viernes, 12 de diciembre de 2014

Y más huelgas

En Bélgica seguimos de huelga. El lunes hubo huelga de transportes, ayer huelga de no sé muy bien qué, pero hubo lío, y el lunes que viene, día 15, es la madre de todas las huelgas, una huelga general que promete paralizar el país. A mí no me debería afectar demasiado, porque precisamente el lunes me iba de viaje de trabajo a Alsacia, pero parece que no va a ser sencillo desplazarse. Yo, que suelo hacerlo en tren, no podré hacerlo en esta ocasión, porque los maquinistas y controladores ferroviarios son dos de los colectivos más ferozmente sindicalizados, y no creo que hagan ni los servicios mínimos, suponiendo que tal cosa exista.

La alternativa hubiera sido el autobús. Alguno se fletó desde el trabajo para apañarse con esto, pero el lunes pasado, en el ensayo de la huelga, resultó que los huelguistas no se conforman con no trabajar ellos, sino que no soportan que alguien lo haga, y montaron piquetes. En España, por lo menos, tienen la prudencia de llamarlos 'informativos', cuya función es la de informar a los trabajadores de los motivos que les conducen a la huelga. Vale, ya que, más que informativos, los piquetes son 'persuasivos', pero al menos disimulan.

Aquí, ni eso.

Aquí, los piquetes ni siquiera guardan las apariencias y hacen ver que se dedican a informar a los potenciales esquiroles. Ni cortos ni perezosos, los piquetes se pusieron a cortar calles por aquí y por allá. En España, quiero pensar que a quien obrara así la Guardia Civil lo metería en vereda con un par de collejas, y despejaría la calle para que los esquiroles pudieran serlo; en cambio, en Bélgica las barreras cortan las calles hasta que los comandos se van porque tienen hambre, sed o frío, pero nunca porque las fuerzas del orden les evacúen. Eso sí que no. Aún está por confirmar que no sean las propias fuerzas del orden quienes les traigan unas mantitas para que se abriguen y puedan aguantar más tiempo a la intemperie.

Luego, cuando van al Sur, nos miran con desdén, como si ellos fueran la quintaesencia de la civilización.

Tanta huelga me hace recordar con cierta nostalgia la que estuve a punto de protagonizar en Rusia ¿Cómo? ¿Una huelga en Rusia, el paraíso proletario? Sí, porque lo del paraíso proletario ya quedó desmentido desde hace bastante tiempo, y porque mi patrón no era ruso, sino español, aunque con delegación en Rusia.

De buenas a primeras, nuestro empleador, que nos pagaba en dólares americanos, como tantísima gente lo hacía entonces (y posiblemente estén volviendo a hacer en estos días), decidió por su cuenta y riesgo, y a despecho de lo que pusiera en los contratos de trabajo del personal, cambiar la divisa de pago y pagarnos en euros. Hoy el euro está razonablemente consolidado, pero, en aquellos tiempos remotos, era una divisa incierta y de tipo de cambio inconstante, que en Rusia nadie se tomaba muy en serio. Además, nuestro empleador fijó el tipo de cambio que le dio la gana, no el que nosotros hubiéramos querido, que también era el que nos daba la gana, pero a nuestro favor. En fin, no voy a decir que nos moviéramos por la Justicia y la Verdad, que eso sería de lo más hipócrita. Lo que queríamos era cobrar lo más posible.

Sea como fuere, nuestros contratos estaban en dólares, y punto. Se montó algo de alboroto entre el personal, y se decidió votar una comisión paritaria. Era totalmente paritaria, tanto por nacionalidad (dos españoles y dos rusas) como por sexo (dos españolEs y dos rusAs).

De momento, los primeros pasos fueron sencillos. Solicitamos una entrevista con el jefe de la delegación y le dijimos que habíamos oído campanas y que estábamos moscas. El jefe de la delegación nos doró la píldora, nos mostró su enorme solidaridad y nos dijo que él no tomaba esas decisiones. Le faltó decir que no le pagaban para pensar, pero, bien mirado, no había falta que insistiera mucho sobre ese punto. Ya lo habíamos comprendido desde mucho tiempo antes.

Enviamos una carta de protesta a la sede central, allá por Madrid, firmada por la totalidad del personal. Ni puñetero caso.
Envíamos una segunda nota, amenazando con pasar a mayores. Corrió la suerte de la primera. Finalmente, nos enviaron una nota de respuesta redactada por algún ch*l*p*t* en la que el redactor se salía por la tangente con un arte notabilísimo y nos venía a recomendar abrir mucho la boca para tragarnos el cambio de divisa y un litro de ricino que nos metieran, y se reía abiertamente de lo que pudiéramos hacer.

De los cuatro delegados de la comisión, el tipo que más metido estaba en cuestiones jurídicas era quien redacta estas líneas. Según la legislación española, lo suyo era montar un conflicto colectivo y, si la jefatura se seguía haciendo la sorda, negociación, huelga en su caso... nada que no hayamos visto. Evidentemente, nada de silicona en la cerradura, que nosotros éramos más civilizados que los mastuerzos que hacen huelga por aquí.

Y, según la legislación rusa... ay, madre.

La legislación rusa era otra cosa, pero su descripción quedará para la próxima entrada, porque ahora tengo que preparar la boina y el trabuco para medirme a los piquetes que el lunes no van a dejarme fácilmente ir de trabajar, mire usted qué cosa, y que probablemente van a bloquear las salidas de Bruselas en cualquier dirección, Alsacia incluida.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Huelgas

En Bélgica se han declarado varias jornadas de huelga de aquí a fin de año. Después de un tiempo récord de sólo cuatro meses de nada tras las elecciones, los tropecientos partidos flamencos y valones, que no belgas, han conseguido pergeñar una coalición y formar un gobierno en el que no están los socialistas de ningún sitio. Ahora el gobierno belga es una coalición de distintos partidos liberales y sedicentes democristianos.

Pocas semanas tras subir al poder, y supongo que tras llevarse las manos a la cabeza por las perspectivas que se venían encima, el gobierno belga (habrá que llamarlo así) ha empezado a tomar medidas de reforma, lo que el vulgo en España llama recortes, y la más llamativa es el aumento de la edad de jubilación, pero hay más. Como en España, la natalidad del país está nutrida principalmente por los emigrantes, en este caso más sarracenos que hispanoamericanos, y los europeos que viven por aquí tienen los hijos justos y, a efectos de pervivencia del sistema de pensiones, muchos menos de los justos.

Nada, pues, que no nos suene en España. En España ha habido bastante más recortes, supongo que porque quien lleva la sartén por el mango es el gobierno central, mientras que en Bélgica el gobierno central tiene competencias bastante reducidas, pero las de seguridad social las conserva, y ahí, ¡hala!, tijeretazo que te crio.

En España recuerdo que hubo una o dos huelgas generales. La primera le tocó a Zapatero y la segunda a Rajoy. Recuerdo que el seguimiento fue modesto y que el país no quedó paralizado ni mucho menos. De hecho, tengo la impresión de que el gobierno valenciano, en alguna de las convocatorias que se produjeron, prefería que el seguimiento hubiera sido masivo, para ahorrar más en salarios de funcionarios. Al final, la gente hacía cuentas y pasaba de hacer huelgas, porque las cajas de resistencia son sólo para los sindicalistas, de los que en España apenas hay alguno, y no está el horno para bollos, ni para que te vayan descontando días de salario. Así que a agachar la cabeza y a currar, que hay que sacar adelante el país.

En cambio, en Bélgica, país con un alto nivel adquisitivo, la peña hace huelga. Desde que estoy aquí ya he visto unas cuantas, incluso a nivel de empresa, y los sindicatos han convocado huelgas de transporte todos los lunes hasta el 15 de diciembre, en que lo que hay convocada es una huelga general. El lunes pasado paralizaron la red ferroviaria, hoy lo están haciendo y el 15, además (porque lo de la red ferroviaria se da por hecho), quieren hacer lo propio con el aeropuerto de Zaventem.

La cosa es curiosa, porque los sindicatos, al menos las bandas con las que me he ido cruzando estos días, piden unos servicios públicos de calidad, igual que pasa en España. La verdad es que cualquier espectador desapasionado, y yo me considero desapasionado, se da cuenta de que la calidad de los servicios belgas es mediocre, con independencia de que sean públicos, privados, tirios o troyanos. Se da cuenta, además, de que no es sólo que sean mediocres, sino que, por si fuera poco, son carísimos, y que los servicios públicos son prestados por una administración hinchadísima y voraz, que vomita regulaciones a diestro y siniestro (en alguna de las próximas entradas veremos algo de esto) y que crucifica al administrado a fuerza de impuestos, porque esto hay que mantenerlo como sea.

Vamos, que Bélgica es el país de la desgana. Es uno de los pocos países del mundo para quienes el colonialismo fue una empresa económicamente beneficiosa, porque la mayoría de los demás no salieron ganando gran cosa, de modo que a bastante gente el dinero no es que le salga de las orejas, vale, pero hambre no pasan. Dedicarse a servir, que es lo que tienen los servicios, es algo bastante desagradable, cuando no directamente humillante. Tanto que se habla de los defectos de los españoles en el Siglo de Oro, y de que nadie quería desempeñar oficios serviles, y he aquí que nos vemos en las mismas en el siglo XXI y en el que era, en tiempos del Siglo de Oro español, el país más laborioso de Europa. Vivir para ver.

Entretanto estamos de huelga, algo que para mí es una novedad, porque en el paraíso de los trabajadores en el que he pasado la casi totalidad de mi vida laboral ni el más iluso se planteó la posibilidad de hacer huelga, aunque es cierto que una vez hubo un amago de hacerla, y hasta recuerdo haber tenido algún protagonismo en el amago.

Pero la narración de eso será mejor dejarla para otro día, porque hoy el tiempo apremio. Bueno, como notará quien siga la bitácora y se dé cuenta de que apenas hay actualizaciones, el tiempo apremia muchísimo más que hace unos años, pero hoy lo hace en particular.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Oído musical

Hace años, Ame era la estrella invitada habitual de esta bitácora, pero entretanto ha sido desplazado sin misericordia por su hermana mayor Abi, que apenas hay día que no suelte alguna perla digna de figurar en estas pantallas.

Abi es violinista desde los siete años. Apenas sabía hablar, y ya le atraía el asunto ése de la música.

- Yo quiero tocar un instrumento - decía, o más bien balbucía, a sus tres años.

- Ah, ¿si? ¿Y cuál? - preguntábamos - ¿El piano? ¿El triángulo?

- Yo quiero tocar la guitarra de palito.

Un momento de reflexión... aaaaahhhh... un violín. La guitarra de palito, qué bueno.

- Eso.

En cuanto fue posible, y aprovechando que en Moscú hay casi más escuelas de música que comisiones falleras en Valencia, metimos a Abi y a sus hermanos a una escuela de música. Sus hermanos iban a regañadientes, y aprendían el piano; Abi iba encantada, aprendía a tocar el violín y, como oído musical tiene todo el que haga falta, el solfeo lo domina sin problema alguno. Al dejar Moscú, sus hermanos dejaron la música, pero Abi no. Abi sigue con el violín, con el piano y está en una orquesta.

Lo que no tiene Abi es una cama decente. Tiene algo así como un somier plantado en el suelo con un colchón de cuerpo y medio encima. No es que no queramos comprarle una cama en condiciones, pero, como estamos alquilados y siempre pendientes de la próxima mudanza, tampoco queremos complicarnos la vida demasiado. Abi, que lo de las mudanzas y sus complicaciones parece no haberlo sufrido ni esperar padecerlo, ilusa ella, quiere una litera de cuerpo y medio que, según mis cálculos, apenas le cabría en su habitación habitual si quiere abrir la puerta. Yo no me opongo a lo de la litera, pero le digo que con una de un cuerpo va que arde, que ésa sí que le cabría.

Estuvimos en esa tienda de muebles que ya ha salido alguna vez en la bitácora, pero Abi seguía con dudas.

- Es que la que me dices es metálica.

- ¿Y qué?

- Que chirría un poco.

- ¿Y te molesta?

- Lo que me molesta es que no chirría en una nota.

- Eh... ¿en una nota?

- Sí. Si fuera un chirrido en mi, o en sol, pues vale, pero no: ni siquiera es un bemol. Y no quiero dormir en una cama que desafina al chirriar.

- Emmm... no sé. Igual le podemos decir al encargado que ajuste el chirrido. Que afine la cama, vamos.

- ¿Se puede?

No. Va a ser que no.

sábado, 8 de noviembre de 2014

El último pique

Bruselas está en los Países Bajos, pero uno recorre su planta urbana y pronto cae en la cuenta de que no es lo mismo 'bajo' que 'llano'. Efectivamente, el relieve de Bruselas está trufado de cuestas, algunas muy empinadas, y de rompepiernas constantes, hasta el punto de que bien se puede decir que no hay un metro llano. Mi trayecto de casa al trabajo es básicamente descendente, salvo una cuesta hacia el final, en Matongé, y naturalmente, y eso lo hemos supuesto enseguida, el retorno a casa es una subida con rampas más o menos duras que ponen a prueba la musculatura y las articulaciones de quienes las afrontamos en bicicleta. Qué lejos están los felices días juveniles de Valencia.

El ciclista urbano en Bruselas tiene muy poco que ver con el equivalente en España. Hay, sí, el jovenzuelo mochilero y la estudiante que trabaja a tiempo parcial, o el profesional recién licenciado, o recién llegado, que alquila un piso en el centro y que, mientras ahorra para la entrada de una vivienda en propiedad, tiene unas necesidades de desplazamiento que cubrir y no hay nada mejor que la bicicleta para satisfacerlas.

Pero eso no es todo. En Bruselas hay un notable número de personas entradas en años que es evidente que han circulado siempre en bicicleta (recordemos, deporte nacional) y que van a seguir haciéndolo mientras sus piernas les sostengan; hay, igualmente, una gran cantidad de profesionales que, con traje, corbata y zapatos negros, no tienen la menor vergüenza en montarse en el sillín e ir a su lugar de trabajo ¿Cuántos hay en Madrid que hagan lo mismo? Alguno habrá, no digo que no, pero vengo de estar unos días en Madrid, con un tiempo de escándalo para ser principios de noviembre, y que en cualquier otra ciudad hubiera sacado a la calle a legiones de ciclistas, y no he visto más que señales pintadas en el asfalto, dando la bienvenida a los ciclistas, pero ciclistas, lo que es ciclistas, no he visto ni uno en la ciudad.

Tanta cuesta, y alguna imprudencia que he cometido en mis entrenamientos y mis desplazamientos, han acabado por comprometer la salud de mis articulaciones, y más en particular de mi rodilla derecha. En tanto la recupero, debo circular con un desarrollo más modesto, y eso me obliga a aumentar la cadencia de pedaleo o a renunciar a los piques.

Desde aquellos tiempos en que, con mucha pena y trabajo, dejé detrás a mi pijo condiscípulo de ruso, suelo participar en los piques con todo lo que tengo. Estar simplemente poniendo un pedal delante de otro, mientras te van adelantando los demás ciclistas, es una escuela de humillación que, a no dudar, será muy beneficiosa para mi carácter, pero me saca de quicio. Me adelantan jovencitas que montan en bicis no mucho mejores que la famosa de mi tío Amalio, me adelantan ciclistas con mallas de entrenamiento, me adelantan profesionales con traje y corbata, como yo mismo, montados en bicis fantásticas (la mía es correcta, pero no fantástica), me adelantan todo tipo de bicicletas plegables, y en particular las Brompton que, para los no entendidos, son como el Rolls Royce de las bicicletas plegables. Un día, a media subida de Matongé, me adelantó a toda velocidad un señor gordo y calvo montado en una bici de paseo, y ahí ya me hubiera sumido en la desesperación de no haber distinguido que la bici que me había adelantado era eléctrica y que así cualquiera subía la calle Malibran sin despeinarse. En el caso del señor en cuestión, despeinarse era algo que, de todas formas, estaba fuera de sus posibilidades.

Sin embargo, la paciencia, la disciplina y la mortificación han ido dando sus frutos lentamente, y mi rodilla derecha, aunque hay días que sigue dando la lata, se ve que va mejorando; hay días, incluso, en que uno se levanta con el empuje de aquellos días en Valencia, dispuesto a comerse el mundo y a devorar kilómetros con el hambre de tiempos pretéritos. Y uno de esos días fue el de anteayer.

Anteayer salí de casa sin saber que tenía rodilla derecha, ni izquierda, ni ninguna. Anteayer monté en la bicicleta dispuesto a no dar un metro a nadie que tuviera la osadía de ponerse a mi altura, y no digamos a adelantarme. Una jovencita, en un descenso, se puso a mi altura en un semáforo con una bicicleta urbana de las que dan gusto verlas, y vestida con casco, mallas y todo lo necesario para montar: giré la cabeza frunciendo el ceño y esbozando una sonrisa y, cuando el semáforo se puso en verde, mi chaleco reflectante le dio la espalda enseguida y se alejó más y más de ella.

Pasé la plaza Flagey zigzagueando entre los coches y los autobuses y apelando a la preferencia de quienquiera que tenga la derecha, y afronté la subida de la calle Malibran, una subida con una pendiente suave que me encanta y que he subido con el plato grande más de una vez. A lo lejos divisé la silueta de un ciclista. "A ése lo adelanto antes de acabar la subida", me dije, y hundí el pie en el pedal con todas mis fuerzas. Efectivamente, me iba acercando al ciclista, y cada vez lo podía ver mejor. Era un chico delgado y alto, probablemente un estudiante, o quizá un profesional joven (muy joven, en este caso). Unas cuantas pedaladas más, y vi que iba montado sobre una bicicleta vieja, con unos guardabarros llenos de desconchados en la pintura; unas cuantas pedaladas vigorosas más, y ya no me limité al sentido de la vista, sino que el del oído me decía que aquella bicicleta parecía estar agonizando. No tenía marchas, faltaban un par de radios, los pedales hacían un ruido tremendamente sospechoso, de luces ni hablamos, y el ciclista que la montaba hacía de tripas corazón para llevarla a la cima de Malibran, la plaza Blyckaerts, y de allí Dios sabe adónde.

Un par de pedaladas más y me puse a su rueda, otra más y ya le hubiera adelantado como una exhalación, cuando debí recordar algún suceso del pasado, y entonces bajé la cabeza, levanté el pie, me puse a su ritmo, pero siempre detrás de él, y él llegó delante a la plaza Blyckaerts y ya allí nuestros caminos se separaron.

Un respeto.

domingo, 2 de noviembre de 2014

El primer pique


Pues señor, he aquí que en felices tiempos pasados, en que estaba acabando mis estudios de licenciatura, mientras iba a clase de ruso por las tardes por Dios sabría que designios, me movía por Valencia en bicicleta. Hoy, eso no es sorprendente, porque es un vehículo que uno se encuentra por doquier en la ciudad; pero, entonces, los pocos que nos desplazábamos en bicicleta éramos unos auténticos pioneros, además de víctimas de las chuflas del resto de usuarios de la vía pública, que nos llamaban 'Lejarreta', 'Perico' o 'Induráin' mientras hacían gestos burlones con los brazos, como si movieran un manillar imaginario.

Como buen estudiante de familia modesta, y la mía tenía la virtud de la modestia en grado sumo, no tenía un duro, y bastante era que tuviera una peseta. En consecuencia, mi bicicleta no era precisamente la que usaban los mismos Lejarreta, Perico o Induráin, con los que nos comparaban los guasones de turno, en sus gestas en el Tour de Francia. Más bien no, y más valía quizá que así fuera, porque los ladrones de bicicletas, entonces como ahora, actuaban con total impunidad y no dejaban candado entero. Después de perder dos bicicletas de cierta enjundia, una tía abuela que me quedaba en el pueblo me preguntó si no me haría papel la bicicleta que llevaba el tío Amalio, su difunto esposo, cuando se paseaba por los campos.

La bicicleta era de color rojo, de talla menuda, porque el tío Amalio era tirando a corto de estatura, pedales bajos, unos frenos de varilla que nunca volveré a ver, sillín de cuero marrón, manillar oxidado, rodamientos lamentables y, en resumidas cuentas, una auténtica antigualla que hoy me quitarían de las manos, porque lo 'vintage' se ha puesto de moda, pero que en aquellos tiempos incitaba a la conmiseración de mis semejantes, cuando no directamente a la burla más cruel.

Como a caballo regalado no hay que mirarle el diente y como, de todas maneras, mi bolsa estaba tan vacía que la alternativa consistía en largos paseos entre mi casa, la facultad y los distintos destinos de mis desplazamientos, no le hice ascos al regalo y lo llevé del pueblo a la ciudad. Y es que el sentido del ridículo es proporcional a lo llenos que estén los bolsillos de uno. En mi caso, ambas magnitudes eran sumamente reducidas.

La bici, todo hay que decirlo, funcionaba. No se podía comparar en cuanto a velocidad a la bicicleta de carreras que me habían robado poco antes, pero era muy cómoda de llevar por ciudad. Todo fue bien hasta que comenzó el curso siguiente. En Derecho, entonces, la mía era prácticamente la única bicicleta de toda la facultad, porque la mayoría de los estudiantes de Derecho son tirando a gente bien, con posibles, y los que no lo son hacen lo necesario por aparentarlo o, al menos, por no quedar demasiado en evidencia, y las excepciones con aspecto de votar a Podemos, si es que Podemos hubiera existido en aquellos tiempos, éramos una minoría extravagante que sólo aprobábamos porque la mayoría de los exámenes eran escritos y porque, cuando eran orales, ya nos cuidábamos muy mucho de no parecer lo que realmente éramos. Y eso que estoy hablando de la facultad de la universidad pública, porque, cuando avistábamos algún estudiante de la privada, a veces me preguntaba si los dos pertenecíamos a la misma especie.

Como quedó dicho, por la tarde iba a clase de ruso, donde el ambiente era sensiblemente distinto. Allí el pijerío estaba ausente por completo, y quienes formaban parte del alumnado, con la casi única excepción de quien esto escribe, lo más probable es que hoy vayan a votar en masa a Podemos y, además, se les note con sólo ver las pintas que llevan; entonces votaban al Bloc, si hablaban algo parecido al valenciano, o al PCE y luego a EU, si no lo hablaban o la normalización de la lengua vernácula no era la razón de su existencia.

Pero aquel año ocurrió algo extraordinario.

El primer día de clase apareció un alumno muy original, vestido con ropa de marca, con un corte de pelo impecable, perfectamente peinado, que, según supe, hasta entonces había asistido a clase en un horario diferente. Los alumnos, greñudos y desaliñados, que estábamos en aquella aula lo mirábamos sorprendidos, como si fuese de otro planeta, y hasta cierto punto lo era; las alumnas, por su parte, por muy rojas que fueran -y lo eran-, no le quitaban ojo, pero digamos que su mirada era menos sorprendida que la nuestra, y más con pestañeo y sonrisa que pretendía ser agradable. Él, que, al contrario de sus condiscípulos, debía ser ducho en recibir pestañeos y caídas de ojos, se dejaba querer y, evidentemente, sus compañeros de clase de sexo masculino, si de ojitos se trataba, lo que le estábamos tomando era algo de ojeriza.

Ojeriza o no, al salir de clase resolví tomar contacto con el intruso.

- Hola, ¿qué tal? Soy Alfor ¿Tú eres nuevo en este grupo?

- Sí, soy David. Antes iba al grupo de mañana, pero en cuarto ya lo han quitado. Me he cambiado de grupo en la facultad y así también puedo venir aquí.

- ¿Y qué estudias?

- Derecho. Estoy en segundo.

Debí suponerlo.

- ¿Y tú qué estudias? - me preguntó él, probablemente suponiendo, por mi aspecto, que debía ser Filosofía, Historia o algo de ciencias. Yo le miré entornando un poco los ojos y dije:

- También Derecho. Estoy en cuarto.

- ¡Vaya! - y me miró nuevamente de arriba a abajo, como sin dar crédito completo a mis palabras - ¿Ya has elegido especialidad?

- Lo hice el año pasado. Derecho Privado.

- Yo tendré que elegir el año que viene. Ya me indicarás algo.

- Claro, ya hablaremos.

Descendimos juntos las escaleras de la escuela en medio de la avalancha de alumnos que abandonaban el edificio.

- ¿Hacia dónde vas? - le pregunté.

- Vivo en Patraix.

- Ah, yo vivo muy cerca de allí, pero yo voy en bicicleta.

- Ah, pues yo también.

Abrí mucho los ojos. Un estudiante de Derecho con ropa de marca y aspecto de pijo que, sin embargo, iba en bicicleta. Lo nunca visto.

Fuimos al aparcamiento de bicicletas, y quité el candado de la antigualla que había sido de mi tío Amalio. Mi compañero David, por su parte, le quitó el candado a la suya, que no era precisamente una antigualla. Se trataba de una bicicleta urbana con cuadro de aluminio, doce velocidades, frenos último modelo y todo lo que un ciclista urbano podría soñar. David se montó, se despidió con una sonrisita mirando con desdén mi vehículo, dio un par de pedaladas con un desarrollo que la bici del tío Amalio no podía imitar ni remotamente, y se alejo a todo trapo por la avenida.

Un borbotón de sangre subió a mi cabeza, monté en la bici del tío Amalio y me dije que por mis muertos, entre los que estaba el propio tío Amalio, que ese pijo no llegaba antes que yo a Patraix. A fuerza de meter una cadencia de pedaleo que ni el molinillo de Armstrong, le alcancé en un semáforo e intenté hacer ver, ocultando mis jadeos, que no estaba ni sofocado ni nada. Le saludé con una inclinación de cabeza, él miró nuevamente la bici del tío Amalio y, cuando el semáforo se puso en verde, debió entender que allí había en juego algo más que unos segundos de tiempo en casa y salió como una exhalación.

Yo apreté los dientes y las bielas todo lo que pude, pero la bici del tío Amalio tenía sus limitaciones, y los rodamientos de la caja del pedalier también los tenían. Cuando llegamos a la Gran Vía me llevaba una ventaja importante, y entonces, en un ardid desesperado, me metí por las callejuelas del barrio de Quart, donde hoy hay un bonito carril bici, pero entonces era un lugar bastante más salvaje para las dos ruedas, aunque, por lo menos, sin semáforos. Bueno, para ser exactos, sin semáforos que un ciclista con prisas no se pudiera saltar, a diferencia de los de la Gran Vía, que se cruzaban con calles principales, con lo había que ser directamente inconsciente o algo temerario para ignorarlos.

Lo conseguí. Al cruzar hacia Abastos, pasé hacia el antiguo mercado como un bólido y vi a David parado en un semáforo. Giré la cabeza, lo miré un instante, y seguí mi camino. El pijo repeinao, con su bicicleta puturrudefuá, se había quedado atrás.

David vino todavía unas cuantas veces más a clase, pero, como tantos alumnos de la escuela, desapareció hacia Navidad, a despecho de los ojitos que le hacían sus condiscípulas. Supongo que no le vería al ruso la menor utilidad para sus estudios de Derecho y preferiría concentrarse en los mismos, y también supongo que, puestos a elegir (y pudiendo hacerlo) quién le hiciera ojitos, pestañeos y morritos, las chicas puño en alto de la escuela quedaban muy por detrás de los pibones cañón que uno se podía encontrar en los primeros cursos de Derecho, entonces y, estoy seguro, hoy mismo.

A partir de entonces, sin embargo, algo también cambió en mi vida: los piques en bicicleta pasaron a formar parte de mis desplazamientos. La bici del tío Amalio, quién lo iba a decir, fue robada por un malnacido mucho antes de que el vintage estuviera de moda; desde entonces, me han robado una bicicleta más en Valencia (herencia de mi abuelastro y no menos vintage que la del tío Amalio), me desvalijaron otra, una plegable que había comprado por cuatro perras, y me robaron otra en Moscú. En Bruselas aún no he sufrido ninguna pérdida, pero soy consciente de que es casi imposible que esta situación de virginidad delictiva dure mucho tiempo, por muchos candados en u que me haya agenciado entretanto.

Y sí, Bruselas es lugar de piques. Entretanto, tengo una bicicleta urbana y pesada, sí, pero mejor incluso de la que tenía mi condiscípulo David en aquel lejano día de otoño; el problema es que tengo veinticinco años más sobre mis rodillas y llevo un par de meses medio lesionado, lo cual me limita mucho a la hora de participar en las carreras ciclistas urbanas.

Mucho, sí, pero no del todo. Lo veremos en alguna de las próximas entradas.

sábado, 18 de octubre de 2014

Piques

El deporte nacional belga, suponiendo que en Bélgica haya algo que se pueda considerar nacional, no es exactamente el fútbol, a pesar de todas las zarandajas que se cuenten sobre los Diablos Rojos; tampoco es el tenis femenino, a pesar de Kim Clijsters y Justine Henin, que por cierto ya hace algunos años que se retiraron. Y tampoco es la gymkhana burocrática, como podría suponer algún malpensado que haya estado siguiendo esta bitácora a lo largo de los dos últimos años. Aunque, lo de la gymkhana burocrática, quizá no sería mala idea proponerlo al COI para incluirla en el programa de dentro de unos cuantos Juegos Olímpicos, cuando terminen, todo podría ser, por celebrarse en Bruselas.

No. En realidad, el verdadero deporté nacional belga es el ciclismo.

No es para menos. Belga es el mayor monstruo de todos los tiempos, Eddy Merckx; belgas son las clásicas más reputadas del ProTour; belgas son algunos de los corredores más destacados de la última década, como Tom Boonen o Gilbert, por citar a los campeones del mundo. Al español que lea esto es probable que esos dos nombres no le suenen de nada y que crea que el ciclismo se termina en el Tour, el Giro y la Vuelta y sea forofo de Contador. Por favooooor...

En particular, Bruselas quizá sea la ciudad belga menos favorable para montar en bicicleta. Es la mayor, con una superficie enorme para la población que tiene, no hay un metro llano, y la infraestructura ciclista está en una situación que oscila entre insuficiente y lamentable. Las calles son estrechas, muchas de ellas adoquinadas, y además los robos de bicicletas son frecuentísimos. Eso por no hablar de que llueve con mucha frecuencia, y a veces hace frío y nieva y, cuando nieva sobre asfalto, pues todavía. Pero, cuando lo hace sobre adoquín, entonces que se salve quien pueda, porque la caída es impepinable.

Sin embargo, mucha gente va en bicicleta, y da gusto. Así cómo en Moscú podían pasar días sin encontrar a nadie que fuera, como yo, en bicicleta, aquí se pone un semáforo en rojo, y poco a poco van llegando ciclistas a las primeras posiciones. En Moscú, veías un ciclista a tu lado en un semáforo, y poco menos que lo abrazabas solidariamente; lo menos era una sonrisa de simpatía por alguien que sabes que, igual que tú, es un incomprendido y, por lo menos, le importa un bledo el qué dirán y pasa de contribuir a los atascos de la ciudad.

En Bruselas, no.

En Bruselas, cuando nos juntamos tres o cuatro (o más) ciclistas en un semáforo, no hay muchos signos de simpatía. Hay miradillas de reojo al modelo de bicicleta del vecino, o a la marcha que lleva puesta por ver sí arrancará rápido, o algún gesto de suficiencia, o miradas al disco del semáforo para salir de estampida en cuanto se ponga en verde. Porque lo que hay, y lo hay muchos, son piques. Se pone el semáforo en verde, y aquello parece la 'pole position' de una competición de Fórmula 1: todos nos lanzamos a demostrarles a los demás que nosotros somos mucho más rápidos que ellos.

Yo, al principio, no les hacía mucho caso. Que se cansen ellos, que ésa no es mi guerra, me decía. Pero ha ido pasando el tiempo, me he ido adaptando al medio, y he terminado por meterme en la vorágine de los piques ciclistas. Pero, antes de ponerme a glosar los piques belgas, creo que es conveniente confesarme de algo, y es que mi vena competitiva tiene un antecedente en mis lejanos tiempos de estudiante de ruso en Valencia.

Pero, como hoy se hace tarde, me temo que habrá que dejarlo para la siguiente entrada.

miércoles, 15 de octubre de 2014

El frasco de Babel (II)

Viene de aquí. Y sí, ya hace seis años de la primera parte de esta entrada.

Han pasado los años, y con el tiempo Abi se ha convertido en una quinceañera de rompe y rasga, con sus cositas de adolescente, sus momentos de mal humor, sus protestas y sus aseveraciones de que nadie la entiende.

Pero sigue siendo muy mona.

Y, sobre todo, sigue conservando algunos destellos de cuando era niña.

Como cuando descubrimos las bebidas más baratas de Bélgica, una marca blanca de la tienda más 'popular', que nos recuerda bastante a La Casera. La marca es tan sumamente blanca que cita el sabor a limón o algo así del mejunje, cosa que en francés de escribe 'citron', y en holandés casi igual, como se ve en la etiqueta de la imagen. Y he aquí que llega Abi y suelta:

- Papá, ¿por qué en la botella pone 'citroen', si no es un coche?

Igual que hace seis años, no te puedes fiar ni de las botellas. A la mínima te engañan.