miércoles, 1 de julio de 2009

El día del juicio (I)

Al final me decidí a ir. Quedé con la proletaria despedida en la estación de metro "Ryazansky Prospekt", que está lejísimos tanto de mi casa como de mi trabajo. El juicio era a las once de la mañana, como quedó dicho, y yo aparecí cosa de veinte minutos antes. A los cinco minutos, llegó Yollie.

- Fíjese, Alfor, ¡he llegado a tiempo!

Admirable, efectivamente. En todas las reuniones que habíamos mantenido el año pasado, Yollie se las había compuesto para llegar no menos de media hora tarde.

- Sí, sí, ya veo que sabe ¿Vamos al juzgado?
- Hemos de esperar a una persona ¡Ah, aquí está!

Se acercó un joven de alrededor de treinta años, vestido de sport. Yollie me lo presentó como Fedia.

- ¿Vamos? - pregunté.
- Huy, es un poco pronto. Vamos a fumar.

Yollie y Fedia se pusieron a fumar un cigarrillo, y luego otro. Y luego otro más. Y creo que ya se cortaron, porque se iba a hacer tarde, y nos fuimos hacia el juzgado. Qué pachorra, tú. Creo que voy entendiendo por qué Yollie llegaba tarde siempre: porque yo no soy juez. Ahí, ahí, acortando la esperanza de vida.

- Bueno -dijo Fedia-, pues se trata de que usted diga que Yollie ha estado trabajando en la empresa desde antes de noviembre, y quizá de que diga que no tiene nada que objetar a su trabajo.
- ¿Es usted abogado? - le pregunté a Fedia.
- Sí.
- Ah... - en España, a buenas horas iba a ir un abogado vestido de sport, ni siquiera uno laboralista. El juez se lo comía. - Bueno, pues tengo un correo desde su buzón del 24 de septiembre. He imprimido una copia. Puedo justificarlo oralmente, porque desde luego es una copia simple.
- Ah, vale.

Llegamos en esto al juzgado. Era un edificio cochambrosillo. A estos tíos les llevas a Valencia, a la Ciudad de la Justicia, y flipan en colores. Vamos, incluso en los juzgados anteriores flipan en colores. Qué digo en Valencia. Estos tíos flipan en el juzgado español más desastrado que fuéramos capaces de encontrar, y conozco bastantes.

La entrada era estrecha, maloliente, lóbrega y sucia. Más que un juzgado, parecía un calabozo. El detector de metales eran cuatro tablones de madera mal unidos con el dispositivo adosado al tablón superior. Nos identificamos y los encargados de seguridad, que por lo menos eran razonablemente amables, nos dejaron pasar. Digo razonablemente amables para lo que es Moscú. En Valencia, pones a dos tíos con una actitud así en los juzgados y al día siguiente tienes el maltrato a los usuarios de la Justicia en primera página de los panfletos locales.

Como en todos los edificios públicos de estilo soviético, a partir de ahí comenzó un desbarajuste de pasillos, escaleras ascendentes, escaleras descendentes, ascensores y pasadizos poco menos que secretos. Yo no sé cómo lo hacen, pero incluso en el edificio más birria consiguen construir un laberinto que ríete del de Creta. El abogado, sin embargo, ya debía conocer bien el lugar, porque sólo dudó en el camino un par de veces. Finalmente, llegamos a la puerta del juzgado que debía conocer de nuestro caso, y aún faltaban un par de minutos para las once. Fedia, el abogado, seguía ahí, tranquilo y vestido de calle.

- ¿No tienen sala de togas aquí? - pregunté.
- ¿Qué?
- Olvídelo. Aquí los abogados no se ponen toga, ¿no?
- No. Sólo los jueces ¿En España se ponen toga?
- En España los abogados llevamos toga en los juicios.
- ¿Y peluca?
- No. Peluca no.

El ambiente en el pasillo era bastante agobiante. En Rusia no hay prácticamente división de jurisdicciones, salvo la mercantil (precisamente la que nunca habíamos tenido en España hasta hace muy poco), así que el mismo juzgado podía estar conociendo de asuntos totalmente diferentes, civiles, penales, laborales o administrativos. Digo que el ambiente era agobiante, porque no sólo es que no hubiera la menor ventilación e hiciera un calor cruel, en contraste con el frío que hacía en la calle, es que además el pasillo estaba trufado de inmigrantes "presuntamente" ilegales esposados, que evidentemente llevaban algún tiempo en prisión preventiva y que, no menos evidentemente, llevaban tanto tiempo sin ducharse como en prisión preventiva. O más.

En esto, llegó una señora con una cara de amargura infinita que aparentaba ochenta años, pero que probablemente no pasara de la mitad.

- ¿Nos han llamado? - le preguntó a Fedia.
- Aún no - respondió éste.

La señora fue a sentarse algo más lejos.

- Es la abogada de la defensa - me dijo Yollie.
- No parece muy animada.
- No.

Salieron las partes del juicio anterior. Como era evidente que nos iban a llamar dentro de poco, aproveché para darme una vuelta por el pasillo, superando el reparo de ser el único que llevaba traje en todo el recinto. Al pasillo daban multitud de puertas, muchas de las cuales eran de distintos juzgados, junto a las cuales estaban colgados los señalamientos de la semana. De la semana. Cuando me di cuenta de que las cosas no eran tan improvisadas como me había dado a entender Yollie la víspera, decidí someterla a un interrogatorio, así que volví junto a ella.

- Yollie...
- ¿Sí?
- Usted sabía desde antes de ayer por la tarde, cuando me llamó, que tenía hoy la vista, ¿verdad?

Yollie pareció comprender que esta vez no me iba a conformar con la excusa habitual de "Es que esto es Rusia" y que estaba algo mosca.

(continuará)

lunes, 29 de junio de 2009

Conflictividad laboral

La crisis continúa haciendo de las suyas en Rusia, y ahora le está tocando al mercado de trabajo. Supongo que sabéis que, quien más quien menos, todo quisqui dice que en España es necesario reformar el mercado de trabajo para salir un poco de la crisis. Con independencia de esa circunstancia, veamos lo que pasa en Rusia.

En Rusia uno podría pensar que el trabajador está protegidísimo, como buen país ex-comunista al que algo habrá quedado del socialismo. Pues no. En Rusia, existe de hecho el despido libre mucho más que en España, en que al final el empresario se libra de ti, pero sólo después de una compleja (y cara) batalla en los juzgados, y pagándote un buen pico. Eso si eres fijo, o te echan antes de que se te acabe el contrato. Si eres temporal, lo siento, muchacho.

En Rusia, el empresario puede simplemente reducir el número de empleados y pagar a los que eche dos meses de salario, con independencia del tiempo que lleven en la empresa. En cambio, si lo que el empresario quiere es librarse de un empleado calamitoso, el procedimiento es un pelín más farragoso y requiere un par de advertencias por escrito, audiencia del sindicato y más paripés. Eso el procedimiento legal. El ilegal es menos farragoso y más efectivo, pero lo malo, claro, es que es ilegal e incluso aquí hay empresarios a los que no les mola eso.

En las grandes empresas, muchas de ellas públicas o semipúblicas, que son las que parten el bacalao en Rusia, los trabajadores, más o menos como en la época soviética, hacen como que trabajan y a cambio cobran cuatro duros que les dan para malvivir. En cambio, en las pequeñas empresas de servicios que han surgido como setas en sitios como Moscú, las circunstancias eran muy distintas. En la Unión Soviética el sector servicios estaba muy desprestigiado en relación con los que hacían cosas. Los abogados y economistas no estaban bien considerados; las relaciones públicas eran una quimera y la publicidad una maldición burguesa (qué gran verdad, por cierto); en cambio, todo el mundo quería ser ingeniero u obrero del metal, que era lo socialista y lo que molaba.

Claro, entretanto las cosas han cambiado un poquito. En cuanto llegó la libre empresa, se descubrió que no había abogados ni economistas, ni publicistas, ni diseñadores, ni cantamañanas varios capaces de comunicarse en inglés. Con lo cual, durante los años putinistas de auge económico, los pocos profesionales de este ramo que había se han hecho de oro, porque la demanda era brutal. Pero hay otra consecuencia: que, cuando hacían falta profesionales y no había manera de encontrarlos, la solución consistió en poner a cualquier mindundi a hacer cosas para las que no estaba preparado.

Así ocurrió con la agencia de relaciones públicas con la que tuve mis dimes y diretes, con el equipo formado por Jasp y Yuppie, y en el que además había una directora de relaciones con los clientes, a la que llamaremos Yollie, a la que vi tres veces en todo el tiempo que trabajamos con ellos. No está mal, para ser directora de relaciones con clientes, ¿eh? Quizá la chica estaba un poco cohibida, porque las reuniones con nosotros eran en inglés por exigencias del guión y, como su inglés no llegaba ni a la primera lección de "Follow me", tenía que venir a las reuniones con intérprete. Cuando eres una consultora internacional de relaciones públicas, casi todos tus clientes son extranjeros, y tú eres la directora de relaciones con clientes, da la impresión de que sólo con el ruso no vas a salir adelante. Pero tan escasa era la oferta de profesionales, que incluso gente como Yollie encontraba trabajos excelentes.

La crisis económica ha tenido la virtud de hacer una limpieza radical. Los clientes hemos tenido que apretarnos el cinturón y recortar gastos, y lo normal es que los gastos que empieces a recortar son los suntuarios y menos necesarios. En este sentido, nuestro presupuesto de relaciones públicas se ha llevado un tijeretazo bastante fuerte, y no sólo el nuestro, sino el de casi todo el mundo. Claro, las agencias de relaciones públicas tienen que comer, pero, si no tienen clientes, la cosa se les pone fea, con lo cual su reacción ha sido, también, la de recortar gastos, en este caso los de personal. Jasp tuvo que ir a buscarse las habichuelas a otro lugar, Yuppie (quizá ayudada por las lamentaciones de cierto cliente por su conducta sexual poco implícita) también acabó en otra empresa, y poco después fuimos nosotros los que les dijimos adiós hasta tiempos mejores.

Es por eso por lo que, el otro día, me sorprendió recibir una llamada de Yollie.

- ¿Alfor?
- ¿Yollie? ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va todo?
- Bien, bien, ¿y a usted?
- No podemos quejarnos.
- Alfor, le llamo porque finalmente no terminamos bien con la agencia. No me pagaban, me despidieron, pero no me quieren pagar desde agosto, que es desde cuando estuve trabajando, sino sólo desde noviembre.
- Oh, vaya, lo siento mucho.
- Les he demandado. Y, como usted era mi cliente, querría que fuera a testificar. Entiéndame, podría convocarlo por vía del juzgado, pero eso no me parece muy correcto, y he preferido llamarle a usted.
- Ha hecho bien. Por supuesto que le ayudaré en lo que pueda. De todas formas, tengo que ver desde cuándo tengo correspondencia suya para poder testificar con fundamento, porque no estoy muy seguro de que nos viéramos antes de noviembre.

Revise el histórico de mi correo, y resultó que encontré un correo suyo del 24 de septiembre.

- Bueno, estoy dispuesto a testificar que recibí un correo desde su dirección de correo del trabajo el 24 de septiembre. Espero que eso le ayude ¿Cuándo cree que será la vista?
- Mañana a las once.
- ¿Quéeeee? ¿Cómo que mañana a las once?
- Mañana a las once.

"¿Y cómo quería convocarme mediante una citación judicial? ¿Con la máquina del tiempo?"

- Oiga, ¿y no podía habérmelo dicho antes?
- Es que esto es Rusia (Это Россия).

No sé si lo he escrito antes, pero el "Es que esto es Rusia" es la excusa universal con la que los rusos encubren sus meteduras de pata. Cuando hacen algo mal, la culpa nunca es de ellos: es de Rusia.

Casualmente, a la mañana siguiente no tenía nada urgente que hacer, así que decidí proteger a la proletaria despedida de sus pérfidos capitalistas explotadores. Y, de paso, esta bitácora va a penetrar en un juzgado ruso. Casi nada...

viernes, 26 de junio de 2009

Resaca electoral (II)

Acabados los asuntillos religiosos, toca ahora retomar la forma según la que España organiza, o algo así, el sufragio de los residentes en el extranjero. Algo de eso ya vimos hace unas cuantas entradas, y nos habíamos quedado en el momento en que me llamaron del Consulado para regularizar mi situación.

- Estamos revisando el censo electoral, y no nos apareces, a pesar de que te tenemos registrado aquí en el registro de españoles desde hace muchísimo tiempo.
- Son cosas de los conspiradores europeístas, que no querían que votase en contra en el referéndum de la constitución europea y han debido reempadronarme en Valencia.
- ¿Quéeee? - ¿os había dicho que en el Consulado a veces no tienen sentido del humor?
- Bueno, olvídalo. Que sí, que no estoy en el censo electoral ¿Qué hago?
- Tienes que rellenar un formulario.

A los pocos días me puse a rellenar el formulario. Para que no hubiera más lío, decidí meterme en el censo de mi pueblo, que para eso es mío, en lugar de en Valencia, donde me quieren demasiado y me empadronan automáticamente cada dos por tres.

En las últimas elecciones europeas, se supone que, gracias a las gestiones del Consulado, hubiera podido votar. Pero veamos cual fue el calendario electoral, que vosotros mismos podéis ver en esta página oficial.

Normalmente no hay problemas, y aun así llegan tarde las papeletas, pero en este caso, por si fuera poco, sí que los hubo. El Gobierno decidió que la candidatura de Iniciativa Internacionalista no estaba conforme con la ley de partidos (por cierto, me voy a callar lo que pienso de la ley de partidos, que luego hay lío), con lo que hubo recurso ante el Tribunal Constitucional, la proclamación de candidaturas se retrasó y, claro, si no proclamas las candidaturas, no imprimes las papeletas. Y, si no imprimes las papeletas, no las envías por correo a los lugares, como Moscú, donde hay votantes. Y, si no las envías, los votantes, como Alfor, se quedan con dos pares de narices.

En los plazos en que se acabaron planteando las cosas, era imposible que llegasen las papeletas a tiempo. Lo que pasa es que, curiosamente, el día de las elecciones no me pilló en Moscú, sino casualmente en Valencia, o sea, que si no fuera porque el Consulado me había vuelto a incluir en el censo de Moscú, hubiera podido acercarme simplemente al colegio electoral de toda la vida y votar como todo hijo de vecino.

A las ocho menos cinco, a punto de cerrarse las mesas electorales, me acerqué por casa de mis padres.

- Pues al final nos hemos animado y hemos votado - dijo mi padre.
- ¡Vaya! ¡Yo pensaba que os quedaríais en casa!
- No, no, que hemos ido. La señora nos ha buscado allí en las hojas, y casi nos confunde contigo.
- ¿Con... migo?
- Sí, primero dijo tu nombre, pero luego ya me encontró a mí.
- Pero... si se supone que estoy empadronado en Moscú, y que aquí no puedo estar en el censo.
- Pues sí que estás.

Miré al reloj. Estaban dando las ocho, y los colegios electorales estaban cerrando.

Malditos conspiradores europeístas. Parece que supieran lo que iba a votar.

Al volver a Moscú, efectivamente, las papeletas habían llegado. Las de Alfina, de la circunscripción de Madrid (la circunscripción europea es única, pero las papeletas tienen algunas diferencias según la junta), Las mías nunca llegaron y nunca llegarán, porque yo no sé qué narices hizo el Consulado, pero el caso es que sigo férreamente anclado en el censo electoral de Valencia y, por tanto, condenado a la opción politica que ganó las elecciones: la abstención.

miércoles, 24 de junio de 2009

Rencillas religiosas (y IV). El divorcio.

Con esta entrada termina la serie. Hasta ahora, habíamos visto diferencias en las que la Iglesia Ortodoxa se ponía intransigente y la Iglesia Católica no le daba tantísima importancia (como el filioque o la liturgia), o bien una un poquito más difícil de solucionar (la primacía del Papa). Ahora toca una diferencia a la que, al revés, los ortodoxos no le dan una importancia decisiva, pero que para los católicos es innegociable: la indisolubilidad del matrimonio ¿Os acordáis de la boda ortodoxa de hace unas cuantas entradas, que fue la que me dio pie a toda esta serie? Pues sólo ahora llegamos al asunto de la misma. Cómo se nota que me hago mayor y que antes de llegar al grano me pongo a contar batallitas en plan abuelo Cebolleta.

Como la práctica totalidad de los que leéis esto vivís o procedéis de países católicos, no es ningún descubrimiento que la Iglesia Católica considera el matrimonio canónico un sacramento y que, además, lo considera indisoluble, o sea, que una vez contraído válidamente (y consumado), los flamantes cónyuges tienen que aguantarse mutuamente hasta que uno de los dos pase a mejor vida (bueno, si se había portado bien; si no, a achicharrarse toca). Hay dos excepciones algo controvertidas, los privilegios paulino y petrino, que desvirtúan un poco la cuestión y que son para nota, y para nota muy alta, pero bueno, fuera de eso, una vez te has casado, chico, casado te quedarás.

Los ortodoxos, no. Los ortodoxos se divorcian, y ahora cabe preguntar, ¿a qué viene eso? ¿No decía todo el mundo que eran tan "atrasados" y retrógados? ¿No es "modelno" el divorcio?

En el asunto del matrimonio, y como ya habéis leído si conocéis un poco el Nuevo Testamento, hay un momento en que a Jesucristo le preguntan si le es lícito al marido separarse de su mujer, como había permitido Moisés (eso sí, dándole a la mujer un acta de repudio, al menos que quede documentado el asunto). Jesucristo les dice que ni flores, y viene a añadir que si Moisés les dejó hacerlo es porque eran una banda de tozudos.

Como ya sabéis también, o deberíais saber, los evangelios son cuatro, y además tres de ellos, llamados sinópticos, coinciden en muchísimas cosas. El cuarto, el de Juan, va más a su bola. Bueno, pues el episodio anterior lo relatan los cuatro evangelistas, con palabras parecidas, pero no iguales.

Y aquí viene el lío, porque Mateo y Juan dicen que no es lícito a un hombre repudiar a su esposa (el caso contrario era entonces impensable), fuera del caso de adulterio. Marcos y Lucas omiten estas palabras, y además la cosa se complica más, porque otra traducción posible de las mismas es "fuera del caso de unión ilegal", o sea, cuando no había habido matrimonio (entonces, claro, tampoco había divorcio).

La Iglesia Católica sigue a Marcos. Después de todo, era discípulo y probablemente secretario de Pedro, lo cual, ciertamente, en Roma no puede menos que dar autoridad. Si veis el Catecismo de la Iglesia Católica, ya os daréis cuenta de que en esta materia Marcos está profusamente citado. Mateo también, pero menos.

La Iglesia Ortodoxa, en cambio, se ha tirado a la interpretación menos rigorista y comenzó a admitir el divorcio vincular en casos de adulterio. Bueno, el que puede pedir el divorcio, que quede claro, es el cónyuge que no ha cometido adulterio. Si no, ¡qué fácil! Te pillas la juerga loca y, además, te libras del marido/mujer e igual hasta le pringas pasta. Bueno, pues no. La Iglesia Ortodoxa no llega a esos extremos.

Lo que ocurre es que, como siempre que abres una rendijilla en la puerta, comienzan a pasar cosas que no estaban previstas al principio. Con el tiempo, los popes han comenzado a interpretar las cosas en sentido amplio (cosa que los juristas sabemos que nunca hay que hacer con las excepciones, y esto lo es), y ahora ya admiten el divorcio en muchos más casos, como el de enfermedad mental ¿No habíamos en que en la salud y en la enfermedad? Bueno, pues depende de qué enfermedad. La mental mola menos. Además, como muchos casos de alcoholismo acaban en enfermedad mental, y en Rusia otra cosa no, pero casos de alcoholismo hay más que de sobra, la cosa es más frecuente de lo que pueda parecer, amén de que ya digo la tendencia es a interpretar las cosas con mano ancha.

Por alguna razón que nadie me ha explicado, hay un límite: uno se puede volver a casar tras un divorcio dos veces más, cada vez con menor solemnidad, y ni una más. Así que Liz Taylor no entraría. Enrique VIII creo que sí, porque la mayor parte de las veces disolvía sus matrimonios eliminando directamente al cónyuge, cosa que en todas las religiones acaba drasticamente con el vínculo. Por qué tres, y no treinta, es cosa oscura, porque desde luego a uno se la pueden pegar más de tres veces. Parece que a la cuarta que se la pegan a uno ya se aplica Marcos, y no Mateo.

Claro, cuando llegamos a las conversaciones ecuménicas, y aparece este asunto, los católicos acusamos a los ortodoxos de que ese matrimonio que se puede separar una, dos y tres veces no es sacramento ni na. Y en ésas estamos. Así que, si entre los lectores de esto hay alguno relacionado con ortodoxo ruso y pretende casarse por la Iglesia, que sepa dónde se mete, porque su cónyuge puede estar pensando en otra cosa al casarse. Desde el punto de vista jurídico, y no sé si sirve de consuelo, podría ser causa de nulidad por incomprensión de las cualidades esenciales de matrimonio.

Eso sí, si los novios no esquivaran los cursillos prematrimoniales como si fueran la declaración de renta, y si muchos curas no fueran unas madres, y no unos padres, y no firmaran certicados de haber pasado cursillos imaginarios, al menos sabríamos de qué estamos hablando. Pero bueno, ésa es otra guerra.

lunes, 22 de junio de 2009

Rencillas religiosas (III)

La diferencia más llamativa entre las Iglesias Católica y Ortodoxa es posiblemente el celibato sacerdotal. Simplificando las cosas, y simplificándolas demasiado, ello quiere decir que los curas católicos no se casan y los ortodoxos sí, ¿verdad?

Pues no exactamente. Es lo malo que tiene simplificar. Porque de hecho hay curas católicos casados y hay sacerdotes ortodoxos solteros. Eso sin hablar de los religiosos (los monjes, vamos), en los que hay coincidencia completa: ni los católicos ni los ortodoxos se casan. Y sin hablar de los sacerdotes católicos que se casan después de ser ordenados y que salvo casos excepcionales no pueden ejercer su ministerio, pero que siguen siendo sacerdotes para siempre. Aunque ya en los magníficos comentarios a la entrada anterior salió el asunto, voy a dejarlo escrito en el cuerpo de una entrada.

Primer punto: los sacerdotes católicos de rito latino no están casados nunca, vale, pero entre los de rito oriental, esas famosas iglesias uniatas externamente tan parecidas a los ortodoxos, pero cuyos miembros son tan católicos como Benedicto XVI, sí que los hay casados, y hasta he leído que hay alguno por España ejerciendo la cura de almas como si tal cosa.

Segundo punto: no todos los sacerdotes ortodoxos están casados (siempre antes de ordenarse, en todo caso). Si van destinados al episcopado (useáse, a ser obispos y quién sabe si algo más), también tienen vedado el matrimonio.

Ahora ya la diferencia enorme y llamativa se ha quedado en mucho menos, ¿a que sí? De hecho, San Pedro, que evidentemente era católico, evidentemente estuvo casado (tenía suegra), y el tío llegó bastante alto en la Iglesia. Vamos, que la Iglesia Católica podría quitar la norma en cualquier momento (al igual que no la aplica en el caso de los sacerdotes católicos de rito oriental), y no habría forma de decir "ah, pues no, que eso no lo pone en ningún sitio".

Dicho esto, yo, cuando era un jovencito imberbe e inexperto, era partidario de que los sacerdotes se casaran si les parecía. Ahora, que ya no soy jovencito, ni mucho menos imberbe y que además soy padre de familia numerosa, creo que los sacerdotes están muy bien solteros. Como son gente que ligaría mucho, así los que nunca nos hemos comido un rosco nos quitaríamos rivales de enmedio; para mí ya es tarde, pero me solidarizo con quienes están en situación distinta a la mía. Pero es que, además, y eso es lo más importante, los churumbeles dan un trabajo del quince, así que al presbítero casado y con hijos no le quedará más remedio que elegir entre sacar adelante a los críos o preocuparse por su parroquia, porque no hay tiempo para todo. El día tiene 24 horas y no parece que vayan a aumentar próximamente.

Vamos, cuando llego a casa y me tengo que ocupar de los tres bichejos dando guerra (son muy buenos, pero algún pronto ya tienen, ya), con Ame dando patadas a todo lo que se mueve, Abi ignorando olímpicamente al mundo que le rodea después de haber hecho una trastada, y Ro berreando a grito pelado que el mundo no es justo y que se han portado mal con ella, mientras les tengo que dar clase y no doy abasto a todo lo que hay que hacer, me pregunto, superado: ¿Cómo narices lo hacen los curas ortodoxos para, además, llevar una parroquia a tiempo completo? Yo no podría...

(Y ya sólo queda una entrada de la serie, que, además, es bastante más importante de lo que parece, aunque también es bastante desconocida)

viernes, 19 de junio de 2009

Rencillas religiosas (II)

Como me siguen preguntando incesantemente cuáles son las diferencias entre los católios y los ortodoxos, y yo en la penúltima entrada dejé la cuestión incompleta, creo que voy a interrumpir mis exabru... digooo, opiniones sobre cómo organiza España el voto de los españoles que vivimos fuera de nuestras fronteras, y voy a seguir deslindando ambas confesiones.

Decía, después de escribir sobre el "filioque" y la autoridad papal, que hay dos cuestiones aparentemente importantes, pero que no lo son, o no lo deberían ser, tanto:

1.- La primera, la liturgia. La liturgia ortodoxa es muuuuy distinta a la católica, y no digamos después del Concilio Vaticano II y de la implantación prácticamente exclusiva del "Novus Ordo Missae". En primer lugar, es en eslavo antiguo, tal y como la liturgia católica era en latín (y algunos creemos que debería seguir siéndolo); pero es que además es que es mucho más rica en simbología, prácticamente como todo el Oriente. En el Occidente empirista el concepto de signo, que en Oriente es muy natural, tiene que entrar con un calzador bastante fuerte, y así es como la liturgia católica, además de en lengua más vernácula y menos "católica", resulta ser más simple. Que no sé si es bueno o malo, pero es así.

Curiosamente, no es una cuestión litigiosa. Y no lo es porque dentro de la Iglesia Católica hay una multiplicidad de liturgias bastante importante, con lo que aceptar la ortodoxa no significa ningún problema. El Novus Ordo (vamos, la misa que veréis si os acercáis a la iglesia más cercana) es con mucho la más frecuente, pero ahora os podéis encontrar con la liturgia mozárabe, con la misa tradicional (gracias, Benedicto :) )... y también con la propia liturgia bizántina, que es la que han conservado las iglesias uniatas, que son tan católicas como el obispo de Roma y que, sin embargo, externamente parecen totalmente ortodoxas.

Es más: un católico estándar ruso es MUY diferente a un católico estándar español. Un católico estándar ruso es liturgista, se sabe todas las oraciones en latín, sabe un montón, es rabiosamente conservador y sabe por qué, le gusta que las mujeres estén en el templo con la cabeza cubierta (entre los ortodoxos es prácticamente obligatorio, aunque se ve cierta relajación últimamente), mira con desconfianza las guitarras en misa, con lo bonito que es el órgano, y ni se te ocurra sugerir que, si no hay monaguillos, a lo mejor podía haber monaguillas. No, señor, un católico ruso ha sido un tío al que le han puesto históricamente todo tipo de pegas y ha resistido a pie firme.

Un católico estándar español es litúrgicamente un dejado, del que se puede decir literalmente que no se sabe de la misa la media. Es un tío que siempre lo ha tenido fácil para ser católico y que, en cuanto vienen mal dadas, abandona las trincheras sin demasiados remordimientos.

Vamos, que los católicos no hacemos un campo de batalla de la cuestión litúrgica. Los ortodoxos sí: los ortodoxos hacen un campo de batalla de casi cualquier cosa.

2.- La segunda cuestión poco importante es que haya presbíteros casados. Un presbítero es lo que el vulgo conoce como sacerdote o cura.

En este punto, y también lo veremos en el siguiente, la Iglesia Católica, a la que habíamos visto bastante menos rígida que la ortodoxa hasta el momento, se convierte en bastante más severa.

Pero eso queda para la próxima, que hoy se hace tarde. Tardísimo, leches.

miércoles, 17 de junio de 2009

Resaca electoral

Vengo de pasar por España toda la semana pasada por asuntos que no vienen al caso, y he tenido la oportunidad de vivir como mis compatriotas, pero no yo, han elegido a sus representantes (bueno, también son mis representantes) en el Parlamento Europeo. Y preguntaréis: pero, ¿cómo? ¿Alfor es un antisistema, un protestón o un pasota y no ejerce su sacrosanto derecho al voto? ¿O acaso Alfor carece de derecho al voto?

Pues sí, como casi todos los residentes en el extranjero, y desde luego todos los residentes en Rusia, soy un español sin derecho a voto. O, si se quiere, con un derecho al voto meramente teórico, que el Gobierno español de hecho no me permite ejercer.

Al volver a Moscú, me he encontrado con las papeletas de voto dentro de un sobre, listas para ser presentadas en el Consulado de España, o en la Oficina de Correos de mi elección... si hubieran llegado una semana antes, claro. Allí estaban, en una pulcra lista cerrada y bloqueada, los candidatos de Extremadura Unida, los de Andecha Astur, los de Unión Valenciana... vamos, que luego nos quejamos de que no se respeta el medio ambiente y de que andamos fatal de cumplimiento del Protocolo de Kioto, pero ahí había papeletas de todo quisqui, además de un montón de papelorios para votar por correo. Pero las elecciones fueron hace diez días.

La última vez que tuve el honor, o lo que sea, de votar, fue en el ya lejano 2004, y no sólo fue la última, sino que prácticamente fue la primera desde que llegué a Rusia. Voy a relatar cómo funciona (bueno, funcionar es mucho decir) lo del voto de los residentes en el extranjero, por el ejemplo de 2004.

En 2004, todos recordáis seguramente que las elecciones generales tuvieron lugar un 14 de marzo, pocos días después de cierto atentado de triste recuerdo. Bueno, pues en aquel tiempo yo estaba de rodríguez en Moscú, mientras el resto de mi familia, que había aumentado un par de meses antes, andaba por España; el 28 de febrero tenía billetes de avión para reunirme con ellos y pasarme un mes por allí. Las papeletas electorales llegaron antes, el 23 de febrero, con lo que yo tuve tiempo de reflexionar tranquilamente, desplazarme al Consulado español en Moscú, votar al Senado a un amigo mío que se presentaba por Valencia (y que, lamentablemente, no salió elegido) y a otros dos señores de los que había oído hablar bien (y que corrieron la misma suerte que mi amigo), y dejar en blanco la papeleta del Congreso. Al día siguiente tome el avión a España tan campante, y hoy puedo decir que el atentado del 11-M no influyó en absoluto en mi voto.

Bueno, pues ésa fue la última vez.

Las siguientes votaciones eran el referéndum de la llamada Constitución europea, en febrero de 2005. Como había un par de cosas, e incluso muchos pares de cosas, que no me gustaban de ese texto, me preparé a votar en contra; pero no parece sino que nuestros servicios de espionaje lo supieran con antelación, porque en año nuevo, al abrir mi casilla de correo en Valencia, encontré entre los cientos de cartas una del ayuntamiento de Valencia en la que me notificaban que, de acuerdo con mi solicitud, me daban de alta en el padrón y en el censo electoral de Valencia. Y que podía recurrir contra la resolución en el plazo de quince días.

La solicitud a la que se referían la debió escribir un impostor europeísta, pero desde luego yo no fui. Y, comoquiera que en mis vacaciones no me dedico a recurrir resoluciones absurdas, allí que me quedé, empadronado en mi Valencia natal y, de paso, sin derecho a voto, porque el referéndum tuvo lugar tres semanas después y allí no hubo nada que hacer.

Cabreado por el suceso, desde entonces he pasado a engrosar las filas de los abstencionistas, no tengo muy claro si por propia voluntad o porque no tengo más remedio, ya que desde entonces no he vuelto a ver una papeleta electoral. Las elecciones autonómicas y municipales de 2007 pasaron sin que este sufrido valenciano pudiera expresar sus preferencias sobre si quería que los peperos se llevaran el gato al agua; las generales de 2008 se convocaron, se prepararon, las ganaron los sociatas, y servidor aún está esperando la oportunidad de hacer algo con ellas. Al menos, me consta que el amigo que se presentó al Senado en el 2004 ya no se presentaba, con lo que tampoco es que me importara demasiado. Y es que, ya que el sistema no me quiere, parece justo que yo responda al sistema con el mismo cariño.

En esto, recibí una llamada de la unidad de atención a españoles del Consulado de España en Moscú.

Pero eso mejor lo dejamos para la próxima. Como siempre...