miércoles, 28 de diciembre de 2022

Marroquíes

El hecho de que esta bitácora lleve renqueante desde hace algunas semanas se debe exclusivamente a la falta de tiempo, pero no a la falta de materia, porque no, no han faltado cosas que relatar durante este tiempo. Una de ellas se refiere al Mundial de Qatar, ese país que soborna a diestro y siniestro para conseguir buena imagen y, una vez se conocen sus manejos, obtiene exactamente lo contrario.

La selección belga de fútbol, conocida, sobre todo localmente, como los "diablos rojos", no ha tenido una buena actuación en el Mundial. Ganaron el primer partido, eso sí, pero no pareció nada convincente, al menos a juzgar por lo que decían los aficionados al fútbol que me rodean. Por mi parte, yo en todo el mundial no vi sino medio partido. Con lo que paso del fútbol, mucho me hubieran tenido que pagar los cataríes para hacerme ver algo más.

Al día siguiente del partido que los diablos rojos ganaron a los canadienses, un compañero de trabajo, belga él, se asomó por mi despacho preocupado por que el juego de su selección no le acababa de gustar. Como España acababa de ganar a Costa Rica por una paliza, aunque no vi el partido, pude hacer como que me ufanaba un poco, pero poco más podía hacer.

Claro, ahora sabemos que el grupo de Bélgica fue el más duro del mundial, en el que se acabaron encontrando dos de los semifinalistas, pero eso no se podía saber entonces. El caso es que, en el siguiente partido, los diablos rojos (o los "diables rouges" o los "rode duivels", según la versión lingüística local que nos guste más) tropezaron contra la selección marroquí, y la cosa se puso mal, pero no tanto por la posible eliminación de los belgas (que se hizo realidad poco después), sino porque nos hemos dado cuenta de que demasiados marroquíes están, literalmente, por civilizar, y curiosamente son precisamente aquéllos que viven en los países que presumen de ser civilizados, porque los marroquíes que se han quedado en Marruecos han celebrado sus triunfos con alegría, como es natural, pero sin desmandarse más de lo que es normal y hasta deseable.

Los de Bruselas, no.

No sé yo lo que habrá pasado en vuestras ciudades, porque marroquíes hay hoy en día por doquier, pero en la mía, después de la trifulca que se montó tras la victoria de la selección de Marruecos contra la belga, todo el mundo (excepto los marroquíes, claro) ansiaba la eliminación de Marruecos. No por antipatía personal contra sus jugadores o técnicos, que seguro que son buenos chicos y en todo caso juegan bien al fútbol, sino por pura seguridad personal. Después de la victoria contra los belgas, los alrededores de la estación de Midi quedaron literalmente destrozados. Lo peor de todo es que la cosa continuó. En octavos de final, como seguramente todos recordaremos, la selección de Marruecos eliminó a la española en los penaltis. Quisó la suerte, o la desgracia, de que yo no estuviera atricherado en casa, que hubiera sido la opción más segura de haber sido posible, sino en la oficina, y de que me tocara volver a mi domicilio poco después de que terminara el partido, sin saber el resultado todavía.

Al pasar por la plaza Flagey, no hizo falta más. Ya me enteré de quién había ganado. Comenzaron a pasar coches ondeando banderas marroquíes y, en la propia plaza, un grupo de chavales con una sonrisa de oreja a oreja desenvolvían una bandera de Marruecos. No parecía que fueran a ser muy violentos, pero, por si acaso, comencé a pedalear más fuerte, también debido a que hacía un frío del quince. Ahí parece que los marroquíes se limitaron a celebrar la victoria sin provocar destrozos, sino con la alegría, totalmente aceptable, de quien ha recibido un alegrón.

Cuando la selección de Marruecos se enfrentó a la portuguesa, que fue su siguiente víctima, yo estaba recogiendo en coche a una conocida, y sus hijos, que vive en Jette. Entre el sitio al que íbamos y el domicilio de Jette, era preciso pasar por Molenbeek, un municipio casi completamente arabizado que ya protagonizó un apasionante viaje en los albores de esta bitácora en Bruselas. Pues bien, en las calles no había ab-so-lu-ta-men-te nadie, y no creo que fuera únicamente por la temperatura de dos bajo cero que nos tocaba los carrillos. En cambio, los bares de la zona estaban hasta los topes de marroquíes y morisma varia, que estaban viendo el partido. Afortunadamente, para cuando se produjo el desenlace yo ya estaba bastante lejos de allí, pero la cosa se saldó con un número considerable de detenidos.

Naturalmente, yo iba con Portugal. Bueno, yo iba con cualquiera que se enfrentase a Marruecos y tuviera posibilidades de acabar con aquella agonía. Una vez pasado el partido de Portugal, ya daba un poco igual, porque, estando Marruecos en semifinales, iba a jugar dos partidos más de todas todas. Finalmente, Marruecos perdió esos dos partidos. Francia los eliminó y Croacia los dejó sin el tercer puesto. A mí, que no me convence el fútbol en absoluto, normalmente me entra un sentimiento de alivio cuando termina un torneo como el Mundial, pero, en esta ocasión, el alivio fue incluso mayor.

A todo esto, la jarana se produjo igualmente en las derrotas de Marruecos, que se saldaron con la detención de varias decenas de personas, armadas con... bueno, con bengalas y petardos, o sea, nada que pueda asustar a un valenciano, pero cuyo uso en Bruselas está bastante limitado. Está visto que, cuando uno se prepara para liarla parda, el resultado es lo de menos.

La conocida a la que fui a recoger a Jette trabaja en el consulado español, un lugar frecuentado por un porcentaje bastante elevado de personas que son españoles únicamente por el pasaporte que esgrimen, porque ni conocen apenas el español ni tienen, o eso me parece, mucha afición al país que les ha dado su ciudadanía. Dicen por allí los que saben de esto que hay marroquíes que están perfectamente adaptados y que ni participan en estos tumultos ni les hacen la menor gracia, y no seré yo quien les desdiga. Que los instigadores de todo esto son unos adultos con menos sensatez que una fiambrera, pero que cuentan con bandas de menores de edad a quienes ponen a destrozar todo lo que se encuentre en la calle, a sabiendas de que, al ser menores, no corren peligro de ser encarcelados.

Así y todo, no le veo el menor sentido a todo esto. Si han ganado el partido, ¿qué más quieren? Está muy bien que estén contentos y quieran celebrarlo, claro que sí, pero ya está. No hay que romper nada. De hecho, en Marruecos no hay narices para atreverse a romper nada, supongo que porque la policía local debe bromear más bien poco y no debe cortarse nada en deslomar al que se desmande lo más mínimo, cosa que la policía belga se pensará mucho antes de hacer.

Tiene que haber algo más que la alegría desenfrenada. Tiene que haber una frustración muy grande en un segmento de población que jamás se ha adaptado al modo de vida occidental, y no hay más que pasear por alguno de los barrios que han tomado para comprobarlo, y que reacciona con una especie de furor atávico que seguro que no todos comparten, porque, si lo hicieran, estaríamos en guerra civil, pero que le resulta muy propio a un importante segmento de la población emigrada, e incluso a sus descendientes después de varias generaciones. Se trata de un partido de fútbol, no de la yihad, leches, y la selección de Marruecos ha ganado un partido, no ha conquistado Al-Ándalus, pero estos chicos parece que lo han interpretado como el comienzo de su liberación y de la imposición del Islam en Europa.

Creo que nos quedan algunos años de diversión con fenómenos como éste. Después de los años de diversión, no estoy seguro de que lo que nos depare el futuro sea tan divertido.

Sólo espero que no sea tan tarde como el momento de terminar esta entrada.

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