miércoles, 25 de enero de 2012

Religión y emigración (y IV)

Tal día como hoy, pero hace ya la friolera de dieciocho años, tuvo lugar mi primera llegada a suelo ruso, que también había sido mi primer viaje en avión. Entretanto, ya he perdido la cuenta de las veces que he llegado a suelo ruso, y a los aviones subo con más frecuencia que a los autobuses.

Pero entonces no era así. Visto con perspectiva, hoy sé que me tomaron el pelo en la agencia de viajes, al meterme un trayecto absurdo, a través de Madrid y de Amsterdam, para llegar a Moscú desde Valencia. Supongo que me debieron ver la cara de pardillo. En justa correspondencia, creo que apenas he vuelto a pisar una agencia de viajes española desde entonces.

El caso es que aterricé en Moscú, que era una ciudad bastante diferente a lo que es actualmente, y he de reconocer que estaba bastante intranquilo. Mi bautismo del aire no dejaba de inspirarme cierta inquietud, partiendo de la base de que padezco de algo de vértigo, que ahora ni me molesta en los aviones, pero entonces, ¡ah, entonces! Vaya, que apretaba los dientes y me aferraba a los asientos cada vez que el avión variaba de inclinación.

Además de los tres aviones que me tocó tomar ese día, y de la paliza de viaje que llevaba, estaba la llegada a Moscú. Hoy en Moscú estoy como en casa, y hasta pongo la misma cara avinagrada de todos los demás cuando llego y los taxistas piratas me asaltan, o les suelto cuatro frescas en ruso con la misma agilidad que los locales, pero entonces no. Entonces mi ruso se reducía a unos notables conocimientos de gramática, un vocabulario gripado, un nivel de comprensión más bajo que doña Soraya y un enorme potencial retórico, pero sólo potencial. Moscú me pareció una ciudad grisácea, sucia, fría e inhóspita. Creo que no fue hasta mayo que me pude quitar algo de ropa y me di cuenta de que las cosas podían ser diferentes.

Aquel 25 de enero, es cierto que no hacía tanto frío como hoy, que estamos a veinte bajo cero y no se prevé ningún aumento de temperatura en los próximos días, pero al menos hoy hace sol y el cielo está azul. En aquel tiempo, creo que pasé un par de semanas sin ver el sol, hasta que, mediado febrero, la temperatura bajó hasta unos respetables treinta y seis bajo cero, que siguen siendo mi récord de frío, y me di cuenta de que el cielo, de noche, era de color negro, no gris. Acto seguido, me di un resbalón y por poco no me partí la crisma. Eso me pasó por hacer la tontería de mirar al cielo, en lugar de hacer como los expertos y no levantar ojo de la acera y de las traicioneras placas de hielo que la pueblan.

Acabé viviendo no muy lejos de Sókol, una zona que, en su día, había sido el último arrabal de Moscú por la carretera de San Petersburgo, y que ahora, urbanizada a base de bien, ya había sido tragada por la ciudad. De sus tiempos de arrabal conservaba una iglesia, evidentemente ortodoxa, lo que la convertía en una excepción, puesto que la totalidad de los barrios urbanizados en los tiempos soviéticos se habían construido sin reparar en el hecho, totalmente insólito e impensable, de que algún habitante del barrio quisiera visitar una iglesia.

A la que vi la iglesia, me dije que entraría en ella. Según mi párroco de toda la vida en Valencia, que sabía mucho de Teología, pero que de Rusia no sabía de la misa la media, y nunca mejor dicho, no había diferencia alguna entre católicos y ortodoxos y yo podía cumplir el precepto dominical en una iglesia ortodoxa sin el menor problema. Creo que mi párroco estaba convencido de la efectividad de la semana de oración por la unidad de los cristianos (ésa que termina hoy), y le pareció que entre los ortodoxos reinaba el mismo fervor.

Ja.

El sábado por la tarde, las cinco serían, y con un frío que cortaba hasta la respiración, caminé la media hora que separaba mi vivienda de la iglesia, embutido en la porquería de anorak que traía de Valencia y con todos los jerséis que pude encontrar en mi magro equipaje. Aún hoy me asombro de haber metido el equipaje que necesitaba para pasar un año en Rusia en una bolsa de deporte que pesaba diecinueve kilos, ni uno más. Conseguí llegar hasta el portal de la iglesia sin perder la verticalidad y me dije: "Bueno, vamos allá."

Atravesé el portal y pasé al interior, que aún no era la iglesia propiamente dicha. Había un montón de personas por allí dentro, muchas mujeres, con la cabeza bien cubierta, y algunos hombres. Yo giré la cabeza con cierta inseguridad, sin saber muy bien qué hacer a continuación.

En esto, una mujer de edad más indefinible que los valores del PP se me echó encima con un cabreo impresionante y comenzó a lanzarme una arenga que de la que yo, pobre de mí, no estaba entendiendo ni jota. Yo la miraba asustado, tratando de pescar alguna palabra que estuviera en mi vocabulario básico, y ella hablaba con una velocidad tal que ríete de Fernando Alonso y gesticulaba tanto, tocándose la cabeza, que a poco más que durara aquello se la iba a atravesar. Finalmente, en vista de que algo estaba yendo muy mal, pero yo no sabía qué, salí de la iglesia en la esperanza de que la señora no me siguiera hasta allí.

No, no me siguió. Una vez fuera, y a la vista de que en Rusia las iglesias tenían guardianes tan eficaces, decidí abandonar mi intento y volverme a casa, donde al menos había calefacción.

En el camino de vuelta, y como la señora había repetido la misma frase no menos de veinte veces, mientras se tocaba la cabeza, le fui dando vueltas al asunto y, finalmente, comprendí lo que había sucedido: había entrado a la iglesia con la cabeza cubierta, cosa que para las mujeres es obligatorio, por respeto al lugar, pero a los hombres nos está vedado, también por respeto al lugar. Sí, es lo malo que tiene haber nacido después del Concilio Vaticano II, que uno no se entera de cosas que, en otros lugares, tienen plena vigencia.

En este caso, se dieron todas las circunstancias posibles para que mi alejamiento de la iglesia ortodoxa se produjera. Un recién llegado sin más que cuatro palabras de ruso; un frío brutal, excesivo para un valenciano que la semana anterior aún estaba jugando al voleyplaya; un gorro recién comprado, único recurso de unas orejas congeladas; una ignorancia total de cómo comportarse en una iglesia ortodoxa, unido a un pensamiento infantil de que no podía ser muy diferente de cómo hacerlo en una iglesia católica; y finalmente una portera ortodoxa, sí, pero iracunda y no muy acogedora.

Vamos, que si en esta vida ha habido algún momento en que un misionero mormón, o lo que sea, hubiera tenido alguna posibilidad conmigo, ésta era la ocasión. Afortundamente, los misioneros mormones no estaban en mi camino en aquel momento, y a las pocas semanas las cosas mejoraron. Pero, aún hoy, cuando entro en una iglesia ortodoxa, tengo un cuidado infinito en quitarme la boina o el gorro mucho antes de llegar a la puerta, y en quitárselo a Ame, por mucho biruji que haga, no vaya a ser que la historia se repita.