martes, 28 de noviembre de 2006

El barro y la rusofilia

A principios de noviembre estuvo nevando unos cuantos días sobre Moscú. Las calles se pusieron blancas. No era fácil caminar, pero la ciudad se veía bien hermosa. Para evitar resbalones y heladas, echaron Dios sabe qué producto químico a las calzadas y tierra a las aceras, sobre la nieve. Pero he aquí que las temperaturas subieron, la nieve comenzó a derretirse, y unida a la tierra que habían echado, y a la que de suyo tiene la ciudad, que no es poca, se montó un lodazal de impresión. Las calles de Moscú están hechas un barrizal.

¡Eh, un momento! "Las calles de Moscú están hechas un barrizal" ¿Qué dirían ciertos personajes antes esta frase? Supongamos, pues.

Un ruso de a pie: "Ya lo creo que están hechas un barrizal. A ver cuándo dejan de echar productos químicos."

Un ruso con alma: "Las calles están hechas un barrizal. Es el destino."

Un español de a pie, en Moscú: "Maldita sea su estampa. Tengo los bajos de los pantalones hechos una porquería."

Un habitante de Torzhok (precioso pueblo, por cierto, pero donde no limpian las calles prácticamente nunca): "¿Que las calles de Moscú están hechas un barrizal? Ya me gustaría que las calles de Torzhok estuvieran como las de Moscú."

Un alto funcionario ruso, a su chófer: "Alfor dice que las calles de Moscú están hechas un barrizal. Kolia, no lo sabía ¿De verdad hay calles en Moscú?"

Un nuevo ruso: "Pues sí... hoy ya he mandado al chófer tres veces al túnel de lavado. Tengo el Lexus hecho un asco. A ver si encuentro un túnel de lavado donde le pongan repelente antibarro."

Un policía de tráfico: "¡Fantástico! Las calles están hechas un barrizal. Los coches se van a poner de barro hasta arriba, y a algunos no se les distinguirá ni la matrícula. Me voy a hinchar a poner multas. Bueno, multas o lo que ya sabemos... A ver si me compro pronto el Mercedes."

Un rusófilo: "Ya está este tío desinformando. Habrá gente que lo leerá y se lo creerá y todo. Moscú tiene una oferta cultural impresionante. Y más zonas verdes que ninguna otra ciudad del mundo."

Otro rusófilo, éste más exaltado: "A mi la verdad que no me hace ni puta gracia. Me descojono tanto como leyendo El País o viendo las noticias de Antena 3 cuando han de desinformar sobre algo sucedido en Rusia."

sábado, 25 de noviembre de 2006

Exiliado sin salir de casa

Un viejo chiste dice que había una granja en la frontera entre Rusia y Checoslovaquia (sí, Checoslovaquia, ya digo que el chiste es viejo). Los agentes checos y los rusos fueron a visitar al granjero con ánimo de que se decidiera por uno de los dos y poder adelantar su frontera unos cuantos metros.

- Queremos que seas checo -dijeron los checos.
- Bueno, vale - dijo el granjero.
- ¿Cómo que "vale"? - dijeron los rusos- ¡Tú ahora mismo declaras que te haces ruso o te enviamos a Siberia!
- Bueno, pues ruso.
- ¿Cómo que ruso? - replicaron los checos - ¡Vas a saber lo que es una represalia a la checa!

Cuatro días estuvieron las dos partes mareando al granjero, hasta que éste se levantó y dijo:

- Decidido: voy a ser checo - y se sentó a la mesa y firmó una declaración por escrito.
- Pero, ¿por qué? - le respondieron los rusos, extrañados.

Y el granjero les dijo:

- Es que en Rusia hace mucho frío.

A propósito del chiste, Ilyá Repin, ese señor de la estatua, es el pintor más conocido de Rusia. Lamentablemente, fuera de Rusia no se sabe apenas nada de él, supongo que en buena parte porque no hay apenas obra suya expuesta fuera del país, pero no por ello deja de ser uno de los grandes a escala mundial.

Le daba a todo: retrato, género histórico, religioso... y todo le salía bien. El que venga a Rusia y no pase, en Moscú, por la galería Tretyakov o, en San Petersburgo, por el Museo Ruso, está cometiendo un delito imperdonable. O eso, o es un patán sin gusto que no merece más que destripar terrones.

Nació en 1844 en Ucrania, que entonces, como casi siempre, pertenecía a Rusia; cuando ya adquirió suficientes posibles, hacia 1885, se estableció definitivamente en la entonces capital del imperio, San Petersburgo, y diseñó él mismo su residencia, que llamó Penaty ("penates", como los dioses del hogar en la mitología romana), unos cuantos kilómetros al norte de la capital.

En 1917, se montó la gorda en el imperio ruso. Tras el golpe de estado de noviembre, el imperio se cae a cachos y el Gran Ducado de Finlandia, que desde 1809 pertenecía a Rusia, se declaró independiente en diciembre. Sin comerlo ni beberlo, Repin se encontró con que se había exiliado de Rusia sin moverse de su casa, porque su residencia cayó en territorio finlandés. En 1920, la Rusia soviética reconoció la frontera con Finlandia y Lenin invitó a Repin a salir de allí y establecerse en Rusia de nuevo.

Repin, que sería anciano (73 años tenía para entonces), pero parece que de tonto no tenía un pelo, le dio largas y dijo que ya estaba mayor para el viaje. Teniendo en cuenta que el viaje hubiera sido de unos veinte kilómetros, el argumento no parece muy convincente, pero parece que Lenin lo dio por bueno. También le podía haber dicho que en Rusia hacía mucho frío...

Repin murió en 1930, a los 86 años, en suelo finlandés que no tardó mucho en dejar de serlo. A finales de 1939, la Unión Soviética declaró la guerra a Finlandia y conquistó la Karelia meridional, incluida la ciudad de Kuokkala, donde estaba la residencia de Repin, que pasó a llamarse Repino, y así sigue hasta hoy.

La estatua de la foto está en el parque Repin, justo frente al Kremlin, al otro lado del Moscova, y fue inaugurada en 1956: al final, consiguieron traer al genio a casa.

jueves, 23 de noviembre de 2006

Gente disipada

Cuando el otro día examinaba las búsquedas que ocupan a quienes acceden a esta página, vimos que una de ellas versaba sobre las bebidas alcohólicas que consumen los rusos, y la segunda sobre "tías buenas rusas". Ésta última, recordaremos, la despaché de manera algo displicente, cosa que me ha dejado cierto resquemor; no es que me quite el sueño, pero quizá fuera procedente dirigir los pasos pecadores de quienes se enfangan en búsquedas semejantes. Vamos a ello, aunque me cueste cambiar de tono frente a lo que es habitual por aquí.

El otro día, meditando sobre tales cuestiones, aparecí en uno de esos foros de internet algunos de cuyos visitantes no tienen desperdicio. No es que no sea yo consciente de que gente así (ni mucho menos todos lo de ese foro), y probablemente mucho menos calificable, existe y seguirá existiendo. Pero siempre sorprende encontrarse con personas que NECESITAN emparejarse, vaya Dios a saber en qué régimen, con una eslava, precisamente con una eslava, y que para ello dedican buena parte de su tiempo a su búsqueda a base de internet y tentetieso.

No sé. Le noto algo de raro a esta actitud. Si alguien está viviendo aquí, es normal que acabe con una pareja rusa, aunque sólo sea, porque, evidentemente, son mayoría, pero ¿a santo de qué un españolito quiere "precisamente" una eslava? ¿Porque están buenas? Pues hay de todo, como, si nos atenemos únicamente a este criterio, hay de todo en España, donde, además, probablemente estamos mejor alimentados ¿Porque son sumisas? Eso habría que matizarlo muchísimo: el grado de sibilinidad que desarrollan puede ser alto (supongo que como en todos los sitios) ¿Porque son exóticas? Da la impresión de que a alguien le dé morbo no poderse comunicar correctamente con su novia, porque no tener una lengua meterna común, de verdad, es una desventaja. Hay quien acaba hablando una jerigonza incomprensible para terceros, lo cual, claro, también es una idea, pero no le envidio. Hay quien habla bien, claro...

Extranjero que por aquí apareces: detente antes de proseguir tu búsqueda y piensa bien lo que estás haciendo. Ahí fuera, cerca de ti, seguro que tienes algo mejor de lo que buscas: levántate del puñetero ordenador, sal a la calle, mira a tu alrededor, busca cosas que hacer, viaja si quieres, pero no te empeñes en buscar novia a cinco mil kilómetros de tu casa. Si te engañan, te estará bien empleado.

Si eres de los que no se comen un rosco en España, tranquilo, chico. Estoy contigo por solidaridad y por larga experiencia: sé perfectamente lo que se pasa en esa situación y sé que en España una buena parte de los españoles ligan poco, pero hay gente que lo supera, el que la sigue, la consigue. Paciencia, autocrítica y una caña. Una caña, no un módem.

Y, si tienes sesenta años, y lo que pasa es que te siguen gustando demasiado las chicas de veinte, sabe que esas cosas funcionaron durante unos cuantos años en los primeros noventa, en que mujeres jóvenes estaban dispuestas a venderse al diablo con tal de salir de una ciudad de provincias rusa donde nadie sabía distinguir la mano derecha de la izquierda. Ya no vale. El nivel de vida ha aumentado más de lo que muchos están dispuestos a admitir, y los problemas de la gente no son tanto conseguir comida para el día siguiente como que la vivienda está muy cara y que los sueldos son bajos. Es decir, españolito medio, exactamente los mismos problemas que te preocupan a ti. No te busques otro.

(En general, la Casa Rusia es un sitio web excelente sobre Rusia, con un contenido que va mucho más allá de lo que aparece en el foro citado arriba. Pero sobre rusófilos prometo escribir otro día, que hoy ya es tarde)

martes, 21 de noviembre de 2006

Autobuses interurbanos

Dentro de las formas de desplazarse que tiene a su disposición el viajero, el avión ha quedado suficientemente abordado en estas pantallas. Es la hora de pasar a otras alternativas para destinos menos distantes, con lo que, en primer lugar, consideremos el autobús.

El retorno desde Ryazán de hace dos semanas fue bastante incómodo. En la estación de autobuses, atestada de gente esperando, con enormes colas en las cajas, cabreo de la gente que no consigue billete (la demanda supera a la oferta y ésta es totalmente inelástica), policias y militares por doquier (eso siempre) y las garitas de información cerradas. En mi retorno a Moscú, como a doscientos kilómetros de allí, iba yo tranquilo pensando que había siete autobuses en las siguientes dos horas.

Primera norma: Nunca, ¡nunca!, hay que fiarse a ciegas de los horarios de autobuses. Como vieron que no llenaban las plazas completamente, quienquiera que fuese decidió empezar a cancelar salidas. Todo antes que afrontar la menor probabilidad de llevar plazas vacías. Eran las cuatro y media y el siguiente autobús salía a las seis: compré el último billete. Los que vinieron poco después de mí se quedaron con la boca abierta y sin plaza, alguno hasta el día siguiente.

Segunda norma: No hay que ponerse nervioso. Pero no porque no haya motivos, sino porque no sirve para nada.

- Oiga, ¿el autobús para Moscú?
- No sé.
- ¿Y usted a dónde va?
- A Moscú.
- ¿Y no sabe cuál es?

Encogimiento de hombros.

Tercera norma: La agudeza del oído es importante. Desde un altavoz cascado, suena una voz semidistorsionada: "Último aviso: el autobús de Moscú saldrá dentro de dos minutos desde el andén ocho." ¿Dos minutos? ¿Cómo que dos minutos? ¿Y me lo dicen ahora? Por cierto que luego era mentira: el autobús ni siquiera había llegado al andén ocho. De hecho, salimos a las seis y cuarto. Pues menos mal...

Cuarta norma: Hay que conservar a mano las prendas de abrigo. El autobús que me tocó en suerte (o en lo que sea), no estaba en demasiado mal estado (la verdad es que, para doscientos kilómetros, la cosa salió por unos seis euros, o sea, que tampoco hay que exigir bayaderas con bandejas de fruta). Pero, ¡ay!, cuando me fui a sentar, en el asiento del extremo derecho de la última fila, encontré una especie de tapa del mismo material plástico y del mismo color gris oscuro del que estaba hecho el autobús. "¡Qué curioso!", pensé. La aparté a una lado y, cuando nos hubimos sentado todos, íbamos como sardinas en lata, lo que aproveché para quitarme la boina. Entonces noté un violento biruji en la coronilla, subí la mano para tapar el mando de la ventilación y... allí no había nada que palpar. Alcé la vista y me encontré con un agujero, el que había dejado libre la tapa que había apartado al principio, y la chapa del techo del autobús directamente sobre mi cabeza, por entre cuyos agujeros se entreveía el hermoso cielo estrellado que nos regalaba la Madre Rusia. Ocho bajo cero hacía por allí fuera.

¿A que nunca habéis hecho un viaje de autobús de larga distancia con una boina calada? Pues yo sí.

domingo, 19 de noviembre de 2006

Más sobre bebedizos locales

De todos los que entran en esta bitácora buscando iluminación sobre los dimes y diretes de la Santa Rusia, hay un número razonablemente elevado de internautas que accede aquí mediante búsquedas en Google. Aparte de los que pensaban que iban a leer una comedia clásica de Plauto, que no son pocos, hay dos búsquedas específicas sobre Rusia que se llevan la palma.

La primera es gente que va buscando fotos de tías buenas rusas. Ya dejé dicho que, en Rusia, las tías buenas abundan, pero esta bitácora no es el mejor lugar para encontrarlas, así que, amigos, encaminad vuestros pasos pecadores hacia otras páginas, que no os faltarán referencias.

La segunda pregunta la formulan buscadores que tratan de averiguar algo sobre las bebidas alcohólicas que se consumen por aquí. Después de las entradas anteriores sobre la cuestión (Beber como un cosaco, Ley seca, Bebidas alcohólicas autóctonas, Pabellón de reposo y El chivo expiatorio), parece que ha llegado el momento de dar una respuesta definitiva a las peticiones de los visitantes. Qué no haría yo por ellos.

Pues bien, aquí tenemos, según una concienzuda investigación de mercado, qué es lo que bebe el ruso ansioso de colocarse cuando sus medios no le permiten costearse vodka en cantidad suficiente:

1. Líquido limpiaparabrisas. Suele llevar una elevada proporción de alcohol industrial para que no se congele en invierno (en verano, con agua vale), y a veces le ponen olor a manzana o a limón. Mmmm... apetece un traguito.

2. Colonia de baño. Será si hubiera. Yo no he sido capaz de encontrar todavía. Desde luego, a tenor de cómo huele la humanidad en el metro, lo que es evidente es que no la utilizan para el uso al que estaba destinada.

3. Líquido para hacer fuego. Debe llevar una mezcla de petróleo y alcohol que coloca inmediatamente... en la caja.

4. Limpiaalfombras. Otra de las bebidas estrella. De hecho, no siempre es fácil de encontrar, y me temo que no es porque la peña se dedique en cuerpo y alma a limpiar sus alfombras.

5. Desinfectantes, pero no cualquiera, sino sólo de la marca "Extrasept" y "Antiseptin". Deben ser los que dan alguna posibilidad de sobrevivir al que los ingiera.

6. "Dijlofós". Se trata de un insecticida tradicional, como el flit, que ya se usaba como sucedáneo de la priva cuando Gorbachov intentó, con un fracaso clamoroso, prohibir las bebidas alcohólicas. Yo debo ser de los pocos que una vez lo compró con ánimo, no de colocarme, sino de eliminar unas chinches que habían invadido la casa. Quizá le hubiera sacado más provecho bebiéndolo, porque, lo que son las chinches, ignoraron el insecticida y siguieron vampirizándome hasta la llegada de los desinsectizadores profesionales.

Bueno, pues esos son los sucedáneos del vodka más extendidos. Hay mucho más que escribir sobre esta materia, pero tengo que irme rápidamente a la tienda, porque, con el frío que hace y el barro mezclado con nieve que hay por las calles, llevo dos semanas buscando líquido limpiaparabrisas anticongelante para el coche, y no hay manera de hacerse con él. Se acaba enseguida.

sábado, 18 de noviembre de 2006

Costumbres nupciales


A esto había que llegar algún día. En España, las costumbres nupciales son bastante rutinarias (menos para los novios, claro), y se pueden configurar con las siguientes etapas: febril actividad por la mañana, desplazamiento a la iglesia, espera de rigor por parte del novio, celebración del matrimonio propiamente dicho, firmas de los testigos, fotos, desplazamiento al local donde se va a producir el banquete, banquete, palabras de rigor de los contrayentes, vals, bailes progresivamente atrevidos, barra libre, cogorzas incipientes, promesas de amistad eterna entre ciertos invitados, desplazamientos desde la zona de baile a la de la barra libre, cogorzas progresivas (sobre todo de ciertos parientes serios, a los que nunca se esperó ver en tal estado), decimoséptima copa en mal estado (sólo la decimoséptima, no como las dieciséis anteriores, que eran de buena calidad), mareos y náuseas, fin de la celebración, cierre del local, retirada de algunos carnés de conducir, noche de bodas (en la que pudorosamente omitimos los detalles) y, finalmente, viaje de novios.

En Rusia, hay algunas diferencias, claro, pero hay una que llama poderosamente la atención, que es la que se produce en la fase de desplazamiento de los recién casados entre el lugar donde se celebró el matrimonio y el de la celebración. Así como en España, cualquier pariente con un coche más decente que el resto se ofrece a conducir a los contrayentes hasta donde haga falta, en Rusia, hay que ir en limusina y, cuanto más larga y fardona, mejor. El que no lo hace es un pobre diablo y mejor es que no se case.

Y en Armenia, además, es de buen gusto y tradición montar un cortejo de coches, a ser posible con varias limusinas, dependiendo de los posibles de la familia, y dar tres vueltas alrededor de la plaza principal de la capital, cortando el tráfico todo el rato posible.

Se casó una chica armenia de pueblo, que iba a vivir a la ciudad, y la llevaron a la plaza de la República en la limusina de rigor. Dan una vuelta, una segunda, una tercera... y, en lugar de desviarse, siguen dando vueltas, una cuarta, una quinta... y así hasta diez.

- Pero, ¿de qué vais? ¿Para qué dais tantas vueltas?
- Es que a la novia la han contratado como limpiadora en el ayuntamiento, y queremos que conozca bien la plaza, porque, desde mañana, la va a barrer todos los días.

jueves, 16 de noviembre de 2006

El corazón de las tinieblas

Suena el despertador. Son las seis de la mañana...

"¡Moscú! ¡Mierda!"

Me levanto. Y me viene a la memoria lo que pudo haber pasado, o no, unos días antes.

- Alfor von Buchweizen.
- ¡Presente!
- Tenemos una misión peligrosa. Una misión que sólo usted, con su experiencia, puede afrontar.
- Le escucho.
- Tenemos un problema. En un rincón de nuestra zona de competencia, en una zona de guerra, se ha acantonado uno de nuestros mejores hombres. Sí, de los mejores. Su nombre es Kurtz. Antiguo militar profesional. De los primeros de su promoción, iba derecho al generalato. Algo pasó. Ahora está en esta zona disputada, con un ejército de asalariados que lo temen y lo tienen allí como casi un dios. Alfor, hay que sacarlo de allí.

- Que los hombres aquí no quieren estudiar. Están fuera de la universidad esperando en los BMW a las chicas. Cuando les llega el examen, le dice el profesor: "Te suspendo." Y ellos dicen: "No, apruébeme." "¿Qué nota quieres?" "Un aprobado" "Son cien dólares" Si es un notable, pues doscientos. Y si lo que quieres es un sobresaliente, pues ya son quinientos. Pero el papá paga, y luego va diciendo por ahí: "Mi hijo tiene un título." ¡Los cojones tiene un título!

El horror... el horror tiene rostro.