viernes, 3 de julio de 2009

El día del juicio (II)

En el capítulo anterior, me han citado de un día para otro para declarar en un juicio. Me mosqueo al ver que las cosas no parecían tan improvisadas.

Yollie levantó la cabeza en actitud de buscar alguien a quien echar la culpa. Como siempre que llegaba tarde a las reuniones. Como siempre que la pifiaba en cualquier circunstancia. Como siempre que sus pésimos servicios de relaciones públicas me hacían apretar los puños. Como siempre, en fin, que sus acciones llevaban a algún fin no deseado.

- Bueno... sí, claro...
- ¿Y por qué tengo que venir yo, y no puede citar a alguno de sus antiguos compañeros de trabajo, que son quienes mejor que nadie saben desde cuándo trabaja usted allí?

El abogado estaba al quite.

- Tenga en cuenta que no siempre es adecuado para el juez presentar como testigo a alguien muy implicado en la organización. El juez creerá más a una persona externa, como usted.
- Vale. Pero tampoco es motivo para no citar a nadie que haya trabajado allí.
- Bueno - continuó Yollie -. Jasp iba a ser citado, pero él me explicó los motivos por los que no puede testificar contra la empresa. Son motivos personales, que no puedo decir a nadie, y los comprendo perfectamente. Tenga en cuenta que tiene mujer, dos hijos...
- No me diga...
- Él fue quien me dijo que le llamara a usted.

Está visto que sigo teniendo que agradecer cosas a Jasp. Bien. Su ex-jefe le amenaza si testifica y, ¡hop!, vienen a citar al guiri incauto y buenazo, a ver si las posibles tortas se las lleva otro. Jasp estaba tratando de montar su propia empresa de relaciones públicas. Pues verme como cliente va a ser más difícil que enseñarle a un punky sueco el Virolai.

Se abrió la puerta de la sala, y salió una mujer joven, que resultó ser la ujier:

- Yollie Ivanova contra Superrelaciones Públicas, OOO.

Entramos todos. La sala era bastante... mmm... frugal. Los muebles eran cuatro tablones de conglomerado juntados por los extremos con las chapas desconchadas, en los que uno se sentaba y acababa hecho un cuatro. Por lo menos, estaba bastante limpia, o lo parecía.

Entró la jueza, nos levantamos todos, nos dio permiso para sentarnos y se dio lectura a las actas. En general, el procedimiento me pareció bastante sencillo, posiblemente más que en España, tanto más cuanto que se trataba básicamente de tomarme declaración. Dije quién era, de dónde conocía a la parte actora y cuándo había recibido por vez primera un correo suyo desde la cuenta de la empresa. La abogada de la defensa, que realmente parecía cercana a tomarse antidepresivos, tan agachada estaba, me preguntó otra vez quién era, se lo repetí, y ya parecía que me iba a bajar del estrado.

Entonces, Yollie avanzó desde su asiento.

- Una pregunta más. Señor Von Buchweizen, ¿tiene usted alguna queja de mí, del trabajo que hice?

La miré de arriba abajo. Recordé las pifias de Yuppie en sus viajes, la avaricia insaciable de la agencia, los intentos de Jasp de reconducir las cosas, las reuniones en inglés con intérprete... pero siempre había un culpable diferente de Yollie, la encargada de relaciones con clientes. El tráfico, Yuppie, el tiempo, Rusia, la crisis, la competencia, el toro que mató a Manolete, Eduardo Zaplana, el periodista que se emborrachó y dio un espectáculo, el otro que se infló de canapés y resultó que no lo había convocado nadie, el traductor simultáneo que carraspeó en el momento menos indicado y les hizo polvo a todos los oídos. Siempre había pasado algo que exoneraba a Yollie, y yo ya estaba hasta la coronilla de todo aquello.

- No.
- Puede salir - dijo la juez.

Me fui de la sala, mientras, supongo, las partes presentaban sus conclusiones y las elevaban a definitivas. Encontré la salida del laberinto sin muchos problemas y me fui al trabajo.

Ha pasado ya algún tiempo. No he vuelto a saber nada de Yollie, ni he recibido una llamada o un correo dándome las gracias por testificar, como es práctica frecuente. Probablemente, cuando vuelva a pedirme algo que me haga perder la mañana y yo me haga el remolón todo lo que pueda y eso haga salir mal alguna cosa, buscará un culpable, un culpable que no sea ella. Tendré todos los números para serlo. Y me dará igual.

6 comentarios:

Al'bert dijo...

jo, qué historia tan tenebrosa... En mi opinión, lo de la Yollie esta es típico de Rusia, no algo particular de esta chica. A tí qué te parece? Por lo demás, muy valiente por tu parte defender a alguien por una causa justa, pero bueno, con lo que he leído, en mi caso yo no lo hubiera hecho (seguramente hay más detalles e información que yo no tengo). Muy interesante todo...

Aurelio Llorente dijo...

Bueno, al final a lo menor la causa no parecía tan justa, y ella merecía el despido. :)
Aunque tampoco conozco la sociedad rusa.

Nemesis dijo...

Vaaaaya, ese juzgado ruso podría ser reconvertido en la mansión de los horrores, por como la describe... En cuanto al caso, Yollie debería agradecer que testifique ¡como mínimo! Pero bien, eso es Rusia ¿no?
Una experiencia más, felicidades por el relato

Bruno dijo...

"Es que esto es Rusia" si lo habre escuchado del engendro de Kirill o de su hermano Pavel! Me dan ganas de matarlos cada vez que lo dicen, aunque reconozco que es una hermosa forma de excusarse y hacerle a un lado a las responsabilidades!!!

Saludos Alfor, no he muerto (pero casi)!!!

Alfor dijo...

Al'bert, en parte creo que tienes razón, que algo de lo que sucedió trasciende el caso particular y representa una parte demasiado importante de esta sociedad. Por eso, supongo, me puse a relatarlo.

Aurelio Llorente, no estoy seguro de dónde está la razón en este caso. Por una parte, ella no es una persona brillante (aunque ha encontrado rápidamente otro trabajo, cosa que en cualquier país sería sorprendente, pero aquí no); por otra, el empresario sólo la dio de alta y firmó el contrato cuando llevaba dos meses trabajando de hecho. Las dos cosas están mal, pero peor debe estar la segunda.

Nemesis, de verdad que estoy seguro de que la mayoría de los rusos hubieran agradecido que hubiera ido a testificar. Pero esto no es Rusia, esto es Moscú, y Moscú es una urbe bastante despersonalizada en que cada cual mira por sí mismo y en que las relaciones humanas se deterioran con rapidez.

Bruno, cierto, estoy preparando una entrada sobre excusas. Porque, sean Kirill o Pavel, diríase que el deporte nacional es escurrir el bulto.

Esther Hhhh dijo...

La verdad es que no se merece que vuelvas a tener ningún tipo de detalle con ella.

Besitos