martes, 14 de noviembre de 2006

Los ortodoxos se modernizan

Muchos católicos asociamos la Iglesia Ortodoxa rusa con el pasado remoto, habida cuenta de su liturgia en eslavo antiguo (preciosa, pero no demasiado accesible al común de la feligresía), sus templos con cupula en cebolleta obligatoria (incluso los que se construyen hoy, que no son pocos, a Dios gracias), sus popes de pelo larguísimo y vestidos de negro de arriba a abajo y, en demasiadas ocasiones, su retórica nacionalista. Por no hablar de su persistencia en mantener el calendario juliano y vivir con trece días de desfase con respecto al resto del mundo.

Pues nos equivocamos de medio a medio, porque, en lo que no toca a la liturgia, la Iglesia Ortodoxa tiene más vista que un águila y es más modelna que Alaska. Prueba de ello es que son pioneros en la recaudación de limosnas y contribuciones en máquinas de cobro automáticas.

El aparato de la foto, parecido a un cajero automático (si no fuera porque sólo cobra, pero no da dinero), es muy utilizado en Rusia para adquirir tarjetas de teléfono o de acceso a internet. Pues bien, los ortodoxos han logrado hacerse con un hueco en la pantalla. Traduzco la pantalla encontrada en este aparato, situado en la estación de autobuses de Ryazán (el retorno de Sumbulovo fue duro, ya seguiré comentándolo en otras entradas).

"Caridad. Templo de la Santísima Trinidad. Construido en 1865, tenía tres límites y estaba construido en madera. El 2 de octubre de 2006, como resultado de un incendio, el templo fue completamente destruido. Por la bendición del arzobispo Pavel se están recaudando donaciones para la construcción de un nuevo templo de piedra, que se erigirá en lugar del incendiado. DIOS OS SALVE POR LA AYUDA PRESTADA."

"Suma: 0. Introducir."


Hala. Para que luego digamos que la Iglesia Ortodoxa está chapada a la antigua. Que yo sepa, ni a Informáticos sin Fronteras se les había ocurrido todavía la ciberdonación desde un cajero automático en la calle.

sábado, 11 de noviembre de 2006

Músicos acabados (II)

Moscú continúa ejerciendo su función de cementerio de elefantes artísticos. Ahora es nada menos que Isabel Pantoja la que, sintiéndose probablemente en la curva de bajada de su carrera artística, ha decidido poner de manifiesto esta circunstancia y venir a Moscú a actuar. Señal inequívoca de que ¡está acabada!

La comunidad española residente en Moscú ha reaccionado de manera consecuente. La primera actuación ha sido unánime: no conozco a nadie, pero a nadie, que haya hecho siquiera ademán de pasar por taquilla y comprar una entrada. A medida que pasaban los días, la cosa se les debía complicar a los organizadores, que evidentemente no iban a llegar al llenazo, así que comenzó a propagarse la especie (que se demostró auténtica) de que iba a ser posible acceder a entradas gratuitas, "para españoles, porque los organizadores quieren que haya españoles entre el público, para dar ambiente."

Ahí sí. Ahí la gente, percibiendo que no habría que retratarse en taquilla, sí que empezó a manifestar interés por recibir entradas. Frente a ellos, otro grupo, no menos numeroso, passsssa totalmente de Isabel Pantoja y prefiere dedicarse a otros menesteres. Ello ha producido un pequeño cisma amistoso en mi familia. De hecho, en estos momentos debe estar terminando la actuación, y Alfina debe andar por allí disfrutando (espero) del espectáculo, mientras que servidor, aunque hubiera podido ir, ha tenido un prurito de responsabilidad y abnegación (jo, jo...) y se ha quedado ganando puntos con Abi, Ro y Ame. Pero los detalles supongo que los dará Alfina cuando vuelva.

Eso sí, entiendo que la canción con que la Pantoha habrá empezado su actuación habrá sido: "Hoy quiero confesáaaaaa, que estoy algo acabadaaaaa."

viernes, 10 de noviembre de 2006

Revolución

El 7 de noviembre fue el aniversario de la revolución de octubre. En aquel entonces el calendario que regía en Rusia era el juliano, que difiere en trece días de nuestro gregoriano (que se adoptó el 1918 por la autoridad civil, aunque no por la Iglesia Ortodoxa). Así que no falta quien diga que en esa revolución estuvo mal incluso el nombre. En su día había sido, por supuesto, día festivo, con manifestaciones tremendas a lo largo y ancho del país.

El primer golpe se lo dio Yeltsin, que cambió el nombre del día: del rimbombante "Aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre" pasó a "Día de Reconciliación y Concordia", pero, al menos, seguía siendo festivo.

El segundo golpe se lo dio Putin, al eliminar la festividad y pasarla al 4 de noviembre, con el nombre de "Día de la Unidad Popular", celebrando al parecer la liberación de Rusia de la invasión polaco-lituana, en 1612. De aquello ya no se acordaba nadie, pero los blancos aprovecharon el hecho para organizar sus marchas nacionalistas y, alguno, para desempolvar sus esvásticas y desahogarse por la calle con sus gritos de "Rusia para los rusos". Lo han llamado "Marcha rusa". El día 7 de noviembre, horror de los horrores, pasó a ser día laborable, pero las manifestaciones seguían siendo imponentes.

Y el tercer golpe se lo ha dado Luzhkov, alcalde de Moscú, que les ha dado permiso a los comunistas para manifestarse por la calle Tverskaya, pero sin interrumpir el tráfico rodado. Sólo podían ocupar la acera. Y allí que estaban el 7, con la nevada que estaba cayendo, frente al antiguo museo de la revolución, las banderas rojas y los comunistas prácticamente en fila india, porque, además de ellos, por la acera íbamos los peatones habituales, buscando cómo pasar entre tanto rojo añejo, y los OMON (el equivalente ruso a los GEO), que estaban ocupando también la acera, cada dos metros, no sé si para impedir a los manifestantes que se bajaran a la calzada o para impedir a los coches que aparcaran encima de la acera (como hacen siempre) y ocurriera alguna desgracia con algún rojo provecto que pasara por allí poco atento al tráfico.

En fin. Lo curioso es que los tres individuos que han reducido la fiesta del 7 de noviembre a una reunión de amiguetes con banderitas han tenido, y hasta bien talluditos, carnés del Partido Comunista de la Unión Soviética. Cosas veredes.

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Pabellón de reposo (II)

Bueno, pues no han pasado ni dos meses, estamos aquí de nuevo, y mira que las cosas han cambiado. La casita de madera que ocupamos en septiembre ha dado paso a una casa de ladrillo con calefacción (paradójicamente, la llaman "casa de verano", "letny dom"). La ermita sigue en su sitio, pero las señoras que la atendían en septiembre parece que han preferido quedarse en casa, al menos de momento. Los escalones que permitían el acceso hasta la ermita están cubiertos de nieve, con lo que, más que una escalera, tenemos una rampa para deslizarnos.

Podemos hacer batallas de bolas de nieve, tirarnos encima de la nieve, quizá incluso hacer un muñeco de nieve, hacer castillos de nieve. Es nieve blanca, nadie la ha pisado aún, y está limpia. Más adelante, sobre todo en Moscú, la nieve se pondrá marrón, sucia y asquerosa, pero ahora es blanca y da gusto tocarla.

El restaurante y centro de ocio sigue en su mismo lugar, y la única diferencia es que los comensales estamos mucho más abrigados, y los niños visten pantalones de invierno. Y que en el porche de la entrada tenemos que dar patadas al suelo para que se desprenda algo de la nieve que se ha quedado adherida a las suelas y no dejar el interior perdido.

Y que, cuando estamos paseando por el bosque y Ame quiere hacer pis, en lugar de bajarle los pantalones allí mismo, como en verano, tengo que ir corriendo a la casa (es muy cruel bajar los pantalones a cinco bajo cero a un niño que no tiene ni tres años, ¿verdad?), quitarle las botas, ponerle las zapatillas, quitarme las botas yo, ponerme las zapatillas, quitarme el abrigo, quitárselo a Ame, quitarme los guantes, quitárselos a Ame, quitarme la boina, quitarle a Ame el gorro, agarrarlo en brazos, recorrer la distancia hasta la letrina, bajar la tapa, bajarle los pantalones, bajarle los leotardos, bajarle los calzoncillos... mieeeeeeeerda... demasiado tarde.

lunes, 6 de noviembre de 2006

Seguridad vial

Después de mi último viaje a España, he llegado a la dolorosa conclusión de que, en nuestro país, los conductores nos adocenamos y perdemos el valor y la audacia que debe acompañar, por si acaso vienen mal dadas, a todo usuario de las vías públicas.

Un día, no hace ni dos semanas, me asomé por el Maestrazgo en busca de objetivos para visitar con mi familia durante las vacaciones de Navidad. Así, iba yo por el tortuoso puerto de Querol, con sol a raudales y un firme excelente, volviendo de Morella hacia Valencia, y pensando entre mí:

"Ostras, Pedrín, qué pedazo de puerto. Morella está muy bien, pero yo por aquí no me pongo a conducir en enero ¡La de placas de hielo que puede haber! Y eso si no nieva... La leche, qué curva viene... Bueno, ya está, una menos. Y aquí en enero puede nevar..."

(Venía yo muy aleccionado de que Morella, que pasaba por castillo inexpugnable, fue tomada en enero de 1838 por un brigadier y setenta y cinco hombres durante una tormenta de nieve que les permitió colarse hasta la cocina y poner en fuga a la guarnición, mucho más numerosa que ellos. Así que, en enero, nieve hay).

"Nada, nada, descartamos Morella como objetivo. Ya vendremos en verano. La carretera sólo tiene diez kilómetros malos, pero no es cuestión de jugársela."

Sólo diez días después, me encuentro en la carretera de Ryazán a Spassk-Ryazansky, el equivalente a una comarcal española de las muy malas, a doscientos kilómetros de Moscú, conduciendo bajo una tempestad de nieve, con visibilidad poco más que aleatoria, de noche cerrada, tragando saliva, apartando a base de limpiaparabrisas los trocitos de nieve y barro con los que el coche que me precede adorna mi luneta delantera, a cincuenta por hora como mucho. En España, cualquier carretera en esas condiciones sería cerrada inmediatamente; en Rusia, la circulación es totalmente normal.

"¿Pero yo qué hago aquí? ¡Si no me gusta conducir con nieve! ¡Si yo no quería!"

En fin, que los conductores españoles, con tanta autovía y tanta seguridad vial, estamos amariconados. Que nos metan un par de meses en una comarcal rusa, resbalando por las placas de hielo y eludiendo los montones de nieve, y luego que nos vuelvan a hablar de los peligros de las vías públicas ¡Será posible...!

Después de esto, este enero soy capaz de subir a Morella con nieve, a dos ruedas y en marcha atrás.

sábado, 4 de noviembre de 2006

El chivo expiatorio

Pues sí, ya tenemos culpables del desaguisado de las bebidas alcohólicas. La verdad es que, entretanto, el desaguisado se había complicado bastante, hasta el punto de que el número de fiambres por ingesta de alcohol industrial (eso ya iba mucho más allá que el caso de Rzhev), o de cualquier porquería que colocase, ya estaba aumentando tan peligrosamente que en Perm, por ejemplo, habían declarado el estado de emergencia. Uno, que en su ingenuidad relaciona el estado de emergencia con catástrofes naturales, conatos de invasión enemiga o epidemias de enfermedades contagiosas, se ha encontrado con que también es aplicable a situaciones en que un ejército de alcohólicos bebe cualquier veneno a falta de medios para comprar bebida no directamente mortal.

Pues los culpables, según el dedo acusador del primer viceprimer ministro, son tres viceministros, lo que en España llamaríamos secretarios de estado: de dos de ellos no había oído hablar nunca y, después de que la maldición haya caído sobre ellos, lo más probable es que no vuelva a hablar nunca más, más que cuando se dé la noticia de su destitución, cuando no de su encarcelamiento. Y es que hay cosas que se pueden perdonar, pero poner patas arriba el mercado de bebidas alcohólicas, eso sí que no.

El tercer acusado es Andrey Sharónov, viceministro de Desarrollo Económico y Comercio. Un chaval joven, de poco más de cuarenta años, a quien, además, tuve el gusto de conocer en una conferencia que tuvo lugar a principios de este año. Se suponía que la conferencia la iba a dar el mismísimo ministro German Gref, que no es huésped fácil de conseguir, así que se apuntó la flor y nata de la comunidad empresarial guiri en Moscú (además de la mencionada flor y nata, también me apunté yo); pero, como tantas veces pasa, a última hora se escaqueó con alguna excusa barata y le pasó los trastos a Sharónov. El chaval salió entero del trago, e incluso fue mucho más interesante de lo que se podía esperar. Y ahora, ¡toma!, le ha caído encima el sanbenito de "tú has sido quien ha causado la muerte de tantos buenos bebedores a lo largo de los últimos meses". La verdad es que el chaval me cayó bien y creo que sería una lástima que se lo quitaran de enmedio, además de que íntimamente estoy convencido de que los inútiles que han provocado el colapso del mercado de bebidas alcohólicas hay que buscarlos en otro sitio.

Veremos qué pasa. De momento, su jefe, el mismo German Gref al que sustituyó entonces, no parece que lo vaya a fulminar. Muy al contrario, sus declaraciones han sido algo así como: "Han acusado a un inocente, siguiendo la tradición rusa. Ahora, siguiendo esa misma tradición, sólo falta que den una recompensa a los verdaderos culpables."

Enternecedor. Yo quiero un jefe así. Una pena que haya más de un rumor que anuncia que a Gref le van a dar la patada de un momento a otro. Si es así, estas declaraciones tienen toda la pinta de acelerar la patada.

jueves, 2 de noviembre de 2006

Atascos

Una vez más, en Moscú se montó, como todas las mañanas, todas las tardes, y dentro de poco, al paso que vamos, todas las noches, un atasco de tres pares de narices. Me he visto en algunas de ésas, y no se lo deseo a nadie. Bueno, quizá a Madonna sí se lo deseo. Horas y horas avanzando centímetro a centímetro, entre los ruidos de claxon, con todos los coches queriendo aprovechar el mínimo resquicio para colarse por delante, sin salida posible, escuchando una y otra vez las mismas canciones, porque el disco ha dado ya varias vueltas. Es mejor no poner la radio, porque baja la moral todavía más: "atasco de treinta y ocho kilómetros en Sadovoye Koltsó, dificultades en el tráfico en Leningradskoye Shossé y en todo el centro, por un accidente en Varshavskoye Shossé hay un atasco de tres kilómetros..." y así una larga lista de calles intransitables.

Ahora, que voy andando a casa, eso parece cosa del pasado. Pero recuerdo algunas veces que un trayecto que, en buenas condiciones, se hacía en quince minutos, en las condiciones habituales en las tardes moscovitas podía transformarse en una tortura agónica de dos horas largas. La última fue la apoteósica vuelta de Sumbulovo, a final de septiembre, en que los últimos cincuenta kilómetros nos costaron cuatro horas de recorrer, mientras mis dientes rechinaban y negros pensamientos se acumulaban en mis sienes.

Bueeeeeeno, pues está visto que llueve igual para todo el mundo. Sin ir más lejos, ayer, el equipo de fútbol del Spartak, que jugaba su partido de la liga de campeones contra el Inter de Milán, tuvo que bajarse del autobús del equipo y llegar en metro al estadio, porque iban a llegar tarde al partido. Llevaban escolta policial (y doy fe de que ésos no bromean), pero ni flores. El autobús del equipo llegó al estadio cuando acababa la primera parte.

El Inter les metió un gol en el minuto uno, y así acabó el partido: el Spartak, orgullo de todo moscovita que se precie, perdió el partido por 0:1. El entrenador Fedotov soltó unas declaraciones bastante irónicas: "Quiero dar las gracias a los trabajadores del metro, que nos condujeron eficazmente por el mismo y, lo que es más importante, nos dejaron pasar gratis." El capitán Titov consiguió la excusa perfecta: "Encajamos el gol ya en el metro." Mmmmm... ya tenemos culpable.

Indignado por la derrota, un conocido de esta bitácora, el inefable Alexei Mitrofánov, quién si no, bramó contra el tráfico en Moscú y, por extensión, contra Moscú misma (seguro que es fan del Spartak): "No sé para qué les financiamos. Me pregunto si Moscú puede cumplir su función como capital." A la que tuvo que saltar, como tantas otras veces, otro viejo conocido de esta bitácora, el portavoz Sergey Tsoy (probablemente sea fan del CSKA o del Dinamo): "Mitrofánov es un populista." Como en la otra ocasión en que hablamos de él, Sergey Tsoy pasa de la pregunta y se pone a hablar de otra cosa. Hombre, pues claro que Mitrofánov es un populista, eso ya lo sabíamos, pero del tráfico ¿no dice nada?

A todo esto, lo mejor es cuando, a las seis de la tarde, en plena hora punto, cruzó la Tverskaya, una calle de ocho carriles, a pie enjuto pasando de los semáforos, mientras centenares de coches atestan la calle maldiciéndose mutuamente ¡Anda que no me río!

P.S.: A todo esto, hablando de Mitrofánov y recordando la primera entrada que protagonizó, ya tenemos culpables en la crisis del alcohol adulterado. Lo dejo para la próxima vez, y es que hay cosas que, en Rusia, siempre están de actualidad.