lunes, 28 de julio de 2014

Músicos acabados (y van...)

La visita a Moscú de hace ya dos meses ha sido fecunda en acontecimientos destacados, pero también en ponernos al día de las últimas tendencias en cuanto a músicos que han decidido ir a actuar allí y, por consiguiente, están acabados. Yo suponía que la serie tenía un final, con la última visita previsible a Moscú, pero claro, como todavía he asomado la nariz por allí, pues la serie puede continuar un poquito.

La primera foto incluye a los Guano Apes, un grupo alemán que ha llevado una existencia vacilante, con alguna desaparición guadianesca incluida, desde mitad de los noventa.. La vacilación parece terminar con su actuación en Moscú, aunque no es que hasta ahora hubieran tocado precisamente en Londres o en Nueva York; efectivamente, desde ahora sólo pueden ir cuesta abajo.

Junto a ellos, más abajo en el cartel, aparece WASP, que ya hace tiempo que estaban acabados, al menos por el hecho de que, que yo recuerde, es la tercera vez que tocan en Moscú, y la primera creo que fue en 2004, si la memoria no me falla. Sí que recuerdo que la anterior a ésta había sido sólo hace dos años, lo cual convierte en la banda en una candidata poco menos que al visado de múltiple entrada que seguro que tiene gente como Deep Purple, que prácticamente sólo tocan aquí. Lo próximo puede ser la gira mundial por el Donbáss. Es posible que Blackie Lawless no le haga ascos.

Y, finalmente...

¡Es ella! Después de interrumpir su carrera musical para casarse con, en fin, un buen partido, ahora que el buen partido tiene algunos problemillas con la justicia, supongo que ha decidido reemprender su carrera, aunque un poco con la boca pequeña (bueno, lo de cantar con la boca pequeña no parece nuevo en ella). Para los que tenían alguna incertidumbre sobre si a partir de ahora iba a hacer algo de relumbrón, supongo que no hace falta que diga que la duda ha quedado disipada por completo. Adieu, Carla...

* * *

Después de tantas entradas más ácidas que un limón verde, queda la duda de si realmente la regla es tan inflexible y de si nadie, absolutamente nadie, que haya actuado en Moscú tiene la menor esperanza de hacer algo de provecho durante el resto de su carrera musical.

Bueno, pues parece que hay un excepción. Sólo una. La descubrí el otro día, cuando pillé a Ro escuchando una canción del grupo en cuestión.

Los detalles, sin embargo, tendrán que venir en la siguiente entrada. No les voy a hacer compartir entrada a esos genios con esta pléyade de músicos en decadencia imparable, ¿verdad?

sábado, 26 de julio de 2014

Políticos y aviones

La estricta política de anonimato que gobierna esta bitácora desde sus comienzos me obliga a ocultar los nombres de las personas con las que he compartido vuelo, en la confianza de que el lector sabrá comprender las graves razones que me fuerzan a ello, y que el desconocimiento de las personalidades sobre las que versa esta entrada no representará ningún obstáculo para el lector avezado. Lo que importa es la sustancia, ¿no?

Pues señor, fuerza es decir que, ahora que ya no vuelo entre Moscú y Madrid, sino, en el caso que hoy nos ocupa, entre Madrid y Bruselas, el pasajero típico ha cambiado bastante. Entre Moscú y Madrid, o entre Moscú y España en general, ya he dedicado diversas entradas a glosar los compañeros de viaje que se puede encontrar uno. En cambio, hasta ahora no había escrito sobre lo que se encuentra uno en los vuelos entre Bruselas y España, así que parece hora de cubrir este vacío.

Para empezar, la oferta es muchísimo mayor. Así como entre Rusia y España sólo vuelan, chárteres aparte, básicamente Iberia y Aeroflot, entre Bélgica y España tenemos a Iberia, a Brussels Airlines, a Air Europa, a Vueling, a Ryanair y no sé si me dejo alguna. Y, como destinos, no sólo tenemos las dos capitales, sino que los destinos en España son casi todos los aeropuertos posibles y, en Bélgica, los dos de Bruselas. Vamos a ser condescendientes y a considerar, como hacen ellos, el aeropuerto de Charleroi como el de Bruselas Sur, porque, ¿qué son sesenta kilómetros en la inmensidad del universo?

Además, si hay tantos vuelos es porque hay gente dispuesta a llenarlos. Y así es: entre turistas, emigrantes, trabajadores desplazados, lobbyistas varios, funcionatas, y eurobichos de toda condición, ya tenemos un montón de gente que vuela entre España y Bélgica, y esto sin contar a los belgas, que alguno hay también. Esto no tiene nada que ver con lo que pasaba entre España y Rusia, en que la práctica totalidad del pasaje estaba compuesto por rusos y, si te encontrabas algún español, lo más probable es que lo conocieras. En este caso, si el vuelo era en dirección a España, todo eran parabienes por la próxima estancia en la patria y si, por el contrario, el vuelo era en dirección a Rusia, la compañía servía para mitigar el pesar por abandonar el paraíso perdido. Eso es cuando vives en Rusia: cuando no lo haces, sino que vas para unos días, vas tan contento y hasta te has convertido en rusófilo.

Con gente tan diferente, es natural que te encuentres con mucha gente distinta. El que vuela a Valencia es distinto del que lo hace a Madrid, y también del que vuela a Santander o a Málaga; el que lo hace en Iberia es diferente al que lo hace en Ryanair y, de hecho, en la cola de embarque de Iberia te puedes encontrar a gente que dice, con suficiencia, que voló una vez con Ryanair y una y no más, Santo Tomás. No es mi caso. Ya he volado más de una vez con Ryanair, y me da a mí que me quedan algunas.

Pero el vuelo de hoy es con Iberia, que es donde vuela la clase más alta de entre los viajeros entre ambos países. Vemos un número alto de padres con bebés y niños pequeños y, como es el último vuelo de un día que es festivo en Bélgica, la fiesta nacional del 21 de julio, no hay turistas, pero sí volamos los que trabajamos en Bélgica y queremos apurar el fin de semana en Madrid. Y los españoles que viajan somos, o madrileños, que no es mi caso, o gente fuertemente relacionada con Madrid, que sí que lo es; a diferencia del caso de Moscú, si no eres de Madrid no hace falta que pases por Barajas para desplazarte, cosa que se agradece enormemente.

¿Y quién vive en Madrid? Pues la élite nacional y los tipos que salen en los telediarios y que encabezan las candidaturas de, en este caso, las elecciones europeas. En el caso que nos ocupa, heme aquí que me ha tocado compartir vuelo, no con uno, sino con dos cabezas de lista de las últimas elecciones europeas. Ya he dicho lo del anonimato, y el lector me disculpará por no revelar sus nombres, pero me atreveré a decir que son las dos personas que pueden decir con total justicia que obtuvieron una victoria en las elecciones, uno porque su lista fue la más votada, y el otro porque obtuvo el mayor ascenso respecto a las elecciones anteriores de entre las candidaturas presentadas. No diré más por respeto a su intimidad.

Estaba yo, pues, en la cola del embarque. Pasé el control de rigor, me di cuenta de que, por muy Iberia que fuese, los muy roñosos no habían contratado finger y tocaba ir en autobús hasta el avión. Subí al autobús, me situé en un rincón, y al poco vi subir a un señor canoso, de barba recortada y algo rellenito, vestido con un traje gris y que se puso a mi mismo lado. Lo reconocí, que no en vano es un personaje público y no estoy yo tan desconectado de España como para no saber quién ha cesado de ministro hace no tanto.

Al poco, subieron dos jóvenes que abordaron al primero y que debían tener algún contacto con él. Por lo que pude oír, porque la conversación tenía lugar junto a mi oreja, debían ser funcionarios de algún consulado español en Bélgica, ése por el que algún día debería plantearme pasar, porque a estas alturas me siguen llegando correos del consulado de Moscú como si todavía residiese allí. El político, con un acento que era una curiosa mezcla de deje andaluz y tonalidad madrileña, conversó con ellos como si tal cosa, pero, cuando el autobús se puso en marcha, se apoyó con la mano en la barra en la que también yo estaba recostado y me puso su tarjeta de embarque a un palmo de los ojos. Así es como supe que no me había equivocado al identificarle y, de paso, me enteré de que volaba en primera y de que era titular de la tarjeta de Iberia puturrudefuá total, creo que la de platino esmeralda, que supongo que le dará derecho a trato de maharajá, sala VIP allá donde vaya y no sé qué gabelas más, pero, si no hay finger, parece que igualmente tiene que subir al autobús, como la chusma con tarjeta de Iberia como la mía, de nivel mínimo y que, todo lo más, me da derecho a sacar la tarjeta de embarque en una máquina automática, y gracias, so pringao.

En estos pensamientos, entró en el autobús un grupo de varias personas bastante jóvenes que se arracimaban alrededor de un personaje central que indudablemente era el líder del grupo. Se trataba de un hombre de aspecto juvenil, vestido informalmente, con una mochila a la espalda y el pelo largo recogido en una coleta, a quien también reconocí sin demasiados problemas. El grupo conversaba animadamente y no dejó de hacerlo durante todo el viaje, porque los tenía sólo algunas filas delante de mí. La verdad es que, más que un diputado y sus asistentes, parece un grupo de coleguillas que iban de turisteo por Bélgica. Tal y como presumen en las entrevistas que hacen, van en turista. Es cierto.

A la llegada a Bruselas, los cinco (eran cinco) se reagruparon y supongo que tendrían organizado su transporte hasta donde residen, que se supone es en un piso compartido y, si han renunciado a la parte del sueldo que dicen que han hecho, realmente no les da para mucho más, porque los alquileres de Bruselas, aunque no son los de Moscú, tampoco son los de, digamos, Torrevieja en invierno. Yo tomé el tren y aparecí una hora después por mi casa.

¿Qué hubiera hecho yo si hubiera sido elegido eurodiputado y me viera en la tesitura de elegir entre ambos, ejem, modelos de comportamiento? Con todo el respeto que me inspira el eurodiputado español que viaja en clase económica, no tengo muy claro que yo hubiera hecho lo mismo en su caso. También es cierto que él no tenía elección, teniendo en cuenta su programa y en que se hubieran echado a degüello si hubiese empezado a ser asiduo de las salas VIP.

Pero de los dos modelos será cosa de escribir en otra ocasión. Ahora me toca salir.

sábado, 19 de julio de 2014

Decíamos ayer...


Decíamos ayer...

Bueno, en realidad no fue ayer. Fray Luis de León se tiró unos cuantos años entre la clase que precedió a sus asuntillos con la Inquisición, y la posterior a la misma. No es mi caso, que ni tengo cuentas con la Inquisición, ni he estado ausente tanto tiempo desde mi última aparición. Sin embargo, lo que decíamos ayer es que los moscovitas se las ingeniaban para no pagar por aparcar en el centro, y para hacerlo impunemente. Y es que a algún avispado se le ocurrió que el ayuntamiento de Moscú lo que hacía era enviar a un coche con cámara a fotografiar las matrículas de los coches, y a crujir a quienes no hubieran pasado por caja, cosa que se hace introduciendo el número de matrícula en el aparatejo que se han inventado.

Básicamente, hay dos métodos de eludir el asunto. El primero es universal, y el segundo sólo para los titulares de matrículas no estándar. El método universal consiste en, simplemente, ocultar la matrícula con un trapo cualquiera o ensuciándola mucho. La fotografía deja la matrícula ilegible, y la multa no llega a emitirse. Es lo que pasa cuando se abandona el honrado método tradicional de poner a legiones de agentes de la ORA a peinar las calles, y se les sustituye por una fría máquina. Yo pensaba que en Moscú, con las masas de tayikos dispuestos a currar por un remedo de salario, la sustitución del hombre por la máquina tardaría en producirse, pero se ve que los tayikos están todos muy ocupados, construyendo y reformando pisos, y en Tayikistán han debido cerrar el grifo de salida de mano de obra semiesclavizada.

El segundo método testifica igualmente que los fautores del sistema de pago por aparcar todavía tienen que pulir defectillos. Como vimos en una serie de entradas, los distintos tipos de matrículas que se pueden ver por Moscú son bastante variados; sin embargo, cuando uno trata de introducir el pago en el sistema informático, si no tienes una matrícula "normal", tararí que te vi. Uno se explica que los coches del ejército, de la policía, o los célebres EKX de los servicios secr... estooo... de los servicios de seguridad estatal passssen ampliamente de pagar por el aparcamiento, pero ¿y los diplomáticos?

En el curso del viaje que hicimos, quedamos con unos amigos que, aunque no son estrictamente diplomáticos, sí que trabajan en una embajada y, al ser extranjeros, tienen derecho (y, en realidad, incluso obligación) a llevar una bonita matrícula de color rojo, con los numericos en blanco monísimo y un código de país que no se corresponde con los números y letras de serie de los coches de matrícula nacional estándar. Nos contaban que, cuando supieron del asunto, ni cortos ni perezosos, un día que aparcaron por el centro fueron a pagar, como todo hijo de vecino, y descubrieron que a sus padres no les consideraban vecinos y que la máquina no aceptaba el código de matrícula que introducían. Total, que, quieras que no, nuestros amigos no tuvieron más remedio que dejar aparcado el coche sin pagar. Y jugársela, claro.

Lo de jugársela es relativo. Sí, existe la inmunidad diplomática, y raro será el miliciano que le busque las cosquillas a un diplomático, pero, puestos a ser estrictos, el procedimiento cuando un diplomático se desmanda en la carretera consiste en tomarle los datos y hacer llegar la queja al Ministerio ruso de Asuntos Exteriores, que, a su vez, transmite la protesta al embajador del país cuyo representante ha resultado infractor de a saber qué norma. El embajador no creo que haga mucho, pero no debe ser un asunto agradable que te llamen a capítulo.

Vamos, que el segundo método consiste en tener una matrícula rarilla. La de los diplomáticos no está al alcance de todos, vale, pero la extranjera sí. Uno matricula su coche en Bielorrusia o en Lituania y, a partir de entonces, ancha es la Estepa.

Dicho esto, no critiquemos demasiado a los rusos. Hace unos días, viajamos a Madrid con nuestro coche, y con su matrícula belga, lo dejamos allí para tenerlo cuando las vacaciones y llevarlo de vuelta a su fin, y lo primero que se le ocurrió a mi suegra es que, si aparcaba en la ORA, no sabrían a quién mandar la multa y que seguro que no pasaba nada.

Nada más que avisaran a la grúa, claro.

jueves, 3 de julio de 2014

Lamentos por la decadencia del género

Esta bitácora debe estar viviendo sus últimos estertores, a juzgar por la evolución que va llevando, con entradas cada vez más espaciadas, e incesantes promesas de continuidad 'para cuándo tenga algo más de tiempo', cosa que resulta que no sucede nunca. Ya sólo falta descubrir Twitter y darse cuenta de que con cuatro letras mal juntadas, con tal de que sea ocurrente, y a veces ni eso, va que chuta y además puedes juntar una foto y soltar cualquier brillantez sin el latazo que supone componer un relato o un discurso como Dios manda.

Tal es la evolución de la mayoría de las bitácoras que pasan por la blogosfera, y en este caso concreto por la rusosfera (sí, me sigo considerando parte de la misma, aunque ya vea los toros desde la barrera la mayoría de las veces). Cuando miro la barra de la derecha, que tiene telarañas de tanto tiempo que llevo sin actualizarla, no puedo evitar una mueca al ver el cementerio de ilustres blogueros en que se ha convertido. Sí, vale, hay un par que continúan vivos y con buena salud, frente a una mayoría que no merece a estas alturas más que recuerdos de lo que fueron y, todo lo más, algún responso.

El caso es que el género agoniza. No es ya esta bitácora, que ya lleva sus buenos ocho años dando el callo, no; es que las demás también parece como si hubieran perdido su atractivo. Y eso nos enseña lo rápido que cambian las cosas en el siglo XXI, porque el fenómeno de las bitácoras es algo que se popularizó entre 2003 y 2008, más o menos, cuando todo quisqui quería tener una, y hasta más de una, y que a partir de 2010 se ha ido apagando sin remedio. A mis hijos, por ejemplo, yo diría que les molesta lo negro, y desde luego prefieren cuatro garabatos en Facebook o unos cuantos caracteres en Twitter, y sanseacabó. Y, antes que leer, cosa aburrida como pocas, y seguir a las muchas buenas bitácoras que siguen campando por ahí, prefieren seguir a un youtuber y las ocurrencias que suelte delante de una cámara. Que estoy seguro de que los hay buenísimos (y malísimos, como en todos los sitios), pero la verdad es que no es lo mismo, no, señor.

A todo esto, había quedado en la última entrada en desvelar qué hacen los moscovitas para engatusar a las autoridades que les prohíben aparcar a sus anchas en el centro de la ciudad, que ya era hora, por cierto, de que se lo prohibieran. Digresión hecha, y como estoy en un tren y todavía tardaré algo en llegar, voy a ver si me da tiempo a redactar, porque, lo de publicar, como que es otra cosa.

martes, 24 de junio de 2014

Desatascando Moscú (I)

Durante los últimos meses, de vez en cuando, hemos recibido en Bruselas visitas de los amigos que hemos dejado en Moscú, y así es como nos ha llegado la noticia de las medidas que ha tomado el alcalde Sobyanin para eliminar los atascos. Bueno, si no es eliminar, por lo menos para ponerles trabas.

Una amiga nuestra, residente en la milla de oro moscovita, ese barrio que tiene como arterias principales las calles Ostozhenka y Prechistenka, y donde los pisos cuestan aún más que la fruta en el Asbuka Vkuza, nos contó que, dede hacía poco, en el centro de Moscú habían introducido el aparcamiento de pago y que, desde entonces, ella tenía su tarjeta de aparcamiento de residente, que le costaba sus buenos tres mil rublos al año, y con eso aparcaba en su barrio sin dificultad. Y, añadía, como la gente no iba en coche al centro, salvo que viviera allí, ya no había atascos.

Obviamente, mi postura en esta cuestión era más o menos como la de Santo Tomás: "si no lo veo, no lo creo". Llegado que hubimos a Moscú, poco menos que lo primero que hicimos fue verificar si tal cosa era verdad, y he aquí mis conclusiones.

Para empezar, no es exactamente cierto que aparcar en el centro de Moscú fuera gratis desde siempre. De hecho, en tiempos de Luzhkov, y bastante antes de su caída en dsgracia, se implantó el aparcamiento de pago en lugares como la calle Tverskaya. Lo que pasa es que quello era un cachondeo. En lugar de las máquinas automáticas como las de la ORA, que son las que han puesto en este nuevo intento, quienes cobraban por el aparcamiento era unos gorrillas que se te acercaban exigiéndote el pago, y que más de una vez te pedían más de lo que estaba establecido, a ver si colaba. Vamos, que en realidad los gorrillas desaliñados que okupan en verano la Malvarrosa son más serios. Aquello no podía acabar bien, y finalmente la cosa acabó poniendo grúas, que eso sí que disuade... y permitiendo aparcar en las aceras, con el consiguiente cabreo de los peatones que pasábamos a duras penas entre el morro del coche (semejante al de su conductor) y las paredes de las casas.

Ahora no. Lo que hemos visto en la semana que hemos pasado por allí ha sido que las aceras de la Tverskaya están, por fin, despejadas, y que efectivamente el aparcamiento en el interior del Sadóvoye Koltsó es de pago rigurosos, con unas máquinas de la ORA muy estilizadas y muy monas. Eso sí, para ser capaz de pagar poco menos que hay que hacer un curso específico.

Como eso de pagar por algo que era gratis no concuerda con la idiosincracia del ruso (ni con la de nadie, para qué vamos a engañarnos), los rusos, según nos han dicho, se están rascando la cabeza para encontrar subterfugios con los que evitar el pago, sin pagar, ni los ochenta rublos por hora que cuesta aparcar, ni los dos mil quinientos rublos de multa que te pueden caer, y bastante más si la grúa se te lleva el coche.

Pero, como se me hace tarde, lo dejaré para la próxima, esperando que encuentre un rato en los próximos días para escribir, porque aquí, el que se rasca la cabeza para encontrar un hueco soy yo. Creo que se nota: ocho años llevando esta bitácora, y es el primero en el que no celebro su cumpleaños (fue el 1 de mayo), y no porque se me olvidara, sino porque no hubo forma de hacerlo.

jueves, 12 de junio de 2014

Quioscos

Las impresiones que me llevo de mi último viaje a Rusia son de naturaleza bastante diversa, y entre ellas las hay chocantes y las hay de índole más habitual. En primer lugar, hay que destacar que Moscú no para de cambiar, y que en el año que falto de ella ha mejorado mucho. Cierto, no he salido del centro de la ciudad más que en un salto a Altufevo a visitar a unos amigos, pero es que el centro ha cambiado mucho.

Para empezar, los quioscos están desapareciendo a marchas forzadas. Los primeros noventa vieron la proliferación de un comercio cutre y sucio, pero es que alguno tenía que existir. A falta de espacios comerciales, que los planificadores de la ciudad simplemente no previeron, surgieron como setas, y literalmente de la noche a la mañana, infinidad de quioscos prefabricados, generalmente en las inmediaciones de las estaciones de metro, que vendían todo tipo de cosas y tenían un horario comercial poco menos que esclavista. Los clientes lo aceptábamos, porque era o eso, o la inanición, pero ya lo creo que los que conocíamos cómo se hacían las cosas en nuestros países echábamos de menos aquello.

Con el tiempo y una caña, han ido apareciendo espacios comerciales y tiendas decentes, que han estado coexistiendo con los quioscos hasta ahora. Hasta ahora. Este último viaje ha sido la señal de que los quioscos están de retirada, de momento en los sitios más críticos, y no dudo que la cosa va a continuar.

Por ejemplo, en la salida de las estaciones Tretyakovskaya y Novokuznetskaya, que en tiempos eran un hervidero de tenderetes en los que se podía encontrar de todo a cualquier hora del día o de la noche. Los tenderetes han desaparecido y en su lugar hay una bonita explanada, con mobiliario urbano aún por destrozar, y una fuente pública alrededor de la cual los niños se arriesgan a mojarse, cosa que, con el calor que nos ha hecho, es un riesgo bastante asumible.

El otro lugar emblemático de donde los tenderetes han desaparecido es el paso subterráneo que conecta las cuatro esquinas de la plaza Pushkinskaya y la entrada a la estación de metro del mismo nombre. Donde otrora había una actividad comercial constante y compraventas de teléfonos, tarjetas de todo tipo, cosas de coser, flores, comida (y bebida, claro), librerías temáticas y muchísimas cosas más de las que francamente no me acuerdo, pero que me han sacado de apuros más de una vez y más de dos, hoy sólo queda la pared con las marcas de los tacos que habían servido para sujetar los quioscos. Y, ciertamente, ahora se avanza por el paso con mucha mayor rapidez, pero a mí se me queda la impresión de que hemos perdido algo.

La retirada definitiva de los quioscos tiene para largo, y quedan muchísimos lugares en que resisten tenazmente, pero parece inexorable. Las concesiones municipales, que es el sistema en que cada barrio de Moscú regula los quioscos legales que acepta, han debido restringirse mucho. Delante de la que fue nuestra casa, sin ir más lejos, estaba la frutería de Andrey, que no era exactamente el quiosquero tipo. El quiosquero tipo era un inmigrante de Asia Central o del Cáucaso dispuesto a trabajar las horas que hiciera falta, y hasta a dormir sobre el suelo del quiosco, y que a veces hablaba ruso con cierta dificultad. Andrey no. Andrey era eslavo a más no poder, de trato amable y le hacía una dura competencia a cualquier tienda de los alrededores, porque eso del trato amable es algo escasísimo en Moscú y, aunque sus precios no eran precisamente una ganga, el género era bueno y el hecho de que te conocieran y te saludaran le había reportado una clientela bastante fiel. Sobre todo entre las mujeres de cierta edad, porque, además de trato agradable, Andrey era bastante bien parecido y su comercio serio hasta con los horarios, porque a las seis y media de la tarde se cerraba el chiringuito y los fines de semana nunca estuvo por allí. Básicamente, porque a las seis y media lo había vendido prácticamente todo. Por eso, si quería charlar con él de qué naranjas o mandarinas eran las de temporada, cosa donde yo le llevaba ventaja, y comprarle las que había traído aquel día, más me valía salir del trabajo a mi hora.

En este viaje, hemos pasado varias veces por delante de nuestro antiguo hogar, porque nos ha tocado visitar vecinos y porque, después de todo, le tenemos cariño a la calle, pero Andrey, con su frutería ambulante, ya no estaba por allí, y donde había estado su remolque sólo había un hueco vacío. Y es una pena, porque las alternativas de la zona son un 'produkty' por el que merodea gente casi tan mal encarada como los dependientes del mismo, y el carísimo supermercado 'Azbuka Vkuza', con sus clientes puturrudefuá, sus Lexus aparcados en la puerta o sus guardas de seguridad con transistores; una tienda, vamos, que no tiene los precios de la fruta por kilos, sino por cien gramos, entiendo que por no asustar demasiado a la clientela.

En fin, espero que Andrey haya encontrado su sitio, quizá en una tienda más estable, o haya trasladado su remolque-frutería más lejos del centro, a otro lugar al que la furia del comercio regular no haya llegado todavía. Allá donde esté, lo más seguro es que le vaya bien, porque es buen vendedor, le gusta el mundo de la fruta, y esas dos cosas juntas son algo lo suficientemente escaso en Rusia como para que los clientes (y, sobre todo, las clientas) se lo rifen.

domingo, 8 de junio de 2014

Vidas paralelas: Gógol y Cervantes

La última entrada de la bitácora ha ilustrado un intercambio de opiniones sobre si la principal obra de Gógol es "Almas muertas" o "Veladas en un caserío cerca de Dikanka". Vaya por delante que donde creo que Gógol brilla más, y desde luego es lo que más he disfrutado de él, es en el "El inspector", una obra de teatro que sigue representándose, porque merece muchísimo la pena y da para reír mucho.

Pero, pensando sobre el asunto, se me ocurrió de que, para ilustrar cuál de las dos obras de Gógol tiene mayor importancia, no estaría de más establecer una comparación con nuestro príncipe de los Ingenios, Miguel de Cervantes. No se trata de imitar a Plutarco y de escribir biografías de ambos, pero algo de paralelo hay en las vidas de los dos, incluso en la nación a la que pertenecieron. Indudablemente, el romano de la pareja es Cervantes, porque la Monarquía Hispánica era la sucesora natural, en aquel tiempo, de Roma, por mucho que la dignidad imperial la ostentara no el rey de España, sino su primo. Y el griego de la pareja sólo puede ser Gógol, si nos tomamos la licencia de considerar griego (y no romano) el Imperio de Oriente, y el Imperio Ruso como el sucesor del anterior. Y, como más de una de las "Vidas paralelas" de Plutarco tiene un paralelismo mucho menos evidente que las de éstos dos, me arrogo la licencia de compararlos.

Los dos fueron los introductores de la novela moderna en sus respectivas literaturas (en el caso de Cervantes, en la literatura mundial). Quien piense que no, que los habrá, sólo tiene que intentar tragar alguna novela rusa anterior a Gógol y, si consigue digerirla, que lo dudo, compararla con los monstruos literarios rusos que siguieron a Gógol, como Dostoyevsky, Tolstoy o Turgeniev, y me dejo varios, todos los cuales reconocieron que, sin Gógol, no habrían aprendido a escribir.

Hay quien dice que tampoco lo de Cervantes es para tanto, y que Mateo Alemán escribió su "Guzmán de Alfarache" antes de que el Quijote fuera publicado. Quien tal cosa diga, seguro que ha leído las ediciones amputadas del Guzmán que son las más usuales entre nosotros y que eliminan las farragosísimas e incómodas digresiones morales y religiosas que Mateo Alemán, de origen converso, incluyó en el Guzmán para hacer ver que era más católico que nadie, aun escribiendo sobre un pícaro. Que se lea la obra tal y como fue publicada en los albores del siglo XVII y que me digan si no es Cervantes el primero es destacar y en hacer posible la existencia del resto de grandes novelistas del siglo XVII español, como Quevedo o Gracián.

Los dos son unos maestros a la hora de retratar, con un sentido del humor exquisito, la sociedad en que viven, pero ese sentido del humor no está reñido con una crítica que va más allá de su propia voluntad. Gógol intentó escribir una segunda parte de "Almas muertas" que dejara claro que él no era un sedicioso, pero sólo le salían escritos satíricos, hasta el punto de que terminó por quemar su segunda parte. Y Cervantes, que nunca quiso escribir una línea contra España ni contra la Iglesia, terminó escribiendo un libro que bien puede entenderse como una crítica al papel quijotesco que España estaba jugando entonces en el mundo. No es extraño que una de las primeras ediciones del Quijote se hiciera en Bruselas, y muy probablemente los destinatarios de la misma serían los soldados españoles que servían allí y que, leyendo aquello, quizá se preguntarían si no sería hora de ser menos quijotes y más sanchos.

Ninguno de los dos toca a la Iglesia lo más mínimo. Gógol era un ferviente creyente ortodoxo, y de Cervantes hay quien ha buscado ribetes de crítica a la Iglesia en esa frase de "Con la iglesia hemos topado". Si alguien piensa así, no demuestra sino que no ha leído el libro y, si lo ha hecho, más vale no creer nada de lo que diga, porque eso no es buscarle tres pies al gato, sino lo siguiente.

Los dos escritores tenían una especie de némesis. Pushkin, al que Gógol debía sus primeros pasos y a quien admiraba enormemente, era y es el escritor más conocido de Rusia, aunque en el extranjero lo ignoremos absolutamente todo sobre él. En el caso de Cervantes, Lope de Vega era el "best-seller" de su tiempo, y además no eran exactamente amigos, al menos no siempre. Sin embargo, a nivel mundial, Gógol y Cervantes han superado ampliamente a sus némesis, aunque ciertamente han tenido que pasar algunos años para que eso sucediera, y ellos no pudieron verlo.

Otra cosa en común que tienen ambos es que su obra literaria es muy parecida. Una obra capital (Almas muertas y el Quijote), una colección de relatos cortos (Veladas en un caserío cerca de Dikanka y las Novelas ejemplares), otra novela menos importante (Tarás Bulba y Los trabajos de Persiles y Segismunda) y teatro humorístico (El inspector y los entremeses de Cervantes). Y, además, una obra inicial (El Viy y La Galatea), aunque éstas sí son muy diferentes en sus temas.

Y con esto llegamos al meollo de la comparación. Comparar las Veladas con Almas muertas es algo parecido a comparar el Quijote con las Novelas ejemplares. Las Novelas ejemplares son sensacionales: si Cervantes no hubiera escrito el Quijote, sólo por ellas ya merecería un sitio de honor en la literatura española. Sé de más de un profesor descastado de literatura española que, como sabe que sus alumnos son unos badulaques de mínimo esfuerzo, ni se molesta en ordenar que lean el Quijote entero y en versión original, porque sabe que sus alumnos pillarían en Internet una sinopsis a contrapelo y con eso se presentarían al examen a vomitar barbaridades; en lugar de eso, ordena que lean alguna de las Novelas ejemplares, que son más cortas. Hace años, La gitanilla hubiera sido la elegida, pero hoy se la debe considerar, ya desde la primera frase, que se las trae, como muy políticamente incorrecta, y nadie quiere meterse en más líos que los justos.

Con las Veladas pasa algo parecido. Son muy buenas, le hubieran dado a Gógol por sí mismas un sitio de honor en la literatura rusa, pero Almas muertas es tan sumamente mordaz, certera y acabada (y, como hemos visto y me temo que seguiremos viendo, tan de actualidad), que su mensaje, igual que pasa con el Quijote, va mucho más allá de la era literalidad y pasa a retratar valores universales, cosa a la que no llegan ni las Veladas, ni tampoco las Novelas ejemplares.

Por supuesto, el tema queda abierto a discusión. Quién sabe, igual alguien opina que, en realidad, la novela de Gógol que realmente mola es Tarás Bulba. Si es así, supongo que ese alguien no pasa de veinte, o como mucho veinticinco años.