sábado, 3 de noviembre de 2012

Rusia como unidad de destino (III)

La guerra civil rusa es uno de los grandes jaleos del siglo XX y, si ha tenido tan poca repercusión en la cultura general, muchísimo menor que la española, sin ir más lejos, es porque aquello fue un carajal difícil de comprender.

Lo más sencillo es decir que aquello fue una lucha de rojos contra blancos, pero no. Eso sería un argumento simplista que más o menos funciona con la guerra civil española, en que hay dos ejércitos fácilmente identificables con cada uno de los colores, por mucho matiz que haya.

En la guerra civil rusa hubo de todo. Rojos y blancos, desde luego, pero también negros y verdes, y prácticamente toda la gama de colores. Había un ejército anarquista campando por su respetos en Ucrania; había una tropa de nacionalistas ucranianos, el ejército estonio, el letón, restos de la Reichswehr que, incluso tras el armisticio y la derrota de Alemania, seguía combatiendo no se sabe muy bien por qué; había un ejército alemán, pero no imperial, sino local; había refuerzos de la Entente; había un ejército checoslovaco pillado en mitad de Siberia y que intentaba volver a Checoslovaquia (que no existía cuando salieron de allí) dando la vuelta al mundo. Llegó a haber un ejército japonés ocupando el Extremo Oriente, y una especie de República independiente de su casa en Siberia Oriental para marear a los no-rojos que había por allí. Y no había dos bandos claramente enfrentados, no: había emocionantes momentos de todos contra todos que son un quebradero de cabeza para cualquiera que intente entender algo de aquello, y no digamos para la población civil que lo estaba sufriendo y no sabía de dónde le venían los capones.

Los únicos que mostraron algo de seso, tampoco tantísimo, fueron los bolcheviques y probablemente por ello ganaron la guerra. Los blancos eran un mareo multiforme con frentes bastante inconexos cuyo único intento realmente serio de coordinación fue en el verano de 1919, cuando verdaderamente estuvieron cerca de ganar la guerra. La perdieron por varias causas. La primera y más importante, porque el contrario también juega y logró reorganizarse justo a tiempo y encontró un par de generales eficaces que les salvaron del aprieto (al más brillante, Tujachevksy, luego lo purgarían en 1937, claro).

La segunda, porque los blancos eran una amalgama militar e ideológica difícil de digerir. Había prooccidentales y había eslavófilos, y cada vez era más evidente que los primeros estaban en minoría. Los malo es que un eslavófilo en guerra puede ser un tipo bastante cafre y demasiados blancos, cuando entraban en una ciudad, se dedicaban al saqueo y a cargarse a los judíos y a quienes lo parecieran y, quieras que no, eso joroba lo suyo a la población. La cuestión de la restauración de la monarquía quedó aparcada para no liarla más todavía. Los prooccidentales no tragaban con ella, y los bolcheviques les hicieron el trabajo sucio una semana antes de que los blancos "pata negra" entrasen en Ekaterimburgo.

La última chispa eslavófila tuvo lugar en la quinta porra, en Vladivostok, a orillas del Pacífico, en mayo de 1922, cuando el general blanco Diterichs subió al poder en los escasísimos territorios que aún controlaban los blancos, restauró la monarquía in absentia e intentó montar un Estado al estilo de la Rusia anterior a Pedro I. Sea como fuere, para entonces lo tenía crudo: en octubre de 1922 los rojos entraron en Vladivostok y, al acabar la primavera de 1923, ya no quedaban blancos en armas en toda Rusia. La guerra civil había terminado y el país, fuera de algunas bandas incontroladas, estaba totalmente en poder de los bolcheviques.

Como quedó dicho en la entrada anterior, el gran éxito de los bolcheviques consistió en dar una idea a la Rusia que estaban creando. Lo que pasa es que no todo el mundo estaba de acuerdo en los matices de la idea.

Es lo que tienen las revoluciones: que la gente se pelea por un quítame allá ese matiz, y se purga a Fulanito y Menganito y esas cosas. Pero eso ya vendrá en la siguiente entrada.