lunes, 4 de mayo de 2009

La habitación del hospital

Cuando conseguí subir a planta, empecé a percibir un olor particular, yo diría que a rancio. Uno va a un hospital español y huele a desinfectante y a veces a alcohol. En un hospital ruso huele a rancio, igual que en una oficina rusa, en un ministerio ruso, en una estación de tren rusa, en el centro de entrenamiento de astronautas de Zvyozdny Gorodok y seguramente también olería a rancio en la estación espacial Mir. Está por todos los sitios, pero por todos. Pero en el hospital me produjo un choque que no esperaba ¿No se suponía que nos habían enviado allí desde la policlínica del cuerpo diplomático y que el hospital era bueno? ¿No estaba el Embajador de Argentina por allí?

- ¿Éste es su marido?

Quien había hablado era la doctora. Alfina apareció detrás de la esquina con cara de pocos amigos.

- Me quiero ir de aquí ya.
- Bueno, bueno, ¿cómo está Ame?

Alfina me miró con cara de "tú no entiendes nada, ¿no?".

- En la habitación, ven a verla.

La habitación era uno de los lugares más lamentables que uno imaginarse pueda. El linóleo del suelo era una serie de parches roídos por la corrosión y presentaba un aspecto espantoso. Las paredes medianeras no eran sino plafones de plástico transparente con el número de la habitación (712, en este caso) pintado con rotulador y medio borrado. La pared que daba al exterior, pintada de verde característico, presentaba todos tipo de rayajos con los que anteriores enfermos habían querido dejar constancia de su paso. Los cristales que daban al exterior estaban rayados y, por ello, eran más traslúcidos que transparentes. Las camas eran una estructura metálica estrecha y corta con un delgado colchón mordisqueado. Cuatro camas había en la habitación 712. Una estaba vacía; otra estaba ocupada por una madre y su hijo, los dos un poco antipáticos; en la tercera estaba una madre joven de aspecto agradable y su hijo; en la cuarta estaba Ame, con el mismo aspecto mustio de toda la tarde y quejándose de cuando en cuando de dolores de barriga.

Vamos, que allí estábamos tan a gusto como un rabino en la franja de Gaza.

- Entiendo.
- Y eso que no has visto los baños.
- ¿Y el Embajador argentino?
- Antes lo he visto gritando por los pasillos.
- ¿Sí?
- Iba chillando "QUIERO VER UN MÉDICO YA". Lo que pasa es que el traductor le quitaba un poco de fuerza al discurso: "El señor Embajador desearía ver a un médico". O cuando el Embajador decía a voz en grito: "LLEVO DOS HORAS AQUÍ SIN VER UN MÉDICO Y ESTOY HARTO" y el traductor decía: "El señor Embajador querría manifestar su disgusto por la espera a la que se ve sometido sin ser informado por el personal de este centro." Y, claro, no le hacían ni puñetero caso.
- Bueno, pues se ve que también le han tomado el pelo.

La situación era complicadilla. Por una parte, allí había médicos que podrían tratar a Ame y decirnos qué le pasaba; por otra parte, los establos de Augías parecían un lugar relativamente limpio, en comparación con aquello.

- Oiga, ¿su marido no podría salir de la habitación? -dijo la vecina de habitación agradable. A saber lo que diría la otra.

Parecía claro que las vecinas de habitación no verían con buenos ojos que me quedase yo a pasar la noche. Si no salíamos de allí, se iba a tener que quedar Alfina. Recordé que había sido idea mía hacer caso a los de la policlínica y aceptar ser enviados al hospital de Tushino, a treinta kilómetros de casa, en lugar de al cómodo centro médico europeo, a un cuarto de hora paseando desde casa. Le eché un vistazo al reloj, por si IKEA siguiera abierto y hubiera algún sofá de oferta.

Me fui a ver a la doctora, a la que evidentemente le había caído bien. Puse mucho cuidado en utilizar mi ruso más pulido.

- Doctora, me gustaría saber qué posibilidades existen de que podamos salir del hospital esta noche.
- Su hijo tiene fiebre, realmente le duele la barriga y le estamos haciendo análisis. Esta noche se tienen que quedar. Mañana, si mejora y sólo le queda la fiebre, igual se podrían ir a casa, pero esta noche se quedan.

Me lo temía.

Una característica de los hospitales rusos es la afición del personal a las jeringuillas. Mira que en el mundo moderno hay pastillas y jarabes, pues aquí a jorobarse tocan: las vitaminas, los antibióticos y hasta los analgésicos los meten en una jeringuilla e inyección al canto. Si a eso le sumamos las separaciones transparentes entre habitaciones, la cosa se complicaba más. Desde nuestra habitación se veía perfectamente cómo la enfermera entraba en la habitación vecina y les clavaba sendas banderillas a los cuatro niños que la ocupaban, que reaccionaron a berrido y llanto sostenidos. Claro, Ame será pequeñito, pero no tonto, y era perfectamente consciente de que a él le podía tocar el pinchazo en cualquier momento. El pobre niño estaba estresadísimo.

Y con razón, porque, finalmente, le tocó a él. Entre Alfina y yo conseguimos sujetarlo con algunas dificultades, y eso que llevaba varios días enfermo. La enfermera le puso la inyección, que luego supimos que era Nurofén. Normalmente, el Nurofén se da en jarabe. Aquí, no. La enfermera ascó la jeringuilla del culo de Ame y le dio a Alfina un algodoncillo.

- Sujételo un rato.

No, en los hospitales rusos no hay tiritas. Si queréis tiritas, os las traéis de fuera, pringaos.

Finalmente, llegó la hora de pirarse. La enfermera me echó de allí, yo conseguí más o menos asegurarme de que la doctora me dejaría pasar al día siguiente, desperté a un guardía de seguridad para poder sacar mi abrigo del guardarropa y, a tientas, porque ya era de noche, encontré la salida. El segurata de la Sturmabteilung estaba fumando fuera del edificio con otros dos colegas, justo debajo del cartel que prohibía fumar en todo el recinto del hospital. Me vio al irme y me dijo.

- ¿Qué? ¿Has traducido bien?
- Sí, oye, menos mal que he subido. Mañana vuelvo.
- Volver, volverás, pero ya veremos cómo te las apañas.

Está visto que el día siguiente se presentaba duro.

8 comentarios:

Achab dijo...

Debe de ser una tradición del antiguo bloque soviético, porque en Varsovia se estilan hospitales del propio estilo.

Anónimo dijo...

¡Que Ame se mejore!
Y ánimo.

Esther Hhhh dijo...

Muchísimos besos, Alfito, espero que Ame esté ya mejor... Besos y ánimos también a Alfina.

Más besos

Bruno dijo...

Pobre Ame! Que deberias haber caido enfermo vos !

Por tratar de puñetero el ruso de tu esposa y por la injusticia del pequeñito internado!

Y coño Alfor que eres cabeza dura!
Que la diplomacia de mi pais se atendida en ese hospital de mier... como te habras dado cuenta no es signo de calidad, de hecho absolutamente todo lo que este relacionado con la diplomacia de mi pais natal desconoce lo que es un sello de calidad.

miguel dijo...

Alfor Saludos.Deseo que pronto se cure.Saludos

Alfor dijo...

Achab, pues menos mal que la guerra la ganó Franco.

Anónimo, Esther, Bruno y Miguel, Ame ya está perfectamente, muchísimas gracias por vuestro interés. Pero claro, no voy a escribirlo todo el mismo día. Que no tengo la tecla tan rápida.

Bruno, un respeto por los esforzados diplomáticos argentinos, caramba. No sé si tendrán sello de calidad o lo que sea, pero hablan muy bonito.

Bruno dijo...

No hablamos español, hablamos un carajo similar al español.

Palabras de un coterraneo suyo.

- Y para mañana me reescribes esa mierda de papper en español, que qué coño has escrito? joder tio.-

Ahi me di cuenta que en verdad no hablaba ni mucho menos escribia en español.

De alli al acento... pero eso es harina de otro costal.

Anónimo dijo...

Estuve todo el febrero y una buena parte de marzo en Argentina, Capital Federal, metida en un hospital, Posadas..... Cariño, los hospitales rusos me parecían paraíso.... Si tú lo vieras.....