Todo lo que se cuenta aquí debería tomarse con sentido del humor. Si usted no se ve capaz de hacerlo, y aun así persiste en entrar y leer, sepa que no va por usted, que lo que se cuenta está fuera de contexto y que incluso es posible que no sea ni verdad.
Una de las costumbres más extendidas en Rusia consiste en colocar placas en las casas, recordando a antiguos habitantes de las mismas que hayan alcanzado celebridad. Podría decirse que apenas hay casa del centro de Moscú que no tenga adosada una placa conmemorativa. La fiebre por esta práctica es tal que aparecen en las placas personajes que diríase que sólo conocían en su casa a la hora de cenar, con tal de que fueran lo bastante bienquistos con el poder y que tuvieran partidarios lo suficientemente tozudos como para despertar de su modorra a los funcionarios municipales encargados del ramo. Ése es uno de los excesos. Otra de las exageraciones consiste en conmemorar especialmente a dos personajes, dos. Con tal de que uno de esos dos personajes hubiera entrado en cualquier casa, así fuera a preguntar la hora, no parecía sino que el hecho se recordaba eternamente y, con el tiempo, llegaban los albañiles municipales con la placa grabada y un cubo de cemento a fijar el ladrillo a la pared.
¿Quiénes son esos dos personajes especialmente conmemorados? Vamos con ellos. El primero despierta admiración unánime por toda Rusia, sólo compensada por el encogimiento de hombros que sigue casi siempre que se le nombra a un extranjero. Se trata de Pushkin, un poeta de principios del siglo XIX, quien, como poeta, debe ser bastante difícil de traducir y, por eso, o lo lees en ruso o mejor déjalo. Aunque también tiene obra en prosa, no se trata de Tolstoy, Dostoyevsky, Gógol o Turgueniev, por citar unos cuantos que sí que conoce todo quisqui; pero, claro, éstos cuatro eran prosistas y han sido traducidos y apreciados en varios idiomas.
Pushkin no. Pushkin sólo es verdaderamente apreciado aquí, pero hasta el punto que sus poemas se los deben aprender de memoria los niños de colegio y aun los de parvulario. Tan es así que el otro día tomé un libro, me puse a leérselo a Ame, y resultó que era un cuentecillo de Pushkin; pues Ame comenzó a recitarlo con una seguridad pasmosa, tanto más pasmosa cuanto que Ame no sabe leer todavía.
Pushkin tiene placas por todo Moscú. Qué digo Moscú. Pushkin tiene placas por toda Rusia, y el que piense que soy un exagerado, que se fije en la foto de la placa que ilustra esta entrada, y que dice: Aquí, en mayo de 1836, en su última visita a Moscú, vivió, en casa de su amigo P. V. Naschokin, A. S. Pushkin.
Pero esto no termina aquí, porque, más cerca del centro, tenemos otra placa conmemorativa, en una casa situada en una callejuela tranquila, que ya es mérito en el centro de Moscú.
"Monumento histórico-cultural. Casa de P. A. Vyazemsky. Primera mitad del siglo XIX. Aquí, en 1826, leyó la tragedia "Borís Godunov" Aleksandr Sergeevich Pushkin. En 1830, el poeta vivió en este casa. Protegida por el Estado."
Mi impresión es que Pushkin no pisó esta casa más que para preguntar la hora, y que a lo mejor pasó una noche en 1830 entre juerga y juerga (como poeta era un crack, y como juerguista y jugador empedernido era todavía mejor que como poeta), porque ya veremos si las placas dicen siempre la verdad. El caso es que hay muchas casas en Rusia en que es muy difícil ser famoso, porque basta con que un cuñado de Pushkin haya pasado una noche en ellas para que la placa se la pongan a él, así hayas sido héroe de guerra o más rico que un concejal de urbanismo de municipio costero.
Pushkin murió joven, en un duelo. De haber vivido más tiempo, no habría arcilla para todas las placas que se podrían haber hecho.
En la próxima entrada nos dedicaremos al otro personaje más recordado en las paredes de esta bendita ciudad ¿Más que Pushkin? Más, hijos, más. Seguro que adivináis sin problemas en quién estoy pensando.
A estas alturas, ya todo el mundo está al cabo de la calle sobre la burocracia soviética, heredada por la Rusia actual. Una burocracia que se extendió más allá de los límites del Estado y que ha terminado por abarcar a toda entidad rusa, que se ahoga en una maraña de papeles, trámites, permisos, sellos, poderes, firmas y toda clase de trabas que merman su productividad.
No es extraño que ello haya resultado así. Al fin y a la postre, en tiempos soviéticos todo era estado, hasta el quiosco más insignificante del lugar más apartado de Chukotia y, como la mayoría de quienes vivieron entonces siguen haciéndolo ahora, y esas prácticas tienen un arraigo difícil de erradicar, los trámites se eternizan, se multiplican y se enroscan unos con otros en un nudo que ríete del gordiano. Aquí quería ver yo a Alejandro Magno deshaciendo nudos con su falange macedónica.
Pero los rusos, que ahora son gente bastante viajada y saben que lo suyo no es normal, aunque se ven incapaces de salir del laberinto kafkiano en que están sumidos, tienen mucho sentido del humor (bastante más que los rusófilos, por ejemplo) y, cuando se les interpela sobre esto, tienen una frase a punto, que sueltan entre risas: "Claro que es un lío, Alfor ¿Para qué hacerlo sencillo, si se puede hacer complicado?"
Y uno se pregunta: ¿siempre ha sido así en Rusia, o esto de la burocracia y la complicación innecesaria es una actitud relativamente reciente y provocada por la necesidad socialista de ocupar a toda la población? Veamos un caso ilustrativo, aunque remoto en el tiempo.
En 1515, unos cuatro siglos antes de la Revolución Soviética, un virtuoso monje, David, fundó un monasterio a unas setenta verstas al sur de Moscú, cerca de lo que hoy es la ciudad de Chéjov. El monasterio lleva aún hoy el nombre de Davidovo Pustyn, el Desierto de David. Recordemos que "Desierto", en sentido religioso, no es una cosa arenosa inmensa como el Sahara, sino un lugar alejado en que rezar y meditar en tranquilidad, aunque esté en mitad de un bosque. Así ocurría con Davidovo Pustyn, un lugar hermoso, feraz y con buena tierra, que daba de sobras (y sigue dando) para mantener sin problemas a una comunidad de monjes. Otro día hablaremos un poco más de Davidovo Pustyn, porque el lugar encierra más interés de lo que parece y ha sido teatro de sucesos oscuros en los últimos tiempos.
El buen David, que debía ser más dado a la oración que a la jardinería, se hizo famoso sin embargo por otra cosa. Dicen los libros que David, que digo yo que andaría algo desficioso, se dedicó un tiempo a plantar árboles con las raíces hacia arriba.
Claro, en condiciones normales, así no se hacen las cosas. David, que debía ser un monje tan terco como virtuoso, rezó mucho porque los árboles crecieran, a pesar de todo, y efectivamente, los árboles, plantados al revés y todo, crecieron como es debido y, según parece, aún hoy día, los monjes de Davidovo Pustyn continúan plantando árboles con las raíces hacia arriba.
Será todo lo milagroso que se quiera, pero a mí me da que el monje David fue el primer burócrata ruso. Mira que el tío pudo haber plantado los árboles como todo el mundo y haber dedicado sus oraciones a otras causas en la que él tuviera menos mano, pero, ¿para qué hacer un procedimiento sencillo, si complicándolo también sale?
Si, en los no tan lejanos tiempos soviéticos, a algún iluminado se le hubiera ocurrido ponerle a un champán la marca que lleva el de la foto, lo menos que le hubiera pasado es acabar en un centro de salud mental para ver si había perdido la chaveta. Lo más hubiera sido contribuir desinteresadamente a la construcción del Canal del Mar Blanco o a la extracción de oro en la cuenca de Kolimá, hasta que el cuerpo aguantara. Después, a criar malvas; pero, como la cuenca de Kolimá no es un clima propicio para las malvas, es más probable que fueran los lobos quienes hubieran acabado con la envoltura mortal del insensato.
Y es que la marca se las trae, y viene a demostrar lo que cambian los tiempos: champán "Burgués". Qué palabra, tú. Una palabra que, en sí, no es más que el habitante de un burgo, de una ciudad, pero a la que un par de revoluciones han dado una carga ideológica que no tenía por qué tener.
La Revolución Francesa vino a sacar a los habitantes de las ciudades, a los burgueses, del relativo ostracismo político en que andaban y los convirtió en los amos del cotarro. Los nuevos amos se dedicaron a zumbar a los antiguos, los nobles del primer estado y, de paso, a los campesinos, muchos de los cuales no veían claro el nuevo régimen, se recelaban que les iban a tomar el pelo y preferían seguir como hasta entonces. Los burgueses, con la connivencia de los nobles que vieron la ocasión de recolocarse, consiguieron engañar a la suficiente gente para hacerse con el mango de la sartén y, efectivamente, los que pagaron el pato fueron los campesinos y, de paso, la Iglesia: ambos se quedaron a dos velas, con las tierras comunales expropiadas sin indemnización. Entonces se decía de manera fina: desamortizar, que desde luego suena mejor que robar, aunque la realidad queda mejor descrita con esta última palabra.
Con el tiempo, muchos de los campesinos, que se habían quedado con una mano delante y otra detrás, se fueron a las ciudades a ver si caía algo, pero no se convirtieron en burgueses, sino en obreros industriales semiesclavizados... por los burgueses. Más o menos por entonces salió un tal Karl Marx que predijo que esto acabaría mal, con el cabreo de los esclavizados y con otra revolución que te crio.
Lo que no pudo predecir fue que sería Rusia el país donde la revolución iba a tener lugar. En realidad, Rusia era uno de los países menos indicados para ella, porque la revolución liberal había sido rápidamente cortada y los campesinos seguían mayormente como en el Antiguo Régimen, en un estado no opulento, pero al menos tampoco famélico; mas he aquí que apareció un señor muy audaz, además de buen organizador, de nombre Vladimir Uliánov (pero al que todo quisqui conoce como Lenin), que montó una gresca de espanto y se consiguió hacer, él, con el mango de la sartén en Rusia. Su temprana muerte nos impidió saber si hubiera sido capaz de usar la sartén para zurrar a más países; pero, por si acaso, más valió no haberse enterado.
La nueva revolución pilló cierta animadversión contra los burgueses (y, de paso, contra la Iglesia, que yo no sé qué pasa, pero siempre que hay una revolución le toca pagar el pato). El enemigo era la burguesía, el gobierno al que la revolución había depuesto era el gobierno burgués, los burgueses eran esos bichos indecentes propietarios de los medios de producción que conspiraban para impedir la construcción del paraíso socialista ¡Qué malos, qué ruines eran los burgueses! Y, en la época de las grandes purgas, una posible acusación por defecto era la de ser partidario de la burguesía. El que era acusado de esto podía ir encargando el funeral.
Pues ahora, ni pum. Los tiempos han cambiado lo suficiente como para que un avispado fabricante llame "burgués" al champán que fabrica, lo venda al por menor a poco más de cien rublos y la gente se lo quite de las manos. No me extrañaría que el propio Ziugánov se hubiera hecho con alguna botellita para celebrar el cumple. Señor, señor, si Pepe Stalin levantara la cabeza.
- ¡Oleg Robertovich! - Diga, Arkadi Sviatoslavovich. - Tengo una protesta muy seria que plantear. - ¿Una protesta? ¿A mí? ¿Al administrador del departamento de agricultura? - A usted, Oleg Robertovich. Yo ya sé que lleva muchos años sirviendo al departamento de agricultura, y el colectivo le está agradecido por su entrega y su iniciativa, pero es precisamente su última iniciativa la que ha provocado que venga a protestar. - Arkadi Sviatoslavovich, estamos en una democracia, y entiendo que el colectivo tiene derecho a expresarse. Le escucho. - Oleg Robertovich, se trata de las recientes obras en los servicios del departamento, en la zona de visitantes, que son los que usan los koljosianos que vienen a realizar trámites. - ¿Las obras? ¿Ocurre algo con ellas? - Oleg Robertovich, a los campesinos no les gusta el estado en que han quedado los servicios. - Arkadi Sviatoslavovich, ¿qué me está diciendo? ¡Esos servicios eran un lugar sucio y atrasado! Tras la reforma, tenemos unos servicios dignos de la Rusia del siglo XXI. - Pero los campesinos no están acostumbrados. Usted ha hecho colocar un mamotreto de color blanco y forma extraña en el lugar donde debe estar el agujero de siempre. Usted ha hecho cubrir ese trasto con una tapa ¡Una tapa, Oleg Robertovich! ¡Como en los restaurantes de la ciudad! Los campesinos no desean eso. Los campesinos quieren su letrina, quieren su agujero en el suelo, quieren hacer sus cosas acuclillados en el suelo, como las hicieron sus padres, como las hicieron sus abuelos. Y como seguramente harán sus hijos. Y usted, Oleg Robertovich, será administrador del departamento de agricultura, pero no debería molestar al colectivo. Y le advierto que el colectivo está muy molesto y considera que el gasto de instalar ese mamotreto no merece la pena. - Pero es mucho más higiénico... lo exige la época... - Oleg Robertovich, no quería llegar a esto, pero aquí tiene un papel firmado por los miembros del colectivo en el que solicitan que se retire esa cosa que ha puesto usted y que vuelva a funcionar el agujero en el suelo. - Arkadi Sviatoslavovich... - Dígame. - Tenga en cuenta que en democracia hemos de saber llegar a compromisos. Yo comprendo que el campesinado ve estos inventos modernos y empieza a murmurar. El campesinado, usted lo sabe bien, es muy conservador. - No es motivo para no satisfacerlo. - Cierto, Arkadi Sviatoslavovich, cierto, pero veo que la pretensión principal consiste en aliviarse en cuclillas, como toda la vida, y que lo que salga del cuerpo vaya a parar a un agujero. - Así es, Oleg Robertovich. - Pues bien, yo creo que puedo hacer compatible esa pretensión del campesinado, que justamente intenta mantener sus costumbres, con el mantenimiento de la taza. Se llama, así, ¿sabe? - ¿Cómo piensa hacerlo, Oleg Robertovich? - ¿Ve esos dos bloques de cemento? - Sí. - Vuelva dentro de un rato.
* * *
- Arkadi Sviatoslavovich... - Sí, Oleg Robertovich. - Venga, ya está instalado. Dígale al colectivo que el administrador es el primer interesado en respetar la tradición, pero que hay que adaptarse al paso del tiempo, así que hemos resuelto mantener la taza con algún retoque que la haga operativa. Si los campesinos se ponen en cuclillas sobre esos bloques, podrán hacer sus cosas como siempre. - Estupendo, Oleg Robertovich. Es usted un padre para ellos. - Ah, Arkadi Sviatoslavovich, una cosa más. - Diga, Oleg Robertovich. - La tapa me la llevo a mi dacha. De todas formas, ¿dónde se ha visto una letrina con tapa?
Vivir en Rusia es algo sumamente complicado. Casi todos vosotros pensaréis que la complicación mayor a la hora de ejercer una actividad en Rusia consiste en el idioma. Claro, tenemos que el ruso es una lengua bastante poco popular por sitios como España. A pesar de que es algo así como la quinta lengua mundial por número de hablantes, después del chino, inglés, castellano e hindi, y por delante del francés, alemán o portugués, lo cierto es que los españoles que hemos estudiado ruso no llenaríamos ni el campo del Parreta U.D.
Sin embargo, ojalá fuera cierto eso de que el idioma ruso constituye la principal barrera para bandearse en este bendito país.
Vamos, la prueba de que no es así es que, sin ir más lejos, uno mismo tiene un nivel de ruso más que suficiente como para conversar de lo que haga falta, y que las barreras siguen estando ahí, como riéndose de nosotros.
Y la mejor prueba es que los rusos también hablan perfectamente el ruso, y las barreras también se oponen a ellos.
Os aseguro que yo no quería estar el fin de semana en Moscú, y que sólo un conjunto de casualidades lo han conseguido. Pero, en fin, sí, estuvimos en pleno en Eurovisión. Estuvimos en el ensayo final, y mejor así, porque poco después la policía rusa comenzó a emplear la mejor medida de seguridad que conoce, es decir, cortar todas las calles en varios kilómetros a la redonda. Provocan así un atasco del quince, pero, desde luego, a la sede del festival no se acercan ni los cuervos.
Total, el ensayo fue exactamente igual que la actuación final. Igualito.
De momento, llegamos al Olimpisky, que es donde tenía lugar el sarao. Hace una semana estábamos a veintipico grados, y la gente creía que ya era verano. Ah, almas de cántaro, qué poca idea. La temperatura se las apañó para bajar a nueve grados de golpe. Daba cosa ver a todas las minifalderas tiritando de frío. Pero, claro, ¿cómo vas a ir a un espectáculo así sin minifalda? Nada, quien algo quiere, y ese algo es lucir pierna, algo le cuesta. Eso sí, yo creo que, cuando a una chica con unas piernas impresionantes le castañetean los dientes, resulta bastante poco atractiva.
Por mucho que fuera el ensayo, y no lo de verdad, los controles de seguridad eran los de siempre. Detectores de metales, arcos, policías de mala uva, OMONES... y una cola de cien metros ¿Ya sabéis cómo es una cola rusa? Pues ahora estábamos en una cola rusa a nueve grados y con un vientecillo bastante desagradable, pero bueno, menos mal que teníamos medios de protegernos. Ya decía yo que algún día le encontraríamos utilidad a la rojigualda. Cuando por fin logramos entrar, nuestros sitios estaban ocupados por un grupito de chicas. Les dijimos que no molaba, ellas señalaron unos sitios una fila más adelante que estaban libres y nosotros les dijimos que los ocuparan ellas y a nosotros nos dejaran los nuestros. Refunfuñaron un poco, pero se fueron. Alfina se puso a un lado, yo al otro, y en medio pusimos a Ame y a Abi, mientras Ro estaba más lejos.
La gente era bastante normal, como en cualquier concierto. Se ve que la mayoría de los frikis estaban reservándose para la noche. Los vestidos eran bastante corrientitos. Una señora con su niño, unas parejitas, y finalmente pasó lo que tenía que pasar y llegaron dos señores jóvenes que eran quienes tenían los sitios que habían ocupado las chicas. Uno de los señores iba vestidos con una camisa lila de cuello enorme, y otro con una cazadora de cuero monísima.
- Papá. - ¿Qué quieres, Abi? - Que dice mamá que tengas cuidado, que no te salpique el aceite -dijo toda seria, incluso preocupada por si le salpicaba a ella, mientras Alfina estaba muerta de la risa. - Vaaale, dile que tendré cuidado.
Al final los señores ocuparon su sitio y las chicas supongo que se fueron con la fiesta o otro lugar.
La actuación fue bastante interesante. Parece que este año había menos frikis que otras veces, de todas formas, a mitad de actuación, más o menos, tuvieron que parar para limpiar la pista, que debía estar algo sucia. Después de limpiar la pista a mitad de actuación, salieron los daneses y los alemanes, con unos vestiditos monísimos. Con los alemanes salió una señora que yo no conocía, pero que parece que es famosa por desnudarse. Sólo por desnudarse, sin pasar a mayores. No sabía yo que eso pudiera llevar a la fama a alguien, pero bueno, será que sí.
Cuando acabaron, lo lógico hubiera sido limpiar la pista de nuevo, por si se ponía muy resbaladiza, pero se ve que estaba hecho a propósito, porque enseguida salieron los turcos, que eran unas chicas que no estoy muy seguro de qué pensaría Mahoma si levantara la cabeza y las viera allí en medio, en pelota picada y a la vista de todos. Yo hacía a las turcas más recatadas.
Junto a las turcas, salió un señor también medio desnudo, pero que iba corriendo de un lado al otro del escenario como si tuviera mucha prisa. El escenario resbalaba que flipas, así que el turco se iba deslizando con las carreras y le quedaba muy bien. Hicieron bien en sacarlos justo después de los daneses y los alemanes.
Lo malo es que después salió Albania. Albania llevaba una chica, pero tuvo una idea muy original, cual fue la de sacar para ayudarla al Hombre-Araña, vestido de verde para la ocasión. Probablemente los de seguridad no le dejaron pasar los dispositivos arácnidos, así que el hombre tuvo que conformarse con dar saltitos y cabriolas de aquí para allá, pero, como el escenario estaba que daba pena de resbaladizo, el pobre se pasó más tiempo en el suelo que de pie. Ame es un gran fan del Hombre-Araña, tiene muchos tebeos y cromos suyos y no dejó de animarlo. Espero que para la noche hubieran arreglado lo del suelo, porque así no vale.
A la salida vimos al chavalín noruego, que había acabado su ensayo y que supongo que se iba con su grupo a dar una vuelta, ya vestido de calle, antes de la hora de verdad. Alfina le dijo en inglés que le había gustado mucho su canción y él le dio las gracias. Un tío majo. Si hubiéramos sabido que iba a ganar de calle, seguramente nos hubiéramos hecho una foto con él, pero tampoco era cosa de presumir.
Como ya sabéis, porque lo hemos dicho varias veces, todos los cantantes que actúan en Moscú están acabados, (lo vimos aquí, aquí y aquí) y no digamos si lo hacen en Eurovisión. Se exceptúan los propios cantantes rusos, que naturalmente en caso contrario estarían todos acabados por definición, y no es así. Así que podemos confiar en que la representante española (y casi todos los demás) haya empezado su cuesta abajo, cosa que, por lo que he podido ver en bastantes sitios, no mucha gente va a lamentar. Con el chavalín noruego tengo mis dudas, porque, como es bielorruso de nacimiento, lo más probable es que comparta la inmunidad rusa al acabamiento que amenaza a todo el que actúa por aquí. Me alegro, porque ya digo que parece un buen tipo.
A la vuelta estábamos muy contentos de haberlo visto todo sin demasiados agobios. Sólo yo estaba un poco preocupado, porque ahí estaba Ame, la mar de contento, y yo estaba inquieto, claro.
Y es que ¿cómo le dices a un niño que su héroe favorito está acabado?
Una de las cosas que más llama la atención de la actual crisis económica rusa es el desplome de los precios del sector inmobiliario. Y diréis: ¡Vaya novedad! ¡Como en todo el mundo! Y es verdad, más o menos eso está sucediendo en todo el mundo, pero principalmente en los dos países que más habían calentado los precios de viviendas y oficinas, que son, me temo, Rusia y España. Y así como, el 1 de septiembre de 2007, los que estábamos entonces en España nos dimos cuenta de que, de golpe, todo el mundo había vuelto a trabajar, menos las agencias inmobiliarias, que seguían cerradas (y ya no abrirían), en Rusia el golpe ha venido un año más tarde, pero ha venido.
Y ha venido de forma rara. De la noche a la mañana, las calles, los periódicos y, como se ve en la foto, incluso los stands de feria (que no deberían servir para eso), han aparecido repletos de carteles ofreciendo alquileres de oficinas. Antes del verano de 2008, los propietarios de oficinas dictaban condiciones leoninas a todo el que intentaba alquilarles algo, y les clavaban lo que no está escrito. Ahora, en cambio, los mismos propietarios que acuchillaban a sus inquilinos los persiguen rogándoles que no se marchen. Pero, claro, con la crisis no está el horno para bollos, ni menos para pagar alquileres de diez mil euros al mes por tener tu empresa en un lugar decente.
Con las viviendas ocurre lo mismo. El verano pasado, cuando los precios seguían en auge, mi casero llamó diciendo que iban a pasar por casa unos abogados para comprobar unas cosillas sobre el piso; yo, que estaba de rodríguez, me aseguré de estar en la casa cuando vinieran, y resultó que de abogados nada: los pollos que vinieron eran agentes de la propiedad que fotografiaron todos los rincones de la casa. Y claro, si viene un agente de la propiedad (que es un gremio que detesto especialmente), uno sospecha que su permanencia en la casa corre peligro.
- Oiga, pero estos señores no son abogados. - Ah, ¿dije abogados? No, no, son de la inmobiliaria. - ¿Eso es que el dueño va a vender el piso? -je, lo pregunté como si los de la inmobiliaria, a lo mejor, estuvieran allí porque les gusta hacer fotos. - Parece que podría haber un comprador, pero usted no se preocupe, ¿eh?, que esto no afectará a su contrato de alquiler.
Hombre, claro, el nuevo propietario se lo tendrá que chupar, pero eso sólo retrasaría dos meses, que es el plazo de preaviso, mi mudanza.
- Ah, bueno... -dije, como si estuviera tranquilo.
La crisis es una desgracia, pero tiene sus partes positivas. Unas semanas después de la visita de los agentes de la propiedad, el sector inmobiliario cayó en picado, de la posible venta nunca más se supo, el contrato de alquiler se ha renovado e incluso sin subir el precio. Sólo falta que el casero me ponga un jacuzzi último modelo. Estoy por pedirlo, a ver qué hace por retenerme.
* * *
Pero eso será otro día. Este fin de semana no, porque este fin de semana toca Eurovisión en Moscú, y por casa han aparecido, qué vergüenza, entradas para el ensayo de trajes. Iré, vale, pero por curiosidad científica, a ver qué frikis hay por allí. Pero con cuidado, que parece un certamen más invertido que la pirámide de población de Asturias.
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