miércoles, 7 de diciembre de 2011

Eligiendo

El problema con las elecciones rusas es que absolutamente todo es mentira, pero nadie se atreve a decirlo claramente por si los mamporros. Mentira son los candidatos oficialistas, mentira son los candidatos opositores, mentira son los asistentes a los mítines y, por supuesto, mentira son los resultados electorales. Las autoridades rusas han llegado a un extremo de desfachatez que no se molestan apenas en disimularlo. Todo en las elecciones rusas está diseñado para que existan, pero las cosas no se muevan demasiado, y para que el voto de los electores no sirva para nada. A esto lo llaman "democracia" y, a veces, "dictadura de la ley" (se ve que no se refieren a la ley electoral).

En mi opinión personal, Rusia Unida no necesita tantas trampas para ganar las elecciones. Yo creo que las hubiera ganado de todas maneras, pero, en primer lugar, no con el 48% de los votos. Tampoco la participación hubiera sido del 60%, sino muy inferior. Muchos rusos saben, y lo cuentan en privado, que hay numerosos casos en los que los votos de los que se han abstenido aparecen de repente, con un tremendo porcentaje a favor de Rusia Unida. A una mala, la Comisión Electoral Central está como garante último de estabilidad del sistema.

Pero es que hay casos flagrantes que no pueden hacer pensar sino en que todo no es trigo ¿Alguien se cree que en Chechenia la participación pueda llegar a ser prácticamente del 100%, y que prácticamente todo el censo haya votado por Rusia Unida? Eso quiere decir que han votado por Medvedev hasta los guerrilleros barbudos que están pegando tiros por las montañas. Vengaaaa... aquí lo que ha pasado es que el glorioso presidente de Chechenia, Ramzán Kadyrov, un tipo con el que es mejor estar de acuerdo, ha cumplido su promesa de hace unos meses acerca de que en Chechenia votaría por Rusia Unida el 100% del censo, o más. Sí, dijo "o más", y casi lo consigue.

En general, el sistema ya está comprometido desde el momento en que el puesto de gobernador regional depende decisivamente de los votos que saque Rusia Unida en tu territorio. Medvedev lo ha vuelto a decir tras las elecciones: será cosa de revisar los gobernadores en los lugares en los que Rusia Unida ha tenido un mal resultado. En principio, parece lógico que esos lugares sean los sitios donde hay descontento, y que cambiar el gobernador puede ser una opción razonable, pero la consecuencia es que un gobernador puede ser un auténtico cenutrio con patas, y así y todo no se le medirá por sus logros, ni por las oes con un canuto que sea capaz de hacer, sino por los votos que tenga Rusia Unida. Obviamente, lo que va a hacer cualquier gobernador que quiera seguir siéndolo es inflar el número de votos de Rusia Unida como sea. Y "como sea" incluye todos los sistemas legales o ilegales, desde la compra de votos, las amenazas a los jefes de zona, directores de fábricas o responsables varios y, si todo esto no funciona, simplemente contando mal. Es toda una pirámide de intereses: Medvedev presiona al gobernador, el gobernador al jefe comarcal, el jefe comarcal al director de zona, y así sucesivamente. A mí me recuerda los logros del plan quinquenal, cuyas previsiones se cumplían sí o sí.

En estas circunstancias, como si no fuera bastante que en Rusia sólo haya siete partidos políticos legales, y que crear uno nuevo es algo que no se puede imaginar ni Isaac Asimov, nadie protesta demasiado, por si acaso. Los ocho mil manifestantes en Moscú, ciudad que tiene doce millones de habitantes, es una cifra irrisoria, pero es la mayor de los últimos quince años. El hecho de que haya unos cuantos millares de personas decididos a que no les tomen el pelo y a patearse la calle a cero grados y chapoteando en el fango, al menos, es una novedad.

El problema es que unas elecciones limpias, en las que seguramente también ganaría, no son una opción para el partido del poder, porque tiene miedo de que pase algo que no sea capaz de controlar. Los tres partidos parlamentarios de la sedicente oposición tampoco gritan muy alto, porque fuera del sistema hace mucho frío y fuera del parlamento no se comen un colín. De los otros tres partidos extraparlamentarios, dos son hechura del Kremlin, y el tercero, Yabloko, tampoco se pasa gritando, probablemente porque tiene bien presente dónde está ahora el mecenas que financiaba sus campañas, un tal Jodorkovsky. Las demás organizaciones son ilegales, por lo que se les puede detener y encarcelar en cuanto reúnan a demasiada gente.

Todo esto me está comenzando a recordar a las sucesivas Dumas Imperiales rusas, y creo que todo el mundo sabe cómo acabó aquello, así que es comprensible que los ocupantes actuales del Kremlin no quieran terminar como los que entonces ocupaban el Palacio de Invierno. Pero que no lo llamen democracia, por favor, que eso sí es hipócrita. Nicolás II, al menos, tenía clarísimo que él de demócrata no tenía nada, y no se cortaba un pelo en llamarse autócrata. Pedir lo mismo de los gobernantes actuales debe ser demasiado, pero algo de decencia, al menos, debería quedarles.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Masas

Ahora que, por fin, las elecciones han terminado, tanto en Rusia (habrá otras, claro, con resultado tan meridiano como éstas) como en España, ha llegado la hora de relajarse. No es hora de hablar de los fraudes, en la campaña (bueno, de ésos ya vimos alguno) o en el recuento de votos, o donde sea, porque todo vale y, si no hay suficiente gente dispuesta a votar como es debido, es evidente que hay que tomar medidas. No. Hoy pienso, sobre todo, en los organizadores de la campaña electoral, que posiblemente se irán a la cama con más tranquilidad que otros días.

Y es que la vida de los organizadores de eventos es dura. Muy dura. Un mitin político no es más, después de todo, que un evento, y yo, que al menos un par de veces al año me dedico a la organización de eventos, no puedo sino compadecer a los pobres responsables del asunto. Y no es fácil, no, organizar un evento en Rusia. Los rusos tardan en confirmar su participación; la confirman y luego no van; hay mucha informalidad, vamos.

Imaginemos un mitin político típico. A los rusos de a pie de calle, la política les trae mayormente sin cuidado, y además en diciembre hace un frío del carajo ¡Como para ir a escuchar a los candidatos a diputado! Sin embargo, hay una cosa que no puede permitirse un organizador de eventos: un fracaso. Eso nunca. Los eventos siempre son un éxito.

Como lo que acabo de decir no es verdad, el organizador de eventos en Rusia tiene que conformarse con un "second best", consistente en algo así como: "Ya que el evento, seguramente, no va a ser un éxito, me conformaré con que lo parezca" ¿Y cómo se consigue que la cosa parezca un éxito? Llenando la sala, o lo que sea, con gente, aunque acaben yendo una pandilla de comunistas a los mítines liberal-democráticos de Zhirinovsky (Хватить терпеть!). El caso es que el líder (o sea, el cliente, desde la perspectiva del organizador de eventos) no se encuentre sin auditorio, sino que crea que está arengando a sus enfervorizados votantes.

¿Cómo conseguir auditorio? Parece sencillo en una ciudad de doce millones de habitantes, pero estos habitantes son duros de pelar. Ahora bien, y menos mal, aquí las nuevas tecnologías han venido en auxilio de quienes organizamos eventos. Si alguien no lo cree, no tiene sino que pasar por la página definitiva para estos casos: Massovki.ru.

Si usted tiene un evento "de masas" y dinero para asegurarse contra los fracasos, massovki.ru es su página. Un anuncio, "organizo evento en tal sitio y pago tanto por asistir", y asunto resuelto. Hay auténticos profesionales de asistencia a eventos masivos, y todos ellos tienen massovki.ru en el primer lugar de la lista de favoritos de su navegador.

Naturalmente, en estos tiempos de alta temporada de partidos políticos (aunque en Rusia sólo haya siete partidos políticos legales), los principales clientes de massovki.ru son los organizadores de sus campañas. A lo mejor puede resultar desilusionante para el lector español medio saber que, si en España ya pensamos que la política es una farsa, lo de Rusia ya excede con mucho lo que pasa en nuestro país, hasta el punto de que faltan las palabras para describirlo. Todo, y cuando digo todo me refiero a absolutamente todo, es pura mentira. No sólo los resultados electorales, que también, sino la misma campaña electoral, y posiblemente aventuro que hasta los mismos candidatos sean de cartón piedra y hayan sido reclutados en páginas como ésa.

Basta con ver el apartado de "eventos de masas de carácter político" para darse cuenta de que los participantes en los mítines del LDPR son de pega, de que la señora que me repartió el otro día un pasquín de Yabloko era tan de Yabloko como yo torero, y de que los pocos comunistas jóvenes que aparecen por los mítines del partido comunista es poco probable que sean realmente comunistas.

Finalmente, me precipité al decir que los organizadores de eventos contratados por los partidos políticos iban a poder dormir tranquilos esta noche. Uno de ellos tendrá que esperar un poco para dormir a gusto. Me refiero al abnegado organizador de la fiesta de la victoria electoral de Rusia Unida, que lleva unos cuantos días buscando gente en massovki.ru para no dejar a Medvedev sólo ante su victoria. Los encontrará, seguro.

jueves, 1 de diciembre de 2011

La soledad del corredor de fondo (VI)

Hasta ahora, la ruta ha discurrido por lugares razonablemente bonitos encajonados entre árboles y edificios, pero ahora la cosa va a cambiar. El curso del río Moscova abre un espacio de no menos de cuatrocientos metros entre los edificios de la parte derecha y los de la izquierda, lo cual da una perspectiva distinta al panorama... y elimina cualquier abrigo frente al viento.

A estas temperaturas, que rondan el punto de congelación, el viento es particularmente incómodo. No es que sea nunca un buen aliado, pero aquí molesta, y más con la perspectiva de cinco kilómetros teniéndolo de cara. Aunque el río Moscova, a su paso por el centro de Moscú, forma un curioso semicírculo, no deja de ser un semicírculo lo suficientemente abierto para dar vía libre al viento.

Si hasta ahora el eterno tráfico de Moscú había estado ausente del periplo, a partir de ahora lo tendremos al ladito mismo de nosotros. Las vías que flanquean el río son de las arterias de comunicación más importantes de Moscú, y no hay momento en que no haya tránsito por ellas, y más a la altura del Kremlin. Y, después de todo, ya no son las siete de la mañana, sino las ocho y media pasadas, momento en que buena parte de la ciudad ya está en marcha.

Básicamente, los cinco kilómetros van a unir edificios religiosos, dos de los cuales (Novospassky y las catedrales del Kremlin) se salvaron por los pelos de la piqueta bolchevique, y el tercero, que no se salvó, fue reconstruido después. Es la catedral de Cristo Salvador.


Al principio de la Biblia (Gn, 1, 4), se dice que Dios separó la luz de las tinieblas. En Moscú, en noviembre, no parece sino que Dios se haya olvidado de separarlas y las mantiene mezcladas, en un color gris plomizo permanente que no es día ni noche, como para hacernos recordar a los humanos que las tinieblas están ahí, confundidas con la luz e infundiendo confusión.

A lo largo del camino, uno se va encontrando con algún pescador que se supone que pescará algo, pero desde luego no es el mejor lugar para relajarse. Más adelante se ven grupos de gente que, simplemente, van hablando. Alguno hay que está girado hacia el río, dando la espalda a todo el que pasa, con las piernas algo abiertas y con un curioso chorrillo que discurre entre ellas y que prefiero no mirar. Y también, por primera vez, veo a un corredor en dirección contraria a la mía y al que saludo, aunque no conozco de nada, y que me devuelve el saludo.

A lo lejos, se ven los edificios de Moskvá-City, esos cuatro rascacielos megalómanos que son como las nuevas torres de Babel del siglo XXI. Aunque el recorrido no llegará hasta allí, de alguna manera se echan de menos las casas bajas de la calle Goncharnaya o del anillo de los bulevares.



Y llegamos a Cristo Salvador, momento en que ya dejamos el río y subimos por la otra parte del anillo de los bulevares. Dejamos a la izquierda la Ostozhenka y la Prechistenka y, en general, la zona que se ha ganado el mote de "milla de oro", por lo caros que son los alquileres.

En el bulevar Gogolievsky, los obreros han comenzado a trabajar cansinamente. Uno trabaja, sin muchas ganas, cuatro miran cómo lo hacen, y supongo que alguno terminará por relevar al primero.

A la altura del viejo Arbat, la primera calle peatonal que hubo en Moscú, y una de las poquísimas que sigue habiendo, decido meterme por allí, más que nada para prolongar un par de kilómetros la ruta. A esta hora apenas hay nadie, sobre todo si llueve. Pero, los días que he corrido por aquí sin llover, ya estaban los vendedores montando los puestos de libros, de discos, y los alquiladores de bicicletas trucadas haciendo malabares con las mismas para pescar a algún incauto.

Un poco más adelante, tras cruzar el nuevo Arbat por el paso subterráneo, se llega a la Nikitskaya y enseguida a una de las zonas más recorridas, cual es el bulevar Tverskoy, lugar imprescindible para ver, a la luz de los carteles que lo pueblan, si tenemos algún músico acabado nuevo en el panorama artístico internacional.

Ajá... músicos acabados... cuánto tiempo.

martes, 29 de noviembre de 2011

La soledad del corredor de fondo (V)

Novospassky no es un monasterio cualquiera. Es MI monasterio. He vivido nueve años a menos de un kilómetro de él y, durante esos años, hasta que se levantó una mole de tropecientos pisos de ésas que "adornan" Moscú, tuve vista directa a Novospassky desde mi ventana.

El monasterio, como la mayor parte de los monasterios rusos, tenía en el momento de su fundación dos funciones: la religiosa que se puede suponer, y la defensiva, como fortaleza frente a los ataques de los tártaros desde el sur, al igual que otros monasterios (Serguíev-Posad, Novodevichy, Andrónikov, Danilovsky, entre bastantes otros).

Allá por el siglo XVIII, los tártaros dejaron de ser un peligro, pero a principios del siglo XX llegó un problema mayor para Novospassky: los comunistas. Poco después de la revolución, el monasterio fue cerrado, los monjes expulsados, y las iglesias transformadas en campos de concentración. Guay. De los frescos del siglo XVIII no hay que hablar mucho, que da grima. Cuando el NKVD dejó de tener tanto trabajo, el monasterio fue transformado en cárcel para borrachos, una estación de recuperación para que a los borrachos incapaces de llegar a su casa y algo turbulentos se les pasara la mona en un lugar controlado. Más tarde fue un almacén, básicamente, aunque con el rimbombante título de centro de restauración de obras de arte.

No hay mal que cien años dure, pero se ve que setenta sí. A principios de los años noventa del pasado siglo, el monasterio fue devuelto a la Iglesia Ortodoxa en el lamentable estado que puede suponerse. Rápidamente fue abierto al culto, porque los templos escaseaban y la cantidad de creyentes de nuevo cuño no dejaba de crecer; volvieron los monjes (otros, claro) y, poco a poco, los trabajos de restauración fueron ejecutándose, siempre teniendo en cuenta que "restauración", en Rusia, me da la impresión de que simplemente significa "pintar por encima".

La primera vez que entré allí fue en algún momento de 1997, y luego en la Pascua de 1998, en que la iglesia principal del monasterio estaba de bote en bote, además de hecha una pena, y apenas se podía pasar. Y luego estuve mucho tiempo yendo a correr al estanque que hay junto a él y cuyo perímetro mide exactamente 630 metros, que he hecho muchísimas veces.

Al acercarse un domingo por la mañana al monasterio, las campanas suenan llamando a la primera misa, y los fieles van acudiendo y se persignan a la manera ortodoxa, o sea, comenzando por la derecha, al revés que nosotros. Así como nosotros nos persignamos en raras ocasiones, un ortodoxo lo hace constantemente: siempre que pasa por delante de una iglesia (práctica que entre nosotros, por desgracia, está en desuso), y cada dos por tres, o más, cuando está en misa. Nosotros, tres veces en las misas, al principio, antes del Evangelio y al final, y pare usted de contar.

Los fieles, todos con la cabeza cubierta, que los hombres descubrirán en cuanto entren en el templo, miran con curiosidad no exenta de desagrado a ese corredor vestido con ropas ajustadas que pasa por su lado, y con algo más de simpatía cuando ven que el corredor se santigua también, aunque sin parar de correr, al pasar por delante de la entrada de la iglesia.

Poco después, tras dar la vuelta a un edificio, llegué al estanque de Novospassky, al que tantas vueltas había dado cuando vivía por allí, con ánimo de darle un par de vueltas más. Otras veces había pasado por allí en pleno verano, después de trabajar, pasando entre los grupitos de jovencitos, algún monje que paseaba alrededor del estanque, mamás dando vueltas con sus carritos de bebé y mucha gente paseando al perro. Pero eso era lo que pasaba los días de entre semana por la tarde. Los domingos a las ocho y media de la mañana lo único que queda de toda la fauna anterior es la gente paseando al perro.


Qué tíos, tú. Están a todas horas. Y ninguno lleva el perro sujeto. Son una especie de secta que ve como lo más natural del mundo que el perro campe por sus respetos ladrándote y enredándose entre tus piernas, o saliendo detrás de ti a toda viroya con los colmillos en posición de ataque. Como mucho, el c*p*ll* del dueño, o dueña, te dirá: "No muerde. Qué va. Si no hace nada." O bien: "Sólo quiere jugar." Una chica que conocí hace tiempo decía que la culpa era mía, por provocar corriendo. Y es que los enemigos del corredor son las dos pes: perros y paletos.

De paletos también he visto unos cuantos en Novospassky, aunque no en domingo otoñal por la mañana. La típica gente medio borracha que se ríe al ver pasar a un corredor, o le hace burlas. Una vez hubo un jovencito que me pilló al comienzo de un entrenamiento progresivo, de los que empiezan muy lento y van incrementando en intensidad. El jovencito estaba con dos chicas, se las quiso dar de machote y se puso a mi altura, suponiendo que, al ritmo que iba, él lo soportaba perfectamente.

Yo no dije nada. Corrimos a bajo nivel una vuelta, y apreté un poco. Lo oía jadear un poco, pero el chaval aguantaba. Cada media vuelta apretaba yo sólo un poco, para que no se diera cuenta de que estaba intentando ahogarle sin que él se enterara; él jadeaba cada vez más, y a la tercera vuelta, ya a un ritmo decentillo, llegamos a la altura de las chicas que le acompañaban y allí ya se paró, sin aliento y bastante sudado, mientras las chicas se reían. Si lo que quería era dárselas de machote y ligar, la cosa no funcionó.

En estos pensamientos, di tres vueltas al perímetro del estanque y salí al malecón del río Moscú. Ante mí tenía cinco kilómetros largos, o cinco largos kilómetros, con el vivificante viento en contra.

Cosa que queda para la siguiente entrada.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Campañas

En todos los países donde hay elecciones, el que las convoca está interesado en que la gente vote, y por eso trata de ponérselo fácil a los votantes y de fomentar su participación con campañas de publicidad. La excepción es España y el voto de los residentes en el extranjero, que se ha convertido en algo imposible, pero ésa es otra historia.

Los poderes públicos realizan sus campañas de fomento de la participación con eslóganes como "¡Vota! Tu país te necesita" o "Si no votas, no protestes" o "Tu voto cuenta", entre otros de escasa originalidad, pero que en todo caso animan al acto del voto en general, obviamente sin decantarse por ninguna de las opciones concretas que se ofrecen al elector. En Rusia también hay una campaña semejante, claro que sí.

Pero, de momento, quedémonos en otro asunto y veamos la imagen siguiente, tomada hace un rato (está bitácora es en diferido, pero me imagino que la cosa sigue igual):



Se trata del bulevar Tverskoy, en las inmediaciones de la plaza Pushkin, uno de los lugares más transitados de Moscú. Vemos en una marquesina de autobús el cartel electoral de Rusia Unida, el partido preferido de mi hija Ro. Acerquémonos un poco para verlo mejor.



He ahí. El cartel electoral oficial de Rusia Unida con su lema "Сохраняем. Для жизни. Для людей". "Conservamos. Para vivir. Para las personas." Con un fondo en el que se representan gentes de toda condición, y en segundo plano la silueta de una ciudad en tonos azul claro. Y anima a votar a Rusia Unida, claro. Rusia Unida no tiene ideología conocida, pero ellos dicen que son conservadores y su lema electoral parece apuntar en esa dirección.

Si volvemos a la primera imagen, vemos a lo lejos, unos pocos metros más allá, otro cartel electoral ¿Lo ven? Sí, está ese soporte junto a la pared. También aquí nos acercaremos un poco para que no quede lugar a dudas. Sí, aquí está.



No, no es el juego de las siete diferencias. Ese cartel electoral de ahí no es un cartel de Rusia Unida. Es nada menos que la campaña institucional para animar al voto, pagada con fondos públicos. Es cierto que tiene exactamente el mismo color y la misma imagen que el cartel partidista anterior, pero el lema es diferente. Голосую за Россию! Голосую за себя! O sea: ¡Voto por Rusia! (no dice "Unida", eso sí) ¡Voto por mí!

En opinión de Rusia Unida, y no digamos de la Comisión Electoral Central, este fenómeno (y no es el único sitio en Moscú donde ambos carteles están a pocos metros uno de otro) es pura casualidad y en ningún caso constituye una infracción a la legislación electoral rusa. Se trata, dicen los responsables del tinglado, de una imagen que se puede encontrar en internet, en bases de datos de gráficos, es de uso libre, y el hecho de que los creativos de ambas campañas la hayan utilizado no es sospechoso de favorecer a ningún partido, qué va.

Se lo voy a decir a Ro, a ver qué le parece. Si le parece bien y que todo esto es pura casualidad y que qué cosas tienes papá, me da a mí que voy a cerrar la bitácora. Se empieza así, y se acaba como el padre de Pavlik Morozov.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Eligiendo a los padres de la patria

Mientras nos acercamos corriendo al monasterio Novospassky, han tenido lugar las elecciones en España, con el resultado que era de suponer, y está teniendo lugar la campaña electoral para las elecciones en Rusia, que tendrán lugar el 4 de diciembre, y que también terminarán con el resultado previsto. Si, en el caso de las elecciones españolas, podría haber algunas dudas, en el caso de las rusas no es necesario tenr cualidades proféticas para vaticinar que el ganador de las elecciones parlamentarias será "Rusia Unida", partido cuya lista encabeza el actual presidente, Dmitry Medvedev, que, sin embargo, no pertenece al partido. Ya sé que parece raro, pero aquí esas cosas se ven de manera natural. En otros sitios de democracia partidocrática, como España, el poder lo obtiene el partido más importante, según los resultados de las elecciones, y va cambiando de manos.

Aquí, no. Aquí, el partido está al servicio del poder, y a veces es el poder el que cambia de partido. Ya ha pasado en alguna ocasión, y nunca se sabe si volverá a suceder.

En España sólo se habla de política entre conocidos muy conocidos y sólo cuando hay mucha confianza. Rusia es mucho más abierta con eso y la prueba la tengo con mis tres hijos, y en particular con la segunda.

Pasábamos por Barrikadnaya, cerca del zoo, donde el nunca suficientemente alabado LDPR ha colgado unos pasquines de las farolas con el lema claro, directo y diáfano que tiene en esta campaña: "За русских!", con la foto de Vladimir Zhirinovsky y el gesto agresivo sin el cual pierde tanto. El LDPR no necesita más lema ni más zarandajas para que sus votantes sepan por dónde ir, y parece que eso le será suficiente para superar sin problemas la barrera del 7% y volver a entrar en la Duma.

- ¡Qué barbaridad! No me gustan nada los lemas electorales de los partidos - dijo Ro.

Ro es una chica interesada por la política rusa. Se levanta todos los días a las siete menos cuarto de la mañana, se lava y se viste, y se pone delante de la tele a enterarse de lo que pasa por el mundo y, en estos casos, a ver los espacios electorales gratuitos.

- No me gusta nada los del Yabloko, ni los Rusia Justa. Se pasan el rato criticando. Me gusta sólo el de Rusia Unida, que cuentan las cosas que han hecho y que van mejor gracias a ellos.

- ¿Sí? - pregunté sin volver la cabeza.

- ¡Sí! Los de los demás partidos son unos pesados. La mejor publicidad es la Rusia Unida. Los demás están criticando esto y aquello. Yo, si pudiera votar, votaría por Rusia Unida.

La verdad es que yo no me he planteado nunca a quien votaría si pudiera hacerlo. Bueno, a los lectores de esta bitácora no les es extraño que paso muy buenos ratos con Zhirinovsky, pero claro, que yo vote a Zhirinovsky es más o menos lo mismo que un musulmán radical votando a Anglada, y no parece probable. El caso es que tengo una hija que, en el imposible caso que tuviera algún día derecho a voto en Rusia, reforzaría la mayoría que, ya de por sí, va a obtener Rusia Unida.

Lo chocante del caso es que Rusia Unida va a recurrir (está recurriendo de hecho) a todo tipo de martingalas con tal de sacar una mayoría gorda, pero gorda de verdad. Y la verdad es que no lo necesita, o al menos no da esa impresión. Si no hiciera ninguna martingala, sacaría con casi total seguridad más del 50% de los votos, lo cual en el caso de España es el más salvaje de los sueños de cualquier político, pero aquí, para alguien de Rusia Unida, todo lo que no llegue al 66% es poco menos que motivo de expulsión del gobernador regional que no haya sacado un porcentaje superior a ése. Por eso hacen todo tipo de trucos que en cualquier país occidental serían vetados poco menos que automáticamente por la junta electoral que tocara.

Aquí, no. Aquí, la junta electoral se ocupa de investigar concienzudamente a los partidos... excepto a Rusia Unida, que prácticamente campa por sus respetos. A ver si otro día saco algunos pasquines de los partidos. El de Rusia Unida, en particular, merece la pena.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La soledad del corredor de fondo (IV)

La ruta sigue en una ligera cuesta abajo. Más allá de Chistye Prudy, hay puntos donde el anillo de los bulevares resulta poco menos que impracticable, y más parece que corro por una pista de cross. Los trabajadores, vestidos de naranja, que esperan a que lleguen algunos compañeros y empezar a hacer algo, me miran con incredulidad.

Finalmente, el anillo de los bulevares, que no es anillo sino las tres cuartas partes del mismo, se termina al llegar al río. El llamado anillo de los jardines, Sadovoye Koltsó, sí que es un círculo casi perfecto, pero de los jardines sólo conserva el nombre y, visto en la actualidad, casi parece un ejercicio de sarcasmo. Lo que en su día debió ser la muralla exterior de Moscú, y después una avenida circular con un espléndido jardín en el centro, hoy es una autopista a tres kilómetros del Kremlin, eternamente atestada de vehículos, y por la que pasear está lejísimos de ser un ejercicio ni remotamente apetecible.

Y es una pena, pero no hay nada que hacer con ello. El anillo de los bulevares, más al centro, conserva mejor un ambiente más tranquilo, y se agradece. Así y todo, hay horas en las que está completamente impracticable, pero no son las que nos ocupan en este relato.

Al dejar el anillo de los bulevares, aparece ante mis ojos el rascacielos Kotelnicheskaya, una de las llamadas siete hermanas. Como ya lo hemos visitado en otra ocasión, me remito a lo que quedó escrito entonces. Esta vez, la cosa es diferente, y no toca visitarlo. Una calle de siete carriles y un parque desierto me separan del siguiente obstáculo, que es el río Yauza.

El río Yauza desemboca, precisamente aquí, en el río Moscova, mucho más grande que él. Nace este río unos pocos kilómetros al norte de Moscú y, en total, no llega a cincuenta kilómetros de recorrido, la mayoría de ellos dentro de la ciudad de Moscú. Parte de un recorrido que imaginé y que nunca he realizado, como es hacer una ruta por todos los monasterios en activo de Moscú, pasaba por el Yauza, que a sus orillas tiene el monasterio Andronikov (que no está activo, pero es muy chulo).

En esta ocasión sólo se trataba de cruzarlo, en este caso por el segundo puente contando desde la desembocadura, para alcanzar la calle Goncharnaya.

Y ahora estamos en Taganka, uno de los barrios más tradicionales de Moscú, y vamos a atravesarlo, para lo que hay que salvar una elevación, lo cual se puede hacer por la calle Yauza, que tiene tránsito a todas horas, incluida ésta, o por la calle Goncharnaya, por la que a estas horas no pasa absolutamente nadie. La elección está clara.

La calle Goncharnaya es una calle especial. Parece haber resistido el paso del tiempo mucho mejor que otras y trata de agarrarse con especial ilusión a su pasado. Tras subir una cuesta muy empinada para Moscú y que hace subir las pulsaciones un poco, se llega al museo del icono, y más adelante se pasa por una serie de casas bajas medio oculta por la imponente mole del rascacielos Kotelnicheskaya que se ve desde cualquier sitio. La escasa gente que se ve a estas horas pasea sin prisa.

En la misma calle, un poco más lejos está la Iglesia de la Asunción de la Virgen, y sí que se van viendo algunos fieles y algún sacerdote que se van acercando por allí, porque se acerca la hora de la misa o, mejor dicho, del servicio, porque misa es palabra latina y entre los ortodoxos lo latino, muchas veces, produce escalofríos. Ya se ha terminado la subida y no queda sino llegar a la plaza Taganskaya, atravesarla por uno de los lados, y lanzarse cuesta abajo hasta el siguiente punto destacado en la ruta: el monasterio de Novospassky.

El monasterio de Novospassky tiene algo muy especial. Tanto, que lo dejo para una entrada específica, que sabe Dios cuándo podré escribir, porque ando sumamente liado y bastante tengo con respetar los entrenamientos que marca mi plan y que no son poca cosa. Pero eso será otro día.