domingo, 27 de diciembre de 2015

Confusiones

De nuevo en Valencia, esa ciudad que, con todos sus defectos, queremos tanto los que somos de ella.

Al ir a misa esta mañana, he visto que justo detrás de mí venía un señor en silla de ruedas, empujado trabajosamente por otra anciana a través de la rampa de acceso. Uno, que es de natural obsequioso, y no digamos en estas fechas, en lugar de acceder al templo y dejar que el buen señor se las compusiera, le abrí la puerta y le invité a pasar con una sonrisa.

El señor se sujetó la cartera y dijo "¡Buenos días!" de forma cortante y desabrida.

Me parece que voy a tener que actualizar mi vestuario. Una cosa es que, con el relajo de las vacaciones, lleve un par de días sin afeitarme, y otra es que, por el hecho de abrir la puerta a la feligresía, me confundan con el mendigo que suele dedicarse a eso.

Y que, por cierto, debe estar también de vacaciones, porque hoy ni se le ha visto.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Feliz Navidad

Si algún día suceden cosas asombrosas, es éste. Porque el hecho de que el mismo Dios se haga uno de nosotros para sacarnos del lío en que estábamos metidos y del que no podíamos salir solos, es asombroso hasta más no poder.

Aunque creamos en los milagros, a veces tenemos la tentación de pensar que son cosas que ya no suceden, que, si acaso, pasaron en tiempos remotos, y que vaya usted a saber si eran verdad o invenciones de algún fulano que los crédulos nos hemos tragado a pies juntillas. Y es una lástima, porque hoy sigue habiendo milagros, y en la vida de cada uno los hay, milagros pequeñitos, quizá, pero milagros al fin y al cabo, que muestran que Dios sigue mirándonos y queriéndonos, y que espera que tengamos confianza en Él. Aunque Él, como es bien sabido, nunca tenga prisa.

Lo que pasa es que estamos más ciegos que los árbitros cuando hay un penalti en el área del Real Madrid, y no sabemos ver las cosas asombrosas que suceden a nuestro alrededor. Las atribuimos a lo que sea, con tal que evitar reconocer lo que hay de amor de Dios en ellas; el mundo occidental nos ha embotado hasta tal punto el sentido de lo sobrenatural, que ya no reconoceríamos siquiera uno de los milagros gordos, los que son evidentes, así los tuviéramos delante de nuestros ojos.

En estas circunstancias, no es extraño que en nuestras ciudades la fiesta de la Navidad decaiga. Estoy en Madrid, y esta tarde he pasado por la ciudad, sólo para ver el cuidado que ha puesto el gobierno municipal en evitar cualquier alusión cristiana en estas fiestas, y cómo el "Feliz Navidad" causa escalofríos en según qué gente, que se aferra a un "Felices Fiestas" aséptico, que no compromete a nada y que haga referencia a un abstracto, no al nacimiento de Nuestro Señor.

¿Qué fiestas queremos tener en estas circunstancias? Cada vez peores. Una alegría absurda, artificial, sin motivo alguno, hueca y sin base. Pero no es así en esta bitácora, escrita desde el Cristianismo, y donde la mayor felicidad y la mayor felicitación que puede haber en estos días es la culminación del Adviento y la celebración de la venida de Dios al mundo. Como saben nuestros hermanos ortodoxos, la Resurrección es más importante, pero el Nacimiento es más bonito.

Feliz Navidad a todos los lectores y que Dios os dé, entre otras muchas cosas, la capacidad de abrir los ojos para ver las obras que hace.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Aguinaldos

De sopetón, uno llega a estas fechas tan señaladas, y se encuentra con reacciones belgas que no esperaba, como, básicamente, la de los aguinaldos. Dicen que en España tal tradición existía, y que los distintos oficios pasaban en vísperas de Navidad por la casa de uno, llamaban al timbre, y dejaban una felicitación muy mona, esperando una gratificación. Supongo que cosas como la inseguridad ciudadana y las pagas extras de Navidad han ido acabando con tal cosa.

Aquí, no.

Aquí, al menos en Uccle, y no tengo motivos para pensar que no pase también en otros sitios, no hay paga extra de Navidad, ni mucho menos del 18 de julio (y eso que la fiesta nacional es el 21 de julio y podría habérseles ocurrido). Este mes, además de los atentados terroristas, que esperemos no se repitan, ha traído a Bruselas otros visitantes poco deseados: los pedigüeños de aguinaldos.

Por ejemplo, el cartero. El cartero, en mi barrio de Valencia, es un individuo venerado, amable como él sólo, que conoce a los vecinos uno a uno y los llama por su nombre, los saluda por la calle y les dice lo que les va a llevar, y si tiene un certificado no ceja hasta encontrarlos. Un bendito. Y no pide aguinaldos, sino que se conforma con lo que le paga Correos.

El cartero de Uccle, y supongo que los demás no son mucho mejores, es un estraperlista de siete suelas que no se molesta en llamar a ninguna puerta, así tenga siete certificados que dejar, sino que automáticamente introduce el papelito en el buzón con la mención de la hora a la que ha pasado, y ya te puedes buscar la vida para pasar por la oficina de Belgische Post para que te den lo tuyo. Y tiene la desfachatez de asegurar que no había nadie en casa cuando pasó y que por eso no pudo hacer entrega del envío. Tú sabes que a la hora que dice el papelito estabas en casa, pero tienes que aguantarte, y hacer encaje de bolillos para pasarte por la oficina de Correos, que, por cierto, cierra a las cinco de la tarde.

Pues este ser, en diciembre, se pasa por las casas pidiendo el aguinaldo. Y supongo que lo hace porque hay gente que le da algo, y no con la puerta en las narices. Para una vez que llama al timbre, deben pensar, habrá que recompensarlo, a ver si hay suertecilla y se acostumbra.

O el bombero. En Uccle la humedad es del 85%, por lo menos, y la probabilidad de un incendio bastante reducida, así que no hemos visto al bombero en todo el año, y a saber si es él, o un vivales que se hace pasar por bombero. En todo caso, a mí los bomberos me dan muy mala espina desde mis tiempos de feriante en Moscú, en que los recuerdo pasándose todos chulos con unas gorras de plato de diámetro imposible y uniforme reglamentario verde pistacho, asegurando que no cumplíamos con vaya a saber qué norma, y que nos cerraban el chiringuito. Luego nos tocaba calmarlos a base de jamón, y de repente cumplíamos las normas como el que más.
Pero el elemento más sorprendente son los basureros. Ya ha salido más de una vez en la bitácora, pero los basureros belgas no se matan ni un poquito, y no hay alternativa a ellos, ni contenedores por las calles. Hay tres equipos distintos de basureros: uno para retirar una vez a la semana las bolsas verdes (desechos de jardinería), otro para ocuparse en semanas alternas de las bolsas amarillas (papel) y azules (envases), y un tercero para, dos días por semana, y ni uno más, recoger las bolsas blancas (todo lo demás, incluyendo raspas de pescado). Bueno, pues los tres equipos pasan por tu casa por separado con la mano extendida y, es más, previamente han pasado otra vez para dejarte un pasquín con su foto, para que los reconozcas y no seas engañado por Dios sabe qué impostores. Es el mismo servicio que, cinco días de cada siete, te deja con la basura en casa. Ah, y de los vidrios te encargas tú. Y quieren un aguinaldo.

En estos tiempos inciertos e inseguros, con una cierta posibilidad de que quien llame a tu puerta sea un yihadista convencido, uno haría un sacrificio si quien pide algo es el cartero de mi barrio en España. Si quien llama, en el mejor de los casos, es un rascabarrigas redomado, como que no.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Pa' mata'los

Repito lo dicho. Hasta hora, sólo lo sabíamos nosotros, los que vivimos aquí.

Ahora, lo que puede llegar a pasar en Bélgicalo saben hasta en mi pueblo.

Va a ser que Hernández y Fernandez están sacados de la vida real.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Habemus novum episcopum!

Entre tanta amenaza de atentado terrorista y tanta monserga de que estábamos sitiados en Bruselas, la noticia ha pasado bastante desapercibida, pero lo cierto es que el domingo pasado recibimos al nuevo arzobispo de Malinas y Bruselas, monseñor Jozef De Kesel, que sucede al monseñor Léonard, a quien tuvimos ocasión de recibir en esta bitácora hace algún tiempo, como éste había sucedido a monseñor Daneels. Sí, de monseñor Daneels también tocó hablar en su momento, aunque no para bien.

Con lo que hemos contado, ya salta a la vista que la Iglesia Católica sigue una regla simple, pero implacable, para los nombramientos de obispos belgas: los de Valonia son francófonos; los de Flandes son neerlandófonos y, finalmente, los de Bruselas y Malinas van por turno: a un neerlandófono como Daneels le sucede un francófono como Léonard, y a éste nuevamente un neerlandófono como De Kesel. Hay que decir que últimamente la balanza parece un poco inclinada a favor de los neerlandófonos, porque el pontificado de Daneels duró la friolera de treinta años, mientras que el de monseñor Léonard sólo ha llegado a cinco, y le han aceptado la renuncia en cuanto la presentó, en tanto que a Daneels Benedicto XVI tardó un poco más en encontrarle sucesor. Pues ahora volvemos a tener arzobispo flamenco.

La cuestión no es solamente de idioma, sino que va mucho más allá. Desde hace algún tiempo, los obispos valones, posiblemente por influencia de la vecina Francia, mantienen posturas mucho más ortodoxas que los flamencos. Éstos últimos, en cambio, y Daneels es el gran padrino de este grupo, sostienen posiciones bastantes fronterizas con la doctrina, y a veces fronterizas por la parte de fuera. Es decir, si tocaba obispo flamenco, cualquiera de las tres posibilidades -no hay tantos obispos en Bélgica- daba muchísimo que pensar.

Los tiempos que corren en la Iglesia Católica, al menos en Centroeuropa, no invitan al optimismo de los que nos consideramos ortodoxos. Monseñor Léonard es claramente más ortodoxo que lo que fue su antecesor. En su anterior diócesis, Namur, tenía más seminarista que en todas las demás diócesis belgas, pero eso no le ayudó demasiado en Bruselas, donde tuvo que lidiar con la sombra de Daneels. Así, el catolicismo en Bruselas está pasando una muy mala época. No está muerto, y quedan lugares de resistencia, pero está muy comprometido, con una práctica religiosa muy escasa y, muchas veces, muy poco respetuosa con lo que están haciendo.

Por supuesto, hay que darle un voto de confianza al nuevo arzobispo y no empezar a ponerlo a caldo desde el primer día. Viene de la diócesis de Brujas, donde probablemente lo hizo mejor que su antecesor, Roger Vangheluwe, que tuvo que dimitir cuando se descubrió que había abusado sexualmente de su sobrino, incluso después de ser ordenado obispo, lo cual es probablemente el mayor escándalo de pederastia cometido por un sacerdote católico en todo el mundo (los demás no eran obispos), pero que no tardó en pasar a segundo plano, supongo, como ya escribí, que porque airearlo mucho implicaba directamente a Daneels como encubridor, y los comecuras no tienen interés en desprestigiar a alguien que les hace el trabajo tan diligentemente.

Monseñor De Kesel, pues, tenía el listón muy bajo en Brujas y no parece que le costara superarlo. Había hecho declaraciones saliendo un poco de pata de banco, pero se calló prudentemente durante el pontificado de Benedicto XVI. Últimamente, siempre matizando enormemente las palabras y dando a entender mucho más de lo que dice realmente, había vuelto a las andadas, esta vez sobre el sacerdocio femenino, ese tema que Roma había declarado que está cerrado definitivamente.

Veremos. Puestos a consolarse, uno piensa que el Papa podía haber elegido al obispo de Amberes, monseñor Bonny, que ha sido el representante del episcopado belga en el reciente Sínodo sobre la Familia y que no parece muy interesado en mantener la doctrina la Iglesia Católica, a juzgar por las cosas que viene diciendo últimamente. Si, el que no se consuela...

jueves, 26 de noviembre de 2015

Y seguimos buscando culpables

Y seguimos buscando culpables

Ha pasado ya cerca de una semana desde que estamos en estado de alerta máxima, y la gente empieza a cansarse un poquito del asunto. El metro vuelve a funcionar, y hay quien lo usa y todo, quizá mirando con algo de aprensión a los pasajeros morenos y con barba larga; los colegios han sido reabiertos, se supone que con medidas suplementarias de seguridad de las que mis hijos no me han dicho mucho. Los centros comenciales han vuelto a abrir, porque a ver de qué iba a vivir si no el personal. Y, si alguien queda trabajando desde su casa a estas alturas, es porque lo hubiera hecho de todas maneras.

En estas circunstancias, cada vez va tomando más cuerpo lo que escribía ayer, de que algo tenía que haber pasado para justificar tanta metralleta y tanto soldado por las calles del centro. Pero, básicamente, no ha pasado nada. Y la sospecha de que las autoridades tratan de compensar su inacción de años con su sobreactuación de estos días cobra fuerza, y no hay sino escuchar los comentarios que se oyen por la calle.

Y aquí estamos, compadeciendo a los militares que se pasan horas de pie, con los pasamontañas puestos y cargando el chopo horas y más horas, en lugar de estar pegando barrigazos por las Ardenas, con lo que al menos entrarían en calor. No saco fotos suyas, aunque suelen ser gente amable que responden cuando se les saluda, así deben estar de aburridos, porque no tengo ganas de meterme en líos, y sacarle una foto a un tiarrón armado hasta las cejas es meterse en líos.

Como ya sabemos desde hace mucho, la naturaleza humana es proclive, desde su creación, a buscar culpables ajenos de las desgracias que le aquejan. Como ya sabemos que los belgas nunca se equivocan, es ocioso buscar entre ellos uno que levante la mano y diga que se siente responsable de parte del follón, siquiera sea por haber votado repetidamente a un político que, a fuerza de amar la diversidad, ha terminado por acoger a todo bicho, aunque el bicho tuviera por la diversidad mucho menos aprecio que el político.

Veamos este artículo, que hace el esfuerzo suplementario de sistematizar los culpables. No está nada mal para abrir el debate y, aunque posiblemente mete más culpables de los estrictamente necesarios, uno de los que mete es especialmente pertinente: el alcalde hasta 2012, Philippe Moureaux, socialista, una persona que no puede menos que ser partidaria del multiculturalismo, porque lo ha practicado activamente, llegando hasta el punto de divorciarse de su esposa, de raza blanca y aburrida, para casarse con la chica de arriba, musulmana, pero, evidentemente, no demasiado observante del código de indumentaria salafista. No, no es el abuelo de la novia: es el novio. Las malas lenguas, que no descansan, han venido diciendo que se convirtió en padre y hasta en padrino para toda la familia de su flamante esposa, a buena parte de la cual ha encontrado trabajo.

Él, como buen belga, asegura que no es culpable y dice que él estaba cerca de la gente y que los responsables son los actuales gobernantes, que no lo están.

Vamos, que estaba cerca de la gente, al menudo de alguna, parece claro. Que eso le libere de toda responsabilidad es otra cosa.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

¿Y ahora qué?

Los de la imagen son los policías belgas más célebres (aparte de Hercule Poirot, que es de otra liga y ni siquiera es policía) y, por lo que parece, también son los más recordados estos últimos días en que se han sucedido los arrestos de sospechosos y las liberaciones casi inmediatas por falta de cargos, mientras coches de policía ululaban por aquí y por allá y los ciudadanos, cada vez más hartos de la situación, íbamos saliendo a la calle y haciendo nuestra vida normal a despecho de los peligros y amenazas que supuestamente nos rodean.

Tengo la fuerte impresión de que alguien ha decidido compensar los decenios de dejar crecer tranquilamente el fenómeno de los guettos musulmanes, y ahora ha resuelto dar un puñetazo y medio paraliar la ciudad unos cuantos días. En serio, si uno adopta las medidas que han tomado estos pollos, más vale que sea para obtener algún resultado. De momento, el único resultado es lo ridículo que está quedando esto.

Enhorabuena. Hasta ahora, los únicos que sabíamos que Bélgica era un desastre éramos los que vivíamos aquí. Ahora, lo sabe toda Europa.