miércoles, 7 de mayo de 2008

Basureros

En mis primeros balbuceos por Moscú, hace ya muchos años, los contenedores de basura eran, más que escasos, totalmente insólitos. Alguno que otro se veía por la calle, pero el verdadero sistema de gestión de basuras consistía, y aún hoy consiste, en un tubo que se sitúa en el pasillo de los edificios altos. Cuando tienes la bolsa llena, o cuanto te has plimplado una botella de lo que sea y no estás tan mal como para haber perdido el sentido, abres la puerta, sales al pasillo, te tapas la nariz con una pinza, abres el tubo ése, arrojas la bolsa (o lo que sea) dentro, y cierras el tubo, mientras escuchas cómo la bolsa va dando tumbos hasta el sótano del edificio.

No estoy muy seguro de lo que sucede con las basuras en ese sótano. Las malas lenguas dicen que las queman allí mismo, pero a mí me parece muy bestia y yo creo que se sabría; parece más probable que por la noche salgan en contenedores hacia los vertederos, todo a barullo. Sí, lo de la selección de basuras, el reciclaje de residuos y esas costumbres de pobres se las dejan a los alemanes y otra gente de mal vivir.

Cuando yo vivía en un edificio de sólo cuatro plantas, la cosa era diferente. Allí no había tubo y cada uno se tenía que buscar la vida para dejar la basura en unos cacharros metálicos oxidados, remedo de contenedores. Yo creía que, como en España, daba más o menos igual y, si no te venía bien, o el tuyo estaba hasta arriba, pues buscabas otro y listos. Como había otro unos metros más adelante, y el de delante de mi portal estaba eternamente saturado, solía utilizarlo.

- Eh, que usted no puede hacer eso - sonó un día una voz a mi espalda, mientras estaba abriendo la tapa. Me di la vuelta. Era una anciana de ésas de armas tomar con las que es mejor no discutir.

- ¿No? ¿Y por qué no? - pregunté, poniendo cara de estar en la inopia. Me resultó muy fácil ponerla, porque más o menos por ahí iban las cosas, aunque reconozco que la exageré un poco.

- Porque ése no es su contenedor. El suyo es ése de allí - y señaló el bicho atestado cubierto de desperdicios que adornaba mi portal.

- Pero está lleno.

- Pues vacíenlo.

- ¿Yo?

- Yo no.

Total, que cogí la bolsa, me fui a casa con ella, esperé a que la señora se hubiera ido y, más de noche, volví a salir y eché la bolsa al mismo contenedor, procurando que no me viera nadie. "Jo, ya hasta para tirar la basura tengo mala conciencia", pensé.

Han pasado bastantes años desde entonces, y seguramente sigue habiendo gente levantisca y sinvergüenza, aprovechándose de los contenedores de los demás para echar sus desperdicios. No es, pues, de extrañar, que los dueños de los contenedores tomen cartas en el asunto, sobre todo ahora que las cosas han mejorado y los contenedores comienzan a aparecer, aunqnue sigue habiendo poquísimos, son más bonitos e incluso de color verde.

Lo que no puedo responder es si los basureros también tienen llave del candado, además de los vecinos con derecho a disfrute.