lunes, 21 de noviembre de 2011

La soledad del corredor de fondo (IV)

La ruta sigue en una ligera cuesta abajo. Más allá de Chistye Prudy, hay puntos donde el anillo de los bulevares resulta poco menos que impracticable, y más parece que corro por una pista de cross. Los trabajadores, vestidos de naranja, que esperan a que lleguen algunos compañeros y empezar a hacer algo, me miran con incredulidad.

Finalmente, el anillo de los bulevares, que no es anillo sino las tres cuartas partes del mismo, se termina al llegar al río. El llamado anillo de los jardines, Sadovoye Koltsó, sí que es un círculo casi perfecto, pero de los jardines sólo conserva el nombre y, visto en la actualidad, casi parece un ejercicio de sarcasmo. Lo que en su día debió ser la muralla exterior de Moscú, y después una avenida circular con un espléndido jardín en el centro, hoy es una autopista a tres kilómetros del Kremlin, eternamente atestada de vehículos, y por la que pasear está lejísimos de ser un ejercicio ni remotamente apetecible.

Y es una pena, pero no hay nada que hacer con ello. El anillo de los bulevares, más al centro, conserva mejor un ambiente más tranquilo, y se agradece. Así y todo, hay horas en las que está completamente impracticable, pero no son las que nos ocupan en este relato.

Al dejar el anillo de los bulevares, aparece ante mis ojos el rascacielos Kotelnicheskaya, una de las llamadas siete hermanas. Como ya lo hemos visitado en otra ocasión, me remito a lo que quedó escrito entonces. Esta vez, la cosa es diferente, y no toca visitarlo. Una calle de siete carriles y un parque desierto me separan del siguiente obstáculo, que es el río Yauza.

El río Yauza desemboca, precisamente aquí, en el río Moscova, mucho más grande que él. Nace este río unos pocos kilómetros al norte de Moscú y, en total, no llega a cincuenta kilómetros de recorrido, la mayoría de ellos dentro de la ciudad de Moscú. Parte de un recorrido que imaginé y que nunca he realizado, como es hacer una ruta por todos los monasterios en activo de Moscú, pasaba por el Yauza, que a sus orillas tiene el monasterio Andronikov (que no está activo, pero es muy chulo).

En esta ocasión sólo se trataba de cruzarlo, en este caso por el segundo puente contando desde la desembocadura, para alcanzar la calle Goncharnaya.

Y ahora estamos en Taganka, uno de los barrios más tradicionales de Moscú, y vamos a atravesarlo, para lo que hay que salvar una elevación, lo cual se puede hacer por la calle Yauza, que tiene tránsito a todas horas, incluida ésta, o por la calle Goncharnaya, por la que a estas horas no pasa absolutamente nadie. La elección está clara.

La calle Goncharnaya es una calle especial. Parece haber resistido el paso del tiempo mucho mejor que otras y trata de agarrarse con especial ilusión a su pasado. Tras subir una cuesta muy empinada para Moscú y que hace subir las pulsaciones un poco, se llega al museo del icono, y más adelante se pasa por una serie de casas bajas medio oculta por la imponente mole del rascacielos Kotelnicheskaya que se ve desde cualquier sitio. La escasa gente que se ve a estas horas pasea sin prisa.

En la misma calle, un poco más lejos está la Iglesia de la Asunción de la Virgen, y sí que se van viendo algunos fieles y algún sacerdote que se van acercando por allí, porque se acerca la hora de la misa o, mejor dicho, del servicio, porque misa es palabra latina y entre los ortodoxos lo latino, muchas veces, produce escalofríos. Ya se ha terminado la subida y no queda sino llegar a la plaza Taganskaya, atravesarla por uno de los lados, y lanzarse cuesta abajo hasta el siguiente punto destacado en la ruta: el monasterio de Novospassky.

El monasterio de Novospassky tiene algo muy especial. Tanto, que lo dejo para una entrada específica, que sabe Dios cuándo podré escribir, porque ando sumamente liado y bastante tengo con respetar los entrenamientos que marca mi plan y que no son poca cosa. Pero eso será otro día.