sábado, 19 de diciembre de 2015

Aguinaldos

De sopetón, uno llega a estas fechas tan señaladas, y se encuentra con reacciones belgas que no esperaba, como, básicamente, la de los aguinaldos. Dicen que en España tal tradición existía, y que los distintos oficios pasaban en vísperas de Navidad por la casa de uno, llamaban al timbre, y dejaban una felicitación muy mona, esperando una gratificación. Supongo que cosas como la inseguridad ciudadana y las pagas extras de Navidad han ido acabando con tal cosa.

Aquí, no.

Aquí, al menos en Uccle, y no tengo motivos para pensar que no pase también en otros sitios, no hay paga extra de Navidad, ni mucho menos del 18 de julio (y eso que la fiesta nacional es el 21 de julio y podría habérseles ocurrido). Este mes, además de los atentados terroristas, que esperemos no se repitan, ha traído a Bruselas otros visitantes poco deseados: los pedigüeños de aguinaldos.

Por ejemplo, el cartero. El cartero, en mi barrio de Valencia, es un individuo venerado, amable como él sólo, que conoce a los vecinos uno a uno y los llama por su nombre, los saluda por la calle y les dice lo que les va a llevar, y si tiene un certificado no ceja hasta encontrarlos. Un bendito. Y no pide aguinaldos, sino que se conforma con lo que le paga Correos.

El cartero de Uccle, y supongo que los demás no son mucho mejores, es un estraperlista de siete suelas que no se molesta en llamar a ninguna puerta, así tenga siete certificados que dejar, sino que automáticamente introduce el papelito en el buzón con la mención de la hora a la que ha pasado, y ya te puedes buscar la vida para pasar por la oficina de Belgische Post para que te den lo tuyo. Y tiene la desfachatez de asegurar que no había nadie en casa cuando pasó y que por eso no pudo hacer entrega del envío. Tú sabes que a la hora que dice el papelito estabas en casa, pero tienes que aguantarte, y hacer encaje de bolillos para pasarte por la oficina de Correos, que, por cierto, cierra a las cinco de la tarde.

Pues este ser, en diciembre, se pasa por las casas pidiendo el aguinaldo. Y supongo que lo hace porque hay gente que le da algo, y no con la puerta en las narices. Para una vez que llama al timbre, deben pensar, habrá que recompensarlo, a ver si hay suertecilla y se acostumbra.

O el bombero. En Uccle la humedad es del 85%, por lo menos, y la probabilidad de un incendio bastante reducida, así que no hemos visto al bombero en todo el año, y a saber si es él, o un vivales que se hace pasar por bombero. En todo caso, a mí los bomberos me dan muy mala espina desde mis tiempos de feriante en Moscú, en que los recuerdo pasándose todos chulos con unas gorras de plato de diámetro imposible y uniforme reglamentario verde pistacho, asegurando que no cumplíamos con vaya a saber qué norma, y que nos cerraban el chiringuito. Luego nos tocaba calmarlos a base de jamón, y de repente cumplíamos las normas como el que más.
Pero el elemento más sorprendente son los basureros. Ya ha salido más de una vez en la bitácora, pero los basureros belgas no se matan ni un poquito, y no hay alternativa a ellos, ni contenedores por las calles. Hay tres equipos distintos de basureros: uno para retirar una vez a la semana las bolsas verdes (desechos de jardinería), otro para ocuparse en semanas alternas de las bolsas amarillas (papel) y azules (envases), y un tercero para, dos días por semana, y ni uno más, recoger las bolsas blancas (todo lo demás, incluyendo raspas de pescado). Bueno, pues los tres equipos pasan por tu casa por separado con la mano extendida y, es más, previamente han pasado otra vez para dejarte un pasquín con su foto, para que los reconozcas y no seas engañado por Dios sabe qué impostores. Es el mismo servicio que, cinco días de cada siete, te deja con la basura en casa. Ah, y de los vidrios te encargas tú. Y quieren un aguinaldo.

En estos tiempos inciertos e inseguros, con una cierta posibilidad de que quien llame a tu puerta sea un yihadista convencido, uno haría un sacrificio si quien pide algo es el cartero de mi barrio en España. Si quien llama, en el mejor de los casos, es un rascabarrigas redomado, como que no.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Pa' mata'los

Repito lo dicho. Hasta hora, sólo lo sabíamos nosotros, los que vivimos aquí.

Ahora, lo que puede llegar a pasar en Bélgicalo saben hasta en mi pueblo.

Va a ser que Hernández y Fernandez están sacados de la vida real.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Habemus novum episcopum!

Entre tanta amenaza de atentado terrorista y tanta monserga de que estábamos sitiados en Bruselas, la noticia ha pasado bastante desapercibida, pero lo cierto es que el domingo pasado recibimos al nuevo arzobispo de Malinas y Bruselas, monseñor Jozef De Kesel, que sucede al monseñor Léonard, a quien tuvimos ocasión de recibir en esta bitácora hace algún tiempo, como éste había sucedido a monseñor Daneels. Sí, de monseñor Daneels también tocó hablar en su momento, aunque no para bien.

Con lo que hemos contado, ya salta a la vista que la Iglesia Católica sigue una regla simple, pero implacable, para los nombramientos de obispos belgas: los de Valonia son francófonos; los de Flandes son neerlandófonos y, finalmente, los de Bruselas y Malinas van por turno: a un neerlandófono como Daneels le sucede un francófono como Léonard, y a éste nuevamente un neerlandófono como De Kesel. Hay que decir que últimamente la balanza parece un poco inclinada a favor de los neerlandófonos, porque el pontificado de Daneels duró la friolera de treinta años, mientras que el de monseñor Léonard sólo ha llegado a cinco, y le han aceptado la renuncia en cuanto la presentó, en tanto que a Daneels Benedicto XVI tardó un poco más en encontrarle sucesor. Pues ahora volvemos a tener arzobispo flamenco.

La cuestión no es solamente de idioma, sino que va mucho más allá. Desde hace algún tiempo, los obispos valones, posiblemente por influencia de la vecina Francia, mantienen posturas mucho más ortodoxas que los flamencos. Éstos últimos, en cambio, y Daneels es el gran padrino de este grupo, sostienen posiciones bastantes fronterizas con la doctrina, y a veces fronterizas por la parte de fuera. Es decir, si tocaba obispo flamenco, cualquiera de las tres posibilidades -no hay tantos obispos en Bélgica- daba muchísimo que pensar.

Los tiempos que corren en la Iglesia Católica, al menos en Centroeuropa, no invitan al optimismo de los que nos consideramos ortodoxos. Monseñor Léonard es claramente más ortodoxo que lo que fue su antecesor. En su anterior diócesis, Namur, tenía más seminarista que en todas las demás diócesis belgas, pero eso no le ayudó demasiado en Bruselas, donde tuvo que lidiar con la sombra de Daneels. Así, el catolicismo en Bruselas está pasando una muy mala época. No está muerto, y quedan lugares de resistencia, pero está muy comprometido, con una práctica religiosa muy escasa y, muchas veces, muy poco respetuosa con lo que están haciendo.

Por supuesto, hay que darle un voto de confianza al nuevo arzobispo y no empezar a ponerlo a caldo desde el primer día. Viene de la diócesis de Brujas, donde probablemente lo hizo mejor que su antecesor, Roger Vangheluwe, que tuvo que dimitir cuando se descubrió que había abusado sexualmente de su sobrino, incluso después de ser ordenado obispo, lo cual es probablemente el mayor escándalo de pederastia cometido por un sacerdote católico en todo el mundo (los demás no eran obispos), pero que no tardó en pasar a segundo plano, supongo, como ya escribí, que porque airearlo mucho implicaba directamente a Daneels como encubridor, y los comecuras no tienen interés en desprestigiar a alguien que les hace el trabajo tan diligentemente.

Monseñor De Kesel, pues, tenía el listón muy bajo en Brujas y no parece que le costara superarlo. Había hecho declaraciones saliendo un poco de pata de banco, pero se calló prudentemente durante el pontificado de Benedicto XVI. Últimamente, siempre matizando enormemente las palabras y dando a entender mucho más de lo que dice realmente, había vuelto a las andadas, esta vez sobre el sacerdocio femenino, ese tema que Roma había declarado que está cerrado definitivamente.

Veremos. Puestos a consolarse, uno piensa que el Papa podía haber elegido al obispo de Amberes, monseñor Bonny, que ha sido el representante del episcopado belga en el reciente Sínodo sobre la Familia y que no parece muy interesado en mantener la doctrina la Iglesia Católica, a juzgar por las cosas que viene diciendo últimamente. Si, el que no se consuela...

jueves, 26 de noviembre de 2015

Y seguimos buscando culpables

Y seguimos buscando culpables

Ha pasado ya cerca de una semana desde que estamos en estado de alerta máxima, y la gente empieza a cansarse un poquito del asunto. El metro vuelve a funcionar, y hay quien lo usa y todo, quizá mirando con algo de aprensión a los pasajeros morenos y con barba larga; los colegios han sido reabiertos, se supone que con medidas suplementarias de seguridad de las que mis hijos no me han dicho mucho. Los centros comenciales han vuelto a abrir, porque a ver de qué iba a vivir si no el personal. Y, si alguien queda trabajando desde su casa a estas alturas, es porque lo hubiera hecho de todas maneras.

En estas circunstancias, cada vez va tomando más cuerpo lo que escribía ayer, de que algo tenía que haber pasado para justificar tanta metralleta y tanto soldado por las calles del centro. Pero, básicamente, no ha pasado nada. Y la sospecha de que las autoridades tratan de compensar su inacción de años con su sobreactuación de estos días cobra fuerza, y no hay sino escuchar los comentarios que se oyen por la calle.

Y aquí estamos, compadeciendo a los militares que se pasan horas de pie, con los pasamontañas puestos y cargando el chopo horas y más horas, en lugar de estar pegando barrigazos por las Ardenas, con lo que al menos entrarían en calor. No saco fotos suyas, aunque suelen ser gente amable que responden cuando se les saluda, así deben estar de aburridos, porque no tengo ganas de meterme en líos, y sacarle una foto a un tiarrón armado hasta las cejas es meterse en líos.

Como ya sabemos desde hace mucho, la naturaleza humana es proclive, desde su creación, a buscar culpables ajenos de las desgracias que le aquejan. Como ya sabemos que los belgas nunca se equivocan, es ocioso buscar entre ellos uno que levante la mano y diga que se siente responsable de parte del follón, siquiera sea por haber votado repetidamente a un político que, a fuerza de amar la diversidad, ha terminado por acoger a todo bicho, aunque el bicho tuviera por la diversidad mucho menos aprecio que el político.

Veamos este artículo, que hace el esfuerzo suplementario de sistematizar los culpables. No está nada mal para abrir el debate y, aunque posiblemente mete más culpables de los estrictamente necesarios, uno de los que mete es especialmente pertinente: el alcalde hasta 2012, Philippe Moureaux, socialista, una persona que no puede menos que ser partidaria del multiculturalismo, porque lo ha practicado activamente, llegando hasta el punto de divorciarse de su esposa, de raza blanca y aburrida, para casarse con la chica de arriba, musulmana, pero, evidentemente, no demasiado observante del código de indumentaria salafista. No, no es el abuelo de la novia: es el novio. Las malas lenguas, que no descansan, han venido diciendo que se convirtió en padre y hasta en padrino para toda la familia de su flamante esposa, a buena parte de la cual ha encontrado trabajo.

Él, como buen belga, asegura que no es culpable y dice que él estaba cerca de la gente y que los responsables son los actuales gobernantes, que no lo están.

Vamos, que estaba cerca de la gente, al menudo de alguna, parece claro. Que eso le libere de toda responsabilidad es otra cosa.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

¿Y ahora qué?

Los de la imagen son los policías belgas más célebres (aparte de Hercule Poirot, que es de otra liga y ni siquiera es policía) y, por lo que parece, también son los más recordados estos últimos días en que se han sucedido los arrestos de sospechosos y las liberaciones casi inmediatas por falta de cargos, mientras coches de policía ululaban por aquí y por allá y los ciudadanos, cada vez más hartos de la situación, íbamos saliendo a la calle y haciendo nuestra vida normal a despecho de los peligros y amenazas que supuestamente nos rodean.

Tengo la fuerte impresión de que alguien ha decidido compensar los decenios de dejar crecer tranquilamente el fenómeno de los guettos musulmanes, y ahora ha resuelto dar un puñetazo y medio paraliar la ciudad unos cuantos días. En serio, si uno adopta las medidas que han tomado estos pollos, más vale que sea para obtener algún resultado. De momento, el único resultado es lo ridículo que está quedando esto.

Enhorabuena. Hasta ahora, los únicos que sabíamos que Bélgica era un desastre éramos los que vivíamos aquí. Ahora, lo sabe toda Europa.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Recordando a Felipe III

En días como hoy, es cuando uno se acuerda de los viejos gobernantes, a quienes no les temblaba la mano a la hora de aplicar soluciones definitivas. Uno de ellos es Felipe III, Rey de las Españas, quien, aunque no fue, técnicamente, soberano en Bruselas y en los Países Bajos españoles (durante su reinado, lo fue su hermana Isabel Clara Eugenia y el marido de ésta, el archiduque Alberto), sí que era de hecho el que cortaba el bacalao y enviaba los tercios hasta la tregua de doce años con los herejes.

Felipe III tiene muy mala prensa entre los manuales de historia, que lo consideran poca cosa y el primero de los "Austrias menores", lo cual no tiene mucho de elogioso. Sin embargo, uno mira con detalle su reinado y lo único que cabe achacarle es que consintiera la corrupción brutal de su valido, el duque de Lerma, porque, por lo demás, España alcanzó su máxima expansión territorial y logró sostener todos los frentes en que estaba inmersa con una política de diplomacia relativamente blanda, sin meterse en más líos de los necesarios. Eso sí, tuvo que sufrir la campaña de propaganda en su contra (campaña que, evidentemente, tuvo tal éxito que llega hasta hoy) que le organizaron los miembros del círculo del siguiente valido importante, el Conde-Duque de Olivares, que posiblemente fuera mucho menos corrupto que el de Lerma, pero, si comparamos los resultados de las políticas de uno y otro y cómo dejaron a España al dejar el gobierno, prefiero la corrupción del primero. Además, visto desde una perpectiva contemporánea, la corrupción del Duque de Lerma se antoja poca cosa, cuando uno lee los periódicos españoles tan lejos como este mes.

Yo no sé que harían Felipe III y sus ministros tal día como hoy, en que Bruselas está medio paralizada por la amenaza de varios descerebrados (y, últimamente, también descerebradas, cosa insólita hasta ahora entre sarracenos) de morir matando si fuere menester. No hay metro, han suspendido la mayoría de los espectáculos de masas, incluido un concierto de Johny Holiday (algo bueno tenía que tener la situación) y hay soldados, muy amables, eso sí, patrullando por el centro. Ame está ahora mismo en un cumpleaños, e iban a ir al cine, pero los padres del niño que lo celebraba se lo han pensado mejor y, con buen criterio, van a ver una película en la televisión de su casa.

En 1609, no había todavía ISIS, pero sí había Imperio Otomano y estados vasallos, como el de Argel, de donde salían piratas a mansalva a hacer la vida imposible a los habitantes de las costas españolas, con el agravante de que bastantes de esos habitantes, que eran musulmanes de religión, aunque hubieran hecho como que se bautizaban, les acogían como a hermanos, no como a enemigos. Basta con ver que, aun hoy, las ciudades del Reino de Valencia, incluyendo la propia capital, están unos kilómetros tierra adentro, y no es por casualidad: es por cuando había moros en la costa, que se convertía en un lugar sólo apto para ver el espectáculo del desembarco en primera línea e, incidentalmente, para convertirse en protagonista del incidente en forma de cautividad y galeras, amarrado al duro banco de una galera turquesca.

A Felipe III y a sus consejeros se les hincharon las narices y expulsaron a los moriscos. Prácticamente a todos, justos (que lo había) y pecadores (que los había también). Se les ha criticado mucho por ello y, lo más importante, el hacerlo no significó la tranquilidad de las costas españolas, al menos inmediatamente, porque bastantes de los expulsados pasaron a ejercer la piratería, pero la cosa se fue calmando poco a poco y, a base de Armada y tentetieso, el Mediterráneo Occidental pasó a ser con los años un lugar relativamente tranquilo.

Esta bitácora ya ha pasado por el hoy famosísimo barrio de Molenbeek, nido, según parece, de candidatos a ir a hacer compañía a Mahoma y disfrutar de nosecuántas vírgenes por la vía rápida. Parece que decenios de buenismo, convivencia interrracial y ayudas sociales no han servido para integrar a los sarracenos. De hecho, probablemente esa misma frase la debió decir don Juan de Austria cuando su hermano le envió a las Alpujarras a reprimir la rebelión de los moriscos granadinos, o San Juan de Ribera, virrey que era de Valencia, en los primeros años del siglo XVII. Pero a mí me da que en la Europa del siglo XXI no hay ningún personaje que se acerque siquiera a esos dos.

Que Bélgica, con lo que ha sido, tenga el dudosísimo privilegio de acoger a dos kilómetros del centro de su capital un barrio islamizado hasta la médula y, por lo que se ve, progresivamente fanatizado, quizá sea una muestra más del fracaso de este país, unido en su día por la monarquía y la religión católica y convertido hoy, perdida la segunda de las amalgamas, en un mosaico informe que se mantiene en pie porque los edificios tienden a no desmoronarse de un día para otro. A ver cuánto dura en pie éste.

Por cierto, los terroristas suicidas van al cielo y tienen tropecientas vírgenes para cada uno, vale. Pero, ¿y las terroristas suicidas? ¿Para qué quieren tanta virgen?

martes, 6 de octubre de 2015

La reaparición

En Bruselas ha estado haciendo un tiempo espléndido. En una ciudad en la que casi siempre llueve, ha habido varios fines de semana de auténtico lujo, con temperaturas frescas, pero no frías, cielo despejado y un sol brillante. Algo increíble.

En esas circunstancias, lo suyo era salir de casa a triscar por el bosque, o plantearse una visita a los bonitos pueblos que jalonan los dos Brabantes, pero los hados me tenían planteado otro destino.

Domingo, cerca del mediodía. Un día fantástico, pero yo me estoy dirigiendo en autobús a una de las salidas de Bruselas, donde me tenía que reunir con cinco personas a las que no conocía, con la única indicación de que una de ellas, el capitán, vendría en un Audi plateado, y de que el idioma de comunicación entre nosotros iba a ser el inglés.

Llegué al punto de encuentro, una gasolinera saliendo de la ciudad, un poco antes de las doce y media, que tal era la hora en la que habíamos quedado. Vi a tres personas conversando, las rodée aguzando el oído, y escuché que hablaban en inglés, así que me dirigí a ellas.

- Are you chess players? - pregunté.

- Yes, we are - respondió uno, con un tremendo acento francófono.

- I am a new player - dije.

- Me too - dijo otro de los jugadores, que tampoco parecía conocer a los otros, con un tremendo acento finés.

- We are chess players, but for which team are you playing? - preguntó el último.

- I play for Chesscacs - dije yo.

- Me too - dijo el finlandés.

- We play for Boitsfort - dijeron los otros dos.- I guess you will meet here your team, such as we have here our meeting point.

Comenzó a llegar más gente, todos del equipo de Boitsfort.

- My name is Alfor - y le tendí la mano al finés, único de mi equipo.- I am a newcomer to the team.

- Petri - dijo.- I am a newcomer, too.

- Good luck! - dijeron los de Boitsfort, alejándose - Where are you playing?

- Somewhere in Ghent, I think.

- Beat them!

El finés y yo, ambos nuevos en el equipo, nos quedamos charlando esperando que llegaran los demás.

- A mí me dijeron algo de un Audi plateado.

- Y a mí.

- Está entrando uno en la gasolinera.

- Podría ser éste.

Petri y yo nos acercamos a un conductor rubio que salía de un coche.

- ¿Eres Frederik?

- Sí, ¿y vosotros?

Nos presentamos y nos pusimos a charlar. Nuestro nuevo conocido era el capitán del equipo, y era danés. Poco después llegó otro miembro del equipo, Ivo, holandés.

- ¿Qué tal la partida de ayer?

- Gané.

Resultó que Ivo jugaba en la liga holandesa los sábados, con su equipo de toda la vida, y los domingos jugaba la liga belga con nuestro equipo. Dos partidas en un fin de semana. Más que yo en cinco años.

Miramos al cielo. A nuestro alrededor, pululaba todo tipo de gente con pantalones cortos y pinta de pasar el día al aire libre. Nosotros nos íbamos a encerrar en una sala toda la tarde a exprimirnos las meninges, sin más sol del que acertáramos a entrever por las ventanas de donde estuviéramos.

- ¡Qué buen día para jugar al ajedrez! - dije con toda la sorna que pude.

- Siempre es lo mismo en las primeras rondas - dijo el danés sonriendo.

El siguiente en llegar era español, y llegó con un mensaje, tras presentarnos todos:

- Jürgen me ha dicho que va directamente a Gante.

- Vamos, pues - dijo el danés.

Nos repartimos en dos coches, y salimos de la gasolinera. Jugábamos fuera de casa, en Gante.