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viernes, 5 de agosto de 2011

Impostores (VII): el ladrón de Tushino

Lo primero que hizo Basilio IV nada más subir al trono fue traer a toda prisa de Úglich los restos del zarevich Demetrio y exponerlos en la catedral de Arcángel, en el Kremlin, a la vista de quien quisiera cerciorarse de que estaba muerto y bien muerto. Inmediatamente fue canonizado, con el fin inconfesable, pero totalmente real, de poner fin a sus "resurrecciones". Así que, si hay gente que se queja de que Juan Pablo II ha sido beatificado muy rápidamente, con lo de "santo súbito" y esas cosas, no sé qué pensarán de esto, tanto más cuanto que el niño, en vida, no tenía muchos atributos de santidad, como ya se vio.

Pero está visto que Demetrio tenía siete vidas.

No habían pasado ni dos meses, cuando por el sur de Rusia comenzó a rumorearse que Demetrio no había muerto en Moscú. Sin siquiera verlo aparecer, varias zonas del sur proclamaron zar a Demetrio y dejaron de someterse a Basilio IV. A falta de Demetrio, apareció un cosaco, Iván Bolotnikov, que decía ser un voivoda enviado por Demetrio para organizar una campaña contra Moscú. El mismo Andrey Teliatevsky, cuñado del primo segundo... al que ya conocemos dando bandazos, reconoció a este Demetrio que ni siquiera había aparecido. Pero Iván Bolotnikov fue derrotado en Tula, después de que Andrey Teliatevsky, el cuñadísimo, se pasara de bando una vez más, y Basilio IV lo mandó cegar y encerrar. Ya se ve que la cosa estaba calentita.

En verano de 1607, un desconocido levantó la mano en Starodub y dijo que él era Demetrio, que por segunda vez se había salvado de los mercenarios asesinos que pretendían matarlo. Se le conoce como Pseudodemetrio II. Toda la gente con ganas de marcha, que eran muchos, se le unieron: polacos que habían llegado con el primer falso Demetrio y no sabían muy bien qué hacer, campesinos que se habían fugado de sus tierras y, como siempre, cosacos, encabezados por su atamán, Iván Zarutsky, del que volveremos a oír hablar más adelante.

"Resucitado" de nuevo, Demetrio se dirigió contra Moscú, y esta vez con éxito. El ejército del zar Basilio IV fue destrozado, y Pseudodemetrio II llegó a los muros de Moscú. Entonces, Moscú tenía muros; pero Pseudodemetrio II no pudo entrar en Moscú y lo que hizo fue acampar en Tushino.

Tushino era entonces un pueblecito situado a unos quince kilómetros (catorce verstas, si nos ponemos puntillosos) de Moscú. Hoy no es más que un barrio de Moscú, que yo recuerdo con algo de espanto. El caso es que allí se plantó el Pseudodemetrio II con su corte, su Duma, su patriarca y su ejército. Sólo le faltaba una zarina.

¿Sólo? ¡Si eso era lo de menos!

lunes, 1 de agosto de 2011

Impostores (V): el primer falso Demetrio (I)


Era por marzo, e incluso finales de febrero, de este mismo año que ya ha pasado su mitad, cuando fueron publicadas en esta bitácora una serie de entradas de contenido histórico que venían a llamar la atención sobre el desusadamente alto número de impostores que han llegado en Rusia a puestos de importancia, cosa en la que Rusia se diferencia muchísimo de otros países. Eso se vio en la primera entrada de la serie (es decir, aquí).

Vimos que el número de impostores con ínfulas de grandeza está muy relacionado con los cambios dinásticos y las revueltas palaciegas acompañadas de fallecimiento de un monarca legítimo y sucesión por alguien que normalmente no hubiera debido subir al trono. Y eso ha pasado en Rusia, fundamentalmente, en sólo tres ocasiones, una de ellas la Revolución Bolchevique.

De las otras dos, la primera tuvo lugar a caballo entre los siglos XVI y XVII, cuando se extinguió la dinastía Rúrik. El hijo de Iván el Terrible, Demetrio, falleció en 1591, cosa que ya fue glosada aquí y aquí.

Teodoro I, hermano del anterior y personaje tirando a beatorro tontaina, murió en 1598 sin descendencia, con lo que no quedaba nadie de la dinastía. Bueno, no estemos tan seguros, porque hay quien piensa que la dinastía Rurik aún colea.

Sucedió a Teodoro I su valido, Borís Godunov, parece que a pesar suyo y porque no quedaba nadie más. A los pocos años, la economía se puso chunga y se perdieron las cosechas de 1602 y 1603. Hoy, eso es malo, y de hecho la cosecha en Rusia del año pasado se perdió, pero Rusia tiene petróleo y divisas y pudo traer de fuera cosas para comer. En 1603, decir que perder la cosecha era "malo" es minusvalorar enormemente el acontecimiento; de hecho, el pueblo comenzó a murmurar.

Y entonces sucedió. En el momento más tenso imaginable, a principios de 1604, cuando llevas dos años apretándote el cinturón y no llega todavía la nueva cosecha, fue interceptada una carta en la frontera entre Rusia y Suecia. La frontera entonces existía y estaba cerca de lo que hoy es San Petersburgo, pues Suecia poseía Estonia, Livonia e Ingermanlandia (lo que hoy es la región de Leningrado). En la carta que se interceptó, negro sobre blanco, se decía que el zarevich Demetrio no había muerto, sino que se había salvado, se encontraba con los cosacos y se preparaba para marchar sobre Moscú con un gran ejército.

Al parecer, la primera aparición del personaje que sería conocido como Pseudodemetrio I tuvo lugar en Kíev, vestido con un hábito monástico; luego se le situó en una extraña secta polaco-arriana sobre la que no se sabe mucho y donde estuvo tres años, hasta que llegó su siguiente aparición, como paje de un importante noble polaco, Adam Vishnevetsky. No se sabe cómo aparecieron rumores de que el paje ése era en realidad el zarevich ruso, y los Vishnevetsky decidieron conducirlo al palacio del jefe militar polaco de la zona, el voivoda Jerzy Mniszech. El rumor siguió extendiéndose y llegó a Cracovia, entonces capital polaca, donde el rey de Polonia, a la sazón Segismundo III, llamó al supuesto zarevich. El impostor ofreció, a cambio de ayuda, convertir Rusia al catolicismo y ceder al rey polaco Smolensko y la región de Severia. El tal Demetrio no era la primera vez que prometía ceder cosas, no. Ya le había ofrecido Severia al voivoda Mniszech, cuya hija Marina (que es, en realidad, la protagonista principal de esta serie), por cierto, le hacía bastante tilín. Tanto, que le propuso matrimonio. Las cosas se iban complicando por Polonia.

En Moscú estaban supermoscas con el asunto del supuesto Demetrio, e hicieron una investigación propia para ver quién era el nota aquél, que resultó ser un monje fugitivo del monasterio de Chúdov, llamado Grigori Otrepiev (Yuri, en el siglo). Venía de una familia hidalga, pero empobrecida, y su padre, que era un sargento de arcabuceros, había muerto en una riña de borrachos, en Moscú. Lo tuvo que sacar adelante su madre como pudo en su lugar de origen, hasta que lo logró colocar en Moscú ¿Verdad que hay cosas que no cambian?

Cuando llegó a Moscú se colocó en un puesto guay, de paje de los Románov, que luego serían famosos en todo el mundo, pero entonces sólo lo eran en Rusia. Eso sí, como parientes próximos de los Rúrik, eran posibles candidatos al trono, y a Borís Godunov los posibles candidatos al trono le sentaban fatal, así que los desterró. Nuestro Yuri se metió monje, adoptando el nombre de Grigori, y pasó por varios monasterios y "desiertos", hasta llegar al monasterio Chúdov, otra vez en Moscú.

Allí le cayó simpático al patriarca Job. Como el chico era listo y sabía leer y escribir bien, lo tomó a su servicio e incluso recibió órdenes menores. Al estar al servicio del patriarca, Grigori podía estar a la última de todo lo que se cocía en palacio, hasta que, un buen día de 1602, desapareció. Su pista se perdía cerca de la frontera con Polonia.

Hay otras versiones sobre quién fue el Pseudodemetrio I, pero la más extendida y razonada es ésta. El caso es que estamos en agosto de 1604, y tal día como hoy, hace algo más de cuatro siglos, el ejército del Pseudodemetrio, compuesto de mercenarios polacos, atraviesa la frontera ruso-polaca y, en su avance, se ve reforzado por todos los descontentos del gobierno de Borís Godunov, que no eran pocos. El impostor va de victoria en victoria: el 18 de octubre se rinde Moravsk, el 26 de octubre Chernigov... pero el 11 de noviembre Nóvgorod-Síverski decide resistir, lo consigue, y a principios de enero de 1605 llega un ejército ruso y no sólo fuerza a levantar el asedio, sino que al segundo intento destroza completamente el ejército del impostor.

Los generales de Borís Godunov decidieron irse a pasar un ratito a casa calentitos, que en enero hacía mucho frío, y dejaron escapar a Grigori. Borís Godunov se enteró y les dijo a sus generales que espabilaran. Uno de los generales era Vassily Shuisky, al que vimos en otra entrada investigando la muerte del verdadero Demetrio y desterrando las campanas de Úglich a Siberia; el otro era Fiódor Sheremetyev, cuyo apellido seguro que le suena a todo el mundo que haya volado con Aeroflot a Moscú. Los dos generales asediaron al impostor en Kromy, y la suerte de la guerra parecía echada.

Entretanto, el zar Borís Godunov iba de capa caída. Siempre había sido un tipo activo, pero últimamente había dejado de serlo. Gotoso, nervioso y supersticioso, tenía el palacio lleno de adivinos y augures, lo que no es la mejor de las políticas cuando estás en guerra civil y tienes el trono tambaleante. El caso es que el 13 de abril de 1605 el zar palmó no se sabe muy bien de qué, pero sí que fue de repente, brotándole sangre de todos los agujeros imaginables que hay en la cabeza. No le dio tiempo más que a designar sucesor a su hijo, Teodoro II, a quien se juró fidelidad en Moscú sin demasiados problemas.

Ahora se trataba de que le jurasen fidelidad los ejércitos que asediaban Kromy. Desde Moscú se envió al voivoda Piotr Basmanov.

Basmánov no tenía muchos motivos para ser fiel a la dinastía Rúrik, supuestamente representada por el asediado pretendiente. De hecho, su padre había sido una de las muchísimas víctimas de Iván el Terrible. Su ascenso fulgurante viene, precisamente, con el reinado de Borís Godunov, en que se convierte en uno de los jefes militares más importantes del ejército; es más, se había distinguido especialmente en la defensa de Nóvgorod-Síversky frente al pretendiente, hasta el punto de que el propio zar lo había llamado a Moscú, enviando su propio carruaje, y lo había nombrado boyardo. Basmánov estaba en la cima de su poder.

Y entonces, murió Borís Godunov y juró fidelidad a Teodoro II. Y esperaba algo. Esperaba que lo nombrasen general en jefe, o quizá consejero único del nuevo zar; pero lo que ocurrió es que nombraron consejero a Andrey Teliatevsky, que, incidentalmente, era cuñado de Simeón Godunov, primo segundo del zar. Sí, hay cosas que no cambian.

A Basmánov, con un cabreo de mil pares de narices, lo enviaron de vicecomandante a conseguir el juramento de fidelidad del ejército que asediaba al pretendiente en Kromy. Hay que ser torpe para mandarle precisamente a él. En realidad, lo que hizo fue pasarse de bando con la mitad del ejército y declararse demetrista; los cosacos sitiados en la ciudad hicieron una salida y no dejaron títere con cabeza. El ejército de los Godunov había dejado de existir.

Pseudodemetrio I reanudó su marcha hacia Moscú, además en plan psicológico, enviando mensajeros por delante avisando de su llegada a las poblaciones por donde iba a pasar. En Moscú los partidarios de Teodoro II estaban de los nervios. Finalmente, el pretendiente logró provocar el 1 de junio un motín en Krasnoe, un pueblecito ya no muy lejano de Moscú, cuyos habitantes se armaron, se lanzaron a por Moscú, consiguieron desarmar a la guardia y tomaron la Plaza Roja en plan indignado 15-M. Con un par.

En la Plaza Roja, un enviado del falso Demetrio leyó un manifiesto (está visto que los del 15-M no han inventado nada) del pretendiente en que éste prometía ser clemente con los habitantes de la capital. Los habitantes de la capital, la mar de contentos, se unieron a los de Krasnoe, deshicieron a la guardia de arcabuceros que el antecesor de Felip Puig había enviado para disolverlos y tomaron el Kremlin. Teodoro II fue depuesto y encerrado con su madre, y estrangulado poco después.

El 20 de junio de 1605 Grigori Otrepiev entró en Moscú bajo el nombre de Demetrio Ivánovich. Uno de los que le habían jurado fidelidad unos días antes, al salir a su encuentro, era Andrei Teliatevsky, el cuñado del primo segundo del zar. Hay cosas que no cambian.

Y en esta entrada dejamos al falso Demetrio en la cima de su poder. Veremos qué pasa en la siguiente.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Impostores (IV): el auténtico Demetrio (II)

Uglich, hoy, es un pueblecito situado a orillas del Volga, al norte de Moscú, en la región de Yaroslavl. Los turistas llegan normalmente por barco, ya que hacerlo por tierra es complicado: las carreteras obligan a dar una vuelta importante, y la estación de tren es un edificio medio desocupado, a desmano de la línea principal que une Moscú con Yaroslavl y Arjángelsk, y no fue construida hasta 1940, lo cual es uno de los motivos del decaimiento de Uglich en el siglo anterior.

Porque Uglich, en siglos pasados, fue una ciudad importante, que llegó a tener a finales del siglo XVI más habitantes de los que tiene hoy, hasta que durante los tiempos que estamos relatando fue destrozada a conciencia por un ejército sueco. Hoy no llega a los treinta y cinco mil habitantes y la tendencia es descendente. Como en toda Rusia, salvo en las grandes ciudades.

Como casi todos los turistas, yo llegué un buen día de septiembre por barco, después de día y medio de crucero fluvial y de pasar por infinidad de esclusas. Eso de las esclusas fluviales es muy bonito la primera vez. Incluso la segunda. La octava vez ya harta un poco, y no digamos si encima está lloviznando insistentemente. Al final, te quedas en el camarote o en el comedor jugando a las cartas.

El único momento pisando tierra firme del crucero fueron las tres horas que pasamos en Uglich, sorteando los tenderetes del puerto para llegar a la iglesia del mártir Demetrio, dentro del kremlin de Uglich. El mártir Demetrio es, efectivamente, el mismo Demetrio Ivánovich Rurikovich que está siendo el prota de esta serie, y alrededor del cual gira todo en Uglich, hasta el punto de que el escudo de la ciudad, que es ése que ilustra esta entrada, no es más que una imagen del propio zarevich Demetrio sobre fondo rojo. Rojo sangre, claro.

De la época de María Nagaya y Demetrio en Uglich no se ha escrito demasiado, pero lo que se sabe del niño no parece servir de base para canonizarlo. Vivían en un palacio (dentro de lo que eran los palacios en la Rusia del siglo XVI), pues se consideraba gobernador de Uglich, pero el poder lo tenían los enviados que habían mandado de Moscú para, supuestamente, protegerlo y aconsejarlo. Es cierto que el niño era epiléptico y que la epilepsia era considerada signo de santidad, pero, por otra parte, en cuanto a su comportamiento parece que más bien había salido a su padre, porque le gustaba ver sufrir a los animales y jugar con cuchillos, y no precisamente para cortar cebollas.

Estas tendencias sádicas, que normalmente le hubieran vedado el camino de los altares, se vieron cortadas bruscamente el 15 de mayo de 1591, cuando apareció muerto no lejos del palacio. Había estado jugando con unos amiguitos a clavar cuchillos en el suelo cuando pasó lo que pasó; los amiguitos, cuando vieron lo que había sucedido, debieron asustarse bastante, y con buen criterio, porque no se escondieron bien del todo, el populacho los descubrió y los linchó, a ellos y a sus padres. Vassily Shuisky, que luego se haría bastante famoso, con el nombre de Basilio IV, fue enviado a investigar el asunto y se puso a castigar a troche y moche, incluso con penas bastante originales, como castigar a las campanas de la catedral de Uglich, quitarles el badajo (como quien le corta la lengua a una persona) y desterrarlas a Siberia. Sí, a las campanas.

Sobre la muerte de Demetrio Ivánovich, la versión más probable es que tuvo un ataque de epilepsia mientras jugaba con el cuchillo, con tan mala suerte que se lo clavó en el cuello o cayó sobre un clavo o un cuchillo que hubiera en el suelo. Otra versión apunta a que fue asesinado por orden de Borís Godunov, que ya estaba preparando su acceso al trono.

La tercera versión, que tuvo mucho predicamento en los años posteriores al suceso, es que el zarevich se salvó milagrosamente de sus asesinos y escapó de Uglich. Ciertamente, el hecho de que el cuerpo del zarevich hubiera sido debidamente enterrado jugaba en contra de esta explicación, pero las noticias llegaban entonces a los sitios con bastante retraso y, de todas formas, la gente no se fiaba mucho de los políticos de entonces (no como ahora, en que a los políticos se les tiene en altísima estima por su probidad inquebrantable ;-) ) y estaba dispuesta a creer que les estaban engañando y que el zarevich seguía vivo.

En todo caso, ahora que queda claro quién era el Demetrio de verdad, en alguna entrada futura tocará escribir sobre los candidatos a usurpar su nombre.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Impostores (IX): el ladrón de Pskov

No, las vidas de Demetrio Ivánovich no habían terminado todavía, aunque ahora iban a proseguir bastante lejos, lejos del sur o del oeste de Rusia, que era donde había florecido en sus anteriores vidas. Esta vez estamos en enero de 1611, sólo un mes después del enésimo asesinato de Demetrio Ivánovich, que no hay forma, ni la habrá, de que fallezca de muerte natural.

Y hemos de trasladarnos a Nóvgorod, ciudad amenazada por los ejércitos suecos, que la tomarían en verano de aquel año de 1611, pero que en enero estaban ocupados en Korela, una ciudad a las orillas del lago Ladoga que les había prometido Basilio IV si le ayudaban. Allí, en el mercado de Nóvgorod, se produjo una nueva resurrección de Demetrio (que a estas alturas, recordemos, incluso estaba canonizado), cuando un menda, cuyo verdadero nombre era seguramente Sidorka, salió a grito pelado diciendo que era el zarevich Demetrio, salvado milagrosamente. Ooootra vez. Estaba visto que al Demetrio no había forma de enterrarlo.

De Nóvgorod lo echaron con cajas destempladas; en Ivangorod, más al norte, ya en marzo, repitió la jugada, diciendo que no había muerto en Kaluga, sino que se había salvado milagrosamente. Allí le creyeron, y sonaron campanas y le hicieron fiestas.

Pero la calidad de los distintos demetrios iba decayendo rápidamente. Si el primero era un tipo inteligente, fino y agradable, y el segundo era un zafio, pero listo como el hambre, éste tercero ya no estaba en condiciones de dar mucha guerra. El impostor pidió parlamentar con los suecos, pero un embajador de los mismos, que había conocido de cerca al primer falso Demetrio, dijo sin lugar a dudas que se trataba de un falsario, con lo que Carlos IX, el rey de Suecia, que debía ser un antecesor del dueño de IKEA, que incluso en Rusia se jacta de que todo lo hace legal y sin sobornos, prohibió todos los contactos con él y se puso a combatirlo.

Pseudodemetrio III, que es como ha pasado a la historia, consiguió reunir un pequeño ejército y pidió a la ciudad de Pskov que se sometiera, y la verdad es que Pskov estaba por la tarea, pero no terminó de decidirse.

En aquella situación, Moscú y el oeste de Rusia estaba en manos de los polacos, el norte, incluida ya Nóvgorod, en manos de los suecos, excepto la facción del Pseudodemetrio III. En el sur, donde había gobernado el Pseudodemetrio II, la situación era totalmente confusa, y en el este se había organizado, a partir de Nizhny Nóvgorod, una resistencia ciudadana espontánea dirigida por Minin y el príncipe Pozharsky, a la que se iban uniendo distintas ciudades rusas. El lío continuaba.

Pseudodemetrio III se dedicó a saquear los alrededores de Pskov, pero el ejército unido de suecos y novgorodianos que le perseguía le hizo largarse de allí por piernas en agosto de 1611 y quedarse en Gdov, una pequeña ciudad junto al lago Chúdovo, unos cien kilómetros al norte de Pskov. Los suecos, que no pudieron entrar en Pskov, intentaron atraérselo, pero él dijo que tururú y se dedicó todo el otoño a combatir a los suecos, en general sin mucho éxito. Después de todo, su formación no era militar, y el ejército sueco, en aquel tiempo, era la flor y nata de Europa y no tardaría en poner en jaque a los mismísimos tercios españoles, cuánto más a una tropa desdichada como la del impostor aquél.

Pskov era un punto aislado en medio de un mar de ejércitos suecos y polacos, aunque prácticamente inexpugnable (el que haya estado allí y haya visto el Kremlin, en la imagen de arriba, sabrá lo que digo). De hecho, ha padecido innumerables asedios y sólo ha caído tres veces, siempre ante los alemanes: en 1240, 1918 y 1941. Visto que el único ejército ruso en la zona era precisamente el de Pseudodemetrio III, le abrieron sus puertas al pretendiente en diciembre de 1611. Las cosas comenzaron a mejorar para el usurpador, y algunas ciudades rusas, incluso de lejos, le reconocieron como zar.

Pero ya digo que la calidad de los demetrios iba empeorando. Sidorka comenzó a dedicarse a la mala vida y, lo que es peor aún para la popularidad de uno, a dársela pésima a los habitantes de Pskov, que siempre han sido muy celosos de lo suyo. Las cosas se le torcieron y tuvo que salir huyendo de Pskov en mayo de 1612, antes de que le corrieran a gorrazos, perseguidos por los habitantes de la ciudad, que le alcanzaron a los dos días.

Pseudodemetrio III, el ladrón de Pskov, fue encadenado y conducido a la ciudad. En el camino, una patrulla polaca atacó a la partida de Pskov. Éstos mataron al pretendiente y se dieron a la huida.

¿Es el final de Demetrio Ivanovich, por fin? El de Demetrio Ivánovich, sí; pero a esta historia todavía le queda un poco más, porque, ¿no habíamos dejado en la última entrada a Marina Mniszech en Kolomenskoye, embarazada?

viernes, 18 de marzo de 2011

Impostores (III): el auténtico Demetrio.

Hace unas cuantas entradas comencé a soltar la pluma con un tema histórico de ésos que de vez en cuando aparecen de sopetón en esta bitácora. Rusia es un país rico en farsantes, embaucadores, gente sediciosa, insurrecta y advenedizos de todo pelaje, por lo que el tema, y sólo con tratar los más importantes, da muchísimo de sí. Pues señor, antes de ponerme a escribir sobre la multitud de impostores que invadieron Rusia en los primeros años del siglo XVII, bueno será comenzar por aclarar quién era la persona a la que trataban de suplantar, que es ese chaval con cara de estúpido retratado por Nésterov, ese pintor del que siempre quiero escribir y nunca encuentro ocasión.

Esta persona era Demetrio Ivánovich Rurikovich, que, dicho así, no significa demasiado, pero resulta que era hijo de Iván el Terrible y, finalmente, el último vástago de la dinastía que había gobernado las distintas Rusias desde mediados del siglo IX, cuando los eslavos vieron que no se aclaraban entre ellos, y llamaron a tres hermanos varegos, Rurik, Trubor y Sineus, que se instalaron, respectivamente, en Novgorod, Izborsk y Beloozero, para que pusieran paz y les gobernaran. Eso, al menos, es lo que dicen las crónicas locales, y no seré yo el que vaya a contradecirlas. Rusia, con el tiempo, se fue dividiendo en un montón de principados, regidos por descendientes de Rúrik, de entre los que empezó a destacar el de Moscú, que, a principios del siglo XVI, ya se había comido a todos los demás. Poco después, subió al trono ruso el padre del Demetrio, o Dmitri, que constituye el objeto de la presente entrada.

Iván el Terrible era un tipo con un puntito de irascibilidad que afeaba bastante su carácter. Esto es decirlo en plan suave. Debía tener muy mal vodka, se casó la tira de veces, que ya son ganas (sobre todo las ganas de ellas); sus guardias saqueaban y mataban a la población, en especial a la clase media (no es extraño que Stalin rehabilitara a Iván el Terrible) y, para colmo de males, en un cabreo mató a su hijo mayor, Iván, contribuyendo así a la extinción de la dinastía. El hombre ya digo que se casó siete u ocho veces, no es que se sepa demasiado bien cuántas exactamente, pero el oficio de zarina, en esta época, era más peligroso que el de terrorista suicida, así que no sé yo si envidiar mucho a quienes lo ejercían.

Cuando finalmente murió el zar Iván en 1583, y visto que se había encargado personalmente de que su heredero le precediera, le sucedió el siguiente hijo varón, Teodoro I, que no es que fuera precisamente una lumbrera. Además, Iván el Terrible se había casado, o arrejuntado, o algo así, tres años antes de morir con María Nagaya, una real moza de la que se hartó poco después, pero a la que dio tiempo de dar a luz en 1581 un hijo varón, que es el Demetrio más suplantado de todos los tiempos y que, con el tiempo, iba a ser incluso canonizado cuando ni siquiera habría cumplido treinta años.

Teodoro I, el zar en ejercicio, era un tipo lo suficiente tontaina como para preferir que del gobierno del país se ocupara otro, que resultó ser Borís Godunov, un tipo bastante ambicioso que apuntaba alto y que tenía puestas las miras en un cargo todavía más alto del que ostentaba y que ya era la pera. Por si acaso, y temiendo que se le acabara el chollo de tener un jefe tan fácil de manejar como el zar Teodoro, desterró a María Nagaya y a su hijo a Uglich. Esta Maria Nagaya, aunque no es que la historia diga demasiado de ella, debía ser una mujer decidida y valiente, prueba de lo cual es que se había casado con esa especie de Barba Azul que era Iván el Terrible. Y el hijo era un chiquitín que no llegaba a tres años, pero era el sucesor legítimo, porque de su hermano no es que se pudiera esperar demasiado a la hora de procrear (aunque tuvo una hija que murió niña).

Así que María y su hijo Demetrio se fueron desterrados a Uglich. Uglich mola incluso hoy en día. Pero, sobre Uglich, y continuando con esta historia, ya me enrollaré detro de unos días, que hoy se hace tarde.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Impostores (VI): El primer falso Demetrio (II)

Ya tenemos al Pseudodemetrio I entrando en Moscú mientras suenan las campanas. Para convencer a los moscovitas de que era realmente quien decía ser, el chaval, que ya se ha visto que era un tipo atrevido y que no eludía los riesgos, se encontró con la monjita Marta. Eso no tendría nada de particular si no fuera porque la monjita Marta era nada menos que, supuestamente, su propia madre, María Nagaya, viuda de Iván el Terrible, que tras la ¿muerte? del verdadero Demetrio en 1591 se había metido monja. Si eso no es un órdago a la grande por parte de Grigori Otrepiev, no sé qué iba a serlo.

Bueno, pues el órdago le salió de cine. María Nagaya reconoció en Grigori a su hijo e incluso le hizo mimos. Con esos antecedentes, la ceremonia de consagración como zar siguió inmediatamente, lo cual convierte al Pseudodemetrio I, hasta donde yo sé, en el único caso, al menos en Europa, de éxito, siquiera temporal, de una impostura como ésa.

Ya antes de llegar a Moscú, se las había arreglado para apartar de ella a quien mejor podría reconocerlo, el patriarca Job, de quien había sido secretario antes de fugarse a Polonia. Desde fuera de la capital, cuando su entrada era cuestión de días, lo desterró a Staritsa, aunque desde luego ayudara el hecho de que Job hubiera excomulgado a todos los que prestaran juramento al usurpador y contara a todo el que quería escucharlo que de Demetrio nada, que era un truhán que había sido secretario suyo y se había fugado del monasterio. Hay que reconocer que al patriarca Job no le faltaba valor, y también hay que reconocer que el supuesto Demetrio era moderado en sus castigos, porque lo normal hubiera sido apiolarse al ex-patriarca, así como hubiera sido normal apiolarse a Vassily Shuisky, que encabezó una conspiración contra él nada más llegar, fue condenado a muerte por la Duma, acusado por el propio Pseudodemetrio y, cuando lo iban a ejecutar, el zar le conmutó la pena de muerte por la de destierro a Vyatka, pero a los pocos días lo amnistió.

El caso es que el Pseudodemetrio I había vivido varios años en Moscú en su anterior "reencarnación" y, de hecho, es normal que bastante gente lo reconociera. Si fue así, lo cierto es que callaron, por si acaso, probablemente con buen criterio.

El tío se portó bien, hay que reconocerlo. También perdonó a los Godunov, incluyendo a Andrey Teliatevsky, el cuñado del primo segundo del zar, y también amnistió a los que los Godunov habían represaliado, que no eran pocos. Basmánov, por fin, fue nombrado consejero real. Luego le dio por luchar contra la corrupción, subiendo los sueldos a los funcionarios y castigando los sobornos con pena de muerte. No sé si eso sería una idea para Medvédev, que también anda preocupado con este asuntillo de la corrupción, pero mejor será no darle ideas, por si acaso.

Sería un impostor, pero era un currante. Daba audiencia dos días por semana, participaba personalmente en las reuniones de la Duma y, al parecer, tenía pensado abrir una universidad en Moscú (hasta 1755 no se abriría). En esto, le salió un competidor: un Pseudopedro, supuesto hijo de su hermano Teodoro I, que había levantado a los cosacos del Don, pero que no representaba un peligro inminente. Estaba visto que la impostura creaba escuela. Demetrio, que sabía como tratar a los usurpadores, le invitó a Moscú sin más.

Al zar le faltaba una zarina, claro, y aquí reaparece un personaje especial, la hija del voivoda Mniszech, Marina, que ya dije que va a ser el principal protagonista de todo este período confuso. Ya se sabe que se habían comprometido en Polonia, antes de que Grigori Otrepiev empezara la campaña. En los diez meses que tardó Marina en llegar a Moscú, por mucho compromiso que hubiera... en fin, que el falso Demetrio no perdió el tiempo. En mayo de 1606 Marina Mniszech apareció en Moscú con su padre y dos mil polacos, el 8 de mayo fue coronada zarina e inmediatamente ella y el Pseudodemetrio I se casaron.

Hasta aquí, el cuento de hadas. Esto parece "El gato con botas", o algo así (bueno, si exceptuamos que el falso Demetrio no fue nada fiel a su novia mientras la esperaba). El prota se convierte en zar y se casa con la princesa, y ahora todos los cuentos acaban con una frase estándar: "y fueron felices y comieron perdices". Normalmente los cuentos llegan hasta aquí, y los autores guardan silencio pudorosamente sobre los detalles de lo que sucedió después.

En este caso, la situación es algo distinta, porque esto sucedió en 1606 y es un suceso real.

El 15 de mayo de 1606 aún estaban celebrando la boda y la coronación. Ya de por sí, los rusos son la pera celebrando bodas, con lo que, si la boda era de su zar, no digamos cómo sería. Unos ciudadanos, en esta situación, le dijeron a Basmánov que en Moscú se estaba montando una conspiración, y de las gordas. Basmánov salió corriendo a informar al zar, que no le hizo ni puñetero caso, ocupado como estaba celebrando su boda y en pleno jolgorio.

El conspirador era, una vez más, Vassily Shuisky, todo un profesional. La noche del 16 al 17 de mayo de 1606 los conspiradores abrieron las cárceles y armaron a todos los delincuentes. El pueblo, que veía que al zar le rodeaban demasiados polacos, y los polacos no es que estén muy bien vistos por Rusia, y si no que se lo digan a Juan Pablo II, se unió a los sediciosos, asaltó el Kremlin, arrasó la resistencia de la guardia y cosió al zar a cuchilladas, y junto a él a Basmánov, que fue el último que no se separó de él.

Vassily Shuisky, el investigador que habíamos visto en Úglich desterrando las campanas de la ciudad a Siberia, el general que había asediado al pretendiente Demetrio en Kromy, el conspirador amnistiado, en fin, se había salido con la suya y se convirtió en el zar Basilio IV.

Pero sus problemas no terminaron ahí.

lunes, 28 de febrero de 2011

Impostores (II)

En Rusia, a diferencia de Europa, los impostores que se hicieron pasar por monarcas legítimos o, al menos, con un derecho legítimo a acceder al poder, tuvieron bastante éxito. Se pueden distinguir tres períodos donde hubo el suficiente desenfreno como para que pasaran cosas raras:

1.- El primero fue cuando tuvo lugar el único cambio de dinastía en Rusia. Los Rúrik se extinguieron en 1598, en la generación siguiente a Iván el Terrible (que, por cierto, también puso de su parte para contribuir a la extinción) y, hasta la subida al poder de los Románov, en 1613, pasó de todo, hasta el punto de que ese período sigue llamándose el "tiempo confuso". Hubo lugar para múltiples impostores y, de entre ellos, destaca el único que tuvo un éxito total: el primer falso Demetrio, o Pseudodemetrio I, para ponerlo todo en una palabra, que fue el único de todos los impostores rusos, y hasta diría que de cualquier sitio, que logró pisar el palacio real (en este caso, el Kremlin), en calidad de jefe de todo.

2.- El segundo período tuvo lugar en el complicado siglo XIX ruso, en particular debido a que las leyes sucesorias de la monarquía rusa eran un asco y daban lugar a interpretaciones de lo más variopinto. Si a ello añadimos unos cuantos asesinatos, un par de zares encarcelados de pequeños, y la famosa princesa Tarakanova, la del cuadro, pues no es de extrañar que salieran impostores a saco. Y, uno de ellos, que no sé ni cómo logró engañar a nadie, montó una guerra civil que le convirtió por un tiempo en el amo de la región del Volga.

Por fortuna, Pablo I impuso la cordura y codificó las leyes sucesorias rusas de manera impecable. Tan impecable, que ahora mismo no hay nadie que las cumpla estrictamente, así que los actuales posibles candidatos a la sucesión de los Románov siguen a la greña entre ellos. Pero, entre su reinado y el final de la monarquía, la cosa funcionó como un reloj.

3.- Y el tercer período fue el que siguió a la matanza de la familia imperial en Ekaterimburgo y es el que ha dado lugar a más películas y jaleos, suponiendo que una de las princesas, Anastasia, se había logrado escapar de la matanza. Supongo que tiene bastante que ver que no hubiera una confirmación oficial de los detalles del asesinato de la familia imperial hasta varias décadas después. Creo que faltan dedos de una mano para contar las señoras que se hicieron pasar por Anastasia Románova, de las que la más famosa fue Anna Anderson, que supongo que era la más convincente, porque posiblemente, como no estaba muy allá del coco, sí que creía ser de veras la princesa, aunque en realidad las cosas están totalmente claras ahora, después de que las tumbas fueran descubiertas y de que se descubrieran las cositas que se pueden hacer con los análisis de ADN.

De momento, lo que se ha sacado con esta última parte son bastantes películas. Todo el mundo sabe cosas de Anastasía Románova, pero seguro que no tantas de los otros dos períodos poco claros, y eso que son mucho más interesantes.

Pues eso, a ver en una de las próximas entradas escribo sobre la inflación de demetrios que hubo en Rusia a principios del siglo XVII.

lunes, 8 de agosto de 2011

Impostores (VIII): Marina Mniszech

Cuando el primer falso Demetrio fue asesinado por el futuro Basilio IV, la flamante zarina, la polaca Marina Mniszech, salvó la vida por los pelos. Asustada por el jaleo, salió corriendo de sus aposentos y se mezcló con el servicio.

Marina Mniszech era una polaca de estatura pequeña y, muy probablemente, un pibón de aquellos tiempos, pero un pibón de armas tomar, de los que llevan los pantalones en casa de uno y, por encima de todo, con una ambición de poder sin parangón. La compañía perfecta y el apoyo ideal para alguien decidido a todo con tal de llegar a lo más alto, como Pseudodemetrio I, y como su propio padre Jerzy, con quien siempre se entendió a las mil maravillas.

En la noche de la muerte del falso Demetrio I, como quedó dicho arriba, Marina Mniszech se escondió y no llegó a contemplar con sus propios ojos la muerte de su marido. Basilio IV envió de vuelta a su casa a los polacos que habían venido con Marina y su padre, pero se quedó con los más importantes de rehenes, y entre ellos estaban, precisamente, los dos Mniszech. Basilio IV les confiscó sus bienes y, tras un breve período de arresto, les envió a Yaroslavl, por si le eran necesarios para negociar con el rey de Polonia, Segismundo III.

Como vimos en la entrada anterior, Basilio IV empezó a tener problemas casi inmediatamente, y en verano de 1607 tuvo que ponerse a la cabeza del ejército y dirigirse contra el autoproclamado voivoda de Demetrio, Iván Bolotnikov. Para caerle bien a los polacos y que no se cabrearan demasiado, decidió liberar a Marina y a su padre y mandarlos a Polonia. El verano de 1608 les condujeron a Moscú y obligaron a Marina a "abdicar" del trono ruso (al fin y al cabo, había sido coronada, incluso unas horas antes de casarse con el Pseudodemetrio I); hecho esto, les pusieron en libertad y de camino a casa con una pequeña escolta.

Pero las cosas no eran tan fáciles. En la entrada anterior, habíamos dejado al ladrón de Tushino, Pseudodemetrio II, convirtiendo a Tushino en la segunda capital de Rusia, con su zar, su corte, su Duma y su ejército. Faltaba una zarina, y puesto que "estaba casado", sólo podía ser una, y ésa era Marina.

En una audaz operación, Pseudodemetrio II envió un comando polaco a su servicio que interceptó a Marina y a su padre cerca de la frontera con Polonia y los condujo a Tushino. De hecho, Marina Mniszech no ofreció resistencia; bien mirado, ella no había visto morir a su marido y posiblemente esperaba una especie de milagro (y de ésos ya había visto varios). Naturalmente, cuando llegó por fin a Tushino, se encontró con algo que no esperaba, y que no es probable que le gustara. Así como el primer falso Demetrio era, según parece, una persona agradable y bien parecida, el segundo era grosero y un auténtico zafio que no tenía nada que ver con su antecesor en la impostura. Pero, eso sí, tenía poder y dinero, que era precisamente lo que ansiaban los dos Mniszech, cada uno una cosa.

A Jerzy Mniszech, el padre, directamente lo sobornaron con un dineral y lo mandaron de vuelta a Polonia, de donde no sólo no volvió nunca más, sino que se opuso en el Parlamento polaco a las propuestas de intervenir en los asuntos internos rusos, aunque sin mucho éxito.

En cuanto a Marina, que entonces tendría unos veinte años y muchos toros lidiados, tras un primer impulso de ni acercarse al bribón ése que se hacía pasar por su marido, se lo pensó mejor y vio que, después de todo, tenía una oportunidad de ocupar el trono ruso y dijo que sí, que ese señor era su marido, el zar legítimo. No obstante, le debía quedar algo de dignidad, porque se casó con él en secreto. El Pseudodemetrio II estaba en la cima de su poder, y la conquista de Moscú parecía próxima, pues constantemente se pasaba gente a su campo.

Basilio IV, cabreado y desesperado, pidió ayuda a los suecos, que enviaron un ejército de 15.000 hombres que derrotó al pretendiente, y de paso se quedó con parte del norte de Rusia, incluyendo Nóvgorod. Cuando lo vieron, los polacos, que entonces estaban en guerra con Suecia, entraron a saco en Rusia y se encaminaron directamente a Moscú, derrotando a todo ejército que se le oponía. Mientras tanto, las partidas de Pseudodemetrio II se manejaban por el país sin oposición. Un jaleo tan grande no se volvería a ver en Rusia hasta 1917.

Pseudodemetrio II, que ya quedó dicho que era un gañán, y que veía peligrar Tushino, amenazado por los suecos, por los moscovitas y porque la gente se estaba cansando de sus medidas confiscatorias para mantener el tinglado, abandonó Túshino con los cosacos más fieles que tenía, pero sin Marina, y se fue a Kaluga (sí, esa ciudad donde ahora se agrupa la tercera colonia de españoles en Rusia).

En cuanto a Marina, el destino de esposa abandonada no le apetecía ni un poquito, por lo que decidió ir ella también a Kaluga. Una noche de febrero de 1610, con un frío que pelaba, disfrazada de húsar y acompañada sólo de algunos cosacos y de una sirvienta, dejó Túshino y se dirigió a Kaluga, lo que significaba un viaje de 250 kilómetros por las carreteras de entonces y con unas nevadas brutales. Como es lógico, se perdió completamente y apareció en Dmítrov, exactamente en dirección contraria, con el contratiempo de que precisamente un ejército de Basilio IV estaba asediando la ciudad, defendida por un destacamento polaco. Marina, dice la leyenda, colaboró en la defensa, hasta que el ejército moscovita se quedó sin suministros y tuvo que levantar el asedio. A final de marzo Marina consiguió llegar a Kaluga.

Hartos de tantos desastres, los boyardos depusieron a Basilio IV y lo enviaron como rehén a Polonia, donde no tardaría en morir prisionero. En su lugar, pasó a gobernar la Duma de los boyardos, compuesta entonces de siete personas, una especie de experimento que no tenía poder más que en Moscú, rodeada de suecos, polacos y de las milicias del Pseudodemetrio II. A éste era el que más temían los boyardos, porque tenía muchos partidarios en Moscú; de hecho, era más popular que ellos.

En Kaluga, entretanto, parece que Marina y Demetrio volvían a llevarse bien. Es más, en verano, Marina tuvo que abandonar Kaluga y dirigirse a Kolomenskoye, un lugar más tranquilo: se había quedado embarazada.

Los boyardos de Moscú estaban en una situación tan desesperada, siempre esperando una revuelta que diese el poder a Pseudodemetrio II, que se avinieron a un paso no menos desesperado: abrir las puertas del Kremlin a los polacos y ofrecer la corona al hijo del rey de Polonia. Segismundo III no dijo ni sí ni no, pero los polacos sí entraron en el Kremlin en septiembre, con lo que el poder pasó de hecho al jefe de la guarnición.

Eso fue duro para el pretendiente, que había preparado un nuevo ataque sobre Moscú, llegando hasta Márino, que hoy es un barrio de la ciudad. Tuvo que volver a Kaluga, y ahí fue donde las cosas se torcieron definitivamente. Mientras preparaba un nuevo ataque contra Moscú, le llegaron noticias de que el jan de Kasímov, vasallo suyo, planeaba matarle para pasarse a los polacos. Pseudodemetrio desbarató la conspiración y mató al jan de Kasímov. Al pariente del jan, Piotr Urúsov, que era el jefe de la guardia del pretendiente, lo arrestó durante seis semanas; no obstante, al salir de la cárcel, lo volvió a nombrar jefe de la guardia.

Pero los tártaros, y Piotr Urúsov lo era, aunque bautizado, son gente que llevan bastante mal que se metan con su familia. Pseudodemetrio II debió haberlo sabido. Como se le olvidó, el 11 de diciembre de 1610 salió a pasear por los alrededores de Kaluga con Piotr Urúsov. No volvería vivo del paseo.

Pero, ¿de verdad se habían acabado las vidas de Demetrio Ivánovich?