viernes 10 de julio de 2009

Antología de excusas moscovitas

Hoy estoy especialmente contento, supongo que porque dentro de un rato me voy de vacaciones unos días. Es posible que, mientras esté fuera, alguien meta la pata por aquí (eso puede suceder aunque no esté fuera, la verdad), de manera que hay que prepararse para escuchar la batería de excusas de rigor. Rusia es el país de las excusas, y Moscú es la ciudad en que las excusas están más a mano. Aunque hace unas entradas ya vimos que Yollie era una experta buscando culpables, que no es más que otro nombre de las excusas, no estará de más que repasemos alguna:

1. "Es que había mucho tráfico" (Пробки были...)

Ésta es la coletilla más habitual cuando alguien llega tarde. En Moscú, el tráfico es brutal, como ya hemos visto alguna vez, de manera que la hora a la que llegaremos a los sitios, si vamos en coche, es absolutamente imprevisible ¿Y por qué no vamos en metro?, preguntará cualquiera. Es una buena pregunta. Yo, cuando no voy en bicicleta, voy en metro, pero, ¡ay!, ir en metro es de mindundis paletos y de quiero-y-no-puedo. Un moscovita va en coche. El coche da estatus. El coche da independencia. El coche da un gustirrinín en la barriga que yo, que soy frugal de vocación, no entiendo, pero lo da.

2. "Creo que hay una tormenta magnética" (Сказали, что сегодня у нас магнитная буря)

Ésa también es muy buena. Se emplea cuando la productividad está por los suelos, es lunes por la mañana, o cualquier día por la mañana, un trabajador cualquiera viene resacoso o simplemente desganado y se pasa el rato dormitando en su puesto de trabajo. La culpa no es suya, sino de la tormenta magnética que se cierne sobre la ciudad y que aplatana a todo quisqui. No lo intentéis en España si queréis conservar el puesto de trabajo, pero en Rusia funciona.

3. "La ley rusa no permite esto" (По российским законам это нельзя)

Esta excusa es típica para oponer a un extranjero. El caso típico es de un extranjero, cargo directivo, que quiere hacer algo con sentido común, como lo haría en casa, y le da al ruso que tiene a su cargo una orden en ese sentido. Al ruso no le apetece hacerlo, o simplemente pretende que el extranjero se dé cuenta de que no tiene ni idea de dónde está y que todo su saber anterior no sirve de nada en Rusia. Las palabras mágicas son "la ley rusa lo prohíbe". Para un extranjero medio, las leyes rusas son algo tan impenetrable como los arcanos de Nostradamus o el Código Civil de Mordor, así que se calla y la parte rusa de la empresa puede hacer las chapuzas de toda la vida y, de paso, convencer al directivo guiri de su inutilidad.

Cuando el directivo guiri lleva algún tiempo, se adapta a la situación perfectamente y utiliza la misma excusa para justificarse ante su propio jefe y hacerlo callar. Será guiri, pero no tonto.

4. "Tengo que conducir" (Я за рулём).

Ésta es la salvación de todos aquellos que detestamos el vodka. De hecho, muchas veces es la única manera de librarse de una borrachera brutal. Hay otra excusa parecida, que es "El médico me lo ha prohibido", pero no es tan efectiva, porque al fin y al cabo, y no digamos después de un par de copichuelas, los médicos son unos exagerados y el vodka de buena calidad no puede ser malo para la salud, si se bebe con moderación, es decir, no más de dos botellitas por barba. En cambio, tener que conducir es más efectivo, porque la milicia no perdona.

5. "No me han dado el visado" (Визу не дали)

Ésta viene bien cuando te obligan a hacer un viaje coñazo. A los españoles nos exigen visado en un montón de sitios de por aquí, y a los rusos prácticamente en todos los demás. Si no quieres que te manden en un espantoso vuelo nocturno a, digamos, Tayikistán, muchas veces es suficiente con no ser muy escrupuloso a la hora de rellenar las solicitudes. Los servicios consulares de Tayikistán se encargarán del resto. Para los rusos, librarse de un inoportuno viaje a, pongamos, Gales puede requerir un método similar y el apoyo del MI5, que seguro que lo da.

6. "La aduana ha detenido el envío" (Посылка на таможне)

Es una excusa muy similar a la anterior. Si te está cayendo encima un marrón del quince y no ves forma humana de evitarlo, a veces da buen resultado pedir que te envíen catálogos o alguna cosa pesada y aparente, sin la que no puedes afrontar la solución del marrón. La aduana rusa se colocará gustosamente en el papel de culpable, detendrá el envío y, en el peor de los casos, te permitirá ganar tiempo para resolver el marrón. En el mejor, el marrón se resolverá sólo o el que te ha mandado el envío se volverá loco intentando sacarlo de la aduana, cosa prácticamente imposible, y dejará de dar la lata.

7. "El jefe no está" (Шефа нет)

Es el estribillo de la mayor parte de las secretarias de todo el mundo, pero en el caso de las rusas parece que es la única letra que conocen. Tú puedes tener el número de móvil del jefe, no querer abusar de su uso y llamarle por su teléfono de trabajo. Al tercer "El jefe no está", utilizarás el móvil.

8. "Tengo que consultar con el contable" (Я должен проконсультироваться с бухгалтером)

Es una excusa muy parecida a la número dos ("La ley rusa no permite esto"). La contabilidad rusa es un arcano tan insondable como el derecho ruso, así que basta con que un ruso cite a su contable para que su contraparte pierda el control de la situación. Si eres guiri y te viene tu socio con su contable, huye o te acabarás haciendo daño.

9. "Estamos en crisis" (Кризис же)

Ésta es muy actual. Si no quieres dar golpe, no te apetece recibir a alguien, te duele la cabeza o estás hasta las narices del pesado que te viene persiguiendo, pam, suelta lo de la crisis y harás callar a cualquiera. Todos lo entenderán. Cuando no hay crisis, la más popular es otra excusa, "Es que tenemos una inflación muy alta" (У нас такая инфлация!), empleada normalmente a la hora de subir los precios de los alquileres... muy por encima de la inflación, por supuesto.

Y, finalmente, la estrella de todas las excusas. And the winner is...

10. "Es que esto es Rusia" (Это Россия)

Definitiva. Cuando nada funciona, cuando las excusas específicas que hemos visto antes no pueden aplicarse perfectamente, cuando hace falta cerrar la discusión de manera radical, siempre está a mano el talismán de los perezosos, las palabras mágicas de los inútiles, el abracadabra del incompetente: "Esto es Rusia." Y se acabó, señores.

miércoles 8 de julio de 2009

Casoplones

A mí llegada a Moscú viví algún tiempo en un piso-bonsai de cuarenta metros cuadrados, que, de todas formas, es más de lo que suele tener el común de los mortales por estos pagos. Luego llegó Alfina y nos apretamos un poquito; llegó Abi y hubo que pensar en rascarse el bolsillo y mudarse a algo más grande; llegó Ro y hubo que apretarse de nuevo; llegó Ame y hubo que mudarse otra vez. Tras algunas peripecias que no vienen al caso, estamos en una vivienda fetén a donde no invitamos a mucha gente porque la envidia es muy mala.

Hace un par de semanas, nos invitaron a una dacha en Rublyovka. En Rublyovka vive lo más de lo más pijo de Moscú, así que suponíamos que la dacha estaría bien. Leches, no es que estuviera bien, es que aquello no lo había visto en ningún sitio, aunque, eso sí, hubo que pasar tres barreras de seguridad para llegar. La que nos invitó, a quien llamaremos María, estuvo muy amable. A la vuelta, ya de noche cerrada (y en esta época del año la noche tarda en llegar), conversábamos:

- Alfina...
- ¿Qué?
- Vivimos en un cuchitril...

La semana pasada, una compañera de colegio de Ro la invitó a su fiesta de cumpleaños. El colegio de Ro es público de toda la vida y nosotros creíamos que los compañeros de clase de las niñas sería gente, como mucho, de clase media, cuando no baja, y que nosotros seríamos de los padres con más posibles del grupo, si no los que más. Bueno, pues la fiesta tenía lugar en su dacha. No estaba en Rublyovka, sino en un lugar aparentemente normal. Pero sólo aparentemente: la casita tenía una piscina cubierta, tres saunas, un gimnasio, pista de esquí, fuentes a saco, un billar de impresión, dos campos de tenis y una canasta de baloncesto. Creo que no cerré la boca en todo el día.

- Alfina...
- ¿Qué?
- Vivimos en un cuchitril... pero María también.

lunes 6 de julio de 2009

Encasillados

El otro día estábamos un grupo de españoles, con alguna rusa incluida, cenando en casa. Entre los españoles los había más y menos avezados en Moscú, y había alguno poco menos que recién llegado con ganas de permanecer por aquí algo más del año y pico que en principio le correspondería. Los más avezados tratábamos de disuadirlos y de convencerlos de que se buscaran las habichuelas en España, o donde fuera, porque, de permanecer en Rusia, debían tener en cuenta que se estaban limitando mucho sus salidas profesionales.

Y es que Rusia encasilla profesionalmente. Puedes tener un currículum académico impecable, experiencia en distintos trabajos y sectores y hablar siete idiomas como quien lava: si entre esos siete idiomas está el ruso, y si entre tu experiencia laboral también hay algún trabajo relacionado con estancias en Rusia, se acabó, amigo. Quienquiera que te contrate lo va a hacer para enviarte aquí a las primeras de cambio. Si a esto se une que muchos españoles que han pasado por aquí están de acuerdo en permanecer, el resultado es un salario bajo y una valoración igualmente baja, porque, por mucho ruso que sepas, tu productividad en Rusia, comparada con la que tendrías en España, va a ser risible y tus jefes se van a creer que tú eres el responsable.

Para algunos, entre los que me incluyo, el encasillamiento resulta descorazonador. Después de todo, es hasta ofensivo que todo lo que has hecho en esta vida se vea apartado por tu experiencia en Rusia y por el hecho de saber ruso, que a veces es lo que menos mérito tiene en ciertos currículos. Pero no hay manera de destacar en otra cosa distinta. Es como si el texto del currículum estuviera escrito en Arial 8 y las palabras "ruso" y "Rusia" aparecieran a los ojos de quien lo lee en Arial 72.

Con el tiempo, esta situación desgasta. A los jovenzuelos que van llegando por aquí no les llama tanto la atención: normalmente se han echado una novia rusa, algunos hasta se han casado con ella y, por tanto, entra dentro de la lógica que quieran seguir por aquí. Otros hay que quieren permanecer porque les apetece continuar algún tiempo más con el tipo de vida que tiene un joven expatriado en Moscú y que es socialmente bastante desinhibida. En ambos casos, sin embargo, llega un momento de hastío, quizá hacia el primer lustro de estancia, en que todos hemos buscado alguna posibilidad de salir, incluso los que estamos en relativa tranquilidad y con buenas condiciones. Y ahí nos hemos dado cuenta de que estábamos encasillados y de que escapar de las redes que nos mantienen sujetos a Moscú no es tarea sencilla.

Porque las costumbres que se adquieren son malas y, quien más, quien menos, tiene algo de vértigo a dejar un tipo de vida que, después de todo, no deja de tener su interés. Y que en algunos casos está muy bien pagada. No es el caso, por desgracia, de las empresas españolas, cuyas condiciones de expatriación son bastante mediocres, cuando no francamente malas, pero sí, por ejemplo, de las estadounidenses. En los primeros noventa, para encontrar un trabajo muy bien pagado en Rusia, bastaba con ser gringo y estar en Rusia. Nada más. Ni idioma, ni experiencia, ni estudios: sólo con estar aquí y no ser totalmente, pero muy totalmente, estúpido era suficiente para acabar de directivo expatriado en una empresa puntera con un sueldo de no menos de diez mil dólares al mes, y muchas veces del doble y hasta más. Hace poco se calculó que un tercio de los expatriados que residen en Moscú se embolsan un cuarto de millón de dólares al año. Un cuarto de kilo. Con independencia de la fiabilidad de la encuesta (a la que yo no haría mucho caso), os aseguro que, entre los españoles, el porcentaje de los que estamos en los otros dos tercios es abrumador.

Así las cosas, las pretensiones de quienes cobran tales cifras, y más en estos tiempos difíciles, están fuera de la realidad en cualquier país del mundo. No digamos si, además, con la crisis, que también pulula por aquí, llega el momento de apretarse el cinturón.

En general, estoy seguro de que ningún español de los que conozco se plantea acabar sus días en esta tierra. Todos, pero todos, cuando echamos un ojo a ese mapa que tenemos en casa echamos un vistazo a España. Todos pasamos la práctica totalidad de nuestras vacaciones fuera del país. Ni siquiera nos apetece jubilarnos aquí, en un país en que somos extraños, en que tenemos que ir eternamente documentados hasta la exageración y en que no hay forma fácil de legalizar nuestra estancia sin incontables trámites. Pero aquí seguimos, encasillados, convertidos en peones aislados y bloqueados, cuyo avance cuesta mucho de lograr y cuya promoción se ve como un plan lejanísimo.

viernes 3 de julio de 2009

El día del juicio (II)

En el capítulo anterior, me han citado de un día para otro para declarar en un juicio. Me mosqueo al ver que las cosas no parecían tan improvisadas.

Yollie levantó la cabeza en actitud de buscar alguien a quien echar la culpa. Como siempre que llegaba tarde a las reuniones. Como siempre que la pifiaba en cualquier circunstancia. Como siempre que sus pésimos servicios de relaciones públicas me hacían apretar los puños. Como siempre, en fin, que sus acciones llevaban a algún fin no deseado.

- Bueno... sí, claro...
- ¿Y por qué tengo que venir yo, y no puede citar a alguno de sus antiguos compañeros de trabajo, que son quienes mejor que nadie saben desde cuándo trabaja usted allí?

El abogado estaba al quite.

- Tenga en cuenta que no siempre es adecuado para el juez presentar como testigo a alguien muy implicado en la organización. El juez creerá más a una persona externa, como usted.
- Vale. Pero tampoco es motivo para no citar a nadie que haya trabajado allí.
- Bueno - continuó Yollie -. Jasp iba a ser citado, pero él me explicó los motivos por los que no puede testificar contra la empresa. Son motivos personales, que no puedo decir a nadie, y los comprendo perfectamente. Tenga en cuenta que tiene mujer, dos hijos...
- No me diga...
- Él fue quien me dijo que le llamara a usted.

Está visto que sigo teniendo que agradecer cosas a Jasp. Bien. Su ex-jefe le amenaza si testifica y, ¡hop!, vienen a citar al guiri incauto y buenazo, a ver si las posibles tortas se las lleva otro. Jasp estaba tratando de montar su propia empresa de relaciones públicas. Pues verme como cliente va a ser más difícil que enseñarle a un punky sueco el Virolai.

Se abrió la puerta de la sala, y salió una mujer joven, que resultó ser la ujier:

- Yollie Ivanova contra Superrelaciones Públicas, OOO.

Entramos todos. La sala era bastante... mmm... frugal. Los muebles eran cuatro tablones de conglomerado juntados por los extremos con las chapas desconchadas, en los que uno se sentaba y acababa hecho un cuatro. Por lo menos, estaba bastante limpia, o lo parecía.

Entró la jueza, nos levantamos todos, nos dio permiso para sentarnos y se dio lectura a las actas. En general, el procedimiento me pareció bastante sencillo, posiblemente más que en España, tanto más cuanto que se trataba básicamente de tomarme declaración. Dije quién era, de dónde conocía a la parte actora y cuándo había recibido por vez primera un correo suyo desde la cuenta de la empresa. La abogada de la defensa, que realmente parecía cercana a tomarse antidepresivos, tan agachada estaba, me preguntó otra vez quién era, se lo repetí, y ya parecía que me iba a bajar del estrado.

Entonces, Yollie avanzó desde su asiento.

- Una pregunta más. Señor Von Buchweizen, ¿tiene usted alguna queja de mí, del trabajo que hice?

La miré de arriba abajo. Recordé las pifias de Yuppie en sus viajes, la avaricia insaciable de la agencia, los intentos de Jasp de reconducir las cosas, las reuniones en inglés con intérprete... pero siempre había un culpable diferente de Yollie, la encargada de relaciones con clientes. El tráfico, Yuppie, el tiempo, Rusia, la crisis, la competencia, el toro que mató a Manolete, Eduardo Zaplana, el periodista que se emborrachó y dio un espectáculo, el otro que se infló de canapés y resultó que no lo había convocado nadie, el traductor simultáneo que carraspeó en el momento menos indicado y les hizo polvo a todos los oídos. Siempre había pasado algo que exoneraba a Yollie, y yo ya estaba hasta la coronilla de todo aquello.

- No.
- Puede salir - dijo la juez.

Me fui de la sala, mientras, supongo, las partes presentaban sus conclusiones y las elevaban a definitivas. Encontré la salida del laberinto sin muchos problemas y me fui al trabajo.

Ha pasado ya algún tiempo. No he vuelto a saber nada de Yollie, ni he recibido una llamada o un correo dándome las gracias por testificar, como es práctica frecuente. Probablemente, cuando vuelva a pedirme algo que me haga perder la mañana y yo me haga el remolón todo lo que pueda y eso haga salir mal alguna cosa, buscará un culpable, un culpable que no sea ella. Tendré todos los números para serlo. Y me dará igual.

miércoles 1 de julio de 2009

El día del juicio (I)

Al final me decidí a ir. Quedé con la proletaria despedida en la estación de metro "Ryazansky Prospekt", que está lejísimos tanto de mi casa como de mi trabajo. El juicio era a las once de la mañana, como quedó dicho, y yo aparecí cosa de veinte minutos antes. A los cinco minutos, llegó Yollie.

- Fíjese, Alfor, ¡he llegado a tiempo!

Admirable, efectivamente. En todas las reuniones que habíamos mantenido el año pasado, Yollie se las había compuesto para llegar no menos de media hora tarde.

- Sí, sí, ya veo que sabe ¿Vamos al juzgado?
- Hemos de esperar a una persona ¡Ah, aquí está!

Se acercó un joven de alrededor de treinta años, vestido de sport. Yollie me lo presentó como Fedia.

- ¿Vamos? - pregunté.
- Huy, es un poco pronto. Vamos a fumar.

Yollie y Fedia se pusieron a fumar un cigarrillo, y luego otro. Y luego otro más. Y creo que ya se cortaron, porque se iba a hacer tarde, y nos fuimos hacia el juzgado. Qué pachorra, tú. Creo que voy entendiendo por qué Yollie llegaba tarde siempre: porque yo no soy juez. Ahí, ahí, acortando la esperanza de vida.

- Bueno -dijo Fedia-, pues se trata de que usted diga que Yollie ha estado trabajando en la empresa desde antes de noviembre, y quizá de que diga que no tiene nada que objetar a su trabajo.
- ¿Es usted abogado? - le pregunté a Fedia.
- Sí.
- Ah... - en España, a buenas horas iba a ir un abogado vestido de sport, ni siquiera uno laboralista. El juez se lo comía. - Bueno, pues tengo un correo desde su buzón del 24 de septiembre. He imprimido una copia. Puedo justificarlo oralmente, porque desde luego es una copia simple.
- Ah, vale.

Llegamos en esto al juzgado. Era un edificio cochambrosillo. A estos tíos les llevas a Valencia, a la Ciudad de la Justicia, y flipan en colores. Vamos, incluso en los juzgados anteriores flipan en colores. Qué digo en Valencia. Estos tíos flipan en el juzgado español más desastrado que fuéramos capaces de encontrar, y conozco bastantes.

La entrada era estrecha, maloliente, lóbrega y sucia. Más que un juzgado, parecía un calabozo. El detector de metales eran cuatro tablones de madera mal unidos con el dispositivo adosado al tablón superior. Nos identificamos y los encargados de seguridad, que por lo menos eran razonablemente amables, nos dejaron pasar. Digo razonablemente amables para lo que es Moscú. En Valencia, pones a dos tíos con una actitud así en los juzgados y al día siguiente tienes el maltrato a los usuarios de la Justicia en primera página de los panfletos locales.

Como en todos los edificios públicos de estilo soviético, a partir de ahí comenzó un desbarajuste de pasillos, escaleras ascendentes, escaleras descendentes, ascensores y pasadizos poco menos que secretos. Yo no sé cómo lo hacen, pero incluso en el edificio más birria consiguen construir un laberinto que ríete del de Creta. El abogado, sin embargo, ya debía conocer bien el lugar, porque sólo dudó en el camino un par de veces. Finalmente, llegamos a la puerta del juzgado que debía conocer de nuestro caso, y aún faltaban un par de minutos para las once. Fedia, el abogado, seguía ahí, tranquilo y vestido de calle.

- ¿No tienen sala de togas aquí? - pregunté.
- ¿Qué?
- Olvídelo. Aquí los abogados no se ponen toga, ¿no?
- No. Sólo los jueces ¿En España se ponen toga?
- En España los abogados llevamos toga en los juicios.
- ¿Y peluca?
- No. Peluca no.

El ambiente en el pasillo era bastante agobiante. En Rusia no hay prácticamente división de jurisdicciones, salvo la mercantil (precisamente la que nunca habíamos tenido en España hasta hace muy poco), así que el mismo juzgado podía estar conociendo de asuntos totalmente diferentes, civiles, penales, laborales o administrativos. Digo que el ambiente era agobiante, porque no sólo es que no hubiera la menor ventilación e hiciera un calor cruel, en contraste con el frío que hacía en la calle, es que además el pasillo estaba trufado de inmigrantes "presuntamente" ilegales esposados, que evidentemente llevaban algún tiempo en prisión preventiva y que, no menos evidentemente, llevaban tanto tiempo sin ducharse como en prisión preventiva. O más.

En esto, llegó una señora con una cara de amargura infinita que aparentaba ochenta años, pero que probablemente no pasara de la mitad.

- ¿Nos han llamado? - le preguntó a Fedia.
- Aún no - respondió éste.

La señora fue a sentarse algo más lejos.

- Es la abogada de la defensa - me dijo Yollie.
- No parece muy animada.
- No.

Salieron las partes del juicio anterior. Como era evidente que nos iban a llamar dentro de poco, aproveché para darme una vuelta por el pasillo, superando el reparo de ser el único que llevaba traje en todo el recinto. Al pasillo daban multitud de puertas, muchas de las cuales eran de distintos juzgados, junto a las cuales estaban colgados los señalamientos de la semana. De la semana. Cuando me di cuenta de que las cosas no eran tan improvisadas como me había dado a entender Yollie la víspera, decidí someterla a un interrogatorio, así que volví junto a ella.

- Yollie...
- ¿Sí?
- Usted sabía desde antes de ayer por la tarde, cuando me llamó, que tenía hoy la vista, ¿verdad?

Yollie pareció comprender que esta vez no me iba a conformar con la excusa habitual de "Es que esto es Rusia" y que estaba algo mosca.

(continuará)

lunes 29 de junio de 2009

Conflictividad laboral

La crisis continúa haciendo de las suyas en Rusia, y ahora le está tocando al mercado de trabajo. Supongo que sabéis que, quien más quien menos, todo quisqui dice que en España es necesario reformar el mercado de trabajo para salir un poco de la crisis. Con independencia de esa circunstancia, veamos lo que pasa en Rusia.

En Rusia uno podría pensar que el trabajador está protegidísimo, como buen país ex-comunista al que algo habrá quedado del socialismo. Pues no. En Rusia, existe de hecho el despido libre mucho más que en España, en que al final el empresario se libra de ti, pero sólo después de una compleja (y cara) batalla en los juzgados, y pagándote un buen pico. Eso si eres fijo, o te echan antes de que se te acabe el contrato. Si eres temporal, lo siento, muchacho.

En Rusia, el empresario puede simplemente reducir el número de empleados y pagar a los que eche dos meses de salario, con independencia del tiempo que lleven en la empresa. En cambio, si lo que el empresario quiere es librarse de un empleado calamitoso, el procedimiento es un pelín más farragoso y requiere un par de advertencias por escrito, audiencia del sindicato y más paripés. Eso el procedimiento legal. El ilegal es menos farragoso y más efectivo, pero lo malo, claro, es que es ilegal e incluso aquí hay empresarios a los que no les mola eso.

En las grandes empresas, muchas de ellas públicas o semipúblicas, que son las que parten el bacalao en Rusia, los trabajadores, más o menos como en la época soviética, hacen como que trabajan y a cambio cobran cuatro duros que les dan para malvivir. En cambio, en las pequeñas empresas de servicios que han surgido como setas en sitios como Moscú, las circunstancias eran muy distintas. En la Unión Soviética el sector servicios estaba muy desprestigiado en relación con los que hacían cosas. Los abogados y economistas no estaban bien considerados; las relaciones públicas eran una quimera y la publicidad una maldición burguesa (qué gran verdad, por cierto); en cambio, todo el mundo quería ser ingeniero u obrero del metal, que era lo socialista y lo que molaba.

Claro, entretanto las cosas han cambiado un poquito. En cuanto llegó la libre empresa, se descubrió que no había abogados ni economistas, ni publicistas, ni diseñadores, ni cantamañanas varios capaces de comunicarse en inglés. Con lo cual, durante los años putinistas de auge económico, los pocos profesionales de este ramo que había se han hecho de oro, porque la demanda era brutal. Pero hay otra consecuencia: que, cuando hacían falta profesionales y no había manera de encontrarlos, la solución consistió en poner a cualquier mindundi a hacer cosas para las que no estaba preparado.

Así ocurrió con la agencia de relaciones públicas con la que tuve mis dimes y diretes, con el equipo formado por Jasp y Yuppie, y en el que además había una directora de relaciones con los clientes, a la que llamaremos Yollie, a la que vi tres veces en todo el tiempo que trabajamos con ellos. No está mal, para ser directora de relaciones con clientes, ¿eh? Quizá la chica estaba un poco cohibida, porque las reuniones con nosotros eran en inglés por exigencias del guión y, como su inglés no llegaba ni a la primera lección de "Follow me", tenía que venir a las reuniones con intérprete. Cuando eres una consultora internacional de relaciones públicas, casi todos tus clientes son extranjeros, y tú eres la directora de relaciones con clientes, da la impresión de que sólo con el ruso no vas a salir adelante. Pero tan escasa era la oferta de profesionales, que incluso gente como Yollie encontraba trabajos excelentes.

La crisis económica ha tenido la virtud de hacer una limpieza radical. Los clientes hemos tenido que apretarnos el cinturón y recortar gastos, y lo normal es que los gastos que empieces a recortar son los suntuarios y menos necesarios. En este sentido, nuestro presupuesto de relaciones públicas se ha llevado un tijeretazo bastante fuerte, y no sólo el nuestro, sino el de casi todo el mundo. Claro, las agencias de relaciones públicas tienen que comer, pero, si no tienen clientes, la cosa se les pone fea, con lo cual su reacción ha sido, también, la de recortar gastos, en este caso los de personal. Jasp tuvo que ir a buscarse las habichuelas a otro lugar, Yuppie (quizá ayudada por las lamentaciones de cierto cliente por su conducta sexual poco implícita) también acabó en otra empresa, y poco después fuimos nosotros los que les dijimos adiós hasta tiempos mejores.

Es por eso por lo que, el otro día, me sorprendió recibir una llamada de Yollie.

- ¿Alfor?
- ¿Yollie? ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va todo?
- Bien, bien, ¿y a usted?
- No podemos quejarnos.
- Alfor, le llamo porque finalmente no terminamos bien con la agencia. No me pagaban, me despidieron, pero no me quieren pagar desde agosto, que es desde cuando estuve trabajando, sino sólo desde noviembre.
- Oh, vaya, lo siento mucho.
- Les he demandado. Y, como usted era mi cliente, querría que fuera a testificar. Entiéndame, podría convocarlo por vía del juzgado, pero eso no me parece muy correcto, y he preferido llamarle a usted.
- Ha hecho bien. Por supuesto que le ayudaré en lo que pueda. De todas formas, tengo que ver desde cuándo tengo correspondencia suya para poder testificar con fundamento, porque no estoy muy seguro de que nos viéramos antes de noviembre.

Revise el histórico de mi correo, y resultó que encontré un correo suyo del 24 de septiembre.

- Bueno, estoy dispuesto a testificar que recibí un correo desde su dirección de correo del trabajo el 24 de septiembre. Espero que eso le ayude ¿Cuándo cree que será la vista?
- Mañana a las once.
- ¿Quéeeee? ¿Cómo que mañana a las once?
- Mañana a las once.

"¿Y cómo quería convocarme mediante una citación judicial? ¿Con la máquina del tiempo?"

- Oiga, ¿y no podía habérmelo dicho antes?
- Es que esto es Rusia (Это Россия).

No sé si lo he escrito antes, pero el "Es que esto es Rusia" es la excusa universal con la que los rusos encubren sus meteduras de pata. Cuando hacen algo mal, la culpa nunca es de ellos: es de Rusia.

Casualmente, a la mañana siguiente no tenía nada urgente que hacer, así que decidí proteger a la proletaria despedida de sus pérfidos capitalistas explotadores. Y, de paso, esta bitácora va a penetrar en un juzgado ruso. Casi nada...

viernes 26 de junio de 2009

Resaca electoral (II)

Acabados los asuntillos religiosos, toca ahora retomar la forma según la que España organiza, o algo así, el sufragio de los residentes en el extranjero. Algo de eso ya vimos hace unas cuantas entradas, y nos habíamos quedado en el momento en que me llamaron del Consulado para regularizar mi situación.

- Estamos revisando el censo electoral, y no nos apareces, a pesar de que te tenemos registrado aquí en el registro de españoles desde hace muchísimo tiempo.
- Son cosas de los conspiradores europeístas, que no querían que votase en contra en el referéndum de la constitución europea y han debido reempadronarme en Valencia.
- ¿Quéeee? - ¿os había dicho que en el Consulado a veces no tienen sentido del humor?
- Bueno, olvídalo. Que sí, que no estoy en el censo electoral ¿Qué hago?
- Tienes que rellenar un formulario.

A los pocos días me puse a rellenar el formulario. Para que no hubiera más lío, decidí meterme en el censo de mi pueblo, que para eso es mío, en lugar de en Valencia, donde me quieren demasiado y me empadronan automáticamente cada dos por tres.

En las últimas elecciones europeas, se supone que, gracias a las gestiones del Consulado, hubiera podido votar. Pero veamos cual fue el calendario electoral, que vosotros mismos podéis ver en esta página oficial.

Normalmente no hay problemas, y aun así llegan tarde las papeletas, pero en este caso, por si fuera poco, sí que los hubo. El Gobierno decidió que la candidatura de Iniciativa Internacionalista no estaba conforme con la ley de partidos (por cierto, me voy a callar lo que pienso de la ley de partidos, que luego hay lío), con lo que hubo recurso ante el Tribunal Constitucional, la proclamación de candidaturas se retrasó y, claro, si no proclamas las candidaturas, no imprimes las papeletas. Y, si no imprimes las papeletas, no las envías por correo a los lugares, como Moscú, donde hay votantes. Y, si no las envías, los votantes, como Alfor, se quedan con dos pares de narices.

En los plazos en que se acabaron planteando las cosas, era imposible que llegasen las papeletas a tiempo. Lo que pasa es que, curiosamente, el día de las elecciones no me pilló en Moscú, sino casualmente en Valencia, o sea, que si no fuera porque el Consulado me había vuelto a incluir en el censo de Moscú, hubiera podido acercarme simplemente al colegio electoral de toda la vida y votar como todo hijo de vecino.

A las ocho menos cinco, a punto de cerrarse las mesas electorales, me acerqué por casa de mis padres.

- Pues al final nos hemos animado y hemos votado - dijo mi padre.
- ¡Vaya! ¡Yo pensaba que os quedaríais en casa!
- No, no, que hemos ido. La señora nos ha buscado allí en las hojas, y casi nos confunde contigo.
- ¿Con... migo?
- Sí, primero dijo tu nombre, pero luego ya me encontró a mí.
- Pero... si se supone que estoy empadronado en Moscú, y que aquí no puedo estar en el censo.
- Pues sí que estás.

Miré al reloj. Estaban dando las ocho, y los colegios electorales estaban cerrando.

Malditos conspiradores europeístas. Parece que supieran lo que iba a votar.

Al volver a Moscú, efectivamente, las papeletas habían llegado. Las de Alfina, de la circunscripción de Madrid (la circunscripción europea es única, pero las papeletas tienen algunas diferencias según la junta), Las mías nunca llegaron y nunca llegarán, porque yo no sé qué narices hizo el Consulado, pero el caso es que sigo férreamente anclado en el censo electoral de Valencia y, por tanto, condenado a la opción politica que ganó las elecciones: la abstención.