viernes, 22 de marzo de 2019

La semana más larga (V): Segunda vecina

Por la tarde volví al hospital, esperando a cada momento que fuese el último. Reyrata leía un libro con semblante aburrido.

- ¿Qué tal? ¿Cómo está?
- Igual.

Y así era. Nuestra madre seguía respirando con regularidad y, eso sí, inconsciente. La única indicación externa de que estaba enferma es que estaba en la planta de paliativos, de donde no se suele salir.

Pero hay excepciones.

- ¡Dame agua, nene, dame agua!

Aún estaba allí la vecina. Cada noche, había una acompañante sudamericana diferente a su lado. Una le daban agua más a menudo; otra lo hacían menos y la trataban con más desdén. Los familiares pasaban un rato durante el día, pero no sé bien si para acompañarla o para despotricar de ella.

El lunes por la mañana pasó el médico.

Había que verlo.

No voy a calificar sobre su competencia, que desconozco, pero lo cierto es que su aspecto externo daba que pensar. Llevaba el pelo largo, lacio y canoso, recogido en una coleta podemita; usaba barba, bastante descuidada. La bata ocultaba su ropa de calle, pero lo que sobresalía por las piernas eran unos pantalones rotos por varios sitios, y unos calcetines de un color difícil de precisar. Vamos, menos mal que llevaba una bata de médico, y que el hábito hace al monje, porque, si llega a quitársela y me lo encuentro por la calle, igual le compro un bocadillo.

Tras ver a nuestra madre y sorprenderse un poco de que todavía siguiera allí, ocupando la cama 7.2, pasó a la vecina, la 7.1.

- ¡Dame agua! - bramó de nuevo.

Ni caso le hizo el médico. Coincidía que estaban los parientes, un hijo y su nuera, y se dirigió a ellos.

- Le voy a dar de alta. Aquí no podemos hacer más por ella.
- Pero, ¿no ve cómo está? ¿Qué hacemos con ella?
- Que vuelva a la residencia. Sí, tendrá demencia senil, pero en esta unidad no le podemos ayudar, y no parece para morirse de manera inminente.

Los parientes gruñeron un poco, pero tampoco mucho. Supongo que esperaban un final, y no lo habían tenido.

- Creo que no les caía muy bien - me dijo Reyrata.
- Salta a la vista.
- Se estaban peleando entre los hijos por ver quién no estaba. Y se les veía a la greña.
- Bueno, al menos esperemos que quien venga a ocupar la cama no se pase el tiempo pidiendo agua.
- Esperemos.

La espera fue tan corta como acuciante la falta de camas del hospital, de manera que a los pocos minutos llegaba otra anciana. La diferencia con la anterior era notable, porque no venía acompañada de mala gana, como la otra, por un matrimonio presto a traspasar la función de acompañante a unas mercenarias, sino por un tropel de todas las edades a partir de la infancia, desde adolescentes a jubilados, muy solícitos con quien, a no dudar, era la matriarca de la familia. Reyrata y yo, que sólo éramos dos, porque la tía Amparo sólo pasó un rato y se fue tras llorar a su prima, nos retiramos prudentemente hacia el fondo de la habitación.

- Ya verás como te pones bien, abuela.
- ¿Cómo te encuentras?
- Bien, bien...
- Un par de días y a casa.
- Ánimo, abuela.

El optimismo supuraba por los poros de los acompañantes. Reyrata y yo, a la vista de tal panorama, pensábamos que lo más probable es que, por falta de camas en otras secciones, hubieran enviado a la unidad de paliativos a una paciente con una dolencia curable. Cosas más raras se han visto.

Reyrata se fue a dormir a casa, prometiendo relevarme a la mañana siguiente, con lo que me quedé solo con toda la turba de acompañantes de la vecina. Les cedí una silla que había en nuestra parte de la habitación, y que indudablemente les hacía mucha más falta que a mí, y yo me acurruqué en el sillón extensible y luego, cuando se hizo algo más tarde, extendí mi sábana, tomé una de las mantas del hospital, y me dispuse a dormir, ignorando los murmullos de los acompañantes de la vecina, la mayoría de los cuales parecían dispuestos a pasar la noche entera por allí, y entraban y salían de la habitación mientras conversaban entre ellos y con la enferma.

Yo, en cambio, tras una breve inspección a mi madre y darme cuenta de que la situación seguía estable, me tumbé sobre el incómodo sillón a pasar unas horas de sueño, sin saber exactamente cuántas serían.

Y eso mismo es lo que voy a hacer ahora, porque se hace tarde, sí, y porque tengo bastante sueño, que no son horas en Bélgica de andar por ahí despierto dándole a la tecla.

lunes, 18 de marzo de 2019

El beguinaje de Breda

El beguinaje, en las ciudades de los Países Bajos, es un trocito católico en un entorno mundano. Incluso en la ciudad más protestante, pongamos que hablo de Amsterdam, el beguinaje seguía siendo católico (bueno, hasta que les pasaron una parte a los anglicanos, previo robo a sus dueños, pero eso es materia de otra entrada).

Breda, que está más bien hacia el sur, debía tener un número apreciable de católicos, más o menos a medias con los calvinistas. Hoy día, y sin querer entrar en las conciencias de nadie, no tengo yo muy claro que la ciudad sea muy calvinista. Al fin y al cabo, uno asocia el calvinismo con gente avinagrada y vestida de negro, ansiosa de pertenecer al número de los predestinados para la salvación eterna. En cambio, en ese sábado por la tarde hacía buen tiempo, el personal de la ciudad estaba de jolgorio por los bares y, a simple vista, es difícil decir si alguno de ellos estaría predestinado para salvarse, pero, a juzgar por las cervezas que se estaba apretando la mayoría, mi impresión es que no, y que a ninguno de ellos parecía importarles demasiado, ni la doctrina de la predestinación, ni el sursum corda.

El beguinaje de Breda está en pleno centro, un poco al Este del parque de la ciudad, y a él se accede, como es el caso de prácticamente todos los demás, por un portal que, un sábado por la tarde, estaba abierto. Ya nos habíamos cerciorado de que lo estaría, y de que había misa en la pequeña y coqueta iglesia que presidía el reducido barrio de beatas (sí, ya hemos dicho que beguinaje se traduce a veces como beaterío; al fin y al cabo, es una especie de semiorden religiosa). Las beatas han ido desapareciendo a los largos de los últimos decenios y ya se las puede dar por extintas. Sin embargo, los nuevos dueños de las casas han mantenido su aspecto, y es que no hay lugar más tranquilo en toda la ciudad, y nadie tiene ganas de que ese remanso de paz termine por reventar. Siguen las tertulias en los bancos que hay allí; siguen las misas, si no diarias, al menos semanales; y sigue la vida sin beatas, pero como si las hubiera.

En toda mi vida recuerdo pocas misas en neerlandés, la primera en el lejano 2006, cuando aparecí por primera vez por Bruselas y la oí en la catedral. Creo que hubo una segunda unos cuantos años después, en uno de mis viajes desde Moscú para ver si podría trabajar aquí y "desencasillarme". Hay que decir que la segunda ya debió ser de diario. Luego oí unas cuantas durante una semana que estuve en Mastrique en un curso, y coincidió que tenía una iglesia junto al hotel, y además había misa justo antes de que empezara mi curso. Y ahora estábamos en Breda.

La parroquia estaba bien organizada. En la entrada había un folletito con la liturgia en neerlandés, que tomé encantado y que guardo como oro en paño. En la iglesia seríamos como cuarenta personas, la mayoría, como de costumbre, de edad más o menos avanzada, y un par de familias con sus hijos, alguna claramente de origen colonial. El sacerdote llevaba un solideo rojo, lo cual me intrigó bastante, porque, hasta donde yo sé, es prenda propia de obispos y cardenales, y no me parecía que en Breda -y no sé si en todo el país- hubiese cardenal ninguno. Luego me di cuenta de que tenía que ser el obispo, y en efecto, es el señor que ilustra esta entrada.

No sabía cuántos sacerdotes hay en la diócesis de Breda, pero fue bonito que nos tocara el obispo. Entretanto, si uno controla mínimamente el neerlandés (en ello estoy), no es muy difícil encontrar la información: en toda la diócesis de Breda no hay sino 28 presbíteros y 12 diáconos, según su último informe anual. Las previsiones son que esa cifra se reduzca un poco en los próximos años, y hay que decir que estas cifras no comprenden a los presbíteros o diáconos mayores de 75 años, que alguno habrá y que, al menos en España, son muchas veces muy activos.

Las cifras impresionan. En la diócesis de Breda hay una población católica de más de cuatrocientas mil personas, aunque ciertamente se calcula que no asiste a misa con regularidad más del dos por ciento de esta cifra. De esas ocho mil almas, ya digo que como cuarenta estábamos escuchando al obispo.

Así como de otros obispos neerlandófonos uno ha oído cosas, y el que se lleva la palma es el obispo de Amberes, monseñor Johan Bonny, de éste, monseñor Liesen, no he oído nada malo ni que haya tenido las ocurrencias de otros, como de uno de sus antecesores, monseñor Muskens, que falleció en 2013 y que, para fomentar el diálogo interreligioso, se le ocurrió llamar Alá a Dios.

Este obispo, en cambio, me dio la impresión de ser un predicador excelente. La liturgia estaba muy cuidada, sin ninguna de las frivolidades que me he encontrado en Bruselas, y la homilía era tan clara que incluso alguien como yo, que todavía tiene sus dificultades con el neerlandés, la pudo entender sin mayores problemas.

El obispo lleva en la diócesis desde 2011 y le ha tocado vivir una caída brutal, y no es la primera, en la práctica religiosa. En los últimos diez años, el número de bautizos se ha dividido por tres, el de confirmaciones por cuatro y el de matrimonios casi por cinco. Y las cifras de asistencia a misa han caído a un tercio en diez años. La diócesis no oculta las cifras, sino que las pone bien de manifiesto en su informe anual, que es de donde las saco.

Es un poco difícil aventurar el futuro de la diócesis de Breda, por mucho que el obispo ponga de su parte y no se le caiga el anillo para decir misa en la humilde ermita del beguinaje. La tendencia asusta, y asusta mucho, pero, al menos, parece que los últimos obispos de los Países Bajos han dejado de soltar las perlas de la panda de rebeldes que tuvo este país desde los años sesenta del pasado siglo hasta la fecha actual y que, quién sabe, en algún momento la tendencia se revierta y se pueda decir que la Iglesia Católica en los Países Bajos ha tocado fondo y se ha convertido en la minoría creativa, pero por lo menos estable, que hace algunos años mencionó Benedicto XVI para los católicos en general. También es triste que, tras siglos de discriminación y malos tratos por parte de la mayoría protestante, que no hicieron mella en el catolicismo de la población, quien ha venido a echarlo abajo hayan sido los propios obispos católicos y sus ocurrencias innovadoras. Supongo que tendrán que rendir cuentas a Dios, como todos tenemos que hacerlo, pero creo que se puede decir con cierta seguridad que ellos tenían una responsabilidad mayor.

Entretanto, la misa ha terminado, nuestro periplo por Breda casi que también y, tras una noche tranquila en el hotel, nos toca ir retornando hacia casa, pero no directamente, porque vamos a hacer una parada por el camino ¿En Amberes, sede episcopal del monseñor Bonny? Nooooooo, un poco más allá, en una ciudad que suele pasar desapercibida para los turistas españoles, porque no está en los recorridos usuales, y es una lástima, porque es una ciudad muy hermosa y, por si fuera poco, es el lugar donde se crio el que seguramente es nuestro rey más conocido.

Efectivamente, la próxima parada es Malinas.

miércoles, 13 de marzo de 2019

La semana más larga (IV): Familiares

Mi padre no estaba en sus mejor momento cuando entré a verlo. No exagero un punto si digo que, con mejor o peor fortuna, había vivido sus últimos años cuidando a mi madre, dentro de sus escasas posibilidades, y ahora estaba en un estado de ánimo muy poco halagüeño, entre resignado, apesadumbrado y desficioso. Y, desde luego, de muy mal humor, y eso que siempre que me ve se alegra mucho.

Le di cuenta de cómo había ido la noche, le dije que no había visto al médico, porque no había pasado, y mi padre se limitó a cabecear sin muchas ganas de hacer nada. Le iba a costar digerir el trago que, fatalmente, íbamos a tener que pasar dentro de muy poco tiempo.

- Papá, habrá que avisar a las tías. No sabrán que la mamá está en el hospital.

- ¡No! ¡No avisemos a nadie! ¿Qué más les da?

- Papá...

- ¿Qué van a hacer?

- Debemos decírselo. Ya me encargo yo.

- ¿Para qué?

- Es lo que toca.

Yo vivo fuera de España, y mi relación con mi familia extensa, fuera de mis padres, hermanos, cuñada y sobrinos, es esporádica siendo generosos. Aun así, seguramente soy el que más mantiene el contacto, porque Kukoc y Reyrata bastante tienen con lo suyo para juntarse con primos y tíos segundos. Mi madre es hija única, y mi padre como si lo fuera, así que no había mucho donde rascar, pero mi madre, a falta de hermanas, sí tenía primas y, aunque últimamente no estaba en condiciones de relacionarse con nadie, me consta que no siempre había sido así.

No creo traicionar el anonimato que reina tradicionalmente en esta bitácora si digo que decidí empezar mi ronda de llamadas por la tía Amparo. A fin de cuentas, ¿quién no tiene una tía Amparo en Valencia? Yo no tenía su teléfono, pero conseguí hacerme con el listín telefónico de mis padres, donde vi su nombre garrapateado y un número de teléfono a su lado.

- Papá, voy a llamar a la tía Amparo.

- Te tendrá un cuarto de hora al teléfono, por lo menos ¡No la llames!

- Papa... que hay que hacerlo.

Marqué el teléfono. Se puso el tío Pepe.

- Tío, soy Alfor, el hijo de Padralfor y de Madralfor.

- ¿Tú eres el que está en Rusia?

Creo que mis tíos no están al día de mis aventuras.

- Sí, tío, yo estaba en Rusia ¿Se puede poner la tía?

- Ahora le paso el teléfono. Ten paciencia, que voy poco a poco, que me rompí la cadera.

Mis tíos deben andar casi por los noventa años, eso sí, muy bien llevados, pero no dejan de ser noventa y hay que hacer acopio de la paciencia que ojalá tengan conmigo si Dios me permite llegar a esas edades. Al final, le pasó el teléfono a mi tía.

- Tía, que soy Alfor.

- ¿El de Madralfor?

- Ése, ése. Llamaba para decirte que Madralfor está en el hospital desde anteayer... y que es probable que no salga.

- Ay, hijo, yo también estoy malísima. No sabes lo que me ha pasado, ni qué mal he estado este verano. Y luego Pepe, con la cadera, estamos fatal, y por lo menos con el andador va poco a poco y parece que está mejorando, pero qué mal. Y después me duele todo, y este año fíjate que ni siquiera pudimos ir al pueblo por fiestas, que tú ya sabes que siempre vamos, y este año, mira, que no ha habido manera. Estamos fatal...

- Bueno, tía...

- Y dices que mi prima está en el hospital. Igual que yo, que me he pasado un montón de tiempo últimamente por allí, y es que nos hacemos mayores, claro. Fíjate que tu prima, Amparo, que está muy bien, pero luego está mi nieta, que la pobrecita ha estado constipada, en la cama con fiebre, tan pequeñita, pero ahora ya está mejor, que es un encanto. La que está mal soy yo, que me duele todo cuando me levanto, y es que ya tengo unos años.

- Claro, claro...

- ¿Y qué le pasa a mi prima?

- Está en la unidad de paliativos, y los médicos dicen que puede faltar en cualquier momento.

Sí, en Valencia la gente no muere, ni fallece. La gente falta.

- ¡QUÉ ME DICES!

- Pues sí.

- ¡Ay! ¡Mi pobre prima! Que tú sabes que teníamos mucha relación, y que nos hemos criado como hermanas ¿Dónde está? ¿Que no podré pasar a verla?

- Tía, como quieras, pero está inconsciente y no parece que vaya a recobrar el conocimiento.

- ¡Ay, pero yo quiero verla! Dime dónde está que igual me acerco esta tarde. Ay, no, que estoy malísima. Bueno, es igual, tomaré el autobús ¿En qué hospital está?

Se lo dije.

- ¿Y en qué habitación?

- En la siete dos.

- Ay, que no sé cuándo podré ir.

- Tía, de verdad, no te molestes, que no te va a conocer.

- Pero yo quiero despedirme de mi prima.

- Bueno, haz como quieras. Siempre hay alguien a su lado; o está Reyrata, o estoy yo.

Por fortuna, la conversación no duró mucho más, y ya colgué con un suspiro.

- ¡No tenías que haber llamado! - dijo mi padre - ¡Ya ves! ¡Un cuarto de hora al teléfono! ¡A tu madre siempre le hace lo mismo!

Por experiencia propia, me consta que mi madre llevaba varios meses, tirando por lo bajo, incapaz de sostener el teléfono, cuánto menos de hablar, y mucho menos un cuarto de hora.

Todavía tuve que llamar a algún pariente más, a cual peor de salud, hasta el punto de que se podría pensar que son ellos los que iban a faltar. Alguno estaba, en honor a la verdad, un poquito más sano que los anteriores, y menos mal.

Por la tarde tenía nuevo turno en el hospital, así que más me valía descansar un poco. Casualmente igual que ahora, en que se hace tarde.

domingo, 10 de marzo de 2019

Peligros marcianos

Qué tiempos aquéllos en que el 8 de marzo estaba prácticamente confinado a Rusia. En España, en las más de dos décadas que viví allí entre mi nacimiento y mi emigración, el 8 de marzo era un día como cualquier otro, salvo que, si te pillaba en Valencia, había mascletà frente al ayuntamiento y pasabas por allí de vuelta a casa a escucharla. A ninguna mujer cuyo cumpleaños no fuera precísamente ese día se le ocurría que el 8 de marzo hubiera algo particular que celebrar, así que todo transcurría en paz y tranquilidad, y la armonía reinaba mientras la primavera comenzaba a desperezarse y el buen tiempo incipiente alegraba los corazones.

Eran otros tiempos.

Entretanto, las cosas han empeorado mucho. El 8 de marzo, una fiesta que nació únicamente para conmemorar a la mujer trabajadora, ha degenerado hacia un esperpento pensado para dividir y para acusar a los hombres de todo lo posible. Como da la casualidad de que soy hombre, la fiesta, que ya me cargaba en Rusia, me carga mucho más en Bélgica. Y menos mal, me cuentan, que no estoy en España, donde la fiesta parece completamente politizada y sirve como un motivo más de enfrentamiento civil, como si no tuviéramos bastante con la tumba de Franco, los independentistas de todo cuño y el debate sobre si la tortilla de patatas debe o no llevar cebolla.

En Bélgica sigue sin ser festivo, y la huelga que ha convocado no sé quién ha tenido poca incidencia, por decir algo. Más molesta ha sido la manifestación que ha tenido lugar por la tarde y que ha transcurrido por el centro hasta la plaza Luxemburgo, pero, como en Bruselas hay manifestaciones prácticamente todos los días, una más no se nota demasiado.

Tengo pocas dudas de que la promoción de una fiesta tan avinagrada tiene origen demoníaco, al menos en Occidente. En Rusia, la fiesta era almibarada y empalagosa, pero no avinagrada. Absolutamente a nadie en Rusia se le hubiera ocurrido montar una manifestación para protestar contra el patriarcado falócrata, mientras lanza su torva mirada contra los hombres, y nadie, pero nadie, acusaría a los hombres de violencia "de género", ni siquiera de llegar a casa borrachos con demasiada frecuencia (y mira que no les faltarían razones para esto último...). En Occidente, en cambio, esto no es una fiesta, sino una venganza, pensada con toda seguridad para clavar un clavo más en el ataúd de la familia como siempre se ha entendido, y maquinada por gente que alimenta una frustración enorme y cuyo mayor objetivo en su vida consiste en que, ya que ellas están frustradas, no exista armonía en la vida de nadie.

Como la cosa es relativamente nueva, y parece que su auge no ha cesado todavía, es un poco pronto para plantearse qué hacer ante este fenómeno. Lo más sensato debe ser ignorarlo y esperar a que se deshinche y que las aguas vuelvan a su cauce, pero no sabemos hasta cuándo va a permitir Dios este contrafuero; puede que nuestros pecados sean tantos que esta penitencia dure mucho más de lo que esperamos. Puede que la legislación vigente en España, que sigo admirado de que haya pasado el filtro del Tribunal Constitucional, no sólo empeore aún más, sino que se convierta en paradigma de progreso para el resto de Europa, y que el sentido común y la igualdad ante la ley sólo persista en países como, Dios lo quiera al menos, Polonia.

Lo normal es que esta nueva religión feminista, como cosa basada en la mentira y en la negación de la naturaleza, tenga efectos contrarios a los deseados por sus adeptos (y adeptas, que no se diga): si ahora están frustados, más lo estarán cuando las consecuencias de lo que está pasando vengan a ahondar más aún su frustración. Como, si algo caracteriza a esta generación, es la soberbia, lo que menos sucederá es que el común de las feministas reconozca estar equivocado; muy al contrario, pensará que la solución a su frustración progresiva consiste en insistir en las mismas medidas, y hasta en adoptar otras que mantengan el estado de guerra entre tirios y troyanos, mientras manda callar a quienes se bajen del carro vociferante y decidan que van por mal camino.

Los próximos años prometen. Prometen sufrimiento.

domingo, 3 de marzo de 2019

Breda

Después de visitar Bolduque y Empel, puntos fuertes de la resistencia católica en la guerra de los ochenta años, tocaba pasar a un baluarte protestante, como era la ciudad de Breda, que en España siempre pronunciamos llana (Bréda), cuando en neerlandés la pronunciación es más bien aguda (Bredá).

Sea como fuere, si Breda se conoce en España es por el cuadro de Diego Velázquez que celebra el momento en que la plaza, mandada por Justino de Nassau, hermano del estatúder, se rinde a los tercios españoles al mando de Ambrosio de Spínola. También conocido como "Las lanzas", por razones obvias.

Cuando uno se acerca a Breda, lo primero que advierte es que el centro de la ciudad no es muy grande, lo cual la diferencia de otras ciudades que han pasado por estas pantallas y, muy notablemente, de Bolduque, objeto de la última visita. Breda es mucho menor, pero no cabe duda de que su defensa en el famoso asedio de 1624 debió ser dura. Spínola era un especialista de los asedios, y ya se había distinguido en el de Ostende, antes de la tregua de 1609, que logró tomar tras varios años a pesar de no tener el dominio del mar. Que Justino de Nassau pudiera aguantar todo el tiempo que lo hizo tiene mucho mérito, a pesar de que el centro de la ciudad está rodeado por un foso, y no hay duda de que en los siglos XVI y XVII había una muralla, de la que queda aún hoy algún resto. Se sabe que otros soberanos enviaron a sus embajadores, que hoy llamaríamos agregados militares, para que tomasen nota de las técnicas poliorcéticas de Spínola, el cual no tuvo el menor inconveniente en aceptarlos y prodigar sus enseñanzas hasta que la ciudad cayó. Las tropas españolas reconocieron el valor de los defensores y les permitieron desfilar armados.

Cuando uno pasa al centro, lo primero que ve es un embarcadero, en el cual hay fondeada una barcaza que lleva el evocador nombre de "Spínola", señal de que a los bredenses de hoy no les molesta demasiado el nombre de quien tomó la ciudad, cierto es que no por mucho tiempo, porque pocos años después, con los tercios ocupados en múltiples frentes, y con el ejército de las Provincias Unidas mucho más bregado por los años de lucha, Breda volvió a perderse para el Rey, y así siguió hasta hoy.

Breda es uno de los lugares emblemáticos de los Nassau. No es donde están enterrados la mayoría de ellos, porque, cuando falleció asesinado el primero de ellos, Guillermo el Taciturno, Breda estaba en manos españolas y se decidió enterrarlo en Delft, donde sigue y donde, ya puestos, fueron enterrados todos los demás. Sin embargo, Breda había sido la cuna de los Nassau, y señal de ello es su enorme catedral, hoy convertida en museo y llena de objetos de la actual familia real.

La catedral está desacralizada. Tras la última conquista, fue arrebatada a los católicos y pasó a los protestantes, que tampoco la han logrado mantener hasta nuestros días. Se habla mucho de la enorme crisis del catolicismo en los Países Bajos, y ciertamente es enorme, pero da la impresión de que la del protestantismo es todavía mayor. En el centro de Breda, sólo con mucho esfuerzo logré ver un templo luterano, pequeño y vacío, mientras que la catedral católica de San Antonio, un bonito templo neoclásico del siglo XVIII, estaba tranquilamente abierta al culto, así como la iglesia del Beguinaje, que suele traducirse al castellano como beaterío. Pero del beaterío podemos hablar más adelante.

De momento, el centro de Breda estaba animadísmo. Hacía sol, y parece que a todo el mundo le había faltado tiempo para salir a la calle a tomar algo. Las terrazas estaban atestadas, la música sonaba desde varios lugares, y nosotros entrábamos aquí y allá curioseando. Cierto es que la cocina holandesa no es especialmente renombrada, y yo diría que con razón. Esa costumbre de tomar una especie de tapa de la pared y de la calentarla de mala manera no acaba de convencerme, pero, vaya, a esta gente le va mucho más lo práctico que lo de dar gusto al paladar, y nosotros no dejábamos de estar de visita, de manera que tocaba acoplarse.

Al final, fuimos siguiendo las rutas recomendadas para dar un paseo, nos paramos primero en una terraza junto a la catedral, entramos en ella a ver el museo, seguimos caminando, nos paramos a tomar algo salido de la pared (sí, es lo que hay...) y luego ya nos acercamos al beguinaje. Intentamos acercarnos al castillo fortificado, pero actualmente está en servicio como academia militar, y no es cosa de intentar una visita, a sabiendas de que son muy limitadas y desde luego no tienen lugar un sábado por la tarde.

Como pasa en todos los beguinajes (que a partir de ahora voy a llamar beaterío, como parece que está mandado), aquí el tiempo lleva otros derroteros y parece que pasa más lentamente, pero eso es sólo en el beaterío. En mi escritorio, donde estoy escribiendo esta entrada, el tiempo corre que se las pela, hoy se hace tarde, y mañana hay que madrugar, así que toca cerrar la pantalla y dejar el beaterío para la próxima ocasión.

sábado, 2 de marzo de 2019

La semana más larga (III): Últimos auxilios

Me acerqué al mostrador donde estaban las enfermeras.

- Quería saber si puede pasar el capellán.

- Le damos aviso.

Volví a la habitación y me puse a prepararme la cama. Me había traído una sábana mía y, si tenía frío, esperaba poder utilizar una de las mantas del hospital. Y me puse...

- ¡Dame agua, nene, dame agua!

- Ya le he dado mucha, señora.

... a pensar sobre todo aquello. La semana anterior, en que la cosa ya se veía mal, me aseguré de que pasara el párroco a administrarle la extrema unción a mi madre, pero eso es algo que se puede repetir, y no está de más hacerlo. Ni Kukoc ni Reyrata son mucho -ni poco- de iglesia, y tal cosa no se les iba a ocurrir, y mi padre no estaba como para acercarse...

- ¡Agua! ¡Agua! ¡Dame agua, nena!

- Ahorita le doy un poco más.

... al hospital.

De todas maneras, ya lo digo, el purgatorio lo debía haber convalidado mi madre en los últimos años, y si el Señor la llamaba ahora era porque ya había hecho hasta la reválida del mismo. Me acerqué a mirarla. Seguía sin mover un músculo, respirando pausada y silenciosamente. Diríase que no le pasaba nada.

Un hombre de alrededor de cincuenta años, vestido con una bata blanca, entró en la habitación.

- Soy el capellán ¿Alguien ha preguntado por mí?

- ¡Dame agua, nena, dame agua!

- Yo lo he hecho. Es por ver si le podía administrar los sacramentos a mi madre.

- Sí, claro.

Yoselín se acercó.

- ¿Van a rezar?

- Si, supongo que sí.

- ¿Les importa que me una?

- Claro que no.

- ¡Dame agua, nena, dame agua!

El capellán debía ser un visitante frecuente de aquel pasillo. Rezamos, le impuso el óleo, y luego ya se despidió.

- Parece que esté muy tranquila - dijo al irse.

- Sí.

- Llámeme cuando quiera si necesita algo.

- Gracias, padre.

- ¡Dame agua, nena! ¡Que me des agua!

- Ahorita, pero ya casi no queda.

Las enfermeras pasaron todavía un par de veces, para comprobar si el gotero seguía teniendo algo, en el caso de mi madre, y para ver qué ruido era aquél, en el caso de la vecina, que no dejó de pedir agua casi cada minuto.

Sin embargo, me pillaba demasiado cansado como para importarme, así que me metí en el baño, que allí más bien era para uso de los acompañantes que de los enfermos, que, si estaban en aquel pasillo, era porque podía ya levantarse. Me puse el pijama, terminé de colocar la sábana y la manta en el sillón regulable, y me acosté, entre gritos de petición de agua.

* * *

Al día siguiente era domingo, y no pasaba el médico, salvo que alguna urgencia demandase la atención del de guardia. Pasaron las enfermeras, que hicieron la liturgia de sacar fuera a los acompañantes, cambiar sábanas, curar las heridas si las había, y fregar la habitación. Reyrata me relevó por la mañana.

- ¿Qué tal?

- Por aquí, ninguna novedad. No se ha movido ¿Qué tal por casa? ¿Cómo está el papá?

- Bien.

- Voy a verle.

- Le hará ilusión.

- ¿Qué tal la vecina? - dijo en un aparte - ¿Ha hecho mucho ruido?

- No ha parado, pero he podido dormir un poco.

- Bufff...

- Venga, te relevo por la tarde, y hago yo las noches, como hemos quedado. Voy a ver al papá.

- Venga.

Salí del hospital, me monté en el Bulto Misterioso, que ya lleva algunos años por Valencia, me fui a mi casa, donde desayuné algo y me duché, y me fui a casa de mis padres, que, me dije a mí mismo, dentro de poco sólo iba a ser de mi padre.

lunes, 25 de febrero de 2019

La semana más larga (II): El primer día

Lo más probable es que quien más, quien menos, esté familiarizado con lo que es un hospital público español. Sin embargo, es posible que no haya tanta gente que tenga experiencia en el pasillo de enfermos terminales, que a mí me acabó dando la impresión de ser un lugar con reglas propias, diferentes a las del resto de los pasillos.

Externamente, la unidad de terminales es como las demás. Los pasillos están pintados del mismo color que los otros, las camas son exactamente iguales a las que hay en cualquier otra unidad, hay desinfectante por las paredes, mobiliario idéntico al que hay en cualquier habitación y, de hecho, la unidad de terminales ni siquiera se llama así, sino que la administración del hospital ha sido eufemística y la ha llamado algo así como 'patologías diversas', que suena a algo así como cajón de sastre, pero en dolor.

Sin embargo, no tiene mucho que ver con el resto del hospital. En el resto de las habitaciones, los enfermos, con alguna excepción, tienen buenas posibilidades de salir de allí, en mejor o peor estado, pero de salir. Eso no pasa en terminales. Si alguien sale de allí, y no es con los pies por delante, desde luego que no es en buen estado, sino porque los familiares han decidido que, puestos a esperar el desenlace, prefieren hacerlo durmiendo en su cama, y no en un sillón incómodo que a saber qué espaldas ha acogido.

Cuando entré en la habitación de mi madre, Reyrata ya estaba despierto.

- ¿Qué tal? -pregunté.
- Ya ves.
- ¿Has pasado buena noche?
- La verdad es que sí. La mamá ni se ha movido.

Me acerqué a mi madre, que estaba inconsciente y con los ojos cerrados, yo diría que en coma, recibiendo oxígeno y conectada a un gotero de suero.

- La han sedado - dijo Reyrata -. Está llagada. Por lo menos, así no nota nada y se la mantiene hidratada, que este verano ha sido una agonía.

Y tanto que lo había sido. A medida que el Parkinson iba avanzando inexorable, ya resultaba imposible que mi madre se nutriera por sí misma, ni siquiera que bebiera. Nos turnábamos para enchufarle una botella en la boca y meterle agua a presión, y sudábamos tanto para hacerla beber, que más falta nos hacía a nosotros el agua que a nuestra madre. Padralfor, casi incapaz de andar, aún se levantaba y, no sé con qué fuerzas, se las apañaba para dar a su esposa algunos centilitros de agua con que pudiera pasar el día.

El que haya pasado un verano en Valencia sabe que no es ninguna broma. Puede que la temperatura no sea excesiva, pero la conjunción de calor y humedad aplatana al más pintado, y más vale ingerir suficiente líquido para prevenir males peores. En estas condiciones, que mi madre sobreviviera julio y agosto sin aparentes problemas entra en el terreno de lo inexplicable. Que sobreviviera a septiembre, y sólo estábamos a 8, ya iba a ser demasiado.

Las habitaciones son dobles en el hospital. La otra persona que estaba allí era una anciana bastante ruidosa. Un pariente, evidentemente poco contento con lo que le tocaba hacer, se pasaba el rato echándole broncas. La anciana no hacía más que pedir agua, y su pariente se la daba una vez de cada siete.

- ¡Nene, nene, dame agua!

- ¡Que ya le he dado hace un minuto!

- ¡Nene, nene, dame agua!

- ¡Que no!

- ¿Y por la noche también es así? - le pregunté a mi hermano.

- También, pero bueno, peor era en casa, cuando la mamá gritaba por la noche.

La medicación para el Parkinson, por lo visto, está todavía en mantillas, y los efectos secundarios de muchos mejunjes son importantes. A mi madre, en las primeras etapas de la enfermedad, le daban pesadillas y hablaba en voz alta, cuando no a voz en grito, sobresaltando a mi padre y a mi hermano, cuando éste pasaba la noche allí. Los más de los días, ninguno conseguía dormir de corrido, y no es que el día fuese mucho mejor, porque mi madre, incapaz de andar, no dejaba de pedir cosas que le hacían falta y que no se podía desplazar a procurarse, desde su caja de costura, que prácticamente ya no podía manejar y que se quedaba mirando, dando vueltas entre sus dedos a unas hilachas que a saber de dónde habían salido, hasta una valenciana o un vaso de lo que fuera.

Allí ya no pedía nada. Seguía inconsciente.

- ¿Y qué dicen los médicos?

- Pasó antes el de guardia. Que nos vayamos preparando.

- ¿Cuánto puede durar?

- No me ha dado un plazo. Horas, días... le pregunté si una semana o un mes, y me dijo "¡Noooo! ¡Un mes no! ¡Y una semana tampoco!"

- Vete a casa. Me quedaré yo a pasar las noches. Kukoc bastante tiene con lo suyo, y a mí no me molesta quedarme.

- La verdad es que aquí me cuesta dormirme. - y, en un aparte, me dijo: "Y la vecina de habitación está como una cabra".

Reyrata se fue a descansar, que buena falta le hacía, y yo me quedé a pasar la noche.

- ¡Dame agua, nene, nene, dame agua!

- ¡Cállese!

La pelea entre la anciana sedienta y su pariente duró todavía un buen rato. Me llevé la impresión de que la anciana sedienta no era precisamente lo que se llama un ser querido. Al pariente lo relevó un matrimonio, que tendría cumplidos los sesenta años, uno de cuyos cónyuges, no supe bien quién, debía ser hijo de la anciana.

- ¡Dame agua, nene! ¡Que no me dais agua!

- Ya le hemos dado - dijo él.

- Qué pesada - dijo ella.

- No sé cómo la aguantan en la residencia.

- Ya ves.

Pasó algún tiempo, y entró en la habitación una joven sudamericana.

- Hola, soy Yoselín, hemos hablado por teléfono.

- Ah, sí. Madre, esta chica es Yoselín. Se va a quedar a pasar la noche. Yoselín, tú simplemente tienes que estar pendiente y, si pasa algo, nos avisas. Tienes nuestro teléfono. Hasta luego. Mañana vendremos.

El matrimonio se fue y se quedó Yoselín.

- ¡Dame agua, nene! ¡Dame agua!

Yoselín llenó un vaso y se lo acercó a la anciana a los labios. Apenas bebió.

Pasaron como mucho diez segundos.

- ¡Agua! ¡Agua! ¡Que no me dais agua!

- Pero si le acabo de dar - dijo Yoselín.

- ¡Dame agua, nena! ¡Dame agua!

Yoselín terminó por darse cuenta de que tanta sed no podía ser cierta.

- ¿Es siempre así? - me preguntó.

- Yo acabo de llegar, pero mi hermano lleva aquí dos días y parece que sí, que siempre es así.

- Bueno, pues ya veré cómo hago.

Salí al pasillo a estirar las piernas, porque mi madre seguía inmóvil e inconsciente. Advertí que, estratégicamente dispuestos en los sitios más visibles, alguien había dejado papelitos impresos con números de teléfono de gente que se ofrecía a hacer turnos en el hospital para cuidar de enfermos, o para cuidar de enfermos en cualquier sitio. Por los nombres, yo diría que todas las que se ofrecían eran chicas hispanoamericanas, pero bueno, quizá hubiese también alguna española de origen.

Es curioso cómo se desarrollan oficios nuevos. Ni a mis hermanos ni a mí se nos había pasado por la cabeza contratar a quien básicamente sería una desconocida para cuidar de nuestra madre. No estamos programados para eso. Cuando se rompió la cadera, hacía cinco años de eso, que fue el principio del fin, sólo Kukoc estaba en Valencia. Yo salí a toda mecha desde Bruselas y me planté en el hospital en cuanto pude, y a los dos días apareció Reyrata después de un periplo de lo más aventurero que le llevó a atravesar la Península Ibérica de polizón en un transporte de paquetería. Nos hubiera salido a cuenta, supongo, contratar a alguien, pero no nos han educado así.

Y eso que nuestra madre siempre fue una enferma difícil. Apenas me puedo imaginar a nadie que montara un espectáculo como el que dimos cuando lo de la cadera, o cómo montó otro número cuando tuvo una rotura de brazo, y sus negativas a hacer nada semejante a una rehabilitación.

La verdad es que, aparte de la perspectiva de que con casi total seguridad iba a ser la última vez que cuidáramos de nuestra madre, esta vez parecía la más sencilla. No hablaba, luego no pedía nada. Simplemente se limitaba a respirar con calma, dormida a base de tranquilizantes, mientras las infecciones que debía tener internamente no podían más que ser paliadas, que no detenidas.

Me quedé mirándola. Madre sólo hay una, y todo hacía pensar que la mía ya había cumplido con su papel, y que estaba al caer el momento en que iba a trabajar por sus hijos desde otro mundo. Los quince años que había pasado con el Parkinson avanzando implacable deben ser lo más parecido a un purgatorio que me pueda imaginar, precisamente para una persona cuya profesión, si tuvo alguna, y desde luego su afición, consistía en manejar pinceles y lápices, y que llevaba años sin poder sostenerlos. El purgatorio estaba llegando a su fin, y todos los rosarios de los últimos quince años, todas las oraciones a la Virgen, venían a parar a esto.

- ¡Dame agua, nena, dame agua!

- Sí, señora, ahora le doy un poquito.

Me quedé junto a la cama de mi madre y le di un beso, antes de pensar qué iba a hacer.

8 de septiembre. Era su santo.