lunes, 3 de noviembre de 2008

En los Urales

La semana pasada, mis pasos pecadores me han llevado a la capital de los Urales, Ekaterimburgo. Ekaterimburgo es una ciudad relativamente joven, que no llega a los tres siglos, y que, cuando la acaben, posiblemente quedará muy bien. Dios mío, en pocos sitios he visto tantas grúas como allí.

El que quiera saber, que vaya a Salamanca; pero yo no me resisto a dar mi opinión de aquello. Hombre, tres días no dan para mucho, pero algo es algo. De momento, llama la atención que el plano de la ciudad no parece una diana, como Moscú, ni un arco, como San Petersburgo, sino una parrilla o un tablero de ajedrez. Yo, con mis prejuicios ibéricos, pensaba que las ciudades deben tener una plaza mayor. Ekaterimburgo no es que no tenga plaza mayor, es que prácticamente no tiene plazas, sino líneas rectas de aquí para allá. El río que la cruza no es un monstruo caudaloso como el Moscova, el Volga o el Neva, sino el Iset, que es tirando a birriosillo y está por canalizar, incluso en el centro. El Júcar es mayor, vaya.

La arquitectura es la repera. Los edificios modernos de cristal y acero están surgiendo como hongos, hay grúas por todos los sitios y abundan los centros comerciales que pa' qué; junto a estas moles modernas, que surgen en el mismísimo centro, hay edificios más antiguos: unos han sido restaurados con gusto extremo y han recuperado el esplendor que debieron tener; otros, los más, nunca tuvieron esplendor y con el tiempo se han ido haciendo cada vez más grises, si es que es posible ser más gris todavía; hay casas de madera tambaleantes; hay, igualmente, edificios decrépitos, que a simple vista se ve que amenazan ruina; y finalmente hay algunos en que la amenaza de ruina se ha hecho realidad y se caen literalmente a cachos. Los contrastes son brutales y es difícil pensar qué aspecto puede tener la ciudad dentro de unos años, cuando la tengan un poco más avanzada de lo que está ahora.

En plan turístico, la cosa está chunga. Lo más destacado es el brutal asesinato de los señores de la escultura de la foto, el emperador Nicolás II y su familia, convertidos en fiambres por una cuadrilla de cobardes. En aquel tiempo, en plena guerra civil, los blancos de la legión checoslovaca avanzaban a la carrera y sólo una semana después conquistaron Ekaterimburgo, por lo que los rojos decidieron no arriesgarse y apiolar sumariamente a la familia imperial. Por lo demás, era una táctica que los rojos volvieron a aplicar en el caso del almirante Kolchak, igualmente ejecutado sumariamente antes de que llegase el ejército blanco que aspiraba a liberarlo. Ya se ve que caer prisionero de según quien no era un chollo (hay que decir que los blancos tampoco eran precisamente hermanitas de la caridad).

En el lugar de la ejecución hay ahora un pedazo de catedral, que ha sustituido a la casa que alojó a los prisioneros y que había sido hecha demoler por Yeltsin. A pesar de que no tiene ni diez años, es el edificio posiblemente más emblemático de la ciudad, lo que no dice mucho de su riqueza histórica. De cualquier manera, la ciudad da mucho de sí, lo que se verá a lo largo de las próximas entradas.

2 comentarios:

Sara dijo...

Jajaja! Me ha gustado eso de "él que quiera saber que vaya a Salamanca" y pinchar y redireccionarme a la página de Kino!. A Kinitri le queda mucho por saber...;) Sí, hace un montón que no escribo y una vez más doy señales de vida estando en tierras de Christian Andersen!Sin embargo sigo viva!. Da recuerdos por ahí a todos/as!

Besos

Sarapova

Alfor dijo...

Besos, Sara. Bueno, Kinitri ya sabe mucho, y tiene la ventaja de que está al pie del cañón. Espero que te vaya bien por Dinamarca y que nada huela a podrido por allí. ;)