lunes, 18 de mayo de 2015

Desidia. Parte II. El paciente impaciente.

Pues señor, esto era un españolito trasplantado a Bruselas por sus pecados y que tenía la costumbre de salir a correr por el bosque que tenía cerca de casa. Este españolito, al que llamaremos Alfor, por decir algo, se pasó muy mucho con los entrenamientos un verano que se le metió en la cabeza correr la maratón de Bruselas, y ese vano empeño le ha producido una lesión en las rodillas. Y a partir de ahora vuelvo a la primera persona, que ya bien de fábulas.

Como la lesión no mejoraba, decidí ir al médico. El médico me dijo que, puesto que estábamos hablando de un deportista (indudablemente), lo mejor sería hacerme directamente una resonancia y pasar de radiografías y otras zarandajas. Me dio un volante para el hospital, pedí hora, me la dieron para tres semanas después, agradecí a Dios que no fuera una urgencia, me fui en su día al hospital, me metieron en la máquina, a la media hora salí y me dijeron que ya enviarían la factura a mi casa, y los resultados a mi médico.

En la confianza de estar en el primer mundo, Europa Occidental, y capital de la Unión Europea y olé, me volví a casa esperanzado en salir de dudas sobre la naturaleza de la lesión. A los dos días, tras perseguirlo bastante, le pedí hora a mi médico para tratar los resultados y, llegado que hubo el momento, me presenté en su consulta.

- Pues no me ha llegado nada.

- ¿Cómo?

- Bueno, voy a ver si ha llegado ahora. Vuelvo enseguida.

Y salió a recoger el correo. Volvió al poco con un montón de sobres que amontonó de mala manera en un rincón de su mesa (digamos que la consulta no la tiene precisamente a la última, pero eso es otra historia), los vio parsimoniosamente, uno a uno, y finalmente me comunicó que lo mío no había llegado.

- ¡Pero si ya hace una semana, día por día, que hice la resonancia!

- Pues ya debería estar, pero no está.

- ¿Y qué hago?

- Voy a llamar a la clínica, a ver qué me dicen.

Marcó el teléfono, después de consultarlo en un anuario del siglo pasado, de tener que llamar a la centralita y de tachar la mitad de números del anuario, porque entretanto habían cambiado.

- ¿Me pueden pasar con resonancias? Sí, con la administración. Ah, que es usted. Oiga, que tengo un paciente que se hizo una resonancia la semana pasada y, ni él ha recibido la factura, ni yo los resultados.

- (...)

- Sí, la fecha de nacimiento es treinta de febrero de mil novecientos calienta.

- (...)

- Ése es el nombre, sí. Ah, ya la encontrado ¿Que ya debía haberla recibido? Vale, pero no ¿La envían otra vez? ¿Me adelantan las conclusiones de la resonancia? Ajá..., ajá... gracias. Que tenga un buen día, y no se olviden de enviarla.

Y colgó.

- No, yo creo que no la han enviado.

- ¿Y esto pasa mucho? Porque lo mío no es urgente, pero, el que tenga una apendicitis...

- Claro, claro... sí, a veces pasa.

Y luego ya pasamos a hablar del diagnóstico. A lo que nos toca, no tengo nada roto, pero sí desgastado, y la recuperación se prevé larga e incierta.

- Bueno, ¿cuándo vengo a verle, ya con la resonancia?

Al final tuvo que ser el otro día, porque entretanto tenía yo mis viajes y mis cosas.

El otro día, pues, me planté en el médico nuevamente... y, casi un mes después de haber hecho la resonancia, ésta seguía sin aparecer. Antes de que mis ojos salieran completamente de mis órbitas, y tuviera que recogerlos a tientas por el suelo, el doctor volvió a llamar a la clínica.

- Oiga, que no es la primera vez que llamo por esta resonancia que no me ha llegado todavía.

(...)

- Ah, que van a enviarla hoy mismo. Y que me debería llegar mañana.

Y ya colgó.

- Yo creo que no la han enviado todavía.

- Pues ya va siendo hora, leches. ¿Qué hago? Yo me voy pasado mañana de viaje.

- Llámeme a ver si ha llegado.

(...)

Hoy es el día en que aún no conozco el final de la historia. Kafka tenía que haber vivido en Bélgica para escribir 'El castillo'.

(Continuará. O no)

jueves, 14 de mayo de 2015

Desidia

Bélgica es un país singular, lo cual es una gran fortuna para quienes no viven en él, porque podría ser plural y hasta multiplicarse, lo cual sería fatal quienes tienen la suerte de vivir en otros lugares.

El caso es que, en general, no se está nada mal. Hay bonitos bosques muy verdes, ciudades chulas, una buena red de transportes y, aunque los precios son mucho más altos que en España, también es verdad que se cobra más.

El problema viene cuando uno quiere que le presten un servicio. Ah, amigo, ahí las cosas se complican. Cuando uno quiere que le presten un servicio, hay un montón de personas implicadas en el éxito de la operación, lo cual, probablemente, explique por qué el nivel de paro es mucho menor en Bélgica del que padecemos en España, pero eso será asunto de otra entrada. Es ésta basta con concentrarse en una regla estremecedora, sí, pero real: cuantas más personas estén implicadas en la prestación de un servicio, más probabilidades hay de que al menos una sea un inepto.

¿Y la consecuencia cuál es? Que el servicio queda, en el mejor de los casos, defectuoso y, en el peor, directamente inexistente. Como en Bélgica, para que algo suceda, tienen que hacer su trabajo un número desusado de personas, la regla se aplica en toda su crudeza. Ríase usted de la burocracia soviética y de la rigidez administrativa totalitaria: el que no se ría, que se pase un tiempecillo por aquí y verá lo que es la ciencia de la tramitación llevada a sus más altos niveles... de fracaso. De fracaso, sí, porque es verdad que, por ejemplo, en Alemania también hay un montón de gente implicada en trabajos que, a ojo, requerirían menos gente, pero allí, a tenor de mi experiencia, el trabajo suele salir bien, con las excepciones que se quiera; en Bélgica, por contra, el trabajo suele salir patatero, con las excepciones que se rumorea que existen los que creen en ellas. También hay gente que cree que Elvis sigue vivo.

A lo largo de los últimos dos años, los ejemplos de desidia laboral belga se amontonan en mis recuerdos, pero en el último mes ha habido varios ejemplos de desidia llevada al extremo. Así como en Rusia la palabra que describía la forma de prestar un servicio era y es 'chapuza' ('халтура', en vernáculo), en Bélgica pasamos a 'desidia'. Estoy tan integrado en el ambiente que paso de escribir la palabreja en vernáculo.

martes, 5 de mayo de 2015

Lituano

Durante unos días, debido a una especie de intercambio musical de orquestas juveniles, hemos tenido en casa a tres lituanas, dos violinistas y una violoncelista. Cuando nos repartían los lituanos que nos tocaban, nosotros pedimos que fueran del mismo sexo (porque les iba a tocar compartir habitación, que no tenemos la mansión de la Preysler), y que hablaran ruso. Sabemos que, en Lituania, el ruso es una lengua en retroceso, pero esperábamos que quedara alguno que lo hablara todavía.

Así fue. Dos de las tres chicas eran de madre rusa y, aunque hablaban lituano con su madre, con su abuela aún hablaban ruso. Y así, aunque se les notaba que no eran nativas, sin embargo tenían un razonable dominio del idioma; la tercera, lo que es hablar, hacía lo que podía, pero al menos lo entendía todo, que no está mal.

La verdad es que no dieron ninguna guerra y, como se pasaban el día de aquí para allá, visitando Bélgica o dando conciertos, las veíamos poco más que para dormir y desayunar. Pero, de todas maneras, y a pesar de que hablábamos en ruso, nos pareció razonable interesarnos por la lengua vernácula. Por lo que sabemos, en Lituania, no sólo el ruso está en decadencia, sino también el lituano y todas las demás lenguas, porque Lituania tiene una preocupante tasa de emigración. Sea como fuere, el saber no ocupa lugar y el lituano es parte del saber.

- Cuando estuve en Lituania -dije-, me llamó la atención que casi todo terminaba en 'as'. Así, recuerdo que 'bar' era en lituano 'baras' y 'restaurante' era 'restoranas'.

- Sí, pasa mucho - dijeron ellas.

Cuando eres nativo, supongo que no te das cuenta de que el motivo de ese fenómeno es que '-as' sea la terminación del nominativo singular masculino. Al menos, eso les pasa a mis hijos, que hablan ruso perfectamente, pero no saben qué caso es cuál. Para saber eso hay que haber sudado tinta con la gramática rusa como camino para hablar bien. Que es, ay, lo que tuve que pasar yo.

- ¿Me podéis pasar la mantequilla?

- Sí, claro.

- 'Spasibas' - dije con cara de chufla.

No, eso no vale. 'Gracias' se dice 'áçiu' y se pronuncia algo así como 'áchu'.

Sin embargo, para muchas más cosas sí que vale.

- ¿A qué hora os está esperando el... 'autobusas'?

Pues sí. Para ésa sí que vale.

- A las ocho y media.

- Y está tarde, ¿a qué hora comienza el... 'contsertas'?

¡También vale!

- A las siete.

Pero, claro, al final ya les tocó irse de vuelta a Vilna. Nosotros les compramos gofres y chocolate de recuerdo, y ellas también habían traído algo. Un bizcocho casi exactamente igual que el 'keks stolichny', un bizcocho con pasas típico de Moscú, y varios tipos de queso. El bizcocho estaba muy bueno, pero me guardé mucho de decir que era igualito a uno de Moscú, no fueran a tomárselo mal.

¿Y el queso? Pues el queso está muy bien, pero yo creo que en España la gente se tomaría a chufla el nombre.


¿A que sí?

viernes, 1 de mayo de 2015

Nono anno

¡Cómo pasa el tiempo! De hecho, pasa cualquier tipo de tiempo. El tiempo entre una entrada y la siguiente, que progresivamente se ha ido haciendo mayor, porque las ocupaciones se han ido haciendo también mayores, y porque la motivación es inversamente proporcional al aumento de las obligaciones.

Otra que se ha hecho mayor es la bitácora misma, que hoy cumple nueve años. Nueve, nada menos. En estos nueve años han pasado muchísimas cosas, y no sólo un cambio radical de escenario durante los dos y medio años más recientes, sino también un cambio bastante fuerte en muchas cosas. Los niños, Abi, Ro y Ame, que eran unos tiernos niñitos la mar de adorables, ahora son unos adolescentes respondones que más de una vez merecen ser enviados a galeras; yo mismo, que era un deportista bastante potable hasta hace poco, me voy a pasar en el mejor de los casos un par de años recuperándome de una lesión de rodilla. Y de Alfina mejor no escribo, que, si no, luego, todo son líos.

Para celebrar el aniversario, veremos una vez más un ejemplo de paso del tiempo. La primavera ha llegado a Bruselas y, lejos de lo que ocurre por las Españas, aquí transforma el aspecto de las cosas de manera inopinada. Uno mira un buen día, a principios de abril, por la ventana de su habitación, y ve la foto de un precioso árbol.


Un árbol peladillo, con un par de capullos incipientes. Pero, sólo tres días después, uno vuelve a mirar y el árbol no es exactamente igual.


Los capullos han empezado a explotar, y van creciendo otros. Y la cosa no termina ahí, porque, cuatro días después, volvemos a mirar por la ventana, y he aquí lo que aparece:


Cegador, ¿verdad? Quizá sea una lástima, pero al final los pétalos terminan por caer al suelo y el resultado es el árbol de la primera foto, sólo que revestido de hojas verdes.

Vamos a ver si a esta bitácora le va pasando lo mismo y, ya que está menos florida, al menos vaya resultando más frondosa.

Un saludo a los lectores que todavía queden, y esperemos tiempos mejores, que llegarán si Dios quiere (si no, no...).

jueves, 23 de abril de 2015

Invadiendo Flandes (II)

El medio kilómetro que mediaba entre el cruce donde nos encontrábamos y el límite regional era una pista de tierra con una ligera pendiente en bajada. Me puse delante, saltando entre los baches, y a no tardar llegamos a una nueva intersección. El camino del Infante seguía en línea recta, pero allí se le cruzaba otro camino, igualmente de tierra, cuyo nombre no aparecía por allí, pero que reconocí como el camino des Bonniers. Detuve, pues, la bicicleta y la apoyé contra un árbol.

Enseguida llegaron Kobe y Ame. Me vieron de pie y se pararon a mi lado.

- ¿Es aquí?

- Sí. Ahí tenéis Flandes, a partir de este camino. Este camino es la frontera. Hacia allá - y señalé la dirección desde la que veníamos - tenemos la región de Bruselas; y en esta dirección - y levanté mi mano hacia el sur - tenemos Flandes. Ese cartel que hay ahí tiene el formato de los carteles de Flandes, mientras que los de Bruselas son de color verde, como el que veis ahí detrás.

- ¡Qué guay! Entonces - y Kobe abrió las piernas todo lo que pudo - ahora estoy a la vez en Flandes y en Bruselas.

- Exactamente. Podemos visitar Flandes ahora mismo.

- Pues yo - dijo Ame -, además de escupir, voy a hacer mis necesidades.

- Sí, sí, en Flandes - añadió Kobe.

Ame y Kobe penetraron unos metros en Flandes, escupieron un par de veces, y acto seguido se pusieron mirando a un árbol, se bajaron sus respectivas braguetas y se pusieron a orinar. Yo supongo que hubiera hecho lo mismo de haber tenido ganas, pero, no siendo el caso, me limité a escupir. En Flandes, claro, porque los flamencos son lo peor.

Como el cuerpo humano, y no digamos el infantil, tiene un límite, el proceso de suministro de líquidos al bosque de la región de Flandes no duró demasiado. Como no hay que estar en territorio enemigo más tiempo del absolutamente necesario, a no ser que se tengan unas intenciones de ocupación de las que nosotros de momento carecíamos, volvimos inmediatamente a donde se habían quedado las bicicletas, esto es, a un metro del límite regional, pero por la parte buena, la de Bruselas.

- Entonces - traté de pinchar a Kobe -, los flamencos son malos.

- Sí, también lo dice mi padre. Cuando vamos a Flandes, nunca nos hacen caso cuando preguntamos algo. Nos tratan fatal y nos responden muy mal.

- Qué gente...

- Sí.

- Los que molan, claro, son los de Bruselas.

- Bueno, los españoles de Bruselas.

- Ah, sí, eso es la repera. Pero los flamencos no. Ésos son lo peor.

- Sí.

Zanganeamos un poco por la frontera, viendo cómo los árboles que estaban del lado de Bruselas eran indudablemente mucho más erguidos y bonitos que los habían tenido la desgracia de caer del lado de Flandes, y viendo pasar a algún ciclista por el camino des Bonniers, o sea, por encima mismo del límite regional.

- Está rodando un poquito más por la parte de Flandes.

- Pobre.

Como aquello no daba mucho más de sí, montamos en las bicicletas y empezamos la subida para volver al cruce, porque claro, lo que a la ida era bajada, ahora era todo lo contrario. Ame se puso el primero, Kobe le seguía trabajosamente, y yo me puse detrás. De todas formas, no tardamos demasiado en llegar al cruce, y con él al camino asfaltado.

- Aaah... por fin asfalto - dijeron ellos, que no parece que se quieran dedicar a la bicicleta de montaña.

- Podíamos ir al 'bois' a jugar al fútbol.

Estábamos a unos siete kilómetros del 'bois', pero ellos no lo sabían. Como, de todas formas, había que volver, me puse en cabeza, y esta vez el camino era de bajada, y a veces pronunciada, al poco terminó el camino de Saint Hubert, tomé a la izquierda por el de los Tumuli, y éste, además de bajar rápido, era bastante revirado, o eso les pareció a los niños. De esta guisa llegamos a los estanques de los Niños Ahogados, que así se llaman, aunque a Ame y Kobe preferí no decírselo, por si acaso, y entonces se acabó la bajada y empezó una ascensión, y no de las más fáciles. Bajé el ritmo para facilitar que me siguieran, pero a unas cuantas decenas de metros oí mi nombre a lo lejos.

- ¡Alfoooor!

Me giré a ver que pasaba, aunque no era difícil de suponer.

- Que Ame no puede con la subida.

Bastante había hecho hasta ahora, en un camino sin un metro llano. Y yo hasta diría que Kobe andaba también bastante justito. Sea como fuere, bajé y ya hicimos el resto de la subida a pie, empujando las bicicletas a nuestro lado.

- Jo. Es que no tiene sentido cómo hacen las carreteras. Primero bajar muchísimo para enseguida subir un montón - decía Kobe.

- Y menudas curvas que había ¿Has visto la que había antes, lo que había que girar? - añadió Ame.

- A mí me parece que esta carretera la han diseñado los flamencos, para fastidiar a los de Bruselas - aventuré.

Los dos niños se quedaron mirándose.

- Seguro - dijo uno.

- Son lo peor - añadió el otro.

Al acabar la subida, hicimos sin mayores novedades el camino que nos separaba del 'bois', les compré un helado, saqué el balón del cestillo y ya se pusieron a darle patadas a diestro y siniestro, y gracias a Dios que quienes andaban por allí tenían pocas ganas de bulla, porque a los críos a veces se les iba la mano, o el pie, y el balón acababa golpeando contra alguna de las bicicletas que había tiradas por allí, o contra las cabezas de alguna de las parejitas que, también, había tiradas por allí y que menos mal que seguían con lo suyo sin dejarse distraer.

Finalmente llegó la hora de volver a casa, unos dieciocho kilómetros después de haber salido, que no está mal para, al fin y al cabo, unos principiantes. La madre de Kobe llegó enseguida para recogerlo.

- ¿Qué? ¿Qué tal? ¿Qué habéis hecho? - le preguntó a su hijo.

- Hemos ido a Flandes y hemos escupido y hecho pis allí.

- ¿Qué habéis hecho qué? ¿Escupir? ¿Pis?

- Sí. Nos ha llevado el padre de Ame. Ha estado guay.

En ese momento entre yo en el salón.

- ¡Hola! ¿Qué tal? ¡Hemos ido a Flandes en bicicleta!

- Ya, ya... y me han dicho qué habéis hecho.

- Al parecer, son lo peor. O eso me han dicho.

- Sí... ya... Creo que la próxima vez me voy a apuntar yo también.

No sé yo si se quiere apuntar a los actos vandálicos contra Flandes, o más bien quiere asegurarse de que no se repitan. En todo caso, la próxima vez llevaremos una bandera. Si hay que llevar a cabo una invasión, que sea con todas las de la ley.

Y es que, cuando nos empeñamos, nosotros, también, somos lo peor.

martes, 21 de abril de 2015

Invadiendo Flandes (I)

Con motivo del cambio de país, y por otras circunstancias que vienen menos al caso, Ame ha tenido que cambiar repetidamente de amiguitos en los últimos tiempos. Pero el resultado es muy parecido. Los niños son niños allá donde están, y no cambian mucho de carácter por el hecho ser rusos o singapureños. Todavía están, a Dios gracias, en la edad en que la voz no les ha cambiado todavía, ni han crecido por encima de sus padres, ni tampoco han experimentado otros cambios físicos que, fatalmente, indican el final de la infancia, un final que no está lejos, pero que todavía pertenece al futuro.

Los nuevos amiguitos de Ame son españoles, compañeros de colegio, pero no de los que uno se encuentra habitualmente por España. Como él mismo, han pasado mucho más tiempo en el extranjero que en la patria y, por si fuera poco, los más de entre ellos son españoles de mezclilla, de madre española y padre de cualquier sitio (porque en Bruselas hay de todos ellos), o viceversa. Pero algo tendrá España que, así y todo, muchos de ellos salen patriotas a carta cabal, y aprecian España mucho más que quienes somos españoles de pura cepa y sin una gota de sangre forastera.

En estas circunstancias de guiris, en que la familia extensa de uno no sirve de ayuda, porque está en España, los niños van dando vueltas por las casas de sus compañeros. Hoy está Ame pasando el día en casa de Fulanito, mañana es Fulanito quien viene a casa a jugar con Ame, y al día siguiente los dos van a casa de Zutanito, dicen que a hacer los deberes o algún trabajo, aunque esa es una afirmación que se debe tomar con una buena medida de escepticismo.

Ame, en el caso que nos ocupa, estaba en casa con Kobe, que es un nombre supuesto (ya se sabe lo que es el anonimato en esta bitácora), pero que corresponde a un niño como los descritos arriba: español por parte de madre y por vocación, partidario del Real Madrid (como, ¡ay!, el propio Ame, sordo a las llamadas de su padre para que considere las bondades del Levante) y, eso sí, juguetón y con un punto de pícaro. No es de extrañar que se lleve bien con Ame.

Mientras jugaban en el salón con una pelota de espuma, Ame preguntó de sopetón:

- Y a ti, ¿qué te gusta más? ¿Bélgica o España?

- España - respondió resuelto Kobe.

Yo andaba trajinando por allí y decidí intervenir.

- Eso es porque vas a España de vacaciones ¿Qué pasaría si fueras a España al colegio, y a donde fueras de vacaciones fuera a Bélgica, a no dar golpe?

- Me seguiría gustando España - insistió Kobe.

- ¿Seguro? - pregunté frunciendo el ceño.

- Seguro - repuso Kobe.

- ¿Y cómo es eso?

- Los belgas son lo peor. Sobre todo los flamencos. Ésos sí que son asquerosos.

Ame asintió convencido.

A todo esto, hay que decir que los dos niños asisten a clase a un colegio trufado de diferentes nacionalidades, en el que se predican valores de tolerancia, comprensión entre los pueblos, y otras zarandajas por el estilo, por lo visto sin demasiado éxito, al menos de momento.

Yo miré al cielo, vi que estaba despejado, que sólo hacía un poco de fresquillo, y me dije que días como ésos no abundaban en Bélgica y que seguir encerrados en casa era como para pegarnos.

- Venga. Salimos al bosque. En bicicleta.

- Yo no tengo bicicleta - repuso Kobe.

- Tenemos una que te vendrá bien.

Inflé las ruedas, ajusté la altura de los sillines y salimos a la calle. Los dos vikingos insistieron en llevar el balón para jugar al fútbol, y yo metí el balón en el cestillo de mi bicicleta, pero con un gesto torvo que anunciaba otras intenciones. Y es que, ¿cómo, Señor, ibamos a limitarnos a jugar al fútbol haciendo un día pintiparado para pasear en bicicleta?

Llegamos al bosque, y yo me desvié del estanque y tomé por el camino de la Lorena, a cuyo lado hay un carril-bici en ligera pendiente ascendente. Giré la cabeza y me dije a mí mismo que este par de zánganos iban a dormir pero que muy bien esa noche. Si hubiera ido sólo con uno, seguro que se hubiera quejado a los dos kilómetros de cansancio insoportable, pero yendo dos, y por no quedar como un alfeñique ante el otro, uno por otro apretaban los gemelos y echaban para delante.

Cinco kilómetros después, que, con las bicicletas que llevaban, no es poco, nos desviamos por la avenida de Haras, y luego nos adentramos en el bosque propiamente dicho por la avenida de Saint-Hubert. Yo los mantenía cerca, pero por detrás. Ame rezongaba en ocasiones, poniendo como excusa que su bicicleta no tenía marchas y que había cedido la suya a Kobe, que parecía estar pensando en que vaya tomadura de pelo y que lo que él quería era darle patadas a un balón.

Llegados a la intersección de la avenida de Saint-Hubert con el camino del Infante,detuve la bicicleta, y ellos se pararon a mi lado.

- ¿Sabéis dónde estamos?

Los dos, a falta de aliento, negaron con la cabeza.

- ¿Queréis ir a Flandes?

- Estamos en Flandes, ¿verdad? - dijo Kobe.

- No. Pero mirad ese camino. Por ahí, más o menos a medio kilómetro, comienza Flandes ¿Queréis ir a Flandes, escupimos allí, y nos volvemos?

A los dos niños se les iluminaron los ojillos. Qué los ojillos, la cara entera. Hasta las manos refulgían.

- ¡Síiiiiiii!

- Pues vamos para allá.

martes, 7 de abril de 2015

Semana Santa y Pascua

Hace algún tiempo que no paso por España en estas fechas, pero espero que la Semana Santa y la Pascua, aunque sólo sea por la devoción popular y las procesiones que tenemos por allí, se celebren con cierta decencia, o con restos de la que hubo.

En Europa Central, lo cierto es que no es así.

En Europa Central, entendiendo por tal la parte germanófona, y considerando el neerlandés como una lengua muy fuertemente relacionada con el anterior y las partes francófonas de Bélgica como asimiladas por simpatía, el que no quiera ver que la Iglesia Católica está en una situación muy preocupante, debería plantearse muy seriamente graduarse la vista. No es ya que la Semana Santa se haya converftido en un período vacacional más, lo cual ya da un regusto amargo a la situación, porque un cristiano, bien al contrario, debería estar muy ocupado en estas fechas, es que la situación se ve con cierta resignación y sin ganas de revertir la cuestión. Aquí no hay mentalidad de resistencia, o al menos no se la ve. Por ejemplo, cuando los chalados islamistas entraron en la redacción de Charlie-Hebdo y se cargaron a unos cuantos miembros de la redacción, todo fueron minutos de silencio por doquier y hasta oraciones en las iglesias; sin embargo, los ocho asesinados eran unos humoristas de gusto grosero, para los que no había nada sagrado y que, ciertamente, no merecían morir, pero tampoco creo que sea como para elevarlos a los altares. Visto lo que habían dibujado anteriormente, más bien no.

El otro día, sin embargo, en Kenia fueron asesinados no ocho, como en Charlie Hebdo, sino ciento cuarenta y ocho estudiantes que no habían ofendido a nadie, y menos a Mahoma. Es que ni se parece la reacción, no sé si por ser negros, los pobres, o por ser cristianos, porque sí, los asesinos no disparaban contra los que sabían que eran musulmanes e iban buscando cristianos. He ahí que tenemos mártires, y aquí todo el mundo habla de que la mayoría de los musulmanes no son así, y que no hay que tomar la parte por el todo. Pues menos mal que la mayoría de los musulmanes no son así, porque apañábamos estábamos si la mayoría de los tropecientos millones de musulmanes lo fueran; pero es que, aunque lo sea un uno por mil, mal vamos. Entre los cristianos, no hay un uno por millon que sea así y, si lo hay, probablemente no es cristiano y lo suyo es una pose o que está mal del perol.

El día de Pascua no se dijo nada de todo eso. A ver cómo reaccionan no ya nuestros gobernantes, de los que no hay mucho que esperar, sino nuestras autoridades eclesiásticas. Las de Europa Central yo diría que no tienen claro del todo de dónde vienen los problemas.