viernes, 30 de diciembre de 2022

Esperando la instalación de la cocina

Tras la intervención de los burócratas belgas, las cosas comenzaron a volverse convulsas, pero, por fortuna, también para nuestros negligentes proveedores. De momento, nuestro gestor español de segunda generación desapareció del panorama para no volver a reaparecer. El señor Valencia únicamente resurgió durante las conversaciones que esporádicamente tenían lugar con los representantes de la tienda, y no precisamente para elogiarlo.

El director de la tienda era el señor Vanderborre, o eso decía él. Supongo que le debió llegar el toque desde la central de la empresa diciendo que tenían una queja a través del servicio de consumo, que ellos ponían en su propaganda que estaban adheridos al sistema de mediación, y que resolviera el jaleo o se atuviera a las consecuencias. No sé yo si habrá muchos clientes que recurran al servicio de mediación, pero, por la velocidad en que trataron nuestro caso, yo diría que no, así que lo recomiendo encarecidamente a todo el que se encuentre en un marrón como ése.

Digo lo de arriba porque me llegó el siguiente correo:

Chers Monsieurs

Nous avons lu attentivement votre mail relatif à la commande et le placement d’une cuisine par le point de vente de Drogenbos. (Hemos leído atentamente su correo sobre el encargo y la instalación de una cocina a cargo del punto de venta de Drogenbos)

Après réception de celui-ci, notre animateur réseau a immédiatement pris contact avec le responsable du magasin de Drogenbos, de manière à étudier avec lui toutes les possibilités de résoudre ce problème auquel vous êtes confronté. (Tras recibirlo, nuestro responsable de red ha contactado inmediatamente con el responsable de la tienda de Drogenbos, con el fin de estudiar con él todas las posibilidades de resolver el problema al que usted se enfrenta)

Comme dans notre réponse du 3 mai 2016, le suivi du dossier se passe donc au niveau du magasin de Drogenbos. (Al igual que en nuestra respuesta del 3 de mayo de 2016, el seguimiento del expediente pasa, por lo tanto, a la tienda de Drogenbos).

Restant à votre disposition, nous vous prions d’agréer l’expression de nos salutations distinguées.

Kristieno RONALD - Ixina
Assistante Commerciale Réseau
Commercieel Assistente Netwerk

El señor Valencia, antes de ser despedido, reconoció que algo había salido mal, cosa evidente donde las hubiera, y se ofreció a tomar sobre su propio margen las modificaciones del proyecto. El señor Vandenborre intentó hacerse el sueco respecto de esto, pero de alguna manera olí que el señor Vandenborre había perdido bastante poder de negociación y que (¡por fin!) quienes teníamos la sartén por el mango éramos nosotros. Y me dispuse a dar sartenazos sin piedad.

Finalmente, la encimera vino. Vino desde Portugal, en uno de los fenómenos más raros que he visto, porque la trajeron los mismos instaladores, portugueses también, en una furgoneta que venía de Portugal, con matrícula portuguesa y todo. Al parecer, los belgas les enviaban varios encargos, ellos los preparaban en Portugal y luego los embarcaban en la furgoneta, se hacían el trayecto Portugal-Bélgica durmiendo en la misma, llegaban a Bélgica, ejecutaban la instalación y, completado el trabajo, se volvían a su casa a escuchar fados y comer bacalao. Simple y, hay que reconocerlo, eficaz. Durante un tiempo he de reconocer que llegué a creer que no había operarios belgas en absoluto, y que para cualquier trabajo había que traer gente de fuera, porque el personal local no realizaba trabajos manuales.

Para dejar esto claro, debo añadir que, más adelante, he coincidido con operarios belgas, al menos un fontanero y algún otro, que trabajan estupendamente, pero no deben abundar demasiado, me temo.

El caso es que la cosa estaba prácticamente terminada y sólo quedaba el último intento del señor Vandenborre por corregir la cuenta de resultados de aquel expediente.

Pero este intento forma parte ya de la siguiente entrada, que hoy ya se está haciendo tarde.

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Marroquíes

El hecho de que esta bitácora lleve renqueante desde hace algunas semanas se debe exclusivamente a la falta de tiempo, pero no a la falta de materia, porque no, no han faltado cosas que relatar durante este tiempo. Una de ellas se refiere al Mundial de Qatar, ese país que soborna a diestro y siniestro para conseguir buena imagen y, una vez se conocen sus manejos, obtiene exactamente lo contrario.

La selección belga de fútbol, conocida, sobre todo localmente, como los "diablos rojos", no ha tenido una buena actuación en el Mundial. Ganaron el primer partido, eso sí, pero no pareció nada convincente, al menos a juzgar por lo que decían los aficionados al fútbol que me rodean. Por mi parte, yo en todo el mundial no vi sino medio partido. Con lo que paso del fútbol, mucho me hubieran tenido que pagar los cataríes para hacerme ver algo más.

Al día siguiente del partido que los diablos rojos ganaron a los canadienses, un compañero de trabajo, belga él, se asomó por mi despacho preocupado por que el juego de su selección no le acababa de gustar. Como España acababa de ganar a Costa Rica por una paliza, aunque no vi el partido, pude hacer como que me ufanaba un poco, pero poco más podía hacer.

Claro, ahora sabemos que el grupo de Bélgica fue el más duro del mundial, en el que se acabaron encontrando dos de los semifinalistas, pero eso no se podía saber entonces. El caso es que, en el siguiente partido, los diablos rojos (o los "diables rouges" o los "rode duivels", según la versión lingüística local que nos guste más) tropezaron contra la selección marroquí, y la cosa se puso mal, pero no tanto por la posible eliminación de los belgas (que se hizo realidad poco después), sino porque nos hemos dado cuenta de que demasiados marroquíes están, literalmente, por civilizar, y curiosamente son precisamente aquéllos que viven en los países que presumen de ser civilizados, porque los marroquíes que se han quedado en Marruecos han celebrado sus triunfos con alegría, como es natural, pero sin desmandarse más de lo que es normal y hasta deseable.

Los de Bruselas, no.

No sé yo lo que habrá pasado en vuestras ciudades, porque marroquíes hay hoy en día por doquier, pero en la mía, después de la trifulca que se montó tras la victoria de la selección de Marruecos contra la belga, todo el mundo (excepto los marroquíes, claro) ansiaba la eliminación de Marruecos. No por antipatía personal contra sus jugadores o técnicos, que seguro que son buenos chicos y en todo caso juegan bien al fútbol, sino por pura seguridad personal. Después de la victoria contra los belgas, los alrededores de la estación de Midi quedaron literalmente destrozados. Lo peor de todo es que la cosa continuó. En octavos de final, como seguramente todos recordaremos, la selección de Marruecos eliminó a la española en los penaltis. Quisó la suerte, o la desgracia, de que yo no estuviera atricherado en casa, que hubiera sido la opción más segura de haber sido posible, sino en la oficina, y de que me tocara volver a mi domicilio poco después de que terminara el partido, sin saber el resultado todavía.

Al pasar por la plaza Flagey, no hizo falta más. Ya me enteré de quién había ganado. Comenzaron a pasar coches ondeando banderas marroquíes y, en la propia plaza, un grupo de chavales con una sonrisa de oreja a oreja desenvolvían una bandera de Marruecos. No parecía que fueran a ser muy violentos, pero, por si acaso, comencé a pedalear más fuerte, también debido a que hacía un frío del quince. Ahí parece que los marroquíes se limitaron a celebrar la victoria sin provocar destrozos, sino con la alegría, totalmente aceptable, de quien ha recibido un alegrón.

Cuando la selección de Marruecos se enfrentó a la portuguesa, que fue su siguiente víctima, yo estaba recogiendo en coche a una conocida, y sus hijos, que vive en Jette. Entre el sitio al que íbamos y el domicilio de Jette, era preciso pasar por Molenbeek, un municipio casi completamente arabizado que ya protagonizó un apasionante viaje en los albores de esta bitácora en Bruselas. Pues bien, en las calles no había ab-so-lu-ta-men-te nadie, y no creo que fuera únicamente por la temperatura de dos bajo cero que nos tocaba los carrillos. En cambio, los bares de la zona estaban hasta los topes de marroquíes y morisma varia, que estaban viendo el partido. Afortunadamente, para cuando se produjo el desenlace yo ya estaba bastante lejos de allí, pero la cosa se saldó con un número considerable de detenidos.

Naturalmente, yo iba con Portugal. Bueno, yo iba con cualquiera que se enfrentase a Marruecos y tuviera posibilidades de acabar con aquella agonía. Una vez pasado el partido de Portugal, ya daba un poco igual, porque, estando Marruecos en semifinales, iba a jugar dos partidos más de todas todas. Finalmente, Marruecos perdió esos dos partidos. Francia los eliminó y Croacia los dejó sin el tercer puesto. A mí, que no me convence el fútbol en absoluto, normalmente me entra un sentimiento de alivio cuando termina un torneo como el Mundial, pero, en esta ocasión, el alivio fue incluso mayor.

A todo esto, la jarana se produjo igualmente en las derrotas de Marruecos, que se saldaron con la detención de varias decenas de personas, armadas con... bueno, con bengalas y petardos, o sea, nada que pueda asustar a un valenciano, pero cuyo uso en Bruselas está bastante limitado. Está visto que, cuando uno se prepara para liarla parda, el resultado es lo de menos.

La conocida a la que fui a recoger a Jette trabaja en el consulado español, un lugar frecuentado por un porcentaje bastante elevado de personas que son españoles únicamente por el pasaporte que esgrimen, porque ni conocen apenas el español ni tienen, o eso me parece, mucha afición al país que les ha dado su ciudadanía. Dicen por allí los que saben de esto que hay marroquíes que están perfectamente adaptados y que ni participan en estos tumultos ni les hacen la menor gracia, y no seré yo quien les desdiga. Que los instigadores de todo esto son unos adultos con menos sensatez que una fiambrera, pero que cuentan con bandas de menores de edad a quienes ponen a destrozar todo lo que se encuentre en la calle, a sabiendas de que, al ser menores, no corren peligro de ser encarcelados.

Así y todo, no le veo el menor sentido a todo esto. Si han ganado el partido, ¿qué más quieren? Está muy bien que estén contentos y quieran celebrarlo, claro que sí, pero ya está. No hay que romper nada. De hecho, en Marruecos no hay narices para atreverse a romper nada, supongo que porque la policía local debe bromear más bien poco y no debe cortarse nada en deslomar al que se desmande lo más mínimo, cosa que la policía belga se pensará mucho antes de hacer.

Tiene que haber algo más que la alegría desenfrenada. Tiene que haber una frustración muy grande en un segmento de población que jamás se ha adaptado al modo de vida occidental, y no hay más que pasear por alguno de los barrios que han tomado para comprobarlo, y que reacciona con una especie de furor atávico que seguro que no todos comparten, porque, si lo hicieran, estaríamos en guerra civil, pero que le resulta muy propio a un importante segmento de la población emigrada, e incluso a sus descendientes después de varias generaciones. Se trata de un partido de fútbol, no de la yihad, leches, y la selección de Marruecos ha ganado un partido, no ha conquistado Al-Ándalus, pero estos chicos parece que lo han interpretado como el comienzo de su liberación y de la imposición del Islam en Europa.

Creo que nos quedan algunos años de diversión con fenómenos como éste. Después de los años de diversión, no estoy seguro de que lo que nos depare el futuro sea tan divertido.

Sólo espero que no sea tan tarde como el momento de terminar esta entrada.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Feliz Navidad

Bueno, pues ya hemos llegado al día de Nochebuena. Sinceramente, yo esperaba que esta fuera la entrada número mil quinientos de esta bitácora, pero no ha podido ser, a despecho del buen ritmo que estaba llevando hasta entrado noviembre. Sin embargo, el final de año ha sido duro tanto en el frente laboral como en el académico, y no me ha dejado tiempo para veleidades literarias. Yo no sé qué pasa, pero todo quisqui se deja sus miserias para el último mes del año, lo cual obliga a quien más, quien menos, pero desde luego a mí, a dejarse las pestañas si quiere irse de vacaciones con la conciencia tranquila. Si a eso añadimos mi inconsciencia al inscribirme en un máster a distancia, con tareas a realizar en plazos perentorios e improrrogables, pues ya tenemos el belén montado, y en ningún momento mejor dicho que en estas fechas.

De hecho, estoy escribiendo esta entrada, que ya digo que no es la milésima quincentésima, sino la milésima cuatrocentésima octogésima sexta, que tampoco está tan mal, y lo estoy haciendo con un sentimiento de alivio por haber podido entregar dos trabajos el día de ayer. Me hubiera gustado mejorar algo la presentación y algo del contenido, pero no tenía tiempo para esas zarandajas y los entregué en el estado apenas presentable en que estaban anoche. La alternativa hubiera sido un suspenso inmisericorde, tanto en convocatoria ordinaria como extraordinaria, lo cual me lleva a algunas reflexiones sobre el modelo universitario español del siglo XXI, pero eso es materia de otra entrada.

La de ésta es la Navidad, que deseo muy feliz a todos los lectores de la bitácora que todavía no la hayan abandonado (y a los otros, también, suponiendo que lleguen a enterarse). Si Dios me da tiempo, arrestos y fuerzas, espero recobrar la regularidad de antaño, aunque ya sé que escribo lo mismo todos los años y no termino de cumplirlo salvo en algún arranque en que coinciden la disponibilidad temporal y la inspiración. Este año apenas he salido de casa o de la oficina en diciembre, así que no estoy muy puesto en cómo las autoridades de los distintos municipios manejan la transformación de una fiesta religiosa en una civil. En Bruselas, el gobierno municipal sigue poniendo en la Grand Place un nacimiento, además del espectáculo de lucecitas que cada año va mejorando, de modo que, supongo que a regañadientes, reconoce que la festividad tiene que ver con lo que pasa en el pesebre que se alza sobre el suelo del lugar más reconocible de la ciudad.

Comoquiera que eso es lo que se conmemora esta noche, animo a los lectores a que, después de la cena de Nochebuena, y aunque sea para bajarla y digerirla sin demasiados empachos, se acerquen a las misas de Gallo de medianoche que haya donde residan. Por esos avatares de la vida, me ha tocado pasar estos días en la capital de España, he buscado dónde hay misa a medianoche y no creáis que la cosa está sencilla. Me estoy encontrando con misas de Gallo a las siete, a las ocho e incluso una, que yo no sé en qué estará pensando el párroco en cuestión, a las cinco de la tarde. Finalmente, fuera de la de la Catedral, que la verdad es que me pilla lejos, he tenido la fortuna de encontrar una posibilidad a cosa de media hora andando desde mi casa, o diez minutos en bicicleta. Me doy con un canto en los dientes.

Nos estamos haciendo blandengues ¿Qué es eso de celebrar misa de Nochebuena a media tarde? Nuestros abuelos, que serían toscos e incultos, pero no les importaba sacrificarse por lo que realmente importa, no hubieran entendido cosas como ésas. Mis abuelos paternos, sin ir más lejos, eran religiosos a su manera, una manera por cierto no muy ortodoxa, pero iban a misa dos veces al año: Todos los Santos y misa del Gallo, obviamente a las doce de la noche. Nunca supe por qué precisamente ésas dos, pero, si sería importante para ellos la misa del Gallo, que era una de las dos veces al año que dejaban su casa, fría, enorme, destartalada y situada en una esquina aislada del pueblo, para recorrer el kilómetro aproximado que les separaba de la iglesia parroquial.

Pues a eso voy yo esta noche, si Dios quiere y nada se tuerce. No es sólo, que también y sobre todo, un acto de culto: también es un acto de respeto a la Tradición de nuestros mayores, que no hubieran entendido esta moda de católicos light de ir a misa a media tarde para luego hincharse a turrón, como si los partos tuvieran lugar a media tarde, cosa que, los que tenemos hijos, sabemos que no es lo más habitual.

Amén, pues, ¡y feliz Navidad a todos!