Visto que las campanas levantan más pasiones de lo que parecía en un principio, voy a continuar con ellas, habida cuenta de la existencia de una corriente campanófoba de importancia. Y es que, efectivamente, puedo comprender que las campanas sean un molesto recuerdo para quienes están de vuelta de todo lo que representan.La ciudad más emblemática de Rusia, en lo que a campanería se refiere, es Yaroslavl, que está a unos cuatrocientos kilómetros mal contados al norte de Moscú, en la confluencia de los ríos Volga y Kotorosl. Las mejores campanas de Rusia se fundían allí y viajaban a todos los confines del imperio, pero, en esta ocasión, en casa del herrero no había campana de palo, sino que lo mejor de lo mejor se quedaba en casa, en las numerosas iglesias y monasterios de la ciudad, para tañerlas a gusto.
En esto, llegó el año 1917 y lo de las campanas empezó a estar, no ya pasado de moda, sino directamente mal visto por las nuevas autoridades bolcheviques, sumamente beligerantes, sólo que en sentido negativo, en lo tocante a religión. En Yaroslavl se distiguió por su actuación una llamada "Unión de Ateos Militantes", que, de momento, le tomó ojeriza al asunto de las campanas. Pues bien, la susodicha Unión de Ateos Militantes se dedicó con empeño a recoger firmas entre los obreros de Yaroslavl para un manifiesto en el que los firmantes, supuestamente, pedían la supresión de las campanas, porque el ruido "les molestaba en su trabajo". Los obreros firmaron masivamente. Si alguno opuso un principio de resistencia, fue rápidamente convencido de la conveniencia de sentirse molestado por las campanas, o afrontar un viaje a unos campamentos que las autoridades soviéticas estaban organizando unos cuantos centenares de kilómetros al norte, destinados a gente tan levantisca, insurrecta o insolidaria como ellos. Y, claro, presentado el manifiesto a las autoridades, éstas, probablemente con lágrimas en los ojos, no tuvieron más remedio que acceder a las súplicas de los obreros y prohibir radicalmente el uso (y, por tanto, abuso) de las campanas.
Conseguido el primer éxito de hacer callar las campanas de la ciudad más campanuda de Rusia, la Unión de Ateos Militantes, que debía andar algo desficiosa, se dedicó a proponer el derribo, no ya de campanarios, sino de iglesias enteras, directamente. De momento, le echaron el ojo a la iglesia de la foto, la maravillosa Iglesia del Profeta Elías, que, en su ubicación a un lado de la plaza Soviétskaya, estorbaba sobremanera los grandiosos proyectos proletarios que abrigaban las autoridades locales.
Como la foto la hice yo hace año y medio, es evidente que la Unión de Ateos Militantes (gracias a Dios, porque la Iglesia del Profeta Elías es un prodigio) pinchó en esta ocasión en hueso, pero, como se hace tarde, dejo para otro día el tira y afloja que hubo alrededor de ella.

