viernes, 11 de abril de 2014

Más sobre Crimea

Vaya cachondeo que se lleva la gente con lo de Crimea. Y más vale que sea cachondeo, porque, el día que todos nos pongamos serios, seguro que la guerra está a punto de estallar. Mientras haya gente a la que le dé la risa, aún hay esperanza.

La cosa ha ido rápida, pero ha sido poco sangrienta. "El País", un periódico español cuyos redactores se caracterizan por un adorable maniqueísmo y porque, en su concepción del mundo, Putin (y las iglesias católica y ortodoxa, por este orden) es el culpable de todos los males, sólo sabe publicar artículos serios. El otro periódico progresista y comecuras español, que es "El Mundo", por lo menos no tiene tan necesariamente claro que Putin tenga rabo y cuernos y publica cosas más graciosas. Ésta, en mi opinión, se lleva la palma.

¿Y las sanciones? Occidente ha reaccionado con indignación y ha prohibido entrar en su territorio a gente como el jefe de los ferrocarriles rusos. Probablemente esperan que eso haga descarrilar próximamente la economía rusa.

Menos mal que la reacción de los honrados comerciantes rusos no se ha hecho esperar. Eso sí, tiran más alto.


Traducción: SANCIONES. El presidente de los EEUU Barack Obama queda privado del derecho a entrar en la tienda "Myod". Firmado: La dirección de la tienda "Myod".

Por cierto, la tienda existe, y la miel que venden debe estar buenísima. Obama se lo pierde, el pobre.

En la familia, como ya dije en su día, la generación más joven está radicalmente a favor de la anexión de Crimea, y de Ucrania entera, si se produjera. Eso les genera la incomprensión del resto de su políticamente correcto colegio, donde hay, además de españoles, gente de muchos sitios, incluida una línea educativa en polaco a la que asisten, en buena lógica, polacos. Los polacos no son muy amigos de los rusos. Les acusan de minucias como haberse repartido su país tres veces, una agresión por la espalda, alguna que otra represión, la colectivización del siglo XX, unas cuantas guerras a lo largo de varios siglos, genocidios diversos... y claro, hay quien se queda resentido y apoya a cualquiera que se oponga a Rusia. Lo que pasa es que Abi y Ro, sobre todo ésta, después de coser a preguntas a su padre en cenas sucesivas, se conocen la historia de la región poco menos que de pe a pa y tienen algumentos para todo, y desde luego para dar sopas con ondas a los polacos que se les opongan.

Por lo demás, el otro día me encontré con una lobista ucraniana, jovencita ella y no mal parecida (esto último debe ser fundamental en todo lobista que pretenda conseguir algo), que se presentó en una comida donde otras quince personas hablábamos en ruso y donde, por tanto, podía suponerse que la anexión podría encontrar alguna simpatía. La chica, profesional ella, comenzó a poner a Rusia a los pies de los caballos, acusándole de todo lo malo que les ha pasado, como si Yulia Tymoschenko fuera una ninfa inocente que jamás ha hecho negocios ilegales. A mí, que no suelo hablar de política, y desde luego menos aún en las comidas pretendidamente relajadas, me pareció desagradable y fuera de lugar, pero los lobistas me temo que son así y no consiguen ver que, además de su postura, hay gente en otro campo.

A todo esto, yo no sé qué piensan los ucranianos de todo esto, pero a mí lo que me parece es que, si esperan que la Unión Europea o los Estados Unidos les saquen las castañas del fuego, van aviados. A Estados Unidos lo único que les interesa son sus inversores, sobre todo en el potencialmente impresionante sector agrícola ucraniano, y tenían bastante interés en derrocar a un gobierno que, con todos sus incontables defectos, jamás hubiera privatizado la tierra, y sustituirlo por otro que no va a tener más remedio que vender el país al mejor postor, tal y como está de desesperado. A Rusia lo que le interesaba era Sebastopol y su base naval. Ya la tiene, sin arrendamientos ni leches, y yo diría que lo que está pasando a continuación en otras regiones no es que le venga mal del todo, pero no es de su interés prioritario, aunque claro, si a bodas me convidan...

Creo que todavía nos divertiremos bastante con este asunto. E, insisto, más nos vale, porque en cuanto nos pongamos serios, la guerra (la de verdad) es inevitable.

lunes, 7 de abril de 2014

El número nacional (I)

(Sí, ya sé que tocaría seguir escribiendo sobre Crimea, pero lo dejo para la próxima. Eso sí, no me olvido)

Cuando uno llega a Bélgica y se establece para trabajar aquí, tiene tres meses para inscribirse en el municipio (que llamaremos comuna, como hacen ellos, y ciertamente no merece otra denominación) y conseguir una flamante tarjeta de identidad. Pero las autoridades belgas, muy cucas ellas, hacen algo más, y es asignar al inmigrante legal que ingresa en su territorio un número de registro. Este número de registro se llama "número de registro nacional", así, sin calentarse demasiado la cabeza.

Uno pensaría que lo lógico es que este rimbombante número de registro nacional fuera puesto en conocimento del ciudadano al que se relaciona con el mismo. Parece razonable incluirlo como uno de los datos que aparecen en esa tarjeta de identidad de que el ciudadano extranjero ha debido proveerse, tanto más cuanto que, al fin y a la postre, algunas veces el número de marras es necesario para el administrado. Pero no. El número ése no se notifica al administrado, ni se le escribe en la tarjeta de identidad, ni nada de nada.

Uno de los momentos en que hace falta el número es cuando te compras un coche. Para pedir la matriculación del mismo, uno debe meter en el formulario el número de registro nacional.

- ¿Y de dónde lo saco? En mi tarjeta de identidad no viene.
- Ah, ése lo tienen en la comuna. Diríjase a ella para que se lo den.

Fui a la página web de la comuna, con su flamante directorio telefónico, encontré el número que supuse que correspondería con el departamento donde podrían tener esta información, llamé, y efectivamente era allí. Le expliqué el caso al señor que me atendió.

- Ah, sí, ya sé que no se lo ponen en su tarjeta de identidad. Bueno, tampoco les hace falta muchas veces. Se lo busco enseguida ¿Cuál es su fecha de nacimiento?
- 31 de abril de 1948.
- ¿Y se llama usted...?
- Alfor von Buchweizen.
- A veer... Alföooor... von Bichwieseng... ¿vive usted en la rue de l'Omelette de Pommes de Terre, número 22?
- Ahí mismo. Allí pone Aardappelomeletstraat, pero, si usted lo dice...
- Vale, ¿tiene usted un papel y lápiz a mano?
- Sí.
- Pues le dicto el número. Atento.

Como todo había sido tan fácil, anoté el número directamente sobre el formulario y, como tenía tanta prisa, lo entregué directamente sin anotarlo en lugar alguno por si me volvía a hacer falta.

Craso error.

Otro de los momentos en que hay que echar mano del número de registro nacional es cuando pides una exención de un impuesto. Y, cuando tienes tres hijos, te descuentan una parte de lo que en España sería el IBI, así que, provisto del formulario, me puse a rellenarlo, y vi que tenía que aportar el número de registro nacional de marras. Vaya marrón. Pero bueno, tampoco tanto, porque la otra vez fue muy fácil de conseguir, así que repetí el procedimiento, busque en el directorio telefónico de la comuna, encontré el mismo teléfono de la otra vez, y me encontré con un funcionario que me atendió y que creo que no era el mismo de la otra vez.

- Pues resulta que soy Alfor von Buchweizen, que vivo en su comuna, y tengo que rellenar un formulario, en el que me piden el número de registro nacional. Y parece que lo tienen ustedes. Al menos, otra vez se lo pedí y me lo dieron.
- ¿El número de registro nacional?
- Ése. Sí.
- Bueno, es información personal. Comprenda que no se lo pueda dar por teléfono, lo tendrá que pedir por correo electrónico, por lo menos, aunque lo más fácil sería que se pasara por aquí y lo solicitara personalmente.
- ¿No me lo pueden dar por teléfono, ahora mismo?
- No, no, eso es imposible.
- Bueno, pues les envío ahora mismo un correo electrónico ¿Cuándo creen que me podrán contestar?
- Bueeeeno, si lo envía ahora mismo, yo creo que para mañana por la tarde ya lo debería tener.
- Ah, vale, entonces está bien.

Les envié el correo electrónico, en la confianza de que la eficaz autoridad comunal de Uccle resolvería sin problema alguno mis cuitas.

Ay, alma de cántaro...

viernes, 4 de abril de 2014

Mis problemas con el municipio (I)

Como ha debido quedar claro en las entradas anteriores, soy residente no exactamente en Bruselas, sino en Uccle, que forma parte de la región de Bruselas, pero no es Bruselas. No sé si me explico.

La organización territorial belga no es muy complicada. Hay tres regiones: Valonia, donde no quieren saber nada del flamenco ni de Flandes; Flandes, donde no quieren saber nada de Valonia ni del francés; y Bruselas, que es un monstruo especial donde ambas lenguas son oficiales, aunque geográficamente se encuentra más bien en Flandes.

Bruselas es una región compuesta por unos veinte municipios, que, a diferencia de los municipios españoles a los que estamos acostumbrados, sólo tienen casco urbano, nada de término, digamos, rural. Obviamente, no hay separación alguna entre ellos: acaba el casco urbano de uno, e inmediatamente, sin solución de continuidad, comienza el otro. Y claro, uno se queda con impresión de que Bruselas es una ciudad bastante grande poblada por el millón largo de habitantes que componen la población de los diecinueve municipios de la región.

El municipio más importante de la región se llama, también, Bruselas, ocupa más o menos el centro de Bruselas-región, con algunas "pedanías" algo excéntricas, y es el más poblado con su más o menos cuarto de millón de habitantes. Así que, según se mire, Bruselas es una ciudad medianeja con su término municipal estricto, o una urbe de población considerable, si tomamos toda la región y el hecho de que, aunque administrativamente sean municipios diferentes (y cada cual tiene su "centro urbano"), en realidad no deja de ser una enorme masa urbana.

Los primeros meses, en tanto esperaba al resto de la familia, estuve viviendo en Bruselas "strictu sensu". Al llegar toda la tropa, nos mudamos a Uccle, que, la verdad, no deja de ser un pueblo. Uno puede pensar que no debería haber mucha diferencia entre ciudad y pueblo en una conurbación semejante, y los primeros dos meses, viviendo en una zona residencial, tampoco es que lo notara demasiado, hasta que llegó el momento fatal de hacer trámites con la administración municipal y, por tanto, de dirigirme a la "maison communale", o sea, lo que en francés de Francia se llama "hôtel de ville", en valenciano "casa de la vila", y en castellano "ayuntamiento" o, si te pones muy fino, "casa consistorial". Ahí ya empecé a notar que efectivamente en Bruselas-región hay distintas ciudades, cada una de ellas con su centro histórico, con su iglesia principal, con su ayuntamiento y con unas cuantas calles estrechas que le dan su personalidad y que no tienen mucho que ver con los sucesivos ensanches que han terminado por comerse el terreno que hubo en su día entre los diferentes municipios y por crear la masa informe que es, hoy, la región de Bruselas.

Esta multiplicidad de administraciones y de abnegados funcionarios al servicio del administrado debería redundar en una enorme satisfacción del mismo y en un servicio sin mácula, nulos retrasos y exactitud minuciosa. Mi experiencia, sin embargo, va más por otro camino. A lo largo de las próximas entradas voy a intentar relatarla, en el convencimiento de que todos los funcionarios que trabajan en Uccle no sólo han leído a Kafka, sino que "El castillo" es su manual de procedimiento.

miércoles, 2 de abril de 2014

¿De dónde era Jruschov?

En la última entrada sobre Crimea, Inmi hace un comentario que me llama a una reflexión un poco más en profundidad sobre los orígenes de la persona que, en cierta medida, ha causado todo el pandemonium que se está montando en Ucrania, es decir, del antiguo secretario general del PCUS Nikita Jruschov.

Inmi dice, y dice bien, que Jruschov procedía de Kursk, y que, puesto que Kursk era (y sigue siendo) Rusia, entonces Jruschov es ruso.

Incluso podemos añadir algún dato más, que además es bastante relevante en la mentalidad eslava, y es que Jruschov era, además, étnicamente ruso. En España (menos en una parte muy concreta que quedó por romanizar suficientemente), eso de las etnias nos suena a chino, porque lo nuestro ha ido mezclarnos con todo quisqui que estuviera por la tarea, pero, al este del Rin y del Danubio, eso de la raza tiene su importancia.

Sin embargo, yo creo que Jruschov se puede considerar más ucraniano de lo que parece. De momento, es verdad que nació en la región de Kursk, en una aldea pegada al gobierno de Malorossiya (Ucrania, en lenguaje zarista), aunque del otro lado de la frontera, pero el hombre realmente se fue con catorce años a trabajar al Donbass (que sí es Ucrania, aunque, al paso que vamos, ya veremos por cuánto tiempo), que es donde había trabajo, y allí fue donde hizo su vida, donde ingreso en el Partido, donde luego fue secretario general del Partido comunista Ucraniano, donde purgó a casi todo bicho viviente, y de donde luego ya pasó a Moscú a desempeñar más altos destinos. Desde el punto de vista de los jerifaltes soviéticos de entonces, Jruschov era el secretario general del Partido comunista Ucraniano y, por tanto, ucraniano él mismo.

Desde el punto de vista de los ucranianos, evidentemente Jruschov es una de esas personas de las que es difícil estar demasiado orgulloso. Es el responsable directo de varias decenas de miles de asesinatos, muchos de ellos cerca de Moscú, cuando desempeñó un cargo de responsabilidad allí, que "ejecutó" con celo bastante concienzudo, y no pocos en Ucrania, cuando llegó a tal punto la velocidad de desaparición física de miembros del comité central del Partido, que los nombramientos no conseguían mantener semejante ritmo y se llegó al caso de no haber "quórum" suficiente para reunirse. En este sentido, el de ser una persona de la que nadie quiere ser compatriota, me recuerda a cierto general polaco (o no) que fue protagonista de un par de entradas (aquí y aquí).

Pero los hechos son tozudos. Decía Jordi Pujol, ex-presidente catalán, para justificar su campaña de propaganda "Sóm 6 millons", que "catalán es todo aquél que vive y trabaja en Cataluña". Siguiendo ese criterio, habrá que concluir que Jruschov, al menos en buena parte de su vida, sólo podía ser ucraniano, frente a un concepto que fija tu identidad irrevocablemente al lugar en el que hubieras nacido o, como mucho, al de origen de tus padres.

Y yo incluso diría que tiene más mérito elegir ser algo que serlo por no poder ser otra cosa ¿Qué era Carlos I de España y V de Alemania? Nació en Gante, su padre era alemán, a su madre casi ni la vio, y su lengua materna era el francés; sin embargo, eligió ser español, apredió español tarde, pero muy bien, y vino a morir y ser enterrado a España. Y en este caso es un orgullo.

Claro que el problema es que de esta manera también te salen compatriotas menos deseables. Desde el criterio del origen, Eduardo Zaplana sólo podría ser murciano cartagenero, pero todo el mundo piensa que es valenciano, porque primero fue alcalde de Benidorm y luego presidente valenciano, así que sólo puede ser valenciano, aunque no hable el valenciano, sino más bien lo destroce cuando se atreve a usarlo, y encima sea socio del Real Madrid. Qué le vamos a hacer.

Me temo, Inmi, que con Jruschov pasa lo mismo. Qué le vamos a hacer. :-)

lunes, 31 de marzo de 2014

Contaminación

Con eso del invierno tan benigno que hemos tenido, y como ha llovido muy poco, dicen que los niveles de contaminación están por las nubes en Europa Occidental. En París han implantado, por lo que dicen, un sistema por el que ruedan en días alternos los coches con matrícula par o impar, y en Bruselas, aquí mismito, se lo están pensando, porque aquí también la contaminación parece que está desbocada.

A todo esto, nos hemos hecho con un medidor bastante correcto: el coche.

En dos meses y pico que lo tenemos, aparcado en la calle, es verdad que ha pillado algo de polvo, pero, en general, está impecable.

En cambio, en Moscú, el coche lo teníamos en un garaje bien resguardado. Si lo dejábamos aparcado a la intemperie, no ya dos meses, sino dos días, pillaba un dedo de polvo, o lo que fuera que acabara posándose sobre la carrocería, y había que lavarlo cada dos por tres.

Sin embargo, en todo el tiempo que pasamos allí, jamás oí que los niveles de contaminación pasaran de un nivel ni medio preocupante. Jamás.

Bueno, una vez. En dos entradas. El resto del tiempo, todo iba bien.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Policías

La policía, en Bélgica, es un elemento presente casi en cualquier sitio. Con tanta cumbre y tanto jerifalte de todo el mundo pasando por aquí cada dos por tres, es natural que sea un cuerpo necesario y tampoco es extraño que las autoridades quieran atar corto a los presuntos maleantes que vivimos por aquí y que a saber qué aviesas intenciones tenemos. Vamos, eso es lo que opinan los cuerpos de seguridad de cualquier sitio, sean de Bruselas, Moscú o Matalascañas.

En Moscú, cuando un policía se te dirigía, era señal inequívoca de que tenías un problema. Un policía en Moscú, con todas las excepciones que se quiera (alguna habrá, digo yo), es un ser corrupto cuyas intenciones para con el administrado son, como poco, la de hacerle pasar un mal rato para que, ante la perspectiva de lo que le amenaza, el administrado en cuestión haga gala de generosidad y todos queden contentos. En estas circunstancias, un policía en Moscú se concentra allí donde puede sacar pasta, que es en la calle, y no se mete a hacer visitas a los ciudadanos. Si lo hiciera, iba a provocar más de un infarto.

En Bruselas, no.

En Bruselas, los policías parece que se creen que no son una casta temida, sino unos más de la población, con funciones de guardar el orden y ser amiguetes de los ciudadanos. Vamos, lo que siempre habían sido las funciones de policía, pero que, cuando uno está habituado a policías como los de Moscú, como que espera gente hosca y hostil.

Recién mudados a nuestra casa, y no habrían pasado ni tres días desde entonces, un pacífico viernes por la tarde, estaba yo en casa abriendo cajas y sacando cachivaches, cuando sonó el timbre. Con tan poco tiempo por allí, no sabíamos quién podría ser. Acaso el vecino, que quería saludar y conocernos.

No estaba solo. Alfina estaba en el trabajo, pero Abi, Ro y Ame estaban allí vagueando por el salón. Ame, muy solícito, se dispuso a ver quién era, y miró por la ventana.

- ¡¡¡Papá!!!
- ¿Qué pasa?
- ¡Hay un coche de policía aparcado delante de casa, y un policía está llamando a la puerta!

Abi y Ro, que estaban tiradas en el sofá, se levantaron para evitar líos y se fueron corriendo a su habitación.

- ¿Un policía?
- ¡¡¡Sí!!! ¿Qué nos va a pasar?

El pobre niño estaba realmente asustado.

- No sé. Vamos a abrir la puerta.

Ame no quiso saber qué podía querer un policía, y se puso detrás de mí, por si acaso. Yo abrí la puerta, y me encontré con un señor de mediana edad, de aspecto formido, alto y con el mejor debía ser que no midiera mis fuerzas. Lejos, muy lejos, de los tripones sebosos que componen el común de la policía (antes milicia) de Moscú, que evidentemente no pasan hambre ni sed ni privación alguna.

- Buenas tardes - me dijo muy amable - ¿El señor von Buchweizen?
- Sí, soy yo.

Ame se apretó contra mi espalda. Poco menos que podía oír cómo le latía el corazón.

- Soy el policía del barrio. Ya veo que ha puesto su nombre en el timbre de la puerta.
- Ah, si, acabamos de mudarnos.
- He venido a presentarme y tengo que hacerle algunas preguntas.
- Pase, pase, pero disculpe el aspecto de la casa. Aún estamos abriendo cajas.

El policía pasó al interior. Ame, por si acaso, se fue a su habitación.

- He venido a comprobar los datos de su inscripción en el municipio. En Uccle, hay veintinueve distritos, y yo soy el policía encargado del suyo. Tengo otros veintiocho compañeros, y cada uno se encarga de un barrio.
- Anda...
- Y me llamo Johnny Van Cauter - y me alargó un papel impreso -. Éste soy yo - su foto estaba en la primera página - y éste es mi número de teléfono móvil, por si sucede algo. Es un barrio muy tranquilo, pero puede llamar cuando tenga algún problema.
- Gracias.

Como toda la conversación estaba siendo en francés, los niños no podían saber lo que estaba pasando y seguían pensando que yo había cometido algún delito gordo y que igual me llevaban a la cárcel. Desde luego, si un policía en Moscú llega a llamar a mi puerta, igual el que hubiera salido corriendo a la habitación hubiera sido yo.

El señor Van Cauter sacó un formulario, me preguntó por quiénes vivían en la casa, por quiénes eran los dueños, desde cuándo vivíamos allí, se ofreció para lo que fuera, nos dijo que había cuatro o cinco españoles más en el barrio (aún no los hemos visto), y se despidió muy amablemente.

Sólo entonces, los niños asomaron por la puerta y se atrevieron a preguntar qué quería el policía y si yo estaba bien.

A veces me pregunto si no han pasado demasiado tiempo en Rusia...

miércoles, 19 de marzo de 2014

Crimea

Estos días, todo rusófilo tiene que estar viviendo una situación bastante esquizofrénica con el embrollo éste que se está montado en Crimea. Como ya quedó dicho, y con todas las excepciones que se quiera, que tampoco son tantas, los rusófilos no viven en Rusia, lo cual, ahora que lo pienso, me permitiría entrar en la categoría, que hasta el momento me estaba vedada. Además, los rusófilos, en su inmensa mayoría, son de izquierdas. Eso ya quedó razonablemente claro en su día.

Con el asuntillo de Crimea, lo que está pasando es simplemente mareante. Leyendo la prensa occidental, uno no sabe muy bien con qué carta quedarse, porque hay opiniones para todos los gustos. A diferencia de la última vez que Rusia sacó los tanques, en agosto de 2008, cuando ocupó Osetia del Sur y Abjasia, esta vez la prensa parece mucho mejor documentada y no se queda en lo que ha pasado en los ultimos tres meses, sino que echa un ojillo a la historia más o menos reciente. Y así, todos sabemos que Crimea, si nos ponemos chulos, la puede reclamar media docena de países, incluyendo a Grecia, Turquía, la propia Ucrania, Rusia mismamente y, si nos ponemos irredentistas, también la podrían reclamar Polonia, Bielorrusia y, ya puestos a desbarrar, hasta Lituania o Italia misma.

Una cosa buena es que, entretanto, todo el mundo sabe que Crimea pertenece (bueno, pertenecía) a Ucrania por un capricho de Nikita Jrushiov, ucraniano él mismo, que en 1954, al cumplirse el tricentenario de la anexión de Ucrania Oriental a Rusia (la occidental es otra cosa), decidió celebrarlo haciendo un regalito de Rusia a Ucrania: Crimea ¿Había pertenecido alguna vez Crimea a Ucrania? Jamás de los jamases. Crimea fue conquistada para Rusia por Catalina II hacia el final del siglo XVIII y, si en San Petersburgo existe un palacio de Táurida y unos jardines de Táurida, es precisamente para conmemorar este hecho, porque, y esto parece menos documentado en prensa, la Táuride es Crimea en idioma clásico.

Antes de eso, y desde cosa del siglo XV, Crimea era básicamente un nido de bandoleros bastante poco recomendables, porque tal cosa era el Janato de Crimea, uno de los estados escindidos de la Horda de Oro, liderado por unos tártaros bastante levantiscos (en Rusia, tártaro es cualquier cosa que venga de un país pagano y nos haya jorobado en la Edad Media: caben mongoles, persas, tártaros propiamente dichos y otros pueblos raros) que se pasaron varios siglos hostigando a los rusos, que estaban bastante hartitos de la situación. El Janato de Crimea era nominalmente vasallo del la Sublime Puerta, pero el sultán no creo que se lo creyera demasiado. Para encontrar algo parecido a un ucraniano en Crimea hay que remontarse al siglo X, y ese ucraniano lo es con muchas comillas y es nada menos que San Vladimiro, que se convirtió al cristianismo allí mismo, en un episodio que creo haber repetido en alguna ocasión tal y como lo relatan los cronicones medievales rusos y que es para desternillarse de risa.

En resumidas cuentas, no es ninguna novedad que Crimea sea un lugar disputado, por el que ha habido tortas desde hace milenios, y que no acaba de situarse en ningún país sin que otro levante la mano y diga que a él también le gusta.

Digo yo, entonces, que un rusófilo izquierdista de pata negra debe estar confuso con el jaleo que se está montando, porque, visto de una manera, lo que pasa es que una potencia indudablemente imperialista, con una importante base militar en el territorio, ha enviado a un mogollón de soldados so pretexto de proteger a una parte de la población, y en cuestión de días las autoridades títeres que se han impuesto han convocado un referéndum, que han ganado por una goleada sonrojante, y la potencia ocupante ha aceptado de mil amores la solicitud de adhesión de la región ocupada. Hasta aquí, la descripción de lo sucedido supera lo que pasó en Irak, porque, hasta el día de hoy, Irak sigue teniendo las mismas fronteras que antes y no se lo ha tragado nadie. Vamos, que el izquierdista debería rugir contra el imperialismo rampante de la potencia ocupante, y proteger el derecho del país más pequeño.

Sin embargo, resulta que los Estados Unidos y la Unión Europea se oponen al asunto. Más los primeros, encima, y resulta que, para un rusófilo izquierdista fetén, todo lo que hagan los Estados Unidos es malo por definición, aunque lo haga Obama. Por tanto, tocaría apoyar a la potencia invasora, por muy imperialista que sea. Y, además, aunque sea muy de derechas, porque en algún sitio ya he dejado dicho que todos los partidos políticos rusos con cierta representación, pero todos, en cualquier lugar de occidente serían considerados de extrema derecha, incluidos los comunistas.

Me he tomado la molestia de indagar un poco por los medios de izquierdas (suelo preferir "Público"), y la verdad es que lo que he visto allí es bastante confuso. Frente a la habitual división en muy buenos y muy malos, que deja las cosas clarísimas, en este tema encuentro comentarios confusos y para todos los gustos, desde el rusófilo izquierdoso al que le puede más su parte rusófila, y aplaude la anexión, hasta el izquierdista que no perdona a Putin sus posturitas supuestamente homófobas, y está en contra de ese régimen fascista, pasando por el independentista catalán que aprovecha el referéndum para trazar paralelismos y asegurar que la libertad de Cataluña está más cercana. Un lío, vamos. Supongo que a los izquierdistas les desorienta mucho que la Iglesia no haya dicho ni mu en este asunto y, por tanto, no puedan echarle la culpa ni sostener la opinión contraria, sea la que sea.

Para colmo, los chicos que están ahora en el poder en Kíev tampoco es que sean mucho de izquierdas, y hasta he oído a algún tipo con vestidura paramilitar, en las cuatro palabras de ucraniano que más o menos pillo, que tira para atrás de nacionalista violento, muuuuy de extrema derecha. Parece mentira que todos estos chicos, hace tan poco como treinta años, estuvieran cantando loas al internacionalismo y a la hermandad de los pueblos. Toma internacionalismo y toma hermandad.

A todo esto, mucho burlarme de los rusófilos de izquierdas, pero quizá debería escribir cómo se toma esta situación la quinta columna rusófila que tengo en casa y, en particular, nuetra putinista de cabecera, Ro.

Pero eso lo dejo para la próxima entrada, porque hoy se hace tarde.