viernes, 1 de mayo de 2026

Vigésimo aniversario

Las cosas son como vienen. Hoy es el día de volver la mirada al 1 de mayo de 2006 y mirar desde la distancia temporal, pero también espacial, a aquel pipiolo incauto que llevaba nueve años consecutivos (y diez y pico en total) residiendo en Moscú, con pocas perspectivas de salir de allí, se consideraba felizmente casado, tenía tres hijos pequeños, un trabajo estable en un lugar infrecuente para un español y aspiraciones, no literarias, pero sí redaccionales. Desde hacía un par de meses sus condiciones de vida habían dado un vuelco notable a causa de una mudanza a un casa, o mejor a un casoplón, situado en el centro de Moscú, en la que ni siquiera podía soñar que le fuera dado residir. Es más, aquel pipiolo ni siquiera era consciente de que tal cosa existiera en Moscú. Pues va y no sólo existía, sino que al pipiolo le iba a caer del cielo vivir en ella.

Los dos primeros meses de residencia en aquel lugar se pasaron conociendo a los vecinos, montando muebles, organizando cajones y ordenando cosas en los ratos libres que dejaba el trabajo. Conseguir una conexión a internet no fue sencillo, pero finalmente se consiguió una compañía que accediera a conectar la casa a la red un día tan infrecuente como el 1 de mayo. Sí, el 1 de mayo, entonces y ahora, es fiesta (¡y de guardar!) en Rusia. A despecho de todo esto, el 1 de mayo por la mañana, que salió soleada y apacible, mientras la ciudad descansaba, un operario se presentó en la casa, puso cables por donde mejor le pareció, taladró el muro para pasarlos por el agujero que hizo, pilló un cacharro que luego supe que se llamaba "módem", le conectó el cable de marras y ¡hala!, ya tiene usted internet.

Era una chapuza de libro. De hecho, cuando helaba (y, claro, en Moscú heló con frecuencia durante los siguientes años), había problemas con una conexión, y con el deshielo había más problemas todavía; los cables los arrojó por el tejado de la casa al buen tuntún, como quien, más que instalar, esparce o desparrama. El servicio técnico, durante los siguientes años, poco menos que acabó por llamarme de tú, hasta tal punto estaban acostumbrados a mis llamadas.

Pero aquel 1 de mayo todo eso no se notaba todavía. Yo estaba solo en casa, no en vano la mañana era de lo más agradable, así que la familia estaba dando una vuelta, digo yo que por los famosos Estanques del Patriarca, que no estaban lejos, mientras yo me quedaba con el operario. Cuando se fue, me quedé junto al módem, pensando en qué hacer con el engendro.

2006 era el año de oro de las bitácoras (los "blogs", en anglicismo innecesario). Parece mentira, pero entonces no existía Instagram, ni TikTok, ni Youtube había tomado las dimensiones actuales. La palabra escrita era el canal normal de comunicación. Había, Dios mío, foros de debate en internet. Facebook, nada menos, estaba de moda y la gente se escribía mensajes de unos a otros. Yo seguía -dentro de mis posibilidades- alguna de las bitácoras que, durante mucho tiempo, estuvieron pulcramente reseñadas en la barra de la derecha de ésta vuestra bitácora y alguna otra de calidad más cuestionable. Y me dije: "Yo esto lo puedo hacer". En mi vanidad, la verdad es que pensaba "Yo esto lo puedo hacer mejor." Lo tenía todo: ganas de escribir, conocimientos ortográficos y gramaticales bastante más que aceptables de una lengua universal, vivencias a porrillo en un lugar donde pasaban (y seguro que siguen pasando) cosas tremendamente chocantes para el común de los occidentales. Y, desde ese momento, tenía internet. Lo que me faltaba para el duro.

Así que, ni corto ni perezoso, me abrí una bitácora en ese Blogger que todavía, y no sé por cuánto tiempo, aloja estas pantallas y, ¡hala!, primera entrada que te crió.

Cuando la leo hoy, cosa que acabo de hacer, la entrada me parece todavía hoy un excelente resumen programático de mis intenciones, que incluso he procurado seguir a pies juntillas. Las bitácoras no han muerto del todo en estos veinte años, pero han venido agonizando durante los últimos diez (o más), sustituidas por herramientas que cumplen la misma función de ser vehículo para la presunción de sus autores, sólo que los autores pueden ser unos analfabetos funcionales: con tal de que sean o se crean guapillos y controlen las cuestiones audiovisuales, adelante. La presunción, o la fanfarronería si se quiere, es la marca distintiva de todo aquél que no se guarda sus vivencias para sí mismo, sino que las vuelca en la plaza pública a disposición de quien quiera acceder a ellas. Creo que el reconocerlo, hoy como entonces, al menos me honra.

A despecho de los líos que me acechan durante todo este mes, creo que ha llegado el momento de echar un vistazo a cada uno de los veinte años que han pasado. Eso de que veinte años no es nada es más falso que un billete de siete euros. En esos veinte años han sucedido más de mil seiscientas entradas, incontables comentarios y comentaristas, líos, follones en varios idiomas, mis hijos pequeños son ahora dos mujeres de rompe y rasga y un zagal que derrocha simpatía (y me temo que algo más), ha habido un par de mudanzas, viajes por buena parte de Europa y, vaya, que yo empecé esto con toda una carrera profesional por delante y ahora estoy más cerca de la jubilación que otra cosa. Por cierto, que a ver si entonces tengo tiempo, por fin, para escribir a mis anchas. Mucho me temo que lo que tendré de tiempo voy a carecer de contenido.

En todo caso, veinte años es algo que no se cumple todos los días. De hecho, sólo se cumple uno, y ese día es hoy.