viernes, 26 de agosto de 2011

El viaje (III): La piedra azul

En los albores de la Historia, antes de la llegada de las tribus eslavas a lo que hoy conocemos como Rusia Central, y más concretamente a la región que rodea el lago Pleschéevo, la población local estaba compuesta por tribus paganas ugrofinesas, cuyos cultos religiosos no son bien conocidos, pero entre los que destacaba el que realizaban a una enorme piedra de unas doce toneladas de peso que, según la leyenda, habían traído desde su emplazamiento original. La piedra era de color gris oscuro, pero, tras las lluvias, mientras estaba húmeda, parecía ser de color azul, y de ahí se le quedó el nombre.

La llegada de las tribus eslavas desplazó a los originarios habitantes ugrofineses a donde aún hoy habitan, en las regiones del norte. Los ugrofineses, por mucho aprecio que le tuvieran a la piedra, decidieron dejarla allí con sus doce toneladas y salir por piernas y a la ligera antes de que fuera demasiado tarde. Suponemos que los eslavos, tan paganos como los ugrofineses, se encontraron con la piedra azul y decidieron hacerla, igualmente, objeto de su culto.

A partir del año del Señor de 988, San Vladimiro, príncipe de Kíev, se convierte al cristianismo y con él todos sus estados, región del lago de Pleschéevo incluida. Siglo y pico después, a sus orillas, Yuri Dolgoruky, conocido por sus fundaciones diversas, fundó la ciudad de Pereslavl-Zalessky, junto a la que pronto surgieron varios monasterios y, algunos decenios después, incluso uno de los santos más conocidos de la ortodoxia, San Alejandro Nevsky.

Pero eso no puso fin al culto a la piedra azul. Como es sabido, una cosa es que el cristianismo abomine de las supersticiones, y otra muy distinta que los cristianos lo hagamos, por incorrecto que sea; si a eso juntamos que los rusos, entonces y ahora, son supersticiosos en gran medida, y le añadimos cierta persistencia de un poso pagano más o menos latente, tenemos que las celebraciones junto a la piedra azul continuaron con aproximadamente la misma frecuencia que antes, y que los habitantes de las orillas del lago creían a pies juntillas -y siguen creyendo hoy- que la piedra tenía propiedades curativas.

Los buenos monjes del monasterio de San Borís y San Gleb no dejaban de decir al pueblo que, en realidad, lo que habitaba en la piedra azul eran fuerzas impuras, pero ni así lo alejaba de la piedra. A principios del siglo XVII, durante los tiempos confusos en los que surgieron los falsos demetrios que fueron objeto de una serie anterior en esta bitácora, la piedra fue sumergida en el lago Pleschéevo. Quieren algunos que fue el zar Basilio IV el que ordenó arrojarla al lago desde las alturas del monte en cuya cima se encontraba; otros creen que fue el monje Onofre, por indicación de San Irenarco de Rostov, el que la hundió. Si fue así, el tal Onofre debía ser un tipo como para no enfadarse con él, por muy monje que fuera y por si acaso.

Sea como fuere, pasaron algunos años y la piedra surgió del fondo del lago como si tal cosa y, poco a poco, fue acercándose a la orilla y asomando la puntita, sin que se sepa bien cómo pudo pasar eso. Atónitos, los monjes lo dejaron estar de momento; pero, unos decenios después, decidieron seguir el consejo de "si no puedes con tu enemigo, únete a él" (como hizo el Real Madrid con Drazen Petrovic), y resolvieron utilizar la piedra azul para cimentar una iglesia que pensaban construir un poco más al sur. Transportar el pedrusco y sus doce toneladas era una tarea de chinos, y ellos eran rusos, así que la cosa no terminó de salir bien. Puesto que no había bestia de carga capaz de transportar semejante mole y el monje Onofre ya hacía tiempo que no estaba disponible, pensaron que acertarían montando en lo más crudo del invierno la piedra azul sobre un trineo y deslizándola sobre el lago helado hasta el punto previsto.

Evidentemente, la piedra, el trineo y toda la impedimenta se hundió miserablemente en el lago, porque, sí, el hielo terminó por romperse. Con ello, pareció que los monjes, ya que no habían hecho uso de la piedra, al menos habían terminado radicalmente con toda forma de culto idolátrico que no fuera practicada por posibles submarinistas paganos.

Que si quieres arroz, Catalina. Unos cuantos decenios después, a mitad del siglo XIX, la piedra azul volvió a emerger del fondo del lago como si tal cosa, sin que nadie supiera cómo era posible semejante prodigio. Y ya se quedó donde hoy día aún puede ser visitada para aprovechar sus presuntas virtudes curativas.

El autobús tomó el desvío hacia el monasterio de San Nikita, pasó por delante del mismo y, un par de kilómetros después, se detuvo. Bajamos del autobús y, por una senda que, como en cualquier lugar turístico, estaba flanqueada por chiringuitos donde se podían adquirir todo tipo de artesanía y otros recuerdos, llegamos a la piedra.

La piedra azul sigue siendo una atracción visitada y, de hecho, la afluencia de gente era bastante notable. Parece que, no hace tanto tiempo, la piedra había emergido hasta tal punto que poco menos que tenía la altura de una persona; desde entonces, poco a poco se va hundiendo de nuevo, sin que los científicos puedan explicar muy bien las razones de este subibaja. Quizá sean estos tiempos poco propicios para el paganismo, por lo que la piedra, que no deja de ser un ídolo pagano, haya resuelto dejar la superficie para emerger nuevamente en un futuro más halagüeño para su culto.


Yo más bien pienso que, cuando encima de ti se sientan a diario varios cientos de personas, el hundimiento progresivo es coherente con las leyes de la física ¿O no?

* * *

Y, tras una breve visita al monasterio de San Nikita y cien rublos menos en mi cartera, seguimos viaje hacia Rostov. Por mi parte, di los cien rublos por bien empleados, aunque la forma de arrancarlos me sigue haciendo torcer el gesto, porque la historia de la piedra me había gustado mucho.