jueves, 23 de abril de 2015

Invadiendo Flandes (II)

El medio kilómetro que mediaba entre el cruce donde nos encontrábamos y el límite regional era una pista de tierra con una ligera pendiente en bajada. Me puse delante, saltando entre los baches, y a no tardar llegamos a una nueva intersección. El camino del Infante seguía en línea recta, pero allí se le cruzaba otro camino, igualmente de tierra, cuyo nombre no aparecía por allí, pero que reconocí como el camino des Bonniers. Detuve, pues, la bicicleta y la apoyé contra un árbol.

Enseguida llegaron Kobe y Ame. Me vieron de pie y se pararon a mi lado.

- ¿Es aquí?

- Sí. Ahí tenéis Flandes, a partir de este camino. Este camino es la frontera. Hacia allá - y señalé la dirección desde la que veníamos - tenemos la región de Bruselas; y en esta dirección - y levanté mi mano hacia el sur - tenemos Flandes. Ese cartel que hay ahí tiene el formato de los carteles de Flandes, mientras que los de Bruselas son de color verde, como el que veis ahí detrás.

- ¡Qué guay! Entonces - y Kobe abrió las piernas todo lo que pudo - ahora estoy a la vez en Flandes y en Bruselas.

- Exactamente. Podemos visitar Flandes ahora mismo.

- Pues yo - dijo Ame -, además de escupir, voy a hacer mis necesidades.

- Sí, sí, en Flandes - añadió Kobe.

Ame y Kobe penetraron unos metros en Flandes, escupieron un par de veces, y acto seguido se pusieron mirando a un árbol, se bajaron sus respectivas braguetas y se pusieron a orinar. Yo supongo que hubiera hecho lo mismo de haber tenido ganas, pero, no siendo el caso, me limité a escupir. En Flandes, claro, porque los flamencos son lo peor.

Como el cuerpo humano, y no digamos el infantil, tiene un límite, el proceso de suministro de líquidos al bosque de la región de Flandes no duró demasiado. Como no hay que estar en territorio enemigo más tiempo del absolutamente necesario, a no ser que se tengan unas intenciones de ocupación de las que nosotros de momento carecíamos, volvimos inmediatamente a donde se habían quedado las bicicletas, esto es, a un metro del límite regional, pero por la parte buena, la de Bruselas.

- Entonces - traté de pinchar a Kobe -, los flamencos son malos.

- Sí, también lo dice mi padre. Cuando vamos a Flandes, nunca nos hacen caso cuando preguntamos algo. Nos tratan fatal y nos responden muy mal.

- Qué gente...

- Sí.

- Los que molan, claro, son los de Bruselas.

- Bueno, los españoles de Bruselas.

- Ah, sí, eso es la repera. Pero los flamencos no. Ésos son lo peor.

- Sí.

Zanganeamos un poco por la frontera, viendo cómo los árboles que estaban del lado de Bruselas eran indudablemente mucho más erguidos y bonitos que los habían tenido la desgracia de caer del lado de Flandes, y viendo pasar a algún ciclista por el camino des Bonniers, o sea, por encima mismo del límite regional.

- Está rodando un poquito más por la parte de Flandes.

- Pobre.

Como aquello no daba mucho más de sí, montamos en las bicicletas y empezamos la subida para volver al cruce, porque claro, lo que a la ida era bajada, ahora era todo lo contrario. Ame se puso el primero, Kobe le seguía trabajosamente, y yo me puse detrás. De todas formas, no tardamos demasiado en llegar al cruce, y con él al camino asfaltado.

- Aaah... por fin asfalto - dijeron ellos, que no parece que se quieran dedicar a la bicicleta de montaña.

- Podíamos ir al 'bois' a jugar al fútbol.

Estábamos a unos siete kilómetros del 'bois', pero ellos no lo sabían. Como, de todas formas, había que volver, me puse en cabeza, y esta vez el camino era de bajada, y a veces pronunciada, al poco terminó el camino de Saint Hubert, tomé a la izquierda por el de los Tumuli, y éste, además de bajar rápido, era bastante revirado, o eso les pareció a los niños. De esta guisa llegamos a los estanques de los Niños Ahogados, que así se llaman, aunque a Ame y Kobe preferí no decírselo, por si acaso, y entonces se acabó la bajada y empezó una ascensión, y no de las más fáciles. Bajé el ritmo para facilitar que me siguieran, pero a unas cuantas decenas de metros oí mi nombre a lo lejos.

- ¡Alfoooor!

Me giré a ver que pasaba, aunque no era difícil de suponer.

- Que Ame no puede con la subida.

Bastante había hecho hasta ahora, en un camino sin un metro llano. Y yo hasta diría que Kobe andaba también bastante justito. Sea como fuere, bajé y ya hicimos el resto de la subida a pie, empujando las bicicletas a nuestro lado.

- Jo. Es que no tiene sentido cómo hacen las carreteras. Primero bajar muchísimo para enseguida subir un montón - decía Kobe.

- Y menudas curvas que había ¿Has visto la que había antes, lo que había que girar? - añadió Ame.

- A mí me parece que esta carretera la han diseñado los flamencos, para fastidiar a los de Bruselas - aventuré.

Los dos niños se quedaron mirándose.

- Seguro - dijo uno.

- Son lo peor - añadió el otro.

Al acabar la subida, hicimos sin mayores novedades el camino que nos separaba del 'bois', les compré un helado, saqué el balón del cestillo y ya se pusieron a darle patadas a diestro y siniestro, y gracias a Dios que quienes andaban por allí tenían pocas ganas de bulla, porque a los críos a veces se les iba la mano, o el pie, y el balón acababa golpeando contra alguna de las bicicletas que había tiradas por allí, o contra las cabezas de alguna de las parejitas que, también, había tiradas por allí y que menos mal que seguían con lo suyo sin dejarse distraer.

Finalmente llegó la hora de volver a casa, unos dieciocho kilómetros después de haber salido, que no está mal para, al fin y al cabo, unos principiantes. La madre de Kobe llegó enseguida para recogerlo.

- ¿Qué? ¿Qué tal? ¿Qué habéis hecho? - le preguntó a su hijo.

- Hemos ido a Flandes y hemos escupido y hecho pis allí.

- ¿Qué habéis hecho qué? ¿Escupir? ¿Pis?

- Sí. Nos ha llevado el padre de Ame. Ha estado guay.

En ese momento entre yo en el salón.

- ¡Hola! ¿Qué tal? ¡Hemos ido a Flandes en bicicleta!

- Ya, ya... y me han dicho qué habéis hecho.

- Al parecer, son lo peor. O eso me han dicho.

- Sí... ya... Creo que la próxima vez me voy a apuntar yo también.

No sé yo si se quiere apuntar a los actos vandálicos contra Flandes, o más bien quiere asegurarse de que no se repitan. En todo caso, la próxima vez llevaremos una bandera. Si hay que llevar a cabo una invasión, que sea con todas las de la ley.

Y es que, cuando nos empeñamos, nosotros, también, somos lo peor.

martes, 21 de abril de 2015

Invadiendo Flandes (I)

Con motivo del cambio de país, y por otras circunstancias que vienen menos al caso, Ame ha tenido que cambiar repetidamente de amiguitos en los últimos tiempos. Pero el resultado es muy parecido. Los niños son niños allá donde están, y no cambian mucho de carácter por el hecho ser rusos o singapureños. Todavía están, a Dios gracias, en la edad en que la voz no les ha cambiado todavía, ni han crecido por encima de sus padres, ni tampoco han experimentado otros cambios físicos que, fatalmente, indican el final de la infancia, un final que no está lejos, pero que todavía pertenece al futuro.

Los nuevos amiguitos de Ame son españoles, compañeros de colegio, pero no de los que uno se encuentra habitualmente por España. Como él mismo, han pasado mucho más tiempo en el extranjero que en la patria y, por si fuera poco, los más de entre ellos son españoles de mezclilla, de madre española y padre de cualquier sitio (porque en Bruselas hay de todos ellos), o viceversa. Pero algo tendrá España que, así y todo, muchos de ellos salen patriotas a carta cabal, y aprecian España mucho más que quienes somos españoles de pura cepa y sin una gota de sangre forastera.

En estas circunstancias de guiris, en que la familia extensa de uno no sirve de ayuda, porque está en España, los niños van dando vueltas por las casas de sus compañeros. Hoy está Ame pasando el día en casa de Fulanito, mañana es Fulanito quien viene a casa a jugar con Ame, y al día siguiente los dos van a casa de Zutanito, dicen que a hacer los deberes o algún trabajo, aunque esa es una afirmación que se debe tomar con una buena medida de escepticismo.

Ame, en el caso que nos ocupa, estaba en casa con Kobe, que es un nombre supuesto (ya se sabe lo que es el anonimato en esta bitácora), pero que corresponde a un niño como los descritos arriba: español por parte de madre y por vocación, partidario del Real Madrid (como, ¡ay!, el propio Ame, sordo a las llamadas de su padre para que considere las bondades del Levante) y, eso sí, juguetón y con un punto de pícaro. No es de extrañar que se lleve bien con Ame.

Mientras jugaban en el salón con una pelota de espuma, Ame preguntó de sopetón:

- Y a ti, ¿qué te gusta más? ¿Bélgica o España?

- España - respondió resuelto Kobe.

Yo andaba trajinando por allí y decidí intervenir.

- Eso es porque vas a España de vacaciones ¿Qué pasaría si fueras a España al colegio, y a donde fueras de vacaciones fuera a Bélgica, a no dar golpe?

- Me seguiría gustando España - insistió Kobe.

- ¿Seguro? - pregunté frunciendo el ceño.

- Seguro - repuso Kobe.

- ¿Y cómo es eso?

- Los belgas son lo peor. Sobre todo los flamencos. Ésos sí que son asquerosos.

Ame asintió convencido.

A todo esto, hay que decir que los dos niños asisten a clase a un colegio trufado de diferentes nacionalidades, en el que se predican valores de tolerancia, comprensión entre los pueblos, y otras zarandajas por el estilo, por lo visto sin demasiado éxito, al menos de momento.

Yo miré al cielo, vi que estaba despejado, que sólo hacía un poco de fresquillo, y me dije que días como ésos no abundaban en Bélgica y que seguir encerrados en casa era como para pegarnos.

- Venga. Salimos al bosque. En bicicleta.

- Yo no tengo bicicleta - repuso Kobe.

- Tenemos una que te vendrá bien.

Inflé las ruedas, ajusté la altura de los sillines y salimos a la calle. Los dos vikingos insistieron en llevar el balón para jugar al fútbol, y yo metí el balón en el cestillo de mi bicicleta, pero con un gesto torvo que anunciaba otras intenciones. Y es que, ¿cómo, Señor, ibamos a limitarnos a jugar al fútbol haciendo un día pintiparado para pasear en bicicleta?

Llegamos al bosque, y yo me desvié del estanque y tomé por el camino de la Lorena, a cuyo lado hay un carril-bici en ligera pendiente ascendente. Giré la cabeza y me dije a mí mismo que este par de zánganos iban a dormir pero que muy bien esa noche. Si hubiera ido sólo con uno, seguro que se hubiera quejado a los dos kilómetros de cansancio insoportable, pero yendo dos, y por no quedar como un alfeñique ante el otro, uno por otro apretaban los gemelos y echaban para delante.

Cinco kilómetros después, que, con las bicicletas que llevaban, no es poco, nos desviamos por la avenida de Haras, y luego nos adentramos en el bosque propiamente dicho por la avenida de Saint-Hubert. Yo los mantenía cerca, pero por detrás. Ame rezongaba en ocasiones, poniendo como excusa que su bicicleta no tenía marchas y que había cedido la suya a Kobe, que parecía estar pensando en que vaya tomadura de pelo y que lo que él quería era darle patadas a un balón.

Llegados a la intersección de la avenida de Saint-Hubert con el camino del Infante,detuve la bicicleta, y ellos se pararon a mi lado.

- ¿Sabéis dónde estamos?

Los dos, a falta de aliento, negaron con la cabeza.

- ¿Queréis ir a Flandes?

- Estamos en Flandes, ¿verdad? - dijo Kobe.

- No. Pero mirad ese camino. Por ahí, más o menos a medio kilómetro, comienza Flandes ¿Queréis ir a Flandes, escupimos allí, y nos volvemos?

A los dos niños se les iluminaron los ojillos. Qué los ojillos, la cara entera. Hasta las manos refulgían.

- ¡Síiiiiiii!

- Pues vamos para allá.

martes, 7 de abril de 2015

Semana Santa y Pascua

Hace algún tiempo que no paso por España en estas fechas, pero espero que la Semana Santa y la Pascua, aunque sólo sea por la devoción popular y las procesiones que tenemos por allí, se celebren con cierta decencia, o con restos de la que hubo.

En Europa Central, lo cierto es que no es así.

En Europa Central, entendiendo por tal la parte germanófona, y considerando el neerlandés como una lengua muy fuertemente relacionada con el anterior y las partes francófonas de Bélgica como asimiladas por simpatía, el que no quiera ver que la Iglesia Católica está en una situación muy preocupante, debería plantearse muy seriamente graduarse la vista. No es ya que la Semana Santa se haya converftido en un período vacacional más, lo cual ya da un regusto amargo a la situación, porque un cristiano, bien al contrario, debería estar muy ocupado en estas fechas, es que la situación se ve con cierta resignación y sin ganas de revertir la cuestión. Aquí no hay mentalidad de resistencia, o al menos no se la ve. Por ejemplo, cuando los chalados islamistas entraron en la redacción de Charlie-Hebdo y se cargaron a unos cuantos miembros de la redacción, todo fueron minutos de silencio por doquier y hasta oraciones en las iglesias; sin embargo, los ocho asesinados eran unos humoristas de gusto grosero, para los que no había nada sagrado y que, ciertamente, no merecían morir, pero tampoco creo que sea como para elevarlos a los altares. Visto lo que habían dibujado anteriormente, más bien no.

El otro día, sin embargo, en Kenia fueron asesinados no ocho, como en Charlie Hebdo, sino ciento cuarenta y ocho estudiantes que no habían ofendido a nadie, y menos a Mahoma. Es que ni se parece la reacción, no sé si por ser negros, los pobres, o por ser cristianos, porque sí, los asesinos no disparaban contra los que sabían que eran musulmanes e iban buscando cristianos. He ahí que tenemos mártires, y aquí todo el mundo habla de que la mayoría de los musulmanes no son así, y que no hay que tomar la parte por el todo. Pues menos mal que la mayoría de los musulmanes no son así, porque apañábamos estábamos si la mayoría de los tropecientos millones de musulmanes lo fueran; pero es que, aunque lo sea un uno por mil, mal vamos. Entre los cristianos, no hay un uno por millon que sea así y, si lo hay, probablemente no es cristiano y lo suyo es una pose o que está mal del perol.

El día de Pascua no se dijo nada de todo eso. A ver cómo reaccionan no ya nuestros gobernantes, de los que no hay mucho que esperar, sino nuestras autoridades eclesiásticas. Las de Europa Central yo diría que no tienen claro del todo de dónde vienen los problemas.

jueves, 2 de abril de 2015

Frío y lluvia en el bosque

No todos los días son primaverales en Bruselas. De hecho, la mayoría de los días son un eterno retorno al otoño, con temperaturas mediocres, llovizna incesante y cielo plomizo.

En el bosque, esto es quizá aún más cierto. Llueve con frecuencia. Y esos días, cuando resulta un reto salir de casa, calzarse las zapatillas y dejarse llevar por los caminos que surcan el bosque en todas direcciones, una de las mayores recompensas es el orgullo de haber sido capaz de dejar atrás la calefacción y disfrutar de un día de lluvia.

Porque sí, se puede disfrutar de un día de lluvia, un día que no es para todos, sino para quienes ven más allá de la rutina y aceptan el desafío de dar un paso más allá de la comodidad.

A partir del club de tenis, y más en un día bajo la lluvia, ya hay muy pocos paseantes, y lo único que se ve son deportistas. Ciclistas, en su mayoría, pero también corredores. Aquí ya escasea el corredor de chándal y zapatillas de tenis, o los que prefieren la camiseta de fútbol de manga corta y el pantalón a media pierna, con barbita cuidadosamente descuidada y calcetines blancos. Nada de eso. El corredor de día de lluvia lleva un equipo poco llamativo, pero eficaz y, si no va afeitado, es de verdad, no con el aspecto estudiado en su desaliño de los niñatos de carrerita y tentetieso.

Dejemos a los niñatos creer que son alguien mientras dan vueltas y más vueltas al lago o se aventuran a no más de trescientos metros de su orilla, no vayan a perderse. Y sigamos alejándonos del núcleo urbano más meridional de la región de Bruselas, Uccle. En nuestro camino hacia el sur, llegará un momento en que los carteles verdes que señalan los caminos se ven sustituidos por otros azules, y eso es la señal de que hemos atravesado la frontera regional y nos encontramos en Flandes, en el Brabante Flamenco. Aquí ya no hay corredores, uno a las mil, como mucho. El núcleo urbano más cercano es Sint Ginesius - Rode y no está cerca. Linkebeek está relativamente próximo, pero tampoco es inmediato al bosque. Para ir al bosque, hay que proponérselo muy seriamente.

El bosque está gris. Como el cielo, como los árboles y como los arbustos que surgen aquí y allá. Pero precisamente en medio de una inmensidad gris y marrón, aletargada por la súbita bajada de las temperaturas, los troncos se despiertan y el musgo, que se retrae con las altas temperaturas, revive con la lluvia y adorna con su fresco verde, en un brutal contraste, el monótono paisaje frío que le rodea.

martes, 31 de marzo de 2015

La Revolución Francesa en Estrasburgo

Los revolucionarios franceses se impusieron en Estrasburgo con los mismos modales que en el resto de Francia: el que se resistía se quedaba sin cabeza. Debido a la proximidad del Rin, que ejercía de barrera natural, las tropas de la Primera Coalición nunca amenazaron seriamente la ciudad, y el contraataque del ejército revolucionario se llevó a cabo más al Norte, en dirección a lo que entonces eran los Países Bajos Austríacos, y hoy se conoce como Bélgica.

Como es bien sabido, la Revolución Liberal estaba empeñada en que todo el mundo fuera libre... de una manera determinada. La descentralización del Antiguo Régimen fue sustituida por un sistema uniformizador que tenía por objetivo afrancesarlo todo, incluso una ciudad tan ecléctica como Estrasburgo. El francés llegó para quedarse, la catedral de Estrasburgo volvió a quedarse sin culto, y sin estatuas ni atavíos; en esta ocasión, las iglesias protestantes de la ciudad corrieron la misma suerte.

En el centro de Estrasburgo hay un monumento a uno de sus hijos predilectos, el general Kléber. De hecho, una de las plazas principales de la ciudad, antaño plaza de Armas y sede del ayuntamiento, es hoy la plaza Kléber.

Pero Kléber, precisamente Kléber, es un ejemplo típico de prócer sobrevalorado. Se recuerdan sus triunfos militares en las guerras de la Convención, hasta su muerte en Egipto en 1800, pero se recuerda mucho menos que Kléber estuvo en el primer genocidio de la Historia, si acaso oponiéndose con la boca pequeña al asesino en masa que era su comandante en jefe, el general Turreau. Y ya es curioso que, hasta la Revolución Francesa, no hay apenas suceso alguno que se pueda calificar de genocidio masivo, mientras que ha sido aparecer la revolución y proclamar la libertad de los pueblos, y he aquí que los dos últimos siglos han sido testigos de más crímenes masivos que todos los siglos anteriores.

Kléber se distinguió en el aplastamiento de la rebelión realista en el Oeste de Francia, y más en particular en la región de La Vendée, pero no se conformó con derrotar militarmente a los vendeanos, sino que siguió en segunda línea presenciando las marchas de las columnas infernales que se dedicaron a las masacres más crueles que la humanidad había conocido hasta la fecha. Más tarde, acompañó a Napoleón a Egipto y, cuando Napoleón se fugó a Francia, porque fue una fuga, le dejó a Kléber el marrón de aguantar el tipo, sin decirle nada, sin un duro y con un ejército crecientemente cabreado por la falta de paga. Mientras trataba de salir del lío negociando con los ingleses, que eran los únicos que tenían barcos, Napoleón ya había dado su golpe de Estado en París y se había hecho el amo del cotarro, cosa que Kléber, incomunicado en Egipto, desconocía por completo. Lo de Napoléon abandonando al ejército y largándose a París sucedió otra vez doce años más tarde, pero a este señor le siguen teniendo por un gran hombre y tal y tal.

Kléber acabó en Egipto muy chungamente, asesinado por un indígena local mosqueado con tanto francés montando cirios por allí.

Ésa es la persona que Estrasburgo celebra, y a quien dedica una plaza principal, centros de enseñanza y todo tipo de honores.

martes, 17 de marzo de 2015

Estrasburgo

Por razones que no vienen al caso, desde hace un par de años soy un asiduo visitante de Alsacia, y más en concreto de su capital, Estrasburgo. Estrasburgo es una de esas ciudades con un pasado ambiguo y con un presente ecléctico, que las convierten en un lugar de sumo interés para el visitante, porque en ella se encuentran elementos de todas las personalidades que conforman este continente en el que vivimos.

Estrasburgo fue primero romana, galo-romana, hasta que llegaron los francos, la arrasaron completamente y la fundaron de nuevo. Contra lo que pueda pensarse, los francos no eran franceses, sino lo más parecido a los alemanes de hoy que había entonces: un pueblo germánico con voluntad de expansión y notables virtudes militares. Así que Estrasburgo pasó bajo el influjo germánico, y así siguió hasta que esos germánicos se cristianizaron y Estrasburgo volvió a ser romana, porque en la Edad Media, a falta de autoridad real, quien mandaba en la ciudad era el obispo, dependiente, al menos en teoría, del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, otra construcción ecléctica de la época.

Nos queda de entonces la catedral de Estrasburgo, gótico tardío, una preciosidad hoy, y que debió de serlo aún más entonces, con los ornamentos interiores.

Caída la Edad Media, y dividida la Cristiandad, Estrasburgo fue uno de los escenarios en que se enfrentaron la mentalidad latina, predominantemente católica y romana, y la germánica, predominantemente protestante. De momento, en Estrasburgo se impusieron los protestantes, la catedral pasó a sus manos y fue despojada de todo ornato interior. Los protestantes, con sus propios dogmas litúrgicos, eran y son muy austeros con la decoración de sus templos, y en aquella época eran los amos de Estrasburgo. El obispo católico se exilió, Calvino mandó una serie de misioneros desde la no muy lejana Ginebra y, aunque no dejó de haber culto católico, se quedó en minoría. El alemán (o algo remotamente parecido al alemán) se impuso como lengua de la ciudad, y los apellidos dominantes en Alsacia, aún hoy, no son precisamente Durand ni Dupont.

La reacción galorromana, por así llamarla, llegó a finales del siglo XVII, cuando Francia emergió como primera potencia europea tras las guerras contra España. Luis XIV se anexionó Estrasburgo sin demasiada oposición, el obispo volvió a la ciudad y la catedral volvió a ser católica y a albergar imágenes de santos. Los protestantes, sin embargo, siguieron existiendo con cierta tranquilidad, incluso tras la derogación del edicto de Nantes. Aun hoy tienen varios templos y, en particular, el segundo en importancia de la ciudad.

La verdad es que no busqué adrede que la señal de prohibido el paso cubriera la puerta, pero, una vez hecha la foto, no puedo menos que mencionar que, si existe una crisis de enorme importancia en la Iglesia Católica en lo que toca a la práctica de la fe, lo de las iglesias protestantes, al menos en Europa, adquiere proporciones épicas. En las muchísimas veces que he pasado frente a este templo, o al de Sainte Aurélie, que es por donde me suelo alojar, jamás lo he visto abierto ni, por supuesto, a nadie entrar en el mismo. No se diría sino que la señal de prohibido el paso tiene fundamento.

Tras la anexión francesa, las cosas no cambiaron demasiado. El Antiguo Régimen, incluso en un país tan absolutista como Francia, era mucho más tolerante que lo que está terminando por ser el nuevo. Cada cual iba a la suya, y el poder central (no muy central) dejaba hacer. Cuando cambiaron las cosas, ahora sí, fue con la Revolución Francesa. Si París había dejado hasta entonces a las provincias hacer hasta cierto punto de su capa un sayo, las cosas iban a cambiar mucho. Pero mucho mucho.

jueves, 12 de marzo de 2015

Primavera en el bosque

La llegada, más o menos tímida, de la primavera despierta el bosque, y despierta también a mucha gente que parece que haya estado hibernando hasta el retorno del buen tiempo.

En las proximidades de Bruselas, el bosque está muy domesticado. Como los animales domésticos, tiene una apariencia silvestre, pero está tan acostumbrado a la presencia humana que no representa el menor peligro para el hombre, y eso es tanto más cierto cuanto más cerca de Bruselas nos encontremos.

La porción del bosque que se acerca más al centro de la ciudad es el 'Bois de la Cambre', que, más que un bosque, es un parque sin demasiados columpios y, eso sí, de enormes proporciones, con una laguna en su centro, surcada por patos y gansos, y una isla con un restaurante en medio de la laguna. La carretera que rodea el lago se corta al tráfico de coches durante los fines de semana, y así es como el parque es literalmente invadido por familias, grupos scouts, simples paseantes, pandillas juveniles, tórtolos emparejados y, en general, por cualquiera que pretenda hacerse la ilusión de que sale al campo.

Al salir de casa a correr un rato, es inevitable pasar por aquí, por mucho que uno aspire a recorridos menos civilizados. Hay que decir que los corredores bruselenses son notablemente disciplinados, y que durante todo el invierno no ha dejado de haber corredores, ni siquiera en el par de fines de semana que ha nevado, ni en el otro par que ha hecho unas temperaturas más rigurosas de lo que es habitual, ni en aquéllos (bastantes más, claro) en que ha llovido. Siempre ha sido posible encontrar corredores dando vueltas y más vueltas al lago y sumando algo más de kilómetro y medio con cada nueva vuelta.

Después de unos meses de hacer lo mismo que los demás, decidí que las vueltas al lago no eran lo mío, y que aún quedaba mucho bosque por explorar, así que eché un vistazo a los mapas y me dispuse a probar suerte más allá de la Carretera de La Hulpe, que es la frontera del Bois de la Cambre con el mismo bosque, pero que más allá se llama Forêt de Soignes, al menos mientras seguimos en la región de Bruselas, porque, en cuanto pasamos a Flandes, ya sabemos que el francés desaparece y la Forêt de Soignes pasa a ser el Zoniënwoud. Sin embargo, en este preciso punto Flandes no es más que una franja estrecha de apenas cuatro kilómetros de anchura, pasada la cual empieza la región de Valonia, y el Zoniënwoud vuelve a ser la Forêt de Soignes.

No creo que a los árboles o a las ardillas les interesen las miserias de los nacionalismos regionales belgas ni sus tejemanejes lingüísticos. El bosque es uno, el ecosistema también, los caminos no se interrumpen con los linderos administrativos, y lo único que llama la atención al paseante curioso, o al corredor de fondo que trota por las sendas, es el estilo de los carteles indicadores, que son verdes en Bruselas, azules en Flandes, y todavía no sé decir cómo son en Valonia, porque la autopista circular me cortó de raíz la posibilidad de visitar la tercera región sin salir del bosque.

El caso es que, pasada la Carretera de La Hulpe, el bosque, sin dejar de estar domesticado, sí que parece disimularlo un poco más. Y, efectivamente, hay menos gente a medida que nos alejamos del centro de Bruselas y del Bois de la Cambre. Hay menos corredores, supongo que porque, en el mundo de cronópatas que sufrimos, todo corredor se muestra inseguro cuando abandona sus recorridos habituales y deja de poder calcular la distancia que ha dejado atrás, que mide por las vueltas que da la vida y, en este caso, por las que él ha dado al lago. Y sí, es verdad que existen los GPS, pero también es verdad que, además de tener uno, hay que tener ganas de explorar, y me da a mí que los exploradores no abundan en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

El primer kilómetro allende la carretera, en lo que formalmente es la Forêt de Soignes, permite encontrarse con gentes paseando a sus perros, algún corredor más aventurero, ciclistas con vocación de todo terreno, algún paseante, y varios jugadores de tenis que van a las pistas que hay a pocos metros. El tenis, sobre todo femenino, es un deporte muy practicado en Bélgica.

A buen ritmo, paso las pistas de tenis, y sigo alejándome de Bruselas. Pero, de lo que pasa más allá, tocará escribir en otro momento, porque ahora se hace tarde.