domingo, 30 de noviembre de 2025

Ladrón de bicicletas (y VII): el cumpleaños de Abi

Después de la liberación de la bicicleta, y una vez hubimos cenado, dimos fin al día. A mí me quedó el mismo colchón hinchable que ya había ocupado en mi primer viaje, aunque, entretanto, se ve que algo había sucedido, ya que me desperté en mitad de la noche con las espaldas directamente sobre el suelo. El colchón se había deshinchado visiblemente (y también palpablemente), así que, mal que me pesara, me tocaba dormir (o algo así) sobre una superficie más dura de lo que estoy acostumbrado. Sí, en peores plazas he toreado, pero uno ya va teniendo una edad como para ir maltratando sus huesos así como así.

Al día siguiente era el cumpleaños de Abi. Mi regalo no sólo iba a ser la recuperación de la bicicleta, sino su puesta a punto, así que salí dispuesto a ver cómo había sobrevivido el vehículo a sus dos años de inmovilización e intemperie. Para mi sorpresa, bastante bien. Un vecino le prestó una bomba a Abi y, con eso, una llave (que también salió la víspera del famoso Fablab y su caja de herramientas) y algo de aceite, la bicicleta estuvo en un periquete en condiciones de prestar servicio. Las cubiertas eran, por lo visto, muy resistentes; me limité a limpiar el barro que cubría la parte que había estado en contacto con el suelo y no vi ni siquiera que se hubiera deformado el dibujo. Y las cámaras estaban en buenas condiciones. Un éxito.

Así y todo, todavía hice un regalo más a Abi, que consistió en comprar material. No lejos del pueblo hay una tienda en la que se vende bastante material ciclista, como, en este caso, una bomba (el vecino no tiene por qué andarla prestando siempre), algunas herramientas básicas (en la esperanza, que es lo último que se pierde, de que las use) y otros trastitos. Tras eso, comprar vituallas para el cumpleaños y preparar comida, se pasó el tiempo hasta el momento de la celebración.

La celebración iba a tener lugar en la universidad. Es lo que tiene tener acceso a un buen número de estancias, prefiero no saber por qué. De paso, era una buena ocasión para devolver al Fablab las herramientas que habían permitido que Abi dispusiera de una bicicleta en buen estado.

Por fortuna, la celebración no era masiva y se limitó a unos cuantos amigos más estrechos. Creo que yo hubiera estado incómodo en una fiesta universitaria de las del siglo XXI, que no sé si se diferenciarán mucho de las del siglo XX, pero me barrunto que seguramente sí, siquiera sea por la presencia del reguetón y otras porquerías que actualmente pasan por ser música.

Tras la celebración, tocaba pasar otra noche en la que mis vértebras y costillas iban a luchar contra el duro suelo, porque entre las cosas que no compré estaba un colchón hinchable nuevo, o aunque fuera un saco de dormir y un aislante algo acolchado, como en las acampadas de toda la vida. Mi propuesta de repetir la experiencia de la última vez e ir a la misa de nueve y media de la parroquia católica de Roskilde tuvo... el mismo éxito que la última vez. A las nueve y media, bajo una molesta lluvia y una temperatura de quince grados, lo que, teniendo en cuenta que era agosto, me hizo maldita la gracia, entré en la iglesia de San Lorenzo. Jo, y esta vez incluso pude comulgar, que ya es el colmo.

Chikchek había preparado una sorpresa para celebrar el cumpleaños de Abi: una visita al parque oceanográfico de Copenhague, así que tocó ir hacia allá. Hay que reconocer que el parque está muy bien, aunque voy a ponerme estupendo y a decir que el de Valencia está mejor o, al menos, es bastante mayor; el de Copenhague, con estar muy bien, tiene una ventaja indudable para alguien en mi situación, y es que está a poco más de un kilómetro del aeropuerto.

Que es el lugar al que me tenía que dirigir poco después. Y, por segunda vez en mi vida, y la primera también fue mirando al Báltico, me acerqué a un aeropuerto a pie. Los amigos de Abi que habían participado en la visita al oceanográfico tuvieron la amabilidad de acompañarme.

Y hasta aquí han llegado mis aventuras por Dinamarca. No sé muy bien si repetiré visita al país en alguna ocasión más o menos lejana en el futuro, porque no tengo una bola de cristal y, porque, la verdad, sigo recordando las dos noches toledanas que pasé tratando de encontrar una postura compatible, no ya con el sueño, que eso lo daba casi por perdido, sino con un mínimo orden de las vértebras.

Pero, qué caramba, todavía no he visto Copenhague ni siquiera mínimamente.

Y, seamos sinceros, en el fondo tengo ganas de experimentar la decepción que se siente al ver la Sirenita y de compararla con la que se siente al contemplar el Manneken Pis. Así que quizá algún día vuelva por allí, antes de que, como ahora, se haga tarde.

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