lunes, 17 de marzo de 2008

Doce rusos en Bilbao (II): En el Guggenheim

Como habíamos dicho antes, el grupo de rusos que me acompañaba en Bilbao era de perfil técnico, a excepción de la chica, que, como filóloga germana, era de letras y a la que se podía suponer una sensibilidad artística mayor que al resto. Desde luego, yo me preguntaba qué hacía una filóloga en semejante grupo y, ya puestos, también se lo pregunté a ella:

- Wie lange arbeiten Sie schon mit diesen Leuten? (¿Cuánto tiempo lleva usted trabajando con estas personas?)
- Wie lange? (¿Cuánto tiempo?)
- Ja. (Sí)
- Sechs Monaten, ungefähr. (Seis meses, más o menos)
- Und wie erlebt eine Germanistin den Alltag in einer so technischen Umgebung? (¿Y cómo es el día a día de una filóloga germánica en un ambiente tan técnico?)
- Ganz normal. (Totalmente normal)
- Wirklich? (¿De verdad?)
- Ja. Warum denn nicht? (Sí, ¿por qué no?)
- Ich nehme an, Sie sind mit ihnen zum ersten Mal in einem Museum. (Entiendo que ésta es la primera vez que está usted con ellos en un museo)
- So ist es. (Así es)
- Dann werden wir sehen, wie sie heute reagieren. (Pues vamos a ver cómo reaccionan hoy)

La cosa comenzó potente. Pasamos todos juntos a la nave principal, la de la foto, donde hay unas enormes estructuras metálicas. Los rusos se pusieron a verlas. Casi todos parecían muy interesados, pero no diría yo que en la dimensión artística de la obra.

- ¿Qué aleación habran utilizado? - preguntó Yaroslavl.
- Parece el tipo de estructura que utilizábamos en los astilleros cuando trabajaba allí - repuso Elektrostal.
- Pero, ¿realmente es metal? - inquirió Ivánovo.

Rostov dio unos toquecitos suaves con la mano, como unas palmaditas de nada, en la estructura.

- No suena a metal.
- ¿Cómo que no? - dijo Nizhny Tagil, mientras daba un puñetazo con todas sus fuerzas en la estructura, arrancando un tañido profundo - ¡Claro que es de metal! Lo que pasa es que hay que darle fuerte.
- Estooo, creo que será mejor que nos vayamos a otra sala - propuse, mientras con el rabillo del ojo veía a una celadora acercarse hacia nosotros desde el otro extremo de la sala, probablemente no para felicitar a Nizhny Tagil por el sonido que había logrado obtener.
- No estaba mal esta sala, no - dijo Perm.
- Sí, se ve que son buenos fundidores - concluyó Ural, mientras salíamos de la sala. La celadora echó al aire un suspiro y, al ver que nos íbamos, desistió de perseguirnos.

Luego pasamos a otra sala, en la que habían unos cuadros muy chulos hechos con platos pintados. Uno era un autorretrato del autor.

- Aber das ist doch prima! (¡Pero si esto es estupendo!) - le dije a la filóloga.
- ¿Qué es esto? - preguntó, con evidente desagrado, Nizhny Tagil.
- Es un autorretrato del autor, que tiene toda una serie realizada con platos - dijo la chica, que había alquilado una audioguía e iba escuchando la versión alemana y tratando de explicar las cosas a los demás, traduciendo al ruso sobre la marcha.

A todo esto, Yaroslavl, Ivánovo, Ekaterimburg y Perm se habían ido por su cuenta y ya no los volvimos a ver hasta la exposición del surrealismo del cuarto piso.

Ural volvía a tener ganas de fumar y ya no veía tan claro que le gustara el museo.

Rostov se puso muy cerquita de la chica, pero no parecía que fuera por escuchar las explicaciones.

Moscú y Elektrostal comentaban que el museo se veía interesante, pero que ellos habían sido educados de otra manera más conservadora.

Entonces se oyó a una celadora, muy nerviosa, poniendo el grito en el cielo. Me di la vuelta y la oí dirigiéndose en castellano a Nizhny Tagil, que no entendía ni jota.

Al dar la vuelta a una sala había una estructura tubular atravesando una pequeña pared de cemento. Nizhny Tagil estaba junto a ella y la celadora junto a él.

- ¡No se pueden tocar las obras! - decía la celadora. Llegué corriendo y se lo traduje a Nizhny Tagil.
- ¿No? Entonces, ¿para qué las exponen?
- ¿Qué ha dicho? - me preguntó la celadora.
- Dice que lo siente mucho y que no sabía que estaba prohibido -traduje de manera, como se ve, algo libre.
- Pues dígale que no se toca.
- Dice que las exponen para que el público las vea - le dije a Nizhny Tagil.
- Pues vaya birria.
- Dice el señor que hace usted muy bien su trabajo - le dije a la celadora-. Este señor es de una ciudad de Rusia y ha venido a Bilbao a ver el museo.

La celadora se calmó un poco.

- Venga, ya nos vamos de la sala.

Al salir de la sala, Nizhny Tagil parecía poco dispuesto a seguir familiarizándose con el arte moderno.

- Yo me voy. Les espero fuera ¿Para qué me voy a quedar? ¿Para ver platos rotos?

Ural vio el cielo abierto y salió con él acariciando su mechero.

- Ein hervorragend ausgebildeter Mensch. Er wird sich dieses Besuches mit Tränen erinnern (Una persona excelentemente formada. Se acordará con lágrimas de esta visita) - le dije a la filóloga con toda la sorna de que era capaz.
- Ach, die sind alle wie Kinder (Son todos como niños).
- Aber Sie haben wohl doch gesagt, dass Sie bisher keine kulturelle Schwierigkeiten im Umgang mit diesen Naturwissenschaftlern gefunden haben. (Pero usted dijo que hasta ahora no se había encontrado con dificultades de tipo cultural en el trato con esta gente de ciencias).
- Eben. Bisher (Eso es. Hasta ahora)

Rostov se puso junto a unos tubos de metal que había en otra sala.

- ¿Y esto es arte moderno? - le preguntó a la filóloga, que seguía intentando aclararse con la audioguía.
- Sí.
- Ah, pues entonces estoy rodeado de arte moderno en la fábrica de helicópteros, sobre todo cuando los obreros se dejan algo a medio hacer.

La visita siguió sin mayores novedades. Encontramos a los cuatro en las salas del surrealismo y Moscú se unió a ellos. Rostov seguía pegado a la filóloga y yo me quedé con Elektrostal, que era un señor bastante tranquilo y poco conflictivo, viendo las últimas salas del museo.

Finalmente salimos, pero allí no estaban Nizhny Tagil ni Ural. Los volvimos a ver cuando quedamos para cenar, y Nizhny Tagil presentaba un sospechoso olor a alcohol. Ural no, probablemente porque el pestazo a tabaco lo ocultaba.

Y claro, durante la cena estuvieron bastante... particulares, sobre todo nuestro amigo Nizhny Tagil, que ya ha quedado claro que suple su escasa visión de mundo con un carácter franco y poco dado a disimulos. Pero eso ya lo dejo para la siguiente entrada.