miércoles, 12 de mayo de 2010

Gente que no quiere nadie (I)

Es frecuente el hecho de que haya personajes históricos muy destacados, y cuya paternidad se atribuyen distintos países o regiones. Así, por ejemplo, y respecto de Cristóbal Colón, descubridor de América, se disputan España e Italia haber sido su cuna, e incluso dentro de España hay más de una región que insiste en que nació allí. Pero, claro, ello se debe a que Colón fue una personalidad básicamente positiva del que se puede estar orgulloso.

¿Y Mozart? Los alemanes dicen que era alemán y los austríacos están tan seguros de que era austríaco que todo el mundo se lo ha creído. En realidad, siendo de Salzburgo, lo más correcto sería decir que era alemán, porque, en la época en que nació, Salzburgo no pertenecía a Austria, sino que era una especie de feudo del obispo local dependiente directamente del Sacro Imperio Romano... Germánico. Y claro, los dos países se disputan ser la patria de Mozart porque Mozart es un orgullo e, incidentalmente, da mucha pasta en turismo y en bolas de chocolate.

Por contra, es mucho menos frecuente que suceda lo contrario. Pero sí, hay casos en que sucede que a una persona no la quiere nadie, y todos los países de los que podría ser nacional se lo quitan de encima como pueden. El caso más claro es Adolfo Hitler, que nació en Austria, y de hecho no recibió la nacionalidad alemana hasta nada menos que 1933, horas antes de ser nombrado canciller. Los alemanes, de vez en cuando, mencionan que era austríaco, y no convencen a nadie; los austríacos poco menos que piden reparaciones de guerra a los alemanes y han conseguido hacer creer al resto del mundo que Hitler era alemán. Son buenísimos, los austríacos.

Otro caso interesante es el de Karol Świerczewski, el de la foto de arriba, ciudadano al que los dos países a los que podría pertenecer tienen tendencia a rechazar. Uno de los dos países a los que podría pertenecer es Rusia; el otro es Polonia.

Lo que es nacer, Karol Świerczewski nació en lo que hoy es Polonia, pero que entonces pertenecía al Imperio Ruso, en el lejano año de 1897. Como es bien sabido, entre 1917 y 1920 hubo mucho jaleo en la zona. Świerczewski, comunista de pro, se metió en el Ejército Rojo e intervino en la guerra civil rusa y, después, en la guerra ruso-polaca de 1920... en el lado ruso, lo cual, fuerza sea dicho, no le debería despertar las simpatías de los polacos. La guerra la ganaron los polacos, y Świerczewski, evidentemente, se quedó en Moscú, estudiando en la Academia Militar, porque lo que es ir a la Polonia de Pilsudski lo tenía crudo.

Unos años después, Karol Świerczewski, posiblemente pensando y con razón que su apellido era una pesadilla impronunciable para cualquiera que no fuera polaco, se hizo con un nombre de guerra: General Walter. Menos mal, porque su siguiente acción de guerra tuvo lugar nada menos que en España y no me quiero imaginar a los cordobeses o granadinos teniendo que llamarle por su apellido.

A finales de 1936, el general Walter pasa a España y se pone al mando de la XIV Brigada Internacional. Es un poco difícil describir su actuación en la guerra con propiedad. Las fuentes republicanas actuales hablan de que se formó una reputación de hábil comandante y fino estratega; las fuentes nacionales, muchas veces citando fuentes republicanas de entonces, hablan de una especie de terrorista con galones y sin escrúpulos y con una capacidad de mando menos que mediocre, en particular si le había dado tiempo a empinar el codo. Me perdonarán los republicanos, pero, a juzgar por su actuación posterior, parece que las fuentes nacionales, en este caso, gozan de una credibilidad algo mayor. Sí que parece que su capacidad como comandante, al contrario de lo que suele ser habitual, fue disminuyendo durante la guerra, probablemente a medida que sus subordinados le fueron calando. En Lucena y Córdoba, aún en el 36, debió estar aceptablemente bien; en la batalla del Jarama ya no debió estar tan bien; en la de Brunete, poco después, ya se hicieron célebres sus cabreos entre los que vivieron para contarlos; en la ofensiva de Aragón de 1938 incluso es de suponer que los nacionales estuvieran buscando los sectores del frente en que estaba él para lanzar sus ofensivas. Tras la división de la zona republicana en dos, el general Walter no se quedó a ver el final de la cuestión y fue relevado. Sin embargo, su ausencia, a esas alturas, no fue suficiente para cambiar el curso de la guerra y evitar la derrota de la República.

La siguiente etapa de la carrera militar del general Walter tiene lugar nuevamente en la Unión Soviética. Tuvo la suerte de que el peor período de las purgas le pilló en España, con lo que logró sobrevivir a la limpieza. Tras dos años en que se sitúa en Moscú, estalla la guerra contra la Alemania nazi y Walter se pone al frente de una unidad del Ejército Rojo. Sí, no hubo más remedio. Entre las purgas de los años anteriores y el porrón de prisioneros que la Wehrmacht había hecho en los primeros meses de la guerra, los mandos sobrios, con experiencia bélica y capacidad de mando se contaban con los dedos y Walter, por lo menos, reunía uno de los tres requisitos.

Sus biografías oficiales omiten casi siempre su participación en la batalla de Vyazma, en noviembre de 1941. El empuje de la Wehrmacht pilla a Walter en un estado que, siendo indulgentes, podríamos considerar como "un poco chispa"; si no somos indulgentes (el mariscal Zhukov, a cuyas órdenes estaba, no lo era en absoluto), podríamos considerar que llevaba una curda tal que no se tenía en pie ni mucho menos podía dar órdenes (y casi mejor que no lo hiciera). El resultado fue que, de los diez mil soldados que estaban bajo su mando, sólo cinco consiguieron salir enteros del atolladero, y los alemanes siguieron avanzando hacia Moscú como si tal cosa. No sabemos a ciencia cierta la opinión de Zhukov sobre Walter, pero podemos sospechar algo, porque a Walter le dijeron que la prioridad del Ejército Rojo era la instrucción y que sería de más utilidad en la construcción del socialismo formando soldados que perdiéndolos en el frente. Y, así, se pasó los siguientes años en tareas de instrucción, lo que posiblemente sí tuvo cierta influencia en los éxitos soviéticos en la guerra a partir de 1942.

Pero la vida sigue, y al general Walter le llegó una nueva oportunidad de cubrirse de gloria en 1944, cuando alguien se acordó de que Karol Świerczewski era polaco, el frente iba a llegar a Polonia, la URSS querría montar allí un estado comunista, y los polacos comunistas vendrían bien para legitimarlo y darle lustre. En estas circunstancias, se forma un ejército polaco y el general Walter pasa al mando de una de las unidades del mismo.

En abril de 1945, lo que quedaba del III Reich está al borde del colapso. Los mariscales Zhukov, Rossokovsky y Konev se dirigen escopeteados a Berlín y el fin de la guerra es cuestión de días. Walter está en el frente ucraniano, a las órdenes del mariscal Konev (suponemos que Zhukov, desde el frente bielorruso, consiguió esquivar a su antiguo subordinado), y se le asigna la tarea de avanzar por el sur de Berlin ocupando Bautzen.

Y lo ocupó, pero aquí no acaba su historia. Lo veremos en la próxima entrada.