sábado, 28 de febrero de 2026

La plaza Flagey

Efectivamente, la plaza Flagey no sólo es fea sin remedio, sino que lo más bonito que tiene, que es la iglesia, está situada en un lugar arrinconado, hasta el punto de que el único motivo de que sea visible consiste en que uno de los edificios más altos de la zona. Si no, ni pum. De hecho, la foto que ilustra esta entrada está tomada apuntando a la iglesia, que está detrás de esa torre y de la que no se ve ni la cúpula.

Sin embargo, lo que no se puede negar es que se trata de una plaza viva y bien viva, en lo cual le saca una enorme ventaja, sin ir más lejos, a la Grand Place, que es un purísimo escaparate turístico por el que no se acercará un belga salvo que lo arrastren. En Flagey hay un mercado los fines de semana, donde los vecinos pueden proveerse de género de calidad (eso sí, a un precio también de calidad), hay tiendas en los lados, no museos; hay bares con precios más o menos asequibles, cerveza de mil tipos y, por haber, incluso hay una librería. En la Grand Place sólo hay restaurantes en los que no sé si se paga la comida o más bien la vista de la plaza. Tiendas, lo que es tiendas, no hay ni una.

Y, en Flagey, también hay un puesto de patatas fritas. Una friterie.


Frit Flagey
es el nombre del establecimiento, que es una especie de chiringuito que presume de calidad y que, de hecho, siempre tiene clientes haciendo cola. En honor a la verdad, todavía no he probado el género, porque yo soy mucho más de Maison Antoine, pero ya llegaremos a ese momento. No he probado el género, mayormente, porque yo suelo estar de paso y porque para comer allí hay que estar un buen rato haciendo cola y a mí no suele darme la vida. Bueno, excepto aquel día, pero la verdad es que, habiendo quedado a comer, me pareció descortés presentarme al otro comensal, cuando se dignara llegar, con un cucurucho de patatas fritas con salsa andalouse en la mano. Hasta ahí no llego.

Las colas en Frit Flagey, como en cualquier chiringuito de patatas fritas, son bastante ilustrativas de la fauna local. Hay gente sola que, como hace sol, se baja a la plaza a comprar la comida, y la comida son las patatas fritas con mahonesa y, si se atreven (y sí, se atreven), se aprietan también unas fricadelle. Lo que son las fricadelle ya lo vimos aquí y no es ahora el momento de repetirlo. Baste ahora con decir que, con semejante dieta, nos podemos imaginar que el individuo que la siguiera debía ser muy poco apolíneo y bastante dionisíaco. Y gordinflas, añadiría yo.

De ésos había uno entre los clientes de la friterie, que, después de hacer la cola, salió de la misma con su cucurucho y sus fricadelle y se sentó en un banco cercano al chiringuito, momento en el cual, animado por la temperatura bonancible, empezó a despojarse de sus vestiduras y se quedó vestido sólo por encima de la cintura con la camiseta interior de tirantes, la cual apenas podía contener sus lorzas que pugnaban por desparramarse por el espacio exterior a la camiseta. Al menos, el desinhibido señor tuvo la precaución de meterse la camiseta por debajo del pantalón, sin cuyo auxilio no dudo de que las lorzas hubieran conseguido su propósito y habrían campado por sus respetos hasta donde les diera su volumen máximo.

Dejemos al señor obeso y poco preocupado por su reputación haciendo la fotosíntesis mientras contribuye al aumento de su volumen apretándose las viandas y la cerveza que ha adquirido en el chiringuito, y veamos otros personajes que pululan por la plaza. Hay alguna menesterosa que, sin dedicarse en ese momento a pedir limosna, busca por allí algo que le sirva de provecho, ya sea alguna vianda abandonada o cualquiera cosa que haya quedado desperdiciada. Hay clientes del mercado de alimentación que simplemente buscan rellenar su despensa y, ya que están, comer un perrito caliente o un bocadillo de queso en uno de los puestos del mercado. Y hay a mi lado una familia, compuesta por el padre, la madre y tres niños pequeños, dos niñas y un niño, que han bajado a la plaza con un par de bicicletas infantiles y que buscan en la cola de Frit Flagey una solución no muy sana, pero un día es un día, a la comida del sábado al mediodía. Los padres se comunican en alemán y se las ven y se las desean para controlar a sus hijos, mientras una de las niñas llora por vaya usted a saber qué contrariedad.

Me los quedo mirando con una especie no sé si de nostalgia o de envidia. Creo que más de lo primero, como rememorando escenas similares en el parque de Kolómenskoye, hace dos décadas, que ciertamente ya no volverán y en las que yo estaba en el lugar de ese padre tratando de poner orden en su tropa.

Estaba yo en mis pensamientos cuando, finalmente, apareció el compañero con el que había quedado, apenas un cuarto de hora más tarde de la hora convenida y, mientras escuchaba los motivos de su retraso, empezamos a considerar dónde comer; en todo caso, lejos de Frit Flagey, por el amor de Dios y en aras a la salud de nuestras arterias.

Y más valía que fuéramos a comer lo antes posible, porque, entre tanto pensamiento y retraso, se había hecho fatalmente tarde.

jueves, 12 de febrero de 2026

Lugares emblemáticos: las plazas. Flagey

En Bruselas, existes plazas enormemente conocidas, la principal de las cuales es, naturalmente, la Grand Place, o Grote Markt, según la lengua vernácula que nos haga más tilín. Ya la hemos visto aquí en alguna ocasión y no dudo de que volverá a ser protagonista de estas pantallas. Sin embargo, no es la única plaza de relumbrón del centro de la ciudad, donde tenemos lugares como la plaza Sainte Cathérine o la plaza de la Bourse.

Esos sitios están atestados de turistas, como el centro de Valencia. Y es que es lógico y natural: así como en el centro de Valencia se escucha francés y flamenco casi a cada paso, en las plazas céntricas de Bruselas que están mencionadas arriba lo que se escucha es el castellano y, a partir de las nueve de la noche, sólo el castellano. Diríase que se han intercambiado los visitantes y que a todos les gusta más la ciudad que están visitando que aquélla de la que proceden. En mi modestia, debo reconocer que contribuyo algo a este fenómeno y que no dudo en llevar allí a todo amigo o visitante que viene a esta ciudad a pasar unos días.

Sea como fuere, los locales no acaban de sentirse a gusto en las plazas del centro de la ciudad, y en el concepto de locales incluyo a los que residimos aquí desde hace más de dos lustros, que ya sólo falta que nos salgan las patatas fritas y los mejillones por las orejas. Hay alguna plaza que está reservada a los cachorros de las instituciones europeas, en particular los jueves por la tarde, que es la plaza de Luxemburgo y que también hemos visitado con motivo de las manifestaciones de todo cuño que tienen lugar en la misma y que terminan por dejarla en un estado bastante deplorable.

¿A dónde va, entonces, el bruselense que no es turista ni cachorro de eurócrata, pero que quiere salir un rato a apretarse unas cervezas? Bueno, pues afortunadamente hay alguna que otra plaza que sirve para tal menester y que vamos a ir revisando en las próximas entradas.

A todo esto, no olvidemos que Bruselas-región no deja de ser un conglomerado de diecinueve municipios, todos los cuales cuentan con su plaza principal, a cuya vera se apretujan los locales para privar y picar algo. Cada uno de los municipios tiene lo que sería su plaza del pueblo. Cuando el asuntillo del camino de Santiago, vimos, sin ir más lejos, la plaza principal de Saint Gillis y también pasamos por cerca del rastro de Marolles.

Hoy esta bitácora va a visitar una plaza emblemática, nada menos que la plaza Flagey, dedicada a la memoria de un alcalde local, Eugène Flagey, y que forma un espacio nada desdeñable en una zona del municipio de Ixelles. He quedado a comer por los alrededores, y he aquí que, cuando llego a la plaza, me encuentro con un mensaje del otro comensal “Llego diez minutos tarde”. Como es bien sabido, en aplicación de la Ley de Relatividad del Tiempo, diez minutos en boca de un español, y más cuanto más del sur sea, pueden estirarse una enormidad, así que me resigné a un buen cuarto de hora de espera. Por fortuna, el día era casi primaveral, hasta el punto de que parecía mentira que fuese principios de febrero; la temperatura era agradable, lucía el sol y soplaba una brisa muy suave, así que até la bicicleta, me puse las manos en los bolsillos y me puse a ver lo que tenía alrededor.

Lo primero que llama la atención es lo enormemente fea que es la plaza Flagey. Transito por ella casi todos los días de camino al trabajo, porque es paso casi obligado entre Uccle y la plaza de Luxemburgo, pero normalmente voy con sumo cuidado de no tener un mal encuentro con la miríada de coches, autobuses, tranvías, camiones y todo tipo de vehículos que se cruzan entre todas las calles que desembocan en la plaza. A diario trato de dejarla atrás lo más pronto posible y no me detengo nunca a observar qué pasa en ella ni mucho menos cómo es.

Vamos, que nunca tengo un cuarto de hora para, plantado en medio del bullicio, girar la vista a mi alrededor y observar, más que ver, la plaza y los edificios que la componen.

Al que viene a Bruselas y se le lleva a las plazas bonitas de la ciudad -y la más bonita es, fuera de toda duda, la Grand Place- le puede resultar chocante la mera existencia de sitios como la plaza Flagey, de un gusto totalmente opuesto a la opulencia de los edificios gremiales y administrativos del siglo XVII. Es todo lo contrario. La plaza Flagey es de construcción relativamente reciente. Muy cerca de ella se encuentran los estanques de Ixelles y, de hecho, uno de ellos se encontraba en su día donde hoy se sitúa la plaza, pero éste fue desecado para ejecutar un ambicioso plan urbanístico y ahí fue donde apareció la plaza. No es de extrañar, pues, que sea una especie de fondo de sartén: todas las calles que confluyen hacia ella, como Malibran o Vleurgat, presentan pendientes considerables, con la única excepción de la calle que conduce a los otros estanques, que es llana, y la que saldría de él siguiendo el curso del Maelbeek, que es la calle Grey, pero del Maelbeek y de otros cursos fluviales escondidos ya tocará escribir en otra ocasión.

En su día, la plaza se llamó “de la Santa Cruz”, en referencia a la iglesia que, más o menos oculta entre edificios mucho más feos que ella, se encuentra en dirección a los referidos estanques. Las cosas no duraron demasiado y la plaza cambió de nombre para adoptar el actual, mientras que la denominación de la Santa Cruz cayó en desuso y, como mucho, quedó para el espacio inmediatamente anterior a la iglesia. El cambio de nombre debió de ser una alcaldada de libro: el alcalde en ejercicio se aseguró un puesto en la posteridad dedicándose la plaza a sí mismo.

La plaza Flagey es, por lo tanto, un lugar ganado al agua, que se utilizó en buena medida como lugar para aparcar coches y que comenzó a ser rodeada por los edificios más horribles imaginables. Y esto es cosa sumamente curiosa, porque los alrededores de la plaza realmente no están nada mal desde un punto de vista estético. El barrio de Matongé tiene sus problemitas de seguridad ciudadana, vale, pero estéticamente tiene un pasar más que bueno; la calle Grey tiene su encanto (y no digamos el día en que la terminen), así como la calle Vleurgat y todas las que huyen de la plaza Flagey para ascender hasta la avenida Louise. Pero la plaza Flagey tiene el dudoso honor de estar circundada por adefesios de la peor especie, así lo nieguen todos los arquitectos que en el mundo han sido.

Y, así y todo, la plaza Flagey es un lugar que no deja de tener su encanto, sobre todo por el ambiente que tiene, pero, una vez la hemos lapidado desde el punto de vista estético, se está haciendo tarde, así que vamos a dejar la continuación de esta visita para una próxima entrada.