viernes, 15 de agosto de 2008

Blogueros muertos (IV)

Mucha gente hace el Transiberiano con gusto, como algo turístico. Yo, la verdad, no lo haré nunca, porque no le veo la gracia a un viaje en tren tan largo, pero hay que reconocer que el Transiberiano es una de las atracciones turísticas de Rusia y la gente lo ve con interés. Le cedo, pues, la pluma a don Jaime, que sí que lo hizo, esponsorizado por Su Majestad Imperial, y que nos contó lo que le pareció el asunto.

Desde el Transiberiano, 4 de abril de 1904

(22 de marzo, en realidad. En 1904, en Rusia todavía se usaba exclusivamente el calendario juliano)

A las once de la noche del 3 de abril, el tren parte de Moscou, atestado de oficiales de toda clase que van a unirse a sus Estados mayores. Los vagones son muy cómodos, tienen buena calefacción, electricidad, restaurant, etc... El domingo llegaremos a Irkutsk; siete días de viaje pasan pronto en tan buenas condiciones. El tiempo es espléndido, el cielo azul, y hermoso el sol que nos ha despertado esta mañana. La temperatura, de dos grados bajo cero.

(Un inciso: a los españoles que estamos aquí ahora nos gusta fardar de que "hace un frío del quince, pero no pasa nada, aguantamos perfectamente y el tiempo es estupendo". Como vemos, en 1904, por muy príncipe que sea, don Jaime se pega exactamente el mismo moco. Probablemente escribía a su padre, que vivía en Venecia, donde dos grados bajo cero es peor que una maldición gitana)

El primer tren que alcanzamos lleva varias baterías y pontoneros; la gente está alegre y nos saluda bebiendo a nuestra salud en un vaso de metal en el que humea el té caliente.

En mi vagón se hallan dos agregados americanos; uno de ellos pertenece a la marina, además hay un coronel búlgaro y dos oficiales suizos.

A lo infinito, la llanura y por doquier la nieve, que hiere la vista, a causa del hermoso sol, cuyos reflejos, sobre esta blancura congelada, deslumbra. Mañana por la noche pasaremos el Volga.

Mi perro Jack viene conmigo; salta y brinca de gozo y cuando le digo: "Jack, ¿dónde están los japoneses?" husmea y corre por todos lados, como si comprendiera. Voy a almorzar, y depositaré esta carta en el primer buzón que halle, y así continuaré haciéndolo mañana y todos los días. Mandad copia a mis hermanas. Os saludo afectuosamente.

Dentro de diez y siete días llegaremos a Mukden, según creo; los trenes militares tardan un mes.

Jaime

Dejemos descansar a Don Jaime, y paremos cuentas en el principal problema del ejército ruso en esta guerra: la logística. Dependía totalmente del Transiberiano para llevar soldados y vituallas al Extremo Oriente, y el Transiberiano, incluso yendo a tope (como haría para llevar a los oficiales), tardaba diecisiete días en llegar a Manchuria, y lo normal era un mes (y ya sería más, ya). Los japoneses habían atacado sin declaración de guerra previa, y los rusos, a pesar de que la tensión con Japón había ido en aumento, tenían relativamente pocas tropas en la zona, mientras que los japoneses estaban al lado mismo del teatro de las operaciones. Lo mismo ocurría con la flota: los rusos tenían tres flotas, que juntas eran muy superiores a la japonesa, pero la japonesa era, como se demostró en Port Artur y Tsushima, claramente superior a cualquiera de las tres flotas rusas (Pacífico, Báltico y Mar Negro) por separado.

Y, además, la población rusa estaba un tanto ajena a la guerra, pero eso lo veremos en la próxima entrada, en que nos saltaremos varias cartas y apareceremos directamente en Irkutsk.