viernes, 14 de marzo de 2008

Cocina para exiliados (XI): ensalada mixta.

Uno pensaría que los rusos son unos consumados maestros en las ensaladas ¿No es, acaso, universalmente conocida la ensaladilla rusa? Pues, sin embargo, resulta que la ensaladilla rusa no se conoce, tal como la hacemos nosotros, en Rusia. Lo más parecido es la llamada ensalada "Olivier", inventada por un cocinero francés afincado en Rusia y llamado, precisamente, Olivier; también guarda relación con nuestra ensaladilla rusa la llamada ensalada "stolichny" (capitalina, o moscovita, como prefiramos), fruto de la rivalidad entre dos cocineros, el mencionado Olivier e Ivanov, un pinche suyo que trató de rivalizar con su maestro francés. Pero ésa es otra historia, que ya llegará el momento de contar.

En realidad, la cocina mediterránea pilla bastante a trasmano en Rusia, lo cual no nos debería extrañar, porque Rusia no tiene salida al Mediterráneo, salvo que consideremos como tal al Mar Negro y, aún así, sólo es un cachito. La gran mayoría del país se encuentra a muchísimos husos horarios y a un montón de grados de temperaturas de las zonas donde predomina el clima mediterráneo.

Y así, hacerse una ensalada mixta, que los más patriotas llaman (o llamamos, vaya) ensalada valenciana, no es una tarea especialmente fácil y, sobre todo, especialmente barata. Vayamos a por los ingredientes:

1. Lechuga, indispensable.
2. Tomate, lo mismo.
3. Cebolla. Y cruda, nada de mariconadas.
4. Oliv... digo, aceitunas. Verdes o negras, según guste.
5. La zanahoria rallada le viene muy bien.
6. Atún.
7. Un huevo duro por comensal. Duro con esas proteínas.

El aliño, que sea sal, aceite de oliva y vinagre. Y nada más, que todo lo demás viene del diablo.

En Rusia, no encontraremos problemas para hacernos con huevos, cebollas y zanahorias. El atún, igualito que en España, lo encontraremos enlatado. El problema puede llegar con los otros tres ingredientes.

El primero son las lechugas. En Rusia, casi cualquier hierba verde se conoce como "salad" y se supone que se puede echar a la en-salad-a, pero lo cierto es que encontrar lechugas, tal y como yo entiendo que es una lechuga, no es tarea fácil, tanto más cuanto que parece no haber palabra en ruso para identificar exactamente lo que quiero. Y eso es una curiosidad semejante al hecho de que en ruso hay más de una palabra -y no son sinónimos- para lo que en castellano llamamos simplemente salmón. Y es que cada uno tiene sus productos y los mima encomendándoles más palabras de su vocabulario.

Vamos el caso es que en la mayoría de las ocasiones uno tiene que resignarse a subproductos, como la lechuga iceberg, que será muy chula en Murcia, pero que, para cuando consigue llegar a Moscú, parece que haya adelgazado en calidad y volumen lo que ha engordado en precio. O como la lechuga china, que los chinos probablemente utilizan para torturar disidentes. Lo más apañado es hacerse con las macetitas con cuatro hojitas amarillentas que venden en las verdulerías, procedentes de los invernaderos, mientras esperamos tiempos mejores para nuestra despensa.

Lo del tomate es todavía peor, porque, bueno, los hierbajos los podrás disimular, pero una ensalada mixta sin tomate es... no sé, como un huevo frito sin pan. Y el caso es que tomates hay, y muy buenos y no demasiado caros, pero sólo durante unos meses al año, hacia el final del verano y principios de otoño, en que casi todo el mundo lo cultiva en sus dachas sin conservantes ni nada parecido y está de muerte. Pero, claro, fuera de esos meses la cosa cambia, y uno no va a renunciar a su dosis de vitaminas atomatadas por el mero de hecho de no ser temporada. Al fin y al cabo, en España estamos, en este aspecto, muy mal acostumbrados.

Los tomates en invierno empezaron a existir en Moscú a principios de los noventa, cuando a los moscovitas se les dejó comprar en las tiendas reservadas a los extranjeros y empezaron a surgir, como balbuciendo, algunos supermercados a cuyos dueños sólo les faltaba el parche en el ojo, tales eran los precios que ponían a sus cosas. Uno se los podía encontrar por lo que hoy son ocho euros el kilo, o más, y lo bueno es que se vendían.

Entretanto, los tomates están por todos los sitios, se cultivan en invernaderos no muy lejanos de Moscú (será por energía para hacerlos funcionar...) y saben tan poco a tomate como sus homológos españoles de la misma calaña. En lo que se diferencian es en el precio que, sin ser los ocho euros de su época gloriosa, tampoco es el euro y medio, todo lo más, que nos encontramos en España. No, hacia los tres euros es el precio estándar.

Nos faltarían unas aceitunillas. Lo que es marinadas, como es norma es España, no las encontraremos fácilmente. Alternativamente, uno podría pensar en hacer la salmuera uno mismo, pero, para que sirva de algo, tendría que tener aceitunas crudas, y el olivo más cercano a Moscú debe estar por Bulgaria. En fin, que lo que toca es tirar de lata.

¡Y será por latas! Los aceituneros españoles han creado para su exportación a Rusia las versiones más perversas de aceitunas rellenas, y no sólo las tradicionales de anchoa, sino también de atún, que están pasables, y engendros propios de alguna mente enferma, como las rellenas de queso o de almendra (¡Lástima de aceituna y de almendra!), elaboradas en España por indicación de los distribuidores rusos, que han dicho al fabricante que las quieren así y, claro, quien paga manda.

En fin, que aproveche y la próxima entrada, sí, ya será la continuación de los rusos haciendo cositas por Bilbao.

martes, 11 de marzo de 2008

Doce rusos en Bilbao

El grupo era bastante diverso. Dos eran de Moscú o de sus alrededores inmediatos, pero los demás eran de ciudades menores (Ivánovo, Yaroslavl, Perm, Rostov, incluso Nizhny Tagil...). Once eran hombres, de los que sólo uno hablaba inglés, y los once eran ingenieros de formación; y había una mujer, filóloga germánica, jovencita ella, que hablaba muy bien en alemán y algo peor en inglés y que era quien pastoreaba al grupo, sobre todo cuando yo me escaqueaba o me dedicaba a hacer de intérprete en cualquier circunstancia.

Llegamos, pues, a Bilbao, nos metimos en el hotel y enseguida nos fuimos a comer. Senté a los doce en una mesa del café Iruña y me puse hacia el centro. Aquello parecía una caricatura de la Última Cena. El camarero se acercó algo inquieto, pero se alivió algo cuando se dio cuenta de que al menos uno hablaba castellano.

- A ver, ¿qué os pongo?

Así me gusta. Nada que "¿Qué van a tomar los señores?" ni de "¿Vos querés que os traiga la carta?". Eso es un camarero español tradicional, y lo demás perversiones del original.

- Voy a preguntar.

Y me dirigí a los rusos. Comencé a traducirles la carta mal que bien, pero como vi que no se aclaraban, la cosa tardaba y ya eran las tres y media, abordé al camarero y le dije:

- Ven p'acá. De primero, ensalada mixta para todos, y de segundo, dorada para todos. Nos pones tres platos de ibérico repartidos por la mesa y otros tres de Idiazábal. Para beber, vino.
- ¿Os pongo unas botellas de agua?
- Adelante.

El camarero se fue contentísimo, por lo fácil que iba a resultar servir aquello. Al poco tiempo comenzó a aparecer la comida, empezando por el queso y el jamón.

- ¿Y esto que es? -preguntó Ivánovo, señalando el jamón- ¿Bacon?
- No, es jamón -respondí.
- ¿Jamón?
- Es carne de cerdo, de la pierna del cerdo.

Ivánovo lo probó con inseguridad.

- No está mal ¿Está ahumado?

Aquí ya me faltaron las palabras en ruso para decir "curado". Intenté explicarles algo el proceso de producción, pero me di cuenta de que se estaban pasando al queso.

Llegó el vino, un Rioja estupendo, nos servimos todos y a todos les gustó, aunque seguro que alguno echó de menos algo un poquito más fuerte. Pero entonces el camata trajo el agua, y Nizhny Tagil, que estaba sentado a mi lado, abrió mucho los ojos.

- ¿Agua con el vino? - preguntó, poco menos que indignado.
- ¿No? - le dije, aunque hablé con un poco de dificultad, porque tenía la boca llena de ibérico, visto que no estaba teniendo mucho éxito entre los comensales.

Ural llevaba un buen rato inquieto y se salió a la calle, evidentemente para fumar, seguido inmediatamente por la chica, que tenía las mismas intenciones y que debía llevar un rato esperando a que alguien se decidiera. También se levantó Rostov, pero éste más bien porque lo que quería era ligar con la chica. A todo esto, poco a poco los comensales se iban animando y, en vista de que los primeros platos no venían, iban dando buena cuenta del queso y un poco menos del jamón. Pero del jamón ya me encargaba yo, para que no sufrieran.

Trajeron la ensalada.

- ¡Oh, cuántos vegetales? - dijo Perm.
- ¿Todo esto son vegetales? - me preguntó Yaroslavl.
- Estoo... no, eso de ahí es atún.

Como había hambre, y de buena parte del jamón ya me había encargado yo, dejaron de hacer preguntas tontas y se pusieron manos a la obra. Pronto llegó el segundo.

- ¿Y esto qué es?
- Esto es pescado.
- ¿Y qué pescado?
- Bueno, en español se llama "dorada".
- ¿Y en ruso qué pez es éste?

"¡Leches! ¿Y yo qué sé?", pensé, rebuscando en vano.

- En los restaurantes de Moscú también hay dorada - dijo el que era de Moscú-, pero es muy cara. Yo nunca la había comido. Bueno, al menos en la carta de los restaurantes pone "dorada".
- Sí, sí, pero ¿qué pez es? - insistió Nizhny Tagil, que era un cincuentón bastante faltón y evidentemente poco viajado.
- Pues en ruso no lo sé - dije.

Y Nizhny Tagil me miró como diciendo "Pues vaya inútil que me han sentado al lado".

(Por cierto, ahora sé que en ruso también se dice "dorada", o bien con el término técnico "aurata". El de Nizhny Tagil no se coscó, aunque, teniendo en cuenta que Nizhny Tagil está a varios miles de kilómetros del hábitat habitual de la dorada, tampoco hay que eprochárselo demasiado).

Al final, se lo comieron todo, les di de postre tarta de San Marcos para todos, a pesar de los lamentos de la jovencita, que decía que era "ein kleines Mädchen" y quería guardar la línea, se lo hice comer todo y salimos de allí.

La clave de lo sucedido me la dio al día siguiente, cenando, mi amigo Xabier, bilbaíno a más no poder con el que me escaqueé para cenar.

- Es que es perder el tiempo. A los guiris no hay que darles de comer, porque no lo aprecian. Llevé a comer a un sueco, dijo que le gustaba el jamón, pedí jamón, y el tío va y quita lo blanco ¡Lo blanco! ¿Será posible? - decía Xabier indignado y con toda la razón del mundo.

Pero volvamos con el grupo de rusos, que, tambaleándose después de la comilona, camina por la ría en dirección al Guggenheim con la intención de visitarlo.

Pero lo que pasó en el Guggenheim, que tiene todavía menos desperdicio que el jamón ibérico, lo dejo para la siguiente entrada.

lunes, 10 de marzo de 2008

Ora pro nobis

No sé dónde estaré el próximo 24 de octubre, pero sí sé que, si Dios quiere, estaré cocinando un arnadí con un 98 hecho con piñones, igual que el año pasado lo hice con el 97 y el anterior lo había hecho con el 96, último año en que ella lo pudo probar.

Cuando me vine a Rusia, todo el mundo hizo más o menos una mueca, menos ella, que se limitó a decir "¡Qué llunt!". Luego, cada vez que iba a verla, siempre tenía una palabra de ánimo y otra de deseo de que volviera pronto. Y, finalmente, al despedirnos cada vez, la misma pregunta: "¿Hasta cuándo?" Y la misma respuesta por mi parte, hasta las próximas vacaciones, o los próximos exámenes, o vaya usted a saber qué motivo de pasar por Valencia. Y, siempre, si Dios quiere.

Hacia el final, en los últimos meses, ya sólo recordaba aquellos tres años, de 1936 a 1939, vividos intensamente, sabiendo que entonces cualquier día podía ser el último, como lo fue para otros. Y aquellos días de su infancia en Sueca, jugando con las niñas que encontró a su llegada y que nunca dejaron de ser sus amigas.

Siempre decía que le pedía a la Virgen que pasara lo que pasara, pero que le dejara una puerta, por pequeña que fuera, para poder pasar, que ella pasaría por ahí. La Virgen, estoy seguro, le ha abierto una puerta enorme para llegar al Cielo desde donde seguirá ayudándonos a los demás como siempre lo hizo. Gracias, abuelita. Hasta siempre, hasta cada día.

domingo, 9 de marzo de 2008

Guerras de ayer y de hoy

Lo siento, chicos. Ya sé que Botas me advirtió de que estas entradas laaaargas y técnicas no le interesan a nadie, pero es que yo soy así. Los que me conocen ya saben que la historia me pierde, pero esta entrada, además de ilustrar un período muy poco conocido de la historia rusa, más que nada va de periodismo.

Sí, de periodismo. Hara cosa de un mes, tras copiar un artículo del Moscow Times, dije que un día hablaría sobre mi verdadero periódico favorito, que no era el Moscow Times. Es el "Ekonomika i Zhizn", que, en materia de prensa económica, es fresco, no se anda con chiquitas y es tremendamente práctico. Eso sí, no está libre de sesgos, como vamos a ver; pero claro, el que esté libre de sesgos, que tire la primera piedra.

El Ekonomika i Zhizn (que, traducido, quiere decir algo así como "La economía y la vida") es un semanario fundado en los años veinte del siglo pasado, cuando Lenin, forzado por las circunstancias, aflojó un poco la garra y permitió algunos elementos parecidos a la propiedad privada (la llamada NEP). Evidentemente, lo que decía entonces y lo que dice ahora son dos mundos distintos, hasta el punto de que, con relativa frecuencia, en el periódico aparece una sección especialmente chocante, cual es la titulada "Экономика и духовность", o sea, "Economía y espiritualidad". En ella, se tratan temas históricos, más concretamente prerrevolucionarios, se entrevista a algún pope o a algún obispo y se destaca el buen hacer de algún ministro de Hacienda o Economía, o de algún alto cargo en general, de los gobiernos zaristas. Vamos, que si se hubieran atrevido a hacer algo remotamente parecido a eso en su período fundacional, a la redacción entera la hubieran enviado a descubrir minas de oro en Siberia, descalzos y en camiseta.

Ya escribí no hace demasiado que los rusos y los ingleses andan últimamente un poco más enfurruñados que de costumbre y que se hacen la puñeta sin llegar a las manos, pero sí intentando que el otro tropiece. A esto hay que añadir una noticia bastante conocida, el apoyo ruso al programa nuclear de Irán, que ha preocupado bastante a los gobiernos, como el británico, entre otros varios, que no esperan nada bueno para ellos de semejante programa nuclear. Sumando una cosa y otra, y echando un vistazo a los libros viejos, los redactores de esta sección del semanario han encontrado una historia muy apropiada para dar coba a la política exterior rusa. Ahí va traducida, y observemos el sesgo proiraní y antibritánico del artículo. No tiene desperdicio y, además, está bien contado.

EN COMPENSACIÓN DE LAS PÉRDIDAS

Casi todo el siglo XVIII Persia, instigada por Gran Bretaña, guerreó constantemente con Rusia, manteniendo en peligro el Cáucaso. Los georgianos, los armenios y muchos pueblos de las montañas estuvieron al límite de la destrucción. Sólo en 1813, tras una serie de brillantes victorias de los rusos, se firmó finalmente el tratado de Gulistán, de acuerdo con el cual Persia se obligó a devolver a todos los prisioneros rusos y reconoció la integración de Georgia Oriental y de una gran parte de Azerbaiyán en el Imperio ruso. Por primera vez, Rusia también adquirió el derecho exclusivo de mantener una flota de guerra en el Mar Caspio, sobre el cual se declaró la libertad de navegación comercial. Durante cuatro años, Persia, con el apoyo de Inglaterra, luchó por la revisión de las cláusulas del tratado de Gulistán, hasta que, finalmente, éste entró en vigor. Parecía que la paz iba a ser entonces larga y sólida, pero, apenás llegó a Teherán la noticia de la sublevación de los decembristas, las fortalezas fronterizas rusas se vieron sitiadas. Sin declaración de guerra, las tropas iraníes avanzaron hacia Karabaj y Bakú. Elizabetpol fue ocupada, Shusha fue sometida a asedio, pero ocurrió que el ejército ruso, de ocho mil soldados, destrozó el ejército enemigo, de 35.000 hombres, que atacaba, dirigido por el príncipe heredero Abas-Mirza. Tras ello, las unidades rusas avanzaron rápidamente hacia el interior de Irán. Ya sólo podía hablarse de rendición sin condiciones. Pero he aquí que nuevamente se entrometió la "diplomacia occidental".

El embajador inglés echaba chispas, gritando al ministro iraní como si fuese un simple muchacho: "¡Es insensato! ¿Por qué emprendieron esta temeridad? ¿Acaso no les habíamos advertido de que había que actuar con mayor cuidado? ¡Ahora los rusos les pedirán a ustedes la luna! ¡Y ustedes tendrán que traérsela!" Como respuesta, el ministro abrió los brazos...

Los temores del diplomático británico estaban perfectamente fundamentados. Habiendo rechazado un ataque traidor, Rusia había ganado el derecho legítimo a resolver para siempre la "cuestión iraní". Ya en el primer encuentro, los diplomáticos rusos exigieron que se permitiera a la marina de guerra rusa la navegación sin obstáculos por todas las vías navegables del Mar Caspio y la cesión a Rusia de los janatos de Najicheván y Ereván.

Además, los negociadores rusos exigieron de Teherán la plena libertad de movimiento y comercio para los comerciantes rusos por todo el territorio de Persia, así como una contribución increíble para aquellos tiempos: ¡veinte millones de rublos!

En la elaboración de los puntos del nuevo tratado, a propuesta del general Paskevich, jefe de los ejércitos rusos, intervino también Aleksandr Griboedov, "persona de raras cualidades y probada honradez". Las condiciones que propuso eran bastante duras. Amenazando a los persas con "una revuelta a cambio de la que habían provocado ellos en nuestro país", Griboedov insistió en la ampliación del territorio ruso moviendo las fronteras "más al sur del río Araks". Le pareció justo exigir de Persia el pago de la mitad de la contribución aun antes de la firma final del tratado.

Las propuestas formuladas por Aleksandr Sergeevich provocaron la furia del Sha. "¡Malditos infieles! ¡Nunca obtendrán lo que piden!", gritaba histéricamente. "¡Sólo tenéis que continuar la lucha!", decían los ingleses, echando aceite al fuego. "La corona británica os prestará toda la ayuda necesaria".

A principios de 1828, las acciones militares se reanudaron, pero inmediatamente quedó claro que los argumentos de los cañones rusos eran más convincentes que las promesas inglesas. El Sha necesitó muy poco tiempo para "cambiar de opinión". Ciertamente, hizo un intento de suavizar las condiciones del convenio, trasladando a Paskevich su redacción "conciliadora" del tratado de paz. Pero sólo consiguió provocar la ira del general ruso. "¡En el tratado no habrá ningún cambio!", dijo tajantemente al enviado persa.

Cuando, tras ello, los cañones rusos volvieron a hablar en la lengua de los proyectiles, al Sha sólo le quedó esperar la prometida ayuda de los ingleses, pero en éstos, como es sabido, los hechos no suelen corresponderse con las palabras. En ese momento aún no resolvieron actuar abiertamente contra Rusia, como hicieron un cuarto de siglo después, así que el Sha tuvo que firmar un decreto sobre la "reanudación de las conversaciones de paz". Para "confirmar la seriedad" de semejantes intenciones, los rusos exigieron iniciar el "pago de la contribución" en calidad de garantía.

Y por enésima vez la mirada del Sha se dirigió a los ingleses: algo dirán ahora los "promisores". Pero no escuchó nada que le animara. El embajador inglés Mac Donald se lavó las manos ilustrativamente en presencia de Griboedov y de los negociadores del Sha. Como resultado, ya el 30 de enero se entregaron en total ¡siete millones de rublos! a las avanzadillas rusas. En respuesta, Paskevich, acompañado por los diplomáticos Obrezkov y Griboedov, acudió al poblado de Turkmanchay (cerca de Tabriz) para realizar una ronda final de conversaciones.

Los debates se prolongaron tres días. Los diplomáticos persas aún intentaron ganarse siquiera alguna indulgencia. Pero sólo lograron que el texto del tratado se llenara de "expresiones propias de un fiel súbdito". Así, por ejemplo, se decía sobre el pago de la contribución: "El Sha de Persia, en atención de los sacrificios significativos causados al Imperio Ruso por la guerra surgida entre ambos estados, y también por las pérdidas y perjuicios sufridos por los súbditos rusos, se obliga a recompensar a aquéllos con una reparación en dinero".

Por el tratado, firmado finalmente en la noche del 9 al 10 de febrero, Rusia obtuvo "bajo soberanía plena" el janato de Ereván "a un lado y a otro del Araks" y el janato de Najicheván. Todos los prisioneros de guerra capturados en la última guerra o en la anterior, así como los súbditos de ambos gobiernos que hubieran sido tomados prisioneros mutuamente, debían ser liberados y devueltos en el plazo de cuatro meses.

También se satisficieron otras exigencias de la parte rusa, entre las cuales la más importante era el tratado de comercio que permitió a los comerciantes rusos viajar libremente y comerciar por todo el territorio de Persia. Además, los enviados rusos consiguieron de paso firmar un protocolo sobre el ceremonial de la embajada, según el cual a los diplomáticos rusos se les otorgaba el derecho a permanecer vestidos a la europea al ser recibidos por el Sha.

* * *

"¡Ha logrado usted por la fuerza de la palabra más que otros con los cañones!", dirá a Griboedov Nicolás I al recibirle en palacio. "¡Fantástica, honrosa paz!", concuerda, asintiendo con la cabeza, el ministro de Asuntos Exteriores Nesselrode...

Los acuerdos de 1828 pusieron el fundamento de la soberanía de las repúblicas transcaucásicas, el futuro de cuyos pueblos no parecía despejado en absoluto. Por espacio de muchos años determinaron las relaciones entre Rusia e Irán, otorgando beneficios económicos mutuos a ambos países. Las antiguas pretensiones y ofensas fueron dadas al olvido; por contra, las relaciones comerciales se desarrollaron con tal dinamismo que hasta la mismísima revolución no hubo un solo intento (!) de alterar las condiciones de la paz de Turkmanchay.

Es más, resultó que Irán incluso obtuvo más beneficios de sus lazos con Rusia que el mismo país vencedor: ¡hasta 1917 el saldo comercial fue favorable a Irán!

En la época soviética no se rompieron los lazos que se habían creado entre nuestros países. Proyectos conjuntos de extracción de recursos naturales, energía atómica, colaboración militar, comercio beneficioso para ambas partes... todo ello se ha convertido en garantía de unas relaciones sólidas, de buenos vecinos, que, esperamos, nada ensombrezca tampoco en el futuro.


Para que se aclare el personal, al principio de la entrada va un mapa ilustrativo, que he tomado de la Wikipedia y que he retocado algo. La línea negra gruesa es la frontera ruso-persa anterior a la guerra, mientras que la roja es la frontera posterior al tratado, que hoy sigue siendo la frontera septentrional de Irán, ya no con Rusia, sino con Armenia y Azerbaiyán. Con un cuadrado rojo, probablemente sólo visible en la foto ampliada, se han marcado las poblaciones que aparecen en los comentarios, Shusha (que resistió los ataques persas mucho mejor de lo que ocurriría contra los armenios, en la guerra de 1991-1994), Elizavetpol (hoy Gäncä) y la capital del actual Azerbaiyán, Bakú. Si os gusta la historia, que os aproveche. Si no os gusta, lo siento, pero el gustazo que me he dado traduciendo y escribiendo esto no me lo quita nadie.

viernes, 7 de marzo de 2008

Diseñadores

Hoy toca entrada enlatada: estoy fuera de Moscú, apenas tengo conexión y no puedo ni escribir casi ni contestar a los comentaristas. Y la cosa va de diseñadores, como los que perpetraron el cuarto de baño de la mejor habitación, lujo total, del mejor hotel de Ivánovo, el Soyuz, donde tuve la suerte de alojarme hace un par de semanas.

¿No veis nada raro?

miércoles, 5 de marzo de 2008

Violencia

¿Es Moscú una ciudad segura? Se trata de una pregunta bastante frecuente entre los que no han estado nunca por aquí, pero van a estarlo. Y los que sí están por aquí normalmente contestan que Moscú es, efectivamente, una ciudad segura, y que a ellos nunca les ha pasado nada, con esa seguridad propia del que se las da un poco de machote.

Sin embargo, eso no es cierto del todo. Moscú es una ciudad mucho más insegura de lo que los confiados extranjeros, metidos en su circuito particular, creen. Sin ir más lejos, la foto que ilustra la entrada de ayer estuvo a punto de traer malas consecuencias al fotógrafo.

La hice el lunes de la semana pasada, que era en Moscú día festivo, y yo volvía hacia casa sin demasiada prisa. No había mucha gente por la calle y todo parecía tranquilo. En un patio interior entre unos cuantos edificios, que suele tomarse como atajo, vi el montón de nieve asquerosa a medio derretir y se me ocurrió que, como foto-documento, era inmejorable, así que saqué la cámara, hice la foto y aún no había alcanzado a guardarla, cuando aparecieron caminando hacia mí dos individuos abrazados y con pinta de haber pasado una tarde embriagadora.

- Ну как, сфотографировался? (¿Qué? ¿Sacando fotos?)
- Да (Sí) - respondí casi al cruzarme con ellos.

Al cruzarme, uno de ellos, el que estaba más cerca de mí, inclinó el hombro y nos chocamos. Seguí adelante.

- Казёл! (¡Cabrón!)- sonó a mi espalda.

Avivé el paso. Oí que, por detrás, los dos maromos, más despejados de lo que me había parecido, me seguían, así que dejé de andar y eché a correr.

- Иди сюда! (¡Ven aquí!)

Me persiguieron como cincuenta metros, después de lo cual oí bien claros sus jadeos, que me indicaron que había llegado su límite. O sea, que esta vez salí con bien del asunto y pensé que ya había amortizado la cinta de correr, porque venía del banco y llevaba veinticinco mil rublos en el bolsillo.

Lo malo de estos malos encuentros es que este tipo de gente, demasiado frecuente en las calles de Moscú, tanto más cuanto que más nos alejamos del centro, es intrínsecamente violenta. Y tampoco debe pensarse que el centro está a salvo de este tipo de aventuras, porque esto sucedió, literalmente, a cincuenta metros de la Tverskaya. Y es que esta gente primero pega y luego mira si, ya de paso, pueden llevarse algo de pasta, o una cámara, o todo lo que encuentren, y luego ya verán lo que les sirve y lo que no les sirve. En realidad, más que robar, lo que quieren es pelea, y hasta me consta que a veces ni siquiera roban, y otras no roban todo lo que podrían, pero a ti ya te han dejado en el suelo y, si has tenido suerte, sólo con unos cuantos golpes.

¿Es, pues, Moscú, una ciudad segura? Yo creo que no lo es. Es posible, sí, que la frecuencia de malos encuentros no sea muy superior a la que hay en otros sitios, pero lo que sí es seguro es que la integridad física de la víctima corre mucho más peligro aquí que en cualquier otro lugar que haya conocido. Así que, forasteros, guardaos de los que os digan que en Moscú no pasa nada e id prevenidos cuando paseéis en solitario. Porque, a veces, podrás librarte corriendo, como yo el otro día, pero otras veces no habrá escapatoria y te va a tocar recibir.

lunes, 3 de marzo de 2008

Mugre

Comienza marzo. Y marzo es un mes lleno de peligros de lo más molesto. No es de extrañar que el tono de las próximas entradas sea algo más lúgubre que de costumbre, pero ya se pasará.

Qué bonito debe de ser Moscú en invierno, con todo lleno de nieve.

Y un cuerno. A lo mejor, si la nieve fuese blanca, pues sí, pero la nieve en Moscú no es blanca. Quizá lo sea en otras ciudades rusas más, digamos, civilizadas, o bien en el bosque puro y duro; pero en Moscú... uf, Moscú es otra cosa.

La nieve en Moscú pierde su blancura enseguida y se convierte en una masa entre gris y marrón, que los barrenderos van apartando de las aceras y amontonando en los rincones de los edificios. Allí les pilla el deshielo, como el que estamos sufriendo ahora.

Y, en el deshielo, la nieve, lo que era blanco en la masa informe, se va derritiendo y desaparece, y lo que queda es toda la mugre, colillas, botellas, papeles, hojarasca y envases de todo tipo que los moscovitas han ido tirando a la calle durante todo el invierno y que los barrenderos han incluido en el montón como quien esconde la porquería debajo de la alfombra.

Qué bonito debe ser Moscú, con todo lleno de nieve.

Y unas narices.

Por cierto que la foto que ilustra esta entrada casi me cuesta un disgusto. Pero del casi disgusto ya escribiré la próxima vez.

Y, de las elecciones de ayer, podéis ir a informaros a cualquier sitio, porque todo el mundo habla de ellas. A mí no me parecen un acontecimiento relevante, y a los millones de rusos que no han votado o lo han hecho de manera mecánica y rutinaria, evidentemente tampoco se lo parece.