
Pues llegó el final de la Unión Soviética y pilló a todo quisqui con el pie cambiado. Los ortodoxos, claro, llevaban setenta y cinco años con las facultades misioneras bastante aletargadas y ahora tenían que ocuparse, con un clero, obviamente, no demasiado numeroso, de reconstruir, no sólo su organización, sino, literalmente, los mismos templos, que se estaban cayendo a cachos y que el Estado les pasó prácticamente por las buenas, sin más financiación que un par de exenciones de impuestos de las que mejor es no hablar, porque no redunda en nada bueno para la ortodoxia. Y, por si fuera poco, había millones de rusos que en materia religiosa estaban en la inopia más absoluta (muchos siguen estándolo y hacen el ridículo cuanto intentan hablar del asunto).
Los católicos, no. Los católicos, otra cosa no, pero sabemos un rato de misiones y tenemos el músculo misionero en plena forma y con capacidad de adaptación a los entornos más adversos. Distintas órdenes misioneras católicas han ido apareciendo en los últimos dos decenios en Rusia y, por una parte, se han dedicado a dar atención espiritual a los católicos existentes, rusos o extranjeros; por otra, se han encontrado con que, mira por dónde, había rusos que
se estaban planteando hacerse católicos, no ortodoxos.
La primera actividad, la de ocuparse de los católicos existentes, no le causó problemas a nadie. La segunda sí. La Iglesia Ortodoxa rusa acusó a la católica de proselitismo en su territorio.
Y uno se pregunta: ¿por qué no hacer proselitismo? ¿No dijo Jesucristo que propagáramos la buena nueva? Bueno, pues sí, pero no. Resulta que, para un católico, los ortodoxos son cismáticos (separados), pero no herejes (la doctrina es la misma en su práctica totalidad). En estas condiciones, los ortodoxos dicen que Rusia es "territorio canónico" suyo y que es a ellos a quien toca la evangelización del territorio. Los católicos podrían actuar sólo por lo que hace a la población de etnia, digamos impropiamente, católica, es decir, básicamente descendientes de polacos, lituanos y bielorrusos hoy residentes en Rusia.
En mi biblioteca guardo algunos libros y folletos ortodoxos. En todos ellos, incluso en los más serios, a la hora de hablar del catolicismo, nos tratan de herejes y de estar siempre detrás de absorberlos; en el caso de algún panfleto tendencioso que guardo como oro en paño, se llega a acusar a la Iglesia Católica de cosas como de haber favorecido la revolución soviética para acabar con la Iglesia Ortodoxa. Vamos, que se trata de gente muy susceptible, susceptibilidad que aumentó con motivo de los conflictos en Ucrania Occidental, donde, con la independencia de Ucrania, los uniatas salieron de las catacumbas con ánimos encendidos, ciertas simpatías oficiales y ganas de hacer memoria histórica con lo sucedido desde 1944. Parece que por la posesión de más de un templo, en una actitud ciertamente poco evangélica, llegó a haber leches entre uniatas y ortodoxos.
Además de susceptible, la Iglesia Ortodoxa rusa ha contado en Rusia (ya hemos visto que no en Ucrania) con el impagable apoyo estatal, especialmente visible a partir del momento en que el Vaticano convirtió sus cuatro administraciones apostólicas en obispados de pleno derecho. El cabreo ortodoxo fue de órdago. Por parte del Vaticano, además, se cometió un error diplomático considerable, al incluir en la jurisdicción de la diócesis con sede en Irkutsk la llamada "Karafuto", que es el nombre que los japoneses dan a la isla de Sajalín, sobre la que mantienen un conflicto territorial con Rusia desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Para que luego digan de la diplomacia vaticana: hasta en las mejores familias se mete la pata.
Inmediatamente, llegó la caña. Como buena parte del clero católico en Rusia no es de nacionalidad rusa, la cosa tenía un arreglo sencillo, aunque poco elegante. El caso es que un sacerdote italiano que ejercía su ministerio en Yaroslavl fue expulsado del país, a otro se le anuló el visado en cuanto quiso salir de Rusia, y ésta última suerte corrió el mismísimo obispo de Irkustk, polaco para más inri y posiblemente uno de los causantes del desaguisado diplomático. Oficialmente, los ortodoxos no tuvieron nada que ver, sino que era por razones de seguridad estatal sobre las que nunca se da detalles.
Ni explícita, ni implícitamente hay renuncia alguna al proselitismo por parte católica; simplemente, hay que tener cuidado con no cabrear demasiado a la jerarquía ortodoxa, porque luego llegan las escuchitas a los servicios secretos, que son los que envían recaditos al departamento encargado de poner a la peña de patitas en la frontera.
Desde entonces, las cosas se han ido calmando, en buena medida porque varios de los protagonistas del campo de batalla lo han ido abandonando. Uno de ellos fue el muy combativo monseñor
Tadeusz Kondrusiewicz (el de la foto, ya en su nuevo destino), entonces arzobispo católico de Moscú, que desde noviembre de 2007 ocupa la archidiócesis de Minsk y ha sido reemplazado en Moscú por monseñor Pezzi, italiano y de un perfil menos señalado que su antecesor. Otro fue Juan Pablo II, al que, desde luego, ser polaco no favorecía nada entre la jerarquía ortodoxa; Benedicto XVI despierta menos rechazo, y eso que es alemán.
Y el tercero que desapareció del campo de batalla para, como Juan Pablo II, reunirse con su Creador, fue el patriarca Alejo II, un personaje tremendamente controvertido con indudables aspectos positivos, pero que es evidente que era un nacionalista tremendo sin la menor voluntad ecuménica y del que he oído declaraciones que sólo cabe calificar de xenófobas.
Su sucesor se conocerá dentro de algunas semanas. Ya veremos de qué pie cojea en lo tocante a ecumenismo.