miércoles, 31 de diciembre de 2008

Dulces

(Viene de aquí)

Mi llegada a casa de este año ha sido, una vez más, algo diferente. Mi padre, mi madre, mis hermanos (por desgracía, mi abuela ya no estaba presente), los turrones, los pastelitos de boniato que le encantaban a mi abuela, los dátiles rellenos de mantequilla para no perder el nivel de colesterol... pero faltaba algo.

"¿Y los polvorones?", pensé.

Señores, la verdad es que los polvorones no me acaban de convencer, como ya sabemos. La verdad es que mis padres los compraban por mí y yo tenía que acabar solito con tres cajas de polvorones. No sé, quizá mis padres han descubierto que prefiero el turrón, e incluso que no me gustan los polvorones.

Jo.

Ahora los echo de menos. O, como escribiría un alto cargo de la actual administración pública española, los "hecho" de menos.

Nunca pensé que haría esto, pero me voy a comprar un kilo de polvorones, antes de que cierren la tienda.

Vale, no me gustan, pero tampoco me gusta que no haya. No sé si se me entiende, pero me da igual.

lunes, 29 de diciembre de 2008

Catolicismo en Rusia (III)

Pues llegó el final de la Unión Soviética y pilló a todo quisqui con el pie cambiado. Los ortodoxos, claro, llevaban setenta y cinco años con las facultades misioneras bastante aletargadas y ahora tenían que ocuparse, con un clero, obviamente, no demasiado numeroso, de reconstruir, no sólo su organización, sino, literalmente, los mismos templos, que se estaban cayendo a cachos y que el Estado les pasó prácticamente por las buenas, sin más financiación que un par de exenciones de impuestos de las que mejor es no hablar, porque no redunda en nada bueno para la ortodoxia. Y, por si fuera poco, había millones de rusos que en materia religiosa estaban en la inopia más absoluta (muchos siguen estándolo y hacen el ridículo cuanto intentan hablar del asunto).

Los católicos, no. Los católicos, otra cosa no, pero sabemos un rato de misiones y tenemos el músculo misionero en plena forma y con capacidad de adaptación a los entornos más adversos. Distintas órdenes misioneras católicas han ido apareciendo en los últimos dos decenios en Rusia y, por una parte, se han dedicado a dar atención espiritual a los católicos existentes, rusos o extranjeros; por otra, se han encontrado con que, mira por dónde, había rusos que se estaban planteando hacerse católicos, no ortodoxos.

La primera actividad, la de ocuparse de los católicos existentes, no le causó problemas a nadie. La segunda sí. La Iglesia Ortodoxa rusa acusó a la católica de proselitismo en su territorio.

Y uno se pregunta: ¿por qué no hacer proselitismo? ¿No dijo Jesucristo que propagáramos la buena nueva? Bueno, pues sí, pero no. Resulta que, para un católico, los ortodoxos son cismáticos (separados), pero no herejes (la doctrina es la misma en su práctica totalidad). En estas condiciones, los ortodoxos dicen que Rusia es "territorio canónico" suyo y que es a ellos a quien toca la evangelización del territorio. Los católicos podrían actuar sólo por lo que hace a la población de etnia, digamos impropiamente, católica, es decir, básicamente descendientes de polacos, lituanos y bielorrusos hoy residentes en Rusia.

En mi biblioteca guardo algunos libros y folletos ortodoxos. En todos ellos, incluso en los más serios, a la hora de hablar del catolicismo, nos tratan de herejes y de estar siempre detrás de absorberlos; en el caso de algún panfleto tendencioso que guardo como oro en paño, se llega a acusar a la Iglesia Católica de cosas como de haber favorecido la revolución soviética para acabar con la Iglesia Ortodoxa. Vamos, que se trata de gente muy susceptible, susceptibilidad que aumentó con motivo de los conflictos en Ucrania Occidental, donde, con la independencia de Ucrania, los uniatas salieron de las catacumbas con ánimos encendidos, ciertas simpatías oficiales y ganas de hacer memoria histórica con lo sucedido desde 1944. Parece que por la posesión de más de un templo, en una actitud ciertamente poco evangélica, llegó a haber leches entre uniatas y ortodoxos.

Además de susceptible, la Iglesia Ortodoxa rusa ha contado en Rusia (ya hemos visto que no en Ucrania) con el impagable apoyo estatal, especialmente visible a partir del momento en que el Vaticano convirtió sus cuatro administraciones apostólicas en obispados de pleno derecho. El cabreo ortodoxo fue de órdago. Por parte del Vaticano, además, se cometió un error diplomático considerable, al incluir en la jurisdicción de la diócesis con sede en Irkutsk la llamada "Karafuto", que es el nombre que los japoneses dan a la isla de Sajalín, sobre la que mantienen un conflicto territorial con Rusia desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Para que luego digan de la diplomacia vaticana: hasta en las mejores familias se mete la pata.

Inmediatamente, llegó la caña. Como buena parte del clero católico en Rusia no es de nacionalidad rusa, la cosa tenía un arreglo sencillo, aunque poco elegante. El caso es que un sacerdote italiano que ejercía su ministerio en Yaroslavl fue expulsado del país, a otro se le anuló el visado en cuanto quiso salir de Rusia, y ésta última suerte corrió el mismísimo obispo de Irkustk, polaco para más inri y posiblemente uno de los causantes del desaguisado diplomático. Oficialmente, los ortodoxos no tuvieron nada que ver, sino que era por razones de seguridad estatal sobre las que nunca se da detalles.

Ni explícita, ni implícitamente hay renuncia alguna al proselitismo por parte católica; simplemente, hay que tener cuidado con no cabrear demasiado a la jerarquía ortodoxa, porque luego llegan las escuchitas a los servicios secretos, que son los que envían recaditos al departamento encargado de poner a la peña de patitas en la frontera.

Desde entonces, las cosas se han ido calmando, en buena medida porque varios de los protagonistas del campo de batalla lo han ido abandonando. Uno de ellos fue el muy combativo monseñor Tadeusz Kondrusiewicz (el de la foto, ya en su nuevo destino), entonces arzobispo católico de Moscú, que desde noviembre de 2007 ocupa la archidiócesis de Minsk y ha sido reemplazado en Moscú por monseñor Pezzi, italiano y de un perfil menos señalado que su antecesor. Otro fue Juan Pablo II, al que, desde luego, ser polaco no favorecía nada entre la jerarquía ortodoxa; Benedicto XVI despierta menos rechazo, y eso que es alemán.

Y el tercero que desapareció del campo de batalla para, como Juan Pablo II, reunirse con su Creador, fue el patriarca Alejo II, un personaje tremendamente controvertido con indudables aspectos positivos, pero que es evidente que era un nacionalista tremendo sin la menor voluntad ecuménica y del que he oído declaraciones que sólo cabe calificar de xenófobas.

Su sucesor se conocerá dentro de algunas semanas. Ya veremos de qué pie cojea en lo tocante a ecumenismo.

sábado, 27 de diciembre de 2008

Catolicismo en Rusia (II)

En 1917, como quedó dicho en la última entrada, las cosas se pusieron muy feas para la religión. La católica, mucho menos numerosa que la ortodoxa, también sufrió lo suyo. Los avances que había experimentado en los períodos de relativa libertad religiosa quedaron en nada, el clero autóctono fue perseguido, los fieles dispersados, deportados o simplemente eliminados, y los templos cerrados. Hay bastantes historias dramáticas de estos tiempos.

De los lugares de culto que había existido, en Moscú únicamente permaneció uno, la pequeña iglesia de San Luis de los Franceses, adscrita a la representación diplomática francesa y prácticamente vecina de la sede central de ChK, GRU, NKVD y KGB, que tales fueron los nombres que sucesivamente recibieron los servicios secretos soviéticos, y eso no sin dificultades severisimas. Hay quien dice que durante varios años fue el único templo católico abierto al culto en toda Rusia. Había otro, en la entonces Leningrado, la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes, pero no estoy seguro de que estuviese abierto durante todo el período soviético. Si algún lector peterburgués sabe algo más y me lo hace saber, le estaría agradecidísimo.

Esto por lo que hace a la Iglesia Católica de rito latino. Sin embargo, hay que tener en cuenta a los católicos de rito oriental, también conocidos como greco-católicos o uniatas. Dicha iglesia procede de los distintos intentos por parte de Roma de poner fin al cisma de Oriente, el más señalado de los cuales viene del Concilio de Florencia de 1447, en que se llegó al acuerdo de mantener las formas litúrgicas bizantinas, mientras que las iglesias orientales volverían a la comunión con Roma. El intento falló "casi" completamente, y digo casi porque, frente al general rechazo, hubo una parte de la iglesia oriental, básicamente la que territorialmente pertenecía a la Unión Polaco-Lituana, que lo aceptó. Con el tiempo, y con la división de Polonia, todos esos territorios pasaron a formar parte del Imperio Ruso y a significar una importante población de católicos en Rusia. Estos católicos eran -y son- especialmente molestos a la Iglesia Ortodoxa, porque externamente no se diferencian de ellos prácticamente en nada.

El terreno de batalla entre ambas confesiones fue Ucrania Occidental. El Imperio Ruso, tras 1793, fecha en que anexionó dichas tierras, favoreció a la Iglesia Ortodoxa; tras 1917, los capones de los bolcheviques les alcanzaron a todos.

En 1941, Ucrania fue ocupada por los nazis. Los uniatas, que de prorrusos tienen poquísimo, vieron el cielo abierto y colaboraron abiertamente con el ocupante alemán, que tampoco era precisamente prorruso. Los nazis no es lo que llamaríamos beatillos y gente de iglesia, más bien todo lo contrario, pero, puestos a jorobar, jorobaron a los ortodoxos y favorecieron a saco a los uniatas. Para desgracia de éstos, sin embargo, en 1944 los nazis se volvieron por donde habían venido con el rabo entre piernas, y entretanto los bolcheviques habían mitigado mucho sus furias anticlericales (el porqué es una historia muy interesante, pero que dejaré para otra ocasión). En consecuencia, los ortodoxos sacaron a leches a los uniatas de sus templos, mientras los guardias rojos les zurraban a saco. Durante varios decenios, los uniatas pasaron a la clandestinidad, subsistiendo a base de ordenaciones en secreto y eucaristías en plan catacumba.

No hay mal que cien años dure, aunque en este caso la cosa estuvo cerca. En cualquier caso, casi setenta y cinco años después de 1917, la Unión Soviética pasaba a la historia, sin haber logrado su objetivo de aniquilar la tiniebla, la superstición y el poder de los popes. Los popes, y también los curas, estaban allí, incólumes, dirigidos los primeros por un estonio y los segundos por un polaco.

Eso sí, lo de llevarse bien, como que no. Pero eso que quede para el siguiente capítulo de la serie.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Feliz Navidad

Pues eso, lectores, que tengáis una feliz Navidad y que esta noche cantéis muchos villancicos ¿Que no os gustan los villancicos? Bueno, a mí tampoco me gustan demasiado, pero estamos en la época adecuada y, después de todo, no todos los días celebramos el cumpleaños del Salvador. Por una día que me desgañite no pasa nada, y todo lo que voy a desafinar igual me lo perdona y todo.

Cuando estaba en clase de ruso, en los lejanos tiempos soviéticos, una compañera de clase se atrevió a preguntarle a la profesora cómo se decía "feliz Navidad". La profesora, muy maja ella, pero evidentemente poco religiosa, respondió.

- Se diría "С рождеством", pero no se usa. Allí no hay Navidad, y lo que se celebra es el Año Nuevo. No digáis "C рождеством", decid "С новым годом" (feliz año nuevo).

Los alumnos nos quedamos bastante confusos con eso de que no hubiera Navidad. Tengamos en cuenta que la instancia de ingreso en la escuela todavía se cerraba con el saludo "Dios guarde a V.I el Director de la Escuela muchos años." Vamos, que ZP y sus comecuras no eran más que un futurible de aparición improbable.

Entretanto, donde está cayendo en desuso el "Feliz Navidad" es entre nosotros, en España. En Rusia, allí donde no se usaba, según nuestra profesora, no habían pasado cinco años desde aquello y ya todo el mundo felicitaba las Navidades con la mayor naturalidad, salvo que no lo hacen el 25 de diciembre, sino el 7 de enero. Cosas veredes. Lo que sigue sin haber son villancicos, que en las iglesias de Oriente, que yo sepa, no se emplean, porque entre nosotros parece que comenzaron a cantarse sólo en el siglo XIII y, para entonces, el cisma de Oriente estaba avanzadillo.

Entretanto, que ninguna profesora de español se atreva a decir que no se felicitan en España las Navidades. Así que ¡feliz Navidad!

lunes, 22 de diciembre de 2008

Catolicismo en Rusia (I)

Pedía Miguel el otro día que escribiera algo sobre la situación de la Iglesia Católica en Rusia, sobre su supuesta renuncia al proselitismo y sobre las perspectivas que le esperan. Yo soy católico, pero no profeta, así que sobre las perspectivas que le esperan es bien posible que me equivoque de medio a medio. Pero bueno, es un tema sobre el que se puede escribir mucho. Yo lo he hecho en un par de ocasiones, así que me voy a permitir la licencia de copiarme. Que no se entere la SGAE, que ya me veo con un detective privado dando la vara para ver si me pago los derechos de autor a mí mismo, por supuesto con una comisión para la SGAE por la gestión, no faltaría más.

Bien, pues, comencemos con un poco de historia, que ya sabéis que me gusta. Después del cisma de Oriente, Rusia quedó enclavada entro del territorio ortodoxo y, tras la caída de Constantinopla en poder de los turcos otomanos, pasó a ser indudablemente el reino ortodoxo más importante. Los zares le echaron un ojillo a la dignidad imperial, pero de momento no se atrevieron a asumirla, cosa que finalmente ocurriría en 1721, cuando Pedro I se vio con suficiente empuje para ello. Hasta entonces, en Rusia podías ser ortodoxo o poco más, y desde luego lo del catolicismo como que lo llevaban muy mal. Eso era cosa de polacos, y los polacos eran el enemigo.

Pero el enemigo polaco se fue debilitando durante el siglo XVIII, al acabar el cual Polonia fue repartida de mala manera entre Prusia, Austria y Rusia, que se encontró con un montonazo de súbditos polacos, y por tanto católicos, en su Imperio, algunos de los cuales eran gente dedicada al servicio público y residían en Moscú y en San Petersburgo.

Era emperatriz en aquel tiempo Catalina II, que nació luterana y se había convertido a la ortodoxia cuando se casó con Pedro III, pero que digamos que era bastante tolerante con la religión y la moral, comenzando la tolerancia moral por sí misma. Así que decidió que con tanto católico en su país lo mejor sería tenerlos organizados y decidió crear un obispado. Así que la primera jerarquía católica en Rusia, que data de 1769, no fue idea del Papa sino de la mismísima cabeza de la Iglesia Ortodoxa rusa, porque el patriarcado había sido abolido por Pedro I y el propio emperador se había convertido en cabeza de la iglesia.

Las cosas siguieron más o menos así hasta 1905. El reino de Polonia formaba una unión personal con Rusia, es decir, formaba de hecho parte del imperio, y con los católicos había una actitud variable. Pablo I, (1796-1801) el hijo de Catalina II, incluso fue Gran Maestre de la Orden católica de Malta, y Alejandro I (1801-1825) pasaba bastante de los asuntos religiosos. Otros emperadores, y el caso más claro es Nicolás I (1825-1855), eran más estrictos y tendían a favorecer más a la Iglesia Ortodoxa y a atar corto a las demás.

Pero en 1905, reinando Nicolás II, se promulgó el decreto de libertad religiosa y, lo que es más, se cumplió. Las confesiones alternativas a la ortodoxa, la más importante de las cuales eran las distintas ramas de veterocreyentes, ganaron rápidamente en importancia. Tampoco les fue mal a los católicos. La movilidad de la población en el Imperio Ruso era muy reducida, pero no tanto como para que los polacos y bielorrusos católicos no constituyeran comunidades, algunas bastante numerosas, en distintos puntos del imperio.

La revolución soviética de 1917 fue un duro golpe para la religión en general, y por tanto también para el catolicismo. Los bolcheviques, a la que se vieron con la guerra en condiciones, hicieron gala de ese odium fidei que han heredado demasiados gobernantes contemporáneos y se dedicaron a sacudir a base de bien a todo lo que estuviera presidido por un crucifijo. Sobre los mamporros que se llevaron los ortodoxos ya he escrito aquí, o también aquí, aquí e incluso aquí.

Justo es que escriba ahora sobre los que nos llevamos los católicos, pero eso será a la próxima, que aquí se hace tarde.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Requeteciclista

Finalmente lo conseguí. Me he graduado. He conseguido salir de casa y llegar al trabajo en bicicleta y, al final, pude sacar la foto que ilustra esta entrada. Sí, señor, con nieve.

No fue sin problemas. La víspera, al ver que, a siete bajo cero, pretendía salir de casa en bicicleta como si tal cosa, se produjo una conjuración de toda la familia.

- Pero, ¿vas a ir en bicicleta? - dijo Alfina.
- Sí, claro.
- Para ya, que te estás pasando. Ya no tiene gracia y te la estás jugando, que te puedes caer en una placa de hielo y que te pise un coche.
- Pero si no hay placas de hielo.
- Я вам сегодня не советую ехать на велосипеде (No le recomiendo ir hoy en bicicleta) - terció Liudmila, que acababa de llegar de la calle.

Yo seguía pensando que no había para tanto. Entonces llegó Ro.

- Sí, papá, sí que n'hi ha gel, i s'esbara (Sí, papá, sí que hay hielo, y resbala) - y me señalaba con el dedo como recriminándome que me atreviera a salir así.

A mí, que una niña de siete años, que además es mi hija, me riña porque piense que soy imprudente, me descolocó bastante. No sé por qué, pero le hice caso y me quité los aros de los pantalones.

Y el caso es que, en realidad, ni placas de hielo ni ná: el piso estaba perfecto y no había el menor peligro. Tuve que volver del curro a pateo.


Pero hoy nada me ha detenido, y aquí tenemos la foto, con MI bicicleta rodeada de nieve.

Lo malo es que al llegar al trabajo he visto lo que ponía en primera página del panfleto proyanqui, que es el que se reproduce ahí al lado.

"Los meteorólogos dicen que el ligero polvo de nieve de Moscú de esta semana no es nieve de verdad, sino que está formado en parte por vapor y otras emisiones procedentes de las fábricas locales. La nieve de veras sólo está prevista para este fin de semana."

Malditos sionistas, con lo contento que estaba yo. Y me temo que lo tengo mal para graduarme este fin de semana... porque, una vez más, ¡nos vamos a España a pasar la Navidad! Creo que la temporada ciclista en Moscú, esta vez sí, ha terminado hasta dentro de unos tres meses.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

El opositor

El opositor al que me refería en la última entrada es el chico de la fotografía de la izquierda. Si yo fuese del Gobierno, no le tendría miedo a los Kasiánov, Kaspárov y demás ralea, sino que se la tendría a él. Se llama Vladímir Ryzhkov, y es un político profesional de pura cepa, actualmente sin cargo público por una curiosa actitud de no dejarse manejar por nadie y de decir siempre lo que le parecía correcto. Uno pensará que eso de no dejarse manejar por nadie y decir siempre lo que te parece correcto son buenas cualidades, pero parece que entre los políticos la consecuencia de poseerlas consiste en que te manden a hacer gárgaras.

El chico, de joven (y no es viejo, que no hace tanto que cumplió los cuarenta), tenía más o menos la misma facha de Pitagorín insoportable que tiene ahora. Hablaba bien, tenía buena planta, cualidades que conserva, y fue elegido diputado por su ciudad, Barnaúl, en 1993, con veintisiete años, iniciando una carrera de diputado que sólo fue truncada en las elecciones del año pasado. Catorce años de diputado en una circunscripción unipersonal sin partido político detrás. Sí, igualito igualito que en España... o que en la Rusia actual.

El caso es que, en sus principios, Ryzhkov era un diputado oficialista. Entró en el grupo de diputados que apoyaban al Gobierno de Chernomyrdin y comenzó a destacar. En septiembre de 1998, en plena crisis desastrosa y con un Gobierno más parecido a un pato decapitado que a otra cosa, le propusieron nombrarle vicepresidente del Gobierno encargado de temas sociales. En aquellos confusos tiempos, apareció uno de esos adversarios políticos que consiguen que uno no meta la pata hasta el corvejón.

Ese alguien es un político que hoy está algo más calmado, pero que entonces tenía más peligro que una monja argentina con una guitarra. Se trataba del caudillo del LDPR, Vladímir Zhirinovsky, por el que siempre he confesado mi admiración. El reportero de televisión le preguntó si su grupo parlamentario apoyaría la investidura del nuevo Gobierno, y el respondió:

- ¿Apoyar? ¿Qué vamos a apoyar? ¡Claro que no! Y encima quieren poner de vicepresidente de asuntos sociales a Ryzhkov. A lo mejor dentro de cincuenta años aprende algo de eso.

Las carcajadas de los que le oían se podían oír perfectamente. Ryzhkov, en vista del panorama, renunció a la candidatura y, a partir de ahí, pasó una temporadita con un perfil más bajo, quizá aprendiendo temas sociales, no sé. Fue reelegido en la Duma comunista de 1999, siempre por su ciudad, Barnaúl y, tras la disgregación del bloque oficialista de entonces, se encontró de diputado independiente, sin adscripción clara.

Lo fácil hubiera sido meterse bien calentito al abrigo del poder. Se hubiera integrado en Rusia Unida y posiblemente hubiera seguido de diputado o con algún carguito interesante. Pero decidió jugársela y no se metió en ningún partido. Creo un "Partido Republicano de Rusia", que en realidad era él solo y que yo diría que nunca se tomó muy en serio. A pesar de que esta bitácora es monárquica a más no poder, y Ryzhkov con esto se mostró poco partidario del Trono y el Altar, hay que reconocerle redaños.

En las elecciones de 2003, Rusia Unida arrasó en las elecciones. Los grupos "demócratas" fueron barridos sin piedad, pero Ryzhkov sobrevivió en su feudo y continuó de diputado, ahora ya claramente opositor... porque era de los únicos que quedaban. El Kremlin, con su títere parlamentario Rusia Unida, comenzó con su desdemocratización del país a marchas forzadas: primero fue la división en siete regiones federales para controlar el poder local, luego la designación directa de los gobernadores, finalmente el cambio de la ley electoral estableciendo un mínimo del 7% de los votos en listas obligatoriamente presentadas por partidos políticos para entrar en la Duma. Y, como estrambote, los requisitos mínimos para ser partido político, que significaban unas barreras de entradas insuperables para cualquiera sin un brutal músculo financiero y logístico. O sea, sin el apoyo del Kremlin.

Poco antes del cambio de la ley electoral, y con el conformismo en grado máximo, hubo un debate en televisión entre Ryzhkov y... Zhirinovsky (a Zhirinovsky se lo rifan en la tele, porque el "share" de los programas en los que sale él es brutal). Ryzhkov estuvo brillante de verdad. De hecho, es una de las poquísimas ocasiones en que Zhirinovsky fue derrotado dialécticamente en toda la línea, hasta el punto de quedarse callado. Y los que seguimos a Zhirinovsky sabemos que hacerlo callar es más raro que un lehendakari que se apellide Heredia.

- Ustedes quieren cambiar la ley electoral -decía- para que todo el poder caiga en los partidos políticos y que los partidos sean quienes hagan las listas e intermedien entre el pueblo y el poder. Pero así no van a lograr el orden. Van a lograr que el ciudadano no sepa quién le representa en la Duma. Con el sistema actual esto no pasa. Con el sistema actual, un señor de Barnaúl sabe que tiene un diputado en la Duma. Y, si tiene un problema, aunque no haya votado precisamente por ese diputado, sabe que puede dirigirse precisamente a él, porque es el suyo. Con su sistema de listas de partidos, el señor de Barnaúl no va a saber a quién dirigirse. Ahora no. Ahora, ese mismo señor sabe que hay un diputado en la Duma que es de Barnaúl, al que puede dirigirse, que se llama Vladímir Ryzhkov y que tiene el deber de escucharlo y defenderlo.

Zhirinovsky se quedó sin habla.

En las elecciones de 2007, ya con el nuevo sistema de listas cerradas y bloqueadas, Ryzhkov, que seguía sin pertenecer a un partido, no se pudo presentar y perdió su acta. Desde entonces, y dentro de la oposición extraparlamentaria, ha seguido dando caña, pero no en plan manifa desaforada, sino desde los medios de comunicación y con argumentos. Tiene cuarenta y dos años y parece que desde su frustada candidatura a la vicepresidencia del Gobierno en 1998 ha aprendido algo, incluso de política social. Y en menos de cincuenta años.