sábado, 30 de septiembre de 2023

Colesterol

Todos los países, menos si son realmente pobres, disponen de una comida especialmente perjudicial para la salud de quien la consume. En Rusia había mucho donde elegir (y, si añadimos la bebida, no digamos), pero Bélgica la supera con cierta claridad por la variedad enorme de sus platos de nutrición cuestionable, pero que entran bien y que mandan a la porra los esfuerzos dietéticos de una semana entera. Y, si no, basta con ver el aspecto que tienen demasiados belgas y la pasta que ganan todo tipo de terapeutas relacionados con las enfermedades que, a la larga y si uno se pasa, produce la alimentación sabrosa, pero de valor dudoso.

La palma se la lleva la fricadelle, que en versión flamenca es frikandel. A simple vista, una salchicha como las demás, pero ésta se considera típica de esta zona del mundo que atiende históricamente por Países Bajos.

Comenzaré por lo obvio: está buena. Y es barata. Para lograr lo primero se esmeran en meter todo tipo de saborizantes y mucha sal en la composición. Para lograr lo segundo utilizan la peor carne que pueden encontrar y la mezclan con miga de pan y desperdicios varios en una especie de "bañera belga" (así la he oído llamar), de donde sale embutida como se ve en la foto y se envía a la distribución, de donde se nutren las friteries de toda Bruselas. Últimamente estoy yendo con cierta frecuencia a Maison Antoine, la friterie con más solera del mundo mundial, y por consiguiente también estoy recurriendo con idéntica frecuencia (no más de una vez a la semana, por Dios) a la comida rápida belga, que se parece demasiado a la de la foto que ilustra esta entrada.

En fin, que los fritos (y lo frito) son el pan nuestro de cada día en esta ciudad y que, si uno se lo trasiega sin hacerse muchas preguntas, llegará un momento en que la enfermedad cardiovascular se manifestará. A los belgas ya les pasa.

Total, que, para compensar los últimos desmanes, me voy a ir al bosque a correr y a despejar las arterias un poco, porque, si no, luego, todo son prisas. Como comienza a anochecer pronto, más vale que salga ya, que se me está haciendo tarde.

sábado, 23 de septiembre de 2023

Día sin coches

El domingo pasado fue el día sin coches en Bruselas. Creo que en Valencia había un fenómeno similar, por lo menos mientras gobernó Compromís el ayuntamiento, pero igual ha pasado ya de moda, vaya usted a saber. Me parece que ahora en Valencia lo hacen en otro día, mientras que en Bruselas no se quieren hacer mucho daño y, por eso, lo hacen en domingo, dando razones a quienes abandonan la ciudad de estampida por no poder prescindir del vehículo de motor.

Aquí, el día sin coches es eso que parece, o casi, porque sí que hay coches que circulan, aunque son pocos. Taxis, autobuses, ambulancias, coches de policía y alguna furgoneta de reparto, vamos, los que más molestan en los días de diario.

Como el día únicamente es sin coches, es lógico que el resto de los vehículos no se sientan aludidos. De esta forma, hay más bicicletas que nunca, incluyendo aquí a gente que sólo las usa un día al año (precisamente el día sin coches, claro) y que van haciendo eses por las calles intentando mantener el equilibrio con mayor o menor éxito. También está el típico padre que ha decidido que, como no hay coches, es el día para enseñar a su retoño a montar en bicicleta, y qué mejor sitio que la calle, que hoy debería estar vacía, toda para él. Y ahí está el niño con su microbici atravesando la calle en cualquier sentido, a despecho de quienes, incluso hoy, circulamos por ella y tenemos que hacer equilibrios para no atropellar al niño, que ya podía el padre enseñarle a montar en bici en algún lugar más seguro y cerrado a todo tipo de tráfico.

Y sí, la calle debería estar vacía.

Pero no. Hay otra cosa que tampoco se da por aludida en los días sin coches, y son los patinetes eléctricos. Si ya de por sí son una murga acelerada de gente poco empática que van zigzagueando por las calles y provocando maldiciones de quienes tienen la desdicha de coincidir con ellos sobre el asfalto, en el día sin coches ya son la repera. Viva la Virgen y ancha es Castilla. Hacen de su capa un sayo y, si alguien se topa con ellos, pues ya se apartarán. Total, que el incauto que los sufren acaba pensando que quizá podían ampliar el día sin coches a todo tipo de vehículos accionados por un motor, aunque sea eléctrico o, al menos, ¿para cuándo el día sin patinetes?

En fin, que el día sin coches es un asco. Si tienes coche, porque no puedes usarlo y te toca desplazarte a pie o en transporte público, y se nota que no estás acostumbrado y eres más torpe. Y, si sustituyes el coche por la bicicleta y la desempolvas para sacarla ese día por primera vez desde el mismo día del año anterior, pues entonces ya olvídate. Y, si eres ciclista habitual, el día sin coches podrás ir como de costumbre, vale, pero te vas a topar con una manada de zoquetes circulando como no saben, y milagro será que no te lleves un morrón del quince.

Al día siguiente, incluso ese mismo día a partir del anochecer, las cosas vuelven a la normalidad. Uno se acuerda, en estos casos, del famoso comienzo del Manifiesto de los Persas, en que una serie de diputados pidieron a Fernando VII, con todo éxito, que pusiera orden en las Españas y que mandara a los liberales a la ilegalidad de donde no debieron salir nunca más: Era costumbre en los antiguos Persas pasar cinco días en anarquía después del fallecimiento de su Rey, a fin de que la experiencia de los asesinatos, robos y otras desgracias les obligase a ser más fieles a su sucesor.

Pues algo así es el día sin coches, salvo que los persas se tomaban cinco días de anarquía y aquí nos conformamos con uno. Supongo que sus promotores pretenden hacer ver que es posible prescindir del coche en el uso diario y sustituirlo por otros medios de transporte; también supongo que, dado el desastre que acontece ese día, no han conseguido ni un solo converso y que, si alguien ha resuelto abandonar el coche, no será por el día en cuestión, sino que se debe a lo difícil que es aparcar y a los atascos que retardan los desplazamientos en los días ordinarios. Sea como fuere, yo salí a hacer lo que tenía que hacer, volví a casa en cuanto pude, aparqué la bicicleta en el garaje y ya no salí de casa hasta que, el lunes por la mañana, la calle quedó libre de peatones descuidados, de patinetes insoportables y de ciclistas primerizos.

Y qué alivio...

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Complejos

En los últimos tiempos he tenido a varios grupos de amigos en mi casa de Bruselas, visitando el país. Bélgica les parece muy bonita, sobre todo a quienes han tenido la suerte de visitarla con buen tiempo, pero también a los otros, que han tenido la ocasión de disfrutar de ciudades como Brujas o Gante, o Lovaina, a las que, por cierto, esta bitácora también deberá referirse más pronto que tarde.

El caso es que, tras mucho pateo durante el día, llega el atardecer y la fatiga, y una ojeada a las noticias que vienen de España. Como cualquier español sabe, y más si ha estado por España recientemente, en la prensa no se ha estado hablando más que del piquito del ya ex-presidente de la Federación de Fútbol a una de las jugadoras de la selección femenina de fútbol o, pasando a asuntos de la actualidad política, del hecho de que la gobernabilidad de España está en manos de quien más claramente aspira a disgregarla.

Noticias como éstas, que no son buenas, han ido creando el desasosiego en mis invitados, que indefectible piensan en el efecto que tendrán sobre la opinión pública en el extranjero. Mis invitados consideran que la imagen de España en el extranjero es mala y que estas noticias nos van a acabar convirtiendo en el hazmerreír de Europa entera. Porque España es diferente, y peor, que los países de nuestro entorno.

Es curioso cómo la autoflagelación se enseñorea de los españoles, no sé por qué motivo preocupados por lo que los demás piensen sobre nosotros. Para los que estamos fuera y no estamos sometidos a la propaganda televisiva que padecen los residentes en España, creo que es bastante evidente que España no es diferente a los países de nuestro entorno. Cada país tiene sus propias miserias, a las que no hacemos caso en España porque estamos concentrados en lamernos nuestras propias heridas imaginarias.

Pongamos el caso de Bélgica. En lugar de rasgarse las vestiduras por el piquito de Rubiales (que hubiera pasado totalmente desapercibido de haber sucedido en un país que no estuviera gobernado por una caterva de locas), el país está concentrado en el “pipigate”, que afecta al Ministro de Justicia belga, un liberal flamenco que no hace mucho que celebró su cumpleaños por todo lo alto e invitó a sus amigachos de juventud. Sus amigachos, que eran una banda de heavies a los que sólo la edad y la alopecia han obligado a prescindir de la melena, pillaron una cogorza de campeonato y se dedicaron a reverdecer laureles enfrentándose con la policía. La policía que tenían más cercana resultó ser el vehículo de escolta del ministro, aparcado frente a la residencia donde tenía lugar la francachela, así que hasta en tres ocasiones salieron de la casa y mearon toda la cerveza que habían ingerido sobre el coche.

Los escoltas se lo tomaron a mal. No reaccionaron de momento, pero de alguna manera el asunto llegó a la prensa, que dijo que había sido el propio ministro de Justicia uno de los autores del desaguisado.

Rápidamente, el ministro convocó a la prensa para desmentir tamaña afirmación. Hay que decir que la forma de desmentirlo fue, cuanto menos, original, porque mostró en su propio ordenador portátil imágenes que le mostraban a él, posiblemente tan pedo o más que sus amigachos, orinando desnudo sobre un colega, o sobre el césped, en otro lado de la casa, mientras explicaba muy serio que, como se trataba de él mismo, no podía estar al mismo tiempo meando al coche de la policía, y que los que habían hecho eso eran tres amigos suyos, cuyo comportamiento desaprobaba. Eso es el actual ministro de Justicia belga. No me dirán los lectores que se trata de un asunto mucho más gracioso que el del piquito de Rubiales. Pues en España, ensimismados en nuestra propia basura, ni nos hemos enterado de esto.

¿Y del escándalo político de que el gobierno de España esté en manos de quienes aspiran a disgregarla? Eso es algo que en Bélgica no debe siquiera llamar la atención. El partido más votado en Bélgica en la Alianza Neoflamenca (por cierto, el que da apoyo a Puigdemont), un partido independentista que aspira a que Bélgica desparezca, porque defiende la secesión de Flandes, donde vive bastante más de la mitad de la población, y que en el Parlamento Europeo es tan de derecha que comparte grupo parlamentario con los polacos de Ley y Justicia y con Vox, a los que la prensa española tilda de extrema derecha un día sí y otro también. Pero es que el segundo partido más votado en Flandes, y creciendo, es Vlaams Belang, que está bastante más a la derecha de la Alianza Neoflamenca y para el que, supongo, la prensa española carece de calificativos, por haberlos gastado todos para adjetivar a los anteriores. En este contexto de ingobernabilidad, que un prófugo de la justicia española condicione el gobierno de un país es algo que sólo puede considerarse anecdótico y un hecho curioso, como mucho.

En fin, que no. Que no hay país que no tenga sus miserias y que los españoles hacemos muy mal en creer que las nuestras son las más vergonzantes, porque no es cierto. Y eso por no pararnos en cosas como el Reino Unido y los sucesivos ridículos brexiteros, el gerontófilo presidente francés o el canciller alemán, últimamente aparecido con un parche en el ojo. Y ya no me paro a hablar de Italia, porque los italianos se llevan la palma con diferencia y, sin embargo, no se sabe cómo, se las arreglan para mantener el estilazo.

Me detendría más a referir situaciones ridículas que afectan a otros países menores que los que he mencionado arriba, pero eso daría lugar a una entrada larguísima, y el tren en el que me encuentro se halla cerca de su estación destino, París Este. Como no quiero guardar los bártulos de escritura aprisa y corriendo, mejor será que vaya concluyendo esta entrada, antes de que se haga tarde.

domingo, 10 de septiembre de 2023

Zarzas y moras

Cuando llegué al jardín, después de años de descuido, me encontré varios zarzales impresionantes e impenetrables, que separaban mi jardín del perteneciente al vecino de la izquierda. Como sabemos, la vecina de la derecha, a la que llamaremos Claudine, que, como de costumbre, no es su verdadero nombre, tiene un jardín que está separado del mío por un civilizado seto, que además es bastante bonito. En cambio, el vecino de la izquierda va cambiando, porque es un inquilino no propietario, así que ya voy por los terceros. Los primeros eran unos franceses que acabaron destinados a algún país africano (que no les pase nada). Fueron sustituidos por una pareja mixta con niños pequeños, que aterrizaron allí, pero terminaron por comprar una casa en Saint Job, lo cual demuestra que tienen buen gusto, porque Saint Job es una zona buenísima, pero me dejó sin unos buenos vecinos, con los que, además, podía hablar alemán. Claudine también lo habla, vale, pero tras unos intentos más o menos exitosos hemos terminado por comunicarnos en francés, porque hay que llevarse bien con los vecinos. Es lo que hay.

Los vecinos de la izquierda actuales son un matrimonio mixto, como tantos en Bruselas, en este caso anglo-alemán. La mujer es alemana y el marido es británico. Por supuesto, hablo alemán con los dos, sobre todo con él. El inglés, como el francés, hay que evitarlo todo lo posible y más con los nativos, con la posible excepción de Claudine, que es de armas tomar.

El caso es que la separación entre los jardines no está muy cuidada, porque el propietario, un geómetra belga forrado que tiene varias casas en alquiler y pasa medio año o más en Portugal, no está por la tarea y sus inquilinos no se ven allí para siempre. Y la verdad es que yo tampoco, aunque sea (co)propietario del inmueble. La separación consiste, pues, en una alambrada y, en algunas zonas, en unas tablas de madera a guisa de valla. Ello no quiere decir que carezcamos de intimidad, no. Como quedó dicho al principio, entre los jardines de ambos hay vegetación bastante espesa, incluyendo un par de árboles y, y ahora llegamos al tema de esta entrada, un enjambre de zarzas con sus correspondientes espinas.

A mí me gustan las moras, pero no tanto como para compensar el disgusto que me producen las zarzas y sus pinchos, así que, a la que tuve tiempo, me dediqué a rebajar las zarzas todo lo que estuvo en mi mano. Bueno, la verdad es que lo que pronto estuvo en mi mano fue un número enorme de heridas y agujeros, porque, por mucho que llevara guantes, lo cierto es que las espinas de las zarzas son puntiagudas y se las traen. Pero, al final, tras muchas horas de podar y podar, conseguí no eliminar, cosa imposible, pero sí al menos rebajar bastante las zarzas. Vano intento: como si la poda las hubiera reforzado, al año siguiente regresaron con enorme fuerza, pero, al menos, ya se pusieron a dar frutos, y la verdad es que este año, para compensar las pocas frambuesas que me han tocado, he podido comer bastantes moras que, aprovechando el calor que hizo en junio (y no en julio ni agosto, pero sí en septiembre), han madurado con rapidez.

Por lo demás, después de unos días de asueto, he vuelto a Bruselas y al jardín y me he encontrado con muchas malas hierbas, además bastante altas, pero parece que ha hecho el suficiente calor como para que no hayan crecido en exceso. Los primeros días de septiembre pasarán a la historia de Bélgica como los más calurosos, no sé si desde que hay registros, pero con seguridad desde que estoy por aquí. Llevamos una semana por encima de los treinta grados y, así como a los invitados que tuve en agosto no había manera de convencerlos de que en Bélgica podía no llover, de tan mal tiempo como hizo, a los invitados que acabo de acompañar al aeropuerto no ha habido manera de convencerlos de que en Bélgica han vivido un fenómeno único y que lo más normal es que haga mucho menos calor y que tengan que hacer uso intensivo de ese chubasquero que les convencí de que trajeran y que se han limitado a sacar de paseo y a cargar inútilmente en su maleta.

En fin, sea como fuere, y por muy domingo caluroso que sea, voy a salir al jardín a trabajar un rato, no se me vaya a hacer tarde, cosa que ocurrirá indefectiblemente si continúo escribiendo líneas y más líneas de esta entrada.