En cambio, el centro de la ciudad es otra cosa.
En el centro se concentra todo el que se ha quedado por aquí, además de los habitantes locales menos pudientes. Creo que ya escribí en alguna ocasión que en el centro de Bruselas viven las dos "M", moros y maricones, según me dijo en una fiesta un español que pertenecía a una de esas dos comunidades. Los de la segunda comunidad expresada suelen ser gente con posibles, al menos los suficientes como para salir de allí en verano, pero los de la primera no tanto, así que muchos se quedan donde están y salen a pasear todo el santo día. A ellos se suman los turistas, que en Bruselas son legión. Ya escribí en algún momento que Ryanair ha hecho mucho daño y, si le añadimos WizzAir, TUI, Vueling y alguna otra de la que no quiero acordarme, el daño se multiplica hasta extremos dramáticos.
Así pues, en verano, Bruselas se transforma en un núcleo donde ocurre todo lo que puede ocurrir, en forma de posibilidades de ocio, programación cultural, bares abiertos hasta tarde (bueno, tarde para estándares belgas) y diversos tipos de entretenimiento.
Y, entre ellos, está el cubo azul, del que hablaremos dentro de nada.
Si exceptuamos la Grand Place, el meollo de la ciudad de Bruselas es la plaza De Brouckère. Charles De Brouckère fue un alcalde de Bruselas entre 1848 y 1860, año de su muerte y posible (nunca seguro) descenso a los infiernos, ya que era un masonazo del quince, uno de los fundadores de la Universidad Libre de Bruselas, además de uno de los próceres de la revolución de 1830. Pero, como dejó buen recuerdo como alcalde de la ciudad y su carácter más bien brusco y avinagrado se fue olvidando, pues le dedicaron una plaza, y no una cualquiera, porras. Una plaza como Dios manda, aunque quizá él hubiera preferido al Gran Arquitecto del Universo.Es una plaza de gran tamaño cuyos accesos, la verdad sea dicha, han mejorado mucho últimamente, salvo que te quieras acercar en coche, porque, en ese caso, te vas a encontrar con un infierno (y con Charles De Brouckère dentro, posiblemente). El bulevar Anspach, que a mi llegada a la ciudad era una importante arteria de comunicaciones automovilísticas, ahora es peatonal, y por uno de los laterales de la plaza aún pueden pasar los coches, pero de uno en uno y con frecuentes paradas para dejar pasar a los peatones que, en verano, pasan constantemente de un lado a otro.
Estaba yo en casa teletrabajando tranquilamente, cuando me llamó una compañera de trabajo.
- ¡Alfor! ¡Buenos días!
- ¡Juana! ¿Qué tal?
- Todo el mundo se ha ido de vacaciones menos tú. Tengo una pregunta para ti ¿Estás libre entre siete menos cuarto y nueve y cuarto esta noche?
Esto me sonó a que me quería pedir un favor. Pasear a su perrita. O recibir un paquete. El caso es que efectivamente yo estaba libre a esa hora y, la verdad, Juana es una persona agradable que se hace querer. Ningún problema en hacerle un favor.
- Pues... sí, estoy libre.
- Estupendo. Pues vente a las siete menos cuarto a De Brouckère. Tengo dos entradas para Prodigy 12, pero Manuela, con la que iba a ir, me ha dicho que no puede venir, así que, antes que regalárselas a cualquiera por la calle, prefiero ir contigo.
- ¿Prodigy 12? ¿Qué es eso?
- Es un espectáculo que me han dicho que está muy bien. Sobre la Bruselas del futuro.
La conversación dio, pues, un giro inesperado...
- Vaya... Interesante. Muchas gracias. Allí estaré ¿A las siete menos cuarto?
- Sí, comienza a las ocho y dura más o menos una hora?
- Venga. Luego te invito a tomar algo por allí.
- ¡Gracias! Menos mal, que ya me veía yo sola con una entrada de más.
Después de varios agradecimientos de un lado al otro de la videollamada, colgamos. Y yo, a eso de las siete, pillé la bicicleta y me encaminé a De Brouckère, no se me fuera a hacer tarde.
(continuará)
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