miércoles, 1 de junio de 2011

La imaginación al poder

Ayer era día 31 y, como todos los días 31, la oposición había convocado una manifestación en la plaza Triumfalnaya (ésa que preside un pedazo de estatua de Mayakovsky y que ahora está en obras). Como de costumbre (creo que la han permitido un par de veces, supongo que por despiste), el ayuntamiento de Moscú había prohibido la manifestación; también como de costumbre, todo el trayecto por la calle Tverskaya entre la plaza Pushkinskaya y la Triumfalnaya estaba tomado por todo tipo de milicianos, antidisturbios, omones y directamente militares, que esperaban charlando amigablemente a que la manifestación comenzase y ponerse a trabajar con la garantía del éxito que les proporciona su superioridad numérica (y armamentística, dicho sea de paso). Para un servidor, que pasaba por allí en bicicleta, la cosa no tuvo más diferencia respecto a un día normal, a no ser que los atascos eran aún mayores y que no era sencillo pasar de la calzada a la acera.

Como siempre, la manifestación tuvo lugar, y simultáneamente llegaron las detenciones habituales. Los periódicos hubieran podido copiar la misma noticia de hace dos meses. Una ristra de leches y veintiséis detenidos, entre los que estaban los habituales Yashin, Udaltsov, Kosyakin y, cómo no, Limónov, que salió de su Zhigulí y entró directamente en las lecheras de la milicia. Nemtsov, otro habitual, se libró, porque estaba en Nizhny Nóvgorod, ciudad de la que fue gobernador en tiempos mejores para él y donde también había convocado un mitin, éste permitido. Pero en Moscú, a las dos horas, no quedaba nadie, ni los omones, ni mucho menos los manifestantes no detenidos. Indudablemente, el señor Felip Puig tiene muchísimo que aprender.

Para un opositor, la imaginación es fundamental y la repetición del mismo tipo de acciones un fracaso a corto plazo. En primer lugar, porque la gente se cansa. El tipo de protesta habitual, la manifestación, está caduca; por eso las acampadas del 15-M han sido una idea muy buena en el momento más oportuno, porque han dejado totalmente descolocados a los que mandan, que, además, estaban de campaña electoral, un momento muy poco propicio a la mano dura. Es verdad que, tras medio mes largo, la cosa debería ir evolucionando, al menos para dejar un buen recuerdo hasta el final y dedicarse a otro tipo de acciones-sorpresa.

Porque las acciones-sorpresa, aunque nos cueste creerlo a los que vivimos en pleno siglo XXI, no son una cosa tan nueva como podría parecer. Para demostrarlo, vamos a situarnos en Rusia en el ya lejano 1904.

En aquel tiempo, el Imperio Ruso, regido por el emperador Nicolás II, zar autócrata, tenía serios problemas derivados de la guerra con Japón, que iba de pena y que al año siguiente incluso empeoró, hasta la derrota final. Aunque la mayoría del pueblo estaba con el zar y lo más probable es que lo estuviera siempre, no dejaba de haber grupos opositores, tanto entre las clases altas, como entre los trabajadores industriales de las grandes ciudades, y en particular en la capital, San Petersburgo. Las clases medio-altas y educadas, como en toda Europa, eran tirando a liberales. Un liberal en Rusia, al parecer, es una persona que no está en el poder, pero quiere estarlo y, como sabe que el jefe, llámese zar o presidente, no le va a elegir a dedazo, intenta cambiar las normas del juego para tener la posibilidad de ascender. Creo que en España, entre 1812 y 1834, o después de 1975, no eran muy diferentes. Cuando llegan al poder ya no están tan por la tarea de que la normas del juego permitan a cualquiera acceder a él, como estamos viendo en España y nuestras listas cerradas y bloqueadas, en lo que están de acuerdo tirios y troyanos, socialistas y liberales. En Rusia no podemos saberlo, porque los liberales sólo han estado en el poder fugazmente en 1917 y en 1992, y no llegaron a consolidarse realmente ante lo que se estaba montando y los fracasos estrepitosos que tuvieron.

Lo que sí han demostrado los liberales rusos históricamente ha sido imaginación en su labor opositora, cosa de la que tenía pensado escribir hoy, pero que tendrá que esperar, porque se ha hecho tarde.