lunes, 31 de agosto de 2026

La capilla ateo-humanista del aeropuerto

Un día u otro tenía que ser, así que finalmente ha llegado el momento en que este humilde autor de la presente bitácora no ha tenido más remedio que tomar vacaciones, para dirigirse a su patria, la Valencia de sus entretelas, y pasar calor en ella.

Para ello, tocaba pasar por el aeropuerto de Bruselas. Bueno, o por el de Charleroi, pero lo de Charleroi ya hemos convenido que, más que un aeropuerto, es una central de transporte de ganado que lo mejor es evitar si se puede.

La última vez que tocó pasar por el aeropuerto de Bruselas-Zaventem, recordemos que quedó pendiente una visita más detallada a uno de los espacios más curiosos del lugar: la capilla atea, o el espacio humanista, para gentes que no creen en Dios, ni en Jehová, ni en Alá, ni en ningún Ser Supremo, pero están chungos porque algo no va bien y no tienen los recursos que tenemos los creyentes, que nos dirigimos a Dios cuando las cosas no van bien para pedirle que nos ayude a enderezarlas, y cuando van bien para darle las gracias. Con el fin de paliar esta falta de recursos para el ateo consecuente que, sin embargo, quiere tener un espacio en el aeropuerto como todo quisqui, he aquí que se fundó el espacio humanista. Vamos, digo yo que sería por eso.

Llegué al aeropuerto, pasé sin novedad el control de seguridad y me dirigí decidido y a buen paso a la zona de las capillas. No lo ponían fácil, no... El aeropuerto, como buena parte de Bruselas, también está en obras, y lo que está en obras en particular es el acceso a las capillas. Para compensar, también estaban en obras las zonas de primera clase, que no piso desde hace la tira de tiempo, pero que estaban de camino a las capillas.

Las capillas están en el tercer piso, no hay escaleras mecánicas sino hasta el segundo y el ascensor está estropeado, así que el último tramo me tocó hacerlo por medio de las escaleras, disimuladas tras una puerta y más parecidas a un barracón que a un aeropuerto. Vamos, aquello parecía Charleroi, no diré más.

Pero llegué. Para ser completo, esta vez tomé fotos a las capillas que dejé de lado la última vez. Como era tan complicado llegar, pensé que no habría nadie utilizando la zona religiosa (bueno, zona religiosa, excepto la parte humanista, que ésa es explícitamente no religiosa) y no me equivoqué. A pesar de estar en plena temporada alta vacacional, o quizá precisamente por eso, aquello estaba completamente abandonado.

La capilla protestante es tan aburrida como todo lo que tiene que ver con esa herejía pensada para ir contra la verdadera iglesia, más que para proponer algo bello, cosa que se esfuerzan por evitar. Allí no hay más que sillas, un atril y un ambiente de sola scriptura que prescinde totalmente de adornos, de santos, de... bueno, de prácticamente todo. Biblias hay, eso sí.

Al fondo, han colocado un cuadro tan feo como todo lo que tocan, con unos colores que no se sabe muy bien a santo de qué vienen. Y sobre el altar han colocado una planta de plástico. No estoy muy seguro de que Dios esté allí, pero, en todo caso, a veces parece que quienquiera que haya diseñado aquel recinto estaba pensando en disuadirlo de aparecer. 

La capilla judía, por su parte, es otra cosa, la verdad. Tiene buen aspecto, supongo que porque está claro quién lleva últimamente la voz cantante en esta época que nos ha tocado vivir. Hay gorritos y muchos libros en un alfabeto que desconozco por completo, pero estéticamente da buena impresión. Los bancos son anodinos, pero tienen un pasar. En el fondo hay una placa en la que se menciona la inauguración del espacio con los agradecimientos a la BIAC y a los señores Apfelbaum y Kaufman. La BIAC no es ninguna asociación judeo-masónica, como podríamos temer, sino simplemente el propietario del inmueble, la Brussels International Airport Company. Los señores Apfelbaum y Kaufman no sé quiénes son, pero es difícil imaginar apellidos más judíos que ésos.

Esta bitácora es razonablemente respetuosa con las religiones distintas a la católica. La religión judía creo que nunca ha sido mencionada aquí hasta ahora, ni siquiera en estos tiempos en que la cuestión no deja a nadie indiferente, aunque alguna cosita, mayormente culinaria, sí que ha salido en el pasado.

Superando el temor a posibles atentados contra esta bitácora, y aprovechando que allí no había un alma, pasé también al interior del espacio reservado a los musulmanes, que también me pareció hermoso. No sé si los musulmanes tienen algo parecido a nuestra presencia real (sí, en la capilla católica del aeropuerto está Dios mismo presente), pero el espacio tenía buen aspecto. Como no conozco mucho de lo que nuestros ancestros llamaban la pérfida secta mahometana, me conformé con echar un vistazo a las alfombritas y a las telas que tenían por allí colgadas con una petición de no retirarlas de allí.

Y sí, la verdad es que las telas que tienen colgadas son bastante chulas, aunque no puedo identificar para qué sirven. Ignoro completamente qué hacen los musulmanes en las mezquitas. Rezar, supongo.

En mi trabajo hay una sala que se supone que es para meditar, pero que es utilizada para otros menesteres, o eso creo, por los trabajadores musulmanes que tenemos. Al menos, alguna vez que he entrado en ella me he encontrado con un sarraceno sobre una alfombrilla (que se guardan allí mismo), prosternado y supongo que en dirección a La Meca. Me va a tocar enterarme de cuál es la liturgia de los mahometanos, siquiera sea por razones de cultura general y porque ya son tantos que habrá que entender un poco mejor de qué pie cojean, además de lo que de por sí es evidente, como que a las mujeres las llevan bastante tapadas, por lo menos de cejas para arriba, si tienen suerte. Si no tienen suerte, entonces pasan a vivir detrás de una tienda de campaña andante, tapadas hasta con guantes. 

Pero el objeto de la visita no era ninguna de esas tres estancias, sino la capilla rimbombantemente llamada humanista, en la que entré resuelto, después de entreabrir la puerta y de comprobar que allí no había absolutamente nadie, ni siquiera la chiquilla de la otra vez cargando su teléfono. Seguía habiendo, sí, un sillón y un enchufe cerca de él, pero allí no había un alma, como no fuera la mía.

Aquello, en el fondo, era un despacho de alguien que no estaba de servicio. La impresión que daba era directamente depresiva. Lo de las plantas de plástico lo puedo perdonar sin el menor problema, porque, seamos claros, las plantas vivas no tendrían la menor posibilidad en semejante espacio.

Pero es que aquello era feísimo. Que ni hecho adrede. Jolines, que, al lado de este adefesio, la capilla protestante parecía una estancia decorada con buen gusto. No es extraño que allí no estuviera ni Dios (literalmente), es que me pareció un lugar repulsivo y desalmado, ajeno a toda estética y que sólo podía ser servido por vaya usted a saber qué gentes. Espero que les paguen bien, pero no lo dudo, porque Satanás suele pagar bien en este mundo, antes de cobrarse con creces en el otro lo que ha invertido anteriormente. 

Esos papeles amontonados sin orden ni concierto sobre esa mesilla, a saber con qué aviesa intención, trataban sobre todo el universo progre y modernista llevado al extremo: anticoncepción, feminismo, empoderamiento... las típicas palabras fetiche de lo que se presenta como humanista y, en realidad, termina por ser la negación del hombre.

Y, sobre esos papeles, había una bolsa marrón medio abierta.

Miré con disimulo el interior, que contenía restos de comida, un tenedor mordisqueado y una servilleta sucia. Está visto que la utilidad de la sala era más bien como lugar tranquilo en que no ser molestado, pero apuesto que pocos visitantes con inquietudes humanistas habrá tenido semejante espacio. Ahora bien, lo de dejar la basura sobre los papeles excede lo permisible.

En todo caso, y a la vista del contenido de la bolsa, a la repulsión se unió el asco puro y duro. Pocas veces he estado más contento de salir de un sitio por hacérseme tarde. Me fui y pasé por la capilla católica, donde pasé un buen rato hasta que llegó la hora del embarque.

Uf. 

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