sábado, 3 de enero de 2026

Regalos

Se acerca el día grande de los regalos en España, que es el 6 de enero, Epifanía del Señor, más conocida (mucho más conocida) como el día de Reyes. Como ya sabemos, en Bélgica dicha festividad pasa completamente desapercibida (y no digamos en Rusia, donde es uno más de la semana entera no laborable de primeros de año); en Bélgica, el día de los regalos es San Nicolás de Bari, el 6 de diciembre, que en España es festivo por otras razones. San Nicolás, con la inapreciable ayuda de Pierre Fouettard, Zwarte Piet o Pedro el Negro, según la lengua que usemos, trae regalos a los niños, pero mi experiencia es que se limita a repartir chocolate y, si nos apuramos, mandarinas. Lo que sucede en España con los Reyes y toda la parafernalia que se monta alrededor de ellos no tiene parangón en ningún otro sitio, al menos que yo sepa.

Pero el caso es que la parafernalia en cuestión mola. Mucho. Y yo soy un firme partidario de la monarquía, tanto más si es tan legítima como la de los Reyes Magos.

Hasta el día de hoy, me las he apañado, excepto en ocasiones escasísimas, para pasar las Navidades, día de Reyes incluido, en España, y este año no está siendo una excepción. En algún año tuve que volverme adonde estuviera, Alemania, Rusia o Bélgica (bueno, aquí no) el mismísimo día de Reyes, y aun entonces conseguí apañármelas para dejar regalos preparados a mis padres y hasta a mis hermanos, que por aquel entonces aún vivían con ellos.

Yo no sé qué opinarán los lectores de esta bitácora, pero los regalos deben ser un fastidio enorme. Vengo de una familia que los detesta: mis padres, en cuanto sus hijos nos caímos del guindo, empezaron a pasar de los regalos... precisamente cuando yo empecé a hacérselos a ellos. Mis hermanos son la cosa más opuesta a los regalos que ha parido madre, aunque, por increíble que parezca, la madre que los parió es la misma que me parió a mí. Yo todo es romperme la cabeza buscando qué regalarles, mientras ellos insisten en que no les regale nada y que, en todo caso, ellos no piensan regalarme nada a mí.

En estas circunstancia, que haya llegado hasta mi edad con la ilusión de regalar cosas debe catalogarse como de milagroso, aunque confieso que estoy cada vez más cerca de tirar la toalla y, si no lo he hecho todavía, es probablemente porque en mi familia más estrecha no me lo perdonarían. Eso sí, cuando me quedé huérfano, de lo que hace poco más de cinco años ahora mismo, el número de regalos difíciles empezó a reducirse. Regalar algo a mis padres era realmente agónico: ellos ya habían dejado de regalar nada en absoluto y pretendían que yo hiciera lo mismo para no quedar mal, lo cual conducía a riñas y reproches el día de Reyes, cuando yo aparecía por la puerta con los brazos cargados de cosas y con tres hijos siguiéndome, entusiasmados por la visita de los Reyes. En aquel entonces, los hijos no entendían por qué su abuelo no se ponía contento con la bufanda, libro o pijama que le habían traído los Reyes, y entendían mucho menos por qué me reñía a mí, como si yo tuviera algo que ver en lo que los Reyes hubieran escogido.

En fin, que este año he decidido regalar libros a todo quisqui, salvo petición muy expresa. Los libros tienen muchas ventajas, entre ellas lo fáciles que son de envolver.

A todo esto, más vale que salga pronto, porque queda ya muy poco para que lleguen los Reyes y, como no me espabile, ¡se me va a hacer tarde!

1 comentario:

Anónimo dijo...

No tires la toalla, sigue manteniendo la tradición y la ilusión