miércoles, 7 de abril de 2010

Testaferros (I)

El señor de la foto atiende por Sergey Zuev y es, o era, un empresario. Un nuevo ruso de libro. Todos conocemos ese estereotipo de nuevo rico ruso como persona zafia e inculta que ha hecho su fortuna mediante procedimientos poco ortodoxos. Bueno, pues ese estereotipo es frecuentemente verdadero, porque un buen número de rusos nuevos ricos son tirando a zafios y efectivamente han hecho su fortuna mediante procedimientos poco ortodoxos, pero hay bastante gente que no es así y que tiene buenos modales, además de un porrón de pasta. Y algunos, incluso, la han conseguido honradamente.

El caso de Sergey Zuev posiblemente no sea uno de esos casos, sino de los primeros, pero es quizá paradigmático, además de bastante poco conocido en Occidente, donde todo quisqui conoce hasta la marca de las gafas de Jodorkovsky y cree a pies juntillas que ha sido el único represaliado por el régimen por un quítame allá estos impuestos. Y nada de eso. Los partidarios de Jodorkovsky podrán decir que es injusto que sólo a él le toque purgar sus penas en la trena, cuando hay más gente que ha hecho barrabasadas; pero eso no es verdad. Al menos, no es toda la verdad.

Por lo que tengo entendido, en tiempos, Zuev trabajaba en las estructuras del Instituto del Mueble soviético, una institución absolutamente demencial que se dedicaba a diseñar y vender muebles exactamente iguales, de una calidad muy mejorable y de un gusto ni bueno ni malo: simplemente único. Era el colmo de la uniformidad soviética, aburrida y monolítica, imposible de esquivar, con muebles que te encontrabas en todas las casas a las que ibas y, lo que es peor, en todos los hoteles a los que ibas, aunque en éstos siempre había cajones desvencijados, puertas que no se cerraban (o que no se abrían) y armarios cuyas bisagras sonaban como un violín tocado por un minero.

Al final del camino soviético, el Instituto del Mueble se despeñó, las fábricas rusas de muebles fueron privatizadas y se desligaron de la estructura centralizada y la clientela, que ya estaba hasta la coronilla de sus incómodas cómodas, de sus cajoneras descajonadas, de sus armarios desarmados y de sus lechos deshechos, se lanzó a comprar cualquier cosa que no fuera eso. Y Zuev se encontró vendiendo muebles rumanos, que son sencillotes y, lo que entonces era más importante, diferentes. Zuev empezó a ganar dinero a espuertas, y con él sus socios en la aventura.

Como las cosas en Rusia, o se hacen a lo grande, o no se hacen, Zuev y sus socios, o eso nos quieren hacer creer, montaron la tienda más grande de Rusia, Grand, y poco después la más grande de Europa, Tri Kita ("Las tres ballenas", en castellano), un espacio interminable a las afueras de Moscú donde había realmente de todo lo que quisieras meter en tu casa, desde un juego de servilletas hasta un tresillo puturrudefuá de fabricación italiana y más caro que un Maybach con opciones. Por cierto que, cuando conocí al jefe de tienda, que había sido compañero de Zuev en los tiempos soviéticos y apenas pasaba por la puerta, miré a mi alrededor, a ver si veía a las otras dos ballenas.

A Zuev lo conocí en los albores de 2003, cuando tratábamos de cerrar un acuerdo de publicidad. Tras una dura mañana de negociaciones con un socio suyo, Latushkin, que me da la impresión de que era quien realmente cortaba el bacalao en el día a día, y que trataba a patadas a sus expertos en marketing, nos invitaron a comer en el comedor para directivos de sus oficinas. Allí se nos reunió Zuev, que no tenía un aspecto tan bueno como en su foto oficial de ahí arriba, pero que tenía, eso sí, una pinta muy saludable. Nos presentaron y comenzamos a comer.

Los modales de cada uno a la mesa son muy reveladores de la clase de persona con la que nos enfrentamos (de hecho, intentamos que Abi, Ro y Ame comprendan bien esto, de momento con poco éxito). Zuev era tremendo. No dijo prácticamente una palabra en toda la comida, a pesar de que tras el tira y afloja de la mañana estábamos en un ambiente mucho más informal. Es más, cuando sacaron la sopa, Zuev dejó la servilleta a un lado y sacó un babero que se ató al cuello, mientras comía ruidosamente. Mis compañeros y yo nos miramos sin saber muy bien qué pensar.

Buen, sí, lo que pensamos es que semejante patán no podía ser capaz de haber montado un pedazo de estructura como la que estábamos visitando y que era el indudable número uno del mueble en Rusia, bastante por delante de IKEA. Esta impresión se vio corrobada al asistir a la fiesta de cumpleaños de Zuev, que fue un espectáculo tremendo, con actuación de variedades incluida, y en el que le entregaron un premio totalmente destarifado que más vale que no le entreguen a nadie más. Mi mente rechaza recordar las palabras que pronunció y su estilo al dirigirse al público.


Puede aclarar un poco la situación la foto de ahí al lado, que fue tomada a Zuev hace unos días, cuando fue juzgado y condenado por contrabando. Aunque parezca mentira, es la misma persona, si bien entre una y otra hay muchos meses sin ver una cuchilla de afeitar y varios años ente rejas.

Entre el momento de principios de 2003 en que compartí con Zuev mesa y mantel (babero no, ése sólo lo llevaba él) y su detención en 2006 hay un par de asesinatos, una serie inabarcable de procesos judiciales a varias bandas, una legión de funcionarios corruptos y una pila tremenda de billetes cambiando de manos. Y esto no traficando con diamantes, con oro o con armas, sino con una cosa tan pacífica, en principio, como muebles. Pero eso queda para una próxima entrada.

5 comentarios:

Behemoth dijo...

Pues al entrar al blog y ver la foto, pensé que era Fidel Castro de fiesta hace unos años.
Quizás esto sea la prueba de que tarde o temprano, a casi todo el mundo le toca pagar los malos actos.

Orayo dijo...

Me interesa la historia. Estare pendiente de la continuacion.

Bru Nito dijo...

Querido Alfor, pues a mi ya no me sorprende nada. Alguna vez se investigara seriamente a funcionaros del Ejecutivo ruso ?

Te dejo la pregunta picando para una sabrosa respuesta.

Anónimo dijo...

¿Qué quieres decir exactamente con "variedades"?
¿Cabaret? ¿Bailarinas?

Alfor dijo...

Behemoth, un respecto para los líderes mundiales, por provectos y criminales que sean.

Y, bueno, Zuev no estoy yo muy seguro de que sea malo. Es más, estoy casi seguro de que no lo es.

Orayo, mañana, en cuanto la pula un poco.

Bru Nito, síiii, fíjate en Kasiánov. Supongo que Kasiánov es razonablemente honrado, porque, si hubieran podido buscarle las cosquillas por algún sitio, les hubiera encantado hacerlo.

Oye, y tu blog la verdad es que no consigo entenderlo bien. La mitad de las letras son rarísimas.

Anónimo, sí, creo que se podría llamar así. Pero buscar una palabra exacta a aquello es sumamente difícil.