lunes, 21 de diciembre de 2020

Gentes sin miedo

Al final, con la boca pequeña, vuelve a haber misas públicas en Bruselas. Digo públicas por llamarlas de alguna manera, porque, en realidad, desde el 13 de diciembre, lo que se ha autorizado es la reunión de hasta quince personas en los templos, sin contar los menores de doce años. Eso permite entrar a los templos... si alguien tiene la bondad de abrirlos, claro, porque el obispo puede indicar que los templos queden abiertos para acoger a los fieles que vayan a rezar, pero el obispo, y nunca mejor dicho, puede decir misa. Los que mandan en los templos católicos belgas cada vez son menos los obispos, ni siquiera los sacerdotes, y cada vez más los laicos que de hecho están al frente de las unidades pastorales y parroquias y controlan el acceso a la misma con mano de hierro.

En esta situación tan penosa, uno se pregunta cómo ha llegado a haber un colegio episcopal tan borrego como el belga, incapaz de levantar un poco la voz y decir que con la Eucaristía no se juega. Muy al contrario, los obispos belgas no paran de repetir lo peligrosa que es la pandemia y la solidaridad que tienen con este gobierno que deja abrir IKEA, pero no la catedral. Estos obispos vivieron durante su infancia en un país entonces católico, estudiaron en un seminario razonablemente nutrido, en una universidad católica, y han tenido la vida resuelta desde que fueron ordenados. Así las cosas, no es de esperar que se jueguen, no ya la vida, sino una multa por parte del gobierno. En Irak querría verlos yo dando testimonio.

En el mundo hay de todo, y estos días he pensado bastante en el señor de la foto, que quien haya leído hasta aquí pensará que es uno de los obispos belgas, pero no lo es. En realidad, ha aparecido al menos tres veces en esta bitácora, más concretamente aquí, aquí y, sobre todo, aquí, ya incardinado en su actual destino.

Efectivamente, se trata del actual arzobispo de Minsk y Magilov, monseñor Tadeusz Kondrusiewicz, que, a sus actuales 74 años y cerca de presentar la renuncia, a lo que no renuncia es a defender sus creencias en un lugar tan poco propicio para el pensamiento libre como la Bielorrusia de Lukashenko. De hecho, después de unas elecciones presidenciales que Lukashenko dice que ha ganado con el 80% de los votos, cosa que mucha gente directamente no cree, salió de su residencia, se dirigió a las puertas de una prisión en la que Lukashenko había hecho encerrar a gente que protestaba por el pucherazo, y se puso a rezar allí. A rezar, no a manifestarse ni a protestar contra el gobierno, aunque es cierto que también hizo declaraciones en las que aseguraba no ver clara la limpieza de las elecciones.

Unos días después, hacia el final de agosto, Monseñor Kondrusiewicz partió a Polonia a una reunión, y al volver a Bielorrusia se encontró con un control fronterizo que descubrió problemas con su documentación, y le denegó la entrada. Y así hasta hoy, en que sigue sin poder entrar en su diócesis. Teniendo en cuenta que Monseñor Kondrusiewicz nació en Bielorrusia y tiene nacionalidad bielorrusa, uno pensaría que los supuestos problemas con su documentación serían sencillos de resolver, pero no parece que los consulados bielorrusos en el exterior estén muy por la tarea de ayudar a Monseñor.

Y he pensado en él porque, aunque uno ve la foto y no encuentra gran diferencia física entre Monseñor Kondrusiewicz y cualquier obispo belga que vista de obispo (alguno hay), su trayectoria vital es bien diferente. Monseñor Kondrusiewicz nació en la Unión Soviética, bajo un régimen oficialmente ateo y que sólo toleraba a la Iglesia Ortodoxa porque era totalmente inofensiva y la tenía infiltrada hasta la médula. Sin embargo, Monseñor Kondrusiewicz era católico, que es motivo para que en la Unión Soviética la discriminación contra él fuera múltiple. Siendo notoriamente católico, no me quiero imaginar los obstáculos que tuvo que superar para estudiar (es ingeniero mecánico) y para ingresar en el seminario de Kaunas, que tengo entendido que era el único seminario abierto en toda la Unión Soviética, y aun éste severamente limitado por las autoridades. Ya como obispo en Moscú, tengo alguna idea de cómo fue sacando adelante la diócesis, entre las dificultades que planteaban las autoridades civiles y, de paso, las de la Iglesia Ortodoxa. Vamos, lo mismito que sus colegas belgas y sus cabezas gachas frente a cualquier cosa que venga del gobierno. Éste no. Éste no se ha callado cuando ha visto que tenía que hablar.

Yo no sé si a Monseñor Kondrusiewicz le habrá dado Dios muchos talentos, pero, cuando le llegue el momento de devolvérselos, podrá decir que dejó la diócesis católica de la Madre de Dios, la de Moscú, en mucho mejor estado que cuando la recibió y puso las bases de su crecimiento. No lo hizo él solo, pero no se hubiera hecho sin él. Y no puedo juzgar qué es lo que ha hecho en su diócesis actual, pero, por el poco tiempo que he pasado en ella, me quito el sombrero de lo que he visto. En cuanto a los obispos belgas, me pregunto si alguno podrá presentarse ante Dios diciendo que dejó su diócesis mejor que cuando la recibió, con más fieles y sacerdotes, o más bien tendrá que bajar la cabeza y decir que, cuando el gobierno mandó suspender el culto público, él no levantó la voz, ni puso pies en pared, sino que insistió en que los templos "permanecieran abiertos para la oración", y ni siquiera puso mucho énfasis en que al menos se cumpliera esto escrupulosamente.

En fin, a ninguno le deseo que esta situación, posiblemente embarazosa, se les plantee sino antes de mucho tiempo. Entretanto, vamos a ofrecer una oración por Monseñor Kondrusiewicz, que hoy paga su coherencia con el exilio, y vamos a la cama, que se hace tarde y mañana, si Dios quiere, toca viajar.

viernes, 18 de diciembre de 2020

I wanna Grezzi (de nuevo)

Ya sé que no es la primera vez que me pongo con este tema, pero es que me resulta apasionante. Soy ciclista, y espero que por muchos años, y serán muchos años si no tengo ningún percance serio, cosa que será más probable que suceda si hay unas infraestructuras como es debido. He pedaleado en España, en Alemania, en Rusia, un poquito en Francia (parte alsaciana) y ahora pedaleo en Bélgica, sobre todo cuando no hay pandemia que me ponga en teletrabajo forzoso.

España (y no sólo España, seamos serios) es un país en el que, si vas en bicicleta, te etiquetan de progresista, ecologista y muchas cosas a cual peores, ninguna de las cuales soy. Da la impresión de que todo vaya junto, y digo yo que se podrá ser ecologista, y progresista, y no obstante moverse en coche, y no es que se pueda, es que conozco más de un caso y más de dos de ecologismo hipócrita, igual que los hay que progresismo de salón y de vegetarianos que comen jamón de vez en cuando, a escondidas, como un vulgar pecador de la pradera de la religión que se han montado.

De igual modo, se puede ir en bicicleta no por un respeto reverencial por el medio ambiente, ni por luchar contra el capitalismo, sino simplemente porque ir en bicicleta mola, incluso cuesta arriba. Bueno, lo de cuesta arriba sin pasarse.

Mola más todavía cuando puedes circular despreocupadamente, sin temer demasiado que venga un vehículo monstruoso y te lleve por delante. Por eso, cuando leo nuestro panfleto regional valenciano, leo que Grezzi ha vuelto a hacer de las suyas, pero esta vez se ha cortado mucho, y ha montado un carril bici en la Gran Vía Fernando el Católico, en el cap i casal, aunque en la calzada y junto al carril bus, del que no está segregado. Hasta los ciclistas, según "Las Provincias", critican esta vez a Grezzi, o bien "Las Provincias", que ya sabemos que a Grezzi le tiene ojeriza, ha escarbado hasta encontrar un ciclista que critique a Grezzi.

Conozco cada metro de la Gran Vía Fernando el Católico. Durante años fue mi camino de vuelta a casa después de las clases de ruso en la Escuela de Idiomas. En aquellos tiempos feroces, ni siquiera me cabía en la cabeza que pudiera haber un día un carril bici por allí. Además, en mi clase hubo un año un tipo bastante cretino, repeinado y estudiante de Derecho, que no pegaba ni con cola entre aquella panda de peludos que estudiábamos ruso, y que iba con una bicicleta de montaña, cuando apenas existía tal cosa, con no sé cuantas marchas y una aerodinámica que dejaba tieso a cualquiera. Yo llevaba un modelo de frenos de varilla, que distraje de la herencia de un tío abuelo, que llevaba lustros criando polvo en un corral, que los herederos me cedieron con una mezcla de conmiseración y asco, y que fue mi medio de transporte durante mi último año en Valencia, que sigo considerando uno de los años más felices de mi vida. Los piques en bicicleta con mi pijérrimo compañero de clase, que debía vivir por mi zona, eran de órdago, y el teatro de las operaciones era el carril bus de la Gran Vía Fernando el Católico, con su asfalto horadado y desnivelado a fuerza de soportar autobuses de dos cuerpos, camiones y todo tipo de maquinaria como pasaba por allí en aquel entonces, y que, a veces, me pasaba a mucho menos del metro y medio de distancia que, ya entonces, debía respetar al adelantarme. Qué digo metro y medio, ojalá hubiera sido la mitad. En ese contexto, dos estudiantes de Derecho y de Ruso se las tenían tiesas con sus respectivas bicicletas, uno con mejor material rodante que el otro, el cual, sin embargo, a base de orgullo, entrega, y encontrando atajos más cortos que la línea recta, a pesar de Euclides, a veces obtenía ventaja.

Los nietos de aquellos dos ciclistas podrán disfrutar de recorridos menos peligrosos. Porque, si salí no sólo vivo, sino indemne, de aquel año, ello tuvo que ser debido a la milagrosa intervención del ángel de la guarda. No hay otra posibilidad.

En cuanto a que sea un carril no separado del resto del tráfico, e interrumpido por quienes, con todo su derecho, quieren acceder a los autobuses y taxis que circulan por allí, pues qué se le va a hacer. De momento, hay esperanzas para que el asfalto mantenga al menos una apariencia digna, y no los socavones que me ha tocado vivir. Y luego, si comparo con Bruselas (o con Madrid, que yo no sé cómo no fallecen más ciclistas en Madrid, con los carriles suicidas que hay), ya me gustaría en Bruselas tener más carriles como el que veo en las fotos, pulcramente pintado de rojo. Aunque las cosas están empezando a mejorar, el carril bici bruselense más habitual es una bicicleta con una flecha pintada en blanco sobre el asfalto, y allá te las compongas. Sólo últimamente el gobierno socioecologista se ha puesto las pilas con los carriles bici.

Tengo ganas de probar el carril bici de Fernando el Católico, ya abierto al público. Si Dios quiere, tendré la posibilidad dentro de unos días. Lo más probable es que me entre un poco de morriña de aquel año que rodé peligrosamente, pero lo cierto es que todo lo que me recuerda aquel año me produce un poco de morriña, quizá porque los humanos tenemos la tendencia de recordar las cosas buenas, y aquel año hubo muchísimas, y olvidar las malas, que también las hubo. 

Entretanto, me quedan unos días de circular -poco- por los carriles bici sin segregar característicos de la región de Bruselas, lo cual me debería recordar mucho más mis piques con mi conmilitón que el relativamente aséptico recorrido en que seguramente se habrá convertido la Gran Vía. Pero eso será en otro momento, porque ahora se hace tarde, y mañana me toca madrugón.



miércoles, 16 de diciembre de 2020

Más desaguisados eclesiásticos

Yo ya sé que en esta época del año tan entrañable deberíamos estar llenos de buenos deseos, y que una de las obras de misecordia espirituales consiste en sufrir con paciencia los defectos del prójimo, pero hay cosas que, mal que me pesen, son de actualidad permanente, y una de ellas es el colapso de la Iglesia Católica en Bélgica, un colapso que me temo que nos hemos ganado a pulso.

Pues señor, tenía yo esta mañana una cita con un oculista nuevo y, como siempre que debo ir a un lugar por primera vez, y a despecho de lo que digan Google Maps y toda la caterva de aplicaciones de navegación que acabarán por hacernos minusválidos en cuanto nos falle algo y nos tengamos que orientar solos, salí con muchísimo tiempo de antelación. Pensaba ir caminando, pero vi que llovía, así que tomé la bicicleta y, como no me perdí lo más mínimo, llegué a mi destino media hora larga antes de la cita. Incluso para mis estándares, media hora es mucho para meterme en una sala de espera, y seguía lloviendo, así que miré en derredor para ver si podía emplear con provecho al menos parte de esa media hora.

En esto, vi que justo frente a mí, prácticamente en el límite entre los pueblos de Uccle y de Forest, pero ya en la parte tocante a Forest, un gran cartel rezaba, y nunca mejor dicho, "Paroise Saint Pie X - Parochie H. Pius X". Es decir, que estaba ante el templo dedicado a San Pío X.

San Pío X está retratado en la foto que ilustra esta entrada. Papa entre 1905 y 1914, se opuso tenazmente al modernismo teológico y favoreció una reacción católica firme. Un gran papa, seamos claros. Un gran papa que no tengo nada claro que estuviera conforme con lo que parece que se cuece en la parroquia que se le ha dedicado en Forest y que se intuye en las fotos que he sacado.

De momento, advirtamos el tablón de anuncios, últimamente bastante vacío, que se sitúa a nivel de calle. Un folio reza "Ici chaque dimanche messe à 11 h avec animation pour les enfants". En castellano "Misa aquí todos los domingos a las once, con animación para los niños". A mí me parece un cartel muy preocupante. De momento, porque me temo que hay una sola misa en toda la semana (y eso será cuando la permitan celebrar, que ésa es otra), a semejanza de lo que ocurre en San Marcos, otro que se revolvería en su tumba si viera a qué se ha reducido el templo dedicado a él. Para eso ha quedado el evangelio...

En segundo lugar, no nos engañemos, ese cartel revela que quien lo escribió o encargó destaca la importancia de la "animación para los niños", como si fuera eso lo más importante de la misa, que queda convertida en una especie de guardería beatorra, y no la presencia de Jesús sacramentado. Que no pido yo que el cartel diga "con presencia de Jesús sacramentado" (aunque quizá no estaría de más recordárselo a más de uno), pero lo mínimo es guardar un decoro mínimo y no destacar una pastoral tan sumamente desacreditada como la que se ha venido haciendo con los niños, como si no fueran capaces de comprender el lenguaje litúrgico. Que son niños, no subnormales, y son capaces de comprender el lenguaje litúrgico a veces mejor que muchos adultos aburguesados.

El resto del tablón medio lo ocupan tres carteles, pero sólo uno de ellos alude a alguna cosa relacionada con la religión. Se trata del titulado "Sarments forestois", o sea, "sarmientos de Forest", que alude probablemente al nombre de la unidad pastoral al que pertenece la parroquia. La unidad pastoral es un invento adaptado aquí, y que es dudoso que traiga nada bueno, que consiste en juntar varias parroquias para compartir servicios, y que en todo caso pone de manifiesto que la Iglesia Católica en Bélgica se ha quedado sin carne con la que cubrir el esqueleto.

Los otros dos carteles son, uno, un anuncio lamentando la desaparición de Fígaro, un indudablemente precioso gatito negro con las patas blancas, y preguntando si alguien lo ha visto. El cartel restante es una oferta de alquiler de plazas de aparcamiento allí mismo, al precio de 60 euros, supongo que al mes, y el teléfono móvil de la persona de contacto, probablemente el responsable de la "fabrique d'église", que es como decir el ecónomo de la parroquia, encargado del mantenimiento del templo y de que no se venga abajo. En estos tiempos pandémicos, mucho me temo que los ingresos de la parroquia son más magros que de costumbre, y los de costumbre, si han de depender de la colecta de la única misa que se dice en ese templo, tampoco deben de ser como para tirar cohetes.

Un vistazo un poco más allá nos permite ver el famoso aparcamiento cuyas plazas se alquilan, y que es un descampado aplanado y, por lo que se ve, con no demasiado éxito entre los usuarios. Por cierto que el cartel indicador ya nos permite ver otro de los ingresos de la "fabrique d'église", y que es el alquiler de espacios como salas de celebraciones. El letrero dice "San Pío X - Iglesia - Sala de celebraciones". En el mejor de los casos, que San Pío X, autor de "Vehementer Nos", estuviera muy de acuerdo con la situación, es asunto más que dudoso. Él fue, al fin y al cabo, el que tuvo que elegir entre que la Iglesia Católica en Francia fuera reducida a la miseria, al privársele de todas sus propiedades, o claudicar y llegar a un acuerdo con el gobierno masónico y revolucionario de la Tercera República. San Pío X eligió lo primero. Y uno diría que el uso de las salas como lugar de celebraciones particulares debiera ser subsidiario, e incluso disimulado, pero los responsables de la cartelería lo han situado al mismo nivel que el uso como templo, y no puedo dejar de pensar que no pasará mucho tiempo antes de que el uso como sala de celebraciones sea preeminente, y si queda alguna eucaristía, será anunciada con la letra pequeña.

Al final, sumido en estos pensamientos, había llegado el momento de acercarse al templo mismo, que se adivina debajo de la cruz que se ve en la fotografía, allá al fondo. Es acercarse un poco más y darse cuenta de todo el mal que ha hecho la arquitectura moderna, que ha reducido un templo católico a una especie de trapecio en relieve, más soso que la dieta de un hospital de coronarios, y que sólo parece una iglesia por la cruz que se ve en la parte superior del edificio, pero que igual podría ser el palacio de deportes del obispado.

En esto, y como seguía quedándome un tiempo prudencial para la hora de la cita con el oculista, recordé la instrucción del señor obispo de mantener abiertos los templos, ya que no para las eucaristías, al menos sí para la oración privada, y resolví acercarme al mismo, y grande fue mi regocijo al ver el interior iluminado, señal -pensaba yo- de que los responsables del templo debían estar haciendo caso a la orden del obispo, no como los de San Marcos, y que podría pasar el tiempo hasta mi consulta no en una sala de espera impersonal, sino en oración en un lugar a propósito.

Me acerqué, pues, a la entrada, marcada con una flecha, y empujé la puerta, como mandaba un cartel fijado sobre la misma, pero nada conseguí, porque estaba totalmente cerrada. Haciendo hueco con mis manos, atisbé en el interior a dos personas, un hombre y una mujer, colocando lo que parecían unas flores delante del altar. En honor a la verdad, y a pesar de que a través del cristal con los reflejos del exterior se veía más bien poco de lo de dentro, el interior del templo, forrado de madera, mejoraba sensiblemente el exterior que se puede apreciar en la foto (apreciar es mucho decir, pero el lector ya me entiende).

Las dos personas de dentro ignoraron completamente mi presencia al otro lado del cristal, ni siquiera cuando intenté buscar otra entrada y me fui desplazando por las distintas puertas alternativas acristaladas, todas ellas pulcramente cerradas y que, con flechas pegadas sobre los cristales, dirigían a la puerta en la que realicé mi primer intento. Aún di la vuelta por uno de los lados, hasta que no tuve otra sino cejar en mi empeño y, con las orejas gachas, recorrer los diez metros que me separaban de la consulta del oftalmólogo y, con un adelanto un poco menos exagerado que al principio, tocar el timbre.

Y me preguntaba, esperando mi turno, cuál era el motivo de que aquellas dos buenas personas, tan atareadas con sus asuntos, hubieran entrado en el templo cerrando la puerta tras ellas. De hecho, se habían quedado con el templo para ellas solas, muy al contrario del espíritu de la orden del obispo de mantenerlo abierto el mayor tiempo posible. Y ahí está el problema: las dos personas cerraron la puerta tras de sí porque no esperaban a nadie. No esperaban que nadie tuviese la humorada, en un día lluvioso y feo como ha salido esta mañana, de acercarse al templo a rezar, ni mucho menos de que un paciente del oculista vecino llegase a su cita antes de tiempo y quisiese pasar un rato en compañía del Señor.

La verdad es que no he tenido un contacto muy estrecho con los feligreses católicos belgas, fuera de algunas excepciones muy contadas, y que lo que voy a escribir ahora puede ser injusto. Sin embargo, la impresión que tengo es de unas comunidades sumamente endogámicas con enormes problemas para aceptar a alguien nuevo en su capillita. Mis escasos intentos de ejercer las funciones de catequesis que ya desempeñé en Valencia y en Moscú han sido un fracaso sin paliativos,  y los responsables pastorales diríase que han preferido que no hubiera catequesis en absoluto antes que confiársela a un advenedizo como yo. Se sospecha de todo lo que no se conoce, precisamente en una ciudad en la que un enorme porcentaje de la población es foránea, y se sacude la cabeza frente a todo lo que sea sospechoso de poco ecuménico-social-vaticanosegundista-misericordioso (y ahora, además, ecológico), y no digamos si alguien dice que el catecismo confirma que el pecado mortal existe y que la confesión frecuente es algo muy conveniente. Vamos, que el ecumenismo, sin ceder en los principios, está bien; lo social está bien; el Concilio Vaticano II tiene cosas chulísimas; y la misericordia más nos vale que la reparta Dios a espuertas, porque, como lo que reparta sea justicia, aviados estamos. Pero una cosa es apreciar eso, y otra muy distinta sólo apreciar eso.

Yo diría que la Iglesia Católica en Bélgica, o muy buena parte de ella, es el paradigma de lo que ha sido ese progresismo litúrgico-eclesial que, a la vista está, tanto daño ha hecho. Los templos se han vaciado, se mantiene una sola celebración, no al día, sino a la semana, el porcentaje de creyentes es irrisorio, y los responsables, en lugar de plantearse si no han estado equivocados, miran embobados no se sabe bien adónde, mientras se empecinan en continuar con la misma pastoral que nos ha llevado a donde estamos. Y, mientras la Iglesia Católica se encoge como el algodón de baja calidad lavado a noventa grados, las funciones se las siguen repartiendo los mismos, sin dejar entrar a nadie que no conozcan, y orgullosos de ser una especie de resto fiel, dueño de la parroquia, aunque sólo les quede el esqueleto.

Y, mientras, uno se queda ahuecando las manos y tratando de mirar al interior del templo, tratando de acceder a él, mientras una pareja de buenísimas intenciones adorna un altar para disfrute de ellos dos y de los pocos a quienes permitan la entrada.

Pero quizá esté yo completamente equivocado, no lo sé. Al fin y al cabo, el que tenía que ir al oculista era yo.

martes, 15 de diciembre de 2020

Bacanales

Para mí desconcierto, parece que Bélgica últimamente es noticia por la profusión de detenciones en fiestas ilegales, que se organizan y tienen lugar en contravención de las normas de confinamiento contra el coronavirus. Primero fue la orgía homosexual en la que pillaron al eurodiputado húngaro ése que es -bueno, era- miembro de un partido político que no pasa por partidario de la homosexualidad. A estas alturas, que en el centro de Bruselas tenga lugar una fiesta homosexual, o una orgía si se quiere, no debería ser noticia. El que ha seguido estas pantallas durante los primeros meses de 2013, en que el autor de estas líneas vivió en pleno centro de Bruselas, rodeado de las dos emes (moros y maricones, en expresión de dudoso gusto acuñada por un homosexual bastante de vuelta de todo que conocí en una fiesta de cumpleaños), sabrá que lo que es noticia en el centro de Bruselas es más bien que la fiesta no sea homosexual.

Obviamente, lo que era noticia era la doble vida de uno de los asistentes, que por un lado asistía a una fiesta con hombres semidesnudos y semidrogados, mientras que, en su vertiente pública, casado y con descendencia, pontificaba contra la ideología de genero y defendía la familia tradicional. Al menos, hay que decir que se ha comportado con cierta dignidad, después de pasar el ridículo episodio de intentar escaparse por una tubería. Supongo que haber dimitido de todos sus cargos y pedir la baja en el partido, hasta cierto punto, le honra.

Pero, en todo caso, lo que le ha pasado a este señor, y probablemente le pase a otros varios como él, da que pensar. En Bruselas es de lo más normal que haya un ambiente bastante disoluto, y eso prescindiendo de que la orgía sea homosexual o no (toda orgía deja mucho que desear en cuanto ejemplaridad). Las instituciones europeas, las organizaciones internacionales de todo tipo, y toda la maraña de organizaciones que pululan alrededor de ellas, atraen a un montón de gentes de toda condición, pero que, en general, son bastante jóvenes, con ganas de comerse el mundo, muchos son descreídos, como lo son el común de los mortales, y no paran mientes en adaptarse al relajado ambiente moral que impera por aquí.

El caso es que no todos los que vienen por aquí son tan jóvenes. El político húngaro, por ejemplo, ya no cumplirá los cincuenta, a pesar de conservarse tan bien como para atreverse a descolgarse por una tubería y ganar así la calle. Y eso nos lleva a que hay bastante gente sola, con jornadas de trabajo larguísimas y nadie que les espere en sus domicilios cuando vuelven a ellos. Es terreno sembrado para buscar distracciones y, no nos engañemos, Bruselas ha cerrado los cines, los restaurantes, las salas de conciertos y todo tipo de distracciones honestas. A quienes usan de ellas sólo les queda la clandestinidad en forma de fiesta de catacumba, porque que las iglesias sigan abiertas para la oración evidentemente no les consuela.

Muchas veces he dicho que éste es un país de voluntades libres, que resulta sumamente difícil conjuntar para que no choquen demasiado. En este contexto, llevo viendo desde marzo, desde el mismísimo comienzo de la pandemia, que las restricciones, pasados los primeros días de estupor, las ha tomado la gente por el pito del sereno; y la policía, seamos serios, tampoco se ha puesto a detener a diestro y siniestro a todo aquél que haya contravenido las ya de por sí pacatas órdenes de las autoridades. Por eso causa sorpresa la intervención en esta fiesta, y en alguna otra, que se ha producido sin excepción tras la denuncia de algún vecino a quien no dejaban dormir. He leído en algún sitio que el organizador de la bacanal, que debe ser un tipo con la cocorota especialmente desportillada, se ha quejado de que le han denunciado varios competidores suyos, igualmente homosexuales, celosos de su éxito y que buscan atraer los clientes que él tiene de ordinario. Yo creo que es darse importancia, pero, sea como fuere, mal vamos si el mercado de orgías homosexuales, que de por sí no debe ser muy limpio, padece la competencia entre émulos con tan mala leche.

El caso es que, a partir de ese incidente, y a despecho de que fiestas clandestinas, a no dudar, hay en todos los países del continente, no se habla sino de las del país de uno... y de las belgas. Uno lee los periódicos alemanes o franceses, y aparecen sucesos como las detenciones de algún nacional reunido con más gente de la conveniente... y la última detención en Bélgica, aunque en el grupo de fiesteros no haya eurodiputados, ni ministros, y la orgía cuente con hombres y con mujeres, eso sí, ligeros de ropa, lo que con el frío que está haciendo no será por gusto, sino por comodidad para pasar a mayores sin demasiado embarazo ¿Desde cuándo es noticia que un grupo de desconocidos, por mucho que esté prohibido, se lo monten entre ellos? Pues desde que ese grupo de desconocidos, aunque en este caso sean franceses, se hayan internado (tampoco mucho) en Bélgica para ejecutar sus designios orgiásticos. Sí, Bélgica, ese país en cuya capital pasa de todo.

En fin, así comienzan las leyendas negras, y parece que la de este mi país de residencia va por buen camino. Seguiré atento a las pantallas, pero no será hoy, porque se ha hecho tarde.

lunes, 30 de noviembre de 2020

El catolicismo invisible

Los obispos belgas no parecen tener muchísima madera de mártires, la verdad. Con la segunda ola del coronavirus, las autoridades masónico-liberales que nos gobiernan prohibieron el culto religioso, con contadísimas excepciones en casos de funerales, bautizos y matrimonios, sin que la conferencia episcopal belga haya hecho algo distinto a agachar la cabeza y tragar saliva, ni los fieles, la verdad sea dicha, hayamos hecho mucho más que torcer el gesto y, todo lo más, escribir entradas en esta bitácora. En Francia, como sabemos, hay obispos mucho más combativos, y no está de más ver que la muy timorata página de internet de la conferencia episcopal belga se hace eco de ello, aunque sea un poquito. ¿Cuándo tendremos en Bélgica un obispo como Monseñor Rey, por poner uno de los citados en el artículo?

Y no es la primera vez que el gobierno belga hace de su capa un sayo con los creyentes, porque la primera fase de la pandemia también sucedió algo similar. Tres meses sin sacramentos (con las tres excepciones antedichas), y sólo al final, cuando ya casi todo estaba abierto, se empezó a escuchar alguna queja, muy matizada, por parte de un obispo valón.

Al menos, se supone que los templos pueden estar abiertos para la oración personal. Pero eso es mucho suponer. En el berenjenal que es la iglesia católica en Bélgica, no es fácil encontrar templos abiertos a horas normales. San Marcos, el templo más cercano a mi domicilio, no es precisamente un hervidero de actividad y, si está abierto a alguna hora, yo no he sido capaz de localizarla.

Sin embargo, afortunadamente, hay excepciones. Al menos, yo he podido encontrar una, a casi cuatro kilómetros de casa, en que la iglesia está abierta para la oración de manera frecuente y, cuando no lo está, al menos la capilla lateral, con imagen de la Virgen, está a disposición de todo el que pase. Y la música religiosa de fondo ayuda. Lo curioso es que el templo está en las afueras, en una zona que se diría bastante descreída, y con una densidad de población bastante baja, pero el párroco es muy activo, su liturgia es cuidadísima, y los frutos se notan, cosa que prueba que, incluso en Bélgica, con todo lo secularizado que está el país, las cosas se podrían hacer bien, y se obtendrían resultados.

Como eso no pasa siempre, el gobierno belga, directamente, ningunea a las religiones. La musulmana no es -todavía- tan potente como para tenerle respeto y, de todas formsa, hay sitios donde las autoridades miran descaradamente para otro lado, por la cuenta que les trae; la católica podría montar pollos muy serios en algún tiempo pasado, pero no en el presente, así que el gobierno liberal-masónico belga desprecia abiertamente cualquier oposición que le pudiera venir por ahí.

Tras su última reunión, las autoridades han permitido abrir los comercios no esenciales, pero, de los templos, no han dicho ni mu. Cerrados. Así que en San Nicolás y Navidad se podrán hacer compras, pero no ir a misa. Uno diría que la Navidad (y San Nicolás) son fiestas religiosas.

Error. Ni siquiera los obispos belgas se lo terminan de creer, según parece. Veamos el siguiente artículo aparecido ahora mismo en la página oficial de la iglesia católica en Bélgica.

Me ha llamado la atención esta cita: Le vicaire épiscopal du diocèse de Liège n’a toutefois pas manqué de déplorer le fait qu’aucune allusion n’ait été faite aux cultes lors de la conférence de presse. « Rappeler l’origine religieuse de Noël et la dimension spirituelle qui s’y déploie, ne fait offense à personne. Mieux – cela fait du bien à tout le monde. »

En castellano: Sin embargo, el vicario episcopal de la diócesis de Lieja no ha dejado de lamentar el hecho de que en la conferencia de prensa no se haya hecho alusión alguna a los cultos: "Recordar el origen religioso de la Navidad y la dimensión espiritual que se despliega en ella no ofende a nadie. Es más, hace bien a todos."

Sin duda, el vicario episcopal es un señor bienintencionado, pero le traiciona el lenguaje que usa ¿Cómo que "origen religioso de la Navidad"? ¿No da a entender una expresión como ésa que la Navidad ya no es una fiesta religiosa, aunque su origen sea religioso? No será una fiesta religiosa, sin duda, para mucha gente, pero es lamentable que el vicario episcopal de Lieja, con lo que ha sido Lieja, no tenga valor (o directamente no crea, qué sé yo), que la Navidad, o es una fiesta religiosa, nada menos que la celebración del nacimiento del Salvador del mundo, o no es nada. Nada.

Con estas premisas, el resto del artículo suena completamente vacío. Habla el articulista de fieles que envían cartas para reabrir las iglesias, de "millones de creyentes belgas", antes ha hablado de los "gruñidos" de los fieles...Pamplinas. Mientras tanto, los templos siguen cerrados, y los fieles son ovejas, porque los que debían ser sus pastores resulta que también se han hecho ovejas, y el gobierno belga se permite ignorar directamente a los pocos católicos que debemos quedar en este país (millones, dice, qué bueno), mientras al vacío añade la humillación de hacer más caso a los tenderos de comercios no esenciales.

Nos mean encima, y decimos que llueve.

 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Proveedores de internet

Mientras la pandemia campa por sus respetos en Bélgica, superando con creces a todos los países de su entorno (y a los demás también), en este país de voluntades libres sigo con los intentos de cambiar de proveedor de internet. Ja.

Tras muchas llamadas, pena y trabajo, conseguí que viniera un técnico a instalarla, y aquí me encontré con unas circunstancias curiosas que no me esperaba, y que a saber de cuándo datan.

Mi casa lo es desde hace cuatro años y medio. Antes lo fue de un arquitecto a quien no estoy seguro de confiarle nada serio, visto cómo trataba su propia vivienda. De momento, la había llenado de escaleras, lo cual fue finalmente el motivo de la venta, porque sus rodillas no le daban para pasar de una habitación a la otra. Mientras uno es joven, se ríe de las escaleras y encima se mantiene uno en forma, pero, a medida que se van cumpliendo años, las cosas cambian. Nuestro antecesor decidió que ya estaba bien de sufrir y se fue a una vivienda de una planta, y ni una más, en Waterloo.

Aparte de no pensar en el futuro, la vivienda estaba recorrida por un caos de cables de todo tipo. Los cabos que nos íbamos encontrando los escondíamos tras los muros o tras donde fuera, sin saber muy bien de qué eran. Los obreros que nos hicieron la reforma, dirigidos por un arquitecto que era el paradigma del belga (es decir, que le daba todo lo mismo), eran una banda de chapuceros que dejaron demasiadas cosas a medias, y otras directamente mal terminadas, pero eso es otra historia, y prefiero no detenerme demasiado en ella.

Al lado de donde normalmente estaría el televisor, debía haber un cable coaxial, de ésos de antena de toda la vida. Al menos, la entrada existía, por lo que, cuando el proveedor de internet que debía hacer la instalación me preguntó si tenía una clavija de cable coaxial, yo dije que sí que la tenía, y no mentía.

Me las prometía muy felices, pobre de mí.

Cuando llegó el instalador, se vio que la clavija estaba, pero que el cable que había detrás no llegaba a ninguna parte. Es más, se descubrió un oportuno cable cortado en alguna de las reformas que había habido, que venía de la caja distribuidora de la red coaxial del municipio.

El instalador me dijo que su empresa no hacía ese tipo de conexiones.

- Pero, ¿se puede hacer?

- Sí, sí, se puede.

- ¿Y usted sabe hacerlo?

- Sí.

- ¿Y cuánto me costaría?

El instalador se quedó pensando un rato y dijo:

- Ciento veinte euros.

- Venga ¿Ahora?

- ¡Nooooo! No lo puedo hacer en horas de trabajo. Vendré el sábado. Si me libero, el viernes por la tarde.

Está visto que la gente se aprovecha de que, en estos tiempos, ir enmascarado no es sospechoso en absoluto, y pueden hacer impunemente todo tipo de desmanes.

El instalador se piró, no sin asegurar que me enviaría un mensaje de texto para confirmar la hora a la que vendría.

Como el asunto del cableado se iba a resolver en pocos días, llamé a la proveedora para pedir otra cita para instalar internet. Obviamente, todos los operadores estaban ocupados, así que pasé al plan B de hacerme pasar por un cliente nuevo. Volvió a funcionar, pero no tan bien. Se ve que su oferta es buena, porque tardaron ya un par de horas en llamarme.

En esta ocasión, desgraciadamente, la operadora que me tocó era menos avispada que la anterior. Probablemente, la otra vez tuve suerte, y esta vez me tocó la norma general.

- ... y me ha pasado esto, y por eso querría dar de alta internet a partir de la semana que viene, cuando el asunto del cableado esté resuelto.

- Ah, pero me tendrá que enviar su documento de identidad.

- Ya lo hice.

- Ah, sí, lo veo. Lo tengo en pantalla. Pero lo tiene que enviar otra vez.

- ¿Otra?

- Sí, otra.

- ¡Pero si lo tiene en pantalla usted! ¿Para qué se lo he de enviar de nuevo?

- Son nuestros procedimientos.

- ¿Enviarles una cosa que ya tienen?

- Sí, eso nos dicen en el departamento de altas.

No es que yo no tuviera ganas de discutir: es que es inútil. Ni siquiera en los peores momentos de Rusia (y no digamos ahora) me encontré con alguien tan profundamente cerril. Así que busqué el correo que había enviado para darme de alta con las tarjetas móviles, lo envíe de nuevo, tal cual, a la misma dirección y, con un suspiro, proseguí la conversación con mi interlocutora.

- Ya está. Ya lo he vuelto a enviar.

- Muy bien. Aquí lo veo. Nuestro departamento validará su documento de identidad, y entonces le llamaremos y podrá pedir cita.

- ¿Seguro que me llamarán? Es que les voy conociendo...

- Sí, sí, son nuestros procedimientos.

Casi diría que naturalmente, el instalador piratilla de ratos libres jamás envió el mensaje de texto, jamás apareció por casa para restablecer la conexión de cable y, de manera previsible, pero coherente con su idiosincrasia, el proveedor jamás me llamó para decir que mi documentación estaba validada y, por tanto, podía pedir cita.

Lo que sí que me llegó fue un enlace para rellenar una encuesta de satisfacción.

Estoy prácticamente seguro de que todo lo que escribí en la encuesta de satisfacción les entrará por un oído y les saldrá por el otro a los responsables de la empresa proveedora. Para ser sinceros, no es exactamente lo que yo consideraría una crítica constructiva, pero, si reciben muchas encuestas como la mía, un empresario debería preguntarse si no está haciendo algo mal.

En todo caso, tiene narices que lo que me haya dejado más satisfecho de la empresa haya sido el rato empleado en rellenar la encuesta de satisfacción.

martes, 3 de noviembre de 2020

Desde España

La verdad es que salir de Bélgica no fue empresa fácil, más que nada por la escasez de vuelos para hacerlo. Tras un par de cancelaciones, acabé por trasladarme en un avión que salía de Charleroi, ese aeropuerto que Ryanair ha denominado "Brussels-South", y ciertamente está al sur de Bruselas. Con la misma lógica, lo podría llamar "Valencia-North".

El aeropuerto estaba menos que medio vacío, y eso en el primer día de vacaciones escolares en Bélgica. Normalmente, estaría de bote en bote. Al menos, todo el mundo estaba exquisito: hasta los seguratas sonreían y, como éramos menos pasajeros que seguratas, y se veía que teníamos tiempo, nos sometieron a controles un poco más rigurosos que de costumbre. A mí me cachearon de arriba a abajo, si bien eso, fuerza es decirlo, sucede también cuando el tráfico aéreo es el habitual. Algo sospechoso me verán.

El vuelo parecía ser uno de los últimos que salían de Bélgica. Vamos, no comprobé si el avión lo pilotaba Hanna Reitsch, pero no lo excluyamos del todo. El pasaje, más o menos la mitad de la capacidad del avión, lo componían en su práctica totalidad familias belgas que se habían creído que Valencia no estaba tan mal como otras zonas de España y habían sacado el billete y mantenido sus planes, a pesar de que dos días antes las autoridades belgas habían metido la provincia de Valencia en zona roja. Cuando salí de Bélgica, Alicante y Castellón seguían en zona naranja, pero hoy toda la Península Ibérica se considera zona roja, con la única excepción de la provincia de Lugo, que, francamente, no es adonde se desplaza un turista belga en noviembre.

La llegada a Valencia fue igualmente rara: el aeropuerto estaba más ocupado por trabajadores que por pasajeros, y la cola de taxis era impresionante, mientras que la de pasajeros era totalmente nula, así que me monté en el primero que había y me planté en mi casa en un periquete. Qué diferencia con otros días...

La verdad es que en Valencia me está sorprendiendo una extraña sensación de normalidad. La gente lleva mascarilla, sí, pero fuera de eso parecería que la vida sigue igual. Los bares y restaurantes, que en Bélgica llevan varias semanas cerrados a cal y canto, aquí están abiertos como si tal cosa, y el buen tiempo que ha hecho hasta hoy mismo permite que las terrazas, donde lógicamente los contagios son menores, estén llenas, y los interiores prácticamente vacíos.

Los comercios, que en Bélgica llevan cerrados desde el viernes, salvo lo más imprescindible, aquí están trabajando normalmente. En nuestro barrio bruselense, la cosa es aún más grave, porque el único supermercado que está a una distancia fácilmente abarcable a pie ha cerrado por obras hasta entrado noviembre, con lo que los únicos comercios abiertos en el barrio son, seguramente, las dos farmacias más cercanas. El supermercado más cercano, un Carrefour de ésos que abren todos los días, domingos incluidos, está a más de un kilómetro y no es cosa de hacerlo con la compra de la semana a la espalda.

En Valencia, no. Todo funciona, los niños llevan uniforme, o al menos mochila, hay actividades deportivas, y esta mañana, saliendo de visitar la Almoina, coincidí con la entrada de un nutrido grupo de colegialas atentas a las explicaciones de su profesora. Enmascaradas, sí, pero juntas, para oír mejor lo que les decían. Nada de eso sucede ahora mismo en Bélgica.

Dicen que en España vamos hacia un confinamiento estricto, y bien pudiera ser, ahora que hay estado de alarma y toque de queda desde medianoche, a lo Cenicienta. Muchas de mis amistades españolas, seguramente asustadas por la situación que ven a su alrededor, e imbuidas de ese complejo de inferioridad propio del español que ha viajado poco, preguntan qué estarán pensando en Europa del, dicen, desastre que está sucediendo en España.

Como otras muchas veces, me toca decir que no somos peores que en otros países de Europa, aunque las derechas digan que sí, y que la culpa es de la izquierda, y la izquierda también diga que sí, y le eche la culpa a la derecha. Si hay algo en lo que estamos claramente peor que en el resto de Europa es en el enconamiento entre unos y otros, que hasta ese extremo no creo que se dé en ningún otro sitio. Pero, fuera de eso (o a pesar de eso), no veo yo que España funcione peor que Bélgica, un país donde el diagnóstico del COVID no se hace antes de diez días, y eso sólo con síntomas. Por comparar, Abi estudia en Madrid, una ciudad gobernada por la derecha que, si tenemos que creer a la izquierda, está al nivel de catástrofe de Chernobil, o peor. Pues bien, sin tener el menor síntoma se ha hecho la prueba de antígenos en la sanidad pública por la mañana, hoy mismo, que fue cuando la pidió, y a la media hora salía con el resultado. Negativo.

Para que nos hagamos una idea, en Bélgica han abandonado la idea de hacer test a los que se desplazan al país desde una zona roja. No pueden, es pura saturación del sistema. En su lugar, hay que rellenar un cuestionario de autoevaluación y, si eres asintomático y te has autoevaluado lo suficientemente bien, eres libre o, como mucho, te mandan un SMS (aún he de verlo) con instrucciones.

De momento, lo que no está claro es que sea capaz de volver a Bélgica. Tengo un billete de avión para dentro de una semana, sí, pero últimamente los billetes de avión comienzan a parecerse mucho al papel mojado. Ya veremos si consigo tomar un vuelo... o se me hace tarde.