jueves, 24 de octubre de 2013

El desfile (y XII): final de fiesta y cuentas del Gran Capitán

Al terminar el desfile de moda, subimos al segundo piso del Bolshoi, donde habíamos hecho preparar algo de papeo. Un piscolabis, vamos; o, si nos ponemos en plan pijotero, una "fourchette".

A lo del papeo no faltó casi nadie. Bueno, faltaron las dos próceres de Tiranistán y Rusia, que supongo que cenaron mejor que nosotros. Las modelos se cambiaron, se pusieron ropa de calle y, ya vestidas de personas, y no de vestales estrambóticas, subieron a comer algo. La verdad es que, lo que es comer, comieron poco (es lo que tiene la profesión), pero ligaron bastante con los cinco modelos masculinos, que se pusieron las botas y salieron de allí con las agendas bastante llenas. A saber lo que pasaría el fin de semana siguiente.

Oskarl, finalmente, apareció por allí. Mi jefe se había estado ocupando de otros temas durante las últimas tres semanas, pero, en el momento decisivo, supongo que decidió no dejarme solo y asistir al desfile y al papeo posterior. Lupita se le acercó y empezó a hablar animadamente con él, mientras me miraba de reojo; Salaroy estaba de pie a su lado, sin decir palabra.

No había falta ser un lince para comprender que estaban presentando una queja formal contra mi persona, por mi falta de implicación durante las tres semanas anteriores y por mi trato displicente para con los dignísimos funcionarios tiranios. Lupita no olvidaba, y eso que el desfile, según todos los indicios, había sido, una vez más, un éxito; pero, para mayor gloria de alguien, lo mejor es presentar una queja formal. Si la cosa no ha sido un éxito, ya tenemos un culpable del fracaso; y si la cosa ha sido un éxito, presentar una queja realza las virtudes del funcionario encargado del asunto, que ha sido capaz de llevar la nave a buen puerto a pesar de los palos en las ruedas que les han puesto los malévolos subcontratistas locales. Mayor mérito suyo, pues.

¿Y Héctor Aredua? Héctor estaba cortejando al doctor Atsock, el Ministro de Relaciones Económicas Exteriores de Tiranistán e, incidentalmente, el que había tenido la ideíta del desfile de moda tres semanas después de ocurrírsele la genialidad. El doctor Atsock era una especie de cretino soberbio a quien el cargo de ministro se le había subido a la cabeza, y que se consideraba más allá del bien y del mal. Hay que reconocer que razón no le faltaba, porque, si después de todas las tropelías que hizo en Moscú en los dos meses anteriores al desfile no le pasó nada grave y ni siquiera tuvo que dimitir, es que efectivamente estaba más allá del bien y del mal.

En el caso que nos ocupa, el doctor Atsock, con modales del jovenzuelo insolente que en el fondo seguía siendo, se estaba burlando abiertamente del amigo Héctor, que lo soportaba con bastante entereza. Como, aunque aquello estaba trufado de modelos impresionantes, el doctor Atsock debía tener otros planes bien definidos, un rato después desapareció, para alivio de los presentes y desazón de su chófer. Pero ésa es otra historia.

Ya iba yo pensando en retirarme discretamente y olvidarme de que existen desfiles de moda en el mundo, cuando se me acercó Oskarl y me dijo que había recibido quejas de mí y que debía de implicarme más en los temas que llevaba y tratar con mayor afecto a los clientes. Pedí perdón por el trato que había inflingido a los clientes y aseguré a mi jefe que mi implicación había sido completa, y prometí enmendarme y ser un empleado ejemplar. Yo creo que Oskarl no se creía mucho eso de la falta de implicación, aunque lo del trato displicente a los clientes sí, y es que era realmente verosímil. La cuestión es que la cosa no pasó a mayores.

Al día siguiente llegó el momento de hacer cuentas. Como se trataba de números, de trabajar y de esas cosas tan poco glamurosas, Lupita y Héctor desaparecieron y los que nos reunimos fuimos Salaroy, la directora de la agencia y yo. El desfile había sido un chollo de precio, y le había salido a Tiranistán por una cantidad ínfima, en comparación con la misma cosa, pongamos por caso, en Milán, pero Salaroy quería más.

- ¿Y hemos pagado treinta y tres modelos? Yo sólo conté treinta y dos, que están en la lista.

- Salaroy, que Engatusso contrató a otra por su cuenta. Recuerde, la profesional.

- ¿Y por qué ha costado ésa mucho más?

- No sé. Pregunte a Engatusso. Supongo que sus prestaciones son mayores.

- ¿Y hemos pagado tanto por cada una?

- ¡Pues no dijo usted que en Milán pagaban cinco veces más!

- Ya, pero aquello es Milán.

- Y esto Moscú.

Al final, logré convercerle para que pagáramos la factura a la agencia, que desde luego fue mucho menos que lo que costó el Bolshoi, y además documentado y sin problemas.

Por la tarde, acompañé al transportista a llevar de vuelta los trajes al aeropuerto. Unos papeles por aquí, un sello por allá, y los trajes pasaron la aduana sin ningún problema. Creo que el transportista todavía va contando por ahí que en Moscú había un tal Alfor que se movía por el aeropuerto como por el salón de su casa y que sacó unos vestidos impresionantes de Moscú sin aduanas, sin cuadernos ATA y, lo que es más increíble, sin problemas.

A la mañana siguiente nos dejaron los funcionarios tiranios, a los que, a Dios gracias, no he vuelto a ver hasta el día de hoy.

Y yo ya había olvidado el asuntillo aquél del desfile de moda, hasta que, hace ya entretanto unos meses, llegó a mis manos la noticia del cese de Iksánov, que es el único protagonista de aquella historia que había salido de rositas e incluso con buena reputación, y eso me movió a escribir esta larguísima serie. Pero, con esta entrada, la serie se termina, y ahora toca volver a Bruselas; porque, quién me lo iba a decir, resulta que Bruselas es un entorno, a veces, más desconcertante que Moscú, como se verá a partir de la próxima entrada.