miércoles, 30 de junio de 2010

Intermediarios (I)

Se dice con frecuencia que "no hay oficio malo", y es posible que incluso sea verdad y que cualquier forma de ganarse la vida tenga una parte positiva. Aún así, a mí me parece una exageración. Ya lo creo que hay oficios malos y, si no, basta con pensar en los asesinos a sueldo o en los directivos de banca de inversión.

Luego están los oficios que no son necesarimente malos, pero que generan antipatía. A mí, por ejemplo, me pasa con los intermediarios en las operaciones en el mercado del petróleo. Durante algunos meses, en un trabajo que tuve en mi ciudad natal y en el que, a Dios gracias, no duré demasiado, tuve mi primer contacto con uno de ellos y fatalmente me los imagino a todos cortados por el mismo patrón.

El tipo parecía salido de una novela picaresca del siglo XVII. Era alto, vestía de traje, aunque sin corbata, y destilaba seguridad y desparpajo en sus maneras; eso sí, cuando hablabas un poco con él te dabas cuenta de que todo eso era pura fachada y que estaba tan muerto de hambre como yo mismo en aquel tiempo, con la desventaja, para él, de que sus conocimentos eran bastante penosos y, en cuanto pasabas un poco de la fachada, no sabía disimularlo lo suficiente. Llamémoslo Rocco.

Rocco no trabajaba en la empresa en la que estaba yo, pero era amiguete del gerente, que le dejaba estar allí y hacer sus llamadas. Había libre una mesa en la sala de recepción, y él la ocupaba cuando tenía alguna llamada que hacer; yo estaba enfrente de él, digamos que cumpliendo mi horario de trabajo, porque la empresa iba cuesta abajo y sin frenos, y el trabajo no es que no abundara, es que se veía que el gerente tenía verdaderos problemas para mantenernos mínimamente entretenidos a los tres currelas que quedábamos en la oficina. En nómina había alguno más, pero se trataba de la amante o la novia, o vaya usted a saber qué, del gerente, que sólo estaba en la nómina para que estuviera de alta en la Seguridad Social, y de un par de misteriosos representantes a los que tampoco vimos nunca y que muy probablemente eran familiares del gerente que había dado de alta, de gorra, en la Seguridad Social. Vamos, que ya estáis viendo que no se trataba precisamente de una empresa ejemplar.

Rocco, la verdad sea dicha, tampoco tenía gran cosa en que ocuparse, pero en el despacho había aire acondicionado y se estaba bien, así que a veces, aun sin hacer llamadas, se quedaba en el despacho. Y conversaba con nosotros, que estábamos allí casi siempre mano sobre mano.

- Yo - decía - no siempre me he dedicado al sector del petróleo. Soy, por así decirlo, un "brúker".

Los tres que estábamos allí, que hablábamos el suficiente inglés como para saber cómo se pronuncia "broker", nos conseguimos aguantar la risa con cierta dificultad.

- Es un sector interesante. Ahora estoy con una operación con unos árabes. La verdad es muchas te salen mal, pero, jo, te sale una bien y pegas un pelotazo que, macho, es como para retirarte.

Y allí estaba él, dale que te pego, aparentando por teléfono ser la leche en bote, y quedando cada vez más en evidencia ante los currelas que seguíamos por allí y que tendríamos quizás menos desparpajo que él, pero desde luego un nivel de conocimientos mucho mayor.

Unas semanas después, Telefónica perdió la paciencia y nosotros la línea telefónica. El gerente logró venderles la moto de una ampliación de capital y no sé qué monsergas, con lo que recuperamos la línea una semana más; pero, al final, cuando se vio que las ampliaciones y las monsergas no iban más allá de las palabras del gerente, los teléfonos enmudecieron de manera definitiva. Rocco el Brúker dejó de favorecernos con su compañía, porque lo del aire acondicionado sin teléfono no convenía a sus propósitos empresariales y, de todas formas, los dueños del edificio ya estaban preparando el desahucio y, más o menos por aquellas fechas, uno de los currelas, que era abogado, presentó una serie de demandas contra la empresa por impago a los trabajadores, todas las cuales las ganó por goleada... incluyendo la de despido improcedente que tuvo que presentar en cuanto el gerente se enteró de las primeras y se enfadó. En fin, que la empresa se fue a pique.

Vamos, que mis primeras experiencias con un intermediario petrolífero, alias "brúker", van asociadas a tiempos laborales duros (aunque aprendí mucho Derecho Procesal) y, por consiguiente, me dejaron un pelín de amargor en el paladar.

Unos cuantos meses después de los sucesos que quedan relatados arriba, me vine a Rusia en busca de mejor suerte laboral, pero, últimamente, yo no sé qué está pasando, pero los brúkeres del petróleo vuelven a aparecer en mi vida.

Los brúkeres del siglo XXI (porque Rocco el Brúker era todavía del siglo XX) cuentan con internet como imprescindible herramienta de trabajo, que les permite acceder a la información disponible en todo el mundo, pero que sólo ellos, con su agudeza y arte de ingenio, son capaces de descubrir desde su centro de operaciones multinacional de Villar de Cañas. Pueden vencer las barreras idiomáticas gracias a la pléyade de traductores en línea que les garantizan una traducción impecable, técnica y exacta de textos en los idiomas más raros de este ancho mundo (como el inglés, sin ir más lejos, que en Salvacañete es rarísimo). Muchos de ellos proceden del sector inmobiliario, en donde han pasado varios años de bonanza vendiendo pisos a gente desesperada por comprarlos, pero han pasado sin problemas al sector petrolífero, apenas más complicado que el anterior. Su experiencia y ojo de águila les da una perspicacia especial para dominar el mercado petrolífero y acceder a las comisiones más jugosas, muchas veces sin haber salido apenas de Benirredrá, pero con la franqueza y campechanía que da la vida campestre.

Para empezar a analizar un caso reciente, podemos entrar aquí. Daos prisa en entrar, antes de que la cierren. Pero bueno, mejor será analizarlo en otra ocasión, que hoy se hace tarde.

lunes, 28 de junio de 2010

Ivánovo a vista de pájaro

En la penúltima entrada estuvimos viendo la Casa-Barco, uno de los edificios más emblemáticos de Ivánovo. La Casa-Barco tiene una gran ventaja sobre los congéneres suyos que vamos a ver hoy, y es que realmente parece un barco desde donde la mires. En cambio, vamos a ver lo que pasa con otros edificios de este jaez.

En los años treinta, cuando toda esta ilusión arquitectónica vanguardista se hizo con el mando entre la intelectualidad proletaria, se podían hacer cosas raras todavía. Más adelante, Stalin demostró que la vanguardia y la retaguardia no son más que situaciones en el plano, lo que demostró retrocediendo al gótico, pero eso fue más adelante. De momento, y en Ivánovo, veamos esta foto.


Se trata de la antigua sede de la KGB en Ivánovo, hoy ocupada por el Ministerio del Interior. Se conoce como la Casa-Bala (Dom-Pulya), y uno podría pensar que este apelativo viene por los instrumentos de trabajo de los ocupantes del edificio, y más en los años treinta. Pero veamos el asunto desde otra perspectiva.


Creo que queda claro. El edificio se llama Casa-Bala no por el tiro de gracia que los trabajadores del edificio pudieran dar a sus inquilinos ocasionales, sino porque, realmente, tiene forma de bala.

Veamos este edificio, situado no muy lejos del anterior.


Aparentemente, nada anormal. Una casa de vecinos normal y corriente. Uno no comprende muy bien, desde aquí, por qué este edificio aparece en todas las guías de Ivánovo como una de las edificaciones más destacadas de la ciudad, así que habrá que llamar en nuestra ayuda a Google Maps.


Y sólo así nos damos cuenta de que nos encontramos ante la famosa Casa-Herradura (Dom-Podkova). Diríase que los arquitectos hicieron la casa para que, sesenta años después, apareciera el Google Earth y todo quisqui pudiera admirar su arte. Porque, lo que es entretanto...

Hay más. Vamos a por el siguiente.


Se trata del Instituto número 32, que aparentemente es un lugar más anodino que una fiambrera, pero que en Ivánovo es conocido por el nombre de Casa-Pájaro. Uno se cuestiona si el nombre de Casa-Pájaro es por los pollos que cursan estudios en el centro escolar, pero claro, nunca está de más hacer una comprobación en Google Maps.


¡Y tanto que no está de más! No sé yo si será muy cómodo para los alumnos, pero el edificio tiene, efectivamente, la forma de un pájaro con las alas abiertas.

Éstos cuatro que hemos visto son los edificios emblemáticos de este período en Ivánovo. Yo creo que no son los únicos. Os invito a que escudriñéis por Google Maps en Ivánovo, que está a unos trescientos kilómetros al nordeste de Moscú, a ver qué encontráis. Yo he visto una Casa-Abrebotellas (muy práctica para apretarse cervezas, supongo), una Casa-Yunque, y una estupenda Casa-Teléfono, aparte de los que todo el mundo conoce. Pero eso quizá lo saque otro día, porque, después de todo, puede que el arquitecto lo hiciera a sabiendas y, bien mirado, también podría ser casualidad.

viernes, 25 de junio de 2010

El cumple de Ame (II): Llegan los invitados

Viene de aquí.

El primero en llegar fue Hans, que es muy pequeñito. Yo me alegré mucho, porque Hans es mi amigo y porque además es muy flojito. Por un momento pensé que el que venía era Jun-Zhe. Jun-Zhe es muy fuerte y un poco bruto y a lo mejor él sí que podría romper la casa y eso a mi papá no le gustaría.

El papá de Hans no es ruso. Es de un país que se llama Holanda y donde seguro que hay muchas olas. Se puso a hablar con mis papás en un idioma raro que debe ser el que hablan allí y yo no entendía nada. Se rieron todos mucho y luego se fue, dejando a Hans. Hans me había traído un regalo. Era precisamente un transformer, como yo había dicho. Qué bien. Me puse muy contento.

Ya íbamos a pasar al salón, cuando volvió a sonar el timbre. A lo mejor era Jun-Zhe, así que Hans y yo nos fuimos corriendo al salón para que no nos viera enseguida, pero era Timofei. Timofei es muy buen chico. Vino con su mamá. Mis papás le preguntaron a su mamá si no quería quedarse, y la mamá de Timofei dijo que sí. Mis papás se miraron entre ellos, como si estuvieran sorprendidos de que se quedara. Es verdad que los papás de los niños no se quedan casi nunca, pero, si no querían que se quedara, yo no sé por qué mis papás le invitaron a quedarse.

La mamá de Timofei dijo a mis papás que eran unos valientes por organizar una fiesta de cumpleaños con niños en casa. Yo, de mayor, también organizaré fiestas de cumpleaños en mi casa, porque quiero ser tan valiente como mis papás.

Y también me habían traído un regalo. También era un transformer. Qué bien. Con éste ya tengo cuatro.

La mamá de Timofei se sentó en el sofá del salón y parecía que no estaba muy cómoda. Mi mamá le ofreció té, pero dijo que todavía no quería. Mi papá y mi mamá corrían llevando cosas de un lado a otro, Abi y Ro (que son mis hermanas) estaban hablando de cómo organizar el juego que tenían previsto. Hans y Timofei estaban discutiendo. Yo jugaba con el transformer que mi papá me había abierto. Nos lo estábamos pasando muy bien.

Llamaron otra vez a la puerta, y era Jun-Zhe, y además llegó Mirón al mismo tiempo. Los papás de Jun-Zhe son chinos, de China, y Jun-Zhe también. Cuando llegó, Jun-Zhe sólo hablaba chino y nos pegaba a todos. Ahora ya habla ruso y nos sigue pegando a todos. El papá de Jun-Zhe tuvo que venir un día a pedir perdón a casa porque Jun-Zhe me había pegado en un ojo y me lo había dejado de color azul, así que mi papá y el de Jun-Zhe ya se conocían y se saludaron cuando se vieron. Mi papá no habla chino, y el papá de Jun-Zhe no habla valenciano, así que movieron mucho las manos y las cabezas mientras sonreían y al final el papá de Jun-Zhe se fue. Mi papá miró fijamente a Jun-Zhe, le puso las manos en los hombros, apretó un poco y le dijo muy lentamente, en ruso, que esperaba que se portara bien. Estaba muy serio mi papá, y yo creo que Jun-Zhe se asustó un poquito. Pero yo le dije que mi papá era muy gracioso y estaba de broma y ya se calmó. Mi papá me miró y lanzó un suspiro mirando al cielo. Parecía cansado, mi papá.

Ah, se me olvidaba decir que Jun-Zhe me había traído un regalo. No adivinaréis nunca lo que era ¡Era un transformer!

Luego llegó Sonia. Sonia es una niña, es mi vecina, y a veces va a la guardería y otros días no va. Su mamá y su papá vienen muchas veces a casa y nosotros vamos muchas veces a la suya. Vino con su mamá, que la dejó y preguntó si no había ninguna niña más, pero entonces llegaron Abi y Ro y se la llevaron. Yo me quede mirando el regalo que me había traído, que era un transformer.

Y luego llegó Anya con su mamá. Yo hubiera invitado a Masha Trunina, pero no podía venir, así que invité a Anya, que también es muy simpática. Llevaba un vestido bastante bonito, pero, claro, con esos vestidos seguro que no se puede jugar con los transformers o hacer el bruto con Jun-Zhe. Anya me trajo un transformer, y además una tarjeta muy bonita que había pintado ella misma y en la que me deseaba feliz cumpleaños. Es maja, Anya. Mis papás se quedaron con su mamá diciendo lo bonita que era la tarjeta y su mamá se puso a sonreír. La tarjeta creo que la pusieron en algún sitio, pero no sé dónde. Yo cogí el transformer que me había traído y me fui al salón.

El último que llegó fue Yasha. Yasha es el vecino con el que siempre juego y además va a mi guardería. Es un poco más gordito que yo y suele traerlo su hermano mayor. Trajo una PSP y yo pensé que me la iba a regalar, pero no. La PSP la había traído para jugar él. A mí me regaló un transformer.

Y ya habíamos llegado todos. Qué bien. La fiesta podía comenzar.

miércoles, 23 de junio de 2010

Más arquitectura roja: Ivánovo

Después de haber visto que, efectivamente, los arquitectos soviéticos eran perfectamente capaces de dar a los edificios que construían la forma de hoz y martillo, tanto en Ekaterimburgo como en Moscú, y donde hiciera falta, vamos a ser algo más indulgentes con ellos. Después de todo, dar a la planta de los edificios una forma particular no es un invento de ellos. Es bien sabido que las iglesias católicas tienen planta de cruz, e incluso el demonio siempre ha tenido la pretensión de imitar a Dios, así que no era de extrañar que también los bolcheviques intentasen emplear sus propios signos, aunque, ciertamente, el dibujito de la hoz y el martillo era más bien poco práctico a la hora de planificar, así que los arquitectos soviéticos se quedaron simplemente, apuntando el signo, no siguiéndolo a rajatabla, lo que hubiera dado lugar a un edificio con demasiado espacio perdido, y en todo caso difícilmente habitable.

Pero sigamos con el Google Earth y con el Google Maps. Menudo invento. Gracias a él, podemos admirar hoy desde nuestra casa el lugar en el que la arquitectura constructivista dio el do de pecho, que no es otro sitio que la ciudad de Ivánovo.

Ivánovo es uno de los lugares más discriminados del Anillo de Oro, ese círculo de ciudades de la Rusia antigua situado al nordeste de Moscú y que merecen la pena una visita y hasta dos. La verdad es que Ivánovo lo tiene casi todo para ser discriminada: es una ciudad casi nueva, pues fue fundada en 1871, aunque por allí había pobladores desde el siglo XVI; es una ciudad netamente industrial, ya desde su creación, y además de la industria textil, lo que le trae una crisis galopante por la competencia china; no tiene apenas iglesias ni edificios antiguos, y casi todas las que tenía fueron arrasadas cuando la revolución soviética; es un sitio que hasta hace nada ha sido más rojo que un pimiento (y eso ya no se lleva, no, señor), y además lo ha sido siempre, hasta el punto de que la ciudad se enorgullece de haber sido la sede del primer sóviet y, por si fuera poco, teatro de actividades de Mijaíl Frunze, el militar rojo más ilustre de la guerra civil soviética (de hecho fue el que derrotó, entre otros, a Kolchak, citado en la entrada anterior).

Sin embargo, Ivánovo está mucho mejor de lo que su fama indica. Es una ciudad tranquila, industrial, donde la vida es más lenta que tres mujeres en una tienda de manteles y, eso sí, pésimamente comunicada, pero desde el punto de vista arquitectónico tiene algunos ejemplos notables, sobre todo si usamos la vista de satélite. Vamos allá con el primer ejemplo:


Parece un edificio normal y corriente, pero se conoce como "Casa barco" (Dom-korabl'), porque efectivamente fue construido para que pareciera un barco. desde arriba se ve como sigue:


Y, con el Goggle Earth, conseguimos una vista un poco aplastada, pero queda claro.



El edificio es de 1930, y uno no puede dejar de pensar que quizá los Monty Python se inspiraron en esta historia de los edificios navíos para uno de sus episodios más famosos, que es el que sigue a continuación:



Da que pensar, ¿no? En todo caso, lo que se puede ver a vista de pájaro en Ivánovo no termina con la Casa Barco. Lo veremos en una próxima entrada.

lunes, 21 de junio de 2010

Arquitectura roja

Sí, ya sé que tocaba la segunda parte del cumpleaños de Ame, pero, aunque ya veo que tiene su público, el que manda en la bitácora sigo siendo yo, y he aquí que veo que Kinofórov se ha mudado de domicilio a uno algo más prestigioso, que incidentalmente era un nido de agentes de los servicios secretos y que, aunque él no lo vea claro, desde arriba tiene forma de hoz y martillo. Y, como esa entrada me ha traído otros recuerdos, Ame se quedará para mejor ocasión y los recuerdos para ahora.

Porque, sí, es posible que haya muchas leyendas urbanas sobre las manías del comunismo. Resulta que en uno de los comentarios de la entrada de Kinofórov, Andriey, que también se pasa en ocasiones por aquí, se queja de que hay un montón de leyendas urbanas que el Google Earth no ha logrado erradicar. Así que se me ha ocurrido trabajar un poco, precisamente, con el Google Earth, y fruto de ello es la imagen de ahí arriba, que corresponde al depósito ferroviario de la estación Moskvá-Sortiróvochnaya, sito en la ulitsa Burakova, número 8.

El lugar es un sitio radicalmente bolchevique, que además fue el escenario del primer sábado de trabajo voluntario, el 12 de abril de 1919, cuando quince obreros, trece de ellos miembros del partido comunista y dos independientes, se quedaron a trabajar gratis total para reparar tres locomotoras que debían partir inmediatamente para el frente Este, donde el almirante Kolchak, tras tomar Ufá, había llegado al cenit de su ofensiva blanca desde Siberia. Los obreros estaban dirigidos por el mecánico Burakov, cuyo nombre acabó por darse a la calle adyacente. El lugar hoy alberga uno de los museos ferroviarios de Moscú.

Por si no quedaba claro en la foto de arriba, en la de aquí ya se va viendo que la forma de las edificaciones en esta zona no es totalmente casual. Y es que, en efecto, el lugar es un símbolo comunista bastante importante, aunque hoy en día los sábados de trabajo voluntario hayan caído en desuso. Probablemente porque, a falta de Kolchak (que no creo que estuviera muy contento de levantar la cabeza, si viera en lo que se ha convertido la Rusia que él, al menos en parte, dirigió), el que domina en Rusia es el capitalismo rampante, y eso casa mal con el trabajo voluntario, incluso en un sector económico tan rabiosamente público como es el ferroviario, que además, en Rusia, es un estado dentro del estado.

Si, en Google Earth, quitamos la imagen satélite y nos conformamos con el mapa, obtenemos la imagen de ahí al lado. A partir de ahí, podéis ver si lo de los edificios con forma de hoz y martillo son una leyenda urbana o no y pensar lo que os dé la gana, pero, si eso no es una hoz y un martillo, que venga Dios y que lo vea.

¿Se limitan las ideas de la arquitectura roja a hacer edificios que desde el cielo parezcan hoces y martillos? No, no, hay bastante más, y para ello volveremos a una ciudad en la que ya estuvimos y que tiene bastantes cosas por descubrir, sobre todo cuando la miramos desde el cielo con la ayuda de Google Earth.

Pero eso será en una próxima entrada, porque hoy se hace tarde.

viernes, 18 de junio de 2010

El cumple de Ame (I)

Hola.

Me llamo Ame, y soy un niño.

Hace unos meses conté algunas cosas que me pasaban.

Mi papá dice que las puso en el ordenador y que la gente las leyó y que les gustaron mucho. Ahora voy a contar lo que pasó el día de mi cumpleaños.

Dije a mis papás que quería hacer una fiesta en casa y que quería invitar a mis amigos. Mi mamá dijo que bueno. Mi papá la miró y no dijo nada. No pasa nada, porque mi papá hace siempre lo que quiere mi mamá, menos cuando mi mamá quiere ir a la playa en España y mi papá no va y vamos todos los demás y él se queda trabajando en Moscú. Pero las demás veces mi papá hace lo que dice mi mamá, así que seguro que iba a haber fiesta de cumpleaños.

Normalmente las fiestas de cumpleaños son en sitios fuera de las casas. Eso es porque las casas de los niños son pequeñas casi siempre, pero es mejor hacer las fiestas en casa, porque ahí están todos los juguetes y es más guay. Le pregunté a papá por qué no hace la gente fiestas en su casa, aunque sea pequeña. Mi papá dijo que a la gente le gusta su casa y que quiere conservarla entera y ordenada. Yo creo que la gente es muy rara. Después de las fiestas a las que he ido yo, las casas seguían enteras. Lo dice como si fuera fácil romper casas.

Una semana antes de la fiesta, les dije a mis amigos del parvulario que había una fiesta y que vinieran. Jun Zhe dijo que vendría, y yo me asusté un poco, porque Jun Zhe es un poco bruto, además de muy fuerte, y a lo mejor sí que podía romper nuestra casa y eso a mi papá no le gustaría. Pero luego me olvidé del susto.

Hans, que es muy pequeñito, también dijo que vendría. Y Mirón. Y Artyom. Y Yasha y Sonia, que van al parvulario y además son mis vecinos. Masha Trunina, que era mi novia, tenía que irse y no podía venir, así que invité a Anya, que también es muy simpática. Dijo que sí podía venir. Menos mal, porque, si no venía ninguna niña más, Sonia se aburriría y todo serían problemas.

La mamá de uno de mis compañeros, no me acuerdo muy bien quién era, me preguntó qué quería que me regalasen. Pensé un poco, pero muy poco, porque enseguida le dije que estaría bien un transformer. Porque sólo tengo dos, y me gustan mucho.

Antes de la fiesta todo el mundo en casa se puso a trabajar. Mi papá compró chuches, globos, regalitos y cositas para comer; mi niñera hizo una tarta de cumpleaños muy chula; mi mamá se puso a preparar comida; y Abi y Ro (que son mis hermanas, creo que no lo había dicho aún) le dijeron a mi mamá que iban a preparar juegos para entretener a los niños. Son majas, Abi y Ro. Bueno, menos cuando me molestan y no me dejan que pase a su habitación cuando se están cambiando de ropa, y no es justo, porque yo también quiero jugar. Abi y Ro se pusieron a preparar por toda la casa una cosa que se llama "gymkhana". Con tantos preparativos, yo no tenía con quien jugar y era todo muy aburrido, pero parece que la fiesta iba a salir bien. Claro que yo era todavía pequeñito, aunque por la mañana había cumplido un año más y me había hecho mayor; pero, como todavía era pequeñito, me fui a mi habitación y me puse a jugar con mis dos transformers mientras los demás preparaban la fiesta. Para no molestarles.

Entonces, sonó el timbre. Eso es que la fiesta iba a comenzar, así que bajé a ver quién había venido.

miércoles, 16 de junio de 2010

Si las bicis hablaran

Hola, soy el Bulto Misterioso, y soy una bicicleta plegable un pelín rara. Digamos que, en realidad, muy rara. Hace ya unos cuantos meses que mi dueño, que se hace llamar Alfor von Buchweizen y que es una persona que también es muy rara, se dio cuenta de que yo no funcionaba bien, y me llevó a reparar. Cuando me construyeron, mi fabricante no tenía representante en Moscú, pero de eso ya hacía tres años, y entretanto mi fabricante ya tenía gente por aquí.

De todas formas, mi dueño no quedó satisfecho de la cuestión. Se ve que, para mi modelo, no sabían qué hacer. Entonces se puso a escribir a España, donde me habían comprado, y consiguió que le diesen el nombre de un taller en Valencia donde me repararían. Qué bien. Claro, a mí me habían fabricado en Taiwán, pensando en que circularía por sitios como Londres. Parece que Londres es una ciudad bastante limpia. En cambio, a mi dueño no se le ocurrió otra cosa que llevarme a Moscú, donde hay un alcalde, Luzhkov se llama, al que le gusta echar porquerías al asfalto para conseguir que no se hiele. Efectivamente, no se hiela (bueno, al final sí), pero me dejó los piñones hechos una porquería y la transmisión saltaba.

Durante el mes siguiente, mi dueño siguió circulando conmigo, pero yo no lo veía muy contento. Cada vez que los piñones se escurrían, torcía los labios y eso es mala señal. Pero, al final, llegó el día de ir a Valencia, mi dueño me metió en mi bolsa y me llevó al aeropuerto.

- ¿Qué es eso? - preguntó la señora que se estaba ocupando de la facturación.
- Una bicicleta - dijo mi dueño.
- No facturamos bicicletas gratis. Tiene que pagar setenta y cinco euros.
- ¿Cómooooo?
- Lo que oye.
- Pero, ¿cómo puede ser? Usted ha visto esto, es un bulto normalillo.
- Es material deportivo.
- ¡Qué va a ser material deportivo!
- Las bicicletas son material deportivo.
- Ésta no. De hecho, técnicamente no es una bicicleta. No cumple con la definición de bicicleta. No podría participar con ella en una competición de bicicletas. La federación internacional lo prohibiría.
- Ah, ¿no? Entonces, ¿qué es?
- Es parecido a un carrito de bebé. Incluso ve que tiene el mismo tamaño.
- Pero es una bicicleta.
- No.
- Ábralo.
- Ahi va. Mire.
- Mmmm... es un caso raro. No parece una bicicleta. Sergey, ¿que te parece?
- ¿Es una bicicleta? - respondió el tal Sergey - Entonces tiene que pagar ciento cincuenta euros.
- ¿Quéeeeee? - creo que mi dueño se estaba alterando.
- ¿Sabe? - dijo la señora - Voy a llamar al representante de la compañía y ya le dirá lo que tiene que hacer.

La señora marcó un número de telefono.

- ¿Sí? ¿Es la representante de Iberia?
- ...
- Tenemos aquí un señor que quiere facturar una bicicleta que no parece una bicicleta ¿Qué hago?
- ...
- Sí, tiene ruedas, pero son bastante pequeñas.
- ...
- Es lo que le he dicho yo, pero no quiere pagar.
- ...
- No, pesar pesa poco. Unos diez kilos.
- ...
- No sé. Es como una bicicleta infantil, pero rara.
- ...
- Vale. Se lo digo.

Y la señora se dirigió a mi dueño.

- Que tiene que pagar.
- Que venga aquí esa representante y me lo diga.
- Bueno, vale, espérese aquí.

...

- Mire, ahí viene la representante.
- ¿Qué pasa?
- ¡Que me están intentando hacer pagar por facturar este bulto, que pesa diez kilos!
- ¿Y qué es? ¿Una bicicleta?
- Algo así, pero no.
- Pues tendrá que pagar.
- ¿Cómo que pagar? ¿Y dónde pone eso?
- En nuestra página web lo pone.
- Pues en el billete no.
- Lea la página web.
- Pero, ¿cómo se les ocurre?
- Es así y ya está.

Mi dueño puso el grito en el cielo, diciendo que era un cliente frecuente y que qué era eso de hacerle pagar por transportar una bicicleta ligera y pequeña. La representante no le hacía caso.

Pero mi dueño tuvo suerte, porque entonces llegó un grupo de turistas andaluces hablando todos a la vez. La representante no estaba acostumbrada a oír hablar a tanta gente al mismo tiempo.

- Venga, venga, factúraselo - dijo a la empleada de facturación.
- ¿Sin pagar?
- Sí, esperemos que nadie diga nada.

Los turistas andaluces hablaban cada vez más. Mi dueño se había librado de la multa por los pelos, pero se había librado.

***

Pocos días después, de vuelta hacia Moscú, mi dueño llegó conmigo y con la bolsa cerrada al mostrador de facturacuón del aeropuerto de Valencia.

- ¿Qué es eso? - preguntó el señor.
- ¿Eso? - dijo mi dueño, como si se asombrase de que hubiera algo - ¡Ah, eso!
- Sí, eso.
- Es una ayuda técnica al desplazamiento. Lo pueden usar los enfermos.
- Ah, bueno, claro, una ayuda al desplazamiento. Perdone, yo es que lo tengo que comprobar.
- No faltaría más.

Y el señor me facturó enseguida sin rechistar. Así que ya sabéis. Yo pensaba que era una bicicleta, y me he convertido en ayuda técnica al desplazamiento. Porca miseria.