miércoles, 7 de septiembre de 2011

El viaje (VII): Iván Susanin

El monumento (a Iván Susanin) es una columna de granito que se eleva sobre un pedestal del mismo material y está coronada con el busto del zar Miguel Fedorovich; a los pies de la columna hay una figura de bronce de Susanin, rezando de rodillas; el pedestal está adornado con bajorrelieves e inscripciones; en la columna están los escudos de Rusia y de la gobernación de Kostromá.

Para recordar quién era este Iván Susanin, hay que echar la vista atrás a alguna de las entradas de este verano y situarnos de nuevo en los albores del siglo XVII, concretamente en 1612. Los falsos demetrios, ladroncillos y todo tipo de pretendientes a cual más estrafalario pululaban por Rusia, al igual que las patrullas polaco-lituanas de Segismundo Vasa, que había tomado Moscú y aspiraba a coronarse como zar. Moscú había sido liberada por el ejército popular de Minin y Pozharsky, y la asamblea que se reunió había elegido como zar a un jovenzuelo de quince años, Miguel Románov, pariente lejano de los Rúrik y que residía, en el destierro, en Kostromá. Sus padres habían sido obligados a entrar en religión para quitárselos de enmedio, y así se daba la circunstancia de que Miguel Románov era hijo de un cura y de una monja, como decía la leyenda urbana que sucederá con el Anticristo.

Los demetrios, a esas alturas, estaban de retirada, pero no los polacos. Segismundo Vasa envió a un importante destacamento a Kostromá para decirle a ese Miguel Románov, adolescente imberbe, quién era el zar de Rusia. En aquel tiempo, y aun hoy, a las tierras de Kostromá, entre otras, se las llama "Zalessky", es decir, tierras tras el bosque. Y es que, efectivamente, por madera no será, y los bosques de la zona, lo que es densos, siguen siéndolo a base de bien, y los incendios del año pasado no han hecho nada por paliarlo, porque no fueron por allí.

Los polacos, que no debían andar sobrados de mapas ni de brújulas, preguntaron a un lugareño por dónde dar con el zar electo. El lugareño era un tal Iván Susanin, que les hizo de guía por un atajo que decía conocer. El atajo debía existir, pero no conducía a Kostromá, ni al escondrijo de Miguel Románov, sino directamente al otro mundo, porque de los polacos, ni de Iván Susanin, volvió a saberse nunca nada más. Al menos de cuerpo presente, porque, desde entonces, Iván Susanin es considerado en Rusia como el prototipo de enteradillo que dice que sabe por dónde ir a los sitios y, en realidad, no da una. Seguro que todos conocemos a alguno...

Sea como fuere, Miguel Románov se salvó y se convirtió en zar. Y, andando el tiempo, en Kostromá se erigió un monumento al héroe local. Vemos la foto de los tiempos de Gilyarovksy.



Y la foto que saqué yo el otro día.



Obviamente, la diferencia entre ambas son los cables y semáforos que hay por todos los sitios, y el monumento a Susanin. Los comunistas no tenían nada contra Susanin, que era un campesino proletario y que, de haber vivido en otros tiempos, se hubiera unido naturalmente a la revolución; pero en ese monumento aparecía en actitud servil ante el primer Románov, el primer sujeto reinante de esa dinastía tenebrosa y autocrática. Abajo, pues, con el monumento. Doce metros de columna fueron enterrados por allí, y la plaza se quedó vacía.

Como no era cosa de ofender a Susanin, los comunistas elevaron a pocos metros de allí otro monumento a Susanin, esta vez sin zar, que continúa hoy día mirando al Volga.

Entretanto, en la plaza de Kostromá hay una pirámide sobre la que se ha pintado el antiguo monumento. Al parecer, los trozos de la columna de mármol se podrían recuperar y hay quien piensa en restaurar el monumento como estuvo siempre con motivo del cuarto centenario de los Románov, que, como quien no quiere la cosa, es dentro de dos años.

A ver a quién traen para celebrarlo, porque, lo que son los descendientes actuales de los Románov, no parece fácil que se pongan de acuerdo para nada, cuánto menos para juntarse en Kostromá. Pero ésa es otra historia, que habrá que contar a su debido tiempo.