quedarse, incluso con riesgo de la propia vida. Creo que la última vez que pasó algo semejante fue en febrero de 1939, cuando una infinidad de republicanos cruzó la frontera francesa perseguidos por los nacionales, que indudablemente no venían en son de paz. Claro, Francia metió a los republicanos en campos de internamiento, después de desarmarlos, pero es que era evidente que no se estaban metiendo en Francia para invadirla, sino porque se habían quedado sin terreno para seguirse retirando en España. Tampoco era la primera vez: casi todas las guerras civiles en España han terminado con el ejército derrotado entrando en Francia para ser internado allí.

Luego hubo emigración desde España en los años posteriores a la guerra, como la había habido durante todo el siglo, pero no de esa manera, desde luego. Esos españoles salieron legalmente del país y entraron legalmente en sus países de destino y se pusieron a trabajar con papeles inmediatamente, normalmente a la entera satisfacción de esos países de destino, donde hacían falta manos.

Esto que ha pasado no es lo mismo. Entre los que nos han visitado, se encuentra uno gente que no sabe nadar y que se mete con flotadores en el mar para entrar en España, parece que engañados por vaya usted a saber quién, y entran gritando ¡viva España! como si esperaran que se les recibiera con flores y guirnaldas. Luego se encuentran con que en Ceuta no hay papeo para todos y con que el paisanaje, aterrado ante la llegada de aquella horda famélica, se encierra en casa, no vaya a ser que, entre los que entraban dando vivas a España hubiera algún maleante, cosa por cierto probable. Total, que los más han tenido que terminar por darse la vuelta para su país y es que, aunque en Ceuta ataran los perros con longanizas, tampoco serviría de mucho, porque las longanizas son de cerdo y a la mayoría de estos inmigrantes les pasa con el cerdo lo mismo que a mí con los caracoles: repelús del todo. Yo pensaba que era por motivos religiosos, hasta que me di cuenta de que los que están razonablemente integrados en España, que alguno he tenido alojado recientemente por Bruselas, el cerdo siguen sin tocarlo, pero se aprietan cervezas, vino, ginebra y todo lo que haga falta, a despecho de las órdenes del profeta.

A todo esto, salvo algunos con un nivel decente, la gran mayoría de los que han entrado balbucean un poco de pésimo español, totalmente insuficiente para encontrar trabajo o para entenderse con el paisanaje local. Otros, ni eso. Llama la atención ese desconocimiento tan básico del idioma del otro lado de la raya, y más si tu intención es irte a vivir allí; con los medios de hoy en día, uno se puede dedicar con un teléfono móvil, por pocos medios que tenga, a sacar materiales para aprender lenguas extranjeras que serían la envidia de los que tuvimos que estudiarlas en tiempos mucho peores. Y bastantes de los que han llegado tenían teléfonos móviles mejores que el mío. No sé, da la impresión de que los que han pasado tampoco son precisamente la élite de Marruecos.

En fin, que el mandamiento número uno de cualquier emigrante debería consistir en tener un nivel razonable de la lengua del país, al menos para caer simpático y que vean que haces lo que puedes y lo estás intentando. Que no quieres ser turista, leches, sino quedarte a vivir. Cuando me fui a estudiar a Alemania, yo ya hablaba alemán como quería; cuando me fui a Rusia, tenía un ruso de nivel intermedio, me puse a hablar con lo que tenía desde el primer día y pasé varios meses hincando el codo hasta poderme comunicar con decencia; y ahora, en Bélgica, llegué con un francés igualmente intermedio y un flamenco más o menos básico, pero también me puse inmediatamente a remediar eso y hoy es el día en que seguramente soy de los no muchos residentes en este bendito país que puede hablar con cierta fluidez las tres lenguas oficiales del mismo, ninguna de las cuales, por cierto, es la mía materna. Si te quieres ir a vivir a un país, qué menos que meterte en un curso de lengua y, ya puestos, de cultura, porque lo normal es que te toque adaptarte a lo que te encuentres.

Bueno, lo de la adaptación es otra castaña. Estos días he estado leyendo acusaciones contra España por mantener un enclave en territorio marroquí, como si Ceuta no hubiera estado desde el Imperio Romano más en el ámbito de la Península Ibérica, a veinte kilómetros de allí, que en el ámbito norteafricano. Un tipo muy zumbón respondió a uno de los acusadores que Marruecos mantiene un enclave en Molenbeek, a dos mil kilómetros de Marruecos, y nadie dice nada. Sería broma, sí, pero algo hay...

De Molenbeek ya se ha escrito varias veces en esta bitácora. La primera fue aquí, apenas llegado al país, y es que me quedé sinceramente sorprendido de la existencia de semejante ghetto. La segunda fue en relación con los atentados de Bruselas y ya entonces creo que dejé claro que soy partidario de la mano dura; en la tercera se abordó, siquiera sea de refilón, el espinoso tema de los nativos locales que se ponen de lado del invasor (los podríamos llamar 'vlasovistas'); la cuarta sucedió cuando tuvo lugar el siguiente atentado, en 2016, aunque en esta ocasión la cosa no salió de Molenbeek; y la quinta vino con motivo del Mundial de fútbol de Qatar y el comportamiento de los belgas de origen marroquí que viven en Bruselas y que son belgas porque tienen el pasaporte y marroquíes por todo lo demás.

Luego ya vino la cuestión de la integración de los inmigrantes, incluso de tercera generación, que se trató en la sexta, con la ayuda tan belga del humor gráfico. Y, finalmente, ya hemos pasado al siguiente nivel, que es el de aprovechar el sistema parlamentario y las libertades de aquí para meter el hocico en la política con un partido político propio.

Hay musulmanes que se integran. Conozco varios, soy cliente de algunos y me llevo con ellos de maravilla. Lo que pasa es que suelen ser musulmanes poco practicantes y a quienes su religión (y cualquier otra) se la repampinfla bastante. Los musulmanes coherentes, y aquí espero con el paraguas el chaparrón de críticas, no se integran nunca. Su religión, cuando se la toman en serio, es totalmente incompatible con el modo de vida occidental y hasta con la dignidad de la mitad de la humanidad; la prueba es que en sus países es casi imposible practicar otra religión sin severísimas discriminaciones. Los musulmanes coherentes me temo que quieren convertir los países donde están en el mismo desastre que debe ser Marruecos, donde la gente vota con los pies y, por desgracia, algunos votan con los pies por delante. Lo lógico sería volver a esos países, donde tienen el trabajo ya hecho, pero no, tienen una misión y esa misión está entre nosotros, librándonos de la perdición occidental, queramos que no.

Como la alternativa que damos en occidente es materialmente bastante aceptable, pero espiritualmente ha empeorado muchísimo, los musulmanes coherentes, que dan respuestas simples y poco razonadas, porque la razón no es lo suyo, pero clarísimas, tienen predicamento y acaban atrayendo a demasiados musulmanes del tipo tibio. Cuando un musulmán de los que quizá no coman jamón, pero se aprietan sus buenas cervezas, pasa a ser abstemio, ojo con éste, que ya ha dado el primer paso para terminar con el cinturón de explosivos camino de encontrarse con las setenta y dos vírgenes prometidas.

A los católicos se nos podrá acusar de muchísimas cosas, y muchas de ellas con razón, pero no de que nuestras creencias son incompatibles con la sociedad occidental. No veo yo a ningún católico ejerciendo la violencia o con el cinturón de explosivos para extender el Reino de Dios, porque sabemos que eso no está bien. Si hay algún pirado, lo es por su cuenta, sin aprobación de las autoridades religiosas. Los chinos, lo mismo, no se meten con nadie. Son los musulmanes coherentes los que, desde que el fundador de su religión se dedicaba a sembrar el pánico en el desierto de Arabia en el siglo VII, asaltando caravanas y demostrando a las claras que su reino era de este mundo, no le hacen ascos a seguir el ejemplo de su fundador.

En Ceuta no sé cómo están, pero en Bruselas se han hecho con Molenbeek, un barrio al que la mala fama le precede. Lo malo es que la mala fama se corresponde bastante bien con la realidad de un sitio degradado que destaca enormemente de las zonas que lo circundan, y no sólo por el aspecto físico de la mayoría de sus habitantes, sino por el deplorable estado en el que se encuentra.

Repasando, veo que en las entradas de la bitácora no he relatado una de mis aventuras por Molenbeek, que no he visitado muy a menudo, porque me queda lejos, pero donde tuve que pasar un día entero por razones que contaré en la próxima entrada, porque hoy se hace tarde.