viernes, 4 de abril de 2008

Asilo político

Hace unas semanas se me ocurrió meter una entrada larga sobre un tema histórico, al hilo de las tensas relaciones entre Rusia y el Reino Unido. Contra todo pronóstico, la entrada mereció la felicitación de un comentarista que, en otras intervenciones suyas desde el lejano Perú, había sido, como poco, algo displicente en sus comentarios. Y, como uno es sensible a las felicitaciones, he decidido profundizar más en el tema. O hurgar más en la herida, si no os gustan estos asuntos, cosa perfectamente legítima.

Y es que las relaciones entre Rusia y el Reino Unido siguen dando tumbos, como cuando Abi y Ro comienzan a darse empujones, medio riéndose, y al final sus padres tienen que intervenir con el consabido "No juguéis así, que os vais a hacer daño y acabaréis llorando". Yo no sé si los rusos y los ingleses se van a hacer daño (espero que no, claro), pero, lo que son pellizcos, empujones y toquecitos a la carita, pues ya tenemos unos cuantos.

Los ingleses llevan algún tiempo dedicándose a tocar las narices a los rusos concediendo asilo político a los que se lo solicitan, por suponer que, si se quedan en Rusia, pueden quedarse criando malvas prematuramente. Primero fue Berezovsky, un tipo, por lo menos, tirando a antipático; también está en el grupo un sujeto llamado Zakhayev y que es nada menos que el representante checheno en el exterior. Teniendo en cuenta la afición al secuestro y a la extorsión que mostraron los chechenos durante sus años de independencia de hecho, conceder asilo político al representante de esa chusma es, por lo menos, atrevido, pero el Gobierno de Su Graciosa Majestad, si no atrevido, desde luego es puñetero y llega a eso.

Y luego llegó Litvinenko, de quien ya escribí en otra ocasión y a quien su exilio no sirvió para que la Parca le visitara bastante antes de lo que la naturaleza hubiera dispuesto en circunstancias normales. Y, ahora, le ha llegado el turno a Yelena Tregubova. Yelena Tregubova es periodista opositora, gremio que está pasando por serias dificultades en Rusia, y se hizo popular hace unos años con la publicación de un éxito de ventas del que ya escribiré otro día, llevaba un tiempo ya en el Reino Unido después de comprobar que estaba maldita en Rusia y no que no la contrataban ni para quitar el polvo a las redacciones de los periódicos, y anteayer recibió la noticia de que le concedían asilo político. Habrá que darle la enhorabuena, supongo.

Entretanto, "Ekonomika i Zhizn", sección espiritualidad, prosigue con el repaso de rencillas históricas entre los dos imperios. No es tan marchoso como el último que os traduje, pero también tiene su intríngulis. Os dejo con ellos, y con su deliciosamente tendenciosa manera de contar la historia (ojo, en particular, a la versión local del reparto de Polonia):


MI CAMISA

Inglaterra siempre quiso someter la política exterior rusa a sus propios intereses. Durante algún tiempo, la lucha por la independencia de los Estados Unidos de América distrajo la "mano de Londres". En aquel momento, Rusia no se comportó como hubiera querido la potencia colonial. Catalina (II) declaró que no pretendía interrumpir las relaciones comerciales con América. Los asaltos por parte de los ingleses a buques comerciales los equiparó a una causa legítima para declarar la guerra. Inmediatamente, siguieron su ejemplo muchas otras potencias, provocando con ello el disgusto de Gran Bretaña. Sus relaciones con Rusia se estropearon hasta tal punto que el asunto hubiera podido llegar incluso a un conflicto armado. Y, si no llegó a suceder, en buena medida eso fue "gracias" a la Revolución francesa... Ésta asustó a todos los monarcas de Europa. Y Catalina no se quedó a un lado. Por todo el Imperio sometido a su poder comenzó una caza de liberales domésticos y de francmasones, "partidarios de Nóvikov y de Rádischev" (Nota mía: ésos eran dos pollos liberaluchos de primera hora que pululaban por aquí)... Mientras vigilaba de cerca a los suyos, a los franceses que habían huido de la Revolución la emperatriz los cubrió literalmente de oro ¡Ya en el primer año de disturbios les concedió 1,5 millones de rublos del tesoro! Tampoco fue tacaña al distribuir posesiones y pensiones. No hay duda de que también el Rey, si hubiera podido huir de Francia, hubiera sido recibido en Rusia con hospitalidad inusitada. En opinión de Catalina, eso fue "el acto más señalado de su reinado".

Muchos de los monarcas europeos incitaban a la Emperatriz a que actuase no sólo con dinero. Austria acordó aliarse con Rusia bajo las condiciones que ésta propusiera. Prusia, deseosa de recuperarse a costa de Polonia y Francia, también necesitaba la ayuda de Rusia. En consecuencia, en 1792 se firmaron las alianzas entre Rusia y Austria y entre Rusia y Prusia. En ellas, Catalina se reservó el derecho de cambiar la ayuda militar acordada a sus aliados con una aportación anual de 400.000 rublos. Le era necesario desligarse de toda obligación para arreglar los asuntos en Polonia. Allí, en 1791 se había adoptado una constitución contra la que se rebelaba una parte de los magnates polacos, que llamaron en su ayuda a las tropas rusas. El momento para recuperar las tierras ucranianas y bielorrusas era muy adecuado y hubiera sido imposible no aprovecharse de él.

La afición de la emperatriz por los asuntos polacos provocó desasosiego en el grupo de partidarios de la restauración de la monarquía francesa. "¿Y qué queréis que haga?", les respondía la emperatriz, "mi camisa está más cerca de mi cuerpo". "Su camisa" estaba también más cerca del cuerpo de los ingleses. Ellos no odiaban a Francia porque allí hubiera caído la monarquía, sino porque era un fuerte oponente. Según la opinión que entonces compartían muchos, Inglaterra no sólo no pretendía eliminar los desórdenes, sino que los producía ella misma. Incluso había quien aseguraba directamente lo siguiente: la Revolución era obra del Gobierno británico, que por envidia y odio había provocado la crisis financiera francesa de 1788.

Como casi siempre en la historia, Gran Bretaña prefirió no luchar contra Francia con personas, sino con aportaciones económicas, que se dirigían a los ejércitos europeos que hacían de "infantería" inglesa. Y tampoco olvidó su "juguete preferido": la diplomacia secreta. Su espionaje superaba en decenas de veces a los extranjeros que trabajaban en él.

Cuando en la primavera de 1792 comenzaron las acciones armadas contra Francia, los ingleses estaban convencidos de que ésta no podría resistir a las tropas austroprusianas. Lo mismo pensaba Catalina, pero el espíritu luchador de los franceses resultó ser superior al de los aliados, y éstos ganaron dos grandes batallas (Nota mía: Valmy y Jemappes, supongo).

Las noticias de las victorias de los franceses fueron insoportables para el Gobierno inglés. En diciembre de 1792 intervino para proponer las siguientes condiciones: Francia vuelve a sus fronteras de 1789 y a cambio se reconoce su Gobierno. Incluso al saber de la ejecución de Luis XVI, Londres mantuvo su propuesta en vigor durante algún tiempo. Se entiende que Catalina no podía conformarse con semejante salida. "Sigo siendo aristócrata, es mi profesión", aseguraba, sin comprender en absoluto el régimen que se había establecido en Francia.
"¿Cómo puede un zapatero ocuparse de la política?", se asombraba. "Los zapateros sólo saben hacer zapatos." (Nota mía: Catalina II hoy hubiera sido del PP, seguro)

Ella era partidaria de fuerte medidas en la lucha contra los insurrectos, diciendo: "Si hubieran ahorcado a alguno de ellos, los demás se lo hubieran pensado.". Pero, sin embargo, ocurrió que se no ajustaron cuentas con ellos, ¡sino con el Rey! Esta ejecución alteró a Catalina. Durante seis semanas enteras se declaró luto en su corte, y el 15 de febrero de 1793 se publicó una orden que ponía a Francia en situación de país beligerante contra Rusia.

Aún antes, el 12 de enero, previendo el destino del Rey ("¡Son capaces de colgarlo de una farola!"), Catalina firma un tratado con Prusia, obligándose a mantener en estado de guerra a sus fuerzas navales y terrestres. Dos meses después, en marzo, consiente en firmar un tratado con Inglaterra. "Para reprimir la Revolución", las dos grandes potencias acuerdan el bloqueo marítimo de Francia.

Los acontecimientos posteriores permiten juzgar hasta qué punto no era seria dicha aproximación. En marzo llegó a San Petersburgo el hermano del Rey, Conde de Artois. Allí recibió un sable de oro con gruesos brillantes, diez mil ducados de oro y un crédito por 300.000 rublos. Habiéndose quedado de huésped más de un mes, el Conde se dirigió a Inglaterra, para acordar con ella el plan elaborado con Catalina de desembarcar en las costas de Normandía un contingente ruso de quince mil hombres al que se uniría allí un destacamento de emigrados franceses. Con este motivo había cartas de la Emperatriz al Rey de Inglaterra y al embajador ruso Vorontsov. Pero el asunto terminó cuando al Conde no le dejaron entrar en Inglaterra con el pretexto de que allí tenía... deudas pendientes.

Pero hay que ser justo. El deseo de "reprimir la Revolución" tampoco se extendía en Catalina más allá de ciertos límites. A ella le preocupaban Turquía y Suecia, o Polonia, donde las cosas no estaban tan tranquilas. Cuando se le dirigió uno de los príncipes con la petición de que le confiaran la dirección del ejército ruso, recibió una negativa. "Su Alteza", le dijeron, "sólo puede conferir la dirección a un general ruso." Y para los aliados que le venían con que no les enviaba ejércitos, también tenía una respuesta a punto: "Yo lucho contra los jacobinos en Varsovia."

¡Así era la primera coalición! La segunda comenzó a formarse en 1795 tras la represión de los alzamientos en Polonia y se señaló por el segundo tratado de Rusia con Inglaterra. La formación definitiva de la segunda coalición ya sucedió tras la muerte de Catalina, y en esta ocasión el ejército y la marina rusos intervinieron directamente contra Francia. Recordemos la brillante campaña alpina de Suvorov (Nota mía: La foto de la entrada es la del famoso cuadro de Surikov) y la gloriosa victoria de Ushakov, que se apoderó de la fortaleza de Corfú.

También aquí consiguieron estropearlo todo los ingleses. A pesar de los acuerdos con Rusia de devolver las islas Jónicas a la Orden de Malta, se las quedaron, provocando la ira del Emperador ruso. Al mismo tiempo, Napoleón empezó a seducir a Pablo (I) con amplias adquisiciones territoriales. Incluso le propuso una expedición conjunta a la India. Al consentir el tratado con Francia, Pablo firmó la sentencia de muerte contra sí mismo. Con intervención directa del embajador inglés, se formó una conjura contra él, y fue asesinado en su propio dormitorio. Pero esto sólo fue uno de los hitos sangientos en la historia de las relaciones ruso-británicas, que han pasado a la historia bajo el nombre de "El gran juego"...
Con esto acabó el artículo. Yo, ya lo sabe Dios, no les tengo a los ingleses ni un poquito de simpatía, pero estoy seguro de que no tuvieron nada que ver con la muerte de Paquirri. El autor del artículo, en cambio, seguro que sabría encontrar algún oscuro vericueto que destape la responsabilidad de la pérfida Albión, también en este asunto.