jueves, 24 de abril de 2014

Ucrania, Rusia y la soberanía popular

Juan de Miranda Carreno 002El comentario de Fernando es bastante pertinente, creo. Por una parte, la Unión Europea como pagana de absolutamente todo lo que pase en Ucrania; por otra, Rusia y los Estados Unidos dándose de capones. Es cierto que eso es bastante básico, pero tiene que ver lo suyo con la realidad.

Yo deseo que las cosas se calmen un poco, antes de que lleguen a un punto de no retorno, y eso puede ocurrir poco más o menos en cualquier momento. En cuanto a alguien se le pase la mano, habrá lío, y mucho lío.

Una desventaja de los gobiernos modernos es que dependen mucho del apoyo popular, un apoyo que, de por sí, es bastante veleta y manipulable. Eso no pasaba en los buenos viejos tiempos del Antiguo Régimen más que en circunstancias excepcionales. Carlos II, por ejemplo, era un tipo raquítico, apocado, escuchimizado, se pasó todo su reinado perdiendo guerras contra Luis XIV y, sin embargo, se mantuvo tranquilamente en su trono hasta el fin de sus días, y no sólo eso, sino que sus súbditos se le mantuvieron notablemente fieles, como cuando Luis XIV atacó Nápoles y Sicilia contando con un alzamiento popular contra la Monarquía Hispánica, y se encontró con que los napolitanos y sicilianos querían realmente a Carlos II, un rey que sólo habían visto en pintura. Y no es que la pintura le favoreciera mucho. Felipe II tuvo el sonoro fracasó de la Armada Invencible, que, si hubiera sucedido hoy, no quiero ni pensarlo, y sin embargo entonces no tuvo ni que cambiar de ministro. Vamos, que, en aquel entonces, los gobernantes derivaban su legitimidad del derecho divino, y eso daba gobiernos notablemente estables que hacían de su capa un sayo, y aquí paz y después gloria.

Hoy, no.

Hoy, los gobiernos dependen del apoyo popular, las oposiciones que en el mundo son se han hecho muy eficaces a la hora de manipular al personal, y a la que menos te lo esperas te montan un pitote que te vas a enterar. Desde que Luis XVI fuera guillotinado, los gobernantes tienen un puntito de acojone bastante evidente, y no digamos desde lo de Nicolás II.

Pero es que, además, en Rusia, el oficio de gobernante es peligrosísimo. El porcentaje de monarcas que han sido apiolados es desusadamente alto, aunque casi todos lo fueran por intrigas palatinas, no por rebeliones populares a gran escala. Eso hace que, incluso gobernantes con una base de poder tan estable como Putin, tengan necesidad de seguir subiéndose al carro de lo que es popular y guay, para evitar que le sieguen la hierba bajo los pies.

Yo creo sinceramente que Putin se quedaba con Crimea tranquilamente, y hasta aquí hemos llegado. Pero, como los de Kíev se pasen demasiado dando caña a los rusófonos del Donbass, no va a tener más remedio que intervenir, porque, ¿a santo de qué, si no, se las podrá dar de protector de la "rusidad"? Malamente... Y lo que da votos y apoyo popular en Rusia es, precisamente, ser nacionalista, por eso lo son prácticamente todos.

¿Y los de Kíev? ¿Van a negociar a gusto con los del Donbass, para darles la autonomía que piden? Pues no creo. Después de todo, las elecciones allí son dentro de cuatro días, están poco menos que en campaña electoral, y a ver quién es el guapo que se presenta a las mismas, no ya sin Crimea, que eso ya se da por hecho, sino habiendo cedido ante los chicos del Donbass. Eso no da votos. Lo que da votos es ser nacionalista, y por eso tenemos a los chicos del Sector de Derechas, que sólo es una forma de traducir esa expresión, pero no la única, y a todo el mundo dándoselas de más ucraniano que nadie.

Cuando se juntan dos nacionalistas sobre el mismo centímetro cuadrado, la cosa tiene todos los visos de acabar complicándose, y aquí estamos en ello. Ambos gobernantes tienen que salirse con la suya por mera supervivencia, porque, si no, a saber qué sucede. Yo estoy seguro de que si, en agosto de 1914, los austrohúngaros hubieran sabido en qué se estaban metiendo, hubieran manejado el asesinato del archiduque Francisco Fernando de otra manera; como no lo sabían, se pusieron a retarse con los serbios a ver quién la tenía más larga, y pasó lo que pasó. No son los tiempos de Felipe IV, que pudo permitirse perder Portugal y, así y todo, ha pasado a la historia con el sobrenombre de "el Grande" y murió en su cama con la corona puesta. Son más bien los tiempos de Gorbachov, que, al perder la guerra fría, se llevó una patada bien fuerte en el trasero y, cuando muera, será más llorado en el extranjero que en casa.

viernes, 11 de abril de 2014

Más sobre Crimea

Vaya cachondeo que se lleva la gente con lo de Crimea. Y más vale que sea cachondeo, porque, el día que todos nos pongamos serios, seguro que la guerra está a punto de estallar. Mientras haya gente a la que le dé la risa, aún hay esperanza.

La cosa ha ido rápida, pero ha sido poco sangrienta. "El País", un periódico español cuyos redactores se caracterizan por un adorable maniqueísmo y porque, en su concepción del mundo, Putin (y las iglesias católica y ortodoxa, por este orden) es el culpable de todos los males, sólo sabe publicar artículos serios. El otro periódico progresista y comecuras español, que es "El Mundo", por lo menos no tiene tan necesariamente claro que Putin tenga rabo y cuernos y publica cosas más graciosas. Ésta, en mi opinión, se lleva la palma.

¿Y las sanciones? Occidente ha reaccionado con indignación y ha prohibido entrar en su territorio a gente como el jefe de los ferrocarriles rusos. Probablemente esperan que eso haga descarrilar próximamente la economía rusa.

Menos mal que la reacción de los honrados comerciantes rusos no se ha hecho esperar. Eso sí, tiran más alto.


Traducción: SANCIONES. El presidente de los EEUU Barack Obama queda privado del derecho a entrar en la tienda "Myod". Firmado: La dirección de la tienda "Myod".

Por cierto, la tienda existe, y la miel que venden debe estar buenísima. Obama se lo pierde, el pobre.

En la familia, como ya dije en su día, la generación más joven está radicalmente a favor de la anexión de Crimea, y de Ucrania entera, si se produjera. Eso les genera la incomprensión del resto de su políticamente correcto colegio, donde hay, además de españoles, gente de muchos sitios, incluida una línea educativa en polaco a la que asisten, en buena lógica, polacos. Los polacos no son muy amigos de los rusos. Les acusan de minucias como haberse repartido su país tres veces, una agresión por la espalda, alguna que otra represión, la colectivización del siglo XX, unas cuantas guerras a lo largo de varios siglos, genocidios diversos... y claro, hay quien se queda resentido y apoya a cualquiera que se oponga a Rusia. Lo que pasa es que Abi y Ro, sobre todo ésta, después de coser a preguntas a su padre en cenas sucesivas, se conocen la historia de la región poco menos que de pe a pa y tienen algumentos para todo, y desde luego para dar sopas con ondas a los polacos que se les opongan.

Por lo demás, el otro día me encontré con una lobista ucraniana, jovencita ella y no mal parecida (esto último debe ser fundamental en todo lobista que pretenda conseguir algo), que se presentó en una comida donde otras quince personas hablábamos en ruso y donde, por tanto, podía suponerse que la anexión podría encontrar alguna simpatía. La chica, profesional ella, comenzó a poner a Rusia a los pies de los caballos, acusándole de todo lo malo que les ha pasado, como si Yulia Tymoschenko fuera una ninfa inocente que jamás ha hecho negocios ilegales. A mí, que no suelo hablar de política, y desde luego menos aún en las comidas pretendidamente relajadas, me pareció desagradable y fuera de lugar, pero los lobistas me temo que son así y no consiguen ver que, además de su postura, hay gente en otro campo.

A todo esto, yo no sé qué piensan los ucranianos de todo esto, pero a mí lo que me parece es que, si esperan que la Unión Europea o los Estados Unidos les saquen las castañas del fuego, van aviados. A Estados Unidos lo único que les interesa son sus inversores, sobre todo en el potencialmente impresionante sector agrícola ucraniano, y tenían bastante interés en derrocar a un gobierno que, con todos sus incontables defectos, jamás hubiera privatizado la tierra, y sustituirlo por otro que no va a tener más remedio que vender el país al mejor postor, tal y como está de desesperado. A Rusia lo que le interesaba era Sebastopol y su base naval. Ya la tiene, sin arrendamientos ni leches, y yo diría que lo que está pasando a continuación en otras regiones no es que le venga mal del todo, pero no es de su interés prioritario, aunque claro, si a bodas me convidan...

Creo que todavía nos divertiremos bastante con este asunto. E, insisto, más nos vale, porque en cuanto nos pongamos serios, la guerra (la de verdad) es inevitable.

lunes, 7 de abril de 2014

El número nacional (I)

(Sí, ya sé que tocaría seguir escribiendo sobre Crimea, pero lo dejo para la próxima. Eso sí, no me olvido)

Cuando uno llega a Bélgica y se establece para trabajar aquí, tiene tres meses para inscribirse en el municipio (que llamaremos comuna, como hacen ellos, y ciertamente no merece otra denominación) y conseguir una flamante tarjeta de identidad. Pero las autoridades belgas, muy cucas ellas, hacen algo más, y es asignar al inmigrante legal que ingresa en su territorio un número de registro. Este número de registro se llama "número de registro nacional", así, sin calentarse demasiado la cabeza.

Uno pensaría que lo lógico es que este rimbombante número de registro nacional fuera puesto en conocimento del ciudadano al que se relaciona con el mismo. Parece razonable incluirlo como uno de los datos que aparecen en esa tarjeta de identidad de que el ciudadano extranjero ha debido proveerse, tanto más cuanto que, al fin y a la postre, algunas veces el número de marras es necesario para el administrado. Pero no. El número ése no se notifica al administrado, ni se le escribe en la tarjeta de identidad, ni nada de nada.

Uno de los momentos en que hace falta el número es cuando te compras un coche. Para pedir la matriculación del mismo, uno debe meter en el formulario el número de registro nacional.

- ¿Y de dónde lo saco? En mi tarjeta de identidad no viene.
- Ah, ése lo tienen en la comuna. Diríjase a ella para que se lo den.

Fui a la página web de la comuna, con su flamante directorio telefónico, encontré el número que supuse que correspondería con el departamento donde podrían tener esta información, llamé, y efectivamente era allí. Le expliqué el caso al señor que me atendió.

- Ah, sí, ya sé que no se lo ponen en su tarjeta de identidad. Bueno, tampoco les hace falta muchas veces. Se lo busco enseguida ¿Cuál es su fecha de nacimiento?
- 31 de abril de 1948.
- ¿Y se llama usted...?
- Alfor von Buchweizen.
- A veer... Alföooor... von Bichwieseng... ¿vive usted en la rue de l'Omelette de Pommes de Terre, número 22?
- Ahí mismo. Allí pone Aardappelomeletstraat, pero, si usted lo dice...
- Vale, ¿tiene usted un papel y lápiz a mano?
- Sí.
- Pues le dicto el número. Atento.

Como todo había sido tan fácil, anoté el número directamente sobre el formulario y, como tenía tanta prisa, lo entregué directamente sin anotarlo en lugar alguno por si me volvía a hacer falta.

Craso error.

Otro de los momentos en que hay que echar mano del número de registro nacional es cuando pides una exención de un impuesto. Y, cuando tienes tres hijos, te descuentan una parte de lo que en España sería el IBI, así que, provisto del formulario, me puse a rellenarlo, y vi que tenía que aportar el número de registro nacional de marras. Vaya marrón. Pero bueno, tampoco tanto, porque la otra vez fue muy fácil de conseguir, así que repetí el procedimiento, busque en el directorio telefónico de la comuna, encontré el mismo teléfono de la otra vez, y me encontré con un funcionario que me atendió y que creo que no era el mismo de la otra vez.

- Pues resulta que soy Alfor von Buchweizen, que vivo en su comuna, y tengo que rellenar un formulario, en el que me piden el número de registro nacional. Y parece que lo tienen ustedes. Al menos, otra vez se lo pedí y me lo dieron.
- ¿El número de registro nacional?
- Ése. Sí.
- Bueno, es información personal. Comprenda que no se lo pueda dar por teléfono, lo tendrá que pedir por correo electrónico, por lo menos, aunque lo más fácil sería que se pasara por aquí y lo solicitara personalmente.
- ¿No me lo pueden dar por teléfono, ahora mismo?
- No, no, eso es imposible.
- Bueno, pues les envío ahora mismo un correo electrónico ¿Cuándo creen que me podrán contestar?
- Bueeeeno, si lo envía ahora mismo, yo creo que para mañana por la tarde ya lo debería tener.
- Ah, vale, entonces está bien.

Les envié el correo electrónico, en la confianza de que la eficaz autoridad comunal de Uccle resolvería sin problema alguno mis cuitas.

Ay, alma de cántaro...

viernes, 4 de abril de 2014

Mis problemas con el municipio (I)

Como ha debido quedar claro en las entradas anteriores, soy residente no exactamente en Bruselas, sino en Uccle, que forma parte de la región de Bruselas, pero no es Bruselas. No sé si me explico.

La organización territorial belga no es muy complicada. Hay tres regiones: Valonia, donde no quieren saber nada del flamenco ni de Flandes; Flandes, donde no quieren saber nada de Valonia ni del francés; y Bruselas, que es un monstruo especial donde ambas lenguas son oficiales, aunque geográficamente se encuentra más bien en Flandes.

Bruselas es una región compuesta por unos veinte municipios, que, a diferencia de los municipios españoles a los que estamos acostumbrados, sólo tienen casco urbano, nada de término, digamos, rural. Obviamente, no hay separación alguna entre ellos: acaba el casco urbano de uno, e inmediatamente, sin solución de continuidad, comienza el otro. Y claro, uno se queda con impresión de que Bruselas es una ciudad bastante grande poblada por el millón largo de habitantes que componen la población de los diecinueve municipios de la región.

El municipio más importante de la región se llama, también, Bruselas, ocupa más o menos el centro de Bruselas-región, con algunas "pedanías" algo excéntricas, y es el más poblado con su más o menos cuarto de millón de habitantes. Así que, según se mire, Bruselas es una ciudad medianeja con su término municipal estricto, o una urbe de población considerable, si tomamos toda la región y el hecho de que, aunque administrativamente sean municipios diferentes (y cada cual tiene su "centro urbano"), en realidad no deja de ser una enorme masa urbana.

Los primeros meses, en tanto esperaba al resto de la familia, estuve viviendo en Bruselas "strictu sensu". Al llegar toda la tropa, nos mudamos a Uccle, que, la verdad, no deja de ser un pueblo. Uno puede pensar que no debería haber mucha diferencia entre ciudad y pueblo en una conurbación semejante, y los primeros dos meses, viviendo en una zona residencial, tampoco es que lo notara demasiado, hasta que llegó el momento fatal de hacer trámites con la administración municipal y, por tanto, de dirigirme a la "maison communale", o sea, lo que en francés de Francia se llama "hôtel de ville", en valenciano "casa de la vila", y en castellano "ayuntamiento" o, si te pones muy fino, "casa consistorial". Ahí ya empecé a notar que efectivamente en Bruselas-región hay distintas ciudades, cada una de ellas con su centro histórico, con su iglesia principal, con su ayuntamiento y con unas cuantas calles estrechas que le dan su personalidad y que no tienen mucho que ver con los sucesivos ensanches que han terminado por comerse el terreno que hubo en su día entre los diferentes municipios y por crear la masa informe que es, hoy, la región de Bruselas.

Esta multiplicidad de administraciones y de abnegados funcionarios al servicio del administrado debería redundar en una enorme satisfacción del mismo y en un servicio sin mácula, nulos retrasos y exactitud minuciosa. Mi experiencia, sin embargo, va más por otro camino. A lo largo de las próximas entradas voy a intentar relatarla, en el convencimiento de que todos los funcionarios que trabajan en Uccle no sólo han leído a Kafka, sino que "El castillo" es su manual de procedimiento.

miércoles, 2 de abril de 2014

¿De dónde era Jruschov?

En la última entrada sobre Crimea, Inmi hace un comentario que me llama a una reflexión un poco más en profundidad sobre los orígenes de la persona que, en cierta medida, ha causado todo el pandemonium que se está montando en Ucrania, es decir, del antiguo secretario general del PCUS Nikita Jruschov.

Inmi dice, y dice bien, que Jruschov procedía de Kursk, y que, puesto que Kursk era (y sigue siendo) Rusia, entonces Jruschov es ruso.

Incluso podemos añadir algún dato más, que además es bastante relevante en la mentalidad eslava, y es que Jruschov era, además, étnicamente ruso. En España (menos en una parte muy concreta que quedó por romanizar suficientemente), eso de las etnias nos suena a chino, porque lo nuestro ha ido mezclarnos con todo quisqui que estuviera por la tarea, pero, al este del Rin y del Danubio, eso de la raza tiene su importancia.

Sin embargo, yo creo que Jruschov se puede considerar más ucraniano de lo que parece. De momento, es verdad que nació en la región de Kursk, en una aldea pegada al gobierno de Malorossiya (Ucrania, en lenguaje zarista), aunque del otro lado de la frontera, pero el hombre realmente se fue con catorce años a trabajar al Donbass (que sí es Ucrania, aunque, al paso que vamos, ya veremos por cuánto tiempo), que es donde había trabajo, y allí fue donde hizo su vida, donde ingreso en el Partido, donde luego fue secretario general del Partido comunista Ucraniano, donde purgó a casi todo bicho viviente, y de donde luego ya pasó a Moscú a desempeñar más altos destinos. Desde el punto de vista de los jerifaltes soviéticos de entonces, Jruschov era el secretario general del Partido comunista Ucraniano y, por tanto, ucraniano él mismo.

Desde el punto de vista de los ucranianos, evidentemente Jruschov es una de esas personas de las que es difícil estar demasiado orgulloso. Es el responsable directo de varias decenas de miles de asesinatos, muchos de ellos cerca de Moscú, cuando desempeñó un cargo de responsabilidad allí, que "ejecutó" con celo bastante concienzudo, y no pocos en Ucrania, cuando llegó a tal punto la velocidad de desaparición física de miembros del comité central del Partido, que los nombramientos no conseguían mantener semejante ritmo y se llegó al caso de no haber "quórum" suficiente para reunirse. En este sentido, el de ser una persona de la que nadie quiere ser compatriota, me recuerda a cierto general polaco (o no) que fue protagonista de un par de entradas (aquí y aquí).

Pero los hechos son tozudos. Decía Jordi Pujol, ex-presidente catalán, para justificar su campaña de propaganda "Sóm 6 millons", que "catalán es todo aquél que vive y trabaja en Cataluña". Siguiendo ese criterio, habrá que concluir que Jruschov, al menos en buena parte de su vida, sólo podía ser ucraniano, frente a un concepto que fija tu identidad irrevocablemente al lugar en el que hubieras nacido o, como mucho, al de origen de tus padres.

Y yo incluso diría que tiene más mérito elegir ser algo que serlo por no poder ser otra cosa ¿Qué era Carlos I de España y V de Alemania? Nació en Gante, su padre era alemán, a su madre casi ni la vio, y su lengua materna era el francés; sin embargo, eligió ser español, apredió español tarde, pero muy bien, y vino a morir y ser enterrado a España. Y en este caso es un orgullo.

Claro que el problema es que de esta manera también te salen compatriotas menos deseables. Desde el criterio del origen, Eduardo Zaplana sólo podría ser murciano cartagenero, pero todo el mundo piensa que es valenciano, porque primero fue alcalde de Benidorm y luego presidente valenciano, así que sólo puede ser valenciano, aunque no hable el valenciano, sino más bien lo destroce cuando se atreve a usarlo, y encima sea socio del Real Madrid. Qué le vamos a hacer.

Me temo, Inmi, que con Jruschov pasa lo mismo. Qué le vamos a hacer. :-)

lunes, 31 de marzo de 2014

Contaminación

Con eso del invierno tan benigno que hemos tenido, y como ha llovido muy poco, dicen que los niveles de contaminación están por las nubes en Europa Occidental. En París han implantado, por lo que dicen, un sistema por el que ruedan en días alternos los coches con matrícula par o impar, y en Bruselas, aquí mismito, se lo están pensando, porque aquí también la contaminación parece que está desbocada.

A todo esto, nos hemos hecho con un medidor bastante correcto: el coche.

En dos meses y pico que lo tenemos, aparcado en la calle, es verdad que ha pillado algo de polvo, pero, en general, está impecable.

En cambio, en Moscú, el coche lo teníamos en un garaje bien resguardado. Si lo dejábamos aparcado a la intemperie, no ya dos meses, sino dos días, pillaba un dedo de polvo, o lo que fuera que acabara posándose sobre la carrocería, y había que lavarlo cada dos por tres.

Sin embargo, en todo el tiempo que pasamos allí, jamás oí que los niveles de contaminación pasaran de un nivel ni medio preocupante. Jamás.

Bueno, una vez. En dos entradas. El resto del tiempo, todo iba bien.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Policías

La policía, en Bélgica, es un elemento presente casi en cualquier sitio. Con tanta cumbre y tanto jerifalte de todo el mundo pasando por aquí cada dos por tres, es natural que sea un cuerpo necesario y tampoco es extraño que las autoridades quieran atar corto a los presuntos maleantes que vivimos por aquí y que a saber qué aviesas intenciones tenemos. Vamos, eso es lo que opinan los cuerpos de seguridad de cualquier sitio, sean de Bruselas, Moscú o Matalascañas.

En Moscú, cuando un policía se te dirigía, era señal inequívoca de que tenías un problema. Un policía en Moscú, con todas las excepciones que se quiera (alguna habrá, digo yo), es un ser corrupto cuyas intenciones para con el administrado son, como poco, la de hacerle pasar un mal rato para que, ante la perspectiva de lo que le amenaza, el administrado en cuestión haga gala de generosidad y todos queden contentos. En estas circunstancias, un policía en Moscú se concentra allí donde puede sacar pasta, que es en la calle, y no se mete a hacer visitas a los ciudadanos. Si lo hiciera, iba a provocar más de un infarto.

En Bruselas, no.

En Bruselas, los policías parece que se creen que no son una casta temida, sino unos más de la población, con funciones de guardar el orden y ser amiguetes de los ciudadanos. Vamos, lo que siempre habían sido las funciones de policía, pero que, cuando uno está habituado a policías como los de Moscú, como que espera gente hosca y hostil.

Recién mudados a nuestra casa, y no habrían pasado ni tres días desde entonces, un pacífico viernes por la tarde, estaba yo en casa abriendo cajas y sacando cachivaches, cuando sonó el timbre. Con tan poco tiempo por allí, no sabíamos quién podría ser. Acaso el vecino, que quería saludar y conocernos.

No estaba solo. Alfina estaba en el trabajo, pero Abi, Ro y Ame estaban allí vagueando por el salón. Ame, muy solícito, se dispuso a ver quién era, y miró por la ventana.

- ¡¡¡Papá!!!
- ¿Qué pasa?
- ¡Hay un coche de policía aparcado delante de casa, y un policía está llamando a la puerta!

Abi y Ro, que estaban tiradas en el sofá, se levantaron para evitar líos y se fueron corriendo a su habitación.

- ¿Un policía?
- ¡¡¡Sí!!! ¿Qué nos va a pasar?

El pobre niño estaba realmente asustado.

- No sé. Vamos a abrir la puerta.

Ame no quiso saber qué podía querer un policía, y se puso detrás de mí, por si acaso. Yo abrí la puerta, y me encontré con un señor de mediana edad, de aspecto formido, alto y con el mejor debía ser que no midiera mis fuerzas. Lejos, muy lejos, de los tripones sebosos que componen el común de la policía (antes milicia) de Moscú, que evidentemente no pasan hambre ni sed ni privación alguna.

- Buenas tardes - me dijo muy amable - ¿El señor von Buchweizen?
- Sí, soy yo.

Ame se apretó contra mi espalda. Poco menos que podía oír cómo le latía el corazón.

- Soy el policía del barrio. Ya veo que ha puesto su nombre en el timbre de la puerta.
- Ah, si, acabamos de mudarnos.
- He venido a presentarme y tengo que hacerle algunas preguntas.
- Pase, pase, pero disculpe el aspecto de la casa. Aún estamos abriendo cajas.

El policía pasó al interior. Ame, por si acaso, se fue a su habitación.

- He venido a comprobar los datos de su inscripción en el municipio. En Uccle, hay veintinueve distritos, y yo soy el policía encargado del suyo. Tengo otros veintiocho compañeros, y cada uno se encarga de un barrio.
- Anda...
- Y me llamo Johnny Van Cauter - y me alargó un papel impreso -. Éste soy yo - su foto estaba en la primera página - y éste es mi número de teléfono móvil, por si sucede algo. Es un barrio muy tranquilo, pero puede llamar cuando tenga algún problema.
- Gracias.

Como toda la conversación estaba siendo en francés, los niños no podían saber lo que estaba pasando y seguían pensando que yo había cometido algún delito gordo y que igual me llevaban a la cárcel. Desde luego, si un policía en Moscú llega a llamar a mi puerta, igual el que hubiera salido corriendo a la habitación hubiera sido yo.

El señor Van Cauter sacó un formulario, me preguntó por quiénes vivían en la casa, por quiénes eran los dueños, desde cuándo vivíamos allí, se ofreció para lo que fuera, nos dijo que había cuatro o cinco españoles más en el barrio (aún no los hemos visto), y se despidió muy amablemente.

Sólo entonces, los niños asomaron por la puerta y se atrevieron a preguntar qué quería el policía y si yo estaba bien.

A veces me pregunto si no han pasado demasiado tiempo en Rusia...