lunes, 17 de septiembre de 2012

Dominicos (II)

La librería del monasterio estaba recubierta con una serie de estanterías repletas de libros polvorientos, pero desde luego no eran incunables. Como la portera había dicho, se veía bien a las claras que eran recién traídos de Alemania o Inglaterra.

La mayoría eran libros alemanes con claro origen en bibliotecas eclesiales católicas. Estaba el famoso Denzinger, en una edición de mitad del siglo XX, y varios otros libracos de consulta habitual y origen seguro en diversas facultades alemanas de Teología Católica. La mayoría eran libros de mediados del siglo pasado, y algún otro escapado de finales del siglo XIX. Un sitio muy chulo para curiosear y para pasarse horas mirando libros. Para el canonista aficionado, el sitio merecía la pena: había unos comentarios del Código de Derecho Canónico de 1917, escritos en 1923, que poco o nada pueden aprovechar al práctico actual, porque el actual código es de 1983, pero para el canonista historiador debían ser una delicia.

En el piso de abajo, que era donde estaba el meollo de lo visitable, había también unos cuantos estantes llenos de libros similares a los anteriores, con una pequeña lámpara de mesa encendida, como para dar sensación de celda de trabajo.

En la sala central era donde, muy probablemente, el coro ensayaba. Me puse a entonar la escala musical, para ver el efecto acústico; como saben los que me han oído cantar, "entonar" no es precisamente la palabra más adecuada para describir mi actividad vocal. Así y todo, se notaba una acústica muy buena, y eso que los años habían pasado por allí y dejando una huella bastante patente.

Y no sólo los años. El monasterio permaneció sin grandes acontecimientos en Tallinn hasta principios del siglo XVI, cuando tuvo lugar la reforma protestante. Lutero, como es bien sabido, era un monje agustino que detestaba el monacato, y así, allí donde pudo imponerse, los monasterios fueron suprimidos. Una de las primeras ciudades que se adhirieron al luteranismo fue, precisamente, Estonia, en el temprano 1524, y así los dominicos fueron expulsados y el monasterio quedó vacío, al igual que sucedió, algo más tarde, con la impresionante catedral de Tartu, sede del obispado desde el que se había evangelizado Estonia.

Las cosas vacías acaban por venirse abajo, y así fue como al monasterio dominico le fueron cayendo males encima, el más decisivo de los cuales fue el incendio de 1531. Durante los años posteriores, algunas partes del antiguo monasterio pasaron a ser viviendas particulares y el edificio cayó en un estado bastante cochambroso. En Tallínn, durante la dominación sueca, y puesto que los suecos eran protestantes, no hubo catolicismo, al menos en abierto. Pero los suecos perdieron la guerra del Norte contra los rusos, así, que, desde comienzos del siglo XVIII, éstos eran los que cortaban el bacalao.

Con los repartos de Polonia, la población católica del Imperio Ruso se incrementó notablemente, así que Catalina II, como ya quedó dicho en otra ocasión, fundó un obispado católico y Estonia cayó dentro del mismo.

A finales de 1845, en Tallinn, apareció la iglesia de San Pedro y San Pablo, aprovechando una parte de lo que había sido el convento dominico. Y así sigue hasta hoy, aunque entre 1845 y la actualidad han pasado más de una y más de dos cosas.

Cuando hube cantado lo suficiente, pasé a la siguiente fase de las recomendaciones de la portera y aproximé las manos, sin tocarlas, a ver si realmente pasaba la energía.

La verdad es que no noté absolutamente nada. Se suponía que tenía que notar un calor entre las manos, pero mi cuerpo debe ser un pésimo conductor de la energía. Me entretuve aún dando una vuelta por el claustro, que necesita unas cuantas reparaciones, y ya salí a donde estaba la abuelita.

- ¿Que? ¿Ha pasado la energía por su cuerpo?
- Pues... yo no he notado nada.
- Bueno. Ya pasará.

Seguramente.

- Mire. Le voy a enseñar unas fotografías mías.
- ¿Sí?
- Sí. Las tengo aquí. Mire estas nubes. Están formando mi nombre: Raisa.
- ¿Se llama usted así?
- Así me llamo. Y mire esta otra fotografía. El cielo está formando como dos manos, ¿no lo ve?
- Lo veo, sí.
- Y en esta fotografía no sé qué hay, pero es inquietante.
- Parece un puño.
- ¿Un puño? No... no es un puño.

Y se quedó mirando la foto un buen rato.

- No sé qué es. Pero es como si el cielo nos quisiera decir algo.
- Podría ser.
- Tengo más fotografías, pero parece que viene gente... no, ya se van... ¿De dónde es usted?
- Soy español.
- Español... sus antepasados construyeron este monasterio ¿Y qué profesión tiene usted?
- Soy jurista. Abogado.
- ¡Abogado!
- Sí.
- Si tuviéramos tiempo, nos ayudaría usted con el presidente de mi comunidad de vecinos. Todos queremos echarle, pero es imposible. No hay manera.
- Y, si todos quieren echarle, ¿cómo no lo consiguen?
- ¡No lo sé! Es un truhan y nos roba. Pero no hay manera de echarle.
- Si todos están de acuerdo...
- Nada. Es imposible. Pero ahora sí que parece que viene gente...

Así era. Un par de turistas rubios entraron en la sala, y yo me aparté.

- Drei euro, three euro...

Los turistas intentaron hacerse comprender y preguntaron qué había expuesto para merecer tal precio. Yo gané la salida y ya me dirigí al siguiente objetivo, que era la propia catedral de San Pedro y San Pablo, a la vuelta de la esquina, donde había cuatro misas dominicales: una en inglés, otra en estonio, una tercera en polaco y la cuarta en ruso, y no había más, ni yo me quería perder ésta.

El administrador de la comunidad de vecinos de la abuelita, de todas maneras, poco iba a tener que temer de un abogado extranjero. Al menos, mientras fuera pacífico.