domingo, 28 de junio de 2015

El colapso belga

La página de Internet 'rorate caeli' es una de las fuentes de información y opinión más apreciables para un católico, y mucho más si el católico, como es mi caso, es tradicionalista hasta las cachas y no va a misa en latín porque ese fenómeno no abunda por los parajes en los que resido.

Una etiqueta específica de 'rorate caeli' está dedicada a Bélgica, y no sin razón. Bélgica es un caso especialmente terrorífico de caída en barrena del catolicismo, hasta extremos de apostasía generalizada. Y, lógicamente, cuando este fenómeno se observa desde cualquier otro sitio, todo católico preocupado por su fe no puede menos que preguntarse qué rábanos ha pasado aquí para llegar a esta situación, amén de recordar ese refrán tan español sobre las barbas del vecino.

'Rorate coeli' titula su etiqueta 'El colapso belga', y lo hace con mucho tino. Bélgica era una nación creada católica, retenida católica, y que siguió siéndolo hasta un momento no bien definido de hace unas cuantas décadas. Hoy Bélgica no es católica y, muy probablemente, tampoco es una nación. Lo segundo, aunque algo de relación podríamos encontrarle, no es materia de esta entrada. Lo primero sí.

Bélgica nació como un experimento. En 1830, fecha que siguen conmemorando, porque probablemente es la única guerra que han ganado ellos solos y de cuyo resultado se pueden sentir orgullosos, el Reino Unido que mantenían con los Países Bajos se dividió, y se dividió por una cuestión religiosa... y un poquito económica también. Desde las guerras de religión de la primera Edad Moderna, la actual Bélgica se conservó católica (y algo tuvimos los españoles que ver en eso), mientras que el norte de los Países Bajos, más allá del límite al que llegaron los tercios, se hizo protestante, y eso incluía a la familia real. Los futuros belgas, además, preferían hablar francés, y un francófono, bien sabido es, tiene una tendencia muy marcada a no hablar más lengua que la suya, como si ésta le ocupase todo el cerebro. Por si fuera poco, los belgas, sobre todo los valones, se dedicaban a la industria pesada y a la minería, y la política económica del Rey de los Países Bajos, mucho más sesgada hacia la agricultura y el comercio, como que no les convenía.

Bélgica, pues, ha intentado conjugar la fe católica, que profesaban en aquel tiempo prácticamente todos sus habitantes, y la ideología liberal proveniente de la época de su nacimiento, en la primera mitad del siglo XIX. De hecho, Bélgica y Francia fueron los primeros lugares donde la Restauración tuvo que dar su brazo a torcer: el ciclo de revoluciones liberales de 1820 lo había conjurado bien, y así las revoluciones de España y Nápoles de aquel año terminaron por fracasar. En 1830, las potencias de la Santa Alianza ya no estaban en condiciones de apagar tantos fuegos, y consintieron con la revolución de febrero, en Francia, que sustituyó a Carlos X por un monarca liberalillo, Luis Felipe, de una rama segundona de los Borbones, y con la que sucedió un par de meses más tarde en Bélgica.

En Francia, la Iglesia Católica lo tuvo bastante claro y se opuso a la revolución con más o menos fuerza. En Bélgica, en cambio, hubo un interesante movimiento tendente a compatibilizar liberalismo y religión. En aquellos tiempos del siglo XIX, y de forma parecida a lo que sucedería en la España de la Restauración y del turno, había un partido conservador, más favorable a la religión, y un partido liberal, trufado de masonería y, obviamente, anticlerical de libro, pero que tampoco gritaba demasiado su condición. Fenómenos como el congreso de Malinas, en 1863, en donde se dio más o menos abiertamente carta de naturaleza al liberalismo católico, sólo podían tener lugar en Bélgica, un país que, para recordar un régimen que no fuera liberal, debía remontarse al emperador José II, que, por otra parte, fue uno de los personajes más anticlericales de su siglo.

Que el equilibrio era delicado lo demuestra lo que ha terminado por suceder. Bélgica, y su fracaso como país, es también el fracaso del intento de ciertos católicos de hacerse liberales y seguir siendo católicos. Al final, va a resultar que soplar y sorber, no puede ser.

Es costumbre echar la culpa del desaguisado al cardenal Daneels. Incluso esta misma bitácora ha pasado por ahí, pero voy a dejar de insistir en ello. El cardenal Daneels es solamente uno más de entre los clérigos que debieron pensar en que una aplicación del Vaticano II complaciente a los tiempos modernos era lo conveniente. Tales clérigos los ha habido en cualquier sitio, y muy especialmente en Centroeuropa. El mundo les aplaude y les respalda frente a la clericalla inmovilista, y ellos deben sentirse muy ufanos y celosos de haber puesto al día la desfasada enseñanza católica. Pero el resultado es que han vaciado las iglesias, mientras que la clericalla inmovilista las mantiene en bastante buen estado.

Se calcula que, en Bélgica, aproximadamente el 3% de la población asiste a misa con regularidad. El 3%. Lo increíble es que el alto clero belga parece empeñado en deshacerse, también, de ese 3%. No de otra forma se pueden entender actitudes como la del obispo de Amberes, monseñor Bonny, y sus manifestaciones a favor de todo tipo de uniones diferentes al matrimonio de toda la vida ¿Este señor ha leído bien el Génesis, o se nos ha hecho directamente marcionista? En cualquier caso, el hecho de que no le pongan inmediatamente en su sitio, cosa que no ha sucedido, da a entender que en otoño vamos a tener un Sínodo animadito, y que la iglesia belga no tiene la menor intención de pararse y considerar que igual, tomando otro camino, esquiva el precipicio.

Con el 3% de feligresía, la Iglesia Católica en Bélgica se asemeja a una gran cáscara vacía, con una imponente apariencia exterior, compuesta por templos impresionantes, y nada, o muy poquito, en su interior. Por poner un ejemplo que me es muy próximo, la Iglesia Católica en Rusia, que de liberal no tiene ni un poquito ni falta que le hace, tiene muy poca cáscara, pero el interior es riquísimo y rebosa por todos las costuras.

Lo curioso del caso es que este fenómeno del colapso belga debería poner sobre aviso a otras conferencias episcopales, como, sin ir más lejos, la española. Lamentablemente, no parece que sea así, como fácilmente podrá comprobar cualquiera que conecte los medios de comunicación de los que es titular la Conferencia Episcopal Española y se da cuenta de que, a saber a cambio de qué, no hacen más que propaganda del partido liberal que, todavía hoy, ostenta la jefatura del gobierno de España. Así, mal vamos.

Yo entiendo que, después de varios siglos de paz religiosa en Europa, la vocación de martirio la tenemos todos un poco embotada. Pero no nos toca a nosotros decidir ni el lugar ni el tiempo en el que nos ha sido dado vivir, y a nosotros nos ha correspondido la Europa del siglo XXI. Aún deberemos dar gracias porque, al menos de momento, nuestro martirio no va a ser en forma de torturas y decapitación, como nuestros hermanos de Siria e Irak, sino de discriminación, burlas e insultos, como tuvo que vivir Nuestro Señor antes de pasar a mayores.

Ésta no va a ser la última entrada sobre el colapso belga, pero a partir de ahora me voy a centrar menos en lo que yo creo que es la causa de ese colapso, que eso ya me parece que queda claro con las líneas que van arriba, y más en las manifestaciones prácticas del mismo. Que las hay, las hay, ya lo creo que las hay.

En cualquier caso, probablemente estoy en un error, porque monseñor Bonny y monseñor Daneels son belgas a más no poder y, como es bien sabido, los belgas nunca se equivocan.

jueves, 25 de junio de 2015

Acoso

El otro día, me llamó el padre de un compañero de colegio de Ame, con el que coincide solamente en el autobús, y me dijo que Ame, junto con otro compañero, le hacían la vida imposible a su hijo. La cosa no pasó a mayores, porque hablé con Ame y le dejé claro que a ese niño no tenía ni que acercársele. Indagando un poco más, parece que hay testigos que aseguran que el niño, que es nuevo en la ciudad y, obviamente, en el colegio, tampoco es un ser angelical, sino una persona de natural inquieto que, confinado en el autobús, puede dar él también bastante la tabarra, aunque eso no justifica el recurso al insulto que parece que era la vida imposible a la que Ame y su compinche sometían al chaval. Normalmente no volverá a suceder y, en este improbable caso, he dado todas las garantías al padre del ofendido de que no tiene más que hacérmelo saber para que tome las medidas oportunas.

Hoy, incluso existe una palabra técnica para estos fenómenos. 'Bullying' o, en castellano, acoso escolar. Se realizan campañas para su prevención y su erradicación y, en suma, está muy mal visto.

No está de más echar un vistazo atrás, porque hasta hace poco no era así.

Cuando cambié de colegio, diez añitos tendría, yo era un chiquillo físicamente muy enclenque, alto y larguirucho, que no sabía nadar ni ir en bicicleta y, lo que es peor en un medio como el que me encontraba, jugaba fatal al fútbol. Lo único bueno que tenía era mi rendimiento escolar, que había sido bastante bueno, pero que cayó en picado con el cambio de colegio. Sin poner en peligro cosas como pasar de curso, sí que pasó a estar en la media de la clase, y supongo que eso me debió crear bastante pesar, porque yo venía de sacar notas bastante mejores en mi colegio anterior.

Todo junto, inseguridad académica y mediocridad física, me hacían acreedor del puesto de víctima ideal de acoso, hablando en términos actuales. Sólo faltaba el acosador y, como la función crea el órgano, no tardó en aparecer.

Villalobos, si Dios quiere, será hoy un ciudadano ejemplar, que pagará sus impuestos de mala gana, pero los pagará, que trabajará de chupatintas en Dios sabe qué despacho y votará de mala gana a algún partido; o un ciudadano chanchullero, que cobrará los trabajos de fontanería en negro y que se gastará en el bar el dinero que se haya ahorrado con el IVA que no ingresa. Será lo que será. En aquel entonces, era un capullo integral, pero un capullo integral físicamente bastante poderoso, que sistemáticamente me propinaba una colleja detrás de otra cuando salíamos al patio, y no me quitaba el bocadillo porque yo era un chaval bastante hambriento y el bocadillo hacía tiempo que lo tenía entre pecho y espalda. Y, de ahí, ni Villalobos era capaz de robármelo.

Villalobos era el cabecilla, pero había más cretinos empeñados en convertir mis patios en un momento desagradable, que seguían a Villalobos y me perseguían por todo el recinto del patio, con todo éxito. Villalobos, dentro de lo capullo, por lo menos era un capullo con iniciativa que tenía ideas. Malas, sí, pero ideas al fin. Hoy puede que esté convicto por violencia de género, si no ha sido capaz de adaptarse a estos tiempos tan peligrosos para los propinadores de collejas de autor. Los demás se limitaban a seguirle y a admirarle, y como parecía haber premio para el que me hiciera pasar más las de Caín, pues a eso se dedicaban, con devoción y esfuerzo dignos de mejor causa.

Hoy día, ante una situación semejante, la reacción de la sociedad es tremenda. Hay consejeros escolares, campañas anti-bullying, solidaridad de otros compañeros, los padres irían a manifestarse. Sin embargo, por mucho que se hayan tomado medidas, cada dos por tres vemos que las víctimas del acoso, después de llorar a sus madres y a sus padres (si viven juntos, que ésa es otra), se suicidan regularmente. Luego es el llanto y el rechinar de dientes, el 'qué hemos hecho mal' y, si la cosa se pone aún más dramática, se suicidarán el propio acosador y algún cómplice, y al final muere hasta el apuntador y, lo que no sé si es peor, las redes sociales adolescentes se llenan de mensajes que mejor hubiera sido enviar cuando todavía no había muerto nadie y se estaba a tiempo de parar el asunto.

Que no se me acuse de banalizar el asunto. Creo que queda claro que tengo un historial de víctima de acoso bastante evidente, y que lo tengo muy presente y tengo clarísimo lo que se pasa. Pero, honradamente, lo de los últimos años en España pone muy a las claras que las campañas antiacoso son, como poco, inútiles. Y, como mucho, contraproducentes.

Porque, en aquellos tiempos, las cosas no se resolvían así. Los profesores, que se suponen que estaban vigilando el patio, ni se enteraban de que allí hubiera un alumno pasándolas canutas. Ellos, a lo suyo, a pasear a diestra y siniestra con sonrisa beatífica. El acoso no existía. Los padres tampoco se enteraban, ni yo hubiera consentido que aparecieran por el colegio a protestar, porque ya sabía yo que eso significaba el ostracismo eterno, como si no tuviera bastante con las collejas y con tener que comerme el bocadillo antes de las diez y media para adquirir cierta garantía de conservarlo.

Como lo de chivarse estaba fuera de lugar, y tampoco era cuestión de esperar ayuda externa, allí no quedaba sino apañárselas como fuera. No, no hay ayuda externa. Las víctimas de acoso escolar no tienen amigos reales, es decir, de ésos que se hubieran encarado con Villalobos a decirle que parara, o se las iban a tener con ellos. Las víctimas de acoso, como mucho, pueden contar con la indiferencia de una mayoría silenciosa que no participa en el acoso directamente, pero que tampoco va a hacer nada por impedirlo, porque, sí, es silenciosa y no pretende meterse en berenjenales. Y porque, fuerza es reconocerlo, el acosado es un perdedor nato y nadie tiene muchas ganas de que le vean en compañías que sólo añaden desdoro a su persona.

Sin embargo, entonces no se suicidaba nadie, y ahora sí. Había que apañárselas, y nos las apañábamos. Y llegaba un momento en que se conseguía un resquicio, o Dios venía en ayuda de uno, por ejemplo, en forma de suspensos repetidos de Villalobos, que terminó repitiendo curso. Y sí, cuando repites curso, no se puede decir que seas un héroe, y tu ascendiente sobre tus compinches, que sí se las arreglado para pasar, se pierde sin remedio.

Lo que sí que es verdad es que el acoso escolar tiene consecuencias en la personalidad de uno. Hay unas causas, que yo creo que se deben buscar en casa, al menos es mi experiencia, pero las consecuencias duran bastante años, y no tengo muy claro que desaparezcan algún día.

En todo caso, cuando hoy veo en los colegios las campañas antiacoso, las tomas de conciencia, y hasta los teléfonos de la esperanza para quienes se ven en la tesitura, no puedo evitar ponerme escéptico. Villalobos jamás pensó que sus collejas fueran acoso, ni García pensó lo mismo de sus zancadillas cuando yo pasaba cerca, ni Ricart, que tenía tres años más que yo, pensó nunca que fuera acoso el hecho de acorralarme en el autobús del colegio, o de reducirme el asiento a la mínima expresión, ni Arnau pensó jamás que el menosprecio verbal continuado a que me sometía tuviera nada que ver con el acoso escolar, ni ninguno de ellos ni de los otros pensó jamás que lo que ellos, por separado, hacían, fuera otra cosa que una broma inocente, y que ya la devolvería yo si lo consideraba oportuno, pero que no se la devolviera a ellos, que me iba a enterar...

A veces me da la impresión de que las campañas antiacoso las diseñan gentes que, en el fondo, no lo han padecido jamás. Posiblemente porque los que lo hemos vivido en nuestras carnes hemos preferido olvidarlo lo antes posible, y porque creemos que bastante tocados hemos quedado como para, encima, volver a revivir aquellos tiempos que te dejaron convertido, al menos por unos años, en una persona completamente diferente a la que hubieras podido llegar a ser.

No sé si, a la larga (pero a la muy larga), la experiencia del acoso nos acaba convirtiendo en mejores personas. También sé de gente reprimida y acosada que ha estado tragándose el odio hasta que ha estado en situación de acosar y entonces no ha habido quien les parara. A Dios gracias, no es mi caso, y espero que tampoco lo sea el de Ame y que no pase de acosado a acosador.

Por si acaso, yo diría que va siendo hora de que las campañas antiacoso las diseñemos los que hemos sido víctimas. Quizá podríamos decir cosas como que las campañas genéricas son perfectamente inútiles, y que con lo que se gasta el gobierno en ésas más valdría contratar un psicólogo que trate al acosado, porque el acoso escolar va a seguir existiendo siempre, y más en estos tiempos en que la autoridad del profesorado (y de cualquiera) está por los suelos. Lo que hay que hacer es mucho menos prevenirlo que curarlo.

Pero, de eso, habrá que ocuparse en otro momento. Hoy ya se va haciendo hora de ir a dormir.

lunes, 22 de junio de 2015

Papeletas

Después de uno o dos meses de ausencia, una de las cosas más peliagudas al llegar a Valencia, aunque la estancia se prolongue sólo dos días, consiste en abrir el buzón de correos y ver qué papeles han llegado hasta él.

Normalmente, no hay sorpresas. Muchísima propaganda, hasta rebosar, los últimos recibos de la luz y del agua, y las peripecias más recientes de la comunidad de vecinos, ese ente condicionado por la presencia de doña Margarita y en cuyas reuniones, que prácticamente siempre se desarrollan sin mi presencia, se ventilan los trapos sucios del vecindario, y no se llega a las manos porque tienen lugar en el rellano, delante del ascensor, y nos verían desde la calle.

Pero, en esta ocasión, ha habido un hecho diferencial en el buzón: tan lejos como hace unas cuantas semanas, tuvieron lugar las elecciones municipales y autonómicas, y el buzón estaba atestado de propaganda electoral de los distintos candidatos. Porque, sí, yo, que llevo fuera de la terreta varios lustros, sigo empadronado en ella, sigo recibiendo puntualmente mi tarjeta censal para votar, y los partidos políticos deben creen que cabe incluso la posibilidad de que vote, cosa que sólo sucede en el improbable caso de que las elecciones, de lo que sea, coincidan con mi presencia en el terruño.

Un elector estándar, de los que viven en Valencia todo el año, recibe tanto papelorio de manera escalonada, desecha con un gruñido, o algo peor, las papeletas de los partidos que no son el suyo, y aparta la papeleta del partido de sus amores, si es que está entre aquéllos que le envían el sobre. A mí no me ha sucedido jamás, pero no hay que perder la esperanza de que ocurra.

A toro pasado, es fácil echar una sonrisita, tras de lo que ha pasado en Valencia. Las promesas electorales de los partidos que no van a formar gobierno, si ya antes de las elecciones suenan sospechosas, ahora resuenan a hueco, porque ni siquiera van a ser incumplidas. Las promesas de los perdedores son poco más que nada, y la sonrisa artificial de Rita Barberá, la alcaldesa derrotada, si antes de las elecciones tenía sentido, ahora, sabiendo ya lo que ha sucedido, refleja una situación estrafalaria, un eco del pasado de la vara de mando y un presente en el que su vestido rojo ha desaparecido del consistorio.

Veinticuatro años ha gobernado Valencia esta mujer. Jamás he votado por ella, y alguna vez que me pillaron las municipales en la ciudad, hubiera podido hacerlo, y voté, pero no por ella, así que no debería sentirme demasiado defraudado por su derrota. Aun así, no pensé que fuera a ser derrotada de manera tan contundente, y hasta pensé que el famoso episodio-pifia del 'caloret' le daría más votos de los que le quitaría, lo que demuestra que los de fuera no nos enteramos.

El caso es que ahora tenemos un hombre como alcalde, lo que en el caso de Valencia no sucedía desde hacía una eternidad (antes de Rita también había alcaldesa), y ese señor es todavía mayor que Rita Barberá, se dice que va en bicicleta por doquier, nació en Manresa y es un histórico dirigente comunista. Si alguien me llega a decir hasta hace nada que algún día sería alcalde de Valencia un comunista catalán, y no por un golpe de Estado o una revolución, sino tras unas elecciones limpias, le hubiera mirado con un rictus de conmiseración infinita.

Lo que demuestra, una vez más, que los de fuera no nos enteramos.

viernes, 19 de junio de 2015

Bilbao debe ser lo más grande del mundo

Estar en un país de gente infalible es mucho menos inspirador para la escritura de entradas que encontrarse en Rusia, un país confesadamente imperfecto donde la gente hace cosas curiosas. No es de extrañar que a veces, y de manera nostálgica, esta bitácora eche un ojo por encima de la frontera a ver qué nuevas aventuras suceden por aquellos lares.

La foto que ilustra esta entrada, sin ir más lejos (aunque ya va bastante...), está tomada en Kírov, antes Vyatka. Que haya tapas de alcantarilla en Kírov entra dentro de lo nomal, pero es que la leyenda de la tapa revela que se fabricó para el ayuntamiento de Bilbao.

Cómo ha llegado la tapa hasta allí es uno de los grandes misterios de la civilización occidental. Claro que, si los de Bilbao nacen donde quieren, parece lógico que sus tapas de alcantarilla aparezcan en los lugares más insospechados.

O eso, o aquel chiste malo del vizcaíno que entró en una tienda y pidió un mapamundi de Bilbao tiene más fundamento del que parecía.

martes, 16 de junio de 2015

Los belgas nunca se equivocan

El corolario de las tres entradas anteriores es que los belgas nunca se equivocan. Siempre has sido tú. Incluso en los casos más desesperados de error más flagrante, los belgas conseguirán convencerte de que eres tú el que tomaste mal la nota, o que no entendiste bien lo que te explicaron con tanta paciencia, o que ellos nunca dijeron lo que tú jurarías que habías oído con los oídos que se han de comer los gusanos. No. Ellos son seres perfectos e inmaculados que bastante hacen con sufrir resignadamente tus imperfecciones.

Nuestra familia puede dar una multitud de ejemplos en los que un abnegado belga ha tenido que explicarle que no entendió bien lo que le había dicho, o que lo que dijo sólo era una estimación, así que no podía haber error alguno. Pero yo me voy a concentrar en un caso más tremendo, si cabe, que el del hospital que acabo de relatar: la compra y acondicionamiento de un inmueble.

Porque, ay, Señor, nuestros pecados nos han llevado a la ardua penitencia de comprar una casa en Bruselas. Si lo hacéis, leed primero cuidadosamente el libro de Job y, si encima tenéis que reformarla después, leed el libro de Job dos veces. Y haced acopio de dinero, porque, sí, os va a hacer falta.

Como en todos los sitios, las casas belgas tienen dueño. Así pues, si quieres hacerte con una, tienes que llegar a un acuerdo con su dueño. Además, otros protagonistas del proceso de compraventa son los notarios (en plural, sí), los vecinos, algún arquitecto, peritos varios, la agencia inmobiliaria y, naturalmente, los que uno espera encontrar en cualquier sitio donde haya reformas: albañiles, parquetistas, electricistas y paletas varios.

La serie promete... ser interminable. La compra se produjo hace ya (cómo pasa el tiempo) tres meses. No, no nos hemos mudado, y lo que vamos a tardar. De hecho, supongo que la voy a ir escribiendo pausadamente y entiendo que la acabaré en algún momento... o no.

Pero, desde luego, no será hoy. Porque hoy se hace tarde, claro.

martes, 2 de junio de 2015

Desidia (III). La resonancia.

Llamé al médico de cabecera, que me vino a decir que le seguían prometiendo enviarle la resonancia, pero que el caso era que no la tenía, y ya estaba comenzando a impacientarse. Comoquiera que ya llevaba un mes largo desde que la resonancia se hizo, y todo tiene un límite, y las rodillas también, decidí, de común acuerdo con el médico, ir al hospital y, si era necesario, montar la marimorena, pero salir de allí con los resultados o detenido por la policía.

Me planté en el hospital con cara de no salir de allí con más amigos de los que tenía al entrar, abordé a la secretaría del departamento y le pedí con voz cavernosa, rictus enjuto y entornando los ojos que me diera los resultados de mi análisis.

La enfermera de la secretaría parecía estar esperándome. Me pidió la tarjeta de identidad, que le enseñé, la fecha de nacimiento, rebuscó un poco por los anaqueles, sacó un disco compacto en una funda de plástico, así como los resultados del asunto, y los metió en un sobre que me dio.

Nunca habían salido de allí, y nunca habían tenido la menor intención de enviarlos a mi médico de cabecera. Pero tampoco le decían que no.

Es en momentos como éste cuando se echa un poquito de menos Rusia. En Rusia, las cosas, aunque han mejorado, todavía funcionan bastante mal cuando se trata de servir al personal, pero lo que no hacen es deshacerse en 'bien sûr, monsieur' y luego pasar ampliamente de ti, de modo que no sabes a qué atenerte. En Rusia, le hubieran dicho a uno: 'No te lo vamos a enviar. Si quieres tus resultados, pásate por aquí y peléalos.' Y entonces hubiera comenzado una aventura de ésas que he contado en muchas entradas de la bitácora de años anteriores, con todo tipo de obstáculos para acceder al hospital, o para discutir con el que se supone que te tiene que atender, o por no tener el poder adecuado para hacer las cosas, que ya resolvería uno según su leal saber y entender acumulado en años de tener el cuchillo entre los dientes. Pero lo que no hacen en Rusia en mentirte. Bueno, en la milicia-policía sí, ahí venderían a su madre y no digamos si mentirían, pero es que en este caso estamos hablando de un lugar muy especial. En general, son sinceros, te dicen que no cuando es que no, y tú sabes a que atenerte; como mucho, te dicen que quizá, pero con algo de experiencia ya sabes que 'quizá' en realidad quiere decir 'no', y a otra cosa.

Aquí, no.

Aquí te dicen que sí, que por supuesto, que se lo enviamos al señor, que no faltaría más, pero su actitud es farisaica hasta la médula, porque llega el momento de la verdad, y resulta que, por lo que sea, pero seguramente por pura desidia, no lo hacen. Y la cosa es durilla, y al menos lo mío no es urgente y tanto se me da saber que tengo las rodillas escacharradas hoy, como saberlo mañana, pero si llego a tener, pongamos, una apendicitis, las entradas de esta bitácora se iban a interrumpir mucho más de lo que ya están de por sí. De hecho, no se iban a reanudar.

Con estos bueyes tenemos que arar en Bélgica. Así que, manteniendo mi gesto patibulario, para que, al menos, a la secretaria le constara mi profundo desagrado por el pésimo servicio, salí de la clínica, no sin haber leído los resultados de la resonancia que tanto me había costado obtener. Y eso sin haber pagado aún la factura, que sólo de pensarlo ya tiemblo.

Pero de las singladuras rodilleras que sucedieron más adelante tocará hablar en otra ocasión, no en vano eso es otra historia, que ya será relatada en el lugar debido. Y en el momento, porque hoy se hace tarde.

lunes, 18 de mayo de 2015

Desidia. Parte II. El paciente impaciente.

Pues señor, esto era un españolito trasplantado a Bruselas por sus pecados y que tenía la costumbre de salir a correr por el bosque que tenía cerca de casa. Este españolito, al que llamaremos Alfor, por decir algo, se pasó muy mucho con los entrenamientos un verano que se le metió en la cabeza correr la maratón de Bruselas, y ese vano empeño le ha producido una lesión en las rodillas. Y a partir de ahora vuelvo a la primera persona, que ya bien de fábulas.

Como la lesión no mejoraba, decidí ir al médico. El médico me dijo que, puesto que estábamos hablando de un deportista (indudablemente), lo mejor sería hacerme directamente una resonancia y pasar de radiografías y otras zarandajas. Me dio un volante para el hospital, pedí hora, me la dieron para tres semanas después, agradecí a Dios que no fuera una urgencia, me fui en su día al hospital, me metieron en la máquina, a la media hora salí y me dijeron que ya enviarían la factura a mi casa, y los resultados a mi médico.

En la confianza de estar en el primer mundo, Europa Occidental, y capital de la Unión Europea y olé, me volví a casa esperanzado en salir de dudas sobre la naturaleza de la lesión. A los dos días, tras perseguirlo bastante, le pedí hora a mi médico para tratar los resultados y, llegado que hubo el momento, me presenté en su consulta.

- Pues no me ha llegado nada.

- ¿Cómo?

- Bueno, voy a ver si ha llegado ahora. Vuelvo enseguida.

Y salió a recoger el correo. Volvió al poco con un montón de sobres que amontonó de mala manera en un rincón de su mesa (digamos que la consulta no la tiene precisamente a la última, pero eso es otra historia), los vio parsimoniosamente, uno a uno, y finalmente me comunicó que lo mío no había llegado.

- ¡Pero si ya hace una semana, día por día, que hice la resonancia!

- Pues ya debería estar, pero no está.

- ¿Y qué hago?

- Voy a llamar a la clínica, a ver qué me dicen.

Marcó el teléfono, después de consultarlo en un anuario del siglo pasado, de tener que llamar a la centralita y de tachar la mitad de números del anuario, porque entretanto habían cambiado.

- ¿Me pueden pasar con resonancias? Sí, con la administración. Ah, que es usted. Oiga, que tengo un paciente que se hizo una resonancia la semana pasada y, ni él ha recibido la factura, ni yo los resultados.

- (...)

- Sí, la fecha de nacimiento es treinta de febrero de mil novecientos calienta.

- (...)

- Ése es el nombre, sí. Ah, ya la encontrado ¿Que ya debía haberla recibido? Vale, pero no ¿La envían otra vez? ¿Me adelantan las conclusiones de la resonancia? Ajá..., ajá... gracias. Que tenga un buen día, y no se olviden de enviarla.

Y colgó.

- No, yo creo que no la han enviado.

- ¿Y esto pasa mucho? Porque lo mío no es urgente, pero, el que tenga una apendicitis...

- Claro, claro... sí, a veces pasa.

Y luego ya pasamos a hablar del diagnóstico. A lo que nos toca, no tengo nada roto, pero sí desgastado, y la recuperación se prevé larga e incierta.

- Bueno, ¿cuándo vengo a verle, ya con la resonancia?

Al final tuvo que ser el otro día, porque entretanto tenía yo mis viajes y mis cosas.

El otro día, pues, me planté en el médico nuevamente... y, casi un mes después de haber hecho la resonancia, ésta seguía sin aparecer. Antes de que mis ojos salieran completamente de mis órbitas, y tuviera que recogerlos a tientas por el suelo, el doctor volvió a llamar a la clínica.

- Oiga, que no es la primera vez que llamo por esta resonancia que no me ha llegado todavía.

(...)

- Ah, que van a enviarla hoy mismo. Y que me debería llegar mañana.

Y ya colgó.

- Yo creo que no la han enviado todavía.

- Pues ya va siendo hora, leches. ¿Qué hago? Yo me voy pasado mañana de viaje.

- Llámeme a ver si ha llegado.

(...)

Hoy es el día en que aún no conozco el final de la historia. Kafka tenía que haber vivido en Bélgica para escribir 'El castillo'.

(Continuará. O no)