viernes, 16 de octubre de 2009

A la mesa

Durante el día siguiente, todo fue razonablemente bien hasta que llegó la hora de comer. Nuestro contacto en Madrid nos había prevenido una comida estupenda en un restaurante situado a las afueras de la ciudad y, por supuesto, ya que estábamos en España, en las mesas había vino.

Los comensales pasamos la comida conversando tranquilamente sobre todo lo divino y lo humano, probando el vino, pero sin cometer excesos y, en general, nutriéndonos a base de bien. Mi compañero de la derecha, un español expertísimo en Rusia, era quien había organizado el programa de viaje; el de la izquierda, a quien llamaremos Iván, era un ruso bien vestido, que hablaba con una voz extraña, como de un cheli con puntillo, y que, según decía, había sido intérprete de inglés antes de dedicarse a los negocios. Al fondo de la mesa, junto a los tártaros, se había sentado un representante, español, de la fábrica que íbamos a visitar después de comer. Lo llamaremos Julio.

Nos acercábamos a los postres cuando los camareros pusieron sobre la mesa cuatro botellas de vodka y vasitos para todos.

- Pero, ¿tú habías pedido esto? - le dije al organizador.
- ¿Yo? ¡Qué va! - me respondió.

Iván miró la botella que tenía más cerca y se dispuso a destaparla.

- Bueno, no sé si deberíamos - dijo otro de los comensales mientras acercaba el vasito a Iván.
- Es que nos están provocando - dijo el de los dos metros, acercando el vasito igualmente.
- Pero, ¿de dónde c*j*n*s ha salido esto? - decía yo.
- A ver - dijo el organizador a un camarero-. Yo no había encargado vodka.
- No, no - dijo el camarero-. Ha sido ese señor del fondo.

"La m*dr* que lo p*r**..."

- Sí, he sido yo - dijo Julio, que se había acercado-. Como son rusos y luego van a ver la fábrica, he pensado que estaría bien darles de beber un poco, así luego les parecerá bien todo lo que vean y se ablandarán.
- Todo podría ser...

Los tártaros se pusieron muy contentos. Bueno, y no sólo los tártaros. Iván, mi vecino de mesa, se sirvió él mismo, cosa que no veréis muchas veces, porque no es demasiado correcto. Los demás la verdad es que fueron entre moderados y directamente abstemios; Iván me ofreció llenarme el vasito, pero yo ya le había dicho al camarero que ni se molestase en ponérmelo, y el organizador había hecho lo propio. Ya digo que el organizador, persona muy avezada en Rusia (aunque no partidaria del vodka), sabía una cosa importante sobre los rusos: que a los rusos les gusta muchísimo empinar el codo, pero hay algo que les gusta más todavía.

Lo que realmente les gusta a los rusos es hacer empinar el codo a los demás. Y, si los demás son extranjeros, el placer que reciben es de orgásmico para arriba.

Así pues, los dos tártaros y sus inmediatos vecinos de mesa se pusieron a llenar el vasito a Julio y a hacerle beber. Julio se resistió, pero se resistió poco. Al primer amago de resistencia, se oían gritos de "¡nos ofendes!", aunque, claro, él no los entendía.

- ¿Qué me están diciendo? - preguntaba a lo lejos.
- Que, si no bebes, les ofendes.
- ¿Y qué hago?
- Hombre, tendrás que beber.
- ¿Sí?
- Sí.

Chupito que te crio.

Luego el tártaro bajito se levantó y pronunció un brindis a grito pelado encomiando la amistad entre los pueblos y alabando la hospitalidad del pueblo español, mientras los otros clientes del restaurante, que no entendían ni jota de qué hacía un energúmeno así berreando en mitad del salón, le miraban medio flipados.

- ¿Qué hago? - decía Julio.
- Tienes que beberte el vasito hasta el fondo.
- ¿Hasta el fondo?
- Sí.
- ¿Y si...?
- Si no, se ofenden.

A la salida del restaurante, varios chupitos y brindis después, los rusos, que no habían bebido mucho, y menos para sus posibilidades, estaban bien, pero el que estaba realmente bien era Julio, que estaba con la risa floja. Se subió en su coche y nos guio hasta la fábrica.

- Pero, ¿cómo va conduciendo? ¡Con todo lo que ha bebido! -decía uno de los rusos, sorprendido.
- Yo pensaba que se subiría en el autobús con nosotros -decía otro.
- Pero, tíos, ¡que los que le habéis llenado el vaso erais vosotros! -les dije yo, abriendo los brazos.

Por fortuna, en la fábrica había un compañero suyo que le sustituyó para dirigir la visita, mientras de vez en cuando miraba con extrañeza a Julio, al que yo iba apartando para que no se escuchara mucho lo que iba diciendo, mascullando o balbuciendo. Si no, luego, todo son líos.

Con esto acabó el día, y llegó la noche. Y la noche es peligrosa, pero, como se hace tarde, lo dejaremos para la próxima.

6 comentarios:

Behemoth dijo...

Como soy el primero, como costumbre, escribiré bien. Bueno, creo que eso que dices es interesante, pero un tanto universal, a todos les gusta que beba alguien mucho y tu beber poquito para así divertirte con el que más ha bebido y ver las tonterías que hace.

Lo del concierto fue gracioso, esperaremos que nos cuentes lo de esta noche y si el negocio te fue bien, enhorabuena.

Orayo dijo...

Jjajajaja. Son anécdotas buenísimas. Yo creo que tú tienes algo de culpa por animarle a que beba porque "si no les ofendes". A menos que realmente se ofendan y fuera necesario.
Quedo a la espera de más.

Esther Hhhh dijo...

Maaaaaaadre del amor hermoso... ¿Tú estás seguro de que los Tártaros iban sin bandera para conquistar?

Besitos

javier dijo...

Alfor, por curiosidad ¿Qué fábrica era esa que iban a ver los rusos? A ver si es una de esas fábricas "típicamente" españolas como las de whisky "Dyc", galletas "Fontaneda", de fregonas y mopas, o una enésima de chupachups.

A ver si me doy un canto en los dientes y es una fábrica de software de última generación.

Alfor dijo...

Behemoth, bueno, a mí también me gusta que los otros beban más que yo y reírme con las tonterías que hacen, pero es que a mí beber no me gusta, y a los rusos les gusta mucho. Pero, sí, parece que es algo universal, al menos hasta los, digamos, treinta años. Luego se supone que la gente se hace más seria... bueno, se supone. :)

Orayo, bueno, ellos realmente dicen que se ofenden.

Esther, yo no vi ninguna.

Javier, de verdad que era una fábrica de tecnología avanzada, aunque tienes razón en que hay demasiadas visitas a fábricas como las que dices y, en particular, a bodegas. A fregonas no creo, aunque sea un invento español, y Chupachups ya tiene fábrica en Rusia y no necesita llevar a los rusos a España para enseñar sus instalaciones (su fábrica de San Petersburgo es básicamente semejante a la que tiene en Cataluña, y he estado en ambas). Sobre la que fue objeto de nuestra visita, permite que no dé más detalles, porque el trabajo en esta bitácora prefiero meterlo sólo de manera tangencial.

Bruno dijo...

Alflor, claramente en la entrada anterior me referia a la familia de A32s de Iberia, con los bichitos de Aeroflot no tengo ningun problema, salvo con los Tupolev, pero los estoy empezando a extrañar.