jueves, 11 de junio de 2026

Cajas destempladas

En una mudanza, la unidad básica de medida de complejidad es la caja. Mi primera mudanza más o menos propiamente dicha fue la que me llevó en 1992 de Alemania a España. De España a Alemania me había llevado una bolsa de deporte y gracias, así que eso no cuenta como mudanza. El retorno, que tuvo mayor complicación, ya fue otra cosa. Mis padres vinieron unos días en coche y yo vivía en una habitación de diez metros cuadrados, en la que, naturalmente, muchas cosas no cabían. Me lo llevé todo, menos un televisor enorme que doné a la residencia en la que vivía y que fue recibido con alborozo por mis ya ex-compañeros. Es que me llevé hasta la bicicleta, pero, lo que es cajas, no llevé ninguna, porque, en realidad, atesté el coche de mi padre de mochilas y de maletas, donde metí todas mis más bien magras pertenencias. Cero cajas, dificultad cero.

Las siguientes mudanzas, de España a Moscú, de Moscú a España y nuevamente de España a Moscú, tampoco fueron demasiado complicadas. En aquel entonces, yo era un tipo austero que se conformaba con poco. También era un tipo que miraba mucho la peseta, porque las pesetas en mi posesión eran bastante escasas, y al que horrorizaba pagar sobrepeso en los aviones, así que las cosas se saldaban con una maleta, una mochila, y a correr. O a volar.

Las mudanzas dentro de Moscú, menos la de 2006 que precedió al nacimiento de esta bitácora, también fueron razonablemente simples, básicamente porque se trataba de mudanzas dentro del mismo edificio, a apartamentos cada vez mayores a medida que iban llegando los churumbeles, pero dentro del mismo edificio y con ayuda local. Fuimos tirando.

Entre 2006 y 2013, algo muy gordo debió pasar. Es verdad que habíamos pasado de ocupar un apartamento a alquilar una casa entera, con la tentación que eso supone a la hora de ampliar las propiedades y los trastos de uno. También es verdad que los churumbeles iban creciendo, y con el crecimiento físico también crecían sus propias pertenencias; también es verdad que teníamos dos niñeras, una de ellas interna. También es verdad que quizá no debí haber comprado esa cinta de correr...

Cuando se produjo la mudanza de 2013, salieron de Moscú doscientas sesenta y cinco cajas. Dos-cien-tas-se-sen-ta-y-cin-co...

Yo ya llevaba unos meses por Bruselas, cuando el resto de la familia se incorporó a Bélgica a finales de agosto de 2013, coincidiendo con el comienzo del alquiler de la casa que ocupamos al principio. Se suponía que todo estaba pensado para que la entrada en la casa coincidiera con la llegada de la mudanza y sus 265 cajas, pero no contábamos con que las aduanas belgas iban a parar la mudanza por Dios sabrá qué, o con que el transportista, más bien torpón, iba a poner como excusa de su competencia mejorable las aduanas belgas. Qué duda cabe de que poner las aduanas como excusa en los transportes que entran o salen de Rusia es un clásico y todos los que hemos vivido por allí lo sabemos, cuando no lo hemos sufrido en primera persona.

En su momento no se reflejó en esta bitácora y, quien no lo crea, que mire el archivo de septiembre de 2013, pero los primeros días de toda la familia en Bruselas fueron complicados. No teníamos prácticamente nada, porque la casa que alquilamos estaba sin amueblar, de modo que sólo contábamos con los escasos enseres que tenía en mi piso del centro de la ciudad. Alquilamos un coche y compramos lo justo e imprescindible en IKEA Bruselas (bueno, hay dos). Aun así, estuvimos una semana acampados en nuestra propia casa, durmiendo en el suelo y comiendo sentados en taburetes. Vamos, que la bienvenida fue dura y no estoy seguro de que toda la tropa se lo tomara bien y de que no echara la culpa al que, después de todo, era el causante de todos aquellos males.

Pero eso no fue nada.

Lo gordo vino cuando llegó la mudanza. Recordemos: 265 cajas, una de ellas una cinta de correr y otra un piano. Las otras 263, francamente, no sabíamos lo que contenían, aunque en ellas estaba escrito el nombre de la estancia de donde venían. De Moscú había llegado absolutamente todo, y todo es todo, hasta el jabón de fregar. Clasificar todo aquello fue un trabajo agónico. Nos dimos cuenta de que las dos niñeras, a las que regularmente dábamos algo de dinero para gastos corrientes, habían creado algo así como una estructura paralela y que muchas cosas, como ese mismo jabón de fregar, lo teníamos doble. Además, en 2013, ya estando yo fuera del país, había habido una especie de vértigo de comprar libros en ruso de todo tipo, por si la cosa se complicaba (y ya lo creo que se ha complicado...).

A veces, aquello parecía como el juego del mentiroso. Había cajas que pasaban directamente al trastero sin abrirse; en otras descubrí elementos de mudanzas anteriores, como muebles de baño del siglo pasado que estaban en el trastero de la casa de Moscú, por si venían mal dadas (en ruso, en expresión maravillosa, eso se dice на чёрный день, literalmente 'para el día negro'). Superados por los acontecimientos, no tiramos nada, sino que seguimos como pudimos guardando cosas, porque, gracias a Dios (o no...), disponíamos de espacio suficiente para todo.

Tras varios días compaginando el trabajo con la apertura de cajas, logramos encontrar lo más básico para sobrevivir, incluyendo los muebles más necesarios, que fuimos montando como mejor pudimos.

Aunque fue la mudanza más pintona, no fue la última. La siguiente sucedió cuando compramos la casa que actualmente habito, pero esa mudanza la dejó para otro momento, porque se hace tarde.

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