sábado, 1 de agosto de 2015

Comprando una casa. Más vecinos.

No nos atrevíamos a hablar con nuestros futuros vecinos de la derecha.

Sobre todo, con ella.

Debía ser una arpía horrorosa, ansiosa de sangre, frustrada de la vida, probablemente con algún cadáver en el armario, con los ojos inyectados en sangre y que reía a hurtadillas con voz cavernosa mientras se frotaba las manos pensando en las espantosas torturas que iba a infligir a esos nuevos vecinos incautos que osaban acercarse a su cueva.

Y, además, extranjera. Si fuera belga, al menos, sabríamos que nunca se equivoca, pero, siendo extranjera, ya era el colmo. Seguro que hablaba francés con el acento gutural de las institutrices alemanas que traían para educar niñitas, sin saber que habían sido oficiales de las SS y que eran prófugas, huidas de la justicia israelí que las buscaba para hacerles pagar los crímenes de que eran responsables.

¿Y el marido? Otro que tal. Extranjero y, por si fuera poco, abogado. Un tipo despiadado que no dudaba en exprimir a sus clientes para perseguir la quimera de una sentencia favorable, y que contaba monedas de oro con los ojos entornados, antes de esconderlas entre los legajos de sus muchos juicios.

Sin ninguna duda, había colaborado con su mujer para escapar de la justicia israelí, y no era descartable que fuera cómplice de sus desmanes. De hecho, era lo más probable. Seguro que estaba esperando que llegáramos para enterrarnos en demandas, querellas, citaciones y todo tipo de parafernalia en papel sellado.

Alfina y yo, durante las siguientes semanas, cuando íbamos a la casa que habíamos comprado, mirábamos la casa contigua y, casi sin querer, desviábamos la mirada. Qué miedo. Nos parecía un lugar lóbrego, de difícil acceso, y yo de vez en cuando miraba hacia arriba y creía ver cuervos revoloteando por su tejado, graznando con insistencia. Seguramente eran los dueños de la casa, que tenían el poder de transformarse para poder perpetrar impunemente sus fechorías.

Entonces, de sopetón, recibimos un correo electrónico de nuestro arquitecto, pero no iba dirigido a nosotros, no. Nosotros sólo estábamos en copia ¡Iba dirigido a nuestra vecina!

Venía a decir que quería verse con ella el sábado siguiente para ver cuál era ese problema de humedades de que se quejaba, y nos enviaba copia para ver si podíamos estar también. Por lo visto, habían hablado.

Tuvimos que responder que iríamos, a ver qué íbamos a hacer.

- Valor, valor...

- Bueno, un día u otro teníamos que ir, de todas maneras.

- Al menos, viene el arquitecto, que es belga.

- Menos mal. No se equivocan nunca. Así estamos seguros.

Al final, no recuerdo muy bien cómo, las cosas se complicaron, hubo que quedar a otra hora, que al arquitecto le venía mal porque tenía una reunión... el caso es que nos encontramos con que teníamos una cita con los vecinos, en su casa, a tomar café, a las once de la mañana de un sábado, solos antes ellos.

- Dios mío, Dios mío...

- ¿Qué hacemos?

- Ufff, habrá que ir.

- Vamos a llevar unas galletitas, para quedar bien.

- Vale, pero que sean de las blandas, no de esas danesas que van en una lata metálica. Imagina que nos las tiran a la cabeza.

Llegado el día, y la hora, tragamos saliva y nos pusimos en marcha. Yo me metí un diente de ajo en el bolsillo. Nunca se sabe.

No íbamos muy deprisa, no. Se diría que no teníamos muchas ganas de llegar, pero al final, llegamos ante su puerta, exactamente a la hora que habíamos quedado.

- Llama tú.

- No, tú.

- Jo. Siempre me toca a mí...

Un dedo tembloroso se apoyó sobre el timbre, que emitió un sonido metálico. Al poco, oímos unos pasos al otro lado de la puerta, cada vez más cerca. Apreté con los dedos el diente de ajo y me santigüé, justo antes de que alguien diera la vuelta al picaporte y la puerta se abriera.

Parecía que el tiempo se hubiera detenido a nuestro alrededor, cosa que, como sabemos, no ocurre en la realidad, hasta el punto de que, claro, se ha hecho tarde.

miércoles, 29 de julio de 2015

Comprando una casa: los vecinos

Cuando uno compra una casa, no sólo compra un terrenito y las paredes que lo acotan, no: también compra a sus vecinos, con el añadido de que éstos pueden cambiar con el tiempo y vaya usted a saber en qué se convierten y quién viene a vivir en los aledaños de la casa de uno.

Cuando ya estaba decidida la compra y pagada la señal, fuimos a visitar a los todavía dueños, que estuvieron muy amables, y ya podían, ya, con el pastón que habían trincado. Así nos enteramos de cositas sobre el vecindario.

- Los vecinos de este lado - decía la dueña, apuntando hacia la izquierda - son encantadores, y nos hacemos favores constantemente. Si están en casa, pasaremos y se los presentaré.

- Ah, muy bien.

- En cambio, hemos tenido problemas con los vecinos del otro lado.

- Vaya...

- El hombre, que creo que es abogado, se queja mucho, pero qué se le va a hacer. Creo que es extranjero, ya ve...

Mira que atreverse a ser extranjero... no tenemos perdón de Dios, los extranjeros.

- Pero la mujer, que es belga, o igual también es extranjera, es horrible ¡Horrible! Insiste en historias imaginarias sobre humedades y nos quiere hacer responsable de todos sus problemas. Es muy desagradable, mucho.

Seguro que eso pasa cuando te casas con un extranjero. Te haces de un desagradable que lo flipas.

- Hemos tenido muchos problemas con ella. Nos ha amenazado con ir a los tribunales. Tengan cuidado con ella. Gracias a Dios, los seguros lo dejaron todo claro, pero ella seguía insistiendo. No se la voy a presentar, porque no nos llevamos bien.

Vamos, que menos mal para ella que ya habíamos pagado la señal y era una pasta, porque ya teníamos serias tentaciones de irnos a vivir a otro barrio. Qué digo a otro barrio, a otro planeta.

Dicho esto, la dueña nos presentó a sus vecinos de la izquierda, que fueron efectivamente muy amables y nos desearon lo mejor para nuestra instalación. A todo esto, resulta que eran extranjeros, pero poco, porque eran franceses. Ya se sabe que, gracias al presidente Hollande, Bélgica en general, y Uccle en particular, tiene una concentración desusada de franceses con el riñón bien cubierto y pocas ganas de ser crucificados por la hacienda gala.

Como por aquel lado parecía haber pocos problemas, pero el otro lado estaba en estado de guerra fría, y a saber qué nos depararía el futuro, Alfina y yo celebramos un consejo de guerra.

- ¿Dónde ponemos el piano?

- Uf, en la pared de la izquierda, claro. Cualquiera se pone a tocar al otro lado, para provocar a esa arpía de vecina.

- De acuerdo.

Y así, fuimos concentrando toda actividad molesta, insalubre o simplemente incómoda en el lado izquierdo de la casa, para mantener las relaciones más silenciosas posibles con los vecinos polémicos. Así que ya sabéis, si os enteráis de que vuestros vecinos van a vender la casa, llevarse bien con ellos puede ser muy contraproducente. La táctica correcta es quejarse de cualquier cosa, para que los vecinos, cuando vendan la casa, echen pestes de vosotros y así los nuevos dueños se asusten y, llegado el caso, decidan molestar a cualquier otro bicho viviente.

Vale, eso de evitar los conflictos con el vecino de la derecha está muy bien, pero la triste realidad nos decía que íbamos a hacer tres meses, tres, o más, de obras, incluyendo el derribo de un par de paredes, la construcción de alguna otra, chapados varios, montajes de muebles, mudanza... todo ello a cargo de una cohorte de obreros alegres y dicharacheros... no es que fuéramos a molestar a los vecinos de la izquierda, de la derecha, de atrás, de delante y de cualquier dirección, es que íbamos a molestar a los vecinos de los vecinos, y hasta a los vecinos de los vecinos de los vecinos. Chungo.

Comprado que hubimos la casa, nos acercamos a ella y recordamos las cuitas pendientes que había. El arquitecto que nos llevaba la obra, y eso es tema aparte, vio el peligro, se le encendió una luz roja, y dijo muy serio:

- Pues vamos a enviarle un perito para que certifique el estado actual de su casa, no vaya a ser que luego nos vengan con monsergas de que les hemos causado un daño que ya tenían.

- Ah, pues sí...

- Además, si el hombre es abogado, peor aún. Los abogados son muy peligrosos, y éste además parece que es extranjero.

Diga usted que sí: los abogados extranjeros somos lo peor.

viernes, 17 de julio de 2015

Notarios. La compra.

Pasados cuatro meses desde la firma del acuerdo, las partes vuelven a reunirse ¿Que por qué hacen falta cuatro meses? Porque esto es Bélgica, y las cosas van a paso de tortuga. Cuando la Wehrmacht invadió Bélgica en 1940, por poco los tanques no adelantan sin querer a las tropas belgas que se retiraban.

La verdad es que, por nosotros, en un mes estábamos listos, pero el resto de las partes intervinientes eran belgas. Uno pensaría que al vendedor, cerrado el acuerdo, le interesaría tener cuanto antes unos cuantos cientos de miles de euros en su cuenta dando intereses, pero parece que no. Con tal de poder ir a su ritmo, lo que sea.

Sea como fuere, a los cuatro meses, los compradores entramos en la notaría, donde ya estaban los vendedores. Luego llegó nuestro notario, un señor muy simpático (los belgas suelen ser simpáticos, aunque hay quien diga que los flamencos son lo peor), que no paraba de hacer chistecitos. Yo los pillaba a duras penas, y no sé si todos, pero Alfina tiene que mejorar algo su oído de entender francés, y se las veía y deseaba para seguir el hilo.

Luego llegó el notario de los vendedores, y ya se pusieron a hablar los dos notarios, que sí entendían los chistecitos, y a ellos se les unió el vendedor, que era arquitecto y, como profesional liberal, tenía sus cositas en común. Total, que aquello se convirtió en una sucesión de agudezas, chistecillos y sobreentendidos realmente complicadilla para un guiri, y no digamos si el guiri se estaba dejando la totalidad de sus ahorros en la operación y tenía, por tanto, menos motivos para reírse.

Básicamente, sin embargo, se hace lo mismo que en España: leer la escritura, con la salvedad de que las escrituras en Bélgica son kilométricas y hacen referencia a reglamentos oscuros, que ni un ingeniero los entendería. Además, se transmiten las llaves, cosa sencilla, y los formularios de transferencia de los contadores de la luz, gas y agua, así como un archivo con la descripción de las obras realizadas en la casa... que incluía un informe negativo de la última revisión eléctrica, y una obligación de reparar la instalación. Hombre, ya sabíamos que íbamos a hacer reforma, pero no hubiera estado mal saber antes de llegar al notario lo del informe negativo de la revisión eléctrica. Antes de discutir el precio, por ejemplo.

Con la cabeza de los compradores como un bombo, y después de firmar y rubricar pliegos sin cuento, nos dimos la mano todos los comparecientes, nuestro notario dijo que el dinero estaba en su cuenta, y que se lo transferiría a la de los compradores inmediatamente, y a nosotros nos dijo que nos enviaría la liquidación a casa, con la escritura definitiva, en un par de meses más. Los vendedores, muy ufanos, se nos ofrecieron mucho, en caso de algún problema, y ya nos despedimos.

Dueños ya de un inmueble que nos vimos, decidimos, obviamente, ir a visitarlo, que para eso teníamos las llaves.

Abrimos el buzón, lleno de la publicidad que nadie había retirado en las últimas semanas; abrimos la puerta, vimos nuevamente la casa, ya no como visitantes, sino como propietarios, e intentamos abrir la puerta del garaje.

- ¿Dónde está la llave del garaje?

- No sé. Aquí sólo están la de la puerta y la del buzón.

- Qué raro. Igual se la han dejado en la cocina, o la han puesto colgada de algún sitio.

Una somera búsqueda nos confirmó en el hecho de que allí no había más llaves. Sin embargo, la puerta del garaje tenía una cerradura.

- Bah, se les habrá olvidado pasárnosla. Luego llamaremos a la dueña.

Paseamos por la casa a nuestras anchas, pensando qué hacer y qué tabiques tirar, y ya nos volvimos a nuestra vivienda provisional. Obviamente, llamé a la dueña,... bueno, a la ex-dueña.

- Holaaaa... - son muy melosos cuando quieren.

- Sí, verá, es que hemos intentado abrir la puerta del garaje, pero resulta que no he sabido cómo hacerlo ¿Quizá se les ha olvidado pasarnos la llave?

- Ya. Es que no hay llave.

- ¿No hay llave?

- No. Hay una cerradura, pero no hay llave. Se abre por dentro, entrando por detrás y levantando el pestillo.

- Ah. Ya.

- Buen fin de semana. Y, ya sabe, si tiene alguna pregunta...

- Estoo... igualmente.

Uno pensaba que un arquitecto tendría la casa en regla e impecable, pero parece que hay arquitectos y arquitectos. Y a nosotros nos ha tocado el tipo de arquitecto que no se molesta en arreglar la instalación eléctrica y que pierde las llaves de sus cerraduras.

Y eso no es todo. Pero, claro, entonces aún no lo sabíamos. Nos enteraríamos cuando diéramos el siguiente paso en nuestra integración en el barrio: presentarnos a los vecinos.

Eso sí, será en otro momento, que ahora se hace tarde.

jueves, 9 de julio de 2015

Cómo ser propietario en Bruselas. Notarios.

Sí, en plural. O sea, más de uno. El vendedor tiene el suyo, y el comprador también tiene el suyo (al nuestro nos lo recomendó una compañera) ¿Y no bastaría con uno, como en España? Técnicamente sí, pero iba a cobrar el doble, así que se recomienda que cada parte lleve el suyo. La función, eso sí, es la misma que en España: hacer las comprobaciones en el Registro de la Propiedad y redactar los contratos. Y qué contratos, tú.

Si una escritura de compraventa en España se arregla con cuatro folios de papel sellado y las referencias obligadas al Código Civil y la Ley Hipotecaria, y ya nos parece exagerado, lo de Bélgica es directamente impresionante. De momento, empecemos por la señal.

En Bélgica, la señal es el 10% del precio final, y ahí está el notario para asegurarse. Si en España se resuelve con un apretón de manos, en Bélgica hay que ir a una de las dos notarías, firmar un documento bastante completo y, ojo, hay que haber transferido a la cuenta del notario de uno ese 10%. Los vendedores no verán el dinero hasta la venta final, pero tienen la seguridad de que está en la cuenta del notario, no en la de los vendedores. Además, se fija la fecha de la compraventa definitiva, que son cuatro meses, cuatro, desde el momento de la señal.

En esos cuatro meses, el vendedor debe dedicarse a vaciar el inmueble y dejarlo mondo y lirondo. El comprador debe dedicarse a conseguir el dinero y transferirlo justo antes de esos cuatro meses... a la cuenta de su notario. En España, el notario tiene la deferencia de dejar a las partes un rato solos en el despacho, para que se conozcan, charlen, se intercambien regalitos... aquí no hay regalitos que intercambiarse. Todo regalito pasa por la cuenta del notario.

Si el contrato de arras ya era tremendo, el de compraventa no sólo no le va a la zaga, sino que supera en complejidad hasta a las 36 páginas de condiciones generales de Microsoft, o de Appel. Los belgas tienen una legislación de inmuebles complejísima, con disposiciones sobre suelos, destinos posibles del inmueble, expedientes de obras, cabidas y la madre que los parió, además de las típicas menciones a derechos reales que no sorprenden a nadie y todo tipo de cláusulas porsiaca. La pera limonera. La poire citronière. Total: veintipico páginas de francés jurídico que toca descifrar y traducir de viva voz a Alfina, que, si ya en francés tiene cierto margen de mejora, en francés jurídico mejor me callo. Al acabar de interpretar, más que traducir, el texto, yo ya no tenía ni voz, y la cabeza me daba vueltas.

Luego está el asunto del precio. El precio está claro, pero, como en España, hay algo más: el equivalente al impuesto sobre transmisiones patrimoniales, que en Bruselas es el 12,5% del valor del bien. Entre eso, y lo que se llevan notario y registrador, la cosa se acerca peligrosamente al 15%. Y me niego a hablar sobre los bancos, cosa que dejo para otra entrada. En España, incluso con las últimas subidas impositivas (qué tiempos aquéllos del ITP al 6,5%...), es difícil superar el 12%. Y eso que allí suele haber... regalitos, que obviamente no tributan porque son liberalidades entre las partes, movidas por su buena educación.

Transferido que se hubo el pastizal a la cuenta del notario, ya sólo queda esperar e ir arrancando hojas del calendario, mientras uno va pensando en cositas como obras, mudanzas, y hace números y más números tratando de discernir si, con la menguada liquidez que le ha quedado, podrá afrontar los gastos que están por venir.

Así que llega el gran día, tras cuatro meses de espera, y nos reunimos en el despacho de nuestro notario, en presencia, también, del notario de los vendedores.

Un momento importante, que, claro, requiere de entrada propia, porque hoy se ha hecho tarde.

martes, 7 de julio de 2015

Cómo ser propietario en Bruselas. La busca.

Comprar una vivienda en Bruselas es una experiencia única. Vale, ya hemos hecho la experiencia de comprar un piso en España, y uno espera que, puesto que estamos en Europa y esas cosas, y tanto el sistema belga de obligaciones y contratos como el español son hijos del francés, no debería haber muchas diferencias.

Las hay, las hay.

No todo son diferencias, claro. Hay un comprador, o más de uno, y hay un vendedor, o más de uno. En este caso, se trata de sendos matrimonios.

Cuando el matrimonio vendedor, que es una pareja de sesentones jubilados, decide que están hartos de la casa donde han pasado toda su vida, que sus hijos no quieren saber nada de ella, y que mejor se mudan fuera de la ciudad, pueden poner un anuncio en el sitio que miran todos los que están activos en el sector inmobiliario belga (immoweb.be, se llama la página), y decir que no quieren saber nada de ninguna agencia, o contratar una agencia inmobiliaria. Si la contratan, ya saben que entre un 3% y un 5% de lo que saquen no lo van a ver.

En España, la agencia inmobiliaria, según mi experiencia, también intenta (y consigue) crujir al comprador, o eso hacía en los tiempos pre-burbuja, cuando compré el piso en Valencia. Quizá ahora, en estos años de vacas flacas, hayan moderado su apetito. En Bélgica, el comprador paga un montón de gabelas y se deja la pasta por ni sé los sitios, ya lo veremos, pero a la agencia no le paga un euro: ésa sólo cobra del vendedor, lo cual ciertamente tiene su lógica, porque es él quien le ha contratado.

La agencia, una vez contratada, hace unas cuantas fotos de la vivienda, la describe en los mejores términos posibles, para atraer cuantos más incautos mejor, y acto seguido pone su anuncio en Immoweb, no faltaba más, fijando un precio probablemente un 10% o un 15% más elevado de lo que el vendedor está dispuesto a aceptar. Además, pone las fotos en su propia página web, imprime unas cuantas copias y las pega en las vitrinas de sus oficinas, sin escatimar en signos de admiración.

Ahora que ya tenemos vendedor, agencia y fotos, vamos a pasar al comprador. En este caso, Alfina y yo, matrimonio en régimen de gananciales. El comprador, que ya lleva tiempo echando un ojo a Immoweb, probablemente está más que harto del ejercicio y tiene muchas ganas de que sus visitas cotidianas a la página terminen cuanto antes. Advierte el anuncio que ha metido la agencia, envía un correo y concierta una visita. Es importante reseñar que los agentes inmobiliarios trabajan en sábado, lo cual es notable en un país, como Bélgica, en que los horarios de oficina son los que son y, si a alguien no le gusta, ya sabe dónde está la frontera.

La visita tiene lugar. Aparentemente, la vivienda es habitable, tiene todo lo que hay que tener, no parece haber mucho gato encerrado, pero los cuartos de baño son típicamente belgas, no españoles. Me explico: a los belgas les gustan los cuartos de baño enormes, mientras que los españoles preferimos dedicarles el menor espacio posible, lo justo para lavarse, ducharse y hacer las necesidades. Los belgas, a veces, parece que lo quieran usar, yo qué sé, de gimnasio. Así que toca reforma.

Sin embargo, la casa mola. Mola mucho más que cualquiera de las anteriores casas vistas a lo largo de los últimos meses, y en donde siempre ha habido defectos: no tenía garaje, le faltaba una habitación, el sótano parecía la vivienda de un tipo con síndrome de Diógenes, había humedades como para entrar en los sitios con paraguas, o el precio era como pensar que había un tesoro escondido, y que entraba en el trato.

Así que los compradores reflexionamos, hacemos números, hay una segunda visita con profesional incluido, por si acaso y, finalmente, hacemos una oferta. Una oferta que es un 10% menos del precio que aparecía en el anuncio.

La oferta es rechazada. Una pequeña subida es igualmente rechazada.

Como, tras hacer números, resulta que la oferta está peligrosamente dentro del límite de lo que los compradores nos podemos permitir, reforma incluida, no hay nuevos movimientos, y la vida sigue igual.

Pero no del todo. Porque, pasan tres semanas, y parece que, por una parte, los vendedores no han recibido más ofertas; por otra, ellos mismos parecen haber encontrado algo y, claro, como que el dinero fresco viene bien en esta tesitura. Así que, a las tres semanas, los compradores nos encontramos con la sorpresa de que sí, que parece que la oferta queda aceptada. Albricias y pan de Madagascar.

En España, llegado a este punto, se paga una señal por mediación de la agencia, y cuando los compradores han arreglado el pequeño detalle de cómo pagar, se queda en una notaría, se firman los papeles, se intercambian cheques bancarios y llaves del pisito, y ya tenemos compraventa.

Bélgica, cómo no, prefiere alambicar el proceso todo lo posible. De momento, la agencia ha terminado su función, y sólo le falta poner la mano. Ya no vamos a volver a encontrarlos. Aparecen, en cambio, otros personajes de importancia capital: los notarios.

Sí, más de uno. Pero eso es materia de otra entrada.

domingo, 28 de junio de 2015

El colapso belga

La página de Internet 'rorate caeli' es una de las fuentes de información y opinión más apreciables para un católico, y mucho más si el católico, como es mi caso, es tradicionalista hasta las cachas y no va a misa en latín porque ese fenómeno no abunda por los parajes en los que resido.

Una etiqueta específica de 'rorate caeli' está dedicada a Bélgica, y no sin razón. Bélgica es un caso especialmente terrorífico de caída en barrena del catolicismo, hasta extremos de apostasía generalizada. Y, lógicamente, cuando este fenómeno se observa desde cualquier otro sitio, todo católico preocupado por su fe no puede menos que preguntarse qué rábanos ha pasado aquí para llegar a esta situación, amén de recordar ese refrán tan español sobre las barbas del vecino.

'Rorate coeli' titula su etiqueta 'El colapso belga', y lo hace con mucho tino. Bélgica era una nación creada católica, retenida católica, y que siguió siéndolo hasta un momento no bien definido de hace unas cuantas décadas. Hoy Bélgica no es católica y, muy probablemente, tampoco es una nación. Lo segundo, aunque algo de relación podríamos encontrarle, no es materia de esta entrada. Lo primero sí.

Bélgica nació como un experimento. En 1830, fecha que siguen conmemorando, porque probablemente es la única guerra que han ganado ellos solos y de cuyo resultado se pueden sentir orgullosos, el Reino Unido que mantenían con los Países Bajos se dividió, y se dividió por una cuestión religiosa... y un poquito económica también. Desde las guerras de religión de la primera Edad Moderna, la actual Bélgica se conservó católica (y algo tuvimos los españoles que ver en eso), mientras que el norte de los Países Bajos, más allá del límite al que llegaron los tercios, se hizo protestante, y eso incluía a la familia real. Los futuros belgas, además, preferían hablar francés, y un francófono, bien sabido es, tiene una tendencia muy marcada a no hablar más lengua que la suya, como si ésta le ocupase todo el cerebro. Por si fuera poco, los belgas, sobre todo los valones, se dedicaban a la industria pesada y a la minería, y la política económica del Rey de los Países Bajos, mucho más sesgada hacia la agricultura y el comercio, como que no les convenía.

Bélgica, pues, ha intentado conjugar la fe católica, que profesaban en aquel tiempo prácticamente todos sus habitantes, y la ideología liberal proveniente de la época de su nacimiento, en la primera mitad del siglo XIX. De hecho, Bélgica y Francia fueron los primeros lugares donde la Restauración tuvo que dar su brazo a torcer: el ciclo de revoluciones liberales de 1820 lo había conjurado bien, y así las revoluciones de España y Nápoles de aquel año terminaron por fracasar. En 1830, las potencias de la Santa Alianza ya no estaban en condiciones de apagar tantos fuegos, y consintieron con la revolución de febrero, en Francia, que sustituyó a Carlos X por un monarca liberalillo, Luis Felipe, de una rama segundona de los Borbones, y con la que sucedió un par de meses más tarde en Bélgica.

En Francia, la Iglesia Católica lo tuvo bastante claro y se opuso a la revolución con más o menos fuerza. En Bélgica, en cambio, hubo un interesante movimiento tendente a compatibilizar liberalismo y religión. En aquellos tiempos del siglo XIX, y de forma parecida a lo que sucedería en la España de la Restauración y del turno, había un partido conservador, más favorable a la religión, y un partido liberal, trufado de masonería y, obviamente, anticlerical de libro, pero que tampoco gritaba demasiado su condición. Fenómenos como el congreso de Malinas, en 1863, en donde se dio más o menos abiertamente carta de naturaleza al liberalismo católico, sólo podían tener lugar en Bélgica, un país que, para recordar un régimen que no fuera liberal, debía remontarse al emperador José II, que, por otra parte, fue uno de los personajes más anticlericales de su siglo.

Que el equilibrio era delicado lo demuestra lo que ha terminado por suceder. Bélgica, y su fracaso como país, es también el fracaso del intento de ciertos católicos de hacerse liberales y seguir siendo católicos. Al final, va a resultar que soplar y sorber, no puede ser.

Es costumbre echar la culpa del desaguisado al cardenal Daneels. Incluso esta misma bitácora ha pasado por ahí, pero voy a dejar de insistir en ello. El cardenal Daneels es solamente uno más de entre los clérigos que debieron pensar en que una aplicación del Vaticano II complaciente a los tiempos modernos era lo conveniente. Tales clérigos los ha habido en cualquier sitio, y muy especialmente en Centroeuropa. El mundo les aplaude y les respalda frente a la clericalla inmovilista, y ellos deben sentirse muy ufanos y celosos de haber puesto al día la desfasada enseñanza católica. Pero el resultado es que han vaciado las iglesias, mientras que la clericalla inmovilista las mantiene en bastante buen estado.

Se calcula que, en Bélgica, aproximadamente el 3% de la población asiste a misa con regularidad. El 3%. Lo increíble es que el alto clero belga parece empeñado en deshacerse, también, de ese 3%. No de otra forma se pueden entender actitudes como la del obispo de Amberes, monseñor Bonny, y sus manifestaciones a favor de todo tipo de uniones diferentes al matrimonio de toda la vida ¿Este señor ha leído bien el Génesis, o se nos ha hecho directamente marcionista? En cualquier caso, el hecho de que no le pongan inmediatamente en su sitio, cosa que no ha sucedido, da a entender que en otoño vamos a tener un Sínodo animadito, y que la iglesia belga no tiene la menor intención de pararse y considerar que igual, tomando otro camino, esquiva el precipicio.

Con el 3% de feligresía, la Iglesia Católica en Bélgica se asemeja a una gran cáscara vacía, con una imponente apariencia exterior, compuesta por templos impresionantes, y nada, o muy poquito, en su interior. Por poner un ejemplo que me es muy próximo, la Iglesia Católica en Rusia, que de liberal no tiene ni un poquito ni falta que le hace, tiene muy poca cáscara, pero el interior es riquísimo y rebosa por todos las costuras.

Lo curioso del caso es que este fenómeno del colapso belga debería poner sobre aviso a otras conferencias episcopales, como, sin ir más lejos, la española. Lamentablemente, no parece que sea así, como fácilmente podrá comprobar cualquiera que conecte los medios de comunicación de los que es titular la Conferencia Episcopal Española y se da cuenta de que, a saber a cambio de qué, no hacen más que propaganda del partido liberal que, todavía hoy, ostenta la jefatura del gobierno de España. Así, mal vamos.

Yo entiendo que, después de varios siglos de paz religiosa en Europa, la vocación de martirio la tenemos todos un poco embotada. Pero no nos toca a nosotros decidir ni el lugar ni el tiempo en el que nos ha sido dado vivir, y a nosotros nos ha correspondido la Europa del siglo XXI. Aún deberemos dar gracias porque, al menos de momento, nuestro martirio no va a ser en forma de torturas y decapitación, como nuestros hermanos de Siria e Irak, sino de discriminación, burlas e insultos, como tuvo que vivir Nuestro Señor antes de pasar a mayores.

Ésta no va a ser la última entrada sobre el colapso belga, pero a partir de ahora me voy a centrar menos en lo que yo creo que es la causa de ese colapso, que eso ya me parece que queda claro con las líneas que van arriba, y más en las manifestaciones prácticas del mismo. Que las hay, las hay, ya lo creo que las hay.

En cualquier caso, probablemente estoy en un error, porque monseñor Bonny y monseñor Daneels son belgas a más no poder y, como es bien sabido, los belgas nunca se equivocan.

jueves, 25 de junio de 2015

Acoso

El otro día, me llamó el padre de un compañero de colegio de Ame, con el que coincide solamente en el autobús, y me dijo que Ame, junto con otro compañero, le hacían la vida imposible a su hijo. La cosa no pasó a mayores, porque hablé con Ame y le dejé claro que a ese niño no tenía ni que acercársele. Indagando un poco más, parece que hay testigos que aseguran que el niño, que es nuevo en la ciudad y, obviamente, en el colegio, tampoco es un ser angelical, sino una persona de natural inquieto que, confinado en el autobús, puede dar él también bastante la tabarra, aunque eso no justifica el recurso al insulto que parece que era la vida imposible a la que Ame y su compinche sometían al chaval. Normalmente no volverá a suceder y, en este improbable caso, he dado todas las garantías al padre del ofendido de que no tiene más que hacérmelo saber para que tome las medidas oportunas.

Hoy, incluso existe una palabra técnica para estos fenómenos. 'Bullying' o, en castellano, acoso escolar. Se realizan campañas para su prevención y su erradicación y, en suma, está muy mal visto.

No está de más echar un vistazo atrás, porque hasta hace poco no era así.

Cuando cambié de colegio, diez añitos tendría, yo era un chiquillo físicamente muy enclenque, alto y larguirucho, que no sabía nadar ni ir en bicicleta y, lo que es peor en un medio como el que me encontraba, jugaba fatal al fútbol. Lo único bueno que tenía era mi rendimiento escolar, que había sido bastante bueno, pero que cayó en picado con el cambio de colegio. Sin poner en peligro cosas como pasar de curso, sí que pasó a estar en la media de la clase, y supongo que eso me debió crear bastante pesar, porque yo venía de sacar notas bastante mejores en mi colegio anterior.

Todo junto, inseguridad académica y mediocridad física, me hacían acreedor del puesto de víctima ideal de acoso, hablando en términos actuales. Sólo faltaba el acosador y, como la función crea el órgano, no tardó en aparecer.

Villalobos, si Dios quiere, será hoy un ciudadano ejemplar, que pagará sus impuestos de mala gana, pero los pagará, que trabajará de chupatintas en Dios sabe qué despacho y votará de mala gana a algún partido; o un ciudadano chanchullero, que cobrará los trabajos de fontanería en negro y que se gastará en el bar el dinero que se haya ahorrado con el IVA que no ingresa. Será lo que será. En aquel entonces, era un capullo integral, pero un capullo integral físicamente bastante poderoso, que sistemáticamente me propinaba una colleja detrás de otra cuando salíamos al patio, y no me quitaba el bocadillo porque yo era un chaval bastante hambriento y el bocadillo hacía tiempo que lo tenía entre pecho y espalda. Y, de ahí, ni Villalobos era capaz de robármelo.

Villalobos era el cabecilla, pero había más cretinos empeñados en convertir mis patios en un momento desagradable, que seguían a Villalobos y me perseguían por todo el recinto del patio, con todo éxito. Villalobos, dentro de lo capullo, por lo menos era un capullo con iniciativa que tenía ideas. Malas, sí, pero ideas al fin. Hoy puede que esté convicto por violencia de género, si no ha sido capaz de adaptarse a estos tiempos tan peligrosos para los propinadores de collejas de autor. Los demás se limitaban a seguirle y a admirarle, y como parecía haber premio para el que me hiciera pasar más las de Caín, pues a eso se dedicaban, con devoción y esfuerzo dignos de mejor causa.

Hoy día, ante una situación semejante, la reacción de la sociedad es tremenda. Hay consejeros escolares, campañas anti-bullying, solidaridad de otros compañeros, los padres irían a manifestarse. Sin embargo, por mucho que se hayan tomado medidas, cada dos por tres vemos que las víctimas del acoso, después de llorar a sus madres y a sus padres (si viven juntos, que ésa es otra), se suicidan regularmente. Luego es el llanto y el rechinar de dientes, el 'qué hemos hecho mal' y, si la cosa se pone aún más dramática, se suicidarán el propio acosador y algún cómplice, y al final muere hasta el apuntador y, lo que no sé si es peor, las redes sociales adolescentes se llenan de mensajes que mejor hubiera sido enviar cuando todavía no había muerto nadie y se estaba a tiempo de parar el asunto.

Que no se me acuse de banalizar el asunto. Creo que queda claro que tengo un historial de víctima de acoso bastante evidente, y que lo tengo muy presente y tengo clarísimo lo que se pasa. Pero, honradamente, lo de los últimos años en España pone muy a las claras que las campañas antiacoso son, como poco, inútiles. Y, como mucho, contraproducentes.

Porque, en aquellos tiempos, las cosas no se resolvían así. Los profesores, que se suponen que estaban vigilando el patio, ni se enteraban de que allí hubiera un alumno pasándolas canutas. Ellos, a lo suyo, a pasear a diestra y siniestra con sonrisa beatífica. El acoso no existía. Los padres tampoco se enteraban, ni yo hubiera consentido que aparecieran por el colegio a protestar, porque ya sabía yo que eso significaba el ostracismo eterno, como si no tuviera bastante con las collejas y con tener que comerme el bocadillo antes de las diez y media para adquirir cierta garantía de conservarlo.

Como lo de chivarse estaba fuera de lugar, y tampoco era cuestión de esperar ayuda externa, allí no quedaba sino apañárselas como fuera. No, no hay ayuda externa. Las víctimas de acoso escolar no tienen amigos reales, es decir, de ésos que se hubieran encarado con Villalobos a decirle que parara, o se las iban a tener con ellos. Las víctimas de acoso, como mucho, pueden contar con la indiferencia de una mayoría silenciosa que no participa en el acoso directamente, pero que tampoco va a hacer nada por impedirlo, porque, sí, es silenciosa y no pretende meterse en berenjenales. Y porque, fuerza es reconocerlo, el acosado es un perdedor nato y nadie tiene muchas ganas de que le vean en compañías que sólo añaden desdoro a su persona.

Sin embargo, entonces no se suicidaba nadie, y ahora sí. Había que apañárselas, y nos las apañábamos. Y llegaba un momento en que se conseguía un resquicio, o Dios venía en ayuda de uno, por ejemplo, en forma de suspensos repetidos de Villalobos, que terminó repitiendo curso. Y sí, cuando repites curso, no se puede decir que seas un héroe, y tu ascendiente sobre tus compinches, que sí se las arreglado para pasar, se pierde sin remedio.

Lo que sí que es verdad es que el acoso escolar tiene consecuencias en la personalidad de uno. Hay unas causas, que yo creo que se deben buscar en casa, al menos es mi experiencia, pero las consecuencias duran bastante años, y no tengo muy claro que desaparezcan algún día.

En todo caso, cuando hoy veo en los colegios las campañas antiacoso, las tomas de conciencia, y hasta los teléfonos de la esperanza para quienes se ven en la tesitura, no puedo evitar ponerme escéptico. Villalobos jamás pensó que sus collejas fueran acoso, ni García pensó lo mismo de sus zancadillas cuando yo pasaba cerca, ni Ricart, que tenía tres años más que yo, pensó nunca que fuera acoso el hecho de acorralarme en el autobús del colegio, o de reducirme el asiento a la mínima expresión, ni Arnau pensó jamás que el menosprecio verbal continuado a que me sometía tuviera nada que ver con el acoso escolar, ni ninguno de ellos ni de los otros pensó jamás que lo que ellos, por separado, hacían, fuera otra cosa que una broma inocente, y que ya la devolvería yo si lo consideraba oportuno, pero que no se la devolviera a ellos, que me iba a enterar...

A veces me da la impresión de que las campañas antiacoso las diseñan gentes que, en el fondo, no lo han padecido jamás. Posiblemente porque los que lo hemos vivido en nuestras carnes hemos preferido olvidarlo lo antes posible, y porque creemos que bastante tocados hemos quedado como para, encima, volver a revivir aquellos tiempos que te dejaron convertido, al menos por unos años, en una persona completamente diferente a la que hubieras podido llegar a ser.

No sé si, a la larga (pero a la muy larga), la experiencia del acoso nos acaba convirtiendo en mejores personas. También sé de gente reprimida y acosada que ha estado tragándose el odio hasta que ha estado en situación de acosar y entonces no ha habido quien les parara. A Dios gracias, no es mi caso, y espero que tampoco lo sea el de Ame y que no pase de acosado a acosador.

Por si acaso, yo diría que va siendo hora de que las campañas antiacoso las diseñemos los que hemos sido víctimas. Quizá podríamos decir cosas como que las campañas genéricas son perfectamente inútiles, y que con lo que se gasta el gobierno en ésas más valdría contratar un psicólogo que trate al acosado, porque el acoso escolar va a seguir existiendo siempre, y más en estos tiempos en que la autoridad del profesorado (y de cualquiera) está por los suelos. Lo que hay que hacer es mucho menos prevenirlo que curarlo.

Pero, de eso, habrá que ocuparse en otro momento. Hoy ya se va haciendo hora de ir a dormir.