viernes, 15 de octubre de 2010

Cumple por ahí: preparándose para lo inevitable

Efectivamente, el cerco para celebrar el cumpleaños fuera de casa se estaba cerrando preocupantemente. Las opciones, por otra parte, eran básicamente tres:

1. El Samolyet (avión, en cristiano), que es el lugar tradicional, no muy lejos de casa (uno cinco kilómetros, que en Moscú es poco menos que la vecindad inmediata). Es como unos recreativos, pero sin futbolín y con unas máquinas rarísimas, además de salas futuristas y luces mareantes. Parecen unos recreativos del siglo XXI...

Ostras, si lo que pasa es que ya estamos en el siglo XXI.

Creo que me estoy haciendo un pelín mayor...

2. El Happylon. Una pasada. Jamás había visto lo que hay ahí. Un auténtico parque de atracciones, pero cubierto, con montañas rusas y todo. Éste parece unos recreativos, pero por lo menos son del siglo XXII. Las niñas han ido a un par de fiestas de cumpleaños y la verdad es que el sitio es una pasada.

3. El desconocido Rollhall, que miramos por internet y donde todo parecía claro, así que llamé y lo reservamos. Así me gustan las cosas, pensat i fet. Corresponde a la imagen de ahí arriba y, contra todo lo que pudiera pensarse al verlas, tienen programas para niños por las tardes. Luego, por las noches, yo diría que se dedican a otras cosas, a juzgar por las siluetas que aparecen.

Lo malo del "pensat i fet" es que, tomada la decisión, las cosas hay que llevarlas hasta el final. Alfina y yo nos pasamos una tarde por allí, dos semanas antes del evento, y sólo por los pelos conseguimos un huequecillo para el día deseado, porque el resto de las fechas y todo el horario de ese día estaba a tope. Por si os queréis hacer una idea, agasajar a diez amiguitas (bueno, a nueve, porque la homenajeada también entra en el número) con algo de bolos, una cosa que se llama Q-Zar y que aún me tienen que explicar qué es, unas cuantas vueltas por los recreativos y un paseo por la pista de patinaje con una especie de patinete extraño, con dos monitores que se desgañitan organizándolo todo, durante dos horas (y ni un minuto más), sale por once mil rublos, que son unos doscientos setenta eurazos. Como además hay que dar de merendar a toda esa gente, hay que pasar por el restaurante de la cosa, que para algo mínimamente decente se llevará otros doscientos euros.

A buenas horas se me hubiera pasado siquiera por la cabeza decirle a mi padre que iba a celebrar mi cumpleaños y que la cosa le iba a costar ochenta mil pesetas de las de antes. Vamos, ni en mis sueños más salvajes. Pues aquí, sin problemas, y no sólo yo, sino el resto de los compañeros de clase, que insisto que es de un colegio público de lo más corriente, que también celebran sus cosillas en sitios semejantes y donde probablemente les cobrarán lo mismo, por lo menos. Como se nota que prácticamente todos son hijos únicos.

Luego está la logística. Invitaciones a los amiguitos, con tiempo, porque ya se sabe que en estos casos hay que comprar un regalo; ojo con que no se te cruce otro cumpleaños, porque la cosa es seria. A nosotros nos pasó. Precisamente el mismo día que iba a ser el (supuesto) cumpleaños de Abi, y justo al día siguiente de pagar el pastizal, resulta que las invitan a las dos a un cumpleaños (éste realmente era de verdad el 2 de octubre, que tal era el día D). Puñetas. Claro, no podemos ir, pero la madre ya contaba con las niñas entre los diez elegidos. Llamé a la madre y me deshice en disculpas, pero creo que nos ha tachado de la lista de personas gratas, porque eso de celebrar precisamente el 2 de octubre, día del auténtico cumpleaños de su hija, un cumpleaños que había sido en realidad el 2 de agosto es verdad que tiene una pinta de excusa barata que lo flipas. Al menos, hasta hoy no he vuelto a hablar con ella.

No sé, me siento como Long John Silver cuando le dan la mota negra...

Y eso, que no se te dé nadie de baja a última hora, porque desde luego no puedes invitar a nadie la víspera sin quedar muuuuy mal, porque está claro que sólo lo has invitado porque ha habido bajas. O que haya un atasco y lleguen tardísimo, o no lleguen siquiera, al lugar del cumple... jo, qué suerte tuvieron mis padres.

Y nada de ir en metro o en transporte público al lugar del delito. Hay que ir en coche, a ser posible grande, porque los regalos pueden ser voluminosos y hay que transportarlos.

En fin, que llegamos al día D.