martes, 31 de marzo de 2015

La Revolución Francesa en Estrasburgo

Los revolucionarios franceses se impusieron en Estrasburgo con los mismos modales que en el resto de Francia: el que se resistía se quedaba sin cabeza. Debido a la proximidad del Rin, que ejercía de barrera natural, las tropas de la Primera Coalición nunca amenazaron seriamente la ciudad, y el contraataque del ejército revolucionario se llevó a cabo más al Norte, en dirección a lo que entonces eran los Países Bajos Austríacos, y hoy se conoce como Bélgica.

Como es bien sabido, la Revolución Liberal estaba empeñada en que todo el mundo fuera libre... de una manera determinada. La descentralización del Antiguo Régimen fue sustituida por un sistema uniformizador que tenía por objetivo afrancesarlo todo, incluso una ciudad tan ecléctica como Estrasburgo. El francés llegó para quedarse, la catedral de Estrasburgo volvió a quedarse sin culto, y sin estatuas ni atavíos; en esta ocasión, las iglesias protestantes de la ciudad corrieron la misma suerte.

En el centro de Estrasburgo hay un monumento a uno de sus hijos predilectos, el general Kléber. De hecho, una de las plazas principales de la ciudad, antaño plaza de Armas y sede del ayuntamiento, es hoy la plaza Kléber.

Pero Kléber, precisamente Kléber, es un ejemplo típico de prócer sobrevalorado. Se recuerdan sus triunfos militares en las guerras de la Convención, hasta su muerte en Egipto en 1800, pero se recuerda mucho menos que Kléber estuvo en el primer genocidio de la Historia, si acaso oponiéndose con la boca pequeña al asesino en masa que era su comandante en jefe, el general Turreau. Y ya es curioso que, hasta la Revolución Francesa, no hay apenas suceso alguno que se pueda calificar de genocidio masivo, mientras que ha sido aparecer la revolución y proclamar la libertad de los pueblos, y he aquí que los dos últimos siglos han sido testigos de más crímenes masivos que todos los siglos anteriores.

Kléber se distinguió en el aplastamiento de la rebelión realista en el Oeste de Francia, y más en particular en la región de La Vendée, pero no se conformó con derrotar militarmente a los vendeanos, sino que siguió en segunda línea presenciando las marchas de las columnas infernales que se dedicaron a las masacres más crueles que la humanidad había conocido hasta la fecha. Más tarde, acompañó a Napoleón a Egipto y, cuando Napoleón se fugó a Francia, porque fue una fuga, le dejó a Kléber el marrón de aguantar el tipo, sin decirle nada, sin un duro y con un ejército crecientemente cabreado por la falta de paga. Mientras trataba de salir del lío negociando con los ingleses, que eran los únicos que tenían barcos, Napoleón ya había dado su golpe de Estado en París y se había hecho el amo del cotarro, cosa que Kléber, incomunicado en Egipto, desconocía por completo. Lo de Napoléon abandonando al ejército y largándose a París sucedió otra vez doce años más tarde, pero a este señor le siguen teniendo por un gran hombre y tal y tal.

Kléber acabó en Egipto muy chungamente, asesinado por un indígena local mosqueado con tanto francés montando cirios por allí.

Ésa es la persona que Estrasburgo celebra, y a quien dedica una plaza principal, centros de enseñanza y todo tipo de honores.

martes, 17 de marzo de 2015

Estrasburgo

Por razones que no vienen al caso, desde hace un par de años soy un asiduo visitante de Alsacia, y más en concreto de su capital, Estrasburgo. Estrasburgo es una de esas ciudades con un pasado ambiguo y con un presente ecléctico, que las convierten en un lugar de sumo interés para el visitante, porque en ella se encuentran elementos de todas las personalidades que conforman este continente en el que vivimos.

Estrasburgo fue primero romana, galo-romana, hasta que llegaron los francos, la arrasaron completamente y la fundaron de nuevo. Contra lo que pueda pensarse, los francos no eran franceses, sino lo más parecido a los alemanes de hoy que había entonces: un pueblo germánico con voluntad de expansión y notables virtudes militares. Así que Estrasburgo pasó bajo el influjo germánico, y así siguió hasta que esos germánicos se cristianizaron y Estrasburgo volvió a ser romana, porque en la Edad Media, a falta de autoridad real, quien mandaba en la ciudad era el obispo, dependiente, al menos en teoría, del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, otra construcción ecléctica de la época.

Nos queda de entonces la catedral de Estrasburgo, gótico tardío, una preciosidad hoy, y que debió de serlo aún más entonces, con los ornamentos interiores.

Caída la Edad Media, y dividida la Cristiandad, Estrasburgo fue uno de los escenarios en que se enfrentaron la mentalidad latina, predominantemente católica y romana, y la germánica, predominantemente protestante. De momento, en Estrasburgo se impusieron los protestantes, la catedral pasó a sus manos y fue despojada de todo ornato interior. Los protestantes, con sus propios dogmas litúrgicos, eran y son muy austeros con la decoración de sus templos, y en aquella época eran los amos de Estrasburgo. El obispo católico se exilió, Calvino mandó una serie de misioneros desde la no muy lejana Ginebra y, aunque no dejó de haber culto católico, se quedó en minoría. El alemán (o algo remotamente parecido al alemán) se impuso como lengua de la ciudad, y los apellidos dominantes en Alsacia, aún hoy, no son precisamente Durand ni Dupont.

La reacción galorromana, por así llamarla, llegó a finales del siglo XVII, cuando Francia emergió como primera potencia europea tras las guerras contra España. Luis XIV se anexionó Estrasburgo sin demasiada oposición, el obispo volvió a la ciudad y la catedral volvió a ser católica y a albergar imágenes de santos. Los protestantes, sin embargo, siguieron existiendo con cierta tranquilidad, incluso tras la derogación del edicto de Nantes. Aun hoy tienen varios templos y, en particular, el segundo en importancia de la ciudad.

La verdad es que no busqué adrede que la señal de prohibido el paso cubriera la puerta, pero, una vez hecha la foto, no puedo menos que mencionar que, si existe una crisis de enorme importancia en la Iglesia Católica en lo que toca a la práctica de la fe, lo de las iglesias protestantes, al menos en Europa, adquiere proporciones épicas. En las muchísimas veces que he pasado frente a este templo, o al de Sainte Aurélie, que es por donde me suelo alojar, jamás lo he visto abierto ni, por supuesto, a nadie entrar en el mismo. No se diría sino que la señal de prohibido el paso tiene fundamento.

Tras la anexión francesa, las cosas no cambiaron demasiado. El Antiguo Régimen, incluso en un país tan absolutista como Francia, era mucho más tolerante que lo que está terminando por ser el nuevo. Cada cual iba a la suya, y el poder central (no muy central) dejaba hacer. Cuando cambiaron las cosas, ahora sí, fue con la Revolución Francesa. Si París había dejado hasta entonces a las provincias hacer hasta cierto punto de su capa un sayo, las cosas iban a cambiar mucho. Pero mucho mucho.

jueves, 12 de marzo de 2015

Primavera en el bosque

La llegada, más o menos tímida, de la primavera despierta el bosque, y despierta también a mucha gente que parece que haya estado hibernando hasta el retorno del buen tiempo.

En las proximidades de Bruselas, el bosque está muy domesticado. Como los animales domésticos, tiene una apariencia silvestre, pero está tan acostumbrado a la presencia humana que no representa el menor peligro para el hombre, y eso es tanto más cierto cuanto más cerca de Bruselas nos encontremos.

La porción del bosque que se acerca más al centro de la ciudad es el 'Bois de la Cambre', que, más que un bosque, es un parque sin demasiados columpios y, eso sí, de enormes proporciones, con una laguna en su centro, surcada por patos y gansos, y una isla con un restaurante en medio de la laguna. La carretera que rodea el lago se corta al tráfico de coches durante los fines de semana, y así es como el parque es literalmente invadido por familias, grupos scouts, simples paseantes, pandillas juveniles, tórtolos emparejados y, en general, por cualquiera que pretenda hacerse la ilusión de que sale al campo.

Al salir de casa a correr un rato, es inevitable pasar por aquí, por mucho que uno aspire a recorridos menos civilizados. Hay que decir que los corredores bruselenses son notablemente disciplinados, y que durante todo el invierno no ha dejado de haber corredores, ni siquiera en el par de fines de semana que ha nevado, ni en el otro par que ha hecho unas temperaturas más rigurosas de lo que es habitual, ni en aquéllos (bastantes más, claro) en que ha llovido. Siempre ha sido posible encontrar corredores dando vueltas y más vueltas al lago y sumando algo más de kilómetro y medio con cada nueva vuelta.

Después de unos meses de hacer lo mismo que los demás, decidí que las vueltas al lago no eran lo mío, y que aún quedaba mucho bosque por explorar, así que eché un vistazo a los mapas y me dispuse a probar suerte más allá de la Carretera de La Hulpe, que es la frontera del Bois de la Cambre con el mismo bosque, pero que más allá se llama Forêt de Soignes, al menos mientras seguimos en la región de Bruselas, porque, en cuanto pasamos a Flandes, ya sabemos que el francés desaparece y la Forêt de Soignes pasa a ser el Zoniënwoud. Sin embargo, en este preciso punto Flandes no es más que una franja estrecha de apenas cuatro kilómetros de anchura, pasada la cual empieza la región de Valonia, y el Zoniënwoud vuelve a ser la Forêt de Soignes.

No creo que a los árboles o a las ardillas les interesen las miserias de los nacionalismos regionales belgas ni sus tejemanejes lingüísticos. El bosque es uno, el ecosistema también, los caminos no se interrumpen con los linderos administrativos, y lo único que llama la atención al paseante curioso, o al corredor de fondo que trota por las sendas, es el estilo de los carteles indicadores, que son verdes en Bruselas, azules en Flandes, y todavía no sé decir cómo son en Valonia, porque la autopista circular me cortó de raíz la posibilidad de visitar la tercera región sin salir del bosque.

El caso es que, pasada la Carretera de La Hulpe, el bosque, sin dejar de estar domesticado, sí que parece disimularlo un poco más. Y, efectivamente, hay menos gente a medida que nos alejamos del centro de Bruselas y del Bois de la Cambre. Hay menos corredores, supongo que porque, en el mundo de cronópatas que sufrimos, todo corredor se muestra inseguro cuando abandona sus recorridos habituales y deja de poder calcular la distancia que ha dejado atrás, que mide por las vueltas que da la vida y, en este caso, por las que él ha dado al lago. Y sí, es verdad que existen los GPS, pero también es verdad que, además de tener uno, hay que tener ganas de explorar, y me da a mí que los exploradores no abundan en estos tiempos que nos ha tocado vivir.

El primer kilómetro allende la carretera, en lo que formalmente es la Forêt de Soignes, permite encontrarse con gentes paseando a sus perros, algún corredor más aventurero, ciclistas con vocación de todo terreno, algún paseante, y varios jugadores de tenis que van a las pistas que hay a pocos metros. El tenis, sobre todo femenino, es un deporte muy practicado en Bélgica.

A buen ritmo, paso las pistas de tenis, y sigo alejándome de Bruselas. Pero, de lo que pasa más allá, tocará escribir en otro momento, porque ahora se hace tarde.

martes, 10 de marzo de 2015

Nemtsov


Borís Nemtsov fue asesinado la semana pasada, y a uno, que se ha pasado tanto tiempo por allí, le da la impresión de que se ha ido un tipo muy particular, con un montón de contradicciones, occidentalista a machacamartillo, pero a la vez con un deje muy ruso, que creo que no se hubiera podido adaptar a vivir en un país occidental, y mucho menos si Rusia se hubiera convertido en un país como los de Europa Occidental, y eso que él estaba por la tarea.

Los periodistas occidentales se han lanzado a abrir todo tipo de hipótesis sobre los autores intelectuales de su asesinato. Como en casi todos los crímenes por encargo, es muy probable que no se sepa nunca quién andaba detrás. A ojo, a mí no me suena que el gobierno ruso salga beneficiado de la historia, lo cual descartaría que tuvieran algo que ver con el asunto, pero en Rusia, todo, absolutamente todo, es posible. Enemigos, lo que es enemigos, Nemtsov tenía de sobra, y si a su actividad pública le añadimos una vida privada un pelín curiosa para los estándares occidentales, con una novia varias décadas más joven que él, pues uno encuentra una legión de candidatos para mandarle al otro barrio.

El enemigo político más cordial que tuvo Nemtsov, sin embargo, es un invitado habitual de estas páginas, el enlace a cuyo partido sigue metido ahí, en la barra derecha. Se trata del incombustible Vladímir Zhirinovsky, que se las tuvo tiesas con el ahora difunto en muchas ocasiones. Nemtsov conseguía sacarles de sus casillas. Bueno, Nemtsov y casi cualquiera, pero con Nemtsov, Zhirinovsky tuvo sus encuentros más polémicos, incluyendo el vaso que le tiró a la cara en un debate televisivo, creo que en 1995, y la vez que le sacó una pistola en antena ante el flipe del entrevistador y del propio Nemtsov, después de que ambos hubieran dicho que habían arreglado sus diferencias básicas y que se llevaban razonablemente bien.

La página del LDPR es bastante pudorosa a la hora de calificar la muerte de Nemtsov. Ni la condenan, ni la aplauden. Zhirinovsky se limita a constatar lo obvio, es decir, que siempre estuvieron enfrentados. Eso no es fácil de comprender para un observador occidental. LDPR quiere decir "Partido Liberal-Democrático de Rusia", y todos los opinadores occidentales, con una mueca de autosuficiencia, dicen que lo de "liberal" y "democrático" no deja de ser una gran mentira, y que en realidad Vladímir Vólfovich y su partido tienen una esencia dictatorial y nacionalista.

En cosas como éstas se deja ver la gran masa de prejuicios que nos ciegan los ojos en occidente ¿Quién dice que es incompatible ser nacionalista y liberal? No sólo no lo es, sino que es el liberalismo el que hizo nacer el nacionalismo, y ahí tenemos más de un partido en España, más concretamente en alguna parte de España, que pertenecen a la internacional liberal y que se proclaman nacionalistas con gran orgullo de serlo. En cuanto a la esencia dictatorial, y no democrática, del LDPR, yo no conozco declaraciones de Zhirinovsky en ese sentido. Sí le he oído decir que está de acuerdo con el modelo de un jefe del Estado fuerte, como acorde con la tradición rusa (y que la tradición rusa es así es un hecho, y un hecho indudable), pero exactamente el mismo modelo tienen los EEUU y Francia y a nadie se le ha ocurrido dudar del carácter democrático de ambos regímenes.

Si nos ponemos a criticar los nombres de los partidos, el de Nemtsov es mucho menos inocente. En el momento de su mayor tirón electoral, cuando supero en las elecciones el umbral para alcanzar la Duma, la lista de la que formaba parte Nemtsov era la Unión de Fuerzas de Derecha (SPS, o Soyuz Pravykh Sil). Si ser de derechas es ser conservador y partidario de los valores tradicionales, con un matiz de proteccionismo social (es eso, ¿no?), es realmente difícil pensar en Nemtsov, o en casi cualquiera de los que compusieron ese grupo, como un elemento que entre, siquiera de refilón, en la definición de derechista. Muy al contrario, eran todos partidarios de una 'europeización' de Rusia y en la adopción de los valores del modernismo. Es muy difícil pensar en alguien de derechas que esté de acuerdo con los valores del modernismo. Los peperos, en España, que son indudablemente modernistas, es cierto que son considerados de derechas, pero ellos se apresuran en decir que son de centro, y no sé si tienen razón en esto, pero estoy dispuesto a concederles que de derechas no son.

De todas formas, el momento de gloria de Nemtsov había tenido lugar mucho antes, a mediados de los noventa, cuando, tras sus éxitos como gobernador en la región de Nizhny Nóvgorod, que bajo su mandato volvió a llamarse así, fue nombrado vicepresidente del Gobierno por Yeltsin. En aquel tiempo, el presidente del Gobierno era Víktor Chernomyrdin, un 'apparatchik' con más conchas que un galápago, y la situación económica sólo se podía calificar como de desbarajuste absoluto. Que la responsabilidad del desbarajuste fuera en buena parte de los Gaidar o Chubáis que con el tiempo compartirían militancia con Nemtsov en la Unión de Fuerzas de Derecha es algo circunstancial, pero importante, porque ha desprestigiado a las fuerzas 'democráticas' (vamos a llamarlas así) en Rusia para la próxima generación, por lo menos.

Nemtsov duró poco en el gobierno. Era la época de los impagos a los trabajadores de las empresas que seguían siendo públicas, como las minas. Un nutrido grupo de mineros estaba directamente acampado frente a la Casa Blanca, la sede del gobierno, insistiendo en que no se moverían de allí en tanto no les pagasen los atrasos, que fácilmente podían ser de meses y hasta de años de salarios. Cuando, finalmente, Yeltsin puso a Nemtsov de patitas en la calle, recuerdo que éste salió de la Casa Blanca, se quitó la chaqueta, se arremangó la camisa (el tiempo lo permitía) y se puso a charlar con los mineros que le habían estado diciendo de todo, y nada bueno, hasta cinco minutos antes. Se sentó con ellos con una media sonrisa, lo máximo, supongo, que puede tener alguien que acaba de ser cesado, estuvo intercambiando impresiones, y finalmente salió de allí andando, hasta reaparecer algún tiempo más tarde con su partido político. Por gestos como éste, tan poco frecuentes en un político de alto rango, Nemtsov caía bien.

¿Es posible que los chechenos ésos que han detenido hayan asesinado a Nemtsov? Supongo que sí es posible, y también supongo que, en este caso, no lo han hecho porque sí, sino porque alguien se lo habrá mandado. Lo más probable es que nunca nos terminemos de enterar de quién es ese alguien.

lunes, 9 de marzo de 2015

El final del invierno

En Bruselas, el invierno es suave, lejos de las experiencias interminables de Moscú. Nieva, sí, pero nieva muy poco, y ni siquiera lo hace todos los años. Además, la nieve apenas permanece sobre la superficie. En la ciudad, el paso monótono de los coches sobre ella la disuelve en pocas horas y la deja convertida en una mezcla de agua y barro, primero, y poco después en una pasta cada vez más líquida que termina por ser digerida por el alcantarillado urbano. Sucesivas lluvias, una vez la temperatura ha subido algo, terminan por transformarla en un recuerdo. Nada que ver, pues, con la persistencia del agua sólida en Moscú, donde entre diciembre y entrado marzo cubre las calles, con nevadas de recuerdo en los meses adyacentes.

En el bosque bruselense, la nieve persiste algo más. Momificada en una suerte de endurecimiento, una capa blanca persiste en los caminos, mientras en el monte, la tierra, menos apretada que en las sendas, engulle la nieve y se nutre de ella.

El invierno parece haber llegado a su fin. Con la llegada de marzo, el bosque está más gris que nunca, pero el sol ya aparece a lo alto, los pájaros pían tímidamente, y las nubes son menos espesas y dejan entrever la esfera luminosa que describe un semicírculo cada vez mayor sobre el fondo del cielo.

De repente, un día, y ese día fue ayer, las nubes desaparecen. El cielo, completamente azul, no encuentra ningún obstáculo en su camino hasta quienes miramos a lo alto, y el sol brilla con fuerza, haciendo subir las temperaturas por encima de los diez grados. En los jardines, las primeras flores, pequeñas y blancas, comienzan a aparecer estimuladas por el alargamiento del día, y todo hace pensar que, de un momento a otro, el bosque va a estallar y que de momento se contenta con tomar carrerilla antes de saltar del gris y del marrón al ocre y al verde.

El invierno ha terminado.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Esto me recuerda algo...

En esta bitácora, por muy agonizante que esté, se sigue la actualidad europea y mundial con interés. Hay muchos temas candentes, pero uno de ellos es indudablemente lo que está pasando en Grecia, que me ha recordado a algo que ya hace algún tiempo que pasó.

A finales de 1917, los bolcheviques se hicieron con el poder en el Imperio Ruso. Uno de los primeros problemas que se encontraron los flamantes comisarios populares es que estaban en guerra con los Imperios Centrales y que tenían un porrón de soldados en el frente. Los bolcheviques, entonces, no creían mucho en la guerra y esas chorradas. Ellos estaban por la autodeterminación de los pueblos, la revolución mundial y la hermandad de todo quisqui en general, y de los proletarios en particular. La guerra es un instrumento capitalista para sojuzgar a los pueblos.

Pasando ampliamente de los aliados, los bolcheviques acordaron un armisticio con los Imperios Centrales, y luego empezaron las conversaciones de paz con ellos. Para que nos pongamos en perspectiva, los bolcheviques eran los perroflautas de aquel entonces. El jefe de la delegación era Adolf Abramovich Joffe, un judío recién fugado de Siberia al que se le llenaba la boca hablándole del derecho de autodeterminación... nada menos que al conde Czernin, representante del Imperio Austrohúngaro, que no le debía escuchar muy embelesado; o Anastasia Bizenko, una terrorista que se entretenía durante las negociaciones charlando con el príncipe Leopoldo de Baviera, representante del káiser Guillermo, y contándole los detalles de cómo había asesinado a un gobernador general. Supongo que los representantes de los Imperios Centrales estarían en un estado intermedio entre la incredulidad, el flipe y el asco.

Pero todavía les faltaba lo mejor.

En enero de 1918, apareció un nuevo jefe de la delegación negociadora rusa. El flamante comisario popular de Asuntos Exteriores, León Trotsky. De momento, se puso en plan gallito, tanto que algún representante alemán se preguntó quién estaba ganando la guerra y si, en lugar de en Brest-Litovsk, estaban cerca de Berlín. Lamentablemente para Trotsky, los representantes alemanes repararon rápidamente en que estaban varios cientos de kilómetros dentro de las fronteras del Imperio Ruso, tal y como estaban esas fronteras antes de empezar la guerra, y que, si alguien estaba ganando la guerra, eran ellos, con lo que elevaron considerablemente el tono de su voz, y también el de sus demandas territoriales.

Trotsky, en uno de esos alardes mitineros suyos, se negó a aceptarlas, contra el parecer de Lenin. Lenin pensaba que la revolución en Alemania era cuestión de esperar un poco, pero que, de momento, el Káiser era demasiado fuerte y el gobierno soviético necesitaba algo de tranquilidad para imponerse en casa. De hecho, los bolcheviques habían perdido las elecciones de dos meses antes, cosa que habían orillado dando todo el poder a los círcul... digooo a los sóviets. El caso es que Lenin estaba dispuesto a firmar lo que fuera y a esperar a que Alemania estallase para recuperar los territorios que se perdieran.

Trotzky tuvo una actuación bastante teatral el 10 de febrero de 1918. Se levantó de la mesa de negociaciones, y dijo que no aceptaba las imperialistas condiciones de Alemania, pero que se negaba a continuar una guerra igualmente imperialista, así que unilateralmente declaraba el estado de guerra como terminado. Hala.

El plenipotenciario alemán tardó un poquito en comprender qué pasaba. No te rindes, pero te vas de la partida... ¿cómo? La huida de la realidad por parte de los bolcheviques pareció por un momento que tenía éxito y todo. Sin embargo, a los pocos días el mando alemán, la temida OHL, reaccionó y empezó la "Operación Puñetazo" (sí, sí, "Untermehmen Faustschlag", en original). Básicamente una ofensiva en todo el frente contra un ejército que ya no existía, con el objetivo fundamental de conquistar Ucrania y sus recursos naturales, y el secundario de tomar Petrogrado, que llegaron a bombardear. Lenin salió pitando de allí y se fue con su gobierno a Moscú, donde siguen él (debidamente embalsamado, por supuesto) y la capital de Rusia. Ucrania cayó, enterita, en un periquete. Los soviéticos volvieron con el rabo colgando a la mesa de negociaciones y el 3 de marzo de 1918 firmaron una paz aún peor, y ya es decir, que la que habían rechazado pocos días antes.

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A principios de 2015, Syriza se hizo con el poder en Grecia. Uno de los primeros problemas que se encontraron es que estaban intervenidos y que tenían un porrón de deudas...

¿Alguien quiere continuar?

sábado, 17 de enero de 2015

Gente sin sentido del humor

Durante la guerra civil, en el Madrid republicano, y con las trincheras de los nacionales en la Ciudad Universitaria, el payaso Ramper hacía la gracia de pasearse por la escena con un saco de serrín y deciendo: "Se-rrin-de Madrid".

No acabó en la cárcel por los pelos. Los españoles de izquierdas no tenían mucho sentido del humor.

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Después, en plena postguerra, Serrano Suñer, cuñado de Franco, se convirtió en el hombre fuerte del régimen. El mismo Ramper hacía una actuación memorable, en la que otro payaso daba martillazos a un enorme clavo que había en la escena, pero fallaba todos los martillazos, mientras Ramper, entre las carcajadas del público, decía: "¡Este cuñado mío no da una!"

No acabó en la cárcel por poco. Los españoles de derechas tampoco tenían mucho sentido del humor.

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Durante las vacaciones me he dejado barba, y luego he estado de viaje de trabajo por Luxemburgo y por Francia. No llegué a Bruselas en plan trabajo hasta el viernes pasado. Entré en un despacho donde había varios compañeros, y dije muy serio: "Allahu akbar!"

Vale. Quizá no fuera el momento más oportuno. Pero aquí tampoco andan muy sobrados de sentido del humor.