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lunes, 10 de noviembre de 2025

Ladrón de bicicletas (VI): El robo en Ørædessenår

- Bueno, pero, ¿tienes la cizalla o no?
- Ahora te lo explico.

Me lo temía...

- Tenerla, no la tengo, pero, después de hacer la compra, podemos pasar por el Fablab.
- ¿Y eso que es?
- Bueno, es un sitio de la universidad al que tengo acceso y donde hay herramientas. No he visto que haya cizallas como me las describiste, pero puedes mirar si hay alguna herramienta que sirva.

Igual resulta que estas universidades progresistas tienen algo bueno.

La compra resultó más o menos igual que la última vez. Dinamarca es un país caro, donde las patatas se venden por unidades, como los aguacates o los diamantes. No estoy muy seguro de que Abi se asegurara de ir de compras conmigo, para acompañarla, pero el caso es que el que pagó, como no podía ser de otra manera, fui yo. Por lo menos, aplazamos al día siguiente la compra de productos para la fiesta de cumpleaños, que ya me temía yo que no sólo iban a ser caros, sino también pesados de llevar.

Cargados con la compra para hacer la cena, que al menos era un peso relativamente llevadero, fuimos al edificio de la universidad. Abi se movía por allí realmente como Pedro por su casa. Puede que no dominase una jota de Copenhague, pero en el campus estaba en su elemento, conocía a todos los perdidos que, un viernes muy entrada la tarde, seguían por allí ocupándose de a saber qué cosas, probablemente ninguna buena. Y tenía llaves de todo, tú.

Incluido del Fablab, sea lo que fuese esa cosa.

Yo no sé muy bien lo que sería el Fablab, pero llegamos hasta lo que parecía serlo después de subir un par de pisos de un edificio que no sé muy bien qué sería, pero tenía un bar. El caso es que en el Fablab había cajas de herramientas.

- Mira a ver cuál te viene bien.

Hombre, cizallas de mango largo, que es lo suyo, no había, pero, ¡eh!, había un cortador de alambre de mano. Con paciencia y una caña quizá me pudiese hacer un apaño.

- Nos llevamos esto, a ver si hay suerte.

Con lo cual ahí estaba yo, con mi flamante cortador de alambre y los ingredientes para cocinar algo, porque mis tripas ya estaban reclamando lo suyo, camino de Ørædessenår, dispuesto a perpetrar una especie de robo con fractura, o con fuerza en las cosas. Lo único que me salvaba de que fuera un robo de verdad es que no pensaba llevarme nada que no fuera mío.

Se supone que íbamos a preparar la cena y a cenar tan ricamente, y que lo del cable de la bicicleta quedaba para el día siguiente. Después de todo, ya pasaban de las nueve, aunque, claro, en verano los días son largos en Dinamarca, y aún había claridad más que de sobra.

Total, que llegamos al apartamento de Abi, una planta baja minúscula en mitad del bosque, que me valdría como casita de los enanitos de no ser porque había varias casas en una especie de barrio y, como está mandado, en ellas había vecinos, la mayoría de los cuales era tan guiri como la propia Abi. Se ve que los daneses viven en sitios mejor comunicados. Llegamos, Abi abrió la puerta, dejamos la compra y la herramienta, y yo, que ya sabía a qué había ido allí, salí de inmediato por la puerta y me acerqué al aparcamiento de bicicletas.

Allí estaba. Inmóvil y desaprovechada desde hacía años. Le habría caído a saber cuánta nieve durante el invierno; bueno, y durante el invierno del año anterior. Debía tener óxido hasta en el interior de las cámaras, suponiendo que las ratas no se las hubieran comido.

Aquello no podía durar un día más. Qué digo un día, aquello no podía durar ni una hora más. Ni un minuto, si en mi mano estaba.

Así que entré de nuevo en la casa, tomé el cortador de alambre, salí de nuevo, dejando a Abi ocuparse de la cena, miré fijamente la bici, me acerqué a ella, palpé el cable con la mano izquierda y, acto seguido, blandí el cortador y me puse a darle dentelladas al cable y a ir desgajando cada una de sus partes que, trenzadas y todo, iban sucumbiendo al ímpetu de la herramienta y de quien la esgrimía.

Cinco bicicletas me han robado en mi vida.

Tres de ellas lo fueron en Valencia, en mis tiempos de pobre, casi mísero, estudiante de Derecho. Las tres me dejaron tocado, al privarme de mi único y mejor medio de transporte, en una época en que apenas existían los carriles bici que hoy atraviesan Valencia en todas direcciones. La cuarta me la robaron, también en Valencia, en el garaje de mi propia casa, y también me jorobó lo mío, pero al menos esta vez no era mísero y no me costó mucho procurarme un recambio.

La quinta me la robaron en Moscú, y bueno, la consecuencia fue la adquisición del Bulto Misterioso que todavía hoy me sigue acompañando en mis desplazamientos por Valencia.

En todos los casos, el ladrón cortó el cable, probablemente con una herramienta similar a la que estaba usando en aquel momento, y ahí estaba yo, cortando un cable tras haber maldecido muchas veces a todo ladrón de bicicletas que haya malnacido. Cierto es que yo no me iba a llevar la bicicleta y que más bien iba a liberarla, pero bueno, aquella acción me estaba dejando un regusto amargo.

No pasaron ni cinco minutos cuando entré de nuevo en la casa con el cable cortado en la mano.

- Abi, ya tienes bicicleta. Mañana vamos a ponerla a punto.

Mañana. Porque para entonces ya se había hecho tarde.

sábado, 1 de noviembre de 2025

Ladrón de bicicletas (V): De turismo por Copenhague

El 1 de agosto, por lo tanto, llegué al aeropuerto de Copenhague en el horario ya habitual de las cinco de la tarde, lo cual dejaba bastante tiempo antes del anochecer escandinavo en verano. Abi, como la otra vez, me estaba esperando a la salida, así que, después de los besos y abrazos que tocaban, se nos planteó la cuestión de qué hacer.

- Pues igual podíamos hacer algo de turismo por Copenhague, que no lo he visto hasta hoy.
- Bueno, vale.

El aeropuerto de Copenhague está excelentemente comunicado con el centro de la ciudad, tanto por metro como por tren. Abi, que en eso sí que se enteraba, tecleó con su pulgar en su teléfono, levantó la cabeza y señaló un andén, al que llegó nuestro tren tres minutos después.

Menos de diez minutos más tarde, llegamos a la estación principal, atestada de gente un viernes por la tarde, y salimos a la calle. Estábamos en la zona comercial de la ciudad.

- ¿Dónde está el centro?
- Por allí.

Fuimos paseando por una calle repleta de tiendas. A nuestra derecha había lo que parecía un parque de atracciones.

- Ahí está el Tívoli. Entré una vez, pero hoy está lleno y no tenemos entradas.
- Ya.

Cruzamos una calle y llegamos a la plaza del Ayuntamiento, con el ayuntamiento al fondo.

- ¿Está chulo por dentro?
- Ah, no sé, no he entrado.

Dos años trabajando en el centro de Copenhague, tú, y ni por curiosidad...

- ¿Y esto qué es?
- ¿Una estatua?
- Más bien un monolito.
- ¡Si es el kilómetro cero de Dinamarca!

Y eso era en efecto. Parece el punto a partir del cual salen las carreteras radiales danesas, lo cual en Dinamarca tiene su punto, porque Copenhague está en una isla y en un extremo del país, a tiro de piedra de Suecia en general y de Malmoe en particular. Lo tenemos ahí, con pinta de miliario romano, estética medieval e indicación precisa de la distancia que separa ese punto de otras.

La verdad es que una lectura un poco más precisa de las inscripciones nos revela que el miliario en cuestión no es la partida de las radiales, como sucede en la plaza de Sol de Madrid, sino el comienzo de una sola carretera, la principal que atraviesa la isla de Selandia en la que estamos y que pasa por Roskilde, a 30 kilómetros, por Ringsted, a 60, y termina en Korsør, en la otra punta de la isla, a sus buenos 107 kilómetros de donde estamos. Ahí se acaba Selandia, y ya tendríamos que cruzar un pedazo de puente sobre el Mar del Norte para llegar a la siguiente isla, Fionia.

Pero estábamos visitando Copenhague, no haciendo ensoñaciones sobre viajes por aquí y por allá.

La verdad es que Abi, para llevar tres años en Dinamarca, no parecía ser precisamente una experta en Copenhague. Por poco no nos perdemos. Encontramos un edificio chulo, pero tuvimos que ver en el navegador que se trataba del palacio de Justicia; luego aparecimos por la universidad, trufada de bustos de profesores de la misma, alguno de los cuales eran celebridades mundiales, pero diríase que Abi aparecía por allí por primera vez. Vale que no era su propia universidad, pero, ¡leches!, que se trata de saber dónde vives.

Lo que sí reconoció fue la biblioteca de la universidad, que es donde ha ido en ocasiones a preparar trabajos de grupo con compañeros de su universidad (la de Roskilde, vamos), que, sin embargo, viven en Copenhague. La biblioteca estaba cerrada a esas horas, así que no me pude quedar más que con la fachada.

- Pues ya lo hemos visto todo.
- ¿Cómo? ¿Ya? ¿No hay una catedral o algo así?
- Igual sí, pero ahora estará cerrada.

Tecleé sobre el teléfono con cierta incredulidad, pero tampoco insistí demasiado.

- ¿Y la Sirenita?
- Está lejísimos. Y no vale la pena.

Eso parece cierto. Como ya vimos hace poco, la Sirenita comparte con el Manneken Pis el dudoso privilegio de ser la atracción turística más decepcionante de Europa. Y el Manneken Pis, por lo menos, está en pleno centro y no requiere un desplazamiento de cierta envergadura sólo para verlo.

- Bueno, pues, si quieres, vamos a cenar por algún sitio por aquí.
- Bæ...

Ya sabemos que no es exactamente una interjección danesa, sino una señal de que Abi no tiene demasiadas ganas de seguir la propuesta realizada en la frase anterior.

- Igual podemos ir a casa y comprar algo de camino. Mañana es mi cumpleaños y tengo que preparar cosas para comer, que por la tarde vamos a invitar a unos amigos.
- Ah... ¿Muchos?
- No. Sólo seis personas. Sin multitudes.

Total, que hasta ahí llegó la visita turística a Copenhague, al menos de momento. Tomamos el metro, que nos dejó en un estación ferroviaria a partir de la cual ya nos subimos a un tren que pararía cosa de media hora más tarde en la famosa Ørædessenår, más concretamente al mismo lado de un supermercado donde ya habíamos estado hacía unos meses.

Pero, durante este tiempo, una pregunta había estado rondándome la cabeza. Porque, seamos claro, lo del turismo por Copenhague, así como lo del cumpleaños de Abi, todo eso estaba muy bien, pero ¿había cizalla o no?

Entretanto, incluso en Dinamarca en verano se hace de noche, porque, entre el viaje desde Bruselas y el turismo veloz e incompleto por Copenhague, se estaba haciendo tarde.

sábado, 27 de septiembre de 2025

Ladrón de bicicletas (III): Un islote en tierra de herejes

Después de no mucho rato de escudriñar por internet, hice un descubrimiento sorprendente.

- ¡Abi, sí que hay una iglesia católica en Roskilde!
- ¿Sí?

Teniendo en cuenta que Copenhague está a sus buenos treinta kilómetros de Ørædessenår y Roskilde a unas cuantas paradas de autobús, descubrir esto constituía un logro de envergadura. Bueno, para mí; para Abi, no lo tengo tan claro.

- ¡Y hay misa mañana a las nueve y media! Incluso hay misa en inglés una vez al mes.
- ¿A las... nueve y media?
- ¡Sí! ¿Me acompañas?
- Bæh... - como vimos, "bæh" no es una interjección danesa, sino un signo de que quien la pronuncia no está nada convencido y no puede decir que sí sin mentir, pero no le parece adecuado decir directamente "de ninguna manera", que es, sin embargo, lo que le pediría el cuerpo.

Si ya de por sí Abi no se ha distinguido jamás por las ganas de madrugar, hacerlo un domingo ya pasa de castaño oscuro. Me temo que su práctica religiosa es esporádica en el mejor de los casos y que la dispersión de las iglesias católicas danesas no contribuye a hacerla más frecuente, pero allí estaba yo para descubrirle un templo próximo. Por cierto, ya tiene narices que tenga que desplazarme desde Bruselas para enseñárselo, cuando ella lleva dos años dando tumbos por el país.

Ørædessenår está pésimamente comunicado y más en fin de semana. Pasa un autobús cada hora, y gracias. Me levanté a las ocho de mi incómodo colchón hinchable, hice un intento, que se quedó en eso, de que Abi me acompañara y, tras una ducha y un desayuno frugal, a las ocho y media estaba en la parada de autobús, que cogí por los pelos, porque, aunque se suponía que debía pasar a las ocho y treinta y cinco, se ve que esos horarios son indicativos y que, si no hay nadie en las paradas, el conductor acelera y pasa de horarios. Vamos, yo entiendo que, si te toca el turno del domingo por la mañana, estés enfadado con el mundo, pero la carrera innecesaria que tuve que emprender tampoco era plato de gusto.

En el autobús, efectivamente, no había nadie, y hasta Roskilde no subió más que una persona y gracias. Me bajé en la estación de Roskilde y caminé un cuarto de hora hasta la iglesia de San Lorenzo, que es la representada en la foto que ilustra esta entrada. Normalmente, en los países en las que los católicos somos una minoría, los templos católicos suelen ser pequeños. Éste, sin embargo, es bastante grande. Fue construido a principios del siglo XX, supongo que en un momento de auge de la propagación del catolicismo en los países en donde no estaba presente. La Catedral de Moscú, por ejemplo, otro lugar minoritario, es exactamente de la misma época.

Efectivamente, el tipo de fieles no varía demasiado del que se podía encontrar en Moscú. Más o menos la mitad de los asistentes a misa debían ser daneses de origen, mientras que la otra mitad serían de origen extranjero. Me pareció ver bastante filipinos. Dinamarca, aunque no lo parezca y sus gobiernos sean más bien de izquierdas, es un país bastante restrictivo con la inmigración externa a la Unión Europea (a la que viene de otros países miembros no tiene más remedio que soportarla). El templo, no en vano era misa mayor (højmesse en vernáculo), estaba bastante lleno. Misas no hay muchas. También es verdad que encontrar sacerdotes daneses o capaces de decir misa en danés debe ser difícil. Por la página web, creí deducir que el párroco es polaco y el coadjutor iberoamericano. Éste era el que dijo misa, en un danés que me pareció enormemente fluido, pero claro, yo danés no hablo. Ya me gustaría, y estoy seguro de que si me dejaran tres meses, y no un fin de semana, triscando por estas tierras, por lo menos llegaría a chapurrearlo.

Fue una buena experiencia, en todo caso. A la vuelta, perdí el autobús por un par de minutos, me negué a esperar una hora e indagué cómo podía volver por mis propios medios, esto es, a pata, a Ørædessenår. Para mi sorpresa, y ya iban dos, en lugar de seguir la ruta del autobús, había un precioso camino entre el bosque y la vía de tren que llevaba en relativamente poco tiempo a mi destino. El camino era mixto, para peatones y ciclistas, y constituía un atajo notable respecto del camino del autobús, y no digamos si, como en el caso de Abi, disponías de una bicicleta.

Claro, ahí estaba el problema.

Cuando llegué a la residencia de Abi, estaba muy contento. No es para menos. Estaba en Dinamarca y hacía sol, que no es poco, y el paseo había sido muy bonito.

- ¡Hay un camino corto de aquí a Roskilde! Como mucho serán tres kilómetros, quizá un poco más. Cuando consigas la cizalla y cortes el cable, lo podrás hacer en nada y podrás olvidarte del autobús.

Ahí ya me estaba pasando yo tres pueblos, como si en Dinamarca todos los días hiciera quince grados y un sol agradable, igual que en aquel momento.

- Ah, ¿sí?
- Sí, el carril bici sale justo detrás de la estación y llega hasta Roskilde. No tiene pérdida. Y no pueden acceder los coches. A ver si consigues la cizalla cuanto antes, cortas el cable y pones en marcha la bicicleta.

Tiene narices que tenga que llegar yo desde mil kilómetros al sur y sin tener ni la más remota idea del país a enseñar los caminos y los atajos locales, pero es lo que hay. La conversación siguió por otros derroteros y la cosa quedó ahí, ya que tocaba pensar en la comida y en el resto del día. Después de comer, ya me fui a Copenhague y, de ahí, al aeropuerto. Me dije que ya visitaría Copenhague en otra ocasión, suponiendo que la haya y que la vez siguiente seguro que ya estarían todos los muebles montados y que ya sería cosa de hacer más turismo y menos carpintería.

Pero sobre la continuación del periplo danés y de las aventuras ciclistas por la zona tocará escribir en otra ocasión,  porque hoy se hace tarde.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Ladrón de bicicletas (II). La bicicleta y Roskilde

Efectivamente, Abi tenía una bicicleta que le había regalado por un cumpleaños anterior un antiguo compañero de colegio y de alguna cosa más. Se hacía tarde, como vimos en la entrada anterior, pero había que cenar en algún sitio y allí no había más que cajas de muebles de IKEA. Por fortuna, una de las cajas contenía una mesa deconstruida, así que, mientras Abi cocinaba algo, abrí la caja, saqué las piezas de la mesa, me hice con una llave Allen de ésas que siempre hay que tener a mano y monté la parte básica para, al menos, no tener que cenar en el suelo o sentados en el sofá con una bandeja delante, que es, por cierto, como Abi había estado cenando los días anteriores. Los cajones, de momento, no eran necesarios.

Al día siguiente, un sábado de octubre, nos levantamos, desayunamos y salimos al patio trasero, donde había un aparcamiento de bicicletas al aire libre y, en él, la famosa bicicleta por la que había estado yo preguntando desde que llegué.

- ¿La usas?
- No puedo. Mi llave no abre el candado.
- Voy a probar.

Le di mil vueltas y revueltas, pero allí no había manera de abrir el candado. Era como si fuese otra llave diferente, que entraba, pero no giraba. Tras un buen rato, di mi brazo a torcer y sugerí otra solución, porque, por suerte, la cadena que ataba la bicicleta al aparcamiento era de las baratas y poco seguras, de manera que no era muy difícil cortarla, siempre que se cortara con las herramientas adecuadas.

- ¿Tienes una cizalla o conoces a alguien que la tenga?
- ¿Una qué?
- Es para cortar la cadena, porque me temo que con la llave no haremos nada. Una cizalla es una herramienta que se parece a unas tijeras con los mangos muy largos, para hacer más fuerza.
- Ah, pues no sé... Preguntaré.
- Cuando la consigas, córtala, que no será muy difícil, y luego tendrás que ver si las ruedas han aguantado bien todo este tiempo a la intemperie.

Fracasado el intento de poner en marcha la bicicleta, tocaba acabar de montar la mesa formando los cajones de la misma, y luego, qué narices, tocaba hacer un poco de turismo. El pueblo no es que tenga mucho que ver, pero no lejos de allí está Roskilde, que es otra cosa. Roskilde es la capital histórica de Dinamarca y tiene una catedral que, para ser luterana a machamartillo, es digna de verse, porque es el lugar en el que los daneses han enterrados a sus reyes desde los albores de la Edad Moderna, e incluso un poco antes; frente al aburrimiento y monotonía decorativa habituales entre los protestantes, la Catedral de Roskilde alberga una serie de mausoleos a cual más impresionante, donde todos los federicos y los cristian que han reinado en este diminuto país descansan en paz. Incluso Cristian IV, que ya es decir, debe descansar en paz.

(La foto que ilustra esta entrada, sin embargo, no es de ningún cristian ni federico, sino del sepulcro de la Reina Margarita, que, todo hay que decirlo, no era ni pudo ser luterana, pero era quien cortaba el bacalao -nunca mejor dicho- en toda Escandinavia en el paso entre los siglos XIV y XV.)

Además de los mausoleos de la Catedral, Roskilde cuenta con un puerto empotrado en su fiordo, junto al cual se encuentra el Museo Vikingo. No es muy grande y se visita cumplidamente en un par de horas, pero tiene algún material original, entre el que destaca la presencia de varias quillas de barcos vikingos de madera que fueron encontrados bajo el fondo del fiordo y que han sido reconstruidos recobrando la estructura que se supone que tenían. Esa parte está muy lograda. El resto del museo consta mayormente de reproducciones modernas, presentaciones y paneles, que es verdad que están muy bien y que le permiten a uno hacerse una idea de cómo se las gastaban aquellos guerreros.

Después de eso, tocaba ir a comer. Como padre todo lo católico que puedo, mis preocupaciones por mis hijos alcanzan no sólo a sus desplazamientos ciclistas, sino también a su práctica religiosa. Luego ellos hacen lo que quieren, porque son mayores de edad y porque viven fuera y me pilla lejos para estirarles las orejas, pero, al menos, que sepan que ahí está su padre con el dedo en alto.

- ¿No hay una iglesia católica por aquí? Que mañana es domingo.

Vale. Es verdad que Dinamarca es un país confesionalmente luterano, pero habría que ver si hay algún hueco para los demás.

- En Copenhague hay.
- Bueno, pues a ver si lo podemos apañar para ir.
- Bueno...

La verdad es que no parecía muy convencida.

Yo tampoco. Los horarios podían ser bastante estrafalarios y yo, al día siguiente, tenía un vuelo que tomar para volver a Bruselas. Eso sí, las ventajas del siglo XXI es que la información está mucho más disponible que en siglos, y hasta en décadas, anteriores.

Pero eso lo veremos, si Dios quiere, en la siguiente entrada.

lunes, 15 de septiembre de 2025

Ladrón de bicicletas (I). La llegada a Ørædessenår

Hace ya algunos años que Abi de fue de casa y ha estado dando algún que otro tumbo desde entonces. Por razones que no vienen al caso, lleva creo que ya son tres años en Dinamarca, en un pueblo no demasiado lejos, pero tampoco demasiado cerca, de Copenhague.

Al principio, las cosas le parecían ir razonablemente bien, pero en un momento determinado, hacia el verano del año pasado, se le torcieron un poco. Y luego un poco más. Por una parte, parte positiva, estaba estudiando en la universidad de por allí (una de las varias que hay); por otra parte, había perdido el trabajo que consiguió cuando llegó y, nuevamente por razones que no vienen al caso, habían desaparecido todos los muebles de su vivienda y la administración danesa le reclamaba una suma no despreciable, que, en todo caso, es mejor tener en el bolsillo. Vamos, que estaba básicamente en quiebra.

Hasta entonces yo, también por razones que no vienen al caso, no había pasado por Dinamarca. Era Abi la que vino alguna que otra vez a Bruselas o a España, pero la situación se estaba poniendo complicada y había que dar apoyo, de manera que decidí arrinconar mi tendencia a no salir de Bélgica sino para ir a España y pillé un vuelo a Dinamarca. Eso fue en octubre del año pasado. Aterricé un viernes por la tarde en el aeropuerto de Copenhague, a cuya salida Abi me estaba esperando, nos dimos un abrazo y unos besos y nos metimos en la estación de tren.

- ¿A dónde vamos?
- A casa, a que dejes el equipaje.
- ¿No vamos a ver Copenhague?
- Bueno, a lo mejor el domingo da tiempo, antes de que vuelvas.

Sí, era un viaje de fin de semana, cosa que desde Bruselas es bastante más razonable que hacerlo desde España. También es cierto que lo tengo mal en el trabajo en octubre como para ir pidiendo días. En fin, ya vería Copenhague y la Sirenita en otra ocasión. Parece que, si uno no se ha sentido decepcionado por el Manneken Pis y por la Sirenita, como que le faltan cosas que hacer en Europa.

Hay países en los que no entiendo ni torta de la jerigonza local, y Dinamarca es uno de ellos. A ver, su idioma tiene sus similitudes con el alemán, y también es verdad que la práctica totalidad de la población habla inglés sin el menor problema, pero, recontra, uno se siente incómodo.

- ¿Qué tal va ese danés? - le pregunté a Abi, que después de todo llevaba a la sazón más de dos años en el país, y además trabajando cara al público casi todo ese tiempo.

- ¡Bæh! - me respondió. No es una interjección danesa, sino un signo de que aprender la lengua local no está entre sus prioridades. Vale que la chica habla cinco idiomas, pero ninguno de ellos es el del lugar donde vive. - Entiendo cosas básicas, pero sigo sin hablarlo mucho.

En el trayecto de tren, que duró más o menos media hora, me entretuve mirando al paisanaje. Me dio la impresión de que la gente era tirando a tranquila y, eso sí, parecían amables. Se ve que en los trenes daneses, incluso en los de cercanías, no sólo se puede comer, sino que no está mal visto en absoluto, porque ahí había dos chicas, muy rubitas ellas, apretándose un plato de pasta que me hizo recordar que se estaba haciendo hora de papear. Los recuerdos se acumularon a un ronroneo en las tripas de naturaleza totalmente inequívoca.

Nos bajamos en la estación de destino, que, para preservar el sacrosanto anonimato de esta bitácora, vamos a llamar Ørædessenår y que ni se parece a su verdadero nombre.

- Vamos a hacer una compra para cenar.
- ¿Dónde?
- Ahí hay un supermercado grande, nada más salir de la estación. Así ves lo que se compra aquí.
- ¡Vale! - estas cosas siempre enseñan mucho de las costumbres locales.

Nos metimos en el supermercado de Ørædessenår, que, la verdad sea dicha, era bastante grande. Algunas cosas sí que eran sorprendentes, una de las cuales era que todo costaba un ojo de la cara. Las patatas las vendían por unidades, a cinco coronas la pieza, así que claro, cogías la más gorda que encontrabas; por cierto que, para redondear, un euro son siete coronas. Sí, esta gente cumplía y sigue cumpliendo todos los requisitos para entrar en el euro, pero no les da, ni les ha dado nunca, la realísima gana de hacerlo. De hecho, pasa por ser uno de los países con mayor porcentaje de euroescépticos, aunque yo no noté nada fuera de lo corriente en el tiempo que pasé por allí.

Otra de las cosas curiosas que se encuentra uno en un supermercado danés es que no hay leche de la que caduca varios meses después, como la que compramos por todo el resto de Europa. Allí no se diría sino que le tienen manía. Todo lo más, podía verse leche pasteurizada de la que te aguanta un par de días, pero nada más.

La tercera cosa que me llamó la atención es que no había arroz que mereciera dicho nombre, es decir, el preciso para hacer platos de arroz como Dios manda y la tradición valenciana requiere.

Sea como fuere, hicimos la compra y seguimos camino hacia el apartamento de Abi, que estaba a un par de paradas de autobús o a quince minutos de caminata. Ya era de noche.

El apartamento, al que le echo entre veinte y treinta metros cuadrados, esto segundo siendo generoso, estaba atestado de cartones y de cajas de muebles de IKEA. Abi había montado lo absolutamente imprescindible, había hecho montar la cama y había -astutamente- esperado a su padre para el resto, que era básicamente una mesa multiusos y cuatro sillas. Y ya, porque no creo que cupiera más, aunque Abi, para su desgracia, ha tenido siempre una habilidad enorme para acumular cosas, que no se compensa con una habilidad semejante para deshacerse de ellas.

- Oye -pregunté- , ¿tú no tenías una bicicleta?

Y sí, la tenía, pero los detalles vendrán en la próxima entrada, porque ésta se está alargando demasiado y, por si fuera poco, se hace tarde.

sábado, 27 de julio de 2024

Problemas de ricos

En julio, Bruselas está muy cambiada respecto a su aspecto del resto del año. Si los turistas ya la invaden de manera habitual, en julio su número aumenta considerablemente, de modo que es muy habitual encontrarse a grupitos de personas más o menos despistadas desplazándose sin saber muy bien hacia adónde. A veces son claramente mochileros apenas salidos de la adolescencia, con aspecto despreocupado y sin ninguna prisa por llegar a alguna parte; otras veces, son grupos de orientales con un guía y un horario férreos; finalmente, nos encontramos con algún grupo familiar, guiado por un padre que mira de reojo a derecha e izquierda mientras trata de asesorarse sobre el camino a seguir a través del GPS de su teléfono móvil, sin que la madre de la familia y los uno, dos o tres hijos que lo siguen con pinta fatigada se preocupen lo más mínimo sobre el camino a seguir.

Pero estos grupos se concentran en el centro de la ciudad y fuera de él sólo en lugares emblemáticos, como el Atomium o la basílica de Koekelberg. Por el llamado barrio europeo, donde está mi puesto de trabajo, se aventuran poco y no les culpo por ello, porque el barrio europeo, que se llama así como si el resto de la ciudad estuviera en otro continente, es un amasijo de edificios de gran tamaño y de estética dudosa, que alojan a la mayoría de las instituciones de la Unión Europea y a todo lo que arrastran consigo en forma de representaciones permanentes, grupos de presión, asociaciones de la más diversa índole, restaurantes de todo tipo de cocina y, en suma, el guirigay que acompaña a quienes disponen de un generoso presupuesto para ejecutar en distintos proyectos. Y, no lo olvidemos, a quienes tienen un salario que les permite llegar a fin de mes holgadamente, incluso cenando en esos restaurantes que acuden prestos al reclamo de una cartera repleta.

Fuera de los lugares más rabiosamente turísticos, Bruselas pierde en verano buena parte de su población. A veces, me cruzo con algún compañero o, más frecuentemente, compañera, que me miran con sorpresa, como si no esperaran verme por allí, y me espetan:

- ¡Oh! ¡Aún queda alguien que no se ha ido de vacaciones!

¡Como si ellos mismos no fuesen la prueba de lo que dicen! Eso sí, esa sorpresa que muestran no es sino consecuencia del incontestable hecho de que, quien más quien menos, en cuanto pasa el Día Nacional de Bélgica, es decir, el 21 de julio, o se va de vacaciones o no va a tardar en hacerlo y se dedica a calentar el asiento lo justito hasta que llegue el momento de partir.

Esa huida generalizada de la capital administrativa europea, unida a un tiempo atmosférico razonablemente bueno, ni muy caluroso ni muy frío, convierte a Bruselas, por una vez, en un lugar agradable. Las cuadrillas habituales han ido perdiendo efectivos a medida que sus componentes se han ido marchando, de manera que se van parcheando otras entre quienes permanecen en la ciudad, como quien se hace un traje a base de retales.

En estos pensamientos, salía yo de mi lugar de trabajo en una tarde agradable y soleada, camino de una cita con una compañera de trabajo a la que hacía tiempo que no veía y con quien había quedado para una cena tempranera, muy a la europea, y luego cada mochuelo a su olivo. Con tan poca gente en las calles del barrio europeo, los enormes edificios parecían aún mayores.

Llegué a mi cita bastante antes de lo convenido, encadené mi bicicleta y me puse a esperar un rato. Y eso no es frecuente, porque, desde que existen los móviles inteligentes, la gente ha dejado de esperar. Lo que hace la gente es mirar cualquier cosa en su móvil mientras llega el resto del personal, y eso no es esperar; de hecho, más de uno (y más de una) queda bastante contrariado cuando su cita llega y le interrumpe el trasteo que llevaba con su móvil, dejando a medias lo que estaba haciendo. Yo soy el primero que lo hago, pero en esa ocasión me dio pereza sacarlo de la riñonera, metida a su vez en las alforjas de la bicicleta, así que me puse a esperar. A esperar genuinamente.

Se dice que los hombres tenemos la capacidad de no pensar en nada y que las mujeres carecen de ella y por eso no nos creen cuando nos preguntan en qué estábamos pensando y les respondemos que no estábamos pensando en nada. Efectivamente, tenemos esa capacidad, pero, y hablo por mí, la usamos en ocasiones menos frecuentes de lo que pudiera parecer; creo que es más frecuente que estemos pensando en cualquier tontería y nos dé apuro confesarlo. El caso es que, en la espera, dejé volar mis pensamientos rodeado de edificios que conocía bien y que eran mi entorno habitual desde que llegué a Bruselas.

En diciembre hará doce años de esto. Doce años de desencasillamiento de Rusia, si se quiere. A veces me pregunto qué pensaría el Alfor del pasado si viese a dónde había llegado el Alfor del presente. El Alfor de quince años, que nunca se tuvo en gran cosa, estaría indudablemente satisfecho; el de veinticinco años estaría dando palmas; el de treinta y cinco años estaría algo confuso, pero probablemente conforme. De lo que no estoy muy seguro es de lo que pensaría el Alfor que acababa de aterrizar en Bruselas y que, eso con total seguridad, no se esperaría lo más mínimo qué iba a sucederle en los casi doce años siguientes. Supongo que de algunas cosas estaría satisfecho (y de algunas extremadamente satisfecho), mientras que otras le parecerían completamente increíbles y hubiera preferido que no sucedieran. Tampoco me quedó claro si globalmente estaría conforme con el resultado y si, tomándolo todo junto, hubiera resuelto, como resolvió, salir de Moscú, de haber sabido lo que iba a sucederle en Bruselas. Claro que está por verse qué hubiera sucedido de haber continuado en Moscú: seguramente lo mismo o, a la luz de cómo está la cosa entre Rusia y el resto de Europa ahora mismo, algo bastante peor.

En estas reflexiones estaba, cuando salió mi compañera del edificio y nos fuimos a buscar un restaurante cuya cocina ya funcionase para cenas a las seis y media de la tarde. En España, y más en verano, a las seis y media de la tarde se puede aspirar como mucho a una horchata o un granizado de limón en cualquier heladería; si dices que quieres cenar, te van a mirar rarísimo, pero en Bruselas hay restaurantes que ya están abiertos para cenar, palabra de honor.

En aquella ocasión no se hacía tarde, ya lo creo que no, pero ahora sí, así que será cosa de proseguir las disquisiciones, y esta entrada, a su debido tiempo, que no es éste.

sábado, 13 de abril de 2024

Geobloqueo

Los españoles (o, al menos, este español) tienen un ligero problemilla cuando se trata de permanecer en contacto con las raíces de uno. Puedes seguir programas de radio, leer periódicos, llamar a tu familia o a tus amigos, si los tienes, peeeeero... cuando hablamos de la televisión, hay veces que el geobloqueo joroba, y joroba mucho. Hay retransmisiones que me gustaría ver, pero, si no estoy en España, el sistema me detecta, me descubre, me bloquea y me quedo con un palmo de narices. Que sí, que las VPN existen, pero son un engorro y no tengo yo muy claro lo que pueden hacer con los datos personales de los clientes.

Parecía que ya quedaba menos para que esto terminara, al menos en la Unión Europea. Y eso que es la línea roja de las cadenas de televisión, que se movilizaron desesperadamente a finales de 2023 para influir en los eurodiputados que estaban discutiendo el asunto. La comisión de mercado interior del Parlamento Europeo, que está mucho más llena de economistas que de culturetas, estaba dando la vara pidiendo la eliminación del geobloqueo a partir de 2025. Con esto, se acabaría el sistema de cesión de derechos por país, es decir, habría menos pasta, así que los lobistas se emplearon a fondo para evitar que el Parlamento opinara sobre la cuestión y la Comisión la tomara en cuenta para el próximo quinquenio como uno de sus expedientes prioritarios. El Parlamento se ha dedicado a abortos varios, total pa ná, así que parece que la cosa les ha salido razonablemente bien a las compañías de televisión, al menos de momento ¿Y cómo se hacen estas cosas? De momento, eligiendo bien a tus diputados. Ahí, lo tenían fácil. Aunque el diputado elegido no sepa leer ni escribir, queda bien defender el geobloqueo para proteger la cultura y pasar por intelectual. Y, de momento, la coalición de productores, distribuidores, autores, directores, tanto europeos como estadounidenses y tararí, tarará, parece que se ha salido con la suya.

Los campeones de la excepción cultural son los gabachos. Todos a una, tras algún que otro lío (se suponía que la mayoría eran liberales, pero se ve que sólo lo son de cintura para abajo), han votado en contra de eliminar el geobloqueo. Por no hablar de los estadounidenses, que no se sabe si están a favor o en contra del geobloqueo europeo, pero que seguro que han dicho algo. O de los sistemas de video a petición (¿se dice así? "Demanda" me gusta muy poquito). Los consumidores, como de costumbre, tienen lo del lobby mucho menos controlado y sus asociaciones tienen cierto margen de mejora en la defensa de lo suyo, que se supone que es lo nuestro. De hecho, el lobby audiovisual desliza que, en realidad, nadie quiere ver contenidos de otros países, y que se trata de un problema de expatriados ricachones que viven en Bruselas y que el resto de los europeos passssa ampliamente del asunto.

Creo que no soy la persona más adecuada para refutar este último argumento... De hecho, cuando estoy en España no veo nunca la televisión, y menos las cadenas extranjeras. Esto no es como la itinerancia de los móviles, que también fue una batalla larguísima, en la que las compañías telefónicas pusieron pies en pared, total para que llevemos la tira de tiempo con la itinerancia gratuita, sin que nadie se acuerde del sistema anterior y sin que ninguna compañía telefónica haya quebrado.

En fin, que ahora hay elecciones, no sólo vascas y catalanas, sino también belgas y europeas. Ya volverá la cuestión en algún momento del próximo mandato, pero la cosa todavía tardará mucho en madurar, al menos mientras los países productores, que son Francia, sobre todo, pero también España e Italia, puedan bloquear los proyectos en el Consejo. A ver quién es el guapo, en España, que se mete con el mundo de la cultura, los creadores, los del Goya y el clan de la ceja...

Pues hala, a jorobarse o a tirar de VPN. Tampoco es una cuestión de vida y muerte, sino los típicos problemas del primer mundo.

Uno, que se hace blando.